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viernes, 1 de diciembre de 2023

LOS TIEMPOS QUE EL PREDICADOR OLVIDO INCLUIR EN EL ECLESIASTES




ECLESIASTES 3: 1-8

Todo tiene su tiempo, afirmó el predicador, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.

Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz.

Pero hay también otras condiciones que tienen su hora y su momento debajo del cielo.

Tiempo de callar y tiempo de clamar con fuerza; tiempo de decir Sí y tiempo para decir No; tiempo para soportar y tiempo para rechazar; tiempo de temor y tiempo de rebelión; tiempo de obedecer y tiempo de desobedecer; tiempo de estar dispersos y tiempo de unirse; tiempo para aceptar y tiempo para reclamar y exigir; tiempo para dialogar y tiempo para imponer condiciones.

No soy, ni el Predicador ni hombre sabio, pero estos tiempos que tienen su hora bajo el sol o del cielo debieran ser tomados en cuenta por los cubanos que viven en la isla y por los dirigentes de la disidencia interna, 

lunes, 5 de septiembre de 2016

Deísta


Mario J. Viera

Porque declaro que acepto la existencia de, digámoslo con una expresión poco exacta, un “ser” trascendente colocado por encima de la experiencia humana, al que se le denomina Dios, algunos dicen de mí que soy “religioso”; algo bien distante de la realidad, porque para nada me identifico con la religiosidad o con la aceptación de una religión organizada. Pero si dijeran de mí que soy un especial adepto a una específica corriente filosófica denominada deísmo, entonces estarían más acertados en la calificación. Si, por otra parte, me identificaran con el modelo de pensamiento del británico, y uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, Thomas Paine, diría que, ciertamente, estarían en la proximidad de lo que “creo” en cuanto a religiosidad. Paine afirmó en uno de sus folletos, La Edad de la Razón, lo que él entendía por “los deberes religiosos”, anotando:

Yo creo en un Dios y no más; y tengo la esperanza de la felicidad después de esta vida. Creo en la igualdad del hombre, y creo que los deberes religiosos consisten en hacer justicia, amar la misericordia y esforzarse por hacer feliz a nuestro prójimo”.
 
Thomas Paine
Y en ese mismo folleto expuso su credo:

No creo en el credo profesado por la iglesia judía, por la iglesia romana, por la iglesia griega, por la iglesia turca, por la iglesia protestante, ni por cualquier otra iglesia que conozca. Mi mente es mi iglesia. Todas las instituciones eclesiásticas nacionales, ya sean judías, cristianas o turcas, me parecen nada menos que invenciones humanas creadas para horrorizar y esclavizar a la humanidad, y monopolizar el poder y el lucro”.

Sobre el cristianismo escribe Paine: “Si hubiera sido el objetivo o la intención de Jesucristo establecer una nueva religión, indudablemente habría escrito el sistema él en persona, o habría procurado que lo escribieran mientras vivía. Pero no hay ninguna publicación auténtica existente que lleve su nombre. Todos los libros que forman el Nuevo Testamento fueron escritos después de su muerte”.

Paine se declara deísta cuando dice: ““¡Qué diferente es esto a la simple y pura profesión del deísmo! El verdadero deísta tiene una sola deidad; y su religión consiste en contemplar el poder, la sabiduría y la benignidad de la Deidad en sus obras, y en su esfuerzo por imitarlo en toda cuestión moral, científica y mecánica”.

Pero Paine no fue el único deísta entre los padres fundadores, junto a él lo fueron, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, en tanto James Madison y George Washington, sin declararse definidamente como tales, tenían inclinaciones hacia el deísmo; según Bruce Miroff, Raymond Seidelman, y Todd Swanstrom[1], John Adams, aunque era un confeso unitario liberal, en su correspondencia privada parecía más deísta que cristiano. Estos autores señalan, además que uno de los autores de El Federalista, James Madison “creía que ‘la esclavitud religiosa apresa y debilita la mente y la inhabilita para cada noble empresa’. Habló de los ‘casi quince siglos’ durante los cuales el cristianismo había estado en juicio; ‘¿Cuáles han sido sus frutos? Más o menos en todas partes, orgullo e indolencia en el clero, ignorancia y servilismo en los laicos, en ambos, superstición, intolerancia y persecución”.
 
Thomas Jefferson
Sobre Thomas Jefferson señala el historiador Mario Escobar: “El que sería tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, no ocultaba sus profundas ideas deístas. Su respeto a las creencias de los demás y su profundo deseo de la separación política de la Iglesia y el Estado, estaban en la base de su pensamiento. Thomas Jefferson rechazó públicamente todos los aspectos sobrenaturales de las Escrituras, incluidos los milagros de Jesús. En su pensamiento racionalista, lo sobrenatural era considerado mera superstición. Durante las elecciones a la presidencia fueron muchos cristianos los que denunciaron las ideas heterodoxas del candidato”.

Un personaje menos destacado en la historiografía de Estados Unidos, considerado por algunos autores como uno de los padres fundadores fue Ethan Allen de Vermont, aunque este no fuera uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, ni de los Artículos de Confederación y fuera uno de los políticos del Estado de Vermont que se oponían a la integración en Estados Unidos, luego de finalizada la Guerra de Independencia. Ethan Allen se identificaba con las posiciones filosóficas de Paine. En 1785, Allen publica su libro Reason: the Only Oracle of Man: Or, A Compendious System of Natural Religion (La razón: el único Oráculo del Hombre, o Un Resumen de Sistema de Religión Natural) donde planteaba un ataque al cristianismo y un violento ataque contra la Biblia, las iglesias establecidas y el poder clerical. En esta obra, Allen presentaba la sustitución de la religión organizada entremezclando el deísmo, las opiniones naturalistas de Baruch Spinoza y un trascendentalismo que se adelantaba a los postulados de los trascendentalistas del siglo XIX, principalmente Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, y el poeta Walt Whitman. Para Allen el hombre es un agente libre en el mundo natural.

Dicho esto, paso al tema específico de qué ser deísta. El deísmo no es una religión, sino una concepción filosófica y, si se quiere filosofo-teológica con una actitud definida ante la aceptación, por medio de la razón, de la existencia de Dios y de rechazo a todo tipo de religión organizada y de su clerecía, sea sacerdotal o pastoral. Según Copleston, citado por Mariano Fazio Fernández, “Los deístas eran racionalistas que creían en Dios… El deísmo del siglo XVIII significaba la desupernaturalización de la religión y la negativa de aceptar cualquier proposición religiosa basada en el principio de autoridad. Para los deístas era la razón sola la que había de juzgar sobre la verdad, tanto en materia religiosa como en cualquier otra cosa[2].
 
Voltaire
Voltaire, el gran deísta, anotaría en rechazo del ateísmo: “Siempre he considerado el ateísmo como el mayor de los extravíos de la razón, pues decir que la armonía del mundo no prueba la existencia de un supremo artífice es tan ridículo como necio sería decir que un reloj no prueba la existencia de un relojero”. Para él la creencia en un Saber Supremo no era cuestión de fe, sino de la razón. En el “El filósofo ignorante”, cita Isaías Díez del Río, Voltaire argumenta: “Me siento inclinado a creer que el mundo es siempre emanado de esta causa primitiva y necesaria, como la luz emana del sol. ¿Por qué concatenamiento de ideas me veo siempre llevado a creer eternas las obras del Ser Eterno? Por muy pusilánime que sea mi concepción, tiene la fuerza de alcanzar al ser necesario que existe por sí mismo[3].

Para el deísta no hay libro sagrado, solo compendio de escritos humanos con determinado valor teológico. El deísta no cree en las “verdades reveladas” contenidas en el canon bíblico y mucho menos en sus mitos de la creación y el diluvio universal sustentados en la fe o en la tradición.

Para los deístas Dios constituye el motor inicial, el primer impulso en la formación del universo; sin embargo, algunos reconocen la creatio ex nihilo por un Dios creador, en tanto otros rechazan este concepto de la creación a partir de la nada en favor del concepto de la creatio ex materia o, dicho de otro modo, del surgimiento del Universo a partir de la expansión de la materia, donde Dios ya no es un creador sino un programador que construye con los elementos materiales surgidos del primer impulso o Big Bang. Este es el concepto propio de rechazo a la “revelación” que se expresa como ex nihilo nihil fit, es decir, “de la nada, nada proviene”. La explicación bíblica del mundo y del hombre no tienen un carácter autóctono, sino que se conformó sobre las bases de las tradiciones sumerias. Para el budismo el Universo es infinito e increado, es decir no hay intervención divina para la existencia del universo. Buda considera que la idea del origen del universo es un impensable diciendo: “Pensar acerca del (origen) del universo, oh monjes, es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentaría aflicción y locura”. Sin embargo, la ciencia indaga para encontrar el cómo del surgimiento del Universo y del origen de la vida, pero se detiene en el por qué sin llegar a explicar ciertamente el qué es la vida. He ahí el impensable científico.

Pero ¿qué es la vida? ¿Qué propició que en la materia inerte surgiera la vida? No se trata de cómo surgieron los primeros vivientes, sino cómo la vida se generó en esas rudimentarias formas vivientes. Por la razón y por experiencia creo que la vida es el pneuma del Espíritu Universal soplado sobre la materia orgánica. Ante este “misterio” del origen de la vida, señal el astrofísico y matemático inglés, Chandra Wickramasinghe: “El que la vida haya sido un accidente químico en la Tierra es como buscar cierto particular grano de arena en todas las playas de todos los planetas del universo... y hallarlo”. Y Albert Einstein, por muchos calificado como deísta, expresó: "Hay dos maneras de vivir una vida: una es pensando que todo es un milagro, la otra es pensando que nada lo es. De lo que estoy seguro es de que Dios existe".

Los deístas no creemos en verdades reveladas, pero algunos aceptamos que en muchos escritos existe la inspiración del Espíritu de Sabiduría que sirven de modelo de enseñanza para el conocimiento de Dios. La enseñanza no está concentrada en un solo cuerpo de textos concedidos a un supuesto pueblo elegido, sino repartida en diferentes textos elaborados en diferentes culturas. A Dios se llega por la razón y la espiritualidad y no por adoctrinamiento o por dogmas impuestos, ambos no aceptados por los deístas. No se produce una relación de sumisión y adoración a Dios sino una de experiencia personal; es un acercamiento a Dios a través de la reflexión. De este modo se ha señalado ciertamente que el deísta disfruta de la libertad de buscar la espiritualidad por sí mismo, y su vida espiritual no se ha formado por la tradición o la autoridad religiosa sino por su propia concepción de la Divinidad.

 Dios no necesita servidores, porque Él es amor y comprensión. Su esencia, la esencia de Suprema Inteligencia no exige sumisión sino comprensión. Como Suprema Inteligencia, en sí hay tres componentes esenciales, la Gnosis (Γνωσις), el Logos (Λόγος) y la Sofos (σοφός), Uno y Trino, algo que los deístas clásicos no comparten. Por supuesto los deístas no creen ni admiten la existencia de un Dios personal y antropomorfo.

Dios no es legislador ni crea códigos de conductas que normen todas las actividades del hombre. Dios le ha concedido razón e inteligencia al género humano y es el hombre quien norma su vida en concordancia con las relaciones sociales existente en cada momento histórico. De este modo el deísta ratifica que la religión y el Estado deben estar separados. Así, el deísta no se rige, en lo fundamental por una moralidad surgida de los conceptos religiosos. Los deístas orientan su conducta a partir del pensamiento racional y de la ética vinculada a su propia conciencia. El deísta se rige por lo ético más que por la relatividad moral siempre en transformación. La moral está históricamente condicionada. Pero los valores éticos son constantes. La ética es una categoría filosófica y científica, en tanto que lo moral está determinado por principios, valores o normas que rigen para una sociedad históricamente determinada. Teniendo esto en cuenta los teístas rechazan los dogmas y los criterios impuestos por líderes eclesiásticos que se presentan a sí mismos como si fueran mensajeros de Dios y comunicadores de su Palabra.

No obstante, los deístas creyendo en Dios, o en un principio divino, aceptan unos pocos, si acaso, de los principios y prácticas del cristianismo, judaísmo, o de cualquier religión considerando que en las mismas pueden existir creencias racionales luego de extirpar de ellas lo que pueda haber de supersticioso.

En los deístas, desde Voltaire hasta Paine, hay una agria crítica hacia el cristianismo. Ante el cristianismo, Voltaire exigía “una religión natural sin dogmas, ni sacerdotes, nada coercitiva y con grandes valores humanos”; una religión no existente tal como lo planteara Paine de que Jesús no había creado una nueva religión. El cristianismo vigente, el nacido no de las enseñanzas del nazareno sino de las enseñanzas del fariseo Pablo de Tarsos es y ha sido la antítesis de la religión natural que reclamaba Voltaire. Jesús no sacramentó sacerdotes, ni líderes espirituales, ninguno de sus discípulos fue elevado sobre los otros y a ninguno le confirió dignidad episcopal. Jesús nunca fue a adorar al templo, su templo era el desierto y los montes.  El deísmo, por tanto, no necesita de ministros, sacerdotes, ni rabís. Todo lo que un individuo necesita es su propio sentido común y la habilidad de considerar su condición humana, todo hombre es su propio sacerdote.



[1] Bruce Miroff, Raymond Seidelman, Todd Swanstrom. Debating Democracy: A Reader in American Politics. Wadsworth Cengage Learning, Boston USA, 2009
[2] Mariano Fazio Fernández. Historia de las ideas contemporáneas. Ediciones Rialp, S.A, Madrid, julio 2015: F. Copleston. Historia de la Filosofía, vol. V: De Hobbes a Hume.
[3] Isaías Díez del Río. La religión en Voltaire. Anuario Jurídico y Económico Escurialense, XLIV (2011) 519-536 

viernes, 17 de junio de 2016

¡Cuidado con los “hombres fuertes” en el Poder!


Mario J. Viera

“La sociedad de los hombres: es un experimento, así lo enseño yo, una prolongada búsqueda:
¡y busca al hombre de mando!”
Friedrich Nietzsche. Así habló Zaratustra


Los grandes dictadores, que la historia recoge sus hazañas, pensaban en grande, pero en la grandeza de ellos mismos como antípoda de su debilidad. Los grades dictadores, los “hombres fuertes” desde Alejandro hasta Fidel Castro, en su grandeza ocultan una mácula de debilidad que les perseguía desde la niñez, su baja autoestima. Alejandro que sentía el desprecio de su padre; César, humillado por su inferior fortuna con respecto al patriciado y el transcurrir su juventud en las estrecheces del barrio la Subura; Napoleón por su baja estatura; Hitler que sufrió la condición de bastardo de su padre, un simple y humilde agente de Aduana, quien, además, le azotaba con crueldad. La grandeza del hombre fuerte es que para superar su psíquica condición de inferioridad se impone a sí mismo correr en pos de la figura idealizada de la grandeza. Con su fuerza esconde su debilidad, y se alza, con la carga de sentirse débil, y se convierte en líder y caudillo despiadado.

No todos los hombres fuertes fueron o son dictadores; se les pueden encontrar en todas las esferas sociales, potentados poderosos, militares de grandes rangos y políticos. Lo que a todos les iguala son sus grandes ambiciones de colocarse por encima del hombre medio, del mediocre; por encima del conglomerado humano al que Nietzsche calificaba de chusma y populacho. Ponen todas sus energías en pos del poder o de la riqueza, que es otra forma de poder, o de ambos. Líderes natos y sin ningún escrúpulo por los medios que empleen para alcanzar sus fines. Ellos son la encarnación del Superhombre que Friedrich Nietzsche avizoraba en sus obras, Así habló Zaratustra y Ecce Homo. Son los que declaman el verso nietzscheano, “¡Pues yo te amo, oh eternidad!”, los soñadores de la inmortalidad; el sueño milenario de Adolfo Hitler para el Tercer Reich, eco del Zaratustra de Nietzsche: “Nuestro gran Hazar, es decir, nuestro grande y remoto reino del hombre, el reino de Zaratustra de los mil años”.

¡Cuidado con el “hombre fuerte”! El que habla fuerte, energético, que ataca y contra ataca para demoler al adversario, que no se inhibe en “patear el culo” a sus oponentes, que no se cuida del empleo de las palabras y las declaraciones groseras, y que se presenta, se impone como hombre de mando. Tiene la confianza propia en sus pensamientos, nadie tiene a su juicio la lucidez con que expone sus ideas. Lo que él condene debe ser por todos condenados, y mejor si la condena comporta sanciones y descréditos, como aquel senador que en los años de la década de los 50 desde la preminencia de su Comité de Actividades Antiamericanas persiguió y condenó a todo aquel que creyera fuera comunista desatando una cacería de brujas, contra socialistas, nihilistas y librepensadores.

Para el “hombre fuerte”, el de Nietzsche, todo lo que es débil es reprobable, considerando como debilidad la antítesis de la fuerza que emana de su persona. “¿Qué es lo bueno?” ─ se pregunta Nietzsche en El Anticristo, y responde ─ “Todo lo que eleva en el hombre el sentimiento de poder, la voluntad de poder, el poder mismo”, ya esta idea la había expresado en su Zaratustra: “El que no puede mandarse a sí mismo debe obedecer”. Solo con la riqueza, con el puesto de poder, el “hombre fuerte” deja de ser persona obediente para ser el que manda. La riqueza como medio, como presupuesto para imponer la voluntad: “Cuando se es lo bastante rico para permitírselo ─ afirma Nietzsche en Ecce Homo ─, constituye incluso una felicidad el no estar en lo justo”.

Más que las propuestas de Maquiavelo lo que rige y conduce la conducta del “hombre fuerte” son las tesis de Friedrich Nietzsche; porque el ideal de ese portento de fuerza y de violencia que asume el fuerte es superar su condición de hombre, porque “el hombre es un puente y no una meta”, la meta es alcanzar la condición de superhombre que consagra y bendice la ambición de dominio. El superhombre no es simplemente un hombre fuerte que se conforma solo con el poder; el superhombre por medio del poder impone el dominio: “Ambición de dominio: el terremoto que rompe y destruye todo lo putrefacto y carcomido; algo que, avanzando como una avalancha retumbante y castigadora, hace pedazos los sepulcros blanqueados; la interrogación fulminante puesta junto a respuestas prematuras. (…) Ambición de dominio: la terrible maestra del gran desprecio, que predica a la cara de ciudades y de imperios «¡fuera tú!» - hasta que de ellos mismos sale este grito «¡fuera yo!»”. El gran desprecio sobre los débiles, sobre los que están condenados a ser simple muchedumbre, chusma y populacho; el gran desprecio que eleva al superhombre sobre aquellos de condición inferior; es el «You’re fired!» que pronuncia Donald Trump en su reality show “The Apprentice”.

Con seguridad puedo afirmar que Fidel Castro estudió a profundidad El Príncipe de Maquiavelo y aplicó sus propuestas en todos sus actos políticos, pero, y aunque no pueda probarlo, me atrevería a asegurar que no bebió de la fuente nietzscheana. Castro es el nuevo príncipe que aplica retorcidos procedimientos para alcanzar y mantener su poder. ¿Qué decir del aspirante a la presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump?

Me atrevo a afirmar que el magnate en bienes raíces, constructor de colosales edificios, Donald Trump, jamás leyó una sola página de El Príncipe de Maquiavelo, que al final de cuentas, nada aporta a un inversionista en bienes raíces, pero, aunque no pueda probarlo y pueda del todo ser descabellado creer que un hombre, cuyo nivel intelectual no es muy prominente como el que caracteriza a Donald Trump, haya leído a Friedrich Nietzsche y estudiado su obra es quizá una osadía. Sin embargo, si para Fidel Castro Maquiavelo es un modelo, para Trump todo parece indicar que Nietzsche sea su mentor.

Y dice Nietzsche en Ecce Homo: “Me parece así mismo que la palabra más grosera, la carta más grosera son mejores, son más educadas que el silencio”; y clama Trump: “No tengo tiempo para lo políticamente correcto”. No, él no se mide, no importa la palabra más grosera, la que hiere en lo profundo y dice de su competidora del mismo partido, Carly Fiorina: "¡Mira esa cara! ¿Acaso alguien votaría por eso? ¿Se imaginan que ese sea el rostro de nuestro próximo presidente?" Él es el superhombre y se puede permitir hacer agravios porque, como dice Nietzsche en Así habló Zaratustra: “¿Qué es el mono para el hombre? Una irrisión o una vergüenza dolorosa. Y justo eso es lo que el hombre debe ser para el superhombre: una irrisión o una vergüenza dolorosa”. Ni hombres como el senador John McCain se escapan de su desprecio, que en misión de vuelo sobre Hanói su avión es derribado y al saltar cae con sus pies fracturados en un lago donde es capturado y llevado a prisión: “No es un héroe de guerra. Solo es un héroe de guerra porque fue capturado. Prefiero a los que no han sido capturados”; McCain es solo una irrisión para el sarcástico Trump que no combatió en Vietnam ni en ninguna otra guerra, que libró de ingresar al Servicio Militar, primero con posposiciones como estudiante y luego por ¡los espolones de sus pies! Y ataca a Jeb Busch quien para él es hombre de “baja energía”. Ataca a los políticos y a los líderes del país, para él son “una irrisión o una vergüenza dolorosa”. Así dice: “Nuestros políticos son maniquíes”, y califica: “Nuestros líderes son incompetentes. Son unos niños”. Ataca a Barack Obama, pero en su ataque ofende a la mayoría que votó por él para su reelección: “No sé cómo somos tan estúpidos y tenemos a un presidente como Barack Obama”. Solo él es el supremo, el hombre fuerte, el superhombre.

Cuando en una ocasión le preguntaron a Trump cuáles eran sus personajes favoritos en la historia de Estados Unidos, no mencionó a Washington ni a Jefferson y ni siquiera le pasó por la mente Lincoln, tampoco mencionó, él, que según sus convencidos seguidores es un experto en economía, a Milton Friedman el profesor de Chicago, premio Nobel y padre de lo que sería conocido en economía como el neoliberalismo ─ Aunque en esto hay que excusarle ya que en economía, o más bien en economía aplicada al real estate, el solo alcanzó el título de Bachelor of Science ─. Sin dudarlo, sin ninguna vacilación mencionó como sus personajes favoritos a Douglas MacArthur y George S. Patton el general “Sangre y Agallas”, por cierto, este último con un carácter muy parecido al propio de Trump su volatilidad y falta de tacto en las relaciones interpersonales y que alimentaba su ego buscando permanentemente el reconocimiento personal. Ambos personajes que no cuadraban dentro del marco de lo que es “una irrisión o una vergüenza dolorosa”.

Trump es belicoso, siempre atacando, siempre “pateando culos”, ¿no es esta característica suya la reafirmación de lo expresado por Nietzsche?: “Por naturaleza soy belicoso. Atacar forma parte de mis instintos. Poder ser enemigo presupone tal vez una naturaleza fuerte; en cualquier caso, es lo que ocurre en toda naturaleza fuerte”. Y Trump saluda a los “hombres fuertes” como lo es Vladimir Putin y lo fueron Sadam Hussein y Muamar Gadafi, dice Trump refiriéndose a Irak y Libia: “A la gente le están cortando la cabeza. Están siendo ahogados. Ahora es mucho peor que jamás bajo Saddam Hussein o Gaddafi (…) esos países estarían menos fracturados si los dos dictadores estuvieran en el poder”. Y alaba a Putin al que considera “un hombre tan respetado dentro de su país y más allá” y dice de él: “Es una persona más agradable que yo" o se expresa en estos términos: “Somos muy diferentes, pero nos llevaríamos muy bien juntos. Él se siente bien cerca de mí. Yo me siento francamente bien con él. Creo que podemos hacer cosas con Rusia que están a nuestro favor. Como un beneficio mutuo”. Son las “naturalezas fuertes” las que reciben amables comentarios de Donald Trump, y dice de Kim Jong-un: “Uno mira a Corea del Norte y ve a este señor, que es un maníaco, pero también hay que darle crédito: cuándo un joven, porque tenía 25 o 26 años cuando murió su padre, se impuso a un grupo de generales tan duros. Es bastante impresionante cuando se analiza. ¿Cómo lo logro? Se hizo cargo, es el jefe. Eliminó a su tío, eliminó a este, al otro. Es increíble. Este hombre no juega a nada y no podemos jugar con él”. 

Cuesta trabajo discrepar con sus arremetidas contra el Estado Islámico (ISIS): “Sin mirar a los diferentes datos de las encuestas, es obvio para cualquiera que este odio va más allá de lo comprensible. De dónde viene ese odio y por qué es algo que tenemos que determinar. Hasta que logremos determinar y comprender este problema y la peligrosa amenaza que plantea, nuestro país no puede ser víctima de horrendos ataques de gente que solo cree en la yihad y que no tiene ningún sentido de la razón o respeto por la vida humana”.

Y Zaratustra, en la obra de Nietzsche, dice: “¿Vosotros decís que la buena causa es la que santifica incluso la guerra? Yo os digo: la buena guerra es la que santifica toda causa (…) La guerra y el valor han hecho más cosas grandes que el amor al prójimo. No vuestra compasión, sino vuestra valentía es la que ha salvado hasta ahora a quienes se hallaban en peligro”.

Y habla Zaratustra: “¡Tan extraños sois a lo grande en vuestra alma que el superhombre os resultará temible en su bondad!” Y habla Trump: “Dicen que tengo a la gente más leal, ¿han visto? Podría pararme en la Quinta Avenida y disparar a alguien y no perdería ningún votante. Es increíble”.

Generalmente los hombres fuertes en el poder tienen procedencia, aunque otros provienen de la oligarquía agraria. Trump es una excepción, no es ni ha sido militar, y tampoco es un oligarca, es simplemente un afortunado hombre de negocios. Los hombres fuertes en el poder tienen como común denominador, aparte de su principal característica que es el ansia de poder, su ignorancia de eso que Carlyle denominara “ciencia lúgubre”, la Economía, con la única excepción hecha de Rafael Correa y de Augusto Pinochet que supo buscar hábiles asesores económicos, los Chicago Boys.

No importa si “el hombre fuerte” se llame Donald Trump, Vladimir Putin, Fidel Castro, Leónidas Trujillo, Hugo Chávez, Augusto Pinochet o Rafael Correa, todos tienen en común el narcisismo; la fantasía de lo grandioso (el Übermensch), la carencia de empatía (Trump no se conmueve ante la masacre de Orlando, le sirve para justificar su política anti musulmana) y el oculto sentimiento de inferioridad que les impulsa a buscar obsesivamente la admiración y el reconocimiento de los demás, seduciendo y manipulando con el propósito de controlar para ascender en posiciones dentro del medio donde se mueven. El narcisista no antagoniza, el polariza; su opinión es la única valedera, no reconoce matices atrincherándose en aquello que él cree la única verdad, la suya.


Cuidado con aquél que conjuga siempre su retórica en primera persona: “Yo os salvaré”; “Yo traeré empleos para todos”; “Yo haré el país grande de nuevo”; “Yo os les advertí…”; “Yo soy el más honesto” … Y ese yoismo es una rememoración de aquel de los monarcas absolutistas: “Yo el Rey”. Cuidado con los “hombres fuertes” en el poder… ¡Siempre han sido un fracaso social! 

sábado, 27 de septiembre de 2014

La izquierda asiática de América Latina


Fernando Mires. BLOG POLIS

Detrás de las opiniones hay a veces una historia. En eso pensé cuando un académico alemán me preguntó acerca de la posición de las naciones latinoamericanas frente al terrorismo del ISIS. “Ninguna” ─ respondí ─ “los gobiernos latinoamericanos son de izquierda”. Mi interlocutor preguntó: “¿Pero no es la izquierda una categoría occidental”? “Sí” ─ fue mi respuesta ─: “Pero una buena parte de la izquierda latinoamericana es asiática”. Mi interlocutor pensó seguramente que yo bromeaba. Pero no. Yo hablaba en serio. Muy en serio.

Si hubiera tenido tiempo le habría explicado que la tesis del “asiatismo” de una gran parte de la izquierda latinoamericana ya la había enunciado en un ensayo publicado en 1976 en la revista “Lateinamerika, Analyse und Berichte”. Su título “El subdesarrollo del marxismo en América Latina”. El texto apareció después en diversos idiomas. Sobre esa base escribí en 1978 (¡Dios, cómo ha pasado el tiempo!) un libro titulado: “Cuba, la revolución no es una Isla”, el que marcó mi ruptura con las dos principales izquierdas de América Latina: la soviética y la castrista.

La tesis de la “asiatización” del marxismo se encuentra muy bien formulada en un libro del líder de los movimientos sesentistas, Rudi Dutschke, cuyo título –“Un intento para poner a Lenin sobre sus pies” ─ habla por sí solo. Fue el mismo Rudi quien, en una conversación acerca del tema, me sugirió escribir específicamente sobre “el asiatismo en la izquierda latinoamericana”. Nunca lo hice. Pero la idea la he mantenido ¿Por qué una parte de la izquierda latinoamericana ─ la castrista y la post-soviética ─ no reconoce su occidentalidad política? Mi respuesta vuelve a ser la de antes: esa izquierda no es occidental.

En pocas líneas no puedo resumir el libro de Dutschke. Pero hay sí tres ideas que sigo subscribiendo

1. Las teorías (no “la” teoría) marxistas, son hijas del contexto alemán y europeo (Hegel, Schelling, Feuerbach; además de Darwin, Ricardo, Smith, y tantos otros). Marx en ese sentido es solo un eslabón, uno más, en la larga cadena del pensamiento occidental.

2. Marx siempre dejó clara su posición con respecto a la imposibilidad del socialismo en Rusia. Su correspondencia con Bakunin y su reveladora carta a Vera Sasulich, son testimonios irrefutables. Para Marx, el curso hacia el comunismo (como sinónimo de socialismo) no podía surgir desde formaciones históricas asiáticas. Esa era, para él, “otra historia”. (Karl Marx, “Formaciones económicas pre-capitalistas”, cuadernos de 1858)

3. Antes de que el legado de Marx fuera convertido por Lenin en “marxismo”, existían diversas teorías de Marx, algunas contradictorias entre sí. El “marxismo-leninismo” como un todo ideológico fue un producto de la Academia de Ciencias de la URSS. Allí comenzó la des-europeización y la “asiatización” de Marx. Esa conclusión fue el aporte central de Rudi Dutschke al pensamiento de izquierda europeo.

En su estudio, Dutschke consultó al teórico alemán Karl A. Wittfogel para quien el comunismo soviético era una reedición moderna de los antiguos despotismos asiáticos (“Despotismo Oriental”, 1957). Los rasgos de esas “despotías hidraúlicas” eran perfectamente reconocibles en la URSS. Entre otros, el culto al líder, la verticalización de la “sociedad”, la construcción de una doctrina dogmática, la apropiación total de los medios de producción por parte del Estado, así como la formación de una clase dominante estatal (la "nomenklatura"), Todo eso, según Dutschke, no tenía nada que ver con las teorías de Marx. La tarea de los intelectuales revolucionarios debería ser entonces la de rescatar a Marx de la cárceles asiáticas en las cuales sus teorías yacían secuestradas. Eso pasaba por reafirmar el carácter europeo y occidental del marxismo.

En verdad, la misión de rescate había sido iniciada por Antonio Gramsci en la Italia de los treinta. El auge de Gramsci en los setenta y ochenta fue, por lo mismo, consonante con el proyecto de re-europeización de Marx. El “eurocomunismo” de Enrico Berlinguer apuntaba a la misma dirección. Pero ya era tarde. Las revoluciones democráticas en los países de Europa Central y del Este (1989-1990) postergaron cualquiera posibilidad para seguir ocupándonos de Marx. Incluso los post-marxistas (Laclau, Zizec, Mouffe, entre otros) dejaron de citarlo. Los ─ para mí todavía apasionantes ─ libros de Marx, son hoy casi regalados en Amazon.com. No ocurrió así en América Latina.

En ese “lejano occidente” (Alain Rouquié) el marxismo asiático ha continuado vigente. Lo digo con conocimiento: En diversas universidades de América Central y del Sur es impartido en nombre de la sociología, de la economía o de la historia, un marxismo de silabario hecho para débiles mentales.

El marxismo asiático (leninismo, stalinismo, maoísmo  y otros ismos) ha llegado a formar parte de la cultura política de una parte de la izquierda latinoamericana, aunque muchos de sus integrantes no hayan leído a Marx. El culto faraónico a la memoria de Chávez en Venezuela es solo un ejemplo. Pero hay otros. El mismo Chávez se sentía fascinado por déspotas asiáticos como Ahmadineyah, Asad, Gadafi, Husein. Las mismas fascinaciones son cultivadas por los Castro y por Evo Morales. Incluso, el partido comunista chileno ─ un partido democrático en democracia ─ envió una vez una carta de felicitaciones al representante de la dinastía (comunista) de Corea del Norte. ¿Reflejos condicionados de un “asiatismo” nunca bien elaborado?


¿Por qué los gobiernos latinoamericanos de izquierda no se pronuncian a favor del occidente político en la lucha en contra de ISIS? Pienso que mi respuesta fue la justa: Hay una izquierda latinoamericana que todavía no es occidental. De ahí su precaria sensibilidad frente a temas como el de las libertades y los derechos humanos. De acuerdo a la tradición marxista asiática, esos son elementos de la ideología “burguesa” (occidental). Es triste constatarlo; pero es la realidad.

lunes, 28 de octubre de 2013

Filosofía y política


Si el poder es solo un medio, para qué lo quieren los 8 candidatos a la Presidencia de la República, los diputados y los miembros de las corporaciones municipales que solicitan el apoyo del electorado en el marco del proceso electoral que culminará el 24 de noviembre.

Benjamín Santos. LA TRIBUNA

En uno de los primeros seminarios en los cuales me tocó exponer mientras realizaba estudios de Ciencia Política en Alemania, me tocó abordar el tema a que se refiere el titular de esta columna. No fue fácil exponer en el idioma de Goethe y Schiller, que apenas empezaba a balbucear, un tema tan complicado especialmente en la clase del  doctor Dietrich Bracher. Es complejo de explicar aún en el idioma materno. Difícil porque la filosofía es desde los griegos la reflexión sobre las causas  primeras y los fines últimos, mientras que  la política se entiende comúnmente como la lucha por alcanzar, ejercer y retener el poder público sin ninguna referencia  al por qué y para qué.

Las dos preguntas del párrafo anterior son las que establecen el puente entre la política como lucha por el poder y la filosofía. Las causas son investigadas por la etiología y los fines, el para qué, por la teleología. Pero además la filosofía y la política se relacionan por la ética, que es una rama de la filosofía bajo el nombre de axiología. Toda actividad humana que tiene al ser humano y no a las cosas como centro de sus preocupaciones requiere una reflexión filosófica. Por eso hay una filosofía de le educación, una filosofía de la historia, una filosofía política, además de una ciencia para cada una de esas actividades humanas y un conjunto de técnicas.

Por su carácter práctico la política ha quedado reducida a un conjunto de técnicas de organización, de promoción, de creación de imagen y de gestión de las instituciones del Estado. La técnica es solo un medio y por sí misma puede servir para bien o para mal. El poder no tiene por sí mismo fines ni motivaciones éticas. Es como un machete que igual corta la hierba para que se den los cultivos que se necesitan  que las cabezas de los mismos seres humanos. El poder en manos de incapaces e irresponsables es como un arma en manos de un loco. A veces actúa además como una droga, transforma a quienes lo poseen y los lleva actuar en forma  irreflexiva. Dice Gabriel Tarde que el poder es en esencia la capacidad de hacerse obedecer, pero aquí es donde viene la pregunta cómo y para qué. Esa definición vale para el poder en general y también para el poder del Estado que tiene características especiales: es el único poder soberano, coercitivo y político, en el sentido de que se ejerce sobre toda la polis, sobre toda la sociedad.

Si el poder es solo un medio, para qué lo quieren los 8 candidatos a la Presidencia de la República, los diputados y los miembros de las corporaciones municipales que solicitan el apoyo del electorado en el marco del proceso electoral que culminará el 24 de noviembre. De todos hemos esperado que nos digan el por qué, el cómo y el para de sus propósitos, es decir la parte filosófica de la actividad política. La política y su estructura, el Estado, desde su origen están vinculados a un fin: el bien común, es decir el conjunto de condiciones materiales e inmateriales que el Estado como estructura política debe crear para que  los seres humanos que integran su población lleven individual y colectivamente una vida digna al tiempo que promueven su propio desarrollo.

La política es una actividad muy noble, porque permite que  a quienes tienen una alta vocación de servicio hagan de su vida una entrega desinteresada y total para servir a la comunidad de la cual  forman parte. Así la entendieron los griegos al llamar idiotas a quienes se entregaban  a sus negocios personales con total desinterés por el cultivo de la vida en común. Así ha entendido la política el cristianismo que nació 500 años después y nuestros próceres que sacrificaron su vida y su patrimonio para legarnos una Patria. Lo contrario de lo que ocurre en nuestros días, próceres como Herrera y Morazán sacrificaron   su vida y sus bienes  por  cumplir  su vocación política. Todo porque tenían una concepción del ser humano, de la sociedad y del Estado sobre cuya base  elaboraron una  visión filosófica de su quehacer político. Tenían claro el por qué y para qué de sus actuaciones.

Nos parece que  la actual campaña electoral ha transcurrido vacía de contenidos filosóficos que alimentaran un debate que fuera más allá de soluciones aisladas y coyunturales. Hizo falta un planteamiento global y coherente sobre la problemática nacional y sus posibles soluciones.

viernes, 29 de marzo de 2013

Los mercaderes del Templo


Fernando Mires. Blog POLIS

La historia de Jesús está sujeta a interpretaciones y es lógico que así sea ya que cuando se trata de hechos y obras de personas notables la así llamada objetividad histórica nunca estará libre de la subjetividad. La supuesta objetividad no se encuentra más allá de la historiografía. En ese sentido cabría distinguir entre interpretaciones que se ajustan a los hechos y las que simplemente los pasan por alto.

 

Hay efectivamente interpretaciones de hechos e interpretaciones sin hechos. De este último tipo son las que han llegado a primar en el periodo de la modernidad, el que según no pocos autores ya está llegando a su fin.

 

La historiografía moderna, de acuerdo a ese proyecto cientista cuya impronta ha marcado casi todo su curso, ha intentado demostrar, ya sea en su versiones positivistas, liberales o marxistas, que la historia ocurre de acuerdo a procesos "objetivos". La historiografía moderna ha llegado así a ser una historiografía sin seres humanos y, por lo mismo, deshumanizada e incluso inhumana.

 

¿Qué importancia tiene la vida de las personas si la historia avanza hacia el cumplimiento de fines predeterminados por un curso progresivo? Ni siquiera la historia sagrada ─ y para los cristianos la más sagrada de todas es la de Jesús ─ ha quedado libre de la determinación de esa historiografía supuestamente científica.

 

Si uno analiza por ejemplo las interpretaciones "progresistas" de la vida de Jesús, sobre todo las de la segunda mitad del siglo XX, Jesús no habría sido más que un reformador social; incluso un revolucionario. Su origen humilde, su preocupación por los desvalidos y enfermos, sus contactos con los zelotas, sus alusiones a camellos, ojos de aguja y ricos, y sobre todo, su actitud frente a los mercaderes del templo, son capítulos que han servido para que más de algún pobre de espíritu haya osado decir que Jesús era "socialista".

 

Jesús, desposeído de toda divinidad ha pasado a ser un Espartaco judío en contra del Imperio: una versión antigua ─ es decir, desmejorada ─ del Che Guevara. Tuvo que surgir la voz valiente de Joseph Ratzinger para dejar estipulado que Jesús no era Barrabás. Si Jesús hubiera querido ser Barrabás, lo habría sido, agregó quien sería después Benedicto XVl.

 

Pero Jesús es, o debe ser para los cristianos, Dios: el Dios sobre nosotros para ser Dios entre nosotros y, después de su muerte, en nosotros: El Dios trinitario: El Camino, La Luz y la Vida.

 

Ahora bien, uno de los episodios preferidos por los exegetas del progresismo de Jesús ha sido el de la expulsión de los mercaderes del templo, hecho que aparece en el Evangelio de Juan al comienzo de su peregrinaje y para los sinópticos en los días en que tuvo lugar su entrada a Jerusalén. La discordancia no es casual. Juan era más teólogo que cronista. Eso significa que la secuencia en Juan no era cronológica sino teológica. Luego, la expulsión de los mercaderes marca en la visión de Juan un punto de ruptura decisivo con la ritualidad judía del tiempo de Jesús.

 

Lo interesante es que ese punto de ruptura no ocurre en nombre de la innovación sino en defensa de las más antiguas tradiciones del pueblo judío. Fue esa la razón por la cual Juan resaltó en su narración el hilo de continuidad con la Biblia de Israel al introducir en su texto las palabras del Salmo 69 referente al celo (cuidado) por la casa de Dios.

 

La casa de Dios debe ser mantenida limpia. Por eso Jesús expulsó del templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, así como a los prestamistas. Eso es lo que se entiende a partir de una primera lectura de los textos. Pero si leemos con atención no costará advertir que Jesús no los expulsó porque practicaban el comercio sino sólo porque lo hacían en el templo. Nunca Jesús enfrentó a los mercaderes de plazas o mercados. Recordemos, además, que José, el padre de Jesús, al ser carpintero, también era comerciante.

 

Jesús expulsó del templo a los comerciantes por la sencilla razón de que el comercio no pertenece al templo. El templo es el lugar en donde el ser busca su comunicación con un más allá, y el comercio, por su propia naturaleza, solo puede ser del más acá. Lo que es del mundo es del mundo (in-mundo). Lo que es de Dios es de Dios. En ese sentido Jesús actuaba de acuerdo a la más estricta tradición judía.

 

¿Era Jesús entonces un tradicionalista? En ningún caso. Recordemos que Jesús pasaba por alto las tradiciones cuando su fe lo decidía (predicar durante el Sábado por ejemplo) Lo que interesaba a Jesús no era la materia del templo, sino la representación de la casa del espíritu. Luego, el templo no era para él la piedra del templo como seguramente lo era para los sacerdotes rigoristas.

 

Más claro no pudo haber sido Jesús cuando explicó: “Si yo destruyo el templo, lo puedo reconstruir en tres días”. Se refería a su agonía, muerte y resurrección, es decir, al templo de su propio cuerpo. Con ello estaba diciendo que hay dos templos. El templo exterior y el templo interior. El primero no es más que la representación material del primero. El tiempo interior, el del espíritu, habita en mi cuerpo, es decir, en mi ser, y es de Dios. Pero para mantener limpio el templo interno necesitamos de la limpieza del externo. O dicho así: mercaderes, a tus mercados; militares a tus cuarteles. Y también: políticos a tu política. 

 

Dios en su templo no debe ser interferido. Tampoco a la inversa: Dios no debe ser llevado a los mercados. El templo nos recuerda que nuestro templo es también el lugar del tiempo de Dios. O, hablando con Pablo: "El templo de Dios habita en ustedes. Quien destruye el templo de Dios será destruido por Dios, porque el templo de Dios es santo y ustedes son ese templo" (1 Corintios 3,16)

 

De modo más erótico -mujer al fin- pero en el mismo sentido paulino, lo entendió Santa Teresa de Ávila cuando escribió acerca de ese "castillo interior" que todos tenemos y en cuyas "moradas" concertamos citas ocultas con Dios. Esas son, según Teresa, las moradas del ser. Son también, por eso mismo, las del pensamiento.

sábado, 23 de febrero de 2013

Comentario a “Transitoriedad” de Sigmund Freud


Fernando Mires. Blog POLIS

La relación ambivalente que se da entre la vida y la muerte la expresa muy bien Freud en uno de sus más bellos y breves escritos, Vergänglichkeit, que al español puede ser traducido como  transitoriedad, perecibilidad o también, efimeridad.

En Vergänglichkeit cuenta Freud que un día, al dar un paseo acompañado de dos amigos, uno de ellos un joven poeta, éste último expresó sus sentimientos maravillados frente a la belleza del paisaje que recorrían, pero al mismo tiempo, un profundo dolor. "Todo lo que él amaba y admiraba, le parecía desvalorizado por el destino de transitorio a que estaba determinado". Pero no para Freud, para quien lo transitorio no desvalorizaba a las cosas sino les confiere un valor adicional pues precisamente porque se sabe que algún día ya no estarán, es que las amamos. La limitación en la posibilidad de su goce, eleva aún más el valor de la vida. Y efectivamente, si nada fuese transitorio, perecedero o efímero, la vida misma, sin su contrapartida, perdería su sentido, como ocurrió a los personajes de Todos los hombres son mortales de Simonne de Beauvoir quienes condenados a la eternidad, pedían la muerte como absolución. Incluso el amor que sentimos hacia los seres que amamos cobra sentido frente a la posibilidad siempre amenazante de la pérdida, y si los seguimos amando, aún después que se han ido, es porque deseamos que vuelvan a aquella vida que una vez abandonaron.

Escribió Freud en su cáustico estilo de analista: "Nosotros vemos que la libido se aferra a sus objetos, y que no quiere abandonarlos, aún si hay una sustitución para ellos. Ese es el duelo"

Poco después de haber conversado con el joven poeta  ─ cuenta Freud  ─ estalló la guerra y robó al mundo su hermosura. Destruyó no sólo la belleza de las campiñas que arrasó y de las obras de arte que en su recorrido pisoteó sino también nuestro orgullo en las conquistas de la cultura, nuestro respeto frente a tantos pensadores y artistas, nuestras esperanzas en relación a una superación de las diferencias entre pueblos y razas". Pero alguna vez cesará el dolor, escribe Freud. "Cuando se renuncie a todo lo perdido, ese duelo se diluirá, y nuestra libido fluirá nuevamente libre (...) y así “los objetos perdidos serán sustituidos por otros" 

Freud, ese pesimista empedernido, escribe en Vergänglichkeit un poético canto a la vida; a aquella vida que nace no sólo en contra, sino también gracias a la muerte. A pesar de todos los horrores de destrucción y muerte, la vida se reintegrará en las almas de los vivos. Ese breve trabajo de Freud es un elogio a aquella ambivalencia que hace posible que existamos.

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Quiso la casualidad: justo cuando me ocupaba de Vergänglichkeit encontré las Coplas que escribiera durante el siglo XV el poeta español Jorge Manriquez (1440- 1479) a la muerte de su padre. Al empezar a leerlas descubrí que Las Coplas decían nada menos que lo que había intentado decir Freud con su lenguaje científico; pero más de quinientos años atrás y de un modo tan certero e impactante como sólo es posible decirlo por medio del lenguaje poético, más allá de “la lógica de la razón pura" que tan bien dominaba Freud.

No deja de ser interesante mencionar el hecho de que Jorge Manríquez escribe a la memoria de su padre. El gran poeta vivía en esos momentos la clásica escena post-edípica frente al "cuerpo de la persona amada". Con mayor razón si esa persona es el padre, surge el arrepentimiento frente a quien deseamos alguna vez que no hubiera existido y, por consecuencia, la reflexión "objetiva" (objetiva, pues el sujeto ya no está presente) acerca de la vida y de la muerte. Ya desde los primeros versos asoma la temática freudiana

Recuerde el alma dormida/ avive el seso y despierte /contemplando/ cómo se pasa la vida,/ cómo se viene la muerte/ tan callando /

El alma dormida: el inconsciente: “Lo otro”. Lo inconsciente irrumpe y contempla el silencioso ir de la vida y el venir de la muerte; ambas unidas, fluyendo al interior y al exterior de nuestra vida.

cuan presto se va el placer,/ como después de acordado da dolor,/ como a nuestro parescer/ cualquier tiempo pasado fue mejor./

El placer es un momento repentino y efímero que se va antes que lo reconozcamos como tal. Pero después de haberse ido ─ no importa si lo hayamos vivido o no ─ su recuerdo sigue escondido en el interior y al tra­tar de salir a fin de repetirse ─ e incluso reinventarse ─ en el tiempo, recibe desde afuera el NO (el padre; el Yo; la cultura) que lo culpabiliza. Entonces se produce el dolor (displacer) que surge de la imposible repetición del deseo. Pero el deseo sigue viviendo, recreando el imaginario momento en que fue real, transformándose por eso mismo en impulso de vida. Por lo tanto, construye ese deseo/ impulso, al interior de nuestro ser, su propia realidad a la que, sobre todo en los sueños, deseamos regresar, pues comparado con el tiempo presente que vivimos donde ese placer no puede reaparecer, representa ese recuerdo la más grandiosa de las dichas: la del ser total que nunca podrá materializarse en la vida transitoria.

El tiempo pasado, lo ya vivido, lo que ya está muerto, sigue viviendo en nuestros interiores, ejerciendo una atracción magnética sobre el ser de cada uno. Los individuos y los pueblos tienden a buscarlo en el futuro. Pero esa es sólo la proyección racional en el tiempo de aquello que ya ─ imaginamos ─ sucedió. Creo que eso es también lo que muestra el enigmático Angelos Novus de Paul Klee, pintura borrosa que iluminó el alma de Walter Benjamín (El Ángel de la Historia) poco antes de morir.

Y pues vemos lo presente/ como en un punto es ido y acabado/ si juzgamos sabiamente,/ daremos lo no venido por pasado./ No se engañe nadie, no,/ pensando que ha de durar lo que espera/ más que duró lo que vio/ porque todo ha de pasar/ por tal manera.

La vida es efímera, perecedera, transitoria. Y si somos sabios, vale decir, si incorporamos a la estricta racionalidad del YO la sabiduría del Ello, nos daremos cuenta que el tiempo a que ese Yo quiere someternos es algo extremadamente relativo. Pues más allá de ese tiempo que el Yo porta y mide, individual y colectivamente, continúa la existencia universal, en la cual dejamos de existir como aquella unidad transitoria que somos.

Más allá de nuestro tiempo, hay otros tiempos, de modo que puede ser perfectamente posible ─ noción einstiana  ─ que lo que ha de suceder ya ha sucedido, y el futuro no sea sino el pasado de ese tiempo que no vivimos pero al cual pertenecemos. O mejor dicho: de ese tiempo al cual ya pertenece nuestro mundo interior, más acá y más allá de la vida que imaginamos vivir. Entonces, no nos engañemos. Nada es absoluto; por lo menos para nosotros; todo es transitorio porque todo ha de pasar alguna vez, si es que lo que ha de suceder efectivamente ya no ha sucedido. J. L Borges diría (creo incluso, lo dijo): “ya todo sucedió”.

Jorge Manríquez, en el siglo XV, fue además el primero que dijo esa frase que de tanto repetida parece haber perdido todo su tremendo, heraclitiano  y genial sentido originario:

Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar a la mar/ que es el morir/

Esa es también la tesis del Freud en Transitoriedad. Existe un impulso hacia la no-vida (la materia inorgánica) que es el fluir de los ríos que van a dar al mar de la muerte. Por eso entre los ríos y el mar existe una relación inseparable. Que nadie piense que el río avanzará más allá del mar y de los mares. Allí, a la muerte del río en el mar, confluyen todas las vidas.

Dijo un poeta popular chileno de vida hermosamente licenciosa, Roberto Parra: de este mundo nadie sale vivo. No existe, en verdad, nada más igualitario que la muerte. Frente a ese fin, todos los proyectos de inmortalidad, toda la supuesta trascendencia de nuestros actos, todas las ideologías del mundo, resultan absurdos pues, como escribiera Jorge  Manríquez

allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los ríos caudales/ allí los otros medianos/ y más chicos:/ allegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.

La paradoja del caso es que el mar de la muerte ─ eso no podía saberlo Jorge Manrique, aunque Sigmund Freud así lo presintió cuando nos habló en otros textos del “sentimiento oceánico” (Romain Rolland) ─ no sólo es un morir: es otra vida, o si se prefiere: es sólo “otra” modalidad de ser en el ser.

 (Texto extraído del libro El Malestar en la Barbarie, resumido y mejorado por el propio autor)