miércoles, 31 de octubre de 2012

¿Y a mí qué?


Los exiliados cubanos tomamos demasiado a pecho quién va a ocupar próximamente la Casa Blanca. En mi caso, no tanto. Más allá de cifras siempre manipulables, estados emocionales y promesas inciertas, hay dos cosas que me interesan que haga quien dirija este país desde la Oficina Oval: la libertad de Cuba y que Washington extienda una mano real a América Latina con una política de buen vecino al estilo de la que instituyó Franklin Delano Roosevelt.

Nicolás Pérez Díaz-Argüelles. EL NUEVO HERALD

Debía haber escrito hoy sobre la muerte de Eloy, siempre me tuvo una consideración especial. Discutimos enormemente, lo ataqué ácidamente en una de estas columnas, pero hasta poco, antes de irse para Cuba, me visitaba regularmente en las oficinas de mi laboratorio. No le critico, como este exilio, que haya tratado de dialogar con Castro y regresar a Cuba, allí es donde todos como él y yo deberíamos estar. Solo espero que descanse en paz.

Hoy voy a tratar dos temas. El primero, no escribo más sobre política norteamericana hasta después de las elecciones presidenciales y el balance del evento lo voy a hacer pichando al flojo, por debajo del brazo y con una pelota de trapo. Y es que opinar en este exilio sobre un tema tan emocional es caminar sin zapatos sobre afilados vidrios.

En mi último artículo sobre el sándwich cubano y estas elecciones presidenciales, ni el alfa ni el omega de esta comunidad quedó satisfecho”. Se disgustaron los de derecha porque les di duro a los fanáticos del Tea Party, y lo que más me duele, una de las amigas que más quiero se sintió ofendida cuando hablé metafóricamente (en periodismo existen licencias poéticas) del mordisco que le dio Ann Romney a un sándwich cubano en un restaurante de Fort Lauderdale. La izquierda también le dio un terepe cuando opiné, y hoy reafirmo, que para muchos de los partidarios de Obama ser capitalista es como algo feo, un estigma, cuando a este país lo ha hecho grande la libre empresa, que no solo carga en su vientre materno la libertad individual y la dignidad humana, sino que también las pare con dolor continuamente.

Sin embargo, a ambos extremos, de todo corazón, les pido excusas públicamente, no fue mi intención ofender. Solo ejercía mi derecho a opinar sobre cualquier tema político, algo que me he ganado, muy modestamente.

¿Me molestó lo que me dijo la derecha? Sí. ¿Respiro por la herida con las críticas de la izquierda? Naturalmente. Mi abuelo era un gallego de Verín que amaba el capitalismo, también lo amaba mi padre, ex presidente de la Asociación Nacional de Destiladores de Cuba, y yo, tres cuartas lo mismo. He trabajado como un esclavo no por avaricia ni soberbia, sino respondiendo a un reflejo condicionado de mis genes. Finalmente, mis hijos mayores, Nick y David, dedican sus vidas a un negocio de vitaminas naturales que fundé hace 26 años creando decenas de nuevos empleos y ayudando a incrementar el comercio de Estados Unidos.

No obstante, es preciso aclarar que tanto mis hijos mayores como mi hijo menor, el doctor Ernesto Pérez Bestard, que se acaba de graduar de abogado hace un mes, los tres, votarán por Barack Obama. Asunto de ellos, no mío. Hablo continuamente con los tres de todos los temas humanos y divinos pero no pretendo dirigir sus vidas.

Segundo tema, los exiliados cubanos tomamos demasiado a pecho quién va a ocupar próximamente la Casa Blanca. En mi caso, no tanto. Más allá de cifras siempre manipulables, estados emocionales y promesas inciertas, hay dos cosas que me interesan que haga quien dirija este país desde la Oficina Oval: la libertad de Cuba y que Washington extienda una mano real a América Latina con una política de buen vecino al estilo de la que instituyó Franklin Delano Roosevelt. Por desgracia, el tema no lo discutieron ni Obama ni Romney en el último debate.

Y tengo otra opinión controversial: gane quien gane nada crucial va a pasar. Esa historia de que estas elecciones van a cambiar el rumbo de Estados Unidos es un cuento de Grimm. Washington seguirá equivocándose apoyando a millas de distancia guerritas de ocupación en territorios árabes donde los ciudadanos de esos países no nos pueden ver en pintura, y proseguirá el derroche de miles de millones de dólares de nuestros impuestos que irán a parar a los bolsillos de gobernantes corruptos del Medio Oriente que nos desprecian. ¿La economía? Mejorará, es una tendencia visible, con Juana o con su hermana, porque este país es único en el mundo.

En cuanto a la isla, si los cubanos no logramos la libertad por nuestros propios medios y esfuerzos y esperamos que Obama o Romney nos saquen las castañas del fuego, a echarle guindas al pavo, porque al castrismo le quedan en el poder 100 años más.

El tema de Cuba solo es útil para los políticos del patio, algunos bien intencionados, otros que producen repugnancia, y que no paran de hablar de bloqueos inexistentes, eliminación de los viajes de exiliados a Cuba y el envío de remesas, porque con esta estrategia, pretenden conseguir los votos de un segmento de exiliados de Miami, basados en una dolorosa tragedia que ellos ni sudaron, ni lloraron, ni sufrieron.

Y sin herir reales o falsas susceptibilidades, soy un exiliado político y lo seré hasta el último día de mi vida. La camisa que tengo puesta la compré con mi dinero en Ño que Barato, no me la regaló ni el actual presidente de Estados Unidos ni el ex gobernador de Massachusetts, por lo que sobre las próximas elecciones hoy digo lo mismo que Juana Tripita: ¿y a mí qué?

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