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martes, 21 de febrero de 2017

El Estado corporativo que no cuajó (continuación)

Mario J. Viera



Capítulo LVIII del libro aún no publicado Amigos, Aliados y Enemigos: Un análisis crítico de la Era del Castrismo (Segunda Parte)

A lo largo de los años 1959 hasta 1961, el Gobierno Revolucionario representado en la persona de Fidel Castro, como líder máximo de la revolución, va impulsando un proceso, caracterizado inicialmente por el populismo ─ rebaja de las tarifas eléctricas y telefónicas, rebaja de los alquileres ─ y continuado luego por medidas dirigidas hacia el establecimiento de un sistema político, económico y social de carácter corporativista. Un sistema de rígida intervención estatal en la economía y en todas las esferas sociales, con un elevado concepto de Nación, que pretendía, tal como lo concebía la doctrina fascista, integrar en corporaciones a campesinos, obreros, técnicos y empresarios, y, mediante la regulación de la producción y la fijación de los salarios, suprimir supuestamente los conflictos sociales que derivan en huelgas y cierres de empresas[1].

La Nación en el agitar de las masas y la unidad de los sectores nacionales siempre presentes en la retórica de Castro; así el 26 de octubre de 1959, luego del arresto del comandante Huber Matos y de la excursión aérea sobre La Habana de Díaz Lanz, hace una patética exhortación a la defensa colectiva de la revolución: “…la nación, orgullosa de sí misma; la nación, orgullosa de su destino; la nación, orgullosa de su obra, pensando por primera vez como nación, unidos todos en un propósito noble; fuera de ella y contra ella, todos los que no son capaces de comprender ese noble propósito de la nación; con sus gallardos soldados guajiros; la nación, con sus campesinos, que constituyen la mitad del conglomerado social; la nación, con sus obreros; la nación, con sus estudiantes; la nación, con sus profesionales; la nación, con sus hijos dignos, vengan del sector de donde vengan …”[2].

Las que Braddock denominara “drásticas medidas económicas y sociales” que ya antes del 4 de abril de 1959 había implementado el Gobierno Revolucionario, de ningún modo habrían podido “ser resultado de la influencia comunista”, creer esto es tener un conocimiento insuficiente de la mentalidad egocentrista de Castro; él no acepta influencia de otros que no sean sus propios criterios, aunque puede inspirarse en figuras como Gaitán, Haya de la Torre, Cárdenas, Perón y José Antonio Primo de Rivera. Eran medidas de carácter populistas en un inicio, luego las medidas que tomaría, tendrían ya mayor alcance político, económico y hasta sociales. Entre todas estas últimas, la más trascendental fue la proclamación de la Reforma Agraria. Cuando en los Por Cuanto de la parte introductoria, así como en sus articulados, la Ley de Reforma Agraria de 17 de mayo de 1959 no puede ser considerada, aunque muchos opinen lo contrario, como una ley de carácter socialista, caso diferente a la denominada Segunda Ley de Reforma Agraria de 3 de octubre de 1963 que sí era eminentemente de corte estalinista. Tal como las reformas agrarias de México durante el gobierno de Lázaro Cárdenas 1934 a 1940, de Bolivia en 1954 impulsada por el presidente Víctor Paz Estenssoro y su partido Movimiento Nacionalista Revolucionario (Decreto Ley 3464 de 2 de agosto de 1953), de Guatemala bajo el gobierno del coronel Jacobo Arbenz (Decreto 900). Todas de carácter nacionalista y con un fuerte contenido populista.

Es evidente que con la proclamación y puesta en ejecución de la ley agraria, el castrismo pretendía el “crecimiento y diversificación de la industria” considerado como uno de los factores para el progreso (primer Por Cuanto) que implícitamente se estaba refiriendo a la empresa privada, tal como se plantea en el segundo Por Cuanto cuando se dice que las normas que la Revolución se ha propuesto dictar “darán resguardo y estímulo a la industria” y estarán dirigidas a impulsar “la iniciativa privada mediante los necesarios incentivos, la protección arancelaria, la política fiscal y la acertada manipulación del crédito público, el privado y todas las obras de fomento industrial”; por todo ello, la ley se proponía (tercer Por Cuanto) la formación de un mercado interno que contribuyera “a la creación de industrias que resultan poco rentables en un mercado reducido y a consolidar otros renglones productivos…” lo que sería factible con “la elevación de la capacidad de consumo de la población mediante el aumento progresivo del nivel de vida de los habitantes de las zonas rurales…”; “el bajo nivel de vida de la población cubana y, en especial, la rural con la consiguiente estrechez del mercado interior” ─ se consideraba en el  décimo Por Cuanto ─ sería incapaz “de alentar el desarrollo nacional de la industria”. Propósito fundamental que se perseguía con la ley era la reforma de las estructuras agrarias de monocultivo y latifundismo para propiciar el desarrollo de un mercado interno que estimulara la inversión privada en el desarrollo industrial. Base esta indispensable para el establecimiento de un Estado Corporativo que se complementa con el fundamento recogido en el decimosegundo Por Cuanto: “La producción latifundaria, extensiva y antieconómica, debe ser sustituida, preferentemente, por la producción cooperativa, técnica e intensiva, que lleve consigo las ventajas de la producción en gran escala”.

El estímulo a la producción cooperativa no era en esencia un proceso de colectivización agraria tal como se implementó en la Unión Soviética, cuando se obligó a los campesinos propietarios de tierras de labranza a integrarse en los koljoces. En el caso de la reforma agraria cubana se mantenía la propiedad de los agricultores pequeños y medianos, en tanto que, en las tierras excedentes, producto de las expropiaciones, se entregaba la tierra en propiedad cooperativista proindivisa, o de comunidad de bienes o de propiedad compartida, a los trabajadores agrícolas de esas explotaciones agrarias. Existe un referente a este concepto de cooperativización en la propiedad social ejidal mexicana recogida en las reformas agrarias mexicanas y amparada en el artículo 27 de la Constitución de 1917, igualmente en la Reforma Agraria Boliviana, en su artículo 10, inciso c) que declara dentro del concepto de propiedad agraria cooperativa: Las tierras de los campesinos favorecidos con la adjudicación de los antiguos latifundios y que se organicen en una sociedad cooperativa para su explotación”.

Castro declararía en uno de sus discursos pronunciados en 1959, cuando, luego de asegurar “que las acusaciones que nos hacen de que somos comunistas obedecen exclusivamente a que no se tiene el valor de decir que están en contra de las leyes revolucionarias” agregaría: “Yo le pregunto al pueblo si está de acuerdo o no con que el Gobierno Revolucionario organice cooperativas de consumo en el campo para evitar que los campesinos paguen el doble por las mercancías.  Yo le pregunto al pueblo si está o no de acuerdo con la reforma agraria[3].

Sin embargo, los autores oficialistas del castrismo ahora, queriendo demostrar que la idea del socialismo de carácter marxista ya se encontraba presente en el programa de Fidel Castro exponen, como la Licenciada Carmen María Díaz García en un trabajo donde analizaba la Primera Ley de Reforma Agraria que “a pesar de que los factores fundamentales de la socialización socialista (…) quedaron implícitos en el Capítulo V de la ley, de acuerdo al momento histórico que se vivía era necesario no expresarlo explícitamente, dejándose a la interpretación que la ‘cooperativa agraria’ constituía en la práctica una forma de socialización socialista. Por razones tácticas, la primera imprecisión en este sentido está en la ausencia de la palabra socialización. Señalar su carácter hubiera constituido un error en el logro del objetivo estratégico. (…) Como aún no contaba el pueblo con un desarrollo político ideológico para comprender que esa socialización representaba los intereses del obrero agrícola y del campesino, podía despertar un rechazo injusto de las masas, por eso tácticamente había que llegar a esa comprensión por otro camino. El mejor fue la organización de la ‘cooperación agrícola’”. Si se analiza cuidadosamente los enunciados de la Ley y se toma en cuenta el momento en que esta se promulgara, se verá que en ella no hay nada que explícita o implícitamente sugiera la idea de socialización y mucho menos de “colectivización de la agricultura”. Se trataba claramente de un proyecto nacionalista, populista, voluntarista y autoritario dirigido a restarle poder a los grandes poseedores de tierras de cultivo y muy especialmente a las empresas latifundarias extranjeras.
Lézaro Cárdenas proclama la ley de expropiación de la empresas petroleras

Una situación similar se había producido en México cuando el presidente Lázaro Cárdenas proclamara públicamente el 18 de marzo de 1938 la ley por la cual se expropiaban las compañías petroleras extranjeras. Estados Unidos, impelido por los empresarios estadounidenses afectados por la medida y por el gobierno de Gran Bretaña, emprendió una serie de medidas de represalias contra México entre las cuales se incluían la suspensión de las compras de plata mexicana, la prohibición en Estados Unidos del uso de los combustibles mexicanos, dándosele preferencia a la importación del petróleo de Venezuela, gravando los aranceles de importación del petróleo mexicano en un incremento de 15 a 50 centavos de dólar mientras que el venezolano sería gravado con 25 centavos de dólar; junto a estas medidas se presionó a las compañías navieras para que no transportaran el petróleo mexicano. Y a los gobiernos del área del Caribe para que suspendieran los pedidos de petróleo que habían realizado a México. De acuerdo con Energía Debate, página de la industria mexicana del petróleo, en “un intercambio de comunicados entre Eduardo Hay, Secretario de Relaciones Exteriores de México, y Cordell Hull, Secretario de Estado norteamericano, éste pide la compensación inmediata a sus conciudadanos afectados, no sólo por la expropiación petrolera, sino también por la reforma agraria[4].

Efectivamente, Hull había enviado el 27 de marzo de 1938 una nota a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México en la que reclamaba se diera respuesta a la interrogante que formulaba para conocer “qué garantías se darán de que el pago se efectuará y cuándo puede esperarse dicho pago. En la medida que los ciudadanos estadounidenses ya han sido privados de sus propiedades, y en vista de las reglas de derecho enunciadas, mi gobierno se considera con derecho a pedir una pronta respuesta a esta pregunta”, agregaba a continuación: “Mi gobierno considera también que ha llegado el momento para un entendimiento similar con respecto al pago a los nacionales estadounidenses cuyas tierras han sido y están siendo tomadas en cumplimiento de la política agraria del gobierno mexicano[5].

En esta senda de cruces de notas entre las cancillerías de ambos gobiernos, México – Estados Unidos, el 29 de marzo de 1938, Cordell Hull, Secretario de Estado de los Estados Unidos junto con el embajador Josephus Daniels, se reúne con el canciller mexicano Eduardo Hay, en un intento dirigido a encontrar una solución a las reclamaciones planteadas por las compañías petroleras expropiadas y, al mismo tiempo, resolver y obtener una respuesta satisfactoria sobre la compensación para los estadounidenses cuyas tierras habían sido expropiadas durante la reforma agraria de México a partir de los años 20, teniendo en cuenta que la Constitución mexicana garantizaba que, en caso de expropiación de propiedades, sería obligatoria una indemnización a los afectados por ese motivo. Hull reclamaría que la indemnización debía ser "pronta, adecuada y efectiva", exigencia esta que se consagraría como la “Fórmula Hull[6]. Eduardo Hay, por su parte declararía que México estaba dispuesto a cumplir con el pago de las indemnizaciones a lo cual se oponías las compañías petroleras que reclamaban en contra la devolución de sus propiedades en suelo mexicano; además Hay se acogía a la Doctrina Calvo[7] argumentando que "no hay regla universalmente aceptada en la teoría ni en la práctica llevada a cabo que haga obligatorio el pago de una compensación inmediata...”

Vientos de guerra soplaban en Europa en aquella época. En Europa tomaban fuerzas las ambiciones de los estados fascistas, Alemania e Italia. La Unión Soviética todavía no había alcanzado el poder hegemónico que adquiriría después de 1945. Como hace notar Miguel Ángel Sánchez de Armas, “el caso de México tenía matices particulares” dentro de las relaciones de Estados Unidos con la América Latina. “La proximidad de un nuevo conflicto mundial y la inclinación que México, con su riqueza petrolera, pudiera tener entre las naciones en conflicto, daban al tema (de las reclamaciones de indemnización a las petroleras) un tono de urgencia desde el punto de vista de la seguridad nacional norteamericana[8]. Ya, reciente, el 12 de marzo de 1938 se había producido el Anschluss, la anexión de Austria como provincia de la Alemania del Tercer Reich y tres años antes, el 3 de octubre de 1935, la agresión de la Italia fascista a Etiopía. Los estados del Eje constituían el gran peligro, y la influencia que el fascismo pudiera ejercer en el continente se contemplaba con preocupación. Las medidas económicas de represalia de Estados Unidos y Gran Bretaña contra México, planteaban una real inquietud. ¿Dónde buscaría apoyo México?  

Embajador Josephus Daniels

En estas condiciones aparecería el embajador plenipotenciario de Estados Unidos en México, Josephus Daniels, que se conocería en México como el “Embajador en mangas de camisa” y denominado por la prensa de extrema derecha de Estados Unidos como el “Embajador Rojo”, el que representaría un importante papel en la solución del conflicto: evitar que México se inclinara hacia los estados del Eje Berlín-Roma o buscara apoyo en la Unión Soviética. Daniels, como lo describe Doralicia Carmona Dávila[9], “más que representante de un gobierno, era un representante personal del propio (Franklin D.) Roosevelt, capaz de oponerse al regreso a la diplomacia del dólar o del garrote”. Con su actuación Daniels evitó que se produjera un rompimiento de las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos. Su sagacidad quedó demostrada cuando le expuso, como cita Carmona Dávila, “al presidente Roosevelt que la expropiación era un acto de nacionalismo, no de comunismo y que ésta, a largo plazo, sería benéfica para los propios Estados Unidos, pues elevaría el nivel de vida de los mexicanos y, por lo tanto, su poder de compra de artículos norteamericanos, lo cual superaría con creces las pérdidas ocasionadas en el corto plazo. Años después reveló que detuvo una carta de Hull que podría resultar ofensiva a los mexicanos y podría interpretarse como la vuelta a ‘la diplomacia de dar órdenes a las naciones más débiles’”.

Según Adolfo Gilly[10], Daniels en abril de 1938 llegaba a estas conclusiones:

Parece (…) que el gobierno de Estados Unidos y las compañías petroleras estadounidenses tienen todo por ganar si ayudan a México a sostenerse sobre sus propios pies en este periodo crucial, y mucho por perder con una presión continua e intensificada para lograr pagos en efectivo o la devolución de sus propiedades a las compañías petroleras. Esta última táctica solo puede conducir a que México busque ayuda en otras partes y/o al caos político y económico”. Daniels consideraba la posibilidad de que México saliera de la crisis “sin gran dependencia con respecto a los países fascistas” y se podía esperar que pudiera hacer y que haría “sustanciales pagos anuales a las compañías petroleras extranjeras” durante la siguiente década.



[1] Anónimo. Historia de México: Evolución del Estado Mexicano 1810-1999. Reconstrucción nacional 1917-1940. Prepa Tec, 2001
[2] Fidel Castro. Discurso ante la concentración popular frente al Palacio Presidencial, 26 de octubre de 1959
[3] Fidel Castro. Discurso del 26 de octubre de 1959 en la concentración frente al antiguo Palacio Presidencial
[4] La Industria Petrolera en México, Cronología 1857 – 1988. Editado en 1998 por Petróleos Mexicanos. Cit. en
Energía a Debate
[5] Adolfo Gilly. El cardenismo: Una utopía mexicana. Ediciones Era, México DF, 2013
[6] La Hull rule o fórmula Hull se refiere a la compensación debida a los inversores que sean objeto de expropiaciones o de nacionalizaciones. Según su enunciado, la compensación debía ser prompt (sin retrasos injustificados), adequate (proporcional al bien nacionalizado) y effective (en moneda convertible, o sea dólares estadounidenses)
[7] La Doctrina Calvo, fue formulada con base en los principios de la soberanía nacional, la igualdad entre los ciudadanos nacionales y extranjeros, y la jurisdicción territorial. Según Calvo: i) los estados soberanos gozan del derecho de estar libres de cualquier forma de interferencia por parte de otros estados; ii) los extranjeros tienen los mismos derechos que los nacionales y, en caso de pleitos o reclamaciones, tendrán la obligación de acabar con todos los recursos ante los tribunales locales sin pedir la protección e intervención diplomática de su país de origen.
[8] Miguel Ángel Sánchez de Armas. El Embajador Daniels. Razón y Palabra No. 62, México octubre 13, 2016
[9] Doralicia Carmona Dávila. Daniels Josephus. Biografías. Memoria Política de México
[10] Adolfo Gilly. El cardenismo: Una utopía mexicana. Ediciones Era, México DF, 2013

sábado, 18 de febrero de 2017

El Estado corporativo que no cuajó

Mario J. Viera

Lázaro Cárdenas y Fidel Castro


Capítulo LVIII del libro aún no publicado Amigos, Aliados y Enemigos: Un análisis crítico de la Era del Castrismo (Primera Parte)


En ocasiones, en los discursos de Castro se escapan alguna que otra expresión que brotan de lo profundo de su propia consciencia y que muestran, en toda su plenitud, al verdadero Castro. Gazapos que escapan de la atención de los críticos observadores. Una de estas frases crípticas de Castro y que no ha sido resaltada por los analistas políticos, es aquella que dejara escapar durante la clausura del Tercer Congreso del Partido Comunista de Cuba:

Nos obligaron a formar comunistas, ¡y hemos formado comunistas! ¿Habría alguna otra fórmula de resolver el problema, algún otro mecanismo?[1]

Castro con esta expresión está reconociendo que fue obligado “a formar comunistas” como medio, como mecanismo, de resolver un problema, es decir, un conflicto. Formar comunistas obligado por determinadas circunstancias. Al mismo tiempo, al afirmar que fuera “obligado”, estaba reconociendo que existió una condición previa que le impeliera, es decir, que le obligara por fuerza a hacer lo que él no quería. Sin embargo, los retos y la formación de conflicto son el espacio vital de Fidel Castro. Ante un reto, acomete con otro, si se ve impelido a actuar en concordancia con un reto, no lo duda y arremete temerariamente. Entonces “formar comunistas” fue su respuesta al reto planteado por los Estados Unidos. Si Estados Unidos no quería una Cuba regenteada por comunistas y aliada a la Unión Soviética y, con ese propósito, no se inhibía de agredirla, bloquearla, y condenarla, entonces Cuba o, mejor dicho, Castro, haría lo que antes no había querido, “formar comunistas” y entregarse, como cobertura táctica, al marxismo leninismo.

Entonces, si esto es así, tendríamos que formularnos una pregunta ¿qué era lo que realmente quería Castro “formar” en Cuba? Para ello, tenemos que profundizar en su modo de pensar políticamente. Ya antes hemos descrito algunos de los elementos de los rasgos políticos que caracterizan su pensamiento: el concepto de la Frustración histórica, la creencia en la posibilidad de una Tercera vía de desarrollo social, su convicción de la Omnipotencia de la revolución, el Nacionalismo, su Antiparlamentarismo, su plena adhesión al Führerprinzip y al Gemeinnutz geht vor Eigennutz (el bien común, prima sobre el interés personal) y, por último, el cooperativismo. Todos estos factores conformados por múltiples influencias como las ideas de José Antonio Primo de Rivera y de Benito Mussolini, su acercamiento a la doctrina de Victor Haya de la Torre y a las posiciones de Jorge Eliécer Gaitán en cuanto este, sin ser marxista leninista, tomaba algunas de las tesis leninistas, en relación al tema del campesinado y al capital (“El capitalismo, afirmaba Gaitán, es la concentración de los capitales, socialmente producidos, para el provecho individual de quienes controlan el trabajo de los demás. Es una forma de riqueza nacida de determinada manera de explotación del trabajo. El trabajo se hace esclavo del capital[2].

Otras fuentes de su inspiración fueron la experiencia del peronismo en Argentina y el ejemplo del experimento de Estado Corporativo en México durante el gobierno del General Lázaro Cárdenas, por quien Castro nunca ocultó su admiración. Con Perón, Castro presenta similitudes. El ensayista argentino Juan José Sebreli describe a Perón como “un hombre de acción, un pragmático, un oportunista, que iba haciendo lo que le convenía de acuerdo a cada momento”, condiciones que están presentes en la personalidad de Castro. Como Perón, Castro desde su ascenso al poder creyó que Estado y Ejército debían fusionarse para impulsar la revolución. Sobre el peronismo Sebreli afirma: “Ellos decían que eran apoyados por el pueblo. Eliminaban la libertad y los derechos civiles para implantar supuestamente la justicia social. Lo que pasa es que la falta de libertad a la larga termina por arruinar las mejoras sociales. De ahí viene la persecución sistemática a los opositores y cerrarle todas las puertas a los medios de comunicación, que tienden a ser monopolizados por el partido gobernante[3]. He aquí un paralelismo significativo entre el peronismo y el castrismo, elementos estos señalados por Sebreli que Castro replicaría bajo su régimen. Tal como dice Federico Finchelstein[4], refiriéndose al peronismo, ese movimiento “tuvo su origen en una dictadura militar, pero estableció una democracia popular y autoritaria”, lo que es una similitud con el castrismo en su propio origen y desenvolvimiento.

El paralelismo existente del pensamiento de Castro con el peronismo y el cardenismo aparece implícito en unas palabras de José Luis Rodríguez García[5], ministro de Economía y Planificación de Cuba hasta el 2009, cuando, en entrevista para Arleen Rodríguez Derivet, se refiriera a la necesidad de un ordenamiento del proceso de desarrollo de la economía socialista en Cuba, agregara que “por todas partes se advertía un esfuerzo por ordenar un programa de desarrollo, aunque no fuera todavía una planificación socialista, (...) como son los de Lázaro Cárdenas en México en los años 30, y los programas desarrollados por Perón en Argentina, a finales de la década de los 40, principios de los 50”.

De Castro se podría decir lo mismo que expresó Nicolás Márquez, biógrafo de Juan Domingo Perón cuando declarara en una entrevista con Infobae TV, el 27 de julio de 2015: “Perón tenía una simpatía especial por el fascismo; una influencia incluso ideológica, pero, claro, en un contexto tardío ya que llegó a la presidencia en 1946, cuando el fascismo estaba en retirada y el mundo giraba hacia el otro lado”. Un fascista tardío tal como era Fidel Castro desde los preparativos del asalto al cuartel Moncada.

Domingo Perón


Sin embargo, el fascismo, tal como lo explicara el mismo Mussolini se trataba de un movimiento eminentemente italiano y no repetible en otras condiciones diferentes. No son semejantes la corriente fascista presente en el Nacional Socialismo, ni el nacional integrismo de Franco, como no son, ni pueden ser, esas corrientes dentro del acontecer político de la América Latina, con el fascismo italiano. No obstante, algunos líderes latinoamericanos experimentaron con los principios fascistas de organización del Estado, como Estado Corporativo. El primer intento lo hizo Perón, luego con mayor éxito lo alcanzó en México el General Lázaro Cárdenas, aunque él no pudiera sindicarse como fascista, sino como un social nacionalista de izquierda. Así en el sexenio 1934 – 1940, se dio de manera acelerada un proceso dirigido por el Estado y el presidente Cárdenas ─ de acuerdo con un artículo de la página Prepa Tec ─ “tendiente a llevar a cabo la organización de la sociedad a través de sindicatos, ligas, confederaciones, asociaciones, etc. Este esfuerzo conducido desde arriba, tenía el doble propósito de fortalecer a las organizaciones de trabajadores y campesinos en la lucha por lograr sus reivindicaciones y por otro lado fortalecer al propio Estado”; estas iniciativas “trajeron como resultado que la organización política de México se sustentara a partir de ese momento en tres elementos básicos: la presidencia, el partido de Estado, y una estructura social corporativa (…) El Partido y el Corporativismo surgieron estrechamente vinculados, ya que el Partido organizó a campesinos, obreros y profesionales, esfuerzo del que más tarde surgieron la Confederación de Trabajadores de México en febrero de 1936 y la Confederación Nacional Campesina en agosto de 1938. (…) de acuerdo a la estructura corporativa que era vertical, las masas a través de sus líderes establecían un fuerte vínculo con la dirigencia del partido y éstos con la presidencia[6].

Castro se inspiraría en aquel experimento social que había impulsado el general Cárdenas e intentó reproducirlo en Cuba. Así lo dejó implícito en un discurso pronunciado en 1980 durante un acto de amistad cubano-mexicana: “Recuerdo que desde nuestros tiempos de estudiantes se hablaba, con toda razón, de que la Constitución salida de la Revolución Mexicana era una de las más avanzadas y progresistas del mundo. La Revolución Mexicana constituyó una fuente de profunda inspiración para el movimiento revolucionario latinoamericano” Posteriormente, agrega: “Después del triunfo de la Revolución, y en aquellos primeros años difíciles, e incluso en los primeros días de alegría, quién podrá olvidar que uno de nuestros primeros visitantes ilustres fue el general Lázaro Cárdenas. También recordamos que a raíz de la invasión mercenaria de Girón, en 1961, Lázaro Cárdenas se enroló para venir a combatir junto a nuestro pueblo[7].

Luis Hernández Navarro en un ensayo de su autoría destaca: “Entre ambos líderes existía una vieja y estrecha relación. El general conoció a los conspiradores cubanos en México antes de que fueran apresados. Los ayudó de diversas formas. Cuando fueron detenidos abogó por ellos. Al presidente Adolfo Ruiz Cortines le dijo: ‘No tienen delito, están luchando por la libertad de su patria’. El mandatario mexicano accedió a sacarlos de la cárcel”. Este autor trae a la memoria una carta de Castro dirigida al general Lázaro Cárdenas, desde su cuartel en la Sierra Maestra, con fecha 17 de marzo de 1958: “Se refirió a (Lázaro Cárdenas) como ‘Señor General de División’. Allí le reconoció: ‘Eternamente le agradeceremos la nobilísima atención que nos dispensó cuando fuimos perseguidos en México, gracias a la cual hoy estamos cumpliendo nuestro deber con Cuba. Por eso, entre los pocos hombres en cuyas puertas puede tocar con esperanzas este pueblo que se inmola por su libertad a unas millas de México, está usted’. Se despidió de él: ‘Con esa justificada fe en el gran revolucionario que tantas simpatías cuenta en nuestra patria y en toda América, se despide de usted, su sincero admirador’[8].

El 26 de julio de 1959 Castro califica a Cárdenas como “ilustre general” y resalta las medidas tomadas por este como “leyes revolucionarias”:

Ese es el límite que tienen la calumnia y la mentira:  la inteligencia y el instinto de los pueblos hermanos, los hombres de prestigio, los revolucionarios como nosotros en los pueblos hermanos de América Latina, que trasmiten a sus pueblos esa verdad, que comprenden la tragedia que está padeciendo hoy nuestra Revolución con las campañas internacionales, que es lo que les ocurre a todos los pueblos que quieren hacer una revolución; que es lo mismo que le ocurrió a México con su revolución; que fue lo mismo que le ocurrió al ilustre general Lázaro Cárdenas con sus leyes revolucionarias tomadas en México, y que, como él mismo dijo, fueron causa de toda una serie de campañas interesadas contra los miembros de su gobierno[9].

Aunque Castro siempre tuvo una especial predisposición en contra de Estados Unidos trató inicialmente de evitar una confrontación con el gobierno norteamericano y ganar tiempo para poder llevar a cabo sus propósitos de establecer un sistema corporativista para regir en la dirección política social y económica de la isla. Así, el 15 de abril de 1959 viaja a Estados Unidos por invitación de la Sociedad Norteamericana de Editores de Periódicos, una invitación que ya había sido objeto de críticas por algunos de los miembros de esa Sociedad y a las que él se referiría: “Algunas personas han criticado a esta Asociación; a su joven Presidente también se le criticó porque se me invitó acá; tuvo que aceptar esas críticas y sufrirlas por el hecho de que yo venía; pero uno de los motivos de las críticas era por qué invitar a un dictador hoy a la Asociación Norteamericana de Editores de Periódicos[10]. Luego de declararse partidario de la prensa libre y su fe en el poder de esa prensa ante las dictaduras, Castro aclararía el objetivo de su viaje:

Muchas personas creían que era posible que viniésemos aquí a buscar dinero. Quiero explicar que no vinimos aquí a buscar dinero.  Es posible que muchos otros gobiernos viniesen por dinero. Mucha gente cree que cada vez que un gobierno viene aquí, siempre viene a buscar dinero. A mí me interesaba mucho más la opinión pública que el dinero y no estaba de acuerdo en que el final de mi viaje fuese confuso. Estamos interesados en la opinión pública, porque no pensamos presentar a nuestro país como un país de mendigos, sino como un país de gente dispuestas a trabajar para ganar dinero y ahorrar. Nadie aprecia las cosas que no se ganan gracias al esfuerzo propio. Somos pobres y haremos poco; pero todo lo que hagamos lo haremos con nuestro propio esfuerzo.

Luego de reconocer que Cuba y Estados Unidos “han sido siempre buenos amigos, tanto en asuntos económicos como políticos”, expuso la idea central de su nacionalismo:

Nosotros peleamos por nuestra independencia, tuvimos una guerra muy larga, y el Congreso de Estados Unidos hizo una declaración diciendo que Cuba debía ser libre e independiente por derecho propio, entonces hicieron una Resolución Conjunta con nosotros. Después de dicha Resolución terminó la guerra; y cuando los cubanos esperaban el momento de izar su bandera de libertad, el Congreso de Estados Unidos se reunió, y sin oír en lo absoluto a los cubanos, declaró y estableció el derecho de Estados Unidos a intervenir en nuestros asuntos para garantizar la propiedad, los bienes y las personas, e hicieron que los cubanos pusiesen en su Constitución la Enmienda Platt, y basados en esta Enmienda, varias veces la pusieron en efecto. (…) De ahí resultaron muchos de los errores políticos de Cuba, porque desde el inicio de la época republicana se instituyeron muchos errores.  Mucha gente temía hacer cualquier cosa y dieron origen al contrabando, a la corrupción política, y surgió el caos político porque todo el mundo temía que, en vez de mejorar nuestro país, íbamos a perder nuestra independencia por medio de la intervención de Estados Unidos y, por lo tanto, nos hicimos conformistas con toda clase de vicios. Esto no era político. Esa fue una decisión política que se tomó sin tomar la opinión de Cuba...

Clara y evidente era lo que pretendía, demostrar que la revolución se proponía no era un enfrentamiento con los Estados Unidos, sino una supuesta reforma de las estructuras políticas del país, supuestamente distorsionadas por las secuelas de la Enmienda Platt.

Todos los esfuerzos de Castro iban dirigidos al fortalecimiento de la Revolución, de la revolución entendida como sustituto del Estado y en ese sentido se impuso la condición esencial y primaria de establecer tres elementos básicos de la política del General Cárdenas: “la presidencia, el partido de Estado, y una estructura social corporativa”. El poder desde el poder asumido en el cargo de Primer Ministro; el partido único, en el corpus del Ejército Rebelde y, por último, dar a la sociedad una estructura corporativa.



[1] Fidel Castro. Clausura de la Sesión Diferida del Tercer Congreso del PCC. 2 de diciembre de 1986, Teatro Carlos Marx
[2] Jorge Eliécer Gaitán. Antología de su pensamiento social y económico. Ediciones Suramérica. Bogotá. 1968
[3] Marcelo Gioffré. Juan José Sebreli. "Perón pendulaba entre el fascismo y el bonapartismo". La Gaceta. Buenos Aires, 23 de septiembre de 2016
[4] Federico Finchelstein. La Argentina fascista: Los orígenes ideológicos de la dictadura. Editorial Sudamericana S.A., 2008
[5] José Luis Rodríguez, ministro de Economía y Planificación de Cuba, en entrevista para Arleen Rodríguez Derivet en El Economista de Cuba.
[6] Anónimo. Historia de México: Evolución del Estado Mexicano 1810-1999. Reconstrucción nacional 1917-1940. Prepa Tec, 2001
[7] Fidel Castro. Plaza de la Revolución. Acto de Amistad cubano-mexicana, 2 de agosto de 1980
[8] Luis Hernández Navarro. Las andanzas del marxismo tropical (Ensayo). La Jornada Semanal. 14 de junio de 2009 Num: 745
[9] Fidel Castro. Concentración Campesina, 26 de julio de 1959
[10] Fidel Castro. Discurso 17 de abril de 1959. Almuerzo con la Asociación Americana de Editores de periódicos, Hotel Statler, New York

lunes, 13 de febrero de 2017

Amigos, aliados y enemigos: Un análisis crítico de la Era del castrismo. Capítulo LVII. El “Socialismo” castrista

Mario J. Viera



Sobre el pensamiento político de Castro


Existen elementos en las proyecciones de la política de Castro que debemos tomar en consideración para definir el meollo de su ideología político-económica:

Frustración histórica. Por muchos años el independentismo cubano había librado sangrientas batallas para separarse del dominio español. Se había conocido la amargura de firmar en 1878 un armisticio que ponía fin a diez años de acciones bélicas, que se conocería como Pacto del Zanjón. En 1895, en gran parte debido a la pasión de José Martí de unir a las emigraciones cubanas en Estados Unidos, se inicia, la que el denominaría “guerra necesaria”, el esfuerzo definitivo para alcanzar la independencia nacional. Sin embargo, los independentistas tienen que aceptar la humillación que constituiría la intervención de Estados Unidos en el conflicto y que pondría fin del dominio español sobre la isla. A las tropas del general mambí Calixto García, el mando militar americano, le prohíbe la entrada en Santiago de Cuba. Posteriormente, Primero de enero de 1899, se establece un gobierno interventor de Estados Unidos que estará vigente hasta el 20 de mayo de 1902 cuando asume la presidencia de la nación Tomás Estrada Palma luego que los constitucionalistas de 1901 se vieran obligados a aceptar una enmienda a la Constitución que le reconocía a Estados Unidos derecho de intervención en los asuntos internos de la nación. Castro, hijo de un quinto español que luchara en las filas ibéricas contra los mambises, había heredado de su padre la frustración del 98.

En su discurso inicial del primero de enero de 1959, Castro afirma: “Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad al poder.  No será como en el 95 que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto. Intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García que había peleado durante 30 años, no quisieron que entrara en Santiago de Cuba (…) La República no fue libre en el 95 y el sueño de los mambises se frustró a última hora (…) Podemos decir con júbilo que en los cuatro siglos de fundada nuestra nación, por primera vez seremos enteramente libres, y la obra de los mambises se cumplirá”.

Este mismo concepto de frustración histórica lo volverá a expresar en su discurso ante el Club de Rotarios el 15 de enero de 1959: “…los mambises lucharon 30 años y, mala suerte, ¡mala suerte!, cuando se acabó la Guerra de Independencia se quedaron en la calle los voluntarios, los confidentes, los enemigos del país, y los que gobernaban la república no eran los cubanos, eran los extranjeros los que gobernaban la república. Esa ocupación extranjera fue la causa de muchos de nuestros males. (…) ¿qué hicieron? Privaron al pueblo de sus prerrogativas de gobernarse, privaron al pueblo de su soberanía (…) Y se implantó la Enmienda Platt, que, o nos portábamos bien — bien en el sentido y en el concepto que le interesaba al país extranjero —, o nosotros perdíamos nuestra soberanía, por el derecho de intervenir en Cuba”; luego agrega: “…los cubanos solitos, solitos, sin que nadie los ayudara, tuvieron que luchar. Y cuando reunían armas en Estados Unidos se las quitaban — como nos la quitaban ahora también —; y después de tanto tiempo luchando, al final, se les impide recoger el fruto de su victoria. A Calixto García ni siquiera lo dejaron entrar en Santiago de Cuba”.

Y recalca en tales hechos en el texto de la Segunda Declaración de La Habana (4 de febrero de 1962): “Cuba cayó también en las garras del imperialismo. Sus tropas ocuparon nuestro territorio. La Enmienda Platt fue impuesta a nuestra primera Constitución, como cláusula humillante que consagraba el odioso derecho de intervención extranjera. Nuestras riquezas pasaron a sus manos…”

Tercera vía: José Rodríguez Elizondo[1] hace notar la similitud existente entre el líder fundador del APRA, Víctor Haya de la Torre y Fidel Castro. Haya de la Torre “predicaba un radicalismo ‘indoamericano’, sin concomitancias con el comunismo, definido, simbólicamente, por la consigna ‘ni pan sin libertad, ni libertad sin pan’. La misma consigna ─ ¿casualmente? ─ que utiliza Fidel Castro en 1959, en su complicada visita a Nueva York”. En esa “complicada visita” Castro daría una categorización humanista a la revolución. En el discurso que pronunciara en Central Park, New York el 22 de abril de 1959 diría: “Nuestra revolución practica el principio democrático, por una democracia humanista. Humanismo quiere decir que para satisfacer las necesidades materiales del hombre no hay que sacrificar los anhelos más caros del hombre, que son sus libertades; y que las libertades más esenciales del hombre nada significan si no son satisfechas también sus necesidades materiales”, entonces agregaría, aquella frase tomada del líder del APRA: “Ni pan sin libertad, ni libertad sin pan; ni dictaduras del hombre, ni dictadura de clases, dictaduras de grupos, ni dictaduras de casta, ni oligarquías de clase: gobierno del pueblo sin dictaduras y sin oligarquías: libertad con pan sin terror; eso es humanismo”.

A penas un mes después, Castro habla en el Consejo Económico de los 21, que se celebraba en la Argentina. Allí advierte: “Si nosotros estamos sinceramente preocupados de que nuestros países vayan a caer en manos de dictaduras de izquierda, justo y honrado es que mostremos igual preocupación porque los pueblos no caigan en manos de dictaduras de derecha, porque, en definitiva, ese es el verdadero ideal democrático, lo que América Latina quiere, a lo que América Latina aspira, porque a los pueblos les mostramos una cara del mal y les ocultamos otra cara igualmente fea del mal”. Entonces se refiere a la falta de fe que entre los pueblos de América existe hacia la democracia; “a los pueblos ─ dice ─ les hablan de democracia los mismos que la escarnecen, los mismos que se la niegan y los pueblos no ven más que contradicciones por todas partes”. Es por ello que los pueblos han perdido la fe en la democracia y esa fe, en sus palabras, se hace necesaria para alcanzar el ideal democrático: “no para una democracia teórica, no para una democracia de hambre y miseria, no para una democracia bajo el terror y bajo la opresión, sino para una democracia verdadera” y agrega concluyendo esta idea con la misma frase prestada que empleara en New York: “una democracia verdadera, con absoluto respeto a la dignidad del hombre, donde prevalezcan todas las libertades humanas bajo un régimen de justicia social, porque los pueblos de América no quieren ni libertad sin pan ni pan sin libertad”.

Pero, además de la influencia de Haya de la Torre, es evidente que en Castro existían fuertes influencias del líder populista y carismático de Argentina Juan Domingo Perón hacia su posición de la tercera vía formulada sobre el distanciamiento tanto del capitalismo de Washington como del socialismo de Moscú. Castro plantea el mismo conflicto entre comunismo y capitalismo, tal como lo expuso el 21 de mayo de 1959: "El capitalismo deja abandonado al hombre; el comunismo, con sus conceptos totalitarios, sacrifica sus derechos. Nosotros no estamos de acuerdo ni con unos ni con otros. Nuestra revolucion no es roja, sino verde olivo. Lleva los colores del ejército rebelde de la Sierra Maestra". Su revolución “humanista” debería transitar por la tercera vía apartándose al mismo tiempo de ambos sistemas político-económicos, tal como el fascismo se definía a sí mismo en la palabra de Mussolini: “El fascismo rechaza frontalmente las doctrinas del liberalismo, tanto en el campo político como económico”.

Omnipotencia de la revolución: La Revolución es el Estado, en ella se insumen todos los poderes del Estado. Es fuente primordial de derecho, es la conductora de todas las actividades de la sociedad: “…dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie — por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera —, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella[2].

El nuevo orden es nacido de la Revolución y de sus leyes, fuera de su principio de legalidad, ¡nada! Y dice Castro el 13 de marzo de 1959 en discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial:

“…hay dos clases de leyes:  las leyes de antes — que las hicieron los intereses creados —, y las leyes de ahora —que las vamos a hacer nosotros.  Nosotros seremos muy respetuosos de las leyes, pero de las leyes revolucionarias.  Seremos muy respetuosos del derecho, pero del derecho revolucionario, no del derecho viejo, sino del derecho nuevo que vamos a hacer.  Para el derecho viejo, nada, ningún respeto; para el derecho nuevo, todo el respeto.  Para la ley vieja, ningún respeto; para la ley nueva, todo el respeto”.

Porque la revolución es una o se está a favor de ella o en contra de ella, porque ella es la solución a todos los problemas nacionales y Castro lo enfatiza: “la Revolución es una, y se está con ella o se está contra ella, porque aquí no hay margen para otras posiciones, porque a nosotros nadie nos va a superar la parada, porque creo que tenemos un récord en realizaciones en cuatro meses, y hemos apuntado hacia una revolución verdaderamente profunda, que cuando haya cumplido sus objetivos muy pocas cosas quedarán por hacer en nuestra patria[3].

Nacionalismo: El de Castro, un “nacionalismo revolucionario proto o paramarxista” lo calificaría el ya citado José Rodríguez Elizondo, en parte acertadamente y en parte no; de modo más simple lo define Luis Cino Álvarez[4] cuando lo denomina “enfermizo nacionalismo patriotero”. Los planes idílicos de Castro para el desarrollo, tanto de la agricultura como de otros sectores productivos tenían un marcado acento nacionalista: “si sembramos arroz, perjudicamos intereses extranjeros; si producimos grasa, perjudicamos intereses extranjeros; si producimos algodón, perjudicamos intereses extranjeros; si rebajamos las tarifas eléctricas, perjudicamos intereses extranjeros; si rebajamos las tarifas telefónicas, perjudicamos intereses extranjeros; si hacemos una reforma agraria, perjudicamos intereses extranjeros (…) porque hemos hecho leyes revolucionarias que perjudican privilegios nacionales y extranjeros es por lo que nos atacan, es por lo que nos llaman comunistas…”[5] Sin embargo, todos estos grandes proyectos de independencia económica resultaron irrealizable o terminaron en un completo desastre, y agregaría en este discurso, empleando sus acostumbrados epítetos ofensivos: “Entonces, ¿de qué nos acusan, miserables? ¿De qué nos pueden acusar sino de haber implantado medidas en beneficio de Cuba? ¿De qué nos acusan, descarados y cínicos, de qué nos acusan? ¿De qué nos acusan, criminales, de qué nos acusan, traidores, sino de hacer medidas cubanas y en beneficio de Cuba?” Su propuesta era un rechazo nacionalista a todo lo extranjero, un ataque nacionalista a las producciones extranjeras: “Los que no son cubanos son los monopolios extranjeros; la que no es cubana es la Compañía de Electricidad; la que no es cubana es la Compañía de Teléfonos; los que no son cubanos son esos latifundios de la United Fruit Company y la Atlántica del Golfo; los que no son cubanos son los barcos que traen nuestros productos; lo que no es cubano es el arroz, la mayor parte del arroz que consumimos, de la grasa que consumimos, de los tejidos que consumimos y de los artículos industriales que consumimos; los que no son cubanos son esos trusts que explotan nuestras minas y obtuvieron concesiones privilegiadas; los que no son cubanos son esos intereses que obtuvieron la regalía de la concesión de la mayor parte de nuestra área con posibilidad de producir petróleo…”  Es un nacionalismo enmarcado dentro de los conceptos del APRA de Haya de la Torre de formación de un Estado benefactor, lo suficientemente fuerte tanto para promover el desarrollo de la industria nacional como para hacer frente al imperialismo. Anti feudal y antimperialista que reclama “el derecho de los pueblos a disfrutar de sus riquezas naturales y disfrutar del fruto de su trabajo[6].

Y Castro sabe exaltar la fibra nacionalista de las muchedumbres que le escuchan con acatamiento sin razonamiento. Todo el conjunto nacional, todas sus instituciones estaban, según su concepto, sometido al control y a los intereses extranjeros y él y su revolución son los que estaban librando a la nación del dominio exterior: “¡El ejército era el instrumento de los intereses extranjeros y de los peores intereses nacionales, que por algo el ejército de Cuba tenía instructores extranjeros!” Y de nuevo insiste en esta indemostrable tesis, un mes después hablando en la Universidad de La Habana[7]: “No era un ejército nacional porque defendía intereses extranjeros, no era un ejército nacional porque tenía instructores extranjeros, no era un ejército nacional porque allí ciertamente no mandaban los intereses del país. Y aquello era perfectamente posible porque aquel ejército profesional no entraría nunca en conflicto con los intereses que representaban sus instructores y maestros (…) Ejércitos con instructores extranjeros, que raras veces pueden coincidir con los intereses del pueblo”. No obstante, movido por sus ambiciones de poder, hace a un lado esta tesis nacionalista y permite que el Ejército Rebelde, su ejército, reciba instructores soviéticos para su preparación militar, y hasta reforme sus estructuras militares y sus insignias para semejarlas a las estructuras e insignias propias del ejército soviético.

La identidad nacional y el rechazo a una supuesta aculturación por influencia de culturas extranjeras es un tema de identidad del pensamiento de Castro, En el discurso que pronuncia en la escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1960, expone:

“Tenemos nuestro temperamento, nuestra idiosincrasia, nuestro carácter nacional, nuestra manera de ser, a la cual habríamos tenido que renunciar hace rato, y a la cual habíamos renunciado en parte, porque ciertamente la influencia extraña, a través de todos los medios de divulgación, a través de la prensa, a través de revistas, a través de anuncios, a través de propaganda, a través de las películas, a través de los libros, había sido tan extraordinaria, que casi estaban ahogando el carácter nacional cubano, y los cubanos estábamos impotentes frente a eso, porque en realidad, casi casi nuestro pueblo iba renunciando a su carácter nacional, a su sentimiento nacional. (...) Así que, nuestro pueblo se vio sometido a un influjo extranjero constantemente, durante cincuenta años, sin que nadie se levantara a defender el espíritu nacional, a defender nuestra manera de ser, y eso realmente era terrible, porque con nuestro espíritu nacional habíamos renunciado a la defensa de nuestros intereses nacionales, y así, nos había llegado a parecer, como lo más natural del mundo que un guajira viviera con sus siete hijos a orilla de una guardarraya, mientras una compañía extranjera era dueña de miles y miles de caballerías de tierra. Nos había parecido natural que aquellos mayorales, que aquellos amos extranjeros de nuestra economía lo mismo arrojasen a las familias criollas a las guardarrayas que nos cobrasen los servicios públicos al precio que mejor les conviniera; que hubiesen convertido a nuestro país en una colonia, porque realmente habíamos perdido nuestro sentimiento nacionalista, que es para los pueblos el arma espiritual que los mantiene firmes en la defensa de sus intereses”.

Nacionalismo febril el de Castro confundiendo, con toda intención, las maquinaciones políticas de Fulgencio Batista para hacerse del poder con una conspiración extranjera. En este discurso del 27 de noviembre consideró que el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 era solo “consecuencia del sistema implantado en nuestra patria desde los inicios de aquella semicolonia o colonia y media que se dieron en llamarle con eufemismo República de Cuba; de aquel sistema que no implantamos, sino que nos implantaron las consecuencias de aquella política que nos impusieron, de los intereses que nos impusieron…”

Él cree ver un destino que le corresponde a Cuba alcanzar y que solo puede lograr “en la misma medida en que nosotros mantengamos pura la atmósfera de nuestra patria y puros los ideales de nuestro pueblo, Cuba podrá llegar lejos y Cuba podrá cumplir al fin sus destinos[8]. Cuba será ejemplo de América y del mundo y gracias a la revolución que él impulsa: “…estamos aquí para hacer una patria nueva, sobre bases distintas, con medidas propias, que conduzcan a la felicidad de todos nosotros y que conviertan a Cuba en ejemplo de América y en ejemplo del mundo[9].

Pero Castro necesita la existencia de un “enemigo objetivo” que le facilite la agitación nacionalista; un enemigo sobre el cual cargar todas las frustraciones nacionales y todos los errores propios y ese “enemigo”, que justifica y legitima a su revolución, se lo ofrecerían las políticas erróneas del gobierno de los Estados Unidos; es como ha anotado Joaquín Roy;

 (La) lamentable política de Washington en tratar inicialmente con el “problema” cubano, luego dejarse dominar por la inercia de la Guerra Fría, y terminar atrapado en una impresionante explotación hecha por Castro de los errores norteamericanos. La política de Washington ante Cuba facilitó tremendamente la construcción de un enemigo sobre el que cimentar un neo-nacionalismo cubano, necesitado de una fuerza cohesionante que no le legó la independencia.[10]  

Antiparlamentarismo:
Se otorga carácter de órgano soberano de la voluntad del pueblo cubano (poder Parlamentario) a las concentraciones de muchedumbres tomadas como Asamblea General que aprueban a mano alzada y aclamaciones las propuestas de la dirección de la revolución (Declaraciones de La Habana I y II). Para él, el Congreso no representaba a la Nación, sino representantes de los propietarios de empresas y de tierras. Así dice el 8 de junio de 1959 hablando en el acto de celebración del Día del Jurista:

 “…aquellos representantes — no eran representantes del pueblo en una mayoría, o en un número considerable, sino representantes de la compañía tal o más cual, que les pagaba la campaña; representantes de los intereses tales o más cuales, que mantenían su vigencia política — jamás se decidirían a aprobar medidas que estuviesen contra esos intereses”.

Esas palabras constituyen un eco cercano de las ideas de Jorge Eliécer Gaitán: “Democracia. ¿Pero cuál? …la democracia que tenemos ahora es la de la mentira y el engaño. ¿Acaso no es negación de la democracia la práctica de los hombres que dicen representarla y que se sientan en el Senado o en la Cámara de Representantes y, a pesar de que han sido elegidos en la farsa electoral, luchan y votan precisamente contra los anhelos de la multitud?

No se reconoce el parlamentarismo, todo el Poder Legislativo y constituyente reside en el Consejo de Ministro. El Ejecutivo asumiendo la capacidad legislativa: “Es bueno sentar aquí que el Consejo de Ministros revolucionario, representativo de la inmensa mayoría del pueblo, es el poder constituyente de la República en estos instantes. Y que, si un artículo de la Constitución resulta demasiado viejo, si un artículo de la Constitución resulta inoperante, el Consejo de Ministros revolucionario, representativo de la inmensa mayoría del pueblo, transforma, modifica, cambia o sustituye ese precepto constitucional[11].

El Parlamento para Castro son las concentraciones multitudinarias de sus seguidores, en donde expone ideas, propuestas y medidas que, por la gracia de su oratoria, reciben el beneplácito de las turbas. Un remedo burdo de las ecclesias griegas; y dice, ante la concentración campesina que ha convocado para el 26 de julio de 1959:

Y una democracia tan pura y tan limpia, que la democracia engendrada en nuestra Revolución nos recuerda la primera democracia del mundo: la democracia griega, donde el pueblo, en la plaza pública, discutía y decidía sobre su destino”.

Pensamiento este de Castro coincidente con las mismas expresiones formuladas por Adolfo Hitler en su Mein Kampf:

El fórum más amplio, de auditorio directo, no está en el hemiciclo de un parlamento. Hay que buscarlo en la asamblea pública, porque allí hay miles de gentes que se arremolinan con el exclusivo fin de escuchar lo que el orador ha de decirles, en tanto que en el plenario de una Cámara de diputados se reúnen sólo unos pocos centenares de personas, congregadas allí, en su mayoría, para cobrar dietas y de ningún modo para dejarse iluminar por la sabiduría de uno u otro de los señores "representantes del pueblo".

El Führerprinzip o principio del liderazgo. Desde los mismos comienzos como jefe guerrillero, Castro impuso el principio de autoridad por el cual él sería el líder indiscutible. Como Comandante en Jefe colocaría, luego del fracaso de la huelga de abril, todo el movimiento revolucionario, tanto el guerrillero serrano como el de los miembros de la lucha insurreccional urbana, bajo su personal dirección. Este principio de obediencia a él como Comandante en Jefe y máximo líder generaría el fenómeno del culto a su persona, en igual carácter apoteósico que Rudolf Hess le concedía a Adolfo Hitler:

“Hitler es Alemania y Alemania es Hitler. Todo lo que él hace es necesario. Todo lo que él hace es un éxito. Sin atisbo de duda el Führer es una bendición divina”. 

Sus apasionados seguidores alabarían su “indiscutible visión”, y su capacidad como “soldado de las ideas” y hasta se le consideraría “trascendente” “paradigmático” y maestro de todos, como le alaba uno de esos periodistas tarifados de su prensa controlada, Alfonso Cadalzo Ruiz, anotando:

Con plena certeza puede afirmarse que Fidel Castro es el ser humano más trascendente de la segunda mitad del siglo XX y de lo que corre del siglo XXI. (…) En todos sus discursos ─ sin una sola excepción ─ así como en sus Reflexiones, aprendemos cada vez una nueva lección de historia, humanismo y ética. (…) Junto con Fidel pensamos y decidimos juntos en cada circunstancia histórica de nuestra vida patriótica por complicada que la situación haya sido”[12].

El Gemeinnutz geht vor Eigennutz (el bien común, prima sobre el interés personal)
Este es el principio del nacional socialismo, los intereses particulares se deponen ante los intereses de la Nación, del Estado, de la Causa. En Castro, la Revolución es prioritaria frente a los derechos de los individuos en particular. En el caso de las expropiaciones debidas a la Ley de Reforma Agraria, Castro se plantea la siguiente disyuntiva:

¿Qué quieren? ¿Que paguemos? ¿Y dónde está la plata para pagar? ¿Quién se robó la plata? (…) ¿Qué quieren? ¿O que paguemos — lo cual no podemos, no podemos pagar en efectivo ─, o que dejemos la reforma agraria?  No podemos pagar, pero entre no pagar en efectivo y dejar de hacer la reforma agraria, optamos por no pagar en efectivo y hacer la reforma agraria…”[13]

Poner el interés de la sociedad por encima del interés personal, porque: “Es que hay gente que no se da cuenta que una revolución está teniendo lugar en Cuba.  Incluso el pueblo muchas veces no se da cuenta.  Sí, porque si se dieran cuenta no meterían tantos problemas personales que no tienen que ver nada con los intereses de 6 millones de habitantes (…) Pero es que el pueblo está acostumbrado al favorcito pequeño, al favorcito que le hacían los políticos, los concejales y los sargentos, y tienen que prepararse, todos tenemos que adaptarnos[14].

Y Castro reafirma el principio del Gemeinnutz geht vor Eigennutz hablando en la clausura del Foro Nacional de Reforma Agraria el 12 de junio de 1959:

Y ese es el mérito principal de la obra revolucionaria: haber logrado poner los intereses de Cuba por encima de los intereses particulares, hacer que nuestros compatriotas se preocupen primero por Cuba que por sus intereses particulares”.

El cooperativismo, primer paso hacia el estado corporativo: “En las zonas que fomentemos trataremos de organizar cooperativas agrícolas. ¿Para qué? Para no sacrificar las ventajas de la gran producción…” (Fidel Castro, 4 de abril de 1959, Asamblea de los Colonos)

Contradicción: Existe una contradicción permanente y sincera en la personalidad ideológica de Castro. Reconociendo que dentro de la sociedad existen injusticias; quiere suprimir las injusticias y, para ello, a la injusticia social opone la injusticia revolucionaria. Comprende que hay corrupción en la vida política y para salvar tal situación apela a soluciones de antipolítica suprimiendo el debate político por la unanimidad dentro de un solo y único cuerpo político. La revolución debe ser defendida de sus enemigos y en tal razón no se detiene para dictar sentencias de muerte y suprimir todo derecho que no sea el derecho de la supervivencia de la revolución. No sopesa lo necesario de lo posible y en consecuencia impone la arbitrariedad. Conoce que dentro de la sociedad existen injustas diferencias y se decide por suprimir esas desigualdades generando la desigualdad en la, solo imaginaria, igualdad social. Está convencido de que únicamente él posee la llave de la felicidad y que cualquier otro en su lugar no conducirá sus grandes ideales de justicia, soberanía e igualdad social. Rechaza la dictadura y para suprimir las causas que originan a las dictaduras impone una nueva dictadura, aún más cerrada que la que antes combatiera.






[1] José Rodríguez Elizondo. Crisis y Renovación de las Izquierdas. De la revolución cubana a Chiapas, pasando por “el caso chileno”. Editorial Andrés Bello. Santiago, Chile, 1995
[2] Fidel Castro. Palabras a los intelectuales. Discurso pronunciado el 30 de junio de 1961
[3] Fidel Castro. Discurso en el Palacio de los Trabajadores en la inauguración del Congreso de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros, 22 de mayo de 1959
[4] Luis Cino Álvarez. “Una dictadura, pero, ¿de qué tipo?”. Cubanet, mayo 16, 2016
[5] Fidel Castro discurso del 26 de octubre de 1959 en concentración frente al Palacio Presidencial
[6] Fidel Castro. Discurso del 19 de mayo de 1961 al habérsele otorgado el Premio “Lenin por la Paz”
[7] Fidel Castro. Discurso en la Universidad de La Habana, 27 de noviembre de 1959
[8] Fidel Castro, 4 de abril de 1959, Asamblea de los Colonos
[9] Fidel Castro. Discurso del 22 de mayo de 1959 en el Congreso de la FNTA
[10] Joaquín Roy. Cuba: el papel de EEUU, América Latina y la UE. Universidad de Miami
[11] Fidel Castro. Discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial 13 de marzo de 1959
[12] Alfonso Cadalzo Ruiz. Fidel: paradigma de una época. Radio Habana, 13 de agosto de 2016
[13] Fidel Castro. Discurso pronunciado en acto de celebración del Día del Jurista, La Habana 8 de junio de 1959
[14] Fidel Castro. Discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial 13 de marzo de 1959