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sábado, 20 de marzo de 2021

Karla María Pérez González, la mujer que le inspira miedo al régimen del PCC

 Mario J. Viera

 


Miserables. les tiemblan las piernas delante de una mujer joven, de Karla Pérez, que se atrevió a criticar al régimen del PCC, que colaboró con una organización opositora, que fue colaboradora del Portal ADN Cuba, que ejerció el simple derecho humano de opinar libremente. Los usurpadores de la soberanía cubana, reaccionaron contra ella.

 

Le impidieron continuar sus estudios universitarios de periodismo, bajo el principio de que la Universidad es solo para los "revolucionarios", es decir para aquellos que se sometan a la hipocresía de aparentar "fidelidad" a un régimen hipócrita y violador de los derechos humanos, o de aquellos considerados "políticamente confiables", porque viven de espaldas a su pueblo.

 

Obtiene una beca para continuar sus estudios en Costa Rica, se gradúa y pretende, no quedarse en el exilio, sino regresar a la patria, a su país natal, a su familia, a su pueblo. Pero le niegan su regreso.

 

Viven encerrados dentro de sus mentiras y quieren obligar a todos a que vivan dentro de la mentira. ¡Cobardes! Les asusta la cultura, el arte libre, la expresión sincera, la palabra escrita que revela verdades sin ocultamientos. Le temen a al pueblo y lo reprimen cuando el pueblo se niega a seguir viviendo en la mentira. ¡Y este régimen reaccionario, despótico, desgastado de ideas, envilecido, retrógrado, tiene asiento en el alto tribunal de los derechos humanos!

 

La tiranía tiene que ser marginada, repudiada, ¿Y esperan que Estados Unidos se abra a relaciones cordiales, de iguales, de relajamiento en sus relaciones diplomáticas? ¿Aspiran con tales actos cobardes a que Estados Unidos, graciosamente, les levante el embargo, no el bloqueo, que mantienen contra su régimen? ¡Que se conformen conque se eliminen las sanciones económicas, no selectivas, que afectan en particular al pueblo cubano!

martes, 12 de diciembre de 2017

Nunca callarás tu opinión

Mario J. Viera



Esta frase debiera haberse incluido en el Decálogo del Sinaí o por lo menos debiera estar intercalada en la propia tabla de nuestros valores éticos. Nunca calles tu opinión, aunque te traiga trastornos, aunque otros que no compartan tu pensar te maldigan y expresen todo mal de ti y te lleven por las calles cargando la cruz del castigo. Es mejor estar aprisionado en cepo público que amordazado en recámara lujosa.

Piensa libremente sin ataduras que estorben tu razonar. Qué importa que otros sacramenten un determinado pensar que tú no compartes, que tú ves con otros diferentes cristales. No te calles y di lo que piensas.

No te calles en el juicio de la cátedra, porque tu cátedra es tu libre pensar, a ella atente. Ni palabra de hombres ni de dioses te hagan callar; porque los hombres pueden errar y los dioses no te hablan ni dialogan contigo.

Indaga, rastrea buscando la verdad, tu verdad. Compara opiniones e ideas y forja tus propias ideas y cuando ya tengas elaborados tus criterios, no te arredres y di tu opinión.

Pero cuídate de ser ofensivo al exponer tus opiniones, y al mismo tiempo no temas si alguien, por susceptibilidad extrema, se crea ofendido por lo que digas de manera directa, porque hay algunos que hacen asunto personal de ciertos símbolos, imágenes y dogmas. Nunca ofendas a las personas y no te inhibas en atacar con fuerza a lo vil de las ideas.

Sé firme sin dejar de ser flexible. Y sigue el consejo de Thomas Jefferson cuando dijo: “Cuestionad con audacia incluso la existencia de Dios, porque si hubiera uno, ha de aprobar más el homenaje a la razón que al miedo ciego”.


Nunca calles tu opinión, aunque te cueste prisiones porque tu verdad vence y rompe muros y cadenas. 

jueves, 30 de noviembre de 2017

Por la senda de nuestras tradiciones

Mario J. Viera



Reproduzco ahora este viejo artículo publicado en Cubanet el 4 de mayo de 1999, que redacté con motivo de la entrada en vigor de la ley dictada por el régimen castrista para reprimir al periodismo independiente y denominada “Ley No. 88 de Protección a la Independencia Nacional y la Economía de Cuba”. Como mantiene todavía vigencia lo reproduzco nuevamente.


“La libertad de la prensa es un medio de obtener las libertades civil y política, porque, instruyendo a las masas, rasgando el denso velo de la ignorancia, hace conocer sus derechos a los pueblos y pueden éstos exigirlos”.
Ignacio Agramonte y Loynaz



Por años, el gobierno de Cuba se ha declarado defensor decidido de nuestras tradiciones políticas, ésas que se engendraron en las mentes de nuestros próceres desde los tiempos duros cuando los cubanos se conquistaban su identidad como nación peleando en la manigua al filo de sus machetes. También el congreso de los representantes oficiales de nuestra cultura se decidió por la defensa de todas nuestras tradiciones. Pero, ¿se está cumpliendo realmente con esta presunción?

El ideal cubano se fue forjando paulatinamente, tomando del venero que ofrecieron los enciclopedistas franceses, los padres fundadores de los Estados Unidos y el anhelo siempre buscado y no siempre realizado de la tríada de la Francia de 1789: libertad, igualdad y fraternidad.

La búsqueda de la libertad como expresión del pleno disfrute de las potencialidades individuales, en antitética relación con el centralismo exagerado del despotismo monárquico y colonial, siempre constituyó el quid divinum de los pensadores cubanos del siglo XIX, entre los que descuellan con esplendor propio el sacerdote Félix Varela y el poeta José Martí.

Y en ese élan libertario, fundado sobre la imperiosa condición de conservar el individualismo al que Agramonte consideró como necesario para la sociedad, y que se funda sobre la dignidad plena de la persona humana, el arma esencial fue, más que el sable de caballería, la palabra como envoltorio sonoro o gráfico del pensamiento y de la opinión sincera. Toda la tradición política cubana se nuclea alrededor del principio de la libertad de expresión y de la libertad de prensa, y le son extraños la autocensura y el silencio tímido.

Varela, sacerdote y filósofo, se hizo periodista, al igual que Martí, de quien la mayor parte de su obra escrita está formada de crónicas y artículos redactados para varios periódicos del continente y para el que fundara con el nombre de Patria.

El periodismo, visto como el derecho al ejercicio del pensamiento libre al que, de acuerdo con Ignacio Agramonte, “corresponden la libertad de examen, de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquél”, constituyó el firme cimiento de nuestras tradiciones políticas. Cercenar el derecho al ejercicio del periodismo independiente es como negar, como anular, el sustrato de nuestras tradiciones políticas y civiles.

Hace mal el gobierno de Cuba cuando limita el derecho de prensa al simple ejercicio de un periodismo alabardero y prohíbe con sanciones penales la opinión escrita, pacíficamente expresada, que no le sea favorable. Esto va en contra de toda nuestra historia, y en contra de la libertad del hombre. Renunciar a la libertad de la expresión periodística por temor a una ley de corte draconiano es renunciar a la propia libertad, que es, como dijera Rousseau, “renunciar a la cualidad de hombre, a los derechos de la humanidad, incluso a sus deberes”.

No es justa ninguna ley, ni puede alegarse ninguna razón para justificarla, que suprima alguna de las libertades que le son sagradas al hombre. Suprimir ese derecho innato de expresar la opinión propia es atentar contra todas las libertades conferidas o naturales del género humano. Y así lo entendió José Martí cuando escribió: “Con las libertades, como con los privilegios, sucede que juntas triunfan o peligran, y que no puede pretenderse o lastimarse una sin que sientan todas el daño o el beneficio”. O retomando a Rousseau se puede concluir: “Privar de toda libertad a (la voluntad del hombre) es privar de toda moralidad a sus acciones”.

Es que lo esencial de nuestras tradiciones, el sendero por el que éstas transcurren no es el de la enojosa intransigencia, sino aquel concepto martiano de patria como equidad y respeto a todas las opiniones. No se ha de temer a la opinión puesta en la voz o en letra de imprenta. Las ideas, nobles o indignas, sólo pueden vencerse con ideas más elevadas y no con cerrojos y prisiones. Reprimir a otros por sus opiniones es el modo más acabado de reconocer la incapacidad de defender las propias.


Cuando los que en Cuba, aquéllos que nos decidimos por realizar un periodismo alternativo al de los medios oficiales, continuamos ejecutando nuestra labor de informadores públicos, a pesar de las amenazas contenidas en la Ley 88, no lo hacemos por el placer masoquista de formar parte de un nuevo martirologio, ni por el plante soberbio del reto suicida. Lo hacemos porque creemos que es justa la intolerancia de no ceder el derecho natural de pensar, de opinar, de examinar o de dudar. Y porque no podemos renunciar a seguir los senderos de nuestras tradiciones. Esas que constituyen el significado concreto de cubanía.

domingo, 19 de febrero de 2017

El Enemigo del Pueblo

Mario J. Viera

D.T. "La prensa es el enemigo del pueblo"


El silogismo es sencillo:

Una de las características principales de un sociópata es que no soporta que se le contradiga y responde de manera violenta.
Donald Trump no soporta que se le contradiga y responde de manera violenta.
Por tanto:
Donald Trump posee una de las características principales de un sociópata.

Otro sencillo silogismo:

Una característica básica de todo dictador es el odio hacia el periodismo que le critique
Donald Trump odia al periodismo que le critica
Por tanto:
Donald Trump posee una característica básica de todo dictador

En uno de sus últimos tuits, Donald Trump declaró:

“The FAKE NEWS media (failing @nytimes, @NBCNews, @ABC, @CBS, @CNN) is not my enemy, it is the enemy of the American People!

¡Hasta dónde puede llegar un demagogo! Sus enemigos, no son suyos en particular, son los enemigos de todo el pueblo; es como decir que en su persona se encarna el pueblo, qué él es el pueblo y que toda crítica dirigida a él es una crítica contra toda la nación; de aquí nada más que un paso para declarar a los críticos del magnate devenido en presidente como traidor a la nación, como alta traición. Solo falta que se dicte la ley de desacato a la figura del alto representante del gobierno, o se dicte un código de leyes sobre los delitos de lesa majestad. La República sometida al despotismo.

Todo gobierno, por el bien de la democracia, tiene que estar sometido al escrutinio de la opinión pública, y esa opinión es la que se recoge en el periodismo, sea en la prensa seria y responsable y sea hasta en la prensa basura y amarillista, porque el derecho a la opinión, el derecho al ejercicio del periodismo está garantizado en Estados Unidos por su Primera Enmienda: “El Congreso no podrá hacer ninguna ley (...) limitando la libertad de expresión, ni de prensa; ni el derecho a la asamblea pacífica de las personas...”. De manera explícita se le prohíbe al Congreso dictar ley alguna que limite la libertad de expresión o limite la libertad de ejercicio del periodismo, pero implícitamente se entiende que tampoco el Ejecutivo puede coartar esos derechos. Un presidente debe inhibirse de lanzar ataque contra el periodismo ni calificar de “enemigo del pueblo” a la prensa, aunque sea a solo una parte de esa prensa.

¿Antecedentes de esta anormalidad del ejercicio de la democracia? Existe uno que, por los medios sociales, se ha divulgado casi al punto de convertirse en viral, refiriéndose al comentario que Richard Nixon le hiciera a Kissinger en 1972:

The press is the enemy, the establishment is the enemy, the professors are the enemy"

Estas palabras están recogidas en una cinta que no se hizo pública hasta recientemente. La diferencia, no obstante, es que Nixon formuló esa lamentable opinión en privado, en tanto D.T. declaraciones del mismo tipo han estado presentes en muchos de sus pueriles tuits como declaraciones públicas. Thomas Jefferson, que nunca temió a las opiniones emitidas en los periódicos, lo dijo bien claro:

Donde la prensa es libre y cada hombre sea capaz de leer, todo está a salvo


En tanto, ¿qué hace el Congreso? Se cruza de brazos y hace oídos sordos a la inaceptable declaración de D.T. de calificar a la prensa que le critica como el enemigo del pueblo. Una gran vergüenza afecta la credibilidad congresional. Ahora la prensa y el mismo pueblo tienen la palabra en defensa de uno de los pilares de la democracia, el del derecho a la crítica a los actos del gobierno. 

jueves, 24 de marzo de 2016

Por la senda de nuestras tradiciones

Mario J. Viera

Este es un artículo que escribí en mayo de 1999 a propósito de la puesta en vigor de la draconiana Ley 88, por la que en 2003 se sancionaron a largas condenas a 75 opositores y periodistas independientes.

 4 de mayo de 1999

"La libertad de la prensa es un medio de obtener las libertades civil y política, porque, instruyendo a las masas, rasgando el denso velo de la ignorancia, hace conocer sus derechos a los pueblos y pueden éstos exigirlos".

Ignacio Agramonte y Loynaz

LA HABANA, mayo - Por años, nuestro gobierno se ha declarado defensor decidido de nuestras tradiciones políticas, ésas que se engendraron en las mentes de nuestros próceres desde los tiempos duros cuando los cubanos se conquistaban su identidad como nación peleando en la manigua al filo de sus machetes. También el congreso de los representantes oficiales de nuestra cultura se decidió por la defensa de todas nuestras tradiciones. Pero, ¿se está cumpliendo realmente con esta presunción?

El ideal cubano se fue forjando paulatinamente, tomando del venero que ofrecieron los enciclopedistas franceses, los padres fundadores de los Estados Unidos y el anhelo siempre buscado y no siempre realizado de la tríada de la Francia de 1789: libertad, igualdad y fraternidad.

La búsqueda de la libertad como expresión del pleno disfrute de las potencialidades individuales, en antitética relación con el centralismo exagerado del despotismo monárquico y colonial, siempre constituyó el quid divínum de los pensadores cubanos del siglo XIX, entre los que descuellan con esplendor propio el sacerdote Félix Varela y el poeta José Martí.

Y en ese élan libertario, fundado sobre la imperiosa condición de conservar el individualismo al que Agramonte consideró como necesario para la sociedad, y que se funda sobre la dignidad plena de la persona humana, el arma esencial fue, más que el sable de caballería, la palabra como envoltorio sonoro o gráfico del pensamiento y de la opinión sincera. Toda la tradición política cubana se nuclea alrededor del principio de la libertad de expresión y de la libertad de prensa, y le son extraños la autocensura y el silencio tímido.

Varela, sacerdote y filósofo, se hizo periodista, al igual que Martí, de quien la mayor parte de su obra escrita está formada de crónicas y artículos redactados para varios periódicos del continente y para el que fundara con el nombre de Patria.

El periodismo, visto como el derecho al ejercicio del pensamiento libre al que, de acuerdo con Ignacio Agramonte, "corresponden la libertad de examen, de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquél", constituyó el firme cimiento de nuestras tradiciones políticas. Cercenar el derecho al ejercicio del periodismo independiente es como negar, como anular, el sustrato de nuestras tradiciones políticas y civiles.

Hace mal nuestro gobierno cuando limita el derecho de prensa al simple ejercicio de un periodismo alabardero y prohíbe con sanciones penales la opinión escrita, pacíficamente expresada, que no le sea favorable. Esto va en contra de toda nuestra historia, y en contra de la libertad del hombre. Renunciar a la libertad de la expresión periodística por temor a una ley de corte draconiano es renunciar a la propia libertad, que es, como dijera Rousseau, "renunciar a la cualidad de hombre, a los derechos de la humanidad, incluso a sus deberes".

No es justa ninguna ley, ni puede alegarse ninguna razón para justificarla, que suprima alguna de las libertades que le son sagradas al hombre. Suprimir ese derecho innato de expresar la opinión propia es atentar contra todas las libertades conferidas o naturales del género humano. Y así lo entendió José Martí cuando escribió: "Con las libertades, como con los privilegios, sucede que juntas triunfan o peligran, y que no puede pretenderse o lastimarse una sin que sientan todas el daño o el beneficio". O retomando a Rousseau se puede concluir: "Privar de toda libertad a (la voluntad del hombre) es privar de toda moralidad a sus acciones".

Es que lo esencial de nuestras tradiciones, el sendero por el que éstas transcurren no es el de la enojosa intransigencia, sino aquel concepto martiano de patria como equidad y respeto a todas las opiniones. No se ha de temer a la opinión puesta en la voz o en letra de imprenta. Las ideas, nobles o indignas, sólo pueden vencerse con ideas más elevadas y no con cerrojos ni prisiones. Reprimir a otros por sus opiniones es el modo más acabado de reconocer la incapacidad de defender las propias.


Cuando los que en Cuba aquéllos que nos decidimos por realizar un periodismo alternativo al de los medios oficiales continuamos ejecutando nuestra labor de informadores públicos a pesar de las amenazas contenidas en la Ley 88, no lo hacemos por el placer masoquista de formar parte de un nuevo martirologio, ni por el plante soberbio del reto suicida. Lo hacemos porque creemos que es justa la intolerancia de no ceder el derecho natural de pensar, de opinar, de examinar o de dudar. Y porque no podemos renunciar a seguir los senderos de nuestras tradiciones. Esas que constituyen el significado concreto de cubanía.

sábado, 17 de mayo de 2014

Enemigos de la revolución


Vladimiro Mujica. TALCUAL DIGITAL.com


A medida que avanza la represión y las violaciones contra los derechos humanos y la Constitución Nacional en estos tres meses eternos de protestas, se va definiendo con mayor claridad el perfil de los enemigos de la así llamada revolución bolivariana.
A esta categoría pertenece gente de carne y hueso, ciudadanos como usted y como yo, contra los que arremeten la PNB, la GNB y los grupos para-militares adeptos al régimen. En ese sentido el enemigo es simplemente el pueblo que se resiste a adoptar la versión denigrante de patria impuesta y a empellones, empobrecida e indigna, que pretende la revolución.
A la famosa frase atribuida a nuestro Canciller: "No tenemos papel toilette, pero tenemos patria" se le añade otra de un funcionario de mucha menor jerarquía, presuntamente de la PNB, actuando en contra de los manifestantes en una reciente jornada de protesta en Chacao: "Los que no quieran patria, tendrán plomo".
El conjunto de ambas frases conforma una suerte de lógica condescendiente y abusiva de quienes se sienten los dueños de la vida, y sobre todo de la muerte, de los venezolanos. Les estamos enseñando a vivir en revolución, y quienes se resistan no esperen otra cosa que ser tratados como se merecen.
Pero hay otros enemigos intangibles de la revolución, tan o más peligrosos que las acciones de protesta. El primero y más importante es la libertad de pensamiento y su pariente cercano la libertad de información.
Contra el segundo se tiene la coacción y la censura contra los medios y el ejercicio desembozado de la hegemonía comunicacional, concepto tenebroso anunciado cuando nadie lo creía posible por el entonces ministro del ramo, Andrés Izarra.
La libertad de pensamiento requiere de un control más refinado que se ejerce a través de distintos canales que van desde la represión hasta el control de la educación, de los libros que se pueden leer, y los contenidos aceptables en Internet. Pero en definitiva la imposición del pensamiento único pasa por doblegar y eventualmente destruir a las instituciones donde la elaboración intelectual fluye libremente: las universidades y los centros de conocimiento.
En un sentido tanto filosófico como práctico, la revolución chavista es un ejemplo paradigmático del pensamiento izquierdista más reaccionario.
Uno que se creó al amparo de tiranías auto-declaradas comunistas o socialistas, que concibe como dilema la existencia simultánea de la libertad y la igualdad. La libertad se percibe como un concepto burgués y liberal que requiere ser extirpada y controlada en beneficio de un cierto igualitarismo ramplón que castra las posibilidades de crecimiento físico y espiritual de una nación.
La lista de enemigos continúa: la libertad sindical y de asociación, ferozmente controlada y diezmada por el gobierno. La empresa privada y el derecho de los ciudadanos a desarrollarse como individuos no dependientes de un Estado todopoderoso y centralizado.
Por ahora la revolución ha co-existido con una versión restringida de la libertad de asociación política y de ejercicio de los derechos ciudadanos, pero la última sentencia del TSJ restringiendo el ejercicio del derecho a protestar pacíficamente es un mal presagio de lo que los revolucionarios tienen en mente.
En el espacio internacional, la pléyade de enemigos fundamentales del régimen está conformada por quienes pueden ver a leguas la falsedad de la prédica del buen revolucionario con que el gobierno se vende ante los ojos permisivos de una comunidad que está dispuesta a perdonarle muchas cosas a la potencia imperialista petrolera en que se ha constituido Venezuela. En esta dirección, el cerco informativo y la disponibilidad infinita de los recursos de la extorsión política y económica son las herramientas preferidas.
El régimen se defiende con el terror y la violencia desmedidos. Ello combinado con operaciones políticas que le permiten mantener una fachada democrática y de diálogo frente a la comunidad internacional. En el camino, se arrasa con lo que va quedando de libertades ciudadanas y se precipita al país en una espiral de caos cotidiano en el que la existencia de la gente oscila entre la necesidad de sobrevivir y la urgencia de la acción para contrarrestar la acción destructiva de la revolución.
Uno termina por hacerse la pregunta de si nadie dentro del chavismo militante es capaz de ver lo que está ocurriendo, más allá de las banales explicaciones sobre las conspiraciones que abundan en estos días. En la paradoja última de estos tiempos vergonzosos, el pueblo ha terminado por convertirse en el enemigo indomable de una revolución que se auto-proclama popular.
Contra los estudiantes se arremete porque no se doblegan. A los sindicalistas independientes se les persigue por el peligro que representan los trabajadores organizados e indóciles. Un esquema perverso que cada vez se sostiene más en las fuerzas de la barbarie y la represión y menos en la gente.
Ya vendrán otros días que se construirán del aprendizaje de esta época aciaga de nuestra historia. Mientras tanto, a los demócratas y amantes de la libertad con dignidad nos corresponde seguir dando esta difícil pelea que solamente venceremos preservando la unidad contra un adversario que cada vez da más evidencias de ser un gigante enorme con frágiles pies de barro.