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jueves, 28 de noviembre de 2013

Gracias, gracias


Vicente Echerri. EL NUEVO HERALD

El impulso a dar gracias – a Dios, a los dioses o a nuestros semejantes – es expresión del sentimiento de la gratitud que se deriva directamente de la humildad, del reconocimiento de haber recibido algo – un regalo, un don – sin costo alguno y ni siquiera sin haber hecho nada para merecerlo. Al decir “gracias”, estamos reconociendo explícitamente la gratuidad de lo que recibimos y nuestro regocijo por ello. Incluso cuando decimos “gracias” al final de una transacción por la que hemos pagado, nuestro agradecimiento responde a la parte inmaterial de ese trato: la buena voluntad, la eficacia y la simpatía de quien nos presta un servicio o nos vende un artículo. Las gracias siempre son espirituales.

La acción de gracias es la contraparte de la petición. Y así como a la primera la suscita el regocijo por lo recibido, a la segunda la motiva el desamparo y la carencia. El ser humano es un animal carente y precario por definición. La inteligencia que le ha llevado a crear un número casi infinito de cosas para su comodidad y mejor adecuación al medio, para el dominio de la naturaleza o, simplemente, para el consumo excesivo o lujoso, ha multiplicado, en la misma proporción, el número de sus necesidades. El monje más austero necesita más cosas que cualquier animal.

Si la inteligencia multiplica la necesidad de las cosas; la ignorancia acrecienta el temor. El humano pide porque carece y porque teme: a las fuerzas naturales, a la enfermedad, a la pobreza, al abandono, a la muerte… La fe es un acto de afirmación desesperado para sobreponerse al temor, y las fuerzas sobrenaturales son el obligado interlocutor de esa demanda. El hombre quiere creer que la Divinidad lo escucha y le responde; de ahí que la existencia de una deidad – en la tradición religiosa, con la posible excepción del budismo – implique que esa deidad está casi al servicio –como el genio de la lámpara de Aladino– de esa criatura desamparada que clama por ella. ¡Habrase visto insolencia mayor!

Los seres humanos no se conforman con proclamar la existencia de un ser divino, creador y sustentador del orden universal (una idea que, por demás, puede defenderse desde un punto de vista lógico y, sobre todo, estético), sino que aspiran a que ese ser divino los guarde, los proteja, los libre de las enfermedades y del hambre, de los desastres naturales y de las guerras y, por si fuera poco, les perdone los pecados y los salve para la eternidad. A cambio, basta cumplir con algunos ritos, sacrificar en el altar de la Deidad aves y rumiantes y, en algunos casos, a otras personas; o acatar algunas normas que los intérpretes de la divinidad, que nunca faltan, han codificado minuciosamente (sirvan de ejemplo el Pentateuco y el Corán). En el cristianismo la oblación es simbólica y algunas de sus denominaciones han enfatizado el don inapreciable de la gracia salvífica: lo que Dios nos otorga movido por un amor inexplicable hacia una criatura imperfecta, contumaz y cruel. Frente a esa acción de la Deidad no se espera más que una respuesta agradecida y jubilosa.

La alabanza es una de las manifestaciones más antiguas y tradicionales de la acción de gracias. El libro de los Salmos es, por ejemplo, una de sus expresiones más acabadas y notables. El cantor exalta a Dios por todo lo que da y lo que promete, por la maravilla de la creación y por la capacidad de los humanos para reconocerla y usufructuarla; al tiempo que reconoce su pequeñez y su insignificancia frente a la vastedad del cosmos y a la fuerza o la conciencia que lo genera.

No sabemos si Dios se solaza o escucha nuestras alabanzas. Sí podemos afirmar que, por ser enteramente autosuficiente, no las necesita (como no necesitó nunca de la carne quemada de los sacrificios propiciatorios), pero ennoblece a los seres humanos – y rebaja sabiamente nuestra soberbia – levantar la mirada y, por los dones que nos prodiga el mundo, por la enorme satisfacción de comprender, por la realización personal que conlleva la experiencia del amor y la generosidad, decir, hoy y todos los días… gracias, gracias.

sábado, 17 de agosto de 2013

¡CORRUPCIÓN!


Fernando Mires. Blog POLIS

No hay ninguno, malditos sean todos, que no haya hecho lo mismo.

Mussolini y Hitler llegaron al poder en nombre de la lucha en contra de la corrupción. Prestamistas, especuladores y homosexuales corroían el corazón y las arterias de sus pueblos, decían ambos asesinos. Ellos en cambio habían sido enviados por la providencia para restaurar la pureza originaria representada en fornidos centuriones en el caso italiano, o en wagnerianas valquirias en el caso alemán. Franco, una variante, fomentaba la utopía de una república militar y cristiana, la santa alianza de los ejércitos y de los conventos, donde prevalecería la ira de Dios y sus soldados de la muerte, prestos a reivindicar a la nueva hispanidad.

Fieles alumnos transcontinentales, gentuza como Trujillo, Somoza, Batista, Videla y Pinochet, también declararon la guerra a muerte a la corrupción, proclamando el restablecimiento de las virtudes morales destruidas por los "señores políticos" (Pinochet dixit).

Fidel Castro, sujeto de la misma estirpe, hizo también de la lucha en contra de la corrupción su bandera. "Gusanos" denominó a todo quien no fuera castrista, metáfora elegida con diabólica maldad pues el gusano corroe madera, pudre manzanas, vive en los cuerpos de los muertos. No solamente los opositores, los homosexuales, fueron perseguidos como corruptos en Cuba. Muchos murieron en prisión, asesinados por heroicos torturadores, los "hombres nuevos" de la nueva moral.

Cada vez que un milico comenzaba a hablar de corrupción ─ me decía un escritor argentino ─ nosotros ya sabíamos que se estaba preparando un golpe de Estado. Efectivamente, no ha habido lugar en donde la lucha en contra de la corrupción no haya sido proclamada por militares o militaristas. La lucha en contra de la corrupción es, ya hay demasiados ejemplos, una ideología pre-dictatorial. De modo que, cuidado, cada vez que aparece un militar o un político que emprende una cruzada en contra de la corrupción, hay peligro de golpe militar, o algo muy parecido. No hay ninguna excepción que no confirme la regla.

O para decirlo en una frase: Cuando un gobernante exige atribuciones especiales en su lucha en contra de la corrupción, estamos al borde de algo mucho más peligroso. Estamos nada menos que al borde de la corrupción de la política.

Por supuesto, la corrupción, no solo la de los políticos, es deleznable. Por eso hasta las más precarias constituciones están provistas de mecanismos para neutralizarla. Empresa más exitosa entre los políticos, pues al ser personajes públicos están sometidos a vigilancia medial. No ocurre así en otros recintos de la vida social. No voy a hablar de los conventos ─ creo que se ha dicho todo ─ sino también de hospitales, empresas privadas, e incluso al interior de las más sagradas familias.

En fin, que el ser humano fue fabricado con madera carcomida (corrupta), como afirmaba Kant, no debe ser sorpresa. Razón por la cual, de acuerdo también a Kant, necesitamos de la ley y por cierto, de la política como medio para pacificar las más bárbaras costumbres. De ahí que cuando un gobernante, en nombre de la lucha en contra de la corrupción exige facultades extraordinarias, abrirá las puertas a la peor de las corrupciones, la de la propia política. 

Convendrá quizás precisar, al llegar a este punto, que es lo que entiendo aquí por corrupción en política.

En términos generales se usa el término corrupción como sinónimo de venalidad. Venalidad a la vez significa interferir asuntos políticos con intereses económicos. La adquisición de bienes por medios ilícitos, transferencias de dinero, usos del erario público por un partido en el poder, son, entre muchos, casos de corrupción política.

No solo los regímenes populistas, tan divulgados en América Latina, han sido maestros  en el ejercicio de prácticas corruptas: compra de conciencias y de votos, repartición de puestos públicos entre familiares y amigos, y múltiples casos de enriquecimiento, son partes del historial de diversos gobiernos. En cierto modo la corrupción moderna es la ocupación de los espacios de lo político por lo económico. En tiempos de globalización como los que vivimos, algo muy frecuente. Casi normal.

No obstante, eso no ha sido siempre así. La ocupación económica del espacio político, de acuerdo a la historia de la filosofía política, ha sido solo una entre muchas formas de corrupción, y no siempre la principal. 

Para los griegos ─ siempre hay que comenzar con ellos ─ la corrupción era la negación de la virtud política, y eso significaba introducir elementos no políticos, como militares o domésticos, en la discusión sobre los asuntos de la ciudad.

De acuerdo a la filosofía aristotélica la corrupción era la negación de la política por los políticos y su forma más repudiable era la conversión de un gobernante en un tirano. En términos actuales, la forma superior de toda corrupción, la más grande de todas, de acuerdo a Aristóteles, sería una dictadura.

El padre de la filosofía moderna, Maquiavelo, tomó de los griegos la idea de la virtud política y la extendió al arte de la gobernación. La virtud, según Maquiavelo, era lo contrario a la fortuna, entendida como azar. Un gran príncipe era, por lo mismo, el que gracias a su virtud conquistaba un reino. Un príncipe afortunado era quien lo heredaba. Quienes heredan un reino, o quienes son ungidos por una autoridad son, según Maquiavelo, gobernantes propensos a la corrupción pues no actúan por virtud sino por fortuna.

La misma idea griega fue seguida por los filósofos contractualistas, sobre todo por Hobbes. Para Hobbes la tarea encomendada al Estado por sus súbditos era la de preservar el orden político por sobre el de la guerra. Una política sin Estado político significaba para Hobbes el regreso a la barbarie. La política estatal tenía por lo tanto una función civilizadora ─ salvar a la política de la guerra ─  tesis que recogió con énfasis Kant para quien la guerra no era la continuación de la política, como sí lo fue para Clausewitzt, sino su corrupción.

La filosofía política contemporánea se orienta, en el análisis del fenómeno de la corrupción, hacia dos tendencias. Una tomó forma en los escritos de Max Weber quien al dividir a los políticos entre "los que viven para la política y los que viven de la política", creó las condiciones para que esta última especie ─ la del político profesional ─ fuese considerada como propensa a caer en las redes de la corrupción.

La otra tendencia tiene que ver con el intento de Hannah Arendt por volver al ideal político griego, aunque invirtiendo uno de sus términos. En efecto, así como para los griegos la corrupción venía del peligro de que lo privado ocupara a lo público, para Arendt el peligro mayor es que la política, que debe ser siempre pública, ocupe el lugar de lo privado. La ocupación total de lo privado por lo público es, según Arendt, el totalitarismo. La ocupación parcial de lo privado por lo  público es, en consecuencias, el signo que señala el comienzo del desbarranco de la política como medio de convivencia ciudadana. O en mis palabras, de la corrupción de la política.

Hannah Arendt estaba muy de acuerdo con Aristóteles: no hay corrupción más grande en la política que una tiranía, mucho más si se trata de una totalitaria. Signos totalitarios son entre otros, vigilar la vida privada ─ sobre todo sexual ─ de los ciudadanos, introducir micrófonos en sus domicilios, interceptar cartas y correos electrónicos, fotografiar encuentros personales.

Si un gobierno democráticamente elegido emplea esos medios y a la vez exige poderes omnímodos para encabezar una cruzada en contra de la corrupción, está preparando definitivamente el camino hacia una dictadura. Y si ese gobierno más que apoyarse en la legitimidad de los votos se apoya en la de las armas, quiere decir simplemente que la dictadura de hecho, aunque no de jure (la verdad, no hay dictaduras de jure) ya está siendo instalada. En nombre de la lucha en contra de la corrupción, ese gobierno intentará criminalizar a toda la oposición.

Grosera ironía. Quien más ha corrompido la política violando la constitución de su país, quien más ha corrompido el lenguaje político, quien más corrompe la vida ciudadana insultando y ofendiendo a todo quien se le oponga, quien más viola la vida privada, quien se ha erigido en campeón de la homofobia, quien permite que todas las instituciones de su nación hayan sido degradadas a oficinas ejecutoras del gobierno, quien contempla impertérrito como el parlamento es convertido en una guarida de matones cuya sola presencia infunde miedo, quien ha corrompido a la política en todas sus formas y quien después de todo eso quiera concentrar para sí todo el poder en nombre de una lucha en contra de una corrupción de la cual él es su representante oficial, todo eso ─ y más ─ es algo que no tiene parangón en los anales de la historia latinoamericana. Y vaya, eso es más que demasiado.

No es que en América Latina los políticos sean más corruptos que en otras regiones. El rol de las mafias en la política italiana ─ no hablemos del caso Berlusconi ─ es más que conocido. Los pantanos de corrupción en que han caído el PSOE y el PP en España son profundos. Los escándalos políticos alemanes, desde el caso Barschel, pasando por el de las "donaciones" durante el gobierno de Kohl, hasta llegar a la caída del presidente Wulf, han dado la vuelta al mundo. Pero en ninguno de esos tres países, ni desde el gobierno ni desde la oposición, se levantó jamás una sola voz reclamando poderes excepcionales para combatir a la corrupción. La Constitución basta y sobra.

Con toda seguridad a los políticos de los tres países mencionados todavía no se les olvida que a Mussolini, Hitler y Franco les fueron concedidos esos poderes y todos saben lo que después pasó. La diferencia entonces no reside en que los europeos sean más o menos corruptos que los latinoamericanos. La diferencia es que los primeros han aprendido de la historia y algunos latinoamericanos todavía no.

domingo, 30 de junio de 2013

La universidad


Carlos A. Romero. EL UNIVERSAL

El conflicto nacional que tanto ha dividido a los venezolanos en estos últimos años llevó a que nuestra Universidad Central y otras casas de estudio se convirtieran en el foco principal de la perfidia gubernamental. No se trata solamente de observar con espanto y dolor la bien planificada tarea de reducir el presupuesto a las universidades autónomas a través de un torniquete financiero, sino también de crear paralelamente y de prisa otras instituciones de muy bajo nivel.

En este contexto, se ha pretendido reducir las actividades del saber de dos maneras. Por una parte, hostigando a profesores, empleados, obreros y estudiantes con la permanente amenaza de allanamiento, de control, de subordinación y desaparición del status docente y de investigación. Y por la otra, introduciendo la violencia en el campus universitario, desafiando, las buenas maneras, el diálogo, el patrimonio y el compromiso docente y autonómico que son propios de la cultura académica.

Desde luego que estos hechos y otros que pueden ocurrir en el futuro son manifestaciones típicas de los procesos políticos antidemocráticos. Porque detrás de los culpables de la "angustia salarial" y del acoso político está la pretensión autoritaria de quienes han tratado de uniformar al país y de promover el pensamiento único. De ahí se desprende la idea de que la lucha por una universidad autónoma no es tan sólo un tema "economicista" sino básicamente un asunto vital desde las ópticas política y ética.

A fin de cuentas, lo que está en juego es el derecho que tiene la comunidad universitaria a fomentar la pluralidad de ideas y la convivencia democrática, valores que son fundamentales en la vida de los venezolanos y que se plasman día a día en la promesa del estudiante, en la pulcritud de la cátedra universitaria, en la prestación de servicio de los trabajadores y en la confianza depositada por la sociedad en la institución, en su legado y en sus símbolos.

miércoles, 26 de junio de 2013

¿Quién espía a quién?


Clara Ospina. EL NUEVO HERALD

Se ha formado un escándalo de la “madona” con todo el espionaje descubierto en las últimas semanas, el cual confirma algo bien sabido desde siempre, todo el mundo espía a todo el mundo, algo que siempre ha sucedido y continuará sucediendo, como lo prueba la historia.

Sucede que un tal Edward Snowden, ex empleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de Estados Unidos, entregó información a los medios sobre el espionaje efectuando por ese país, para recopilar datos de personas obtenidos de las redes sociales, como Facebook o Twiter, dizque por motivos de seguridad; pocos días después, el gobierno británico reconoció que, en el 2009, durante la reunión de los países del G20, “pinchó” los teléfonos y los computadores de los asistentes, aun los de sus aliados, para obtener información que les diera una ventaja comercial.

Todo este espionaje me parece espantoso, pero no me sorprende. ¿Por qué me va a sorprender? Si bien sabemos que todos somos espiados permanentemente. Hoy, cámaras nos filman en todas parte, en los aeropuertos, estaciones de tren y bus, bancos, edificios, colegios, universidades, en los semáforos, en las esquinas, en absolutamente todas partes. Filman y registran a qué horas pasamos, por donde, que hacíamos y con quién. Sistemas de localización, como Google Maps, pueden mostrar detalles de nuestra vivienda privada. Las tarjetas de crédito utilizan y venden la información de lo que compramos, qué, cuándo, cuánto. El récord de nuestras llamadas telefónicas es de fácil acceso y también lo es toda la información que tenemos almacenada en nuestros computadores.

Recientemente leí sobre algunos almacenes que espía a sus clientes poniendo cámaras en los ojos de sus maniquíes, dicen que desean tener datos de sus compradores para poder satisfacerlos mejor. ¿En serio?

También conozco familias que tienen cámaras ocultas para espiar a las niñeras de sus hijos y poder estar seguros de que los están tratando bien. ¿Quién puede juzgarlas?

El espionaje es tan antiguo como la prostitución. Ya las tribus prehistóricas estaban mandando espías a mirar qué hacían las tribus vecinas. También es cierto que, en esta era cibernética, la tecnología ha vuelto mucho más fácil espiar.

Claro, hay que hacer escándalo para tratar de limitar la intromisión de los gobiernos y las corporaciones en nuestras vidas, en nuestra privacidad, sin nuestra autorización. Pero muchas veces nosotros mismos damos demasiada información, como cuando ponemos datos en las redes sociales, llenamos encuestas, compramos con una tarjeta de crédito, abrimos cuentas bancarias.

Así que, no nos hagamos ilusiones, la era del “Gran Hermano” llegó, estamos siendo espiados a cada momento, nuestra información está ya archivada en muchas agencias de datos que la comparte con otras y otras. Hace tiempos que la privacidad se acabó; él que no lo crea así, es un inocente.

Si quiere mantener su vida en privado, no salga de su casa, no utilice su teléfono, ni su computador, no viaje, no compre nada, no coma, no se enferme, no vote. ¡Le deseo éxito en su inútil empeño!