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sábado, 18 de marzo de 2023

Revolución

 


Del II Tomo de “La revolución cubana: Un análisis crítico de la era del castrismo”. Capítulo I

Mario J. Viera

Si estudiamos todos los procesos o peculiaridades por los que transcurren y caracterizan a las revoluciones clásicas, podrá colegirse ─ sin implicar en este razonamiento una admisión del determinismo histórico ─, que existen y rigen, en toda revolución, determinadas características que las identifican.

La revolución que se iniciaba en Cuba no era una de carácter clasista, sino una revolución de la clase media cubana urbana

Las revoluciones no son movimientos de ciudadanos, sino movimientos de masas; y ya Castro, desde el primer día, se manifiesta como un agitador de masas. Toda revolución, en sus etapas iniciales, es populista; porque sin el apoyo popular, devenido en apoyo de masas o de populacho, fracasan. Y Castro proclama al pueblo como el conductor verdadero de la insurrección. Le coquetea al pueblo, presentándole como el verdadero ejecutor de la rebelión antibatistiana; quiere ganarse su simpatía, y aún más, si fuera posible, su adoración, como si él mismo fuera el Mesías ansiado. La revolución la ha hecho el pueblo y el pueblo es la revolución. Identidad pueblo-revolución. El mal que se haga contra la revolución se entiende hecho contra todo el pueblo: Dice Castro: “Los ataques contra la Revolución van contra el pueblo, los ataques contra nosotros van contra el pueblo, porque nosotros aquí no representamos otro interés que el interés del pueblo[1].

Las revoluciones comienzan con la toma del poder del partido revolucionario, y solo desde el poder se ejecuta la revolución, así ha sido con la Revolución Francesa del jacobinado, así fue durante la mini revolución de la Comuna de París, y así ha sido con la revolución bolchevique de 1917.

Desde ahora en adelante se cumplirían las leyes o caracteres que rigen un movimiento revolucionario:

Primera ley: En toda revolución rige la Ley de Jano, un rostro mirando al pasado que la justifica, y otro rostro mirando al futuro que la anima, y nunca mirando al presente. Se impone el miedo al retorno del pasado, formándose a posteriori el miedo a la libertad: “en un proceso revolucionario tan hondo como este ─ dirá Castro el 6 de febrero de 1959 ─, no caben términos medios, que un proceso revolucionario como este llega a la meta o el país se hunde en el abismo, que o avanzamos cien años o retrocedemos cien, que una recaída en el pasado sería la peor suerte, y la suerte más indigna que pudiera caberle a un pueblo como este”. Y ratifica este concepto el 16 de marzo cuando toma posesión del cargo de Primer Ministro: “¡El fracaso de la Revolución es el abismo, la guerra civil, el mar de sangre y, al fin y al cabo, el regreso de Batista, de Ventura, de Chaviano, de Masferrer, de Carratalá y de toda aquella caterva de criminales!, porque aquí no hay términos medios”.

El futuro visto como promisorio y el presente es solo una etapa que se alcanza para llegar al futuro halagador. Castro lo dice así, el 22 de diciembre de 1975 con motivo de la Clausura del Primer Congreso del Partido Comunista (PCC):

Nuestro futuro se presenta halagador, se presenta claro. Hoy somos libres, hoy somos dueños absolutos de nuestro destino, y por eso podemos construir ese futuro. Llegaremos tan lejos cuanto seamos capaces de llegar (…) Seguiremos adelante. ¡Construiremos el socialismo! (…) Una nueva etapa de la Revolución se inicia con este Congreso. El camino hasta aquí no ha sido fácil, pero lo hemos andado. El camino futuro tampoco será fácil, pero lo andaremos mejor todavía. Ese camino lo ha trazado el Congreso…”. 

La Revolución promete la libertad; pero las libertades han de ejercerse bajo un condicionamiento: “hacer un uso digno y patriótico de ellas”, según el criterio de Castro, entendiéndose como “patriótico” el apoyo que se dé al partido revolucionario y solo a la revolución.

Segunda Ley: En toda revolución existe la violencia de la Titanomaquia, la batalla entre los titanes: lucha entre adversarios competidores por el liderazgo de la revolución, el sector más fuerte aplasta al más débil, jacobinos sobre girondinos, Stalin sobre Trotsky; Movimiento 26 de Julio sobre el Directorio Revolucionario; la lucha entre revolucionarios y contrarrevolucionarios; las fuerzas revolucionarias reprimen con violencia a las fuerzas antagónicas opuestas a la revolución. En este contexto no deja de faltar el revanchismo del partido vencedor, en contra de los desplazados del poder o en contra de los adversarios políticos dentro del campo revolucionario, pudiendo asumir tanto formas violentas como sutiles. El revanchismo con apariencias de “hacer justicia” por medio de la guillotina o los paredones de fusilamiento; o como cuestión de los “principios revolucionarios”

Tercera Ley: A la revolución en sus inicios siempre se opondrá un movimiento armado, generalmente con base campesina al estilo de la Vendée en Francia, con apoyo de alguna potencia extranjera; así ocurrió en la revolución francesa, así se produjo durante la revolución bolchevique con las bandas blancas de Antón Denikin y Aleksandr Kolchak, y así se cumplió en la revolución cubana con las bandas de guerrilleros principalmente en el Escambray. Movimientos condenados al fracaso, aplastados por el poder revolucionario y la fuerza de las masas: Ley de la Vendée. 

Cuarta Ley: En toda revolución fatalmente se cumple la Ley de Saturno, cuando comienzan los antagonismos dentro del mismo partido revolucionario: la fuerza hegemónica del partido revolucionario, anula o asesina a la minoría disidente. El fuerte devora al débil. Si, así lo vislumbra el mismo Castro cuando dice en su discurso del 8 de enero de 1959, pronunciado en el Campamento militar de Columbia: “Los peores enemigos que en lo adelante pueda tener la Revolución Cubana somos los propios revolucionarios”.

Quinta Ley: Toda revolución se proclama a sí misma, a su movimiento, como “fuente de derecho”, por la dinámica propia de las transformaciones que implanta, y se legitima en la razón misma del ser y del poder ser. La revolución no solo es fuente de derecho, sino también el final de la historia. El pasado es una etapa oscura de enfrentamiento entre las fuerzas del “progreso” y la retardatorias, la revolución es la negación del pasado. La Historia comienza con la revolución y con ella llega el fin de la Historia.

Sexta Ley: En toda revolución hay combate contra un enemigo objeto ─ aristócrata, oligarca, terrateniente, burguesía, grandes intereses ─ al que se le identifica como causa y razón de todos los tropiezos y de todos los obstáculos que se presentan durante el proceso revolucionario; el enemigo al que hay que eliminar con la violencia de la justicia revolucionaria: sans-culottes contra aristócratas, en Francia; arios contra judíos, en Alemania; clase obrera contra “saboteadores”, en Rusia. Castro identificará como enemigo objeto al “imperialismo” o a los “ricachones”: “Ustedes saben bien que hay gente que no tiene que trabajar ─ denuncia en Santiago de Cuba en discurso del 30 de noviembre de 1959 ─.  Ustedes saben bien que hay gente que en su vida ha derramado una sola gota de sudor.  Ustedes saben que hay gente que vive muy bien y sin embargo no trabaja, y que, sin embargo, tiene tiempo de sobra para murmurar, para regar “bolas” y para hacer campañas contrarrevolucionarias”. Lucha de clases según la doctrina marxista de interpretación de la historia.

Séptima Ley: Las revoluciones necesitan de las crisis, reales, imaginarias o auto creadas, para prolongarse en el tiempo. Las crisis justifican los medios. Así lo entendía Castro:

La Revolución necesita combatir, el combate es lo que hace fuerte a las revoluciones; las amenazas de invasión extranjera y las agresiones que ha sufrido nuestro país, y que pusieron en pie de lucha al pueblo cubano, ha hecho más fuerte a la Revolución. Una revolución que no fuese atacada, en primer lugar, no sería, posiblemente, una verdadera revolución.  Además, una revolución que no tuviera delante un enemigo, correría el riesgo de adormecerse, correría el riesgo de debilitarse. ¡Las revoluciones necesitan luchar, las revoluciones necesitan combatir, las revoluciones, como los ejércitos para hacerse aguerridos, necesitan tener delante un enemigo![2] 

Octava y Novena Ley: Toda revolución cumple una función sigmoide: inicio, clímax y decadencia. En toda revolución que se pretenda continuar más allá del marco de sus objetivos, prolongarla en el tiempo, se cumple la Ley de Termidor: la revolución deviene entonces en su propia antítesis; la negación de su propia negación.

Décima Ley: El torbellino revolucionario, actuando como Ley sobre toda Ley, subsume y subroga al mismo tiempo al Estado. El poder revolucionario, al asumir el Gobierno, asimila al Estado y se hace Estado y Gobierno, todo en una sola unidad. La coerción ya no es función exclusiva del Estado, y el mismo Estado deja de ser la representación jurídica y política de toda la sociedad para, absorbido dentro del único ente político que es la Revolución, ser la representación política y jurídica de la facción en el poder.

Todos estos factores se irán manifestando en la “Revolución Cubana” con el transcurrir de los años.

Para Silvio Costa[3], las revoluciones “se dan a partir de las modificaciones económicas, sociales, políticas, culturales, que agravan las contradicciones inherentes al propio desarrollo de las sociedades, y cuando una parte significativa de la población entiende que no es posible continuar viviendo bajo el orden económico, social y político existentes, y que es necesaria una transformación”.

Para la llamada Revolución Cubana, ¿se cumplen estos presupuestos?



[1] Fidel Castro: Discurso ante los trabajadores de la Shell 6 de febrero de 1959

[2] Fidel Castro, discurso en Santa Clara en el antiguo cuartel Leoncio Vidal, 28 de enero de 1961

[3] Silvio Costa. Comuna de París: Historia y Revolución. Madrid, Invierno/2001

martes, 19 de febrero de 2019

El mensaje de Kennedy y su reacción en Cuba


Fragmentos del Cap. XX del libro no publicado, Amigos, Aliados y Enemigos, Un análisis crítico de la era del castrismo.

Mario J. Viera



A las 7:00 PM del día 22 de octubre, Kennedy, desde la oficina oval de la Casa Blanca, libraría un mensaje dirigido a la nación y al mundo. Públicamente se daban a conocer los pormenores de la presencia de armas nucleares soviéticas emplazadas en Cuba y el peligro que las mismas representaban para Estados Unidos y para el Hemisferio. Todo el mundo estaría al tanto de las medidas que se habían decidido para enfrentar el peligro potencial que aquel armamento de misiles de alcance medio e intermedio emplazados en Cuba representaba.

Las cámaras de la televisión y los micrófonos de la radio y de los corresponsales de prensa, recogieron el discurso presidencial, un discurso cuyo borrador había sido rigurosamente estudiado por los asesores de Kennedy y por los miembros del ExComm.

Con rostro serio, el presidente enfrentó las cámaras y comenzó a darle lectura a su discurso: “Buenas noche, compatriotas” ─ comenzó a leer en tono grave pero tranquilo ─ “Este gobierno, como prometió, ha mantenido la más cercana vigilancia del fortalecimiento militar soviético en la isla de Cuba. Durante la semana pasada, una evidencia inconfundible ha establecido el hecho de que una serie de sitios de misiles ofensivos está ahora en preparación en la isla encarcelada. El propósito de estas bases no puede ser otro que proporcionar una capacidad de golpe nuclear contra el hemisferio occidental (...) habiendo ahora confirmado y completado nuestra evaluación de las pruebas y nuestra decisión sobre un curso de acción, este gobierno se siente obligado a informarles esta nueva crisis con el máximo detalle”. 

Pero, mientras Kennedy pronunciaba estas palabras, en Cuba, ya desde las 3:50 PM, tras conocerse que el presidente de Estados Unidos haría ese día su presentación ante la prensa, las fuerzas armadas de Cuba habían sido puestas en “Situación de Alerta” y finalmente, a las 5:35 PM, Castro emitiría la orden de Alarma de Combate para todo el país. El Periódico Revolución colocó en primera plana y con gran realce dos titulares, “Alarma de combate” y “La Nación en pie de guerra” y, como nos trae a la memoria Adolfo Gilly,[1] en todas las calles habaneras apareció el mismo cartel, uno, en rojos caracteres llamando “¡A las Armas!” ilustrado con la imagen de un miliciano enarbolando una metralleta. Los habaneros, sin mucha alarma contemplaban, a lo largo de todo el litoral capitalino, como se emplazaban sitios de las ametralladoras antiaéreas, conocidas como cuatro bocas, con sus cañones apuntando hacia el norte. Los batallones de las milicias eran puestos en pie de alerta y por todo el país había movilizaciones militares. Un bunker subterráneo en las proximidades de La Habana que, de acuerdo con el ya citado Teniente coronel (r) Rubén E. Jiménez, “contaba con todos los medios necesarios para garantizar la seguridad de la dirección”, se condicionaba para alojar al Estado Mayor de las fuerzas soviéticas y cubanas para la coordinación de operaciones.

En su discurso, tal como se había acordado previamente, Kennedy no haría mención al número de misiles instalados en Cuba ni los sitios de sus emplazamientos, solo mencionaría que las características de los nuevos sitios de emplazamiento indicaban dos tipos de instalaciones: “Algunas de estas incluyen misiles balísticos de mediano alcance, capaces de transportar ojivas atómicas a una distancia de más de 1 000 millas náuticas. Cada uno de estos misiles, en definitiva, ─ recalcó ─ es capaz de golpear a Washington, D. C., el Canal de Panamá, Cabo Cañaveral, la ciudad de México, o cualquier otra ciudad en el sureste de Estados Unidos, en América Central, o en el área de Caribe”. Luego se refirió a los emplazamientos los cuales posiblemente estaban diseñados para alojar misiles de alcance intermedio, más peligrosos por su capacidad de golpear a la mayor parte de las grandes ciudades del hemisferio “tan al norte como la Bahía de Hudson en Canadá y tan al sur como Lima en Perú”, peligro que se hacía más notorio con la presencia de bombarderos ultrasónicos capaces de portar armas atómicas que se estaban desembalando en Cuba y preparándose sus necesarias bases aéreas.

El mundo quedaba enterado, el secreto de los emplazamientos de armas atómicas en Cuba dejaba de ser un secreto para todos, salvo para el ciudadano común y corriente de Cuba. La presencia de estas armas de largo alcance, claramente armas de destrucción masiva, declaró Kennedy constituían “una amenaza explícita para la paz y la seguridad de toda América, en flagrante y deliberado desafío del Pacto de Río de Janeiro de 1947, las tradiciones de esta nación y de este hemisferio, la resolución conjunta del 87 Congreso, la Carta de las Naciones Unidas y mis propias advertencias hechas en público y dirigidas a los soviéticos el 4 y el 12 de septiembre”.

En su presentación ante la televisión cubana al siguiente día, Castro ripostaría a esta expresiones de Kennedy, diciendo “...las razones que invoca, todas son razones absolutamente infundadas, habla que los armamentos recibidos por Cuba constituyen una amenaza a la paz y a la seguridad de toda la América, de flagrante y deliberado reto al Pacto de Río de Janeiro de 1947; pacto que podrá tener validez para los que siguen en el rebaño del imperialismo, pero no para nosotros (...) la Resolución Conjunta del 87 Congreso. A nosotros qué nos importan la Resoluciones, lo mismo la 87, que la 7, que la quinientos ochenta y siete del Congreso Norteamericano (...) y por fin dice ‘mis propias advertencias públicas a los soviets del 4 y 13 de septiembre’, y a nosotros qué nos importan las advertencias del señor Kennedy; eso le puede importar a él y a su gente, pero a nosotros no nos importan absolutamente nada”.

En una reunión del Consejo Nacional de Seguridad celebrada el 21 de octubre para revisar el borrador del discurso que debía pronunciar el presidente, Robert S. McNamara fue partidario que en el discurso se debía responsabilizar a la URSS por el despliegue del armamento atómico en Cuba ya que resultaba “importante poner énfasis en el aspecto extra hemisférico” de ese despliegue con el objetivo de aumentar el apoyo a las acciones que se contemplaban poner en ejecución. Así lo hizo Kennedy cuando, tras denunciar las falsas declaraciones del gobierno soviético que aseguraban que la URSS no tenía necesidad de buscar sitios para la instalación de misiles atómicos más allá de sus fronteras, declaró: “...cuando ya tenía en mis manos una prueba concreta de este rápido desarrollo del poderío militar, el Ministro de Relaciones Exteriores Gromiko, me dijo en mi oficina que estaba instruido para dejar claro nuevamente, como ya su gobierno lo había ya hecho, que la asistencia soviética a Cuba ‘perseguía exclusivamente el propósito de contribuir a las capacidades defensivas de Cuba’, queel entrenamiento de nacionales cubanos por especialistas soviéticos en el manejo de armas que de ningún modo son de carácter ofensivo, y si fuera lo contrario ─ continuó el Señor Gromiko ─ el gobierno soviético nunca se vería involucrado para prestar tal asistencia’; y Kennedy resume: “Ni los Estados Unidos ni la comunidad mundial de naciones pueden tolerar mentiras deliberadas y amenazas ofensivas por parte de cualquier nación, grande o pequeña”.

A esto replicaría Castro refiriéndose a lo que él denominó intento de Estados Unidos de impedir que su gobierno se armara: “En este intento de impedir que nosotros nos preparemos, empezaron por La Coubre, con la explosión del vapor La Coubre, y con el propósito de evitar que nosotros tuviéramos armas. Entonces después presionaron a Bélgica. Ellos querían que nosotros estuviéramos desarmados, a merced de ellos naturalmente, para que pudieran agredirnos cuando les diera la gana. Ellos pensaban que con una invasioncita tipo Playa Girón iban a resolver el problema si nosotros estábamos desarmados. Y entonces ahora culminan en este esfuerzo, en esta aventura realmente peligrosa para la paz mundial de impedir incluso que nos armemos con la ayuda del campo socialista”. 

Castro intentaba de este modo apartar el tema básico del armamento atómico que Estados Unidos denunciaba, para presentarle como si se tratara de una negación de la gran potencia al derecho de Cuba a contar con armas defensivas, con armamento convencional. Para nada Castro alude al armamento de misiles de mediano e intermedio alcance armados con ojivas nucleares. Castro presenta todo como si se tratara de un nuevo intento de invasión armada de Estados Unidos para el derrocamiento de su gobierno: “Cuando nosotros nos dimos cuenta de que estaban ocurriendo una serie de movimientos y que era eminente una acción, no sabíamos concretamente cual iba a ser, por donde iba a comenzar esa acción. Entonces, discutiendo la situación con los compañeros, llegamos a la conclusión de que era necesario alertar nuestras fuerzas, y por eso en la tarde de ayer a las cinco y cuarenta de la tarde se dio la orden de alarma de combate”.

(...)

Kennedy ya antes había expresado, cuando se revisaba el borrador de su discurso, que se debería enfatizar el modo clandestino conque la URSS había actuado en Cuba, y así lo hizo y así lo expuso: “Durante muchos años, tanto la URSS como los Estados Unidos ─ reconozcámoslo ─ han desarrollado armas estratégicas nucleares con gran cuidado, nunca trastornando el precario status quo que asegura que esas armas no sean usadas en ausencia de algún reto vital. Nuestros propios misiles estratégicos nunca han sido transferidos al territorio de cualquier otra nación bajo un manto de secreto y engaño (...) esta secreta, rápida y extraordinaria instalación de misiles comunistas (...) esta repentina y clandestina decisión de estacionar armas estratégicas por primera vez fuera del territorio soviético, es un cambio deliberadamente provocativo e injustificado al status quo que no puede ser aceptado por este país, teniendo en cuenta que nuestro valor y nuestros compromisos como siempre han sido reconocidos tanto por amigos como enemigos”. Y agrega Kennedy: “Los años 30 nos enseñaron una lección muy clara: la conducta agresiva, si se le permite continuar sin control, al final conduce a la guerra. Esta nación se opone a la guerra. También somos fieles a nuestra palabra. Nuestro incuestionable objetivo, no obstante, debe ser impedir el empleo de estos misiles en contra de este o cualquier otro país, y asegurar su retirada o su eliminación del hemisferio occidental (...) ha llegado el momento de tomar decisiones, y estas decisiones están empezando a ser tomadas. No correremos el riesgo prematura o innecesariamente los riesgos de una guerra nuclear mundial en la cual, hasta los frutos de la victoria, nos serían amargos, pero nunca retrocederemos ante los peligros que en cualquier tiempo tengamos que enfrentar”.

Así, actuando, dijo, en defensa de la seguridad de Estados Unidos y de todo el hemisferio occidental, expuso cuáles serían los pasos iniciales que su gobierno implementaría; el primero de ellos, el establecimiento de una estricta “cuarentena”, es decir, un bloqueo selectivo sobre todo equipo militar ofensivo que se enviara a Cuba, por el cual todo tipo de barco con destino a Cuba, procedente de cualquier nación o puerto, si se encontrara que llevaba un cargamento de armas ofensivas, se les haría regresar. El empleo del término "cuarentena" que Kennedy prefirió emplear, legalmente distingue esta acción de bloqueo, término que asume un estado de guerra; el uso de "cuarentena" en lugar de "bloqueo", por otra parte, también permitía a los Estados Unidos recibir el apoyo de la organización de Estados Americanos”[2].

La segunda medida que pondría en ejecución sería incrementar la estricta vigilancia de Cuba sobre el refuerzo del armamento estratégico allí, y, advirtió: “De continuar estos preparativos militares ofensivos, la amenaza al hemisferio se incrementaría, se justificarían más acciones. He ordenado a las Fuerzas Armadas prepararse para cualquier eventualidad; y confío que, en interés tanto del pueblo cubano como de los técnicos soviéticos en todos esos sitios, sean reconocidos los riesgos que entrañan la continuación de esta amenaza para todos los interesados”.

En tercer lugar, Kennedy advirtió que sería política de Estados Unidos considerar como un ataque de la Unión Soviética a los Estados Unidos cualquier misil lanzado desde Cuba contra cualquier nación del hemisferio, lo que “requeriría una total respuesta de represalia sobre la Unión Soviética”. Agregó, además: “Como medida necesaria de precaución militar, he reforzado nuestra base en Guantánamo, evacuado hoy a los familiares de nuestro personal allí y ordenado a las unidades militares adicionales a mantenerse en estado de alerta”.   

Castro, a estas últimas palabras del presidente John F. Kennedy, le replicaría en su comparecencia ante la televisión: “Después hablan de la Base de Guantánamo. Tendrán derecho a hablar de la Base de Guantánamo, es decir, que están hablando de una base que ellos tienen en nuestro territorio, que la tomaron allí por la fuerza, que la mantienen contra la voluntad de nuestro pueblo y entonces tranquilamente hablan de la Base de Guantánamo, la base que está en nuestro territorio y descaradamente dicen que están utilizando esa base, que la han reforzado, es decir para utilizarla contra Cuba. Es una magnífica advertencia que le hacen a todos los países donde ellos tienen actualmente bases militares”.

(...)

Castro apela al sentimiento nacionalista, que ha ido in crescendo dentro de las masas inspiradas en el poder carismático del castrismo, enfatizando que la razón de ser de la base era su empleo contra la soberanía de Cuba, y su permanencia, como territorio ilegalmente ocupado. No obstante, cuando hacía estas declaraciones ya en Cuba se habían establecido numerosas bases militares soviéticas, es decir de un poder extranjero, sin consultar la voluntad del pueblo. Tal como recuenta el historiador cubano Ramón Pérez Cabrera[3], las tropas terrestres soviéticas estaban dislocadas en diferentes zonas de la isla como Holguín, en la provincia de Oriente; Remedios en Las Villas; Managua en La Habana y Artemisa en Pinar del Río. Se conformaban por cuatro regimientos, cada uno de ellos integrado por unos tres mil efectivos, que incluían infantería motorizada, tanques y artillería convencional y coheteril. Las fuerzas aéreas soviéticas, según lo apuntado por este autor, formaban un regimiento con cuarenta aviones caza Mig-21, seis Mig-15 y un Mig-17, así como una escuadrilla de bombarderos IL-28, por otra parte, la jefatura de la Agrupación de Tropas Soviéticas (ATS) tenía bajo sus órdenes un regimiento de helicópteros MI-14 con su base en playa Baracoa en La Habana.

En el mismo tono grave conque había iniciado la lectura de su declaración, continuó Kennedy exponiendo las medidas que había ordenado implementar: “Esta noche estamos pidiendo una reunión urgente al Órgano de Consulta de la Organización de Estados Americanos para considerar esta amenaza a la seguridad hemisférica e invocar los artículos 6 y 8 del Tratado de Río de Janeiro en apoyo de todas las necesarias acciones. La Carta de las Naciones Unidas permite acuerdos de seguridad regional, y las Naciones de este hemisferio han decidido hace mucho tiempo contra la presencia militar de potencias extranjeras. Nuestros otros aliados alrededor del mundo han sido también advertidos”. Kennedy además solicitaba una urgente reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para accionar en contra de “la última amenaza de los soviéticos a la paz mundial” y reclamar “el inmediato desmantelamiento y retiro de todas las armas ofensivas en Cuba bajo supervisión de observadores de la ONU, antes de que la cuarentena pudiera levantarse”.

Finalmente, Kennedy intencionalmente desconoce a Castro; la responsabilidad la carga sobre Jrushchov, sobre la Unión Soviética; el conflicto está planteado solo como un tema entre las dos potencias mundiales:

Hago un llamamiento a Presidente Jrushchov para detener y eliminar esta amenaza clandestina, irresponsable y provocadora a la paz mundial y a las relaciones estables entre nuestras dos naciones. Le hago además un llamamiento para abandonar este camino de dominación mundial y unirse en un esfuerzo histórico para poner fin a la peligrosa carrera de armamentos y transformar la historia del hombre.  Él ahora tiene la oportunidad de apartar al mundo del abismo de la destrucción - retornando a las propias palabras de su gobierno de no tener necesidad de emplazar misiles fuera de su propio territorio, y retirar estos armamentos de Cuba ─ absteniéndose de cualquier acción que ampliase o profundice la crisis actual ─ y luego participando en la búsqueda de soluciones pacíficas y permanentes.

Estados Unidos estaba preparado para emprender acciones diplomáticas para detener “la amenaza soviética a la paz” sin limitar su libertad de acción. Kennedy, refiriéndose a los esfuerzos que su gobierno había conducido para limitar la propagación de las armas nucleares y la eliminación de todas las bases militares por medio de “un tratado de desarme justo y eficaz”, declaró que estaba abierto a nuevas propuestas para remover las tensiones entre Estados Unidos y la URSS, “incluyendo las posibilidades de una Cuba verdaderamente independiente, libre para determinar su propio destino”.

Castro replica, sin mencionar para nada el armamento atómico que la Unión Soviética, clandestina, secreta y a espaldas de todo el pueblo cubano, instalaba en la isla; apenas hace una alusión al tema de las armas ofensivas empleando para ello todo un malabarismo retórico: “...los imperialistas han inventado ahora el término de “armas ofensivas” y “armas defensivas” ¿cuáles son armas ofensivas y armas defensivas? Porque los fusiles que vinieron a Playa Girón eran armas ofensivas. Las bazucas, las granadas, los morteros, las balas, los cuchillos que desembarcaron en Playa Girón eran armas ofensivas, sin embargo, los fusiles, los morteros, los tanques nuestros eran tanques defensivos, mientras los tanques Sherman que ellos desembarcaron allí, eran tanques ofensivos. Porque lo que determina el carácter ofensivo de las armas no es su estructura, si no su uso, su empleo, y como las armas nuestras nosotros las empleamos para defendernos, nuestros fusiles, nuestros cañones, nuestros tanques no eran ofensivos y los fusiles, las armas, los tanques que ellos trajeron eran ofensivos. Eso no se puede discutir en ninguna parte. Sin embargo, los imperialistas han inventado ahora la categoría de arma. Es un puro invento de ellos en el intento de mantener al pueblo desarmado (...) No tenemos la menor intención de rendir cuentas o de consultar a los ilustres miembros del Senado y la Cámara de Estados Unidos acerca de las armas que estimemos convenientes adquirir y las medidas a tomar para defender de modo cabal a nuestro país”.

Kennedy, humillantemente le ha desconocido en su discurso, la decisión del establecimiento de las armas atómicas en Cuba ha sido de Nikita Jrushchov, de la Unión Soviética no de una “Cuba verdaderamente independiente, libre para determinar su propio destino” y esto Castro no lo puede aceptar y asume toda la responsabilidad, es él quien decidiera qué armas eran convenientes adquirir para la defensa cabal de su régimen. Sin embargo, el 23 de agosto de 2010 daría una versión diferente durante una reunión con científicos que sostuvo en el Palacio de la Revolución y reportada por la AFP. Castro diría entonces: “A nosotros no nos interesaba tener cohetes aquí, ni tener una base. Nos interesaba más la imagen del país. Una base soviética desvalorizaba la imagen de la Revolución, su capacidad de influir en nuestra región. ¿Por qué lo aceptamos?”, es decir, ¿por qué aceptó la decisión soviética de establecer las bases de misiles en Cuba? Su respuesta, aunque intentando justificarse, es clara: “Para nosotros era muy duro. Pero era una cuestión de internacionalismo… si estábamos esperando que el campo socialista se sacrificara y luchara por nosotros, debíamos estar dispuestos a sacrificarnos por ellos”.[4] Nada de “internacionalismo”, se trataba de una imposición soviética a la cual tenía que atenerse Castro, un asunto de “lo tomas o lo dejas”.

Para finalizar su discurso, Kennedy diría algunas palabras “al pueblo cautivo de Cuba” que le serían “llevadas directamente mediante facilidades radiales especiales”; palabras que apenas fueron escuchadas por una muy pequeña cantidad de cubanos, en tanto que la mayoría solo tuvo conocimiento de las mismas a través del filtro del discurso de Castro el día 23 de octubre. Él les hablaría a los cubanos, dijo, “como un amigo, como alguien que sabe del profundo apego de ustedes a su patria, como uno que comparte sus aspiraciones de libertad y de justicia para todos”. Expresó la onda pena que sentía al conocer que la “revolución nacionalista” de los cubanos había sido traicionada por sus dirigentes y el país caído bajo la dominación de una potencia extranjera. Kennedy quería expresar ante los cubanos y ante el mundo que las acciones que su gobierno emprendería no iban dirigidas contra la “revolución nacionalista”, pretendía alertar a los cubanos que esas acciones iban dirigidas directamente contra el castrismo, porque sus líderes “ya no son dirigentes cubanos inspirados por los ideales cubanos. Ellos son marionetas y agentes de una conspiración internacional que ha vuelto a Cuba en contra de sus amigos y vecinos en las Américas...” agregando a continuación: “le han convertido en el primer país de América Latina en hacerse blanco en una guerra nuclear”. Y alertó al pueblo de Cuba de que las nuevas armas que se instalaban en su territorio no eran en su interés; esas nuevas armas “en nada contribuyen a la paz y al bienestar” de los cubanos, todo lo contrario, “solo socavarle”. Luego de expresar que Estados Unidos no deseaba causarles sufrimientos o imponerles cualquier sistema a los cubanos, concluyó diciendo:

Muchas veces en el pasado, los cubanos se han levantado para deshacerse de los tiranos que destruían su libertad. Y no me cabe duda que la mayoría de los cubanos hoy esperan con ansias la hora cuando serán verdaderamente libres de la dominación extranjera, libres de elegir sus propios líderes, libres para seleccionar su propio sistema, libres para poseer su propia tierra, libres para hablar y escribir y adorar sin miedo o degradación. Y entonces, Cuba será bienvenida de regreso a la sociedad de las naciones libres y a las asociaciones de este hemisferio”.

Valorando el discurso de Kennedy, el New York Times en su edición del 23 de octubre expresó: “Dos aspectos de la intervención fueron notables. Uno fue su impulso directo a la Unión Soviética como el responsable de la crisis. El Sr. Kennedy trató a Cuba y al gobierno del Premier Fidel Castro como un mero peón en manos de Moscú y dibujó el tema como uno con el gobierno soviético”.


[1] Adolfo Gilly. A la luz del relámpago: Cuba en octubre. La Jornada, UNAM, México
[2] Office of the Historian. Milestones 1961-1968. The Cuban Missile Crisis, October 1962
[3] Ramón Pérez Cabrera. Pilares del Socialismo en Cuba. el Poder Revolucionario. Lulu.com, 2010
[4] AFP. ABC Color. 24 de agosto de 2010

martes, 12 de diciembre de 2017

La feria de los tiranos

Tulio Hernández. Diario EL NACIONAL



 Eso de querer mantenerse en el poder supremo hasta el día de la muerte es contagioso. Podría pensarse que era una obsesión propia de tiranos del siglo XIX y del XX. Que Fidel Castro y Robert Mugabe eran dinosaurios de una especie en extinción. El primero, porque a los 90 años de edad había acumulado 49 como el hombre fuerte del gobierno comunista cubano. El segundo, porque a los 93 tenía en su cuenta 37 años continuos como presidente de la República africana de Zimbabue. Pero no era así.

Resulta que el siglo XXI, ahora con una mascarada democrática, se ha inaugurado con un grupo de presidentes electos que no se resignan a abandonar el poder y que, como Franco o Juan Vicente Gómez, aspiran a entregarlo solo después de la muerte.

Hugo Chávez era el más impúdico. Se hizo una Constitución prêt-à-porter que establecía la elección infinita. Anunció, primero, que necesitaba gobernar hasta 2018. Luego hasta 2025. Y lo hubiese alargado sucesivamente de no ser por la penosa enfermedad que lo mandó de Miraflores al Cuartel de la Montaña.

Algo más o menos parecido es lo que ha hecho Putin en la Federación Rusa. A la edad de 65 ya ha acumulado 3 mandatos que suman 18 años ejerciendo la Presidencia de la República; y ya lanzado a la campaña electoral para ejercer el cuarto mandato, todo parece indicar que llegará, sin trabas, a los 24 años de gobierno. El mismo tiempo que Stalin.


Lo mismo vale para ese político reptil nicaragüense llamado Daniel Ortega. Salvo por la interrupción que significó la derrota que le propinara Violeta Chamorro en las elecciones de 1989, el acariciador de hijastras lleva ya 4 períodos que, de llegar el actual a 2021, como está estipulado, le daría el total de 25 años gobernando el sufrido país centroamericano. Solo 5 años menos de los que gobernó a República Dominicana el temible dictador Rafael Leónidas Trujillo.

La salud de una democracia se puede medir por su capacidad para la alternancia. Y su decadencia, por el tiempo indefinido que pueda durar un presidente en ejercicio. En los casi 15 años que Hugo Chávez gobernó a Venezuela, Francia tuvo como presidentes a Chirac, Sarkozy y Hollande. Y Costa Rica, a Rodríguez Echeverría, Pacheco, Arias, Chinchilla y Solís Rivero.

No es casual que en el presente los presidentes que tienen más tiempo ejerciendo el gobierno sean todos de repúblicas africanas no democráticas y, en su mayoría, estén acusados en los tribunales internacionales por corrupción y genocidio. Teodoro Obiang Nguema preside Guinea Ecuatorial desde 1979. El mismo año desde cuando José Eduardo dos Santos lo hace en Angola. Sin olvidar que Mugabe comanda Zimbabue desde 1987. Y Omar al Bashir a Sudán desde dos años después, 1989.


Ahora la obsesión de morir como Franco o Gómez con el poder en la mano le ha picado a Evo Morales, el presidente boliviano. Luego de 4 períodos gubernamentales, Morales se ha convertido en el presidente que por más tiempo ha gobernado Bolivia. Si concluye el mandato actual habrá acumulado 20 años al frente del gobierno. Y si logra cambiar la Constitución, como se lo ha propuesto, podría lograr otro período y llegar hasta los 25. Entre sus partidarios hay quienes proponen que es mejor decidir desde ya que Evo gobierne “para siempre”.

Claro, eso no lo pude garantizar nadie. “Para siempre” se había preparado Mugabe, un hombre de 94 años, pero se le interpuso en su camino su segundo de a bordo, Emmerson Mnangagwa, tan asesino como él, y hace quince días lo obligó a dimitir. “Para siempre” está preparado en Argelia Abdelaziz Buteflica, un enfermo terminal, anclado en una silla de ruedas, sin capacidad para comunicarse, pero preparado para seguir ganando elecciones, y solo el destino sabe si las próximas puede llegar a perderlas. Y “para siempre” estaba destinado Rafael Leónidas Trujillo, alias “Chapita”, por su gusto por las condecoraciones, hasta que un comando de demócratas lo esperó en una carreteara y a balazos le impidió terminar su último periodo presidencial.


No todos los tiranos tienen la suerte de aflojar el poder solo con el último suspiro.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Fidel Castro, alcalde de Miami

Ernesto Morales. Cibercuba



Los cubanos pondrían a Fidel Castro otra vez. Mañana mismo. Si por una inesperada condena celestial los cubanos vieran al viejo Fidel ─ que siempre pareció haber nacido viejo ─ salir de entre la roca santiaguera donde le han enclaustrado, lo votarían, le pondrían la banda presidencial, el anillo de regente, lo que sea. Lo harían gobernante otra vez.

Pero no hablo de los cubanos de Cuba. Hablo de los cubanos de fuera de Cuba. Quise evitar decir los cubanos de Miami, pero no hay escapatoria. Enmiendo mi sentencia: Hablo de los cubanos de Miami. Porque los cubanos de Miami somos una peculiar especie de emigrados que no nos cansamos de gritar que nos fuimos, y que menos mal, pero que a hurtadillas seguimos viviendo como si jamás nos hubiéramos ido. El fenómeno merecerá un aparte bajo las lupas de la antropología futura.

Digámoslo de una vez: los cubanos suspiran por los dictadores. Quizás no lo sepan, lo nieguen, se rasguen las floridas camisas tropicales en arrebatos también tropicales de cólera cubana: "¿Qué dice esa boca acusatoria, que a los cubanos nos gusta qué?" Y dramatismos afines. Pero en el fondo, en el fondito, ahí en el software cubano, en ese ADN incrustado contra los glóbulos y las arterias y los nervios, ahí, algún demoníaco hijo de puta nos puso la semilla del mal: "Adorarás a los hombres fuertes por los siglos de los siglos, amén". Llámese Fidel Castro. Llámese Víctor Mesa. Llámese Hassán Pérez. Llámese Hugo Chávez. Llámese Donald Trump.

Los salvadores, los gritones, los yo sé más que tú, los Mesías todopoderosos. Esos nos encantan. Por eso los cubanos de Miami votaron en manadas por un presidente nacido en New York que los desprecia: a ellos y a todos los latinos. Por eso los cubanos salieron en jaurías sedientas a entregar su voto a un millonario inmobiliario para el que ellos – que no hablan inglés, que pronuncian fústan y requiu ─ son todos lo mismo: mexicans. Porque en el fondo adoramos a los mandamases. Detestamos a los intelectuales, a los hombres de ideas sin puñetazos en la mesa. Adoramos más el gesto que la mano dura.

Barack Obama fulminó con drones a cientos de talibanes, yihadistas, basuras de ISIS y AlQaeda, sin apenas hablar de ello. Donald Trump lanzó diez cohetes a un aeropuerto sirio donde no mató ni a la abuela de un general de Al Assad. Pero Donald Trump es el de la mano dura: él sabe gritar y amenazar. Los drones de Obama son armas del silencio.

Fidel Castro no habría usado drones jamás. Por eso los cubanos votarían mañana por Fidel Castro. Porque de haberlos tenido, él habría preferido los cohetes del ruido. Los manotazos sobre el buró. La bravuconería matonesca de quien habla y chisporrotea saliva con sus discursos vocíferos. Para Fidel Castro un drone habría sido una cosa demasiado afeminada, cuando siempre se tiene a mano una Katyusha equipada como Dios manda.

Eso enerva a los cubanos. Les pone la carne de gallina: "Ese es mi hombre". ¿Verdad que sí? ¿Verdad que cuando Donald Trump grita que va a lanzar furia y fuego contra Kim Jong Un, en un intercambio de grititos de Twitter, los cubanos de este lado del mar aplaudimos con un fervor de veintiséis de julio porque eso, amigos míos, eso es ser un verdadero presidente?

Los cubanos no analizamos circunstancias. Para nosotros vale el gesto. Por eso un cubano trumpista como Breitbar News manda, no se corta para decirte lo primero que le viene a la mente cuando siente que cuestionas, oh blasfemia, al comandante en jefe Trump: "Pues si no te gusta, vete de aquí". (Algunos ni siquiera saben que su cargo militar es ese, commander in chief, y cuando te oyen decirle comandante en jefe se arma la de sanquintín: comunista, malparido, venir a decirle eso a nuestro presidente).

Pues si no te gusta, vete de aquí. Te lo juro. Es lo que dicen. No se lo piensan mejor. Permiten la fuga por entre el cerco de sus dientes de esa construcción tan conocida, tan emblemática, tan de mural de la CTC, con que nos abofeteaban allá al otro lado del mar cuando algo no te gustaba de su gobierno familiar.

Que si no te gustaba que te fueras. Y si preguntabas que para dónde, o cómo, porque eso era lo que te desquiciaba, lo que estabas loco por hacer, irte, ellos no te buscaban opciones o mejores respuestas. Ellos solo te gritaban que te fueras, para que sepas.

Y te estigmatizan, en esta casa grande que han dado en llamar el exilio. No importa que hayas emigrado acá como hijo de un padre que te reclamó. No importa que vinieras con Visa Fiancé, a casarte en Estados Unidos como mismo hace un checo o un marroquí que aplique para ese trámite migratorio universal. No. Si eres cubano eres exiliado, no emigrado, y por tanto debes borrar de tu léxico la pareja de sustantivo más adjetivo "gobierno cubano" y sustituirla cuanto antes por "dictadura", o "régimen", so pena de caer atravesa´o a los secretarios del Partido (Anti)Comunista que por este lado pululan y ganarte por méritos propios el cartelito de comunista.

Comunista. Candela al jarro. Es más fácil ser comunista en Miami que en Pyongyang. Es más: yo diría que es casi imposible no ser comunista alguna vez en Miami. Yo mira que lo he intentado: yo que detesto a todo lo que me suene impositivo, gritón, totalitario. Pues nada, no lo consigo: en Miami he sido comunista demasiadas veces ya.

¿Que le llamas gobierno cubano a la dictadura cubana? Comunista. ¿Que aplaudes en YouTube los jonrones de Antonio Pacheco y Orestes Kindelán? Comunista. ¿Que dices que Alicia Alonso  es una bailarina descomunal, y que Juan Formell , que no bailaba, inventó entre los humanos eso que llaman baile? Comunista. ¿Que dices que Barack Obama dio el mejor discurso de la historia de Cuba allá, en un aula magna de La Habana? Miserable, rata, malagradecido, que Trump te deporte. Ah, y comunista.

Por eso los cubanos de Miami hablan más de Fidel Castro que los de Cuba, y con esto no pretendo descubrir nada nuevo. ¡Es que en La Habana desterraron sus cenizas a Santiago de Cuba, a 900 kilómetros de distancia, cuando en Miami pareciera que es el alcalde!

Porque a los hombres duros, rufianescos, bocones, a esos los cubanos los respetan y les dan su venia. Sea para amarlos o para odiarlos. Pero esos son los suyos. Para los cubanos, un verdadero enemigo tiene que ser como un verdadero amigo: rudo, rústico, autoritario. Por eso Raúl Castro jamás será merecedor del verdadero odio de los cubanos de Miami: es muy flojo. Se rumorea su afición a los pecados nefandos. Y habla poco. Y cuando habla, la voz le tiembla.


A ese, no le votarían en Cuba ni en Miami. Pero al otro, al cenizas, mejor ni te digo. No se me ocurre especular el resultado de unos surrealistas comicios entre Fidel Castro y Donald Trump aquí, en la cuna (o Cuba) del exilio.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Un año sin Fidel

Carlos Alberto Montaner



Hace un año que se anunció la muerte de Fidel. Parece un siglo. Durante más de una década, desde el 26 de julio del 2006 hasta el 25 de noviembre de 2016, vivió con un pie en la tumba. Esa agonía en cámara lenta le fue muy útil a su hermano Raúl. Le sirvió para atornillarse en la poltrona presidencial y para que los cubanos se adaptaran a su control, mientras él se afianzaba en el poder y situaba a gente de su confianza.

Raúl es el presidente porque así lo decidió Fidel. Le parecía una persona mediocre, sin lecturas y sin carisma, pero absolutamente leal, una virtud que los paranoicos valoran por encima de todas las demás, así que le fabricó la biografía para convertirlo en su escudero. Lo arrastró a la revolución. Lo hizo Comandante. Lo hizo Ministro de Defensa. Lo hizo vicepresidente y, por último, le dejó el poder en herencia iniciando la dinastía de los Castro.

Desde entonces Raúl gobierna con su entorno familiar. Con su hija Mariela, una inquieta y lenguaraz sexóloga. Con su hijo, el coronel Alejandro Castro Espín, formado en las escuelas de inteligencia del KGB. Con su nieto y guardaespaldas, Raúl Guillermo Rodríguez Castro (hijo de Déborah). Con su yerno o ex yerno (no se sabe si sigue casado con Déborah o se divorció), el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, Jefe de GAESA, el principal holding de los militares cubanos.

Ésa es la gente que gobierna junto a Raúl, pero tienen tres problemas gravísimos. Él más importante es que en Cuba quedan muy pocos creyentes en el sistema. Sesenta años de desastre son demasiados para mantener la fe en ese disparate. El propio Raúl perdió la confianza en el sistema en los años ochenta del siglo pasado cuando despachó a muchos oficiales a centros europeos a aprender técnicas de gerencia y mercadeo.

¿Para qué los militares cubanos debían dominar esas disciplinas? Para implementar el “Capitalismo Militar de Estado”, único y devastador aporte intelectual cubano al poscomunismo. El Estado se reserva las 2500 empresas medianas y grandes del aparato productivo (hoteles, bancos, fábricas de ron, cerveza, cementeras, siderúrgicas, puertos y aeropuertos etc.) dirigidas por militares o exmilitares de alto rango. Cuando no pueden explotarlos directamente por falta de capital o de conocimientos, se asocian a un empresario extranjero al que le ofrecen buenos beneficios y al que vigilan, eso sí, como al peor de los enemigos.

Simultáneamente, a los cubanitos de a pie se les prohíbe crear grandes empresas. Deben limitarse a pequeños lugares de servicio (restaurantes), elaborar pizzas, freír croquetas, o freírse ellos mismos como taxistas. Les está vedado acumular riquezas o invertir en nuevos negocios, porque el objetivo no es que los individuos emprendedores desplieguen su talento y reciban los beneficios, sino que absorban la mano de obra que el Estado no puede emplear. En Cuba, al contrario que en China, enriquecerse es delito. O sea, lo peor de los dos mundos: el estatismo controlado por militares y el microcapitalismo atado de pies y manos.

El segundo problema es que el Partido Comunista no significa nada para casi nadie en Cuba. En teoría, los partidos comunistas son segregados por una doctrina, el marxismo, que al perder toda significación convierte al PC en un asunto puramente ritual. Fue lo que sucedió en la URSS. Como nadie creía en el sistema, el PC fue liquidado por decreto y 20 millones de personas se retiraron a sus casas sin derramar una lágrima.

El tercero es que Raúl es un hombre muy viejo, con 86 años de edad, que ha prometido retirarse de la presidencia el próximo 24 de febrero, aunque probablemente permanezca agazapado en el Partido. En todo caso, ¿hasta cuándo vivirá? Fidel duró 90 años, pero basta leer sus escritos de los últimos años para comprender que había perdido muchas facultades. El mayor de los varones, Ramón, murió a los 91, pero llevaba varios años aquejado por demencia senil.

La suma de esos tres factores preludia un final violento para el castrismo, acaso a cargo de algún militar, salvo que el heredero de Raúl Castro (oficialmente Miguel Díaz Canel, primer vicepresidente, pero podría ser otro) opte por una verdadera apertura política y desmonte el sistema organizadamente para evitar que lo derriben y los escombros caigan sobre esa frágil estructura de poder.


Para esos menesteres sirven los procesos electorales, pero ya los raulistas se encargaron de cerrarles el paso al centenar de opositores dispuestos a participar en los próximos comicios, mientras se niegan a admitir la consulta que propone Rosa María Payá, la hija de Oswaldo Payá, un dirigente asesinado por pedir lo mismo que hoy, valientemente, reitera la muchacha. O sea: Raúl le legará a su sucesor una terrible sacudida. La dinastía morirá con él.