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lunes, 12 de abril de 2021

¿UN NUEVO PACTO DEL ZANJON?

 Mario J. Viera

 


José Daniel Ferrer ha levantado su huelga de hambre y retorna a sus actividades de auxilio a personas necesitadas en Santiago de Cuba. Ya, en la cocina de su vivienda, comienzan a elaborarse los alimentos que su organización, UNPACU, reparte. Madre Teresa de Calcuta se sentiría muy feliz ante tal cristiana labor. La Mesa de Unidad de Acción Democrática (MUAD) celebró como "una victoria de la UNPACU y de la razón" el cese del cerco policial, según se comenta en Diario de Cuba. Es que la MUAD es también muy cristiana y es capaz de ofrecer la mejilla izquierda a quien le abofetee su mejilla derecha; recuérdese que Ferrer, en junio de 2016, se separó de la MUAD.

 

La Mesa de Unidad de Acción Democrática, según sus propios postulados, prioriza el diálogo y el consenso, como fundamento de un nuevo contrato social, “en el que todos seamos vencedores”, de acuerdo con lo establecido en su programa mínimo Todos Cabemos, la MUAD se manifiesta en contra de la represión social, la persecución política, la discriminación de cualquier signo, y, reclama, la restitución de los derechos laborales y económicos al conjunto de la ciudadanía. Exige la inmediata ratificación de los Pactos Internacionales de Derechos Humanos y su aplicación rigurosa como demanda esencial, definidos por esos pactos, el respeto de sus disposiciones, y la coincidencia del país en torno a sus aspiraciones aparecen, para la MUAD, como un punto de inicio inequívoco en la restauración de la esperanza colectiva de una Cuba donde “todos, y cada uno de los cubanos, cabemos”. Obsérvese bien este último enunciado: “todos, y cada uno de los cubanos, cabemos”. ¿Todos, sin exclusión?

 

Cuando analizamos los postulados de la MUAD, podemos apreciar que sobra uno de sus objetivos y falta el más importante que debiera haber estado incluido. Ese objetivo, ignorado, omitido es la decisión de alcanzar el poder, objetivo este a priorizar, por encima de la propuesta de diálogo y consenso. El fundamento de un nuevo contrato social, bajo un régimen de dictadura totalitaria, reacia al diálogo, opuesta a cualquier propuesta de reformas democráticas, es la toma del poder político y, luego de alcanzar ese poder, entonces. y solo entonces, es posible priorizar la supresión de la represión social, la persecución política, la discriminación de cualquier signo; asegurar la restitución de los derechos laborales y económicos al conjunto de la ciudadanía, y la inmediata ratificación de los Pactos Internacionales de Derechos Humanos y su aplicación rigurosa. Sin ese principio básico y medular, la MUAD es solo una organización de carácter civilista y no una definida claramente como organización política con proyecciones políticas. El civilismo solo se conjuga por medio de reformas; lo político, en cambio, se conjuga como lucha para alcanzar el poder.

 

Con solo el hecho de hacer obras de caridad, o solicitar y confiar en utópicos diálogos con la dictadura, no se llega al poder político.

 

Diálogo; ahora parecen estar de moda los proyectos dialoguistas. Tanto la Mesa de Unidad de Acción Democrática como el Movimiento San Isidro (MSI) se inclinan a buscar soluciones por medio del diálogo: Así lo entiende la MUAD: "Insistimos en el diálogo de la manera que está consignado en nuestro Programa Todos Cabemos, donde declaramos nuestra voluntad de conseguir establecer un diálogo nacional inclusivo que promueva y facilite la aplicación de los derechos reconocidos en los Pactos Internaciones, recogidos en la Carta Internacional de Derechos Humanos, incluyendo los de la Organización Internacional del Trabajo".

 

Así lo ve el MSI: "Lograr soluciones pacíficas y cívicas es parte inalterable de la misión de nuestro movimiento. Lo único que queremos que abunde en Cuba es la prosperidad, el progreso y el respeto a nuestra dignidad como seres humanos libres. No apostamos por el conflicto, proclamamos la paz".

 

En marzo, como reportó, el pasado 15 de marzo, el diario virtual 14 y Medio, el MSI lanzó una plataforma para convocar a un “diálogo nacional" con todos los actores de la sociedad, incluyendo el Gobierno, y construir una Cuba que represente "un hogar seguro para todos", además de superar la grave crisis que padece la nación a través de "soluciones pacíficas y cívicas".

 

Aseguró 14 y Medio que, Luis Manuel Otero Alcántara puso sobre la mesa el dilema, al declarar que "no puede haber un diálogo en Cuba sin la parte sistémica, sin la parte régimen", pero que ello "tiene que ser con carácter". No obstante, continúa 14 y Medio, al día siguiente, el MSI aclaró que "el Gobierno cubano jamás ha querido hablar con las y los cubanos" y que la propuesta de diálogo "no lo incluye". "Esto es un diálogo ciudadano para debatir entre nosotros el futuro de nuestro país". ¿Solo eso?

 

Soluciones por medio del diálogo; reformas por medio del diálogo, ¡Nada nuevo en Cuba! La historia recoge otro intento de diálogo adelantado por los independentistas a la búsqueda de un armisticio en la Gran Guerra iniciada el 10 de octubre de 1868. Fue entonces un diálogo que, cuando el Comité del Centro decidió no seguir apostando por el conflicto y proclamar la paz, concluyó en un pacto, firmado por los mambises, con el general español Arsenio Martínez Campos, el 11 de febrero de 1878: El Pacto del Zanjón.

 

¿Qué motivó que el campo mambí diera los pasos para un diálogo con Martínez Campos? La guerra se extendía por años con gran desgaste del impulso insurrecto. No se lograba doblegar al ejército peninsular y se manifestaban, dentro del mambisado, los mismos males endémicos, casi congénitos, que marcan a los cubanos, un significante regionalismo presente en el Ejército Libertador, divisiones y pugnas internas, y un apoyo escaso de parte de la emigración. ¡En fin, desencanto y frustración!

 

¿Qué se obtuvo con aquellos diálogos que generaron el Pacto del Zanjón? No se alcanzó la independencia ni se abolió la esclavitud. En cambio, solo se concedieron algunos exiguos derechos, como el de elegir diputados a las cortes españolas, algo así como autorizar elecciones libres para elegir delegados a la Asamblea Nacional del Poder Popular; amnistía para los delitos políticos desde 1868 y libertad de los encausados o que se hallasen cumpliendo condena e indulto general a los desertores españoles; incluyendo la libertad a los esclavos y colonos asiáticos que se hallaban en las filas insurrectas. Además, se reconocía el derecho de emigrar que, todo el que deseara marchar fuera de la isla quedaba facultado para ello, y se le proporcionarían por el Gobierno de España los medios de hacerlo; algo así como un autodestierro.

 

¿Partidos políticos? Los que ya existían en el país. los autonomistas y los reformistas, ningún otro que exigiera la independencia política.

 

Solo Antonio Maceo rechazó aquel vergonzoso diálogo y aquel denigrante pacto de rendición, y a Martínez Campos, en un encuentro que hubo entre ellos, el 15 de marzo de 1878, le dijo en propia cara: “¡El 23 se rompe el corojo!”

 

¿Diálogos? ¿Obras de caridad para alimentar a los necesitados? ¡No, hay que dejar todo eso a un lado y decidirse, como Maceo, a romper el corojo! Romper el corojo con la resistencia noviolenta dirigida a la conquista del poder político.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

La guerrita perdida de JFK (Fragmentos)

Del Segundo Tomo de Amigos, aliados y enemigos, un análisis crítico de la era del castrismo. Cap. XVI.

Mario J. Viera

 


Durante su campaña electoral, Kennedy había criticado fuertemente a la administración Eisenhower, acusándole de negligencia al permitir que un régimen hostil a los Estados Unidos se hubiera instalado a solo 90 millas de sus costas; sin embargo, pese a la denuncia del candidato demócrata, a lo largo de aquellos días de campañas políticas, los planes contra Castro seguían su curso, impulsados dentro de la administración Eisenhower. Ya, luego de la victoria presidencial de Kennedy, Richard Bissell subdirector de planes especiales de la CIA, asistido por Jacob Esterline, director ejecutivo de la operación, y del coronel Jack Hawkins como asesor militar, tenía elaborado el primer plan de operaciones de acciones encubiertas que sería conocido como el Plan Trinidad; así, el 11 de marzo de 1961, la CIA expondría detalladamente a Kennedy ya en la presidencia, el plan de acciones paramilitares contra Cuba que inicialmente se había proyectado.

 

Según John A. Barnes, “una vez en el cargo, Kennedy se encontró obligado a adoptar una línea dura con Cuba. Eso le situó en una inmediata desventaja para evaluar los pros y los contras del plan que la CIA había comenzado a desarrollar bajo Dwight Eisenhower para invadir la isla con una fuerza de mil quinientos exiliados cubanos” y agrega este autor: “Kennedy quería que el plan tuviera éxito, pero ─ resalta Barnes ─ como antiguo oficial de la marina, sabía que muchas cosas podían ir mal en los asuntos militares”. Dudaba en llevar adelante la operación, pero temía que los republicanos le acusaran de entreguismo si la cancelaba; y señala Barnes: “Situado entre la espada y la pared, Kennedy permitió que el plan avanzase a duras penas hasta su trágico y sangriento desenlace[1].

 

(...) La opinión internacional preocupaba a Kennedy, quería, como dice Barnes, reducir el “nivel de ruido” internacional y ocultar “la huella” de Estados Unidos en la operación; a fin de cuentas, toda la operación era un legado de la anterior administración, y si algo fallaba, su gobierno cargaría con todas las consecuencias del desastre.

 

De acuerdo con Diego Trinidad, el Plan Trinidad se le había presentado “oficialmente a Kennedy en Palm Beach a fines de noviembre de 1960, a los pocos días de su victoria presidencial. Se encargaron de ello Dulles y Bissell, quien era buen amigo de Kennedy y se mencionaba como el sucesor de Dulles cuando este se retirase. Kennedy escuchó en silencio, y los planes prosiguieron con su aparente apoyo”, y agrega Trinidad: “Kennedy fue informado sobre la versión final del Plan Trinidad el sábado 28 de enero. En esa reunión en la Casa Blanca estaban presentes el vicepresidente Lyndon Johnson, el secretario de Defensa Robert McNamara, el secretario de Estado Dean Rusk, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Lyman Lemnitzer, el asesor de Seguridad Nacional McGeorge Bundy y varios otros subsecretarios y asesores. El director de la CIA Allen Dulles, asistido por Tracy Barnes, hizo la presentación usando notas preparadas por Richard Bissell[2].

 

En esta reunión[3], Kennedy quiso conocer cómo pensaba el Estado Mayor Conjunto (EMC) sobre las posibilidades de éxito de un desembarco en Cuba por las fuerzas que se entrenaban en Guatemala. Se requería que el EMC hiciera un estudio y evaluación del plan de la CIA y diera su opinión al respecto. El general Lyman Lemnitzer, presidente del EMC, adelantó su opinión personal señalando, que, en vista del poder de las fuerzas de Castro, los cubanos anticastristas tendrían muy pocas oportunidades de éxito. En contraposición a esta opinión, Dulles ofreció una apreciación muy optimista de la capacidad de la fuerza, para desembarcar y sostener una cabeza de playa. A esto replicó Lemnitzer alegando que, independiente de que la fuerza invasora pudiera ser capaz de ocupar una pequeña cabeza de playa, tras un relativo corto tiempo, Castro sería capaz de montar unas fuerzas poderosas contra ellos. El problema entonces sería uno, de quién vendría la ayuda para la fuerza expedicionaria.

 

(...) No obstante, el EMC hacía una importante aclaración: “Es evidente que el éxito final dependerá de factores políticos; es decir, de un gran levantamiento popular o de fuerzas de seguimiento sustanciales”. Este era el punto sine qua non para el éxito de toda la operación; una falsa apreciación sobre el apoyo popular en un levantamiento general contra Castro, algo que resultaba incierto en la zona Trinidad/Casilda y mucho menos, ni hipotéticamente, se podía esperar en la zona, posteriormente, seleccionada dentro del Plan Zapata, que se extendía, desde Playa Larga hasta playa Girón. Cuando Jack Esterline tuvo conocimiento del nuevo emplazamiento para la operación, en la zona de Zapata consideró que no era fácil para nadie entrar allí, pero cómo vamos a conseguir más reclutas y cómo vamos a ampliar este frente, porque allí no hay nadie  excepto caimanes y patos[4].

 

(...) Jack B. Pfeiffer[5] se refiere a la reunión del 11 de marzo de 1961, donde la Agencia presentó ante el Presidente, el Secretario de Estado, altos funcionarios del Departamento de Defensa y otros, el plan que había elaborado para la invasión en Cuba; anotando que, ante las objeciones planteadas por el Departamento de Estado y en la directiva del Presidente, a la Agencia ordenándole buscar otros sitios y otros planes alternativos a la operación inicialmente prevista para Trinidad.

 

El resultado fue la presentación y aprobación del Plan Zapata en el período del 16-17 de marzo de 1961, trasladando el sitio de la invasión desde Trinidad hacia la bahía de Cochinos.

 

(...) Según Carbonell, Kennedy rechazaría el Plan Trinidad “por considerarlo demasiado ruidoso y obvio en cuanto a la participación de E.U., y pidió que le sometieran en unos pocos días otro plan más discreto. Cabe señalar que el objetivo de la ‘negación plausible’ o ‘no atribución’ de ayuda norteamericana era imposible de alcanzar dada la magnitud de la empresa y la publicidad que ya habían recibido los campamentos en Guatemala. De modo que, por mantener políticamente una ficción, se le fue restando efectividad militar a la operación[6]. Sin embargo, los preparativos para lanzar la operación, a contrapelo de las precauciones de Kennedy, ya eran de conocimiento de la inteligencia cubana, alertada por informantes de Guatemala que le habían proporcionado los indicios de que algo se estaba preparando.

 

(...) En la tarde de ese mismo día 15 de marzo, los oficiales CIA, Allen Dulles y Bissell se presentaron en la Casa Blanca para dar a conocer el plan reformado al que se refiriera Bundy. Allí se reunieron con el presidente Kennedy (...) Kennedy plantearía sus dudas y sus objeciones; expresó su opinión de que serían más adecuados levantamientos a lo largo de la isla que concentrarse y atacar; quería conocer, además, cuánto tiempo se demoraría para el abandono de la zona elegida, a lo que Bissell le respondió que no menos de “alrededor del D+10”.; le preocupaba también con que capacidad se contaba para rescatar las fuerzas, y  no le agradaba, para nada, que el desembarque se realizara al romper el día, y, si se quería presentar la operación como si fuera de los guerrilleros, lo mejor sería, que las naves de Estados Unidos permanecieran, ya al amanecer, distantes de la zona de operaciones. Luego indicó que todo el plan fuera revisado y se celebrara otra reunión para la mañana siguiente.   

 

(...) Kennedy decidió continuar con los planes de Zapata, pero se reservó el derecho de cancelar el operativo hasta con 24 horas de anticipación al día D. Evidentemente, Kennedy dudaba, y pregunta al Almirante Arleigh Burke cuál era, según su criterio, las posibilidades de éxito de la operación, a lo que este le aseguró que había una cifra probable de alrededor del 50 por ciento.

 

Sobre estos aspectos, el Coronel Hawkins diría tiempos más tarde:

 

Pensamos en otro plan para Trinidad con tropas de desembarco que irían directamente a las montañas... pero no había ningún campo de aviación. Finalmente, a través de fotografías, encontramos lo que pensábamos era un campo útil ─ esto fue en el área de Zapata ─ y esto es lo que nos llevó a esa área. El plan rápidamente se armó. Comenzamos alrededor del 15 de marzo ─ después de la reunión del 11 de marzo. Un error de interpretación de la fotografía había ocurrido. Creímos que había una pista usable de 4 500 pies al norte de Zapata [presumiblemente Soplillar]. Uno de los inconvenientes era la bahía de 18 millas, lo que quiere decir que tendríamos problemas llevando a la gente en horas del día. Encontramos un campo de 4 100 pies en Playa Girón. Nunca habríamos adoptado el Plan Zapata si hubiéramos sabido que (Castro) había coordinado fuerzas que cerraría y lucharían como lo hicieron. El requerimiento del campo de aterrizaje fue lo que nos condujo a Zapata”[7].

 

(...) Barnes señala que la “junta de jefes de Estado Mayor, aunque eran tibios en su apoyo (al plan Zapata) en presencia de Kennedy, en privado desdeñaban el plan de la agencia considerándolo ‘débil’ y ‘poco riguroso’. El ministro de defensa, Robert McNamara, y el asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy ─ ninguno de los cuales tenía un alto nivel militar o un trasfondo en la inteligencia ─ respaldaron la idea[8]. La participación aérea sería aportada por solo 8 aviones de los 16 que previamente se habían considerado. A pesar de sus dudas, Kennedy llegó a considerar exitoso el nuevo plan desoyendo los consejos de valiosos asesores que le advertían en contrario.

 

(...) Aunque aceptando con ciertas dudas el plan de invasión, Kennedy continuaba posponiendo la fecha de inicio y discutiendo todavía sus detalles, ya que dos de sus más estrechos asesores, Arthur M. Schlesinger, a quien el novelista cubano partidario del castrismo, Lisandro Otero, denominara el Maquiavelo de Kennedy, y su secretario de Estado Dean Rusk, se oponían al proyecto.

 

(...) Las largas dadas a la ejecución del plan, colmaban la paciencia de Richard Bissell quien le reclama al presidente diciendo: “No puede dejar para mañana este asunto. Puede cancelarlo, en cuyo caso se plantea otro problema. ¿Qué hacemos con los mil quinientos hombres? ¿Los soltamos en Central Park a que se desmadren, o qué? 

 

Ciertamente Kennedy tenía una papa caliente en sus manos. Había iniciado su mandato con un plan de operaciones paramilitares, ya en fase de conclusión, elaborado durante la anterior administración y ─ como apunta Pfeiffer[9] ─, recibido en herencia “un contingente paramilitar en formación con aviones (bombardero/soporte de tierra y transporte) y una brigada de infantería que tenía probablemente la mayor concentración de poder de fuego en la cuenca del Caribe, sino en toda la América Latina”. Toda la operación estaba bajo la lupa inquisitiva de los medios. No era posible guardar el secreto de que algo se estaba preparando en Estados Unidos contra Castro; “el plan del gobierno, como diría Pfeiffer, de mantener la “plausible deniability” sobre su participación anticastrista, tenía la invulnerabilidad de la ropa nueva del emperador”.  

 

¿Qué hacer? Su Secretario de Estado está en contra del proyecto e igualmente su principal consejero, Schlesinger, lo rechaza, y él mismo tiene sus dudas. Hasta el Senador demócrata William Fulbright le ha entregado un informe donde se decía: “La invasión es un secreto a voces. Castro se ha vuelto más fuerte, no más débil. La resistencia cubana será formidable y probablemente Estados Unidos deba usar sus fuerzas armadas. En Cuba los van a estar esperando. Darle a la invasión un apoyo encubierto, es la misma clase de hipocresía por la que los Estados Unidos denuncian constantemente a la Unión Soviética. (...) A menos que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética use a Cuba como una base política y no militar, el régimen de Castro es una espina clavada en el costado. Pero no es una daga clavada en el corazón”. El tiempo estaba conspirando… la pregunta sería: ¿Contra quién? ¿Contra el éxito de la operación ya acordada o contra el mismo presidente?

 

 (...) Ya la operación no podía abortarse y Castro ganaba prestigio internacional y recibiría la solidaridad internacional. Era ahora el David enfrentado a Goliat, la sardina que no podía devorar el tiburón. El mito de Castro se fortalecía, no solo en la conciencia nacional, sino en las simpatías internacionales. Para América Latina, Cuba comunista no era la Guatemala de Arbenz, y todo, debido a los planes burdamente elaborados por la CIA, y chapuceramente impulsado por los asesores políticos de John F. Kennedy. Los expedicionarios de la Brigada 2506, serían vistos ahora como mercenarios y luego quedarían abandonados a su suerte por Estados Unidos. He ahí el peligro de confiar en potencias extrajeras para triunfar sobre una dictadura.

 

(...) Se insiste en que todo el fracaso de las operaciones de fuerza contra Castro se debió a la débil actitud de John F. Kennedy, y en parte tienen razón los que así opinan; sin embargo, esa responsabilidad se debe cargar también sobre otros hombros. Kennedy tenía serias dudas en cuanto a la magnitud de las operaciones que hacían impracticable la “negación plausible” de que Estados Unidos estaba detrás de todo aquel operativo, y quería evitar que esto sucediera a todo coste. Para nadie era secreto que en Guatemala se entrenaba una Brigada de exiliados anticastristas y que la CIA estaba comprometida en aquella actividad, como lo denunciara Raúl Roa. Dean Rusk no estaba de acuerdo con la operación tal como se había concebido y Schlesinger la rechazaba, considerando que era preferible, en lugar de decidirse por acciones drásticas, practicar la alta política propia de un estadista.

 

Kennedy decidió que se estudiaran otros sitios y otros planes alternativos para la operación, y, en solo tres días, la Task Force y el WH/4 dio su respuesta. Todo un plan estratégico y sus contingencias, resuelto en solo unos pocos días. Dulles no puso objeción alguna. Hawkins eligió una nueva zona para lanzar la operación; ¿pudieran aceptarse las conclusiones a las que arribara Hawkins para elegir la zona de Zapata? Un experto en operaciones anfibias, de la talla de Hawkins, no puede caer en la simpleza de haber elegido un campo de operaciones basado en las informaciones de fotografía, y aceptar luego, que hubo un error de interpretación de esas informaciones. Se elegía Zapata solo porque en Soplillar había un campo de aterrizaje de 4 500 pies, cuando en la zona de Trinidad había otra pista más adecuada. Hawkins no podría ser tan irresponsable para elegir una zona donde no había posibilidad de una retirada hacia las montañas, en caso de eminente derrota, que les permitiera a los invasores unirse a las guerrillas, y una zona pantanosa y estrecha sin posibilidad de impedir el avance ofensivo del enemigo como estaba previsto en Trinidad.

 

(...) ¿Fue un descuido no intencionado? ¿Se pudiera aceptar la justificación dada por el general White, que “se trataba de un cambio de ubicación, más que algún cambio significativo en el plan”? Esto no se concibe en un general de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Todo cambio de ubicación del campo de operaciones conlleva también cambios significativos en los planes.

 

Se le pudo hacer ver claramente a Kennedy, que la mejor plaza era la zona de Casilda/Trinidad, argumentos para ello había suficientes y, manteniendo esta como zona de operaciones, haber estudiado otras opciones que cumplieran con el requisito de la “plausible deniability”. Otra pregunta a la que hay que dar respuesta: Si el Estado Mayor Conjunto, como asegurara el General White, no estuvo de acuerdo con el traslado de las operaciones de Trinidad hacia Zapata, ¿por qué entonces le dio su “máximo apoyo” al Plan Zapata? ¿Por qué no advirtió al Presidente y dejó que este asumiera que todo iba bien?

 

(...) Hawkins relataría tiempo después lo que había conversado con Richard Bissell en torno a la localización de una zona que cumpliera con la condición de contar con una pista de aterrizaje. Esta zona, según él, estaba ubicada en las proximidades de la península de Zapata. “Le dejé claro a Bissell ─ declararía Hawkins ─ que, sí, que podríamos entrar allí y mantener esa área por un rato debido al estrecho acceso que poseía a través de los pantanos y a un tercio de Cienfuegos a lo largo de la costa. Ahora bien, podemos mantener esta (posición) por un rato, pero no por mucho. Por otra parte, la Brigada no tiene ninguna oportunidad de abrirse paso para salir de allí. A despecho de estas advertencias que le di, sobre los peligros militares que rodeaban a esta zona, Bissell dijo, si este es el único lugar que satisface el requerimiento del Presidente, entonces eso es lo que vamos a hacer. Y dijo, adelante y desarrolla el plan en la Bahía de Cochinos[10].  

 

Así, sin más, sin un análisis sobre aquella opción, sin atender cuanto se apartaba de las condiciones que existían en Trinidad, Bissell dio carta blanca para elaborar el Plan Zapata. Pero Hawkins agrega: “Bissell actuó imprudentemente al no defender la operación Trinidad. Si en realidad se querían deshacer de Castro, él debió defenderla, porque esta era la única posibilidad. Más adelante no defendió la necesidad de las operaciones aéreas. Yo no sabía que el presidente en realidad nunca había sido informado sobre la necesidad de la eliminación de la fuerza aérea de Castro y aparentemente no lo fue. Y yo no conocía eso. Yo resentía el hecho de que en el último momento Bissell no hubiera luchado fuertemente para preservar nuestra propia capacidad aérea y particularmente no permitir que el bombardeo final fuera completamente cancelado. Yo pensaba que nos convenía tener suficiente honor y no hacerla a aquellas tropas cubanas”. A estos pronunciamientos de Hawkins, agregaba Esterline algo que podría entenderse como una acusación: “Me veo obligado a llegar a una conclusión muy infeliz y es la de que (Bissell) estaba mintiendo por razones que todavía no entiendo totalmente. Ahora estoy convencido de eso. Pienso que el hecho de que alguien tergiversara una situación deliberadamente al máximo jefe de Estado, es algo bastante imperdonable[11].

 

(...) ¿Acaso hubo una conspiración contra Kennedy, sabiendo como es conocido que muchos oficiales CIA les eran contrarios, con el propósito de hacerle cargar con una derrota lacerante?

 

Toda una armazón de errores y omisiones condenaron la operación Zapata, fatal y necesariamente, a un total desastre. ¿Traición? El hecho real de todo aquel desastre lo resumiría el ex combatiente de la Brigada 2506 González Rebull: “Si no hubo traición, hubo abandono. Sin lugar a dudas, sabíamos que nosotros los cubanos, teniendo en cuenta el poco armamento, la distancia y los escasos aviones que teníamos, no podíamos realizar esa acción militar solos. Sabíamos que sucedería lo que sucedió: Fidel Castro pondría toda su fuerza allí, artillería, tanques y miles de hombres contra los 1.246 de la Brigada 2506[12].



[1] John A. Barnes. John F. Kennedy su liderazgo: Las lecciones y el legado de un presidente. Grupo Nelson. Nashville, Tennessee, 2009

[2] Diego Trinidad. Bahía de Cochinos sin mitos ni leyendas. Diario de Cuba, 17 de abril de 2013

[3] Foreign Relations of the United States (FRUS X, 30) Memorandum of Discussion. Kennedy Library, National Security Files, Countries Series, Cuba, General, 1/61-4/61.

[4] Peter Kornbluh. Op. Cit.

[5] Jack B. Pfeiffer. The Taylor Committee Investigation of the Bay of Pigs. Pag. 40. 9 de noviembre de 1984 

[6] Néstor Carbonell Cortina. Lo Que No Dijo el Informe del Inspector de la CIA

[7] Citado por Jack B. Pfeiffer. The Taylor Committee Investigation of the Bay of Pigs. 9 de noviembre de 1984 

[8] John A. Barnes. Op. Cit.

[9] Jack B. Pfeiffer. The Taylor Committee Investigation of the Bay of Pigs. 9 de noviembre de 1984 

[10] Peter Kornbluh. Op. Cit.

[11] Peter Kornbluh. Op. Cit.

[12] Jesús Hernández. Diario Las Américas, 16 de abril de 2016