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domingo, 23 de octubre de 2011

Raúl Castro y Gadafi

Carlos Alberto Montaner

¿Tiene algo que aprender Raúl Castro de la muerte de Gadafi y del fin de su régimen en Libia? Por supuesto. Basta con que observe con cuidado lo que allí ocurrió y admita las enormes similitudes que existen en el comportamiento de Cuba y Libia a lo largo de muchas décadas. Al fin y al cabo, Muammar Gadafi, como Fidel Castro, fue un joven revolucionario que llegó al poder violentamente y fue adorado por las multitudes durante largo tiempo hasta que perdió totalmente el contacto con las jóvenes generaciones hasta atreverse a afirmar, hace unos años: "Soy un líder internacional, el decano de los gobernantes árabes, el rey de reyes de África y el imán de los musulmanes, y mi estatus internacional no me permite descender a un nivel más bajo".
Menudo loco narcisista. ¿Qué hizo Gadafi durante sus más de cuatro décadas de dictadura caudillista? A Raúl le resultará familiar pasar revista a esos hechos. Practicó el terrorismo de Estado, incluido el adiestramiento de terroristas y guerrilleros de otras nacionalidades, participó en guerras africanas, intentó convertirse en un líder con peso planetario, se enfrentó temerariamente a Estados Unidos y a otros poderes europeos, incurrió en toda clase de arbitrariedades económicas en el ejercicio del poder, intervino en conflictos ajenos, atropelló oponentes y humilló a partidarios en desgracia, protagonizó las mayores excentricidades, permitió la corrupción, y fue un inmenso malversador que utilizó como le dio la gana los recursos del Estado sin jamás darle cuenta a nadie de sus gastos. Por último, para sostenerse al frente del gobierno, practicó intensamente el nepotismo e intentó crear una dinastía familiar.
Naturalmente, esa vergonzosa manera de gobernar provocó un sordo malestar en la sociedad libia, prácticamente invisible a los ojos de los analistas extranjeros y, por supuesto, totalmente ignorado por el primer círculo de poder que rodeaba a Gadafi. Hace solo pocas semanas, Saif al-Islam, el hijo predilecto de Gadafi y su presunto heredero, mientras amenazaba a Nicolás Sarkozy y a las fuerzas de la OTAN, aseguraba que el pueblo libio, que supuestamente amaba a Gadafi, barrería a los insurgentes y el régimen continuaría imperturbable su vieja andadura revolucionaria a la sombra del venerado líder revolucionario.
Los gadafistas, que tenían un servicio de inteligencia enorme y despiadado, sabían que existía una oposición dura, correosa, exiliada o internada en las cárceles y machacada y controlada por los esbirros del régimen, pero ignoraban que también se había gestado una gruesa capa de exfuncionarios del gadafismo que, a lo largo de los años, había acumulado una enorme cantidad de resentimiento contra el Caudillo y esperaba el momento de manifestar su odio contra él y contra su gobierno.
Pero había más. Junto a los exgadafistas, y con un rencor igualmente intenso, existía otro grupo muy importante de personas que participaban del poder, pero secretamente despreciaban al dictador y, pese a que aplaudían y le reían las gracias al pintoresco personaje, desde hacía muchos años habían dejado de creer en las estupideces de El libro verde, esa ridícula Tercera teoría universal, superadora del capitalismo y del comunismo, como Gadafi le llamaba al fascismo islámico-militarista que les había impuesto a los libios a palo y tentetieso. 
Estos funcionarios — diplomáticos, ministros, militares, profesores, religiosos e intelectuales — estaban lo suficientemente preparados como para saber que el estrafalario coronel que dirigía el país desde una tienda de campaña con aire acondicionado, era un payaso caprichoso e ignorante que insensiblemente había dilapidado el incalculable torrente de petrodólares que Libia había recibido en las últimas cuatro décadas.
Hasta un día. Hubo un momento, a partir del pasado mes de febrero, en que la tradicional oposición a Gadafi, más los funcionarios ofendidos y humillados, más los falsos gadafistas que esperaban su oportunidad, se rebelaron, forjaron una suerte de alianza y tomaron las armas, aunque sin muchas oportunidades de triunfar en el terreno militar. Pero entonces sucedió algo muy importante: Nicolás Sarkozy encontró una posibilidad de actuar y la aprovechó con el objeto de restaurar la influencia francesa en el Magreb y, de paso, liquidar una decrépita dictadura. No eran el petróleo o el gas libios lo que lo movilizaban, pues ya los adquirían sin limitaciones junto a los italianos, sino cierta idea de la grandeza de Francia, muy a lo De Gaulle.
Fue él, Sarkozy, influenciado por los análisis de pensadores como Bernard Henri-Levy y André Glucksmann, convencidos de que es la hora del cambio hacia la democracia en esa región del mundo, quien arrastró a los ingleses y a los norteamericanos a la intervención y quien convenció a rusos y chinos de que no vetaran las operaciones de la OTAN, ordenadas por la ONU para, supuestamente, proteger a los civiles. Fue él, Sarkozy, quien con una enorme destreza diplomática acabó dándole la victoria a la coalición que derrocó y ajustició a Gadafi en un breve conflicto que también le arrebató la vida a tres de los ocho hijos del coronel.
¿Era necesario este final violento? Por supuesto que no. Desde hace muchos años se percibían síntomas de que la sociedad libia quería un profundo cambio político que liquidara pacíficamente al régimen de Gadafi. Todo lo que el dictador debió hacer era utilizar los recursos de la democracia y de las libertades políticas para viabilizar las reformas y apartarse ordenada y cautelosamente del poder en lugar de convertirse en un terco obstáculo que acabó desencadenando la guerra civil y propiciando la intervención extranjera.
Incluso, después de iniciada la rebelión, los franceses, con el apoyo de norteamericanos e ingleses, le ofrecieron al dictador la posibilidad de buscar una salida negociada, pero no quiso. Como el panameño Noriega en 1989, Gadafi se obstinó en conservar el poder sobre una montaña de cadáveres, sin advertir que no tenía sentido enfrentarse a su propio pueblo y al más formidable aparato militar del planeta porque él mismo acabaría por ser liquidado.

¿Puede suceder algo así en Cuba? Es difícil asegurarlo, pero las condiciones son muy parecidas: en la Isla mandan unos ancianos totalmente divorciados de la realidad nacional; hay un régimen absolutamente desgastado y universalmente rechazado por más de medio siglo de improductividad y disparates; se percibe una oposición democrática, aunque todavía débil, dispuesta a salir a las calles a desafiar a la policía política; hay un sector grande de exfuncionarios comidos por el odio que alguna vez tuvieron poder, partidarios y clientes políticos, y luego fueron defenestrados o marginados por diversas razones; y existe un inmenso sector reformista dentro de todas las instituciones del Estado, generalmente aguijoneado por los más jóvenes de la familia, convencido de que los hermanos Castro han hundido a ese pobre país y no quieren hacer nada serio por devolverles la felicidad y la esperanza a los cubanos. Por último, en el exterior abundan numerosos enemigos de la dictadura con capacidad para hacerse oír en los centros de poder en Occidente en el momento en que llegue la Hora Cero.
Si en medio de ese tenso panorama un día se desata la rebelión y sobreviene un baño de sangre, va a ser muy difícil impedir que las fuerzas internacionales intervengan en el conflicto para detener la matanza, convocadas por Estados Unidos a instancias de los cubanoamericanos, quienes utilizarán hábilmente la enorme influencia que poseen y saben utilizar, como demuestra la persistencia del embargo comercial, pese a las fortísimas (e inútiles) campañas en su contra orquestadas por la dictadura cubana en los últimos veinte años.
¿Cómo cree Raúl Castro que reaccionaría Estados Unidos si comienza en Cuba la violencia, teniendo en cuenta la presencia en el senado norteamericano del demócrata Bob Menéndez y del republicano Marco Rubio, dos pesos pesados de la política nacional? ¿Qué supone que harían los congresistas norteamericanos si Ileana Ros-Lehtinen, presidenta del importantísimo Comité de Relaciones Internacionales, unida a los otros tres legisladores cubanoamericanos, exitosos creadores de una vasta red de apoyo bipartidista a una política de firmeza frente la dictadura, les piden a sus colegas que detengan la sangre derramada a noventa millas de la costa estadounidense? 
Como es lógico, se trata solo de un escenario hipotético, pero si Raúl Castro no es un irresponsable patológico, lo mejor que pudiera hacer es comenzar ordenadamente a desmontar ese monstruoso error con las herramientas que depara la democracia. Esto fue lo que hicieron Augusto Pinochet, Adolfo Suárez, Mijail Gorbachov, Wojziech Jaruzelsky, y otra media docena de gobernantes realistas cuando confirmaron que era hora de enterrar el ancien régime.
Los gobernantes que actuaron con prudencia se evitaron ellos y les evitaron a sus familias y a sus pueblos el horror de la guerra y el obsceno baño de sangre. Los que, como Ceaucescu, trataron de ponerle puertas al campo, acabaron ajusticiados, como le acaba de suceder a Gadafi. El empecinamiento — es útil que Raúl lo entienda — es la virtud de los imbéciles cuando han renunciado al sentido común.
No obstante, dado que Fidel y Raúl son dos octogenarios indiferentes a la realidad —mucho más Fidel que Raúl —, persuadidos de que es mejor "sostenella antes que enmendalla", lo probable es que elijan morir en el ejercicio del poder en un absurdo alarde de terquedad disfrazado de valentía, pero con esa cerril actitud lo único que lograrán es dejarles a sus herederos, mucho más débiles que ellos, un problema gravísimo que puede convertir el país en un matadero. ¿Es eso lo que estos hermanos desean para el pueblo cubano? ¿Qué una revolución fracasada culmine en una cruel carnicería, luego patrullada por los marinos norteamericanos, como sucedió en República Dominicana en 1965, en Granada en 1983 y en Panamá en 1989?
Si hay una lección que Raúl Castro pudiera aprender de este episodio final de Gadafi (si a su edad es capaz de aprender algo), es que una de las mayores virtudes de la democracia liberal es que genera las instituciones adecuadas para transmitir la autoridad, renovar pacíficamente a la clase dirigente y modificar el modelo económico y social con el objeto de adaptarlo a la cambiante realidad internacional. La democracia, claro, no garantiza la selección de los mejores — esa es siempre una valoración subjetiva —, pero al menos impide que la fiesta se acabe a tiros y deja abierta la puerta para solucionar los problemas civilizadamente. Esa es una invalorable virtud desconocida en los manicomios totalitarios. Es muy triste que Raúl Castro se muera sin entender esta verdad elemental.

Periódico oficialista de Cuba apuesta contra democratización en Libia.

Mario J. Viera

Se sabe que la opinión expresada en un periódico controlado por el gobierno de Cuba no representa la opinión personal de alguno de sus redactores o del propio medio; es la opinión oficial del poder en Cuba.

Juventud Rebelde, periódico propiedad del Partido Comunista acaba de publicar un artículo bajo el título de La democracia que no llegará donde a las claras se honra a la figura de Muamar el Gadafi contra el cual, según el rotativo oficial se desarrolló una agresión que califica de “encarnizada y satanizadora campaña mediática” en su contra “que confundió con mentiras a muchos en el mundo”.


Gadafi, reconoce, es ya historia, “satanizado” por unos cuantos y “mártir para muchos de sus coterráneos” que sin embargo no dejaron de saltar de alegría ante el anuncio de su muerte y hacen largas filas ante la morgue donde su guardan sus restos para contemplar que no es mentira, que el tirano realmente ha muerto.
Como esa realidad no la puede ocultar el periódico castrista, anota: “Ahora, no pocas televisoras nos muestran a personas con sus rostros pintados con los colores de la bandera de la Libia monárquica, tomada por el CNT como nueva enseña nacional. Sin embargo, habría que ver cuál será la reacción de muchos de aquellos «felices» cuando constaten que la cúpula del CNT fungió como el peón en el terreno de la Alianza Atlántica y de las potencias occidentales que echaron la guerra, y burlaron la soberanía nacional”.
Tal parece que el cronista, el que sea, el que le tocó redactar el bodrio, tiene presente la experiencia vivida en Cuba cuando aquellos “felices” recibieron a los conquistadores venidos de la Sierra Maestra agitando banderitas del 26 de Julio y terminaron constatando que la cúpula del poder comunista, aliado a la Unión Soviética les arrancara sus derechos y libertades y “burlaron la soberanía nacional” entregados primero al oso ruso y después al despreciable Hugo Chávez.
En Libia, debería saberlo el cronista, arrojaron a la basura la bandera verde de Gadafi para rescatar la que fue enseña nacional, no monárquica como ladinamente califica Juventud Rebelde a ese estandarte. La bandera que representaba a la monarquía era un estandarte negro con la medio luna y la estrella y en su parte superior izquierda la imagen de la corona. Fue Gadafi, siguiendo al nasserismo quien inició la reforma del pabellón nacional primero con una nueva bandera formada por tres franjas horizontales y del mismo ancho con los colores rojo, blanco y negro y sin el símbolo del Islam de la medio luna y la estrella. Ese estandarte duró desde la fecha de la toma del poder por Gadafi hasta 1972. Ese año Gadafi establece una nueva modificación a la bandera incluyendo en su centro el símbolo del “halcón de Quraysh”. No fue hasta 1977 que el tirano impuso el nuevo pabellón monocromo verde, el mismo que ahora es pisoteado en la Plaza de los Mártires en Trípoli.
Luego de hacer un “análisis” de la composición del Consejo Nacional de Transición (CNT) que considera como “heterogénea y fragmentada nueva dirigencia” aunada “con los buitres de Occidente”, el diario da como seguro “que en Libia nazca un Gobierno fantoche y corrupto como el de Hamid Karzai en Afganistán...” según lo que publicara el oficialista diario.
El castrismo intenta descalificar el movimiento popular que abatió al despótico régimen de Gadafi negando que sea uno de carácter revolucionario o de movimiento social para presentarle como “una guerra llevada a cabo por potencias extranjeras para derrocar un régimen y asegurarse el control de los recursos naturales”, obviando que fue mucho después de las protestas populares iniciadas en Sirenaica y de la violenta represión gadafista contra la población que actuaron las potencias occidentales al impulso del Reino Unido y Francia.
Para el régimen de los Castro “el asesinato de Gaddafi a cargo de la OTAN y los opositores armados constituye una flagrante violación del Derecho Internacional” pero no así los desmanes de Gadafi, condenados internacionalmente como crímenes de lesa humanidad y los asesinatos extrajudiciales que cometiera contra cientos de opositores. Para los Castro vale más la vida de un déspota que la de cientos de rebeldes que se le opongan.
El temor del castrismo a una reacción similar del descontento de los cubanos queda de manifiesto en el siguiente párrafo del lamentable artículo: “El asesinato de Gaddafi constituye otra prueba de la impunidad con que actúan las potencias, con el visto bueno de la ONU. El precedente es triste y peligroso. Esta estrategia brutal de cambio de régimen podrá ser utilizada contra las naciones del sur que se opongan a las políticas del imperialismo contemporáneo”.
Y más exactamente en la frase que cierra la crónica: “La amenaza se cierne sobre muchos en el mundo”, es decir, sobre los que se han impuesto sobre sus pueblos con la represión y la violencia.

sábado, 22 de octubre de 2011

Los tiranos, sus miedos y su apego por las madrigueras

Eugenio Yáñez. CUBAENCUENTRO
Gadafi y Fidel Castro. Trípoli 17 de mayo 2001
Tanto repiten los tiranos las mismas payasadas que se las llegan a creer: se identifican a sí mismos con la nación, la patria, el país, y la “revolución”, mientras aniquilan la más mínima oposición posible. Demuestran valor a toda prueba cuando las armas y la fuerza están de su lado e imponen el terror a lo largo y ancho del país, y hasta fuera de él si lo consideran necesario.
Ahora fue Muamar el Gadafi, como antes Sadam Hussein, y como mañana ¿quién? Los tiranos de pacotilla se desgañitan gritando para que no se note que tienen miedo, acusan a los adversarios con cuanto epíteto despectivo exista, juran aplastarlos, y llaman a sus pueblos a defender la patria y la soberanía hasta la muerte, pero siempre se esconden en madrigueras bajo tierra y sus primeras palabras al ser capturados, inspirados en el ejemplo de Che Guevara, son: “no disparen”. No por gusto en La Habana y Caracas ya se habla del “asesinato” de Gadafi, como antes se habló del asesinato de Osama bin Laden.
Se aferran hasta con las uñas al poder vitalicio y los privilegios que conlleva, y se consideran “iluminados” que se encuentran por encima de “las masas” que dicen representar, para llevarlas al mar de la felicidad y construir el paraíso en la tierra —sea un paraíso islámico, comunista, fascista, asiático, bolivariano, o algo más indefinido, propio del siglo XXI— que siempre termina en un infierno en este mundo y una desolación absoluta.
No es que estos tiranuelos —disfrazados de estadistas— tengan que ser genéticamente cobardes, aunque muchas veces lo son, sino que tras endiosarse a sí mismos son incapaces de comprender que “el pueblo” no los ama como ellos creían. “¿Cómo nos van a hacer esto a nosotros, que somos como sus padres?”, decía Elena Ceacescu al pelotón de fusilamiento rumano que se preparaba para —literalmente— llenarles el cuerpo de plomo, tras el juicio sumarísimo a que fueron sometidos. En su mundo alucinante, imaginaban merecer al cariño y la veneración de “su pueblo”, por el que tantas cosas buenas supuestamente habían hecho.
Muamar el Gadafi tenía un “libro verde” que estaría vigente durante un millón de años, y Sadam Hussein anunciaba que libraría “la madre de todas las batallas”. Mobutu Sese Seko, Mengistu Haile Mariam, Zine el Abidine Ben Alí, Hosni Mubarak, Fulgencio Batista, Pol Pot, Jean Claude “Baby Doc” Duvalier, y “Tachito” Somoza, huyeron como conejos asustados cuando la candela estuvo cerca. ¿En qué lugar y quién de ellos combatió hasta la última bala y el último aliento, como prometían? Ninguno, nunca.
Siempre es demasiado fácil jurar estar dispuesto a derramar hasta la última gota de sangre… de los demás. Pero cuando se trata de la propia, bueno, compañeros, como ustedes comprenderán…
No es casual que todos y cada uno de los más arriba mencionados “conejos” haya escapado con abundantes cantidades de dinero robadas a su pueblo y su nación, y se hayan puesto a buen recaudo junto con sus familiares, porque aunque hayan pasado —y seguirán pasando— al basurero de la historia, al menos se trata de un basurero de lujo y sofisticado, gracias a todas las riquezas esquilmadas sobre el hambre y la miseria de sus pueblos.
Algunos tiranos murieron relativamente tranquilos en sus lechos, como José Stalin, Jorge Dimitrov, Walter Ulbricht, Francisco Franco, Mao Tse Tung, Ho Chi Minh, Alfredo Stroessner, Augusto Pinochet, Leonid Brezhnev, Yuri Andropov, Nicolai Chernenko, Juan Domingo Perón, Kim Il Sung, Marcos Pérez Jiménez, o François Duvalier, cualquiera de los cuales provocó demasiados cadáveres para pasarlos por alto.
Otros se fueron de este mundo mediante sonadas soluciones justicieras, como “Tacho” y “Tachito” Somoza, Benito Mussolini, y Rafael Leónidas Trujillo, o vía sofisticadas acciones de “modificación de la salud”, como Yasser Arafat.
Sin embargo, ninguno murió combatiendo ni mucho menos, a pesar de que asesinaron a múltiples compatriotas, o los enviaron a carnicerías allende sus fronteras. Esa “guapería” barata no alcanzaba para tanto.
No es demasiado inteligente alegrarse de la muerte violenta de nadie, como es ahora el caso de Gadafi, con un tiro en su cabeza disparado con su pistola de oro por un rebelde, aunque esos miserables tiranuelos no dejan opción para librarse del cáncer y dar esperanzas de una vida mejor a sus pueblos.
La historia de los tiranos no ha terminado con la muerte de Muamar el Gadafi en Libia. Muchos otros tiranos “iluminados” han jurado luchar hasta el final. Tal vez mueran tranquilos en sus lechos, tal vez de forma violenta, o tal vez huyan cobardemente en su momento.
¿Quién puede garantizar que ya no haya madrigueras subterráneas convenientemente preparadas para personajes como Robert Mugabe, Fidel Castro, Hugo Chávez, Bashir al Assad, Alí Abdullah Saleh, Daniel Ortega, o Kim Jon Il?
Sin embargo, lo que casi con seguridad puede garantizarse es que ninguno de ellos, después de alentar a sus súbditos a combatir hasta el final contra las “ratas” y los “mercenarios”, será capaz de finalizar sus días combatiendo hasta la última bala y el último aliento.
Porque, compañeros, como ustedes comprenderán…

jueves, 20 de octubre de 2011

"Sic semper tyrannis”



Mario J. Viera

“Uno de los hombres de Gadafi vino hacia nosotros con el rifle en alto y rindiéndose, pero en cuanto vio mi cara empezó a dispararme ─ así explicó Salem Bakeer, un testigo de los últimos minutos de vida de Muamar el Gadafi a la agencia Reuter ─ Luego creo que Gadafi ha debido de decirles que pararan. ‘Mi jefe está aquí, mi jefe está aquí', decía el soldado. ‘Muamar el Gadafi está aquí y está herido’. Entramos y sacamos a Gadafi. Él decía: ¿Qué pasa? ¿Qué pasa? Luego lo cogimos y lo metimos en el coche”.
Poco después se anunciaba la muerte del tirano libio. Probablemente asesinado por los milicianos que le habían capturado. No hubo piedad para él, moriría extrajudicialmente como había hecho morir a cientos de opositores. La sangre vertida reclama la sangre de los déspotas. “Así siempre a los tiranos”, parecía flotar esa frase en el viento del desierto.
Tal vez repugne el asesinato a sangre fría a las personas de limpio juicio, pero el odio respondiendo al odio es capaz de cualquier exceso.  William Hague, ministro de Exteriores británico declara que el Reino Unido desaprueba las muertes extrajudiciales. Quizá podamos coincidir con lo declarado por él: “Nos habría gustado verle ante la Justicia, ante un Tribunal internacional o libio”. Sí, tal vez hubiera sido mejor que la justicia internacional le hubiera condenado por crímenes de lesa humanidad y con ello sentar un importante precedente; pero como asegura Hague: “Sin embargo, no vamos a llorar su muerte. Miles de personas han perdido la vida en este conflicto y la muerte de Gadafi es una ocasión para que los libios pasen la página”.
Está demostrada la advertencia hecha por Jesús a sus partidarios en el Huerto de los Olivos: “Todos los que emplean la espada con la espada morirán”; así murió Gadafi, capturado en una alcantarilla donde se había refugiado herido.
Prepotente, como todos los tiranos que se creen a sí mismos como los salvadores supremos de sus pueblos, que se sienten imprescindibles, que se imaginan eternos, pronosticó para Libia un apocalipsis si las fuerzas de Occidente intervenían en la lid, zahirió a sus opositores como ratas carentes de apoyo popular; se creyó imbatible, invencible... Cuánto debió sufrir su narcisista vanidad al verse rodeado del enemigo, al ver sus rostros furiosos, al sentirse empujado, vapuleado por aquellos a quienes pensó en derrotar tan solo con un manotazo. ¿Cuáles fueron sus últimos pensamientos al ver el cañón del arma que le apuntaba amenazadora? ¿Habría comprendido que su hora final había llegado? ¿Sintió el pavor recorriendo su espinazo o aceptó con resignación su destino? Eso nunca se sabrá.
Ha muerto un tirano, ¿quién le llorará? ¡Sic semper tyrannis!

sábado, 3 de septiembre de 2011

Castrismo no reconoce al Consejo Nacional de Resistencia libio

Mario J. Viera

Es lógico el razonamiento, al menos dentro de las estrechas estructuras ideológicas que sustenta la cúpula del gobierno usurpador de Cuba. Es por esta manera de entender al mundo, por su instintiva defensa de los tiranos derrocados, imagen y espejo de lo que un día podría ocurrirle a ellos mismo, que el Ministerio de Relaciones Exteriores (MINREX) de los Castro “no reconoce al Consejo Nacional de Transición ni a ninguna autoridad provisional
De hecho ya se ha procedido a retirar de Trípoli al personal diplomático cubano. El pretexto que aduce el MINREX es el supuesto de que la intervención de las fuerzas de Occidente y la OTAN “han impedido al pueblo libio avanzar hacia una solución negociada y pacífica, en pleno ejercicio de su autodeterminación”. Argumento de por sí estúpido, ya que es sabido que Gadafi jamás se decidiría por una negociación pacífica para la solución del conflicto que era precisamente él. Su respuesta fue agredir a mansalva a la población que exigía su renuncia, luego de cuatro décadas de gobierno despótico.
La declaración del MINREX dada a conocer este sábado destaca la labor ejercida por el embajador cubano en Trípoli, Víctor Ramírez Peña y del primer secretario Armando Pérez Suárez, quienes, supuestamente, corrieron riesgos y acompañaron “al pueblo libio en esta trágica situación”, debiéndose entender que por “pueblo libio” se estaba refiriendo a las fuerzas gadafistas. Ese es el mismo patrón ideológico que sostiene la dictadura de los Castro de identificar a su gobierno y a su partido con todo el pueblo.
No puede la declaración omitir la acostumbrada denuncia de que la OTAN ha asesinado a miles de civiles y ataca a la ONU diciendo que “han ignorado el clamor de la opinión pública internacional, en defensa de la paz”, confundiendo también la opinión pública internacional con los llamados de solidaridad con el régimen de Gadafi pronunciados por Fidel Castro, Chávez y Daniel Ortega y algún que otro órgano de prensa comunista.
Ladinamente hace una declaración que le queda bien grande al castrismo: “Cuba proclama que nada puede justificar el asesinato de personas inocentes”. Tal vez piensan que el mundo haya olvidado el apoyo que Castro diera a la invasión soviética en Checoslovaquia cuando la Primavera de Praga; o su apoyo a la agresión soviética en Afganistán; o su propia participación en Angola donde sus tropas cometieron crímenes contra civiles inocentes; o tal vez piensan que ya nadie recuerda la masacre sobre el trasbordador Trece de Marzo que realizó el Ministerio del Interior cubano y que provocara la muerte de numerosos ciudadanos cubanos desarmados y entre ellos a varios niños; tal vez creen que ya nadie se acuerda de como derribaron sobre aguas internacionales dos avionetas sin armas de Hermanos al Rescate.
Negando de hecho esa supuesta declaración de principios, sale en defensa del régimen de Siria con el reclamo de que “Cuba denuncia que la conducta de la OTAN se dirige a crear similares condiciones para una intervención en Siria y reclama el fin de la injerencia extranjera en ese país árabe” previendo una creíble intervención militar de Occidente que se dirija a detener el derramamiento de sangre de civiles desarmados por parte  del gobierno de Bashar el Asad, y todo ello en un supuesto respaldo castrista al “derecho del pueblo sirio a la plena independencia y autodeterminación”. Simplemente dejar manos libres a el Asad para que siga reprimiendo cruelmente a la población civil que cansada ya de soportar una dictadura totalitaria le exigen que abandone el poder.
El castrismo está en su fase del último estertor y rechina los dientes contra el movimiento revolucionario que sacude al mundo para ponerle fin a los césares que se creían eternos, como ellos mismo se engañan creyéndose inamovibles e imperecederos.

martes, 23 de agosto de 2011

Cuando Fidel encontró a Gadafi

Rui Ferreira. EL MUNDO.es AMERICA
Encuentro de Fidel Castro y Muamar el Gadafi. Trípoli, 1977

En marzo de 1977, la tienda de campaña donde vivía el padre de Muamar Gadafi estaba a unas cinco horas de vuelo y a unos cuantos pasos de caballo de Trípoli. Fidel Castro lo constató en persona.
Todo comenzó cuando tras desembarcar del IL62 presidencial por primera vez en Libia, Gadafi le dijo a Castro en la cena de gala que su padre quería conocerlo. Sólo había un problema. El viejo vivía muy lejos en medio del desierto. "Muy lejos", dijo Gadafi, no muy entusiasta del viaje.
"No importa, vamos a verlo. Si quiere conocerme y es tu padre, vamos", le contestó Castro. "Pero, Fidel, es muy lejos", dijo Gadafi. "No importa, chico, vamos a ver al viejo", respondió el cubano.
Y fueron. Se montaron los dos y toda la delegación cubana en un destartalado bimotor Antonov 26, y volaron cinco horas sobre el desierto del Sahara hasta una remota pista de aterrizaje militar, rodeada de dunas de arena, donde los esperaba una manada de caballos.
Castro se subió a uno de ellos y el grupo se puso en camino. Quince minutos después, seguidos por decenas de beduinos que no paraban de aullar y hacer disparos al aire que ponían nerviosos a los caballos, arribaron delante de una enorme tienda y lo primero que los cubanos notaron fue que tenía aire acondicionado. Allí vivía el viejo Gadafi.
Cuando se encontraron, su hijo casi gritó: "¿No te dije que yo te lo traía?".
Se siguieron un buen par de horas de conversación, un banquete aceptable y fue el único momento en que Castro se permitió un momento de intimidad con Gadafi.

Los dos hombres nunca fueron grandes amigos. Como explica el biógrafo de Castro, el escritor Norberto Fuentes, "Fidel nunca creyó en Gadafi".

Entre otras razones porque ya por esa época Castro estaba bien atrincherado al lado de la difunta Unión Soviética y Gadafi insistía en una vía alternativa, la 'Revolución Verde', que encabezó tras un golpe de estado en 1969.
"Fidel consideraba a los árabes muy difíciles de tratar. Decía que no los entendía", dijo Fuentes a ELMUNDO.es.
Además, "Gadafi era un loco, todo el mundo lo sabía y Fidel también".

Es posible que los dos se hayan conocido en Argel, durante la Cumbre de los No Alineados de 1973. Pero no es seguro. Fue una Cumbre donde Castro pronunció un discurso impactante, al anunciar la ruptura de las relaciones diplomáticas con Israel, el reconocimiento de la Organización de Liberación de Palestina (OLP) y criticó duramente a China por promover la noción política de que la Unión Soviética era una potencia tan imperialista como Estados Unidos. Le llamaban el 'social-imperialismo'.
Las relaciones entre los dos países eran cordiales, pero Castro estaba demasiado ocupado con las guerras en Angola y Etiopía para prestar atención a Gadafi. Lo visitó en 1977 en un viaje rumbo a Angola, pero en 1979 cuando se realizó en La Habana otra Cumbre de los No Alineados, Gadafi no apareció y mandó a su ministro de Exteriores.

Los dos hombres volvieron a estar frente a frente en Harare, en 1986, en la Cumbre de los No Alineados de Zimbabwe. Gadafi llegó rodeado de sus mujeres guardaespaldas y desde el podio atacó al entonces presidente Ronald Reagan, por el bombardeo a Trípoli semanas antes, donde murió la hija menor del libio.
Por su peculiar estilo de oratoria, tirando al suelo las páginas leídas y los cánticos de las guardaespaldas que le rodeaban, dentro de la delegación cubana Gadafi se ganó el apodo de “el Elvis Presley de la política internacional”.
Gadafi sorprendió a todas las delegaciones presentes, criticando la ausencia de una severa condena por el bombardeo de Reagan. Y dijo un frase que habría de cambiar el curso de sus relaciones con Latinoamérica: "Yo vine aquí para conversar con mis hermanos Fidel Castro y Daniel Ortega".
Fue cuando Castro se volvió hacia su colega nicaragüense y le dijo: "Vamos, que él quiere hablar". Y se reunieron en una sala del centro de convenciones. Pero no hablaron mucho.

"No se logró gran cosa, se estrecharon los lazos, cuanto mucho", recuerda Fuentes. La Unión Soviética los seguía dividiendo.
Con excepción de Ortega, que quedó fascinado con Gadafi, a Castro el encuentro no lo calentó ni lo enfrió. Pero fue un punto de partida para el despegue de una colaboración conjunta en la arena internacional, principalmente en los escenarios de Naciones Unidas. Y todos los años, en fechas patrióticas, se intercambiaban felicitaciones y regalos.

Para la prensa cubana, Libia era abordada como "un país amigo", lo cual significó que sus agitaciones políticas internas eran constantemente obviadas.
La preocupación de Castro por Libia y su amigo Gadafi, se renueva a partir de marzo pasado, cuando Estados Unidos y Francia, primero, y la OTAN después, comienzan a bombardear Libia, en apoyo de los rebeldes que acaban de llegar a Trípoli.
La reacción cubana de rechazo fue instantánea y Castro, ya apartado del poder, publicó una serie de 'reflexiones' sobre el asunto.
En un texto publicado el 2 de marzo pasado, Castro adelantó que la OTAN quería ocupar a Libia para apropiarse de sus recursos naturales, como el petróleo.
"Estamos en contra de la guerra interna en Libia y a favor de la paz inmediata y el respeto por la vida y los derechos de todos los ciudadanos, sin una intervención extranjera que únicamente sirve para prolongar el conflicto y los intereses de la OTAN", agregó Castro, el 16 de marzo.
Para el ex presidente cubano, "el imperio intenta (orientar) los hechos hacia lo que Gadafi hizo o no hizo, porque necesita intervenir militarmente en Libia y acabar con la ola revolucionaria que se ha desatado en el mundo árabe".
En la columna, Castro expresa su admiración por el inicio de la carrera política de Gadafi. "Como algunos saben, en septiembre de 1969, Muamar Gadafi, un soldado árabe y beduino de un carácter inusual e inspirado por las ideas del líder egipcio, Gamal Abdel Nasser, promovió en el corazón de las fuerzas armadas un movimiento que derrumbó al rey Idris I de Libia", en un momento en que se estaban descubriendo allí, "reservas significativas" de recursos naturales, como el petróleo.
Según Castro, Gadafi pese a haber nacido en un tribu de pastores beduinos, "era profundamente anticolonialista. Se sabe que su abuelo murió luchando contra los invasores italianos en 1911".
Incluso, "hasta los adversarios de Gadafi confirman que se destacó por su inteligencia como estudiante y que fue expulsado de la escuela por sus actividades contra la monarquía, tras lo cual ingresó al ejército".
Son antecedentes que, en la opinión de Castro, "explican la influencia notable que ejerció posteriormente en Libia y sobre otros líderes políticos, estando en contra o en favor de Gadafi".
Pese a todo esto, es poco probable que Cuba venga a albergar a Gadafi, si decide irse de Libia. La política exterior cubana no se caracteriza por recibir a gobernantes en desgracia.
Incluso, cuando el golpe de Estado contra el presidente venezolano Hugo Chávez, un incondicional de Castro y Cuba, la primera reacción cubana fue de que no lo recibiría.
"Lo devolveremos de inmediato a su pueblo para que continúe la lucha", aseguró el diario oficial Granma.

lunes, 22 de agosto de 2011

Gadaffi en Iberoamérica

Carlos Alberto Montaner

Hugo Chávez,además de enfermo e hinchado, se veía profundamente contrariado cuando comentó los sucesos de Libia. Su "hejmano" Gadaffi estaba a punto de ser derrocado por la perfidia del imperialismo yanqui deseoso de apoderarse del petróleo y del gas libio. Esa era su única explicación. Los cuarenta y dos años de dictadura, atropellos y arbitrariedades perpetrados por este loco cruel y pintoresco, como escapado de un comic, no contaban para nada.
En realidad, Chávez y el socialismo del siglo XXI pierden un cómplice importante si se confirma el fin de la dictadura de Gadaffi. Chávez solía decir que su lectura de cabecera era El libro verde, un elemental engendro fascista de ingeniería política pasada por el desierto al que Gadaffi y sus corifeos le llaman, obsequiosamente, "la tercera teoría universal".
El dictador libio, además, había tenido la cortesía de distinguir a su colega venezolano con un premio que lleva su nombre consagrado a venerar a los campeones de los derechos humanos, honor que Chávez comparte con otros arcángeles de la libertad y la democracia premiados por Gadaffi: Fidel Castro, Daniel Ortega y Evo Morales.
Pero lo más importante era la inclusión de Gadaffi dentro del loco proyecto de revivir la Guerra Fría, ahora bajo la dirección de La Habana y Caracas, ya que Moscú había traicionado la causa sagrada de los desposeídos. Algo de esto estuvo implícito en la declaración de Gadaffi tras su visita a Caracas en 2009. Cuando el libio dijo que había que llevar la rebelión al sur era obvio que Chávez había conseguido reclutarlo.
Sin embargo, el chambelán de Gadaffi en América Latina no era Chávez sino Daniel Ortega, nicaragüense con el que ha hecho mil negocios y componendas desde los años setenta, aún antes de que éste tomara el poder. Para Ortega y para el sandinismo, Libia fue la fuente más importante de recursos inconfesables hasta que apareció Chávez en el panorama con su inmensa chequera de petrodólares.
En suma: el fin de Gadaffi es una tragedia para el socialismo del siglo XXI. Ya se sabe: por aquellos pagos, cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo.
(Coda: en los años ochenta me contó un cachondo senador andaluz, socialista light, cómo le estafaron a Gadaffi cincuenta mil dólares para fomentar el renacimiento de Al Andalús bajo la gloriosa influencia del Islam).

*www.firmaspress.com

lunes, 15 de agosto de 2011

SOS, Gadafi.

Mario J. Viera.  Englewood, Florida.

Se acercan peligrosamente a Trípoli los rebeldes libios. Muamar el Gadafi, está casi aislado dentro de la capital de Libia. Clama a la población a armarse para deshacerse del próximo cerco y “liberar Libia metro a metro de los traidores y de la OTAN”.
A unos 50 kilómetros de Trípoli los insurgentes se baten para controlar la ciudad de Zauiya, sin embargo, el portavoz del régimen gadafista, Ibrahim Musa se empeña en declarar que un “grupo muy pequeño de rebeldes ha intentado penetrar en el sur de Zauiya, pero fueron detenidos por nuestras fuerzas” según reportara REUTERS.
Ya controlan parte del puerto de Brega, clave para sus comunicaciones y el suministro de combustible, aunque los leales a Gadafi todavía controlan su terminal de crudo, su refinería y el puerto por lo que los insurrectos temen que destruyan la terminal petrolera. Así lo expuso Ahmed Bani, vocero de las fuerzas rebeldes: “Podríamos estar ganando 35 millones de dólares al día desde el puerto de Brega en exportaciones de petróleo. Debido a eso, Gadafi lo destruirá. Tierra quemada. Conocemos su mentalidad”.
Y el tirano fanfarronea: “Me están escuchando incluso bajo los bombardeos. Habrá un fin de estos bombardeos, un fin de la oposición, un fin de la derrotada OTAN”, aunque sabe que el fin está próximo.
El fin está próximo. Eso lo sabe muy bien Gadafi. Eso lo prevé Estados Unidos: “Cada vez está más claro que los días de Gadafi están contados, que su aislamiento es mayor cada día que pasa”, así lo dijo Jay Carney, portavoz del gobierno de Obama.
Mientras REUTERS informa que el ministro del interior del gobierno de Gadafi, Nassr al Mabruk Abdulá llegó al Cairo acompañado por nueve miembros de su familia y en medio de fuertes rumores de que haya desertado. No obstante, Musa, negó esas informaciones. “El líder está aquí en Libia ─ aseguró ─, combatiendo por la libertad de nuestra nación. No abandonará Libia”.
Allende el Atlántico probablemente observan con preocupación los acontecimientos en Libia dos amigos del dictador, Fidel Castro y Hugo Chávez. Castro que considerándose él mismo una “persona honesta’ que estaría siempre en “contra cualquier injusticia que se cometa con cualquier pueblo del mundo, y la peor de ellas, en este instante, sería guardar silencio ante el crimen que la OTAN se prepara a cometer contra el pueblo libio” cuando Gadafi masacraba a los libios; que no imaginaba “al dirigente libio abandonando el país, eludiendo las responsabilidades que se le imputan, sean o no falsas en parte o en su totalidad”, alentó a Gadafi a resistir ante la OTAN: “Si resiste y no acata sus exigencias, pasará a la historia como uno de los grandes personajes de los países árabes”.
Hugo Chávez que comparó a Gadafi con la figura del Libertador Simón Bolívar calificó a los rebeldes libios como terroristas.
En el último momento, cuando ya sea cuestión de horas para el derrocamiento de Muamar Gadafi, cuando lance sus SOS, ¿enviará Castro sus “invictas” fuerzas armadas, sus fuerzas “liberadoras” de Africa, en auxilio del líder “que no puede imaginar abandonando el país? O ¿Tal vez Chávez envíe al bien equipado ejército bolivariano a reeditar un nuevo Ayacucho en tierras libias?
Seguro que no; ellos conocen que la candela quema.

lunes, 2 de mayo de 2011

Desconsuelo en Cuba por la familia Gadafi.

Mario J. Viera.
Véase que palabras emplea el comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores Cuba para “condenar” el ataque contra uno de los palacios del déspota libio en el que perdiera la vida el hijo menor de Gadafi y tres de sus nietos. “Brutal asesinato” así denomina el bombardeo de la OTAN sobre Trípoli en la que se produjeron esas muertes.
Según el comunicado el hijo de Gadafi se encontraba, no en la residencia de Gadafi, sino en una no determinada “vivienda familiar”.
Es lamentable cualquier muerte y más si se trata de niños como es el caso de los nietos de Gadafi; lo repugnante es que el gobierno de Raúl Castro vocifere contra la acción militar que le quitó la vida al menor de los hijos de Gadafi y nunca haya levantado su voz en condena a los ataques del ejército de Gadafi contra civiles indefensos, y denunciado el bombardeo indiscriminado sobre las ciudades sublevadas llevados a cabo por las fuerzas leales al régimen libio.
El Ministerio de Relaciones Internacionales no ha dicho nada en contra de los cientos de civiles asesinados “brutalmente” por los ataques de Gadafi.
La nota, por supuesto tiene que rendirle culto a la momia viviente de Fidel Castro extendiendo hacia la esfera internacional el culto a su personalidad: “Los hechos han confirmado las tempranas advertencias del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, sobre una intervención militar de la OTAN en Libia”.
Finalmente la nota cierra con una sínica expresión de “su más profundo rechazo a los ataques indiscriminados de que es objeto el pueblo libio”. Ahora sí, rechaza los ataques indiscriminados contra el pueblo libio, pero confunde al régimen de Gadafi con todo el pueblo, como si las fuerzas del régimen nutridas con numerosos elementos mercenarios que lanzaban ataques indiscriminados contra la población civil se trataran del pueblo libio.
Los déspotas pueden en ocasiones discrepar entre ellos, pero se unen cuando alguno se encuentra en peligro de ser derrocado por su propia población cansada de los abusos del poder y ansiosa de gozar la libertad que se le arrancara.
Hipócrita la nota oficial del gobierno de Castro y ejemplo de que para el castrismo las dictaduras de corte socialista cuentan con todo su apoyo moral, aunque esas dictaduras como la suya propia, parasiten al cuerpo vivo de la nación.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Suministro de armas a los rebeldes libios, una interrogante

Mario J. Viera


Hay debates fuertes sobre la propuesta de armar a los rebeldes libios en su lucha contra el dictador Muamar el Gadafi.
Rusia ha expresado su oposición al respecto según declaraciones de su Ministro de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov. Lavrov recalcó "está claro que en Libia debe haber un régimen distinto, está claro que debe haber un régimen democrático, pero son los libios quienes deben decidir por sí mismos".
Estados Unidos no ha dejado clara su posición al respecto. Así lo dejó ver Hillary Clinton cuando indicó que el gobierno de Obama aún no había decidido si debía entregarles armas a los insurgentes aunque afirmando que tendría derecho a hacerlo si se decidiera por el equipamiento militar a la insurrección
Por su parte el Primer Ministro británico, David Cameron parece inclinarse a favor de armar a los opositores a Gadafi. "Nuestra visión ─ indicó Cameron ─ es que [la resolución] no descarta necesariamente el suministro de asistencia a aquellos que protegen a los civiles en algunas circunstancias", señalando a continuación que no descarta la idea aunque todavía no se ha tomado la decisión de hacerlo.
El Consejo Nacional libio es partidario de recibir armas de las potencias occidentales para poder estar en igualdad con las fuerzas fieles a Gadafi en cuanto a equipos de combate se refiere.
La indecisión al respecto surge a partir del informe que el comandante de la OTAN, almirante James G. Stavridis remitiera al Senado de los Estados Unidos donde se consideraba posible la existencia de elementos de Al Qaida y Hezbollah en las filas de la resistencia libia..
Todo es posible. Gadafi se había convertido en un enemigo de Al Qaida y ha insistido que la crisis actual está impulsada por los terroristas islámicos. Nada es de extrañar que Al Qaida pretenda pescar en río revuelto al calor de la guerra civil desatada en Libia.
Es un hecho cierto que todos los movimientos rebeldes se arman fundamentalmente a expensas de sus enemigos. El movimiento insurgente de Libia no puede ser una excepción a esa regla, las armas que portan las han arrebatado de mano de los soldados leales a Gadafi y de los desertores del campo gubernamental. No obstante para una guerra civil que se libra entre arenas, sin cobertura de bosques, resulta muy difícil para un ejército irregular hacer frente a las ofensivas de tanques contra ellos y prácticamente inoperante el empleo de tácticas guerrilleras de emboscadas y ataques relámpago contra sus oponentes.
Sin embargo la cobertura aérea de la coalición, ahora bajo el mando de la OTAN, le permite a los insurgentes pasar a la ofensiva y obtener el armamento abandonado por el ejército enemigo.
No creo que sea inteligente suministrar pertrechos tácticos de alto poder destructivo a las agrupaciones rebeldes y que podrían ir a parar a manos de potenciales enemigos de la democracia. Más bien, Occidente pudiera ayudar a la resistencia con el entrenamiento militar que evitara la anárquica acción de sus filas y continuar el ataque aéreo contra las unidades blindadas de las fuerzas de Gadafi.
Occidente deberá también entregar suministros de víveres y asistencia médica a las ciudades y poblados bajo el control rebelde así como la asistencia en actividades de inteligencia.
Finalmente, la coalición deberá permitir que sean los propios libios, sin intromisiones ajenas, los que decidan la vía política por la que conducirán al país una vez sea derrocado el tirano Gadafi.

domingo, 20 de marzo de 2011

El Magreb celebra la resolución

BUALEM SANSAL. Escritor argelino. Artículo aparecido en el diario español EL PAIS.


En la noche del 17 de marzo estábamos todos ante las pantallas de nuestros televisores, tan repletos de esperanza y tan asustados. Aguardábamos que a las once de la noche (hora local en Argel) el Consejo de Seguridad de la ONU votase la resolución 1973 propuesta por Francia e Inglaterra. Estábamos tensos e impacientes como si toda nuestra vida dependiese de ese voto. A lo largo de la tarde y al principio de la noche fuimos zarandeados por los analistas de diversas cadenas de televisión. Decían que China y Rusia vetarían la resolución, que se alcanzaría un acuerdo in extremis sobre su abstención en lugar de su adhesión. Decían muchas cosas que no incitaban al optimismo. Comprendíamos que los comentaristas eran prudentes para no pillarse los dedos si, al final, no prosperaba. Mientras tanto Gadafi continuaba su matanza y avanzaba a grandes zancadas.

Cuando nos llegó la noticia, cuando la resolución fue adoptada, nuestra alegría se desbordó. Gritamos, cantamos, bailamos como se celebra la victoria de un equipo de fútbol. Y después la comentamos hasta la madrugada. En momentos como ese volvíamos a confiar en esa "cosa" que con frecuencia nos decepcionó: la comunidad internacional y, más concretamente, Occidente. Tuvimos un arrebato de simpatía hacia esa Francia a la que habíamos odiado como nunca durante la revuelta tunecina; hacia Inglaterra hasta ahora acostumbrada a ser egoísta; hacia la América de Obama que nos parecía que perdía fuelle.

Experimentamos, en cambio, un odio sin límites hacia una Alemania que ya solo piensa en sí misma, que se ha vuelto sorda y ciega ante los argumentos de sus vecinos europeos; hacia Rusia y China, eternos auxiliadores de las dictaduras; hacia Brasil e India, dispuestos a sacrificarlo todo en el altar del sagrado crecimiento económico. Instamos a nuestros amigos árabes a no olvidarlo y que, cuando sean libres, les borren definitivamente de sus programas de reconstrucción.

Nuestro deseo más inmediato es que la coalición formada en torno a la resolución 1973 se ponga manos a la obra sin dilación [el 19 de marzo Francia inició las operaciones] y administre unos buenos azotes a esos dictadores sanguinarios que son Gadafi y sus hijos. Hay que aplicarla formalmente, protegiendo a los libios, pero también en su espíritu no plasmado por escrito: destruir a Gadafi. Esta segunda parte es clave para evitar que aquello que ha sucedido en Libia se reproduzca en otros lugares como Yemen y Bahréin y, acaso el día en mañana, en Siria, Argelia, Arabia Saudí y Sudán.

No creo que una intervención de la OTAN hubiese sido una buena idea. La actuación debe recaer sobre una coalición que incluya a los árabes. Los países árabes deben colaborar, en la actual etapa, con Estados y Gobiernos democráticos y no con una institución opaca y burocrática que no ha sido demasiado eficaz. Sería la mejor manera de dar la vuelta a las opiniones públicas árabes. El problema que se plantea en los países árabes, en Libia, no es solo militar. Posee dimensiones políticas y humanas que requieren la intervención de políticos y no de altos funcionarios por muy competentes que sean.

sábado, 19 de marzo de 2011

La prepotencia de un tirano: “El pueblo libio está preparado a morir por mí” (Gadafi)

Mario J. Viera. 



Ya vuelan aviones franceses sobre cielo de Libia. Gadafi no cumplió el alto al fuego. La reacción de las fuerzas de la coalición se moviliza.
Locura, prepotencia, egolatría es la clara actitud del asqueroso tirano libio. Como todos los déspotas totalitarios se cree que los pueblos son piezas de uso propio. Se identifican ellos mismos como la representación del propio país; como Fidel Castro que en su día reclamó que él era la revolución, Gadafi se proclama a sí mismo ser Libia.
“El pueblo libio está preparado a morir por mí” dijo Gadafi en carta que le enviara al presidente de los Estados Unidos. Para él no es por un ideal que su pueblo supuestamente esté preparado a morir en su defensa. No, él y solo él, es la causa de su pueblo; su figura es la bandera.
El pueblo de Libia está preparado a morir luchando por el rescate de su dignidad, por su derecho a ser él mismo, por su libertad como seres humanos. El pueblo libio lo ha probado enfrentándose en desigual batalla con las tropas de la tiranía, combatiendo con armas de infantería a las unidades de tanques, a las hordas de mercenarios, defendiéndose con ametralladoras antiaéreas montadas sobre las camas de camionetas civiles.
Gadafi, “ha mentido a la comunidad internacional. Prometió un alto el fuego y no lo ha cumplido” como declarara el Primer Ministro británico David Cameron ante la Cumbre de Paris que reunía a representantes de Francia, Gran Bretaña, Alemania, Bélgica, Estados Unidos, España, Dinamarca, Noruega, Grecia, Canadá, Holanda, Polonia; los representantes de los países árabes, Jordania, Irak, Emiratos Arabes Unidos, Catar y Marruecos; miembros del Consejo Europeo, la Unión Europea, la Liga Arabe y la ONU en la persona de su secretario general Ban Ki- moon.
El presidente de Francia expresa claramente la opinión general: "Intervenimos hoy en Libia, bajo el mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, con nuestros aliados, y especialmente con nuestros aliados árabes. Lo hacemos para proteger la población civil de la locura criminal de un régimen que, asesinando a su propio pueblo, ha perdido toda legitimad".
Gadafi perdió la legitimidad desde el mismo momento que lanzó la represión y la violencia contra las masivas demostraciones populares que pacíficamente reclamaban su renuncia. La legitimidad de defensa de un gobierno contra cuadrillas armadas rebeladas contra la autoridad, la perdió Gadafi con sus ataques indiscriminados sobre las poblaciones insubordinadas pero sin armas. A la violencia, el pueblo libio recurrió a la autodefensa y se armó como pudo para rechazar la agresión.
Bengasi

La astucia de zorro que el dictador ha alcanzado en sus cuatro décadas de poder absoluto le hará buscar algún medio propicio que provoque un desembarco militar de las potencias de la coalición para generar el descontento de la Liga Arabe. El conoce que Amr Musa, secretario general de la Liga Arabe ha dejado bien en claro: "El objetivo primordial es proteger a los civiles, y no invadir (...) un país. No queremos que ninguna parte vaya demasiado lejos”.
En Bengasi, los civiles esperan con ansiedad la acción de la coalición para detener los ataques que el prepotente tirano lanza sobre el bastión de la resistencia. 
Según The Independent, los residentes se han mostrado enojados ante la demora de Occidente para detener la agresividad de las fuerzas pro Gadafi. “Europa y Estados Unidos nos han vendido”, asegura con amargura Hassan Marouf, un hombre de 58 años parado ante la puerta de su casa en Bengasi. “Hemos escuchado bombardeos toda la noche ─ agregó ─ y ellos no están haciendo nada. ¿Por qué? No tenemos otra ayuda que la de Dios”
Si, los bombardeos han continuado. La población teme por su vida. Gadafi ha pretendido engañar a la opinión internacional declarando que ha hecho un alto al fuego.
Marouf ha dicho lo que es el sentir de la resistencia libia: “Nosotros los hombres no tememos morir; pero hay mujeres y niños adentro y ellos lloran a lágrimas vivas"