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viernes, 17 de marzo de 2023

ELECCIONES Y AUTOCRACIAS

 


Fernando Mires. Blog Polis: Política y Cultura

Desde hace algún tiempo los medios tienden a usar el término “autocracia” para referirse a gobiernos fuertes y autoritarios, antes denominados simplemente, dictaduras. La tendencia no es casual. Seguramente tiene que ver con el aparecimiento de nuevas formas en el ejercicio del poder, formas propias a los tiempos en que vivimos, no asimilables a lo que entendíamos normalmente por dictaduras de tipo “clásico”. Se trata, en términos generales, de formas de poder en las que coexisten sesgos dictatoriales con espacios democráticos, los que se desplazan de acuerdo al cambio de correlaciones de fuerzas en el contexto de un sistema de dominación gubernamental. Dictaduras híbridas, las llaman unos. “Demokraturas”, dicen otros. Gobiernos “i-liberales”, señalan algunos politólogos.

Denominaciones aparte, estamos comprobando la hegemonía alcanzada en la sintaxis política por el término democracia. Hasta la dictadura más terrible quiere ser denominada democracia y no dictadura. Eso hay que computarlo como un hecho positivo, si no olvidamos que los cambios de la realidad comienzan con el cambio de las palabras que la designan.

Si nos atenemos a la literalidad del término democracia, podemos comprobar la existencia de gobiernos no-democráticos que –sea por las razones que sean- no solo mantienen formas democráticas, además provienen de orígenes democráticos. La mayoría de ellos no solo ha llegado al poder mediante elecciones, además suelen convocarlas periódicamente. Evidentemente, las necesitan, aunque sea como medio de legitimación, algo que no era necesario acreditar ante nadie en el pasado reciente. Una dictadura del pasado estaba legitimaba ante sí misma por una religión o por una ideología, pero nunca por ser “democrática”.

Hizo bien el presidente Biden al remarcar que la gran contradicción de nuestro tiempo es la que se da entre democracia y autocracia. Biden, claro está, tomaba como referencia su propio país, cuya antigua democracia se ha visto y ve amenazada por signos innegablemente autoritarios como son los que porta consigo el populismo trumpista. Pero también lo hacía para marcar el espacio internacional entre aquellos que siguen a la autocracia –hoy convertida en dictadura- de Putin en Rusia y los que adhieren al bloque democrático mundial hegemonizado en la guerra de Rusia a Ucrania por la “alianza atlántica” (América del Norte +Europa)

Estamos entonces frente a un fenómeno mundial que, pese a su diacronía, nos muestra una línea demarcatoria internacional y nacional que se da con claridad en determinados espacios geográficos (Europa del Este, América del Sur, Norte de África, Asia Central)

No es el momento para describir las particularidades de ese fenómeno político llamado autocracia. Baste decir, por ahora, que las definiciones o tipologías rígidas solo tienen un uso provisional que no logra captar la dinámica y los desplazamientos de formas y configuraciones que pueden variar en el tiempo, incluso en un solo país, y en lapsos relativamente cortos. Cabe por el momento destacar que tales formas de gobiernos no son “modelos” petrificados pues más bien se encuentran en constante evolución o involución. La dictadura putinista en Rusia es quizás el ejemplo involutivo más notorio: el gobierno de Putin surgió como auténtica democracia para pasar pronto a convertirse en un gobierno autoritario, luego dictatorial, hasta llegar a ser, durante la guerra a Ucrania, la tercera dictadura totalitaria de la modernidad (las primeras fueron el nazismo y el estalinismo)

Hay también ejemplos occidentales que nos muestran como las formas democráticas pueden degenerar en formas autocráticas. Ha sucedido en Polonia, Hungria, Serbia. Incluso democracias largamente establecidas, como la de Israel, amenazan convertirse, bajo el auge de las extremas derechas y del oportunismo de determinados políticos, en este caso Netanyahu, en una nueva autocracia.

En América Latina el caso más relevante sigue siendo la Venezuela chavista y/o madurista, autocracia surgida en parte como reacción populista a la norma democrática (la de Ortega en Nicaragua devino definitivamente en dictadura militar, y al parecer, de modo irreversible) Ha habido, sin embargo, signos que apuntan en sentido contrario: gobiernos tendencialmente autocráticos que han readoptado la norma democrática en contra de pasados autoritarios, como en Colombia y Brasil (anti-uribismo y anti-bolsonarismo). En esos dos casos, aunque los gobernantes elegidos puedan calificarse como de izquierda, la oposición no se dejó enmarcar en el esquema izquierda-derecha, sino en el mucho más amplio de democracia-autocracia. Tanto Petro como Lula abrieron sus alas para agrupar a sectores, si no anti autocráticos, por lo menos, anti-autoritarios.

¿Cómo enfrentar a las autocracias? Esa es una pregunta a la que buscan responder no solo los demócratas latinoamericanos sino también los europeos e israelíes frente a la consolidación de regímenes autocráticos en donde antes hubo democracias. El profesor de la universidad de Princeton Jan Werner- Mueller, en un artículo publicado en Project Syndicate, busca dar respuesta a la pregunta señalada. Así cree encontrar el principal obstáculo para la democratización en la falta de unidad de las fuerzas opositoras anti-autocráticas. Tanto en Israel, en Hungría y en Turquía –constata- la oposición no ha logrado hasta ahora unirse en frentes compactos.

Probablemente si Werner-Mueller se hubiera preocupado del caso latinoamericano, podría haber llegado a una conclusión similar. El chavo-madurismo, el evismo, incluso el orteguismo, han enfrentado a oposiciones que, por lo general, no han sabido unirse frente a los gobiernos que adversan.

La deducción de Werner-Müller es obvia: entre diferentes ideologías nunca va a ser encontrada una unidad, de modo que la unidad política debe ser construida sobre una base no ideológica. El problema es que un acuerdo puramente pragmático entre sectores ideológicos suele despertar desconfianzas entre los electores. La deducción del autor citado, al tomar como referencias los casos de Israel, Hungría y Turquía, es que las unidades electorales construidas en los países que menciona, no han logrado marcar las diferencias con los gobiernos que desafían. En Israel, aduce, la unidad fue buscada en torno “a figuras duras de centro-derecha como el general retirado Benny Gantz”. En las elecciones de Hungría, la oposición tampoco logró establecer una línea claramente diferenciadora. En Turquía, la unidad de la Mesa de los Seis, si bien ha logrado reorganizarse en torno al veterano candidato socialdemócrata Kemal Kılıçdaroğlu, lo ha hecho solo en contra del autocratismo y por el retorno de la constitucionalidad republicana. No es poco, es cierto. Pero podría repetirse lo que siempre ocurre en Turquía, a saber, que la oposición democrática logre imponerse en Estambul y otras grandes ciudades, pero pierda nuevamente en zonas semi-agrarias, como son las de Anatolia, donde el lenguaje épico-moralista- religioso de Erdogan entra con suma facilidad. La oposición turca estaría en este caso obligada a presentar – sobre todo en momentos en los que Turquía se ve amenazada por profundos desajustes económicos – un programa social muy creíble. La democracia moderna, es decir la de masas, obliga a combinar la lucha por las libertades con la lucha por las necesidades.

Esa combinación fue en cierto modo la receta que llevó en América Latina al triunfo de candidatos como Boric, Petro y Lula. Los tres podrán gobernar mientras se mantengan fieles a las demandas democráticas y a las demandas sociales que los catapultaron al gobierno. En Chile, fracciones ideológicas intentaron imponer al país una constitución ideológica. Fracasaron. Boric entendió el mensaje y hoy remonta en las encuestas llevando a cabo su programa social pero manteniendo su apego a la constitución vigente, aunque esta sea “la de Pinochet”. Petro, más ideologizado que Boric, parece tener más dificultades para conservar el equilibrio entre lo social y lo político. De Lula ya sabemos que ha dado las espaldas a las fuerzas democráticas mundiales que apoyan a Ucrania, tal vez no por principios ideológicos (nunca los ha tenido) sino por razones derivadas del comercio exterior, sobre todo con China.

Venezuela sigue siendo un problema grave. Como es muy sabido, en estos momentos tiene lugar en el seno de la oposición una feroz lucha para imponer candidaturas personales y partidarias. Alguna vez va a emerger una candidatura, pero eso tampoco asegura una alternativa que ofrezca un mínimo de credibilidad. En la multitud de candidatos venezolanos, no hay ninguno que sea catalizador, entre otras razones, porque la mayoría de ellos pasó de un anti-electoralismo irresponsable y aventurero, a un electoralismo demagógico, sin mediar críticas, discusiones, debates, en fin, estrategias que explicaran el repentino cambio de paradigma.

Si hay algo en Venezuela en lo que casi nadie cree, es en la política y en los políticos, sean de gobierno o de oposición. En este dudoso logro, la responsabilidad no es solo del gobierno sino –me atrevería a decir, sobre todo- de la oposición. Estamos frente a un caso radical de “anomia política”. Para superarla solo queda una efímera esperanza: que el candidato elegido pueda representar algo diferente a la falta absoluta de alternativas sociales, económicas y políticas que caracteriza al gobierno. Pero para que eso ocurra, ese candidato debe reunir en su torno un mínimo de condiciones básicas que marquen claramente una diferencia, no solo con el gobierno, sino con el modo imperante de hacer política en el país. Nombremos, entre varias, tres:

Primero: no haber abandonado nunca la línea de los cuatro puntos cardinales que orientaron a la oposición hasta el año 2018: electoral, constitucional, democrático y pacífico. O en el caso extremo de haberla abandonado, saber reconocer públicamente y por escrito el tremendo error cometido.

Segundo: no haber promovido o apoyado nunca alguna intentona militarista, golpista, invasionista, o cualquiera otra que incluya el uso de la violencia. Eso significa, entre otras cosas, no haber puesto jamás el principio de “fin de la usurpación” por sobre el principio de “elecciones democráticas”. Significa también, ceñirse a las reglas del juego político, sin jurar venganzas, ni ofrecer linchamientos y cárceles al adversario el que, en la contienda, es enfrentado constitucionalmente. Todo eso no sería más que chavismo al revés.

Tercero: No haberse alineado jamás con proyectos autocráticos internacionales o regionales, como son el putinismo, el trumpismo y otras afinidades menores como el bolsonarismo, el bukelismo, el castrismo, el orteguismo.

Si no se reúnen estas condiciones básicas, el electorado verá en ese candidato solo a un representante del partido del “más de lo mismo”, o peor aún: la lucha entre dos tipos de autocracias: una que está y otra que quiere estar.  Por eso, como hemos intentado precisar, una posibilidad (posibilidad, no seguridad) para derrotar a las autocracias, presupone saber marcar las diferencias con el adversario. Al fin y al cabo, sin diferencias no hay política.

miércoles, 31 de agosto de 2022

VOSTOK 2022. EL EJERCICIO DE LOS MALOS MAS MALOS

Mario J. Viera


Mañana comenzará un gran ejercicio militar en el lejano oriente asiático y el mar de Japón. Todo un alarde de fuerza que quiere hacer Putin, tratando de advertirle al Occidente que Rusia mantiene su poderío bélico, y hacerle creer a los rusos que la guerra en Ucrania para nada le afecta en su capacidad su capacidad militar y que no está desesperado por la resistencia del ejército craniano y sus partisanos en las zonas ocupadas por los invasores. No importa que la economía rusa esté en sus peores momentos bajo las numerosas sanciones que la UE, Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón le han impuesto, no le interesa para nada al zar Putin erogar millones de rublos en un descabellado ejercicio militar, donde emplea más de 50 mil efectivos de tropa, un enorme despliegue aéreo y 60 buques de guerra. Lo que le importa es el posible efecto que ello pudiera, así lo cree, genera entre los líderes del Occidente y de la OTAN.

Allá va el Vostok 2022 (Oriente 2022) con el criminal de guerra Valeri Gueràsimov, el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia al frente de los contingentes multinacionales que realizarán el juego de guerra fuso-chino. Allá participando en la payasada militar se encuentran fuerzas de la República Popular de China (comunista) que también quiere parte de la tajada de la propaganda putinista. Sí China comunista también intenta enviar un mensaje a Occidente, advertirle que forma alianza con Putin ─ lo que demuestra que es cómplice de Rusia en la agresión a Ucrania ─ y mostrar que China está muy brava, bravísima con la visita de Nancy Pelosi a Taiwán y el apoyo que Estados Unidos le está prestando a la defensa de la disputada isla por los mandarines del Buró Político del Partido Comunista de China.

Dos malos juntos; pero hay otros también deplorables. Junto al zar ruso y a los mandarines chinos, van de pareja, los representantes de las dictaduras que gobiernan en las que fueran repúblicas de la Unión Soviética, Azerbaiyán, Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, y Tayikistán.

¿Quiénes más? También Mongolia que supuestamente llegó a ser un “aliado estratégico” de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump; pero parece ahora ser un aliado estratégico de China comunista y Rusia de Putin. ¿Qué decir de Argelia y de Laos, que participan en el Vostok? ¿Y la India que se mueve en medio de las dos aguas, pero se moja más con las de China? La mequetrefe fuerza militar de Nicaragua también va de paseo al Vostok; es que Daniel Ortega se siente muy vinculado a Putin. Siria es otro de los más malos en el paseíto por el Mar del Japón.

Sin embargo, hay dos ausencias destacadas en los juegos militares de Putin y Xi: Cuba y Venezuela; ¿Por qué? Ambos estados están entre los más malos y debieran contarse entre los participantes del Vostok. ¿Los han discriminado? ¿Deslealtad hacia Rusia de Cuba y Venezuela? No es posible, Maduro y Díaz-Canel le están tan agradecidos a Rusia y en especial a Putin…

viernes, 2 de agosto de 2013

Daniel Ortega juega con el “tigre de papel”


Editorial diario LA PRENSA

Caricatura diario LA PRENSA
El 26 de julio recién pasado, al mismo tiempo que Daniel Ortega despotricaba en Cuba contra Estados Unidos, en la ciudad nicaragüense de Bluefields la embajadora estadounidense Phyllis Powers entregaba a la Fuerza Naval del Ejército de Nicaragua una donación de equipos militares valorados en casi siete millones y medio de dólares.

Algunos días después, al llegar a Nicaragua el subsecretario adjunto de Comercio para Asuntos del Hemisferio Occidental, del gobierno de Estados Unidos, para reunirse con representantes del Gobierno y de la empresa privada nicaragüense con quienes habló de fortalecer todavía más el intercambio comercial entre los dos países, que mayormente ha favorecido a la parte nicaragüense, Daniel Ortega estaba en Ecuador participando en una cumbre de gobernantes del Alba y desde allá lanzó sus habituales improperios contra los supuestos “imperios” de Estados Unidos y Europa occidental.

Pero estas solo han sido dos muestras recientes de la contradicción entre el lenguaje agresivo de Daniel Ortega contra Estados Unidos y la conducta del gobierno de este país hacia Nicaragua. Sin embargo, la retórica de Ortega no parece perturbar a las autoridades estadounidenses, que solo de vez en cuando han reaccionado a determinados hechos del orteguismo — como los fraudes electorales y la turbiedad presupuestaria — con medidas como la suspensión de la Cuenta Reto del Milenio y del waiver de la transparencia fiscal en los últimos dos años.

Según opinan algunos diplomáticos y expertos en las relaciones de Estados Unidos con Nicaragua, esta situación se explica porque para el gobierno estadounidense lo importante no es lo que Ortega dice, sino lo que hace. Consideran que mientras el régimen orteguista colabore en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo que amenaza a Estados Unidos, a las autoridades de este país no les importa que Ortega se siga divirtiendo con sus anacrónicos discursos antiyanqui.

En realidad, Ortega, para satisfacer públicamente y motivar ideológicamente a sus seguidores ataca con su retórica agresiva a Estados Unidos y Europa occidental, pero en la práctica no hace nada que realmente pueda perjudicar los intereses estadounidenses y europeos. Al menos no lo ha hecho hasta ahora. ¿Además, cómo se podría creer en el discurso virulento de Ortega contra el capitalismo, si al mismo tiempo permite el desarrollo capitalista y son él y su familia los más feroces capitalistas y acumuladores de riqueza que hay en Nicaragua?

Sin embargo, en esta conducta dual de Daniel Ortega hay también algo de ideología. Para Ortega y sus congéneres del Alba Estados Unidos es un tigre de papel, como lo calificara Mao Zedong. Para ellos Estados Unidos es un poder imperial en decadencia y retroceso, que dentro de pocos años será desplazado por China como la mayor potencia del mundo.

Pero sobre todo Daniel Ortega debe estar claro de que el modelo económico chino no es socialista ni comunista, sino capitalista y en la más ordinaria y primitiva de sus versiones. Ortega sabe muy bien que lo único comunista del modelo chino es el totalitarismo político, el cual se ajusta perfectamente a su interés de detentar el poder mientras viva, y de heredarlo a quien él quiera, mientras la familia se sigue enriqueciendo hasta donde las posibilidades de Nicaragua se lo permitan.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Nicaragua, trampa, victoria y percepciones

Carlos Alberto Montaner

Daniel Ortega ganó las elecciones nicaragüenses e hizo trampas. Las dos cosas.
Ganó, porque la oposición se presentó dividida y amargamente peleada. Ganó, porque ya hay una generación de jóvenes nicas a los que la guerra civil de los ochenta y los desastres provocados por los sandinistas en aquella época de crímenes y pasiones colectivistas les parecen fenómenos remotos y ajenos. Ganó, porque Ortega utilizó hábilmente los petrodólares remitidos por Chávez para reclutar clientela política.
Ganó, porque el Daniel Ortega de hoy se parece más a Anastasio Somoza que a Fidel Castro: ortodoxia en el manejo de las variables macroeconómicas –como recomienda el FMI–, espacio para que el sector privado gane dinero, especialmente si los empresarios “no se meten en política”, la bendición de parte del clero –el sorprendente cardenal Obando–, y alianza estrecha con las fuerzas armadas, al extremo de llevar esta vez como candidato a vicepresidente a un general retirado, Omar Hallesleven Acevedo, quien, hasta hace poco, dirigió al estamento militar.

Hizo trampas, porque no triunfó con el 62% de los votos, sino tal vez con un 10 a 25% menos de sufragios, a juzgar por los patrones de conducta electoral de los comicios de los últimos veinte años, fraude que han denunciado con energía Dora María Téllez, ex comandante de la revolución, y Carlos Tunnermann, ex ministro de educación del sandinismo, además del candidato derrotado Fabio Gadea (la gran víctima de la estafa) y algunos observadores imparciales como el eurodiputado socialista Luis Yáñez, el Centro Carter y la ONG Transparencia y Ética.

¿Por qué Daniel Ortega forzó la mano y estiró su victoria (si realmente ganó) despojando a sus adversarios de la cuota de poder que les correspondía de acuerdo con la voluntad popular? Bastante obvio: porque quiere toda la autoridad para perpetuar su gobierno. Ya lo hizo descaradamente en las elecciones municipales de 2008, cuando comprobó que podía robarse decenas de alcaldías, entre ellas la de Managua, sin pagar el menor costo por su felonía. Si entonces pudo salirse con la suya, ¿por qué se iba a inhibir de repetir el mismo atropello en estos comicios, que eran notoriamente más importantes? Por eso el prestigioso educador Carlos Tunnermann tituló su análisis “Crónica de un fraude anunciado”. Se veía venir.
Ortega ahora dispone, además de la presidencia, de 60 diputados –las dos terceras partes del parlamento– y tiene el control del Poder Judicial y del Poder Electoral. Tras la máscara de la democracia, podrá gobernar a su antojo y aprobar una ley que permita su reelección indefinida. También es probable que convierta los Concejos del Poder Ciudadano, hoy manejados por su propio partido político, en una institución del Estado que se sostenga con fondos públicos.
Como hicieron fascistas y nazis en el primer tercio del siglo XX, ya Ortega posee todas las riendas institucionales para crear un régimen totalitario en el que Estado, gobierno, partido y caudillo se fundan y confundan en una sola entidad. En ese punto, muy cercano, no quedarán vestigios de los ideales republicanos con que se creó Nicaragua.

¿Hay alguna prueba objetiva del fraude? A mi juicio la hay, aunque indirecta. Existe una amplia y reciente encuesta de Latinobarómetro, una notable ONG chilena, hecha en toda Hispanoamérica, que da algunos datos muy interesantes sobre 18 países, y entre ellos Nicaragua. Ésta es la nación del continente que peor valora a “los políticos” cuando se solicita que consignen al grupo “que menos cumple con la ley”. Y los nicas están en el pelotón de los que “más se oponen” a la reelección presidencial junto a México, Honduras, Guatemala y Perú (dato que explica el rechazo al continuismo de Ortega). Al mismo tiempo, Nicaragua es, con mucho, la nación de América Latina que más valora la economía de mercado como “único sistema” capaz de lograr el desarrollo. Simultáneamente, de los 18 países, en esta escala de expectativas, Nicaragua es el número 15 en creer que su Estado es capaz de solucionar los cuatro problemas cruciales de la región: “delincuencia, narcotráfico, pobreza y corrupción”. Mientras Argentina alcanza un nivel de esperanza de 75 en la capacidad del Estado para enfrentarse a estos flagelos, y mientras el promedio latinoamericano es 57, los nicas apenas llegan a 39.

Con una sociedad que tiene esas percepciones, ¿quién puede creer que Daniel Ortega obtuvo el 62% de los sufragios? Imposible.
© Firmas Press

lunes, 7 de noviembre de 2011

¡Qué pena, nicas!

Mario J. Viera.

Por ahí se dice que la voz del pueblo es la voz de Dios. Pues parece ser que si la voz que se escuchó en las urnas electorales de Nicaragua es la voz de Dios, tendríamos que dudar de la capacidad de Dios para juzgar inteligentemente. Pero no dudemos de Dios, dudemos mejor de la estulticia de los pueblos.
Daniel Ortega, sí, señor, Daniel Ortega ganó arrolladoramente en las elecciones celebradas este domingo. Es la democracia, dirán algunos, la mayoría dio su última palabra. ¿Democracia? No siempre la mayoría es democracia. Ha veces la mayoría la constituye personas que viven en las peores condiciones de vida y no se cuestionan quien es el culpable de su miseria, sino quién les da limosnas para paliar su situación.
El populismo es una trampa para cazar incautos. Sume en la pobreza a la mayoría y luegoregalarle alguna “caridad” que le mantenga en la pobreza y  genera agradecimiento. “El es bueno, se preocupa por los pobres” podrían justificar muchos; sin embargo seguirán en la pobreza porque es lo que le conviene a los demagogos. Nada de garantizar empleo honrado, la gente se conforma con migajas, no hace falta desarrollar industrias, impulsar empresas que produzcan y creen puestos de trabajo. No; es necesario que los pobres pobres estén sujetos a la dependencia gubernamental. Como los pichones están sujetos al alimento que en el pico les traen sus progenitores.
¿De qué se nutre el gobierno sandinista? De los subsidios y regalías que les concede Hugo Chávez a cambio de su total acatamiento a los dictados del chavismo.
En 2005 se calculaba que el porciento de la población bajo el nivel de pobreza se encontraba en el 48%, prácticamente la mitad de la población está dentro de los niveles de la pobreza.
Ciertamente ha habido avances en la economía nicaragüense. Según la Fundación para el Desarrollo Económico y Social (Funides, privada), la inversiones superan los 500 millones de dólares muy por encima de lo alcanzado en este aspecto durante el gobierno de Enrique Bolaños cuya cifra se situó en  250 millones; de enero a septiembre de 2011 la inflación se situó en 4.9% y se alcanzó este año un crecimiento del  4.5%; no obstante, de acuerdo con la agencia AFP Nicaragua es el segundo país más pobre de América después de Haití, con un 45% de los 5,8 millones de nicaragüenses en pobreza. Miles siguen emigrando en busca de empleo, sobre todo a Costa Rica. José Baltodano, presidente de Funides, señaló al respecto: "Hoy en día somos el país más pobre y vulnerable" y con "menor ingreso per cápita de la región. Para erradicar la pobreza se necesita un crecimiento del 6 al 7% anual”. En opinión del gobierno sandinista el índice de pobreza había disminuido hasta 42,5 por ciento.
Los logros alcanzados en la todavía deficiente economía nicaragüense se han debido más a los resultados de los Tratado de Libre Comercio entre República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos de América, acordado durante el gobierno del presidente Bolaño que a medidas eficaces impulsadas por el gobierno de Daniel Ortega. Ortega, además ha firmado un Tratado de Libre Comercio con México y propuesto otro con Canadá y la Unión Europea buscando el beneficio que pueda reportarle una institución capitalista de mercado y el flujo de ingresos para fortalecer su régimen.
Pero, bueno. Los nica decidieron reelegirle sin importarles para nada los propósitos totalitarios que tras sus demagógicas propuestas se esconden. No olviden su extrema simpatía hacia el depuesto y justiciado dictados libio Muamar el Gadafi; quizá ya esté pensando en editar su nuevo Libro Verde de su autoría.