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domingo, 22 de septiembre de 2013

Lo peor que puede pasar en Venezuela


Fernando Mires. Blog POLIS

Ya lo había dicho y reiterado antes de viajar a Miami. "Lo peor que puede pasar al país es un golpe de Estado". No obstante, las mismas palabras dichas en Miami adquieren diferente connotación. Y eso con toda seguridad lo sabía Henrique Capriles.

Nicolás Maduro, mandatario de Venezuela, en su siempre infamante estilo había anunciado que Capriles viajaría el 15. 09. a reunirse con la "gusanera" de Miami para conspirar en contra de la "revolución". No pudo haber mejor refutación a Maduro que las palabras de Capriles, dichas desde el mismo "imperio".

"Lo peor que le puede pasar al país es un golpe de estado".

Léase bien, Capriles dijo sin rodeos, un golpe de estado es lo peor que puede suceder a Venezuela. No dijo hay golpes buenos y malos, como seguramente piensan algunas fracciones "egipcias" de Venezuela. Eso significa que un golpe de estado, según Capriles, es una alternativa aún peor que el gobierno de Maduro. Por lo tanto Capriles dejó claramente establecido que está dispuesto a jugársela en contra de cualquier intento de golpe de estado sea éste a favor de Maduro o en contra de Maduro.

Por lo demás, si hubiera intento de golpe de estado, aunque venga de militares chavistas, ¿contra quién puede ser sino en contra de Maduro? Porque Capriles dijo, golpe de estado. No habló de autogolpe. En otras palabras, un golpe de estado en contra de Maduro sería no sólo en contra de Maduro; también sería en contra de la oposición a Maduro. Su objetivo no podría ser otro sino destruir los restos de institucionalidad que permanecen en el país, cerrar el camino a las elecciones e imponer un régimen de fuerza en contra de la mayoría de la nación, de la madurista  y de la opositora a la vez.

Las palabras de Capriles fueron terminantes. Ahora lo saben todos: Si hay militares que en nombre del, o en contra del chavismo intentan dar un golpe de estado, aprovechándose del descontento general y de la profunda crisis económica en la cual el chavismo ha sumido al país, contarán con la más decidida "oposición de la oposición". Con ello queda muy claro, salvo para quienes no quieran entender, que la oposición venezolana dirigida por la MUD y Capriles no es golpista, como tal vez quisiera Maduro que lo fuera. Además ─ aunque no guste a Maduro ─ es un factor de orden institucional. Quizás la oposición es el único factor de orden institucional que resta todavía en Venezuela. Si no fuera por esa oposición que encauza por vías democráticas el creciente malestar social, Venezuela no sería Egipto: Venezuela sería Siria.

Naturalmente, el objetivo de la oposición, como toda oposición en cualquier lugar donde hay oposición, es derrotar al gobierno y si es posible, lograr su caída. Pero el objetivo ha de ser la derrota política, jamás la derrota militar. Eso quiere decir que cualquier intento no político en Venezuela significaría cerrar el camino a la oposición e indirectamente al propio PSUV. Quizás ya hay miembros de ese partido que entienden que la desaparición de los últimos restos de espacios políticos significaría también el fin del PSUV, ya sea como partido de gobierno, ya sea como principal partido de oposición, lugar este último que más temprano que tarde deberá ocupar, si es que sus dirigentes no creen en el principio de la eternidad.

La mayoría de la oposición (y quizás una parte del chavismo) ya ha entendido que cuando los militares llegan al poder lo hacen para quedarse y nunca para irse.

No me referiré esta vez a Chile, donde algunos políticos con pasado democrático apoyaron el golpe de 1973 como "salida transitoria". El ejemplo más reciente es el del Egipto de 2013 cuando los militares se montaron sobre los hombros del descontento popular frente al islamismo de Morsi y dieron un golpe que restituyó el régimen de Mubarak sin Mubarak, en contra de la oposición democrática y de la oposición religiosa a la vez.

Probablemente hay pocas situaciones en la historia, si es que hay alguna, en la cual los militares usurpen el poder para retirarse inmediatamente. Ni siquiera en Honduras, pues allí los militares actuaron obedeciendo el mandato de una mayoritaria clase política civil. ¿Se entiende entonces por qué lo peor que puede pasar al país ─ Capriles se refería al país de los chavistas, al de los no chavistas y al de los anti-chavistas ─ es un golpe de Estado?

Hay ejemplos en cambio que muestran como cuando la oposición ha actuado en defensa del espacio político en contra de intentos golpistas, ha salido fortalecida. Uno ocurrió en Septiembre de 1917 en Rusia cuando el general Lavr Kornilov, aprovechándose de las debilidades del gobierno de Alexander Kerenski, intentó dar un golpe de Estado, imaginando que contaría con el apoyo de la socialdemocracia (mencheviques y bolcheviques). Fue entonces cuando Lenin dio muestras de gran genialidad. Con su consigna "hay que defender a Kerenski", Lenin aseguró el espacio que muy poco después permitiría a los bolcheviques hacerse del poder. El segundo ejemplo también ocurrió en Rusia. Fue en el año 1991 cuando Boris Yeltsin, alcalde de Moscú y recalcitrante opositor, llamó a las masas a oponerse al golpe militar dirigido en contra de Gorbachov. Gracias a esa iniciativa Jeltsin logró ser, poco después, sucesor de Gorbachov en el poder.

Pero en el Egipto de 2013 no  hubo ningún Lenin ni ningún Jeltsin. Los demócratas, con Baradei a la cabeza se sumaron al golpe, aceptando incluso tareas de gobierno. Pronto ─ historia conocida ─ fueron desplazados por los militares. “Sobre las bayonetas nadie puede sentarse”, dijo Tayllerand a Napoleón.

Capriles también lo sabe. Sabe también que el 2013 no es el 2002, cuando generales venezolanos, utilizando el vacío de poder provocado por una enorme masa opositora sin dirección política, hicieron renunciar a Chávez. Los militares pusieron en su lugar a un monigote empresarial (Carmona) para después volver a poner a Chávez. Gracias a ese auto-frustrado golpe, Chávez emergió con más legitimación que antes.

"Lo peor que puede suceder al país es un golpe de Estado".

No pudo Capriles haber elegido mejor lugar para pronunciar esa breve frase. Miami, refugio de demócratas, empresarios, profesionales y gente común, es también un lugar donde no pocos cubanos y venezolanos se dejan llevar por fantasías, soñando con salidas apocalípticas que los devolverán, como por arte de magia, al país de sus amores.

En Miami existe una gran mayoría de venezolanos que reconoce a la MUD como directriz y a Capriles como su líder político natural. Pero también existe ─ no es secreto para nadie ─ una minoritaria fracción antidemocrática, radicalmente aventurera, es decir, una fracción hecha a la medida del chavismo. A ellos, los que conforman dicha fracción, dijo Capriles en su propia cara:

"Lo peor que puede suceder al país es un golpe de Estado".

Para que chavistas, no chavistas, maduristas y antimaduristas lo sepan y lo graben en el disco más duro de sus cabezas. El camino de la oposición venezolana es y será democrático y electoral. La línea ya ha sido trazada.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Batista, un sargento vanidoso


Luis Cino Alvarez. CUBANET
 

Este 4 de septiembre  se cumple el aniversario número 80 de la asonada militar de 1933,  de la cual emergió Fulgencio Batista.

Nació con el siglo, en Veguitas, Banes. Su madre, Carmela, lo nombró Rubén y le puso su apellido, Zaldívar, porque su padre, Belisario Batista, a la hora de inscribirlo,  no quiso darle su apellido.  En las actas del juzgado de Banes siguió siendo legalmente Rubén Zaldívar hasta que en 1939, al ser nominado como candidato presidencial, se descubrió que la inscripción de nacimiento de Fulgencio Batista no existía. Conseguirla le costó postergar la presentación de su candidatura y quince mil pesos para pagar al juez.

A Batista le gustaba que lo  llamaran El Indio.  A los que una vez le dijeron que parecía negro, Orestes Ferrara, socarrón, contestó: “No, Batista parece blanco”.

Luego de haber sido cortador de caña en Banes, retranquero de ferrocarril en Camaguey y recadero de los guardias del Tercio Táctico de Holguín, en 1921, Batista ingresó  como soldado del Cuarto Batallón de Infantería, en  Columbia.

El presidente Alfredo Zayas, que solía verlo leyendo mientras custodiaba su casa de campo, lo apodó El Filomático.

En 1933, a la caída de la dictadura de Machado, era sargento taquígrafo, vivía muy modestamente en la esquina de Toyo, estaba casado con Elisa Godínez y presumía, con porte militar, de mulato lindo entre las féminas. Los domingos, tomaba cerveza y jugaba dominó con los vecinos.

De los cuatro sargentos que lideraron la asonada del 4 de septiembre, Batista era el único que tenía carro. Los sargentos Pablo Rodríguez, José Eleuterio Pedraza y Miguel López Migoya lo unieron a su grupo por el carro, que  les permitía desplazarse rápido, y porque era un taquígrafo veloz.

La principal demanda de los conjurados era que les subieran el salario de 19 a 24 pesos.

Sergio Carbó, sin consultar con sus colegas pentarcas, nombró a Batista, el 8 de septiembre de 1933, coronel y jefe del Estado Mayor. Con polainas altas y capote a lo Napoleón, su 18 Brumario le llegó con los combates del Hotel Nacional y el castillo de Atarés.

Formó parte de una azarosa ecuación con Ramón Grau y Antonio  Guiteras hasta que derrocó el gobierno provisional.

Autoritario y populista,  lo apodaron El Hombre. Desde Columbia, instauró el reino de las ejecuciones extrajudiciales, la fusta y el palmacristi. Fue sólo un pálido anticipo de lo que vendría después del 10 de marzo de 1952.

A Batista le halagaba que sus corifeos lo llamaran “un hombre providencial”. En realidad, siempre fue un audaz arribista que medraba en el caos. Otro producto indeseable de las convulsiones de 1933, pudo ser otro caudillo más, pero sin proponérselo, abonó el terreno para el totalitarismo castrista.

Batista abrió y cerró el paréntesis de relativa estabilidad política y ascenso democrático que hubo en Cuba entre 1940 y 1952.  Lo abrió con la convocatoria a una asamblea constituyente que redactó una de las mejores constituciones de su época;  coqueteando con la izquierda, ganó  las elecciones presidenciales al frente de una coalición de partidos que incluía a los comunistas. Y lo cerró abruptamente la madrugada del 10 de marzo de 1952, cuando penetró por una de las postas del campamento de Columbia para encabezar un golpe militar contra el gobierno de Carlos Prío.

La coartada de Batista para la  fractura del orden constitucional fue acabar con el pandillerismo, el robo del tesoro público y la demagogia sindical

Prío había cometido el error de permitirle al general regresar a Cuba desde su exilio dorado en Daytona Beach para aspirar de nuevo a la presidencia.

A pesar del descenso de la popularidad de los auténticos y el debilitamiento de los ortodoxos tras el suicidio de Eduardo Chibás, las posibilidades de Batista para los comicios eran casi nulas. Sólo le quedaba recurrir a la vía más expedita para llegar al poder: el cuartelazo.

Los azares de nuestra historia republicana, desde los tiempos de las guerritas entre liberales y conservadores hasta el radicalismo revolucionario de los años 30, habían patentado el axioma de que la fuerza, aunque sea a punta de pistola, confiere legitimidad. Y Batista conocía bien el método.

Fue lo suficientemente tozudo como para malograr el Diálogo Cívico con la oposición. Prefirió dejar el camino abierto a los partidarios de la violencia.

La represión, la ofensiva contra la Sierra Maestra, un ebbo de babalaos en Guanabacoa, los trabajos del Taita Hermenegildo y la farsa electoral, no lograron evitar el triunfo de los rebeldes.

La última noche de 1958,  cuando los rebeldes ya estaban en Santa Clara, el  general-presidente  alzó su copa para desear “salud, salud” en el nuevo año y se largó a Santo Domingo con su familia y algunos de sus más cercanos colaboradores.

Fidel Castro traía la partida de defunción de la democracia cubana. Seis años antes, el 10 de marzo de 1952,  Batista la había firmado por anticipado con sus siglas: FBZ.

jueves, 22 de agosto de 2013

Cuando el Cairo fue la capital de Chile


Fernando Mires. Blog POLIS

Menos que analogías son reminiscencias. Pero hay demasiados puntos para no hablar de casualidades. El paso implacable del tiempo me ha convencido de que la historia no se rige por leyes hegelianas. Todo lo contrario. Si hay ley esa es la simple contingencia. Y si hay una tendencia esa no es otra que la inimitable estupidez de la raza humana, presta siempre a tropezar mil veces con la misma piedra. Esta vez en Egipto. Una vez fue en Chile.

No se trata de especular sobre lo que habría sucedido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más larga, pero sí de criticar el mínimo conocimiento de los políticos respecto a lo que tienen que hacer para salvar a un país de la barbarie. En ese sentido pienso que gran parte de la responsabilidad de lo ocurrido en Egipto recae sobre la oposición democrática a Morsi como también estoy convencido de que el ascenso de Pinochet en Chile fue el resultado de la capitulación de quienes estaban llamados a salvar a la democracia.

Esa oposición democrática que había sido durante 2011 el núcleo de la revolución que derrocó a Mubarak fue la que llevó al poder a Morsi y a sus fanáticas hermandades. Durante un tiempo Morsi gobernó sobre la base de una coalición cívico-religiosa cuyo objetivo era desmontar el aparato de dominación de la ex-dictadura militar. Pero bajo su sombra las hermandades salafistas se apoderaban de las instituciones con el objetivo de construir un Estado islámico en contra de la mayoría de la nación.

En el Chile de la Unidad Popular ocurrió algo parecido. En la coalición de gobierno de centro-izquierda ganaba fuerza, sobre todo al interior del Partido Socialista, el fundamentalismo castrista. Los comunistas, en ese tiempo distanciados de Cuba, postulaban una política realista tendiente a concertar una alianza con el centro político, sobre todo con la Democracia Cristiana. Pero la sujeción de los comunistas a la URSS les restaba toda credibilidad.

Desde fuera de la UP, la dirección del MIR se subordinaba totalmente a los socialistas más extremistas del gobierno, siguiendo las instrucciones de Fidel Castro. Razones que obligaron a la mayoría del Comité Regional de la ciudad de Concepción (cuna del MIR) a oponerse a las posiciones del MIR de Santiago. Nosotros, los de Concepción, postulábamos que el momento no era insurreccional y que había llegado la hora de agrupar defensivamente nuestras pocas fuerzas. Debido a esa evaluación el comité regional de Concepción fue intervenido por el Comité Central de Santiago. El propio autor de estas líneas fue alejado de todo puesto de dirección, justo una semana antes del golpe. Antes de morir escribiré los detalles de esa historia. Parece que hubiera sido ayer. Desde entonces no volví a militar en ningún partido político.

Naturalmente la oposición democrática egipcia hizo bien al levantarse en contra de Morsi. Pero en lugar de buscar la unidad entre todos sus partidos y canalizar electoralmente el enorme descontento en contra de los salafistas, decidieron acortar camino plegándose al ejército de Mubarak soñando en que muy pronto el poder les sería devuelto. Error mortal que pagaron muy caro. Tan caro como lo pagó la otrora poderosa Democracia Cristiana chilena al haberse negado –salvo la fracción minoritaria de Renán Fuentealba- a asumir una posición firme en contra de la posibilidad golpista que se avecinaba.

El argumento de que en Chile el golpe era la única salida frente a una toma del poder por parte del castrismo es tan falsa como la que hoy afirma que si no hubiera habido intervención militar los salafistas habrían instaurado una dictadura religiosa. Tal vez eso es lo que querían, pero carecían de medios militares y políticos, tanto o más que los castristas de dentro y de fuera de la UP en Chile.

Los salafistas en Egipto a la hora del golpe estaban siendo derrotados en todas las elecciones locales, y el enorme apoyo que una vez habían gozado entre las grandes masas decrecía ─ en medio de una situación económica espantosa ─ más y más. Lo mismo ocurrió en Chile en vísperas del golpe de 1973.

Los obreros de las minas del cobre en El Teniente rompían su compromiso con la izquierda y se pasaban a la oposición. Seis días antes del golpe la izquierda perdió sin apelaciones las elecciones entre los obreros de las refinerías de acero de Huachipato, otrora feudo socialista. En las elecciones de 1973 de la CUT (Central Única de Trabajadores) la UP hubo de cometer fraude para impedir que los obreros democristianos se hicieran de ese bastión. Y por si fuera poco, los escolares de los liceos fiscales, hoy tan aplaudidos por la izquierda, llenaban las calles de Santiago con sonoras consignas en contra de la UP. La UP, en fin, estaba antes del golpe tan terminada como Morsi y sus hermanos antes del golpe egipcio. En las futuras elecciones presidenciales, la UP ─ no había otra alternativa ─ se habría dividido en dos partes, una insurreccional castrista y otra electoral. La derrota estaba cantada para ambas. Frei padre habría sido, sin dudas, el futuro presidente, apoyado por toda la derecha unida.

En fin, tanto en Egipto como en Chile el ejército se montó sobre el descontento general con el objetivo claro y preciso de convertir al Estado político en un Estado militar.

Por supuesto hay diferencias. Morsi, quien por sus creencias ama la muerte, está vivo y Allende quien amaba la vida, murió. La oposición musulmana tiene en lugar de una ideología una religión y está más unida que nunca mientras que en la izquierda chilena cada uno andaba por su lado. Tuvieron que pasar 17 años de sangrienta dictadura para que esa izquierda recobrara su unidad consigo y con el centro. No tengo la menor idea cuánto durará ese mismo proceso en Egipto.

En suma, aunque deniego de la razón analógica, no puedo dejar de pensar ─ mientras miro en la  pantalla correr la sangre por las calles ─ en esos días horribles en los cuales El Cairo fue la capital de Chile.

martes, 30 de julio de 2013

Egipto: La revolución inconclusa


Fernando Mires. Blog POLIS

general Abdel Fatah al-Sisi
La suerte está echada. El golpe militar de Julio de 2013, la inevitable rebelión de los desplazados islamistas, la cruel represión militar, las masacres, la prisión de Mursi ─ pésimo presidente pero legítimo ─ las calumnias que inventa la dictadura en contra de personas del antiguo régimen, en fin, todos esos son signos que marcan el destino de la gran mayoría de los golpes militares habidos y por haber.

Los sectores democráticos, los mismos que iniciaron la lucha en contra de la dictadura de Mubarak, no controlan al ejército. Por el contrario, el ejército los controla a ellos. Si esos sectores son de verdad demócratas, pronto deberán pasar a la oposición y contraer una nueva alianza con fracciones islamistas. La dictadura militar redoblará en ese caso la represión y la historia, si no comenzará de nuevo, será muy similar a esa que las multitudes de la plaza Tahrir imaginaron haber dejado atrás.

El de Egipto, ya no hay duda, fue un golpe militar. Represivo y asesino, como todos son cuando los militares ejercen un poder que no les corresponde. No sin razones ya recibió el general Abdel Fatah al-Sisi, nuevo dictador, el saludo de la tiranía de Siria, la que ahora, apoyada en el ejemplo egipcio, intenta presentarse al mundo como bastión laico en contra del fanatismo islámico.

No sigamos engañándonos: Los militares no fueron parte de la oposición democrática a Mursi. Solo se montaron sobre ella para recuperar el poder que gozaban bajo Mubarak. El golpe no fue tampoco una “tercera revolución”, como lo denominan sus apologistas. Fue, en cambio, una contra-revolución en todas sus formas y con todas sus letras. Mal camino han elegido entonces los demócratas de ayer que hoy apoyan a la dictadura. Tarde o temprano los militares también se liberarán de ellos. Los dictadores del Oriente Medio, aunque decirlo sea un disparate geográfico, son muy sudamericanos.

Quienes se obstinan en legitimar el golpe ─ también fuera de Egipto ─ aducen que el país se debatía entre una dictadura militar y una dictadura islamista y solo fue elegido el mal menor. La dicotomía es, sin embargo, falsa. A la hora del golpe la gran mayoría política egipcia estaba formada por grupos civiles laicos y diversos sectores pertenecientes a un Islam moderado quienes, como el partido salafista Al-Nur y el partido Al Wasat Al Jadid, abogaban por un estado regido por normas del derecho civil.

Los sectores musulmanes integristas, los llamados "Hermanos", pese a no ser mayoría están muy bien organizados. Si Mursi, quien ganó las elecciones presentándose como moderado se apoyó más en ellos que en otros grupos, fue porque estos últimos tienen un bajo nivel de organización. En otras palabras, Mursi habría podido ser en Egipto lo que es Erdogan en Turquía. Piadoso creyente este último, nada le ha impedido convertirse en campeón de la modernización económica, ganando el apoyo de sectores medios urbanos y, por cierto, controlando al ejército. Erdogan es una suerte de Atatürk islámico. Mursi, en cambio, no logró ser un Nasser islámico. Esa es la diferencia.

Lo cierto es que el golpe militar en Egipto parece haber cerrado un ciclo histórico. La mal llamada Primavera Árabe ha llegado a su fin. Pero la pregunta que todavía nadie puede responder es otra: ¿Estamos presenciando el fracaso definitivo de las revoluciones democráticas del Oriente Medio, o solo se trata del fin de un capítulo de una ya larga novela? O de otro modo: ¿Es la egipcia una revolución muerta o una revolución inconclusa?

"La revolución inconclusa" fue título de uno de los libros del mejor biógrafo de Trotzky y Stalin, el gran historiador Isaac Deutscher. Con el término "inconclusa" quería señalar Deutscher que la revolución rusa no terminó con Stalin; solamente había sido interrumpida. Tarde o temprano el espíritu de Octubre ─ pensaba Deutscher ─ volvería a renacer en la URSS pasando por encima de la contra-revolución estaliniana. No solo los trotzquistas mantenían esa esperanza.

¿Se equivocaba Deutscher? Sí y no. Sí, porque aquello que renació en la URSS con la Perestroika no fue como creía al comienzo Gorbachov, el espíritu de 1917. No: El que renació en el llamado mundo socialista fue el de 1789, es decir, el espíritu de la revolución francesa, el mismo que electrizó a socialdemócratas rusos como Plejanov y a sus dos muy jóvenes discípulos, Lenin y Trotzsky.

De ahí que cuando hemos de hablar del fracaso o del éxito de una revolución, podemos optar por medirla de acuerdo a una periodización corta o larga. Medida en periodización corta, la revolución francesa fue un tremendo fracaso. Traicionada primero por el terror de Robespierre, por las alucinaciones de Marat y por la corrupción de Danton, después violada por la dictadura militar napoleónica y derrotada militarmente por la Santa Alianza, nadie daba un centavo por ella.

Pero si aplicamos una periodización larga, podemos entender a la revolución francesa como un eslabón de una cadena comenzada en Inglaterra con la Carta Magna (1215) y continuada en los EEUU a través del "Bill of Rights" (1789). ¿Se atrevería alguien a señalar, de acuerdo a esa periodización, que la revolución francesa fue un fracaso? ¿No fueron sus ideas las mismas que dieron origen a las naciones latinoamericanas? ¿Las que defendieron muchos europeos cuando se batieron a muerte en contra del nazismo? ¿Las que fueron guías de las revoluciones democráticas de 1989 en Europa del Este? ¿Las que hoy imperan en todo el mundo democrático?

El fracaso o éxito de las revoluciones se conoce, efectivamente, mucho después de que han ocurrido. Porque las verdaderas revoluciones son como mareas oceánicas cuando dejan sedimentos detrás de sí. Son los materiales que después serán recogidos por otras oleadas de la historia.

Las revolución del Oriente Medio ─ no es necesario ser un gran historiador para entenderlo ─ también fue sedimentaria. A través de una simple mirada es posible observar que la ola democrática dejó por lo menos tres muy visibles sedimentos detrás de sí.

1. El ejército, sobre todo el egipcio, ya no es el del nasserismo de los años cincuenta del siglo XX. Este último subscribía a la ideología del socialismo pan-arábico fundado por Gamal Abdel Nasser el que a su vez era una versión de la ideología soviética aplicada en terreno árabe. Las dictaduras nacional-militares, no hay que olvidarlo, eran verdaderos protectorados de la URSS. Socialistas y nasseristas fueron Muamar al-Gadafi en Libia, Hafez al- Asad en Siria y Sadamm Hussein, entre otros. Hoy, en cambio, el nasserismo militar, al no existir una potencia socialista mundial como la URSS, carece de un proyecto misionario de poder hegemónico como fue en su tiempo el marxismo soviético. Los militares de hoy solo representan el poder de la fuerza bruta y nada más. Muy poco para mantenerse demasiado tiempo en el poder.

2. Como contrapartida ha surgido en casi todos los países de la región una tendencia creciente representada por sectores medios urbanos, especialmente jóvenes, portadores de un ideal democrático de origen occidental, reacios a ser subyugados por ideologías religiosas o macro-históricas. Ellos fueron los iniciadores de la revolución democrática en diversos países del Oriente Medio. Carecen, por cierto, de fuerza militar, pero poseen una coherencia discursiva que no tienen los segmentos religiosos integristas y, en ningún caso, los militares. Solo de ahí puede surgir una nueva "clase política" civil en condiciones de articularse con el mundo de la post-modernidad al cual la mayoría de las naciones árabes, incluyendo a no pocos islamistas, quiere pertenecer.

3. Los contingentes islámicos ya han sido divididos ─ no solo en Egipto ─ por la revolución democrática. A un lado, los sectores integristas. Al otro, los portadores de una islamidad culta quienes, para salvar la espiritualidad de la propia religión, aceptan la separación entre religión y política como parte sustancial de la vida ciudadana.

Esos tres sedimentos visibles permiten afirmar la hipótesis de que la revolución democrática en el Oriente Medio aún no ha terminado. Quizás conforman la base para que, más temprano que tarde, las utópicas posibilidades aparecidas el año 2011, vuelvan a aparecer representadas en nuevas ideas, en nuevos actores y, no por último, en nuevas mayorías.

Cuando el néctar de la libertad ha sido una vez probado, será muy difícil olvidar su ardiente sabor.

jueves, 25 de julio de 2013

¿Electorización de la política o politización de las elecciones?


Fernando Mires. Blog POLIS

Comenzaré este artículo formulando dos tesis:

1. Las elecciones son el medio que se dan las naciones democráticas para canalizar políticamente sus divisiones, sean sociales, ideológicas, e incluso étnicas y religiosas. Sin elecciones solo habría revoluciones, golpes de estado, motines y masacres, y por supuesto, la dictadura sería la forma normal de gobierno.

2. Las elecciones son un medio. Pero también son un fin en sí. Son un medio para acceder a parte o a la totalidad del gobierno. Son un fin porque durante su transcurso la población convocada se convierte en ciudadanía, elige a sus líderes, conoce los programas e interfiere en los acontecimientos. Las elecciones son el momento más participativo de la democracia delegativa.

Escribo estas tesis bajo la sombra de los sucesos de Egipto, país en el que ocurrió un golpe de estado debido a la incapacidad de la oposición para construir una plataforma unitaria, con un programa y un candidato común, en elecciones que, como consecuencia de la estupidez de esa misma oposición, no tendrán lugar muy pronto. Oportunidad que hoy aprovecha el ejército de Mubarak para retomar el poder. En Egipto, en fin, ocurrió, inducida por la propia oposición, una radical des-electorización de la lucha política la que culminó en un típico golpe militar, llamado “golpe bueno” por más de algún descabellado analista.

La electorización del proceso político es ─ hecho que no supo entender la oposición egipcia ─ condición de la vida democrática. Pero para que ello ocurra debe existir, antes que nada, un proceso político. Si este no existe las elecciones serán solo un procedimiento destinado a facilitar cambios administrativos en el estado. Hay por lo tanto elecciones de bajo nivel político. Las próximas de Alemania (Noviembre 2013) ─ es el ejemplo que tengo más cerca ─ serán elecciones más administrativas que políticas pues la diferencia programática entre los dos grandes bloques no es todavía percibida por nadie.

En América Latina tenemos también un caso en el cual las elecciones tendrán lugar en un ambiente altamente despolitizado. Me refiero a Chile, país en donde los electores, si no ocurre un milagro, llevaran de nuevo a Michelle Bachelet al poder.

La creciente despolitización electoral chilena, ya evidente en comicios municipales, se ha visto incrementada por la aparición de dos nuevos factores. Uno, el colapso de la derecha. El otro, la heterogeneidad de Nueva Mayoría, o bloque bacheletista.

El colapso de la derecha había ocurrido antes de que el candidato Longueira enfermara. Dividida en dos fracciones que no sintonizan, ninguna ha podido borrar el estigma del pasado pinochetista. Cierto es que en términos económicos el gobierno Piñera se encuentra en continuidad y no en ruptura con los de la antigua Concertación. Desde esa perspectiva fue un gobierno concertacionista más. Ahí reside precisamente el problema. La derecha chilena carece de perfil político e ideológico.

La tradición conservadora, familiarista, nacionalista, latifundista y clerical que caracterizó a la derecha del pasado pre-pinochetista, se vino abajo ante los embates de la globalización financiera que tuvieron lugar bajo la propia dictadura. El latifundismo de los "grandes señores y rajadiablos" fue sustituido por empresas transnacionales. Los valores que propagaba fueron arrasados por fuerzas económicas que esa misma derecha alentó. Ni siquiera su vocación anticomunista puede ser rehabilitada pues el comunismo desapareció como fenómeno mundial (el socialismo del Siglo XXl es solo un resto de repulsivas dictaduras militares y corruptas autocracias) De esa derecha, en fin, solo queda uno que otro apellido vinícola y nada más. De ahí que uno de los grandes problemas de la izquierda chilena es no tener frente a sí a una verdadera derecha y ese hecho cuestiona, de por sí, su existencia como izquierda.

Bachelet en estos momentos no tiene competidores. Es lo peor que puede suceder a un(a) líder político(a).

La Nueva Mayoría es mayoría, pero de nueva no tiene nada. Se trata de un bloque electoral cuyo objetivo es ocupar las oficinas estatales con enormes e indisciplinados ejércitos clientelísticos. Ideológicamente va desde un centro-centro, pasando por una amorfa socialdemocracia, sigue a través de los comunistas eternos, para terminar en lumpenescos grupos (castristas, chavistas). No tiene, esa mayoría, un programa definido ─ a menos que ese misterioso libro cuyas páginas no fueron discutidas por nadie, presentado por Bachelet bajo el pomposo título "El Otro Modelo", sea considerado un programa ─. Y las tareas que la doña deberá cumplir, a saber, reforma del sistema tributario, refinanciamiento de las universidades estatales y cambio de nombre y fecha de la Constitución, se pueden realizar en cuatro semanas; pero no en cuatro años.

En Chile estamos entonces frente a un caso de descomposición política, o para decirlo en términos de Durkheim, de anomia política. Todo indica que en las elecciones, aparte de la votación sedimentaria que recogerán candidatos exóticos, la abstención en sus dos formas (militante y apática) superará todos los índices. ¿Qué podrá surgir de ahí? La verdad, no lo sé. Nada bueno en todo caso.

El ejemplo contrario al caso chileno lo representa sin duda Venezuela. Allí, en lugar de una electoralización de la política, tendrá lugar en los próximos comicios municipales (8.12. 2013) una radical politización de las elecciones. Caso históricamente inédito pues ni en Venezuela ni en otros países latinoamericanos unas simples elecciones municipales han llegado a ser tan decisivas. La razón es conocida: dichas elecciones tendrán el carácter de un plebiscito nacional. Eso quiere decir que si la oposición democrática derrota a la autocracia madurista, los cambios que se anunciarán a partir del 8.12, serán múltiples.

En la hora en que escribo estas líneas, Maduro, quien jamás ha sido popular, es más impopular que nunca. A su enorme impopularidad une la de un gobernante cuya legitimidad de origen es puesta en duda fuera y dentro del país. Si a ello sumamos la profunda crisis económica heredada del presidente muerto, crisis que afecta de modo radical a los sectores más pobres, un resultado favorable a la oposición, si esta no comete ninguna gran locura estaría asegurado.

Si no comete ninguna gran locura, he de reiterar. No me refiero a la MUD ni mucho menos a su líder Capriles quienes han dado muestras de responsabilidad y realismo político. La locura viene por otros lados. Por una parte viene de un segmento delgadísimo de la oposición, al cual denominaré "los egipcios", cuyo casi nulo respaldo social va unido con una creciente crítica a la MUD y a Capriles por el hecho, dicen ellos, que frenan la (imaginaria) movilización de masas. Como si Capriles en lugar de dirigente político fuese un mariscal de batallas.

Afortunadamente los sectores sociales que apoyan a la oposición, incluyendo a jóvenes universitarios, han dado muestras de gran inteligencia al evitar una confrontación con los destacamentos militares del partido-estado, situación que solo favorecería a Maduro y su combo. Pues bien, ese es precisamente el segundo lado desde donde viene el peligro más grande, a saber, que Maduro sintonice indirectamente con "los egipcios" de la oposición.

Maduro y su grupo saben que si no ganaron las elecciones del 14.04 nunca van a ganar las del 8.12. Saben que esta vez los fraudes no van a ser tan fáciles. Saben, además, que la gran crisis que no manejan, se traduce en temas concretos en cada municipio.

Y, no por último, saben que las elecciones se dirigirán en contra de la persona del inoculado gobernante. De ahí que una salida, quizás la única salida que resta en caso de una avisada y descomunal derrota, sería la de interrumpir el proceso electoral.

¿Qué otro sentido sino la simple provocación tienen las persecuciones a miembros de la oposición, como a Richard Mardo, Leopoldo López, Henri Falcón, entre otros? Muy pronto las emprenderán en contra de Capriles, y para ello contarán con la ayuda indirecta de los egipcios venezolanos. ¿Qué otro sentido poseen las invenciones surrealistas de J.V. Rangel, con respecto a aviones comprados por la oposición para invadir a Venezuela desde Colombia? (!!) ¿Qué otro objetivo tienen los brutales insultos de Maduro, su lenguaje de energúmeno, su manía obsesiva de denominar fascista a todo lo que se le ponga por delante? ¿Qué otra  intención tienen Maduro y Cabello cuando inventan planes golpistas como si la oposición controlara a todo el ejército, tuviera milicias armadas y destacamentos de choque, como es el caso del oficialismo? Está claro: Conciente o inconscientemente Maduro está intentando des-electorizar el proceso político: Tender una trampa, llevar la parte “egipcia” de la oposición a la violencia, que el agua de los ríos salga de sus cauces  y militarizar aún más a la política. Así parece ser el plan.

Las elecciones fueron la principal arma política del chavismo. Hoy son, o han llegado a ser, la principal arma en contra del madurismo. Hay que ser egipcio para no darse cuenta de eso.

viernes, 19 de julio de 2013

Algunas veces, necesario


Destacan dos artículos que enjuician el golpe de estado egipcio desde una muy diferente perspectiva a la mantenida por una mayoría de analistas. El primero es el del comentarista Andrés Oppenheimer bajo el título “¿Regresan los golpes tolerables?”; el segundo debido a la autoría de Fernando Mires: “La lección de Egipto”.

Mario J. Viera

En ciencia social y en política hay temas tan delicados que abordarlos implican un determinado compromiso o exigen el despliegue de una cuidadosa retórica para no caer ni dentro del bando de los intolerantes ni dentro del bando de los idiotas. Uno de estos temas es el referido al golpe de estado.

A propósito del golpe de estado producido por las fuerzas militares de Egipto contra el presidente electo Mohamed Morsi, mucha tinta se ha gastado y mucho espacio noticioso se ha empleado; por lo general favorable al golpe militar que depuso a un gobernante que iba perdiendo el apoyo de gran parte de sus conciudadanos.

Debo reconocer que de principio me alegró el derrocamiento del gobierno de los Hermanos Musulmanes; pero al mismo tiempo abrigando dudas con respecto al predominio de los militares egipcios, que para nadie es desconocido que son adictos al poder.

Destacan dos artículos que enjuician el golpe de estado egipcio desde una muy diferente perspectiva a la mantenida por una mayoría de analistas. El primero es el del comentarista Andrés Oppenheimer bajo el título “¿Regresan los golpes tolerables?”; el segundo debido a la autoría de Fernando Mires: “La lección de Egipto”.

El tema que aborda Oppenheimer es su preocupación de que el gran despliegue de opiniones favorables a los golpistas de Egipto pudiera “ser un mal precedente para Latinoamérica: podría ayudar a legitimar una vez más la idea de que hay golpes militares ‘buenos’”. Para Mires el tema se encierra en la idea básica que expresa, diciendo: “Nunca, pero nunca, hay que apoyar una iniciativa golpista. Venga de donde venga”.

Tanto Oppenheimer como Mires condenan la estupidez expuesta en el editorial de The Wall Street Journal del 4 de Julio que expresaba:

Los egipcios serán afortunados si sus nuevos generales gobernantes siguieran el ejemplo del chileno Augusto Pinochet, quien asumió el poder en medio del caos, pero reclutó a reformistas partidarios del libre mercado y generó una transición hacia la democracia

La de Pinochet fue una de las dictaduras más sanguinarias de todas las conocidas anteriormente en la América Latina, ningún buen ejemplo se puede sacar de la misma ni de la implantación del sistema económico que promovían los “Chicago boys” y el “miracle of Chile” de Milton Friedman.

A la falacia del Wall Street Journal responde Mires acertadamente, diciendo: “Dejando de lado la mentira de que Pinochet preparó la transición a la democracia (es sabido que entregó el poder gracias a la presión de la calle y por cierto, de los generales que la escucharon) no hay nada que compruebe que el desarrollo económico ocurre gracias a la existencia de dictaduras. Por el contrario: hubo y hay países latinoamericanos que pueden mostrar tan buenos, o aún mejores números que Chile, sin haber pasado por el infierno de una dictadura”.

Muy justa es la opinión de Oppenheimer al decir: “Por malo que (un presidente electo) sea, los generales que asumen el poder se convierten en dictadores, violan los derechos humanos, y convierten en víctimas a los líderes depuestos, cuyos partidarios tarde o temprano terminan regresando al poder”. Mires ratifica esta idea diciendo: “La profesión de los militares es muy digna. Pero su misión es resguardar la soberanía nacional y nada más. En política no tienen nada que hacer. Esa y no otra es la cien veces repetida lección que nos deja el caso egipcio”.

Comparto plenamente las opiniones que al respecto expresan ambos analistas; pero dentro de ciertos matices. Desde mi punto de vista, en ocasiones, un golpe de estado es necesario y plenamente justificado cuando sea de todo punto imposible seguir la recomendación de Oppenheimer de “enfrentar a los dictadores electos con la regla de las tres P: protestas, presión y paciencia”.

Ciertamente Oppenheimer hace una distinción en cuanto a la justificación de un golpe de estado al afirmar: “Salvo en casos de genocidios (estoy pensando en la Alemania de Adolfo Hitler) no hay tal cosa como un golpe militar “bueno” contra un presidente electo”. Yo agregaría que también en casos de que un gobierno electo por su incapacidad y sus actos arbitrarios colocara al país en un estado de guerra civil se pudiera justificar el golpe militar.

El consejo de las tres P, no hubiera funcionado jamás durante la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia, el Supremo en Paraguay. Fue tal su control despótico de la sociedad que el fin de su dictadura lo dictó la biología con su fallecimiento en paz. La represión por él instaurada inhibió el recurso de las protestas; tal era su intolerancia política que hizo tabla rasa de cualquier presión que ejerciera sobre su gobierno cualquier sector de la sociedad.  La paciencia que se tuvo para soportarle fue tanta que pudo morir en paz en su propio lecho y sin haber renunciado al poder.

¿Qué decir de Alfredo Stroessner quien a lo largo de sus 35 años de tiranía practicó el ajusticiamiento extrajudicial de sus opositores, encarceló y torturó sin piedad,  deportó a muchos, y violó todo el catálogo de los derechos de la Declaración Universal. El fin de su régimen llegó luego de un golpe de estado el 3 de febrero de 1989 tras un pronunciamiento militar. Aunque las condiciones sociales en Paraguay no mejoraron significativamente tras su derrocamiento, al menos en el país mediterráneo se pudo vivir con un poco más de tranquilidad.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en sus cinco años de poder enfrentó protestas y presiones de muchos sectores de la sociedad venezolana, hasta que se colmó la paciencia de la Marina de Guerra y de la Guarnición de Caracas que se pronunciaron en contra del dictador obligándole a huir del país el 23 de enero de 1958. El golpe militar dio paso a una junta que sería encabezada por el almirante Wolfgang Larrazábal. Luego de convocar a elecciones para elegir al nuevo gobierno, la Junta entregó el poder a Rómulo Betancourt.

Tras de  su investidura en la presidencia venezolana, Betancourt expresó si vocación democrática cuando expuso, lo que más tarde sería reconocida como Doctrina Betancourt:

“Solicitaremos cooperación de otros gobiernos democráticos de América para pedir, unidos, que la Organización de Estados Americanos excluya de su seno a los gobiernos dictatoriales porque no sólo afrentan la dignidad de América, sino también porque el Artículo 1 de la Carta de Bogotá, acta constitutiva de la OEA establece que sólo pueden formar parte de este organismo los gobiernos de origen respetable nacidos de la expresión popular, a través de la única fuente legítima de poder que son las elecciones libremente realizadas. Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranice con respaldo de las políticas totalitarias, deben ser sometidos a riguroso cordón sanitario y erradicados mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional”.

El golpe de estado de 1958 iniciaba la senda democrática de Venezuela que sería interrumpida, primero por los sucesos conocidos como el caracazo del 28 de febrero de 1989, como resultado de las protestas populares en contra del gobierno de Carlos Andrés Pérez y de las presiones ejercidas por los medios y sectores de la sociedad civil; posteriormente se produce el frustrado golpe de estado del 4 de febrero de 1992 liderado por el Teniente Coronel Hugo Chávez y finalmente con la ascensión a la presidencia el 2 de febrero de 1999 y sus catorce años de gobierno populista tendiente a la implantación de un sistema totalitario.

El chavismo luego de la muerte de Chávez y la toma del poder por la pareja Nicolás Maduro-Diosdado Cabello ha estado perdiendo legitimidad en tanto que la oposición ha ido ganando en fuerza y organización. La tres P de Oppenheimer ha estado funcionando largamente en Venezuela; pero cada día es más que evidente que la oposición no alcanzará el poder por medio de elecciones democráticas y transparentes. La paciencia puede llegar a un punto de no más. En esas condiciones, un pronunciamiento militar dirigido a derrocar a la camarilla chavista, creo que podría catalogarse de tolerable y bienvenido.

El golpe de estado que el 12 de agosto de 2013 que depuso en Cuba al gobierno electo de Gerardo Machado fue aclamado por la población. Machado que en las elecciones de 1924 obtuvo la presidencia por una gran mayoría de votos, impulsó una reforma a la Constitución de 1901 que le permitiera la reelección y la extensión de su mandato por seis años en lugar de los cuatro que consideraba la Constitución para cualquier mandato. Se creyó a sí mismo, por el alto apoyo que había recibido de parte del electorado, como imprescindible, una especie, según sus propias palabras, “el Hombre Dios, el Nuevo Mesías, el Hombre Antorcha, que todo lo podía…”

Ante su plan de prórroga de poderes la oposición reaccionó en contra. Machado continuó con los métodos represivos que había impuesto en su primer mandato y el clima político se fue enrareciendo hasta que a partir de 1931 aparecieron grupos de conspiradores originándose un virtual estado de guerra civil, que el gobierno no pudo controlar. Según el Dr. Ramiro Guerra y Sánchez en su Historia elemental de Cuba una huelga de ómnibus en la Habana (5 de julio de 1933), en el cargado ambiente político, se extendió y tomó carácter revolucionario. Finalmente, la sublevación de algunos oficiales y algunas unidades del Ejército, el 11 de agosto, precipitó la caída del Gobierno el día 12”.

El 10 de marzo de 1952, el general Fulgencio Batista dio un golpe de estado contra el gobierno de Carlos Prío Socarrás faltando poco para las elecciones generales convocadas para el primero de junio de ese año. El golpe realizado en contra de los postulados de la Constitución de 1940 provocó una fuerte oposición principalmente entre el estudiantado y dio inicio al poder de la casta militar-policiaca. Luego de una insurrección generalizada la dictadura de Batista finalmente fue derrocada. La caída del gobierno, sin embargo, no abrió las puertas para la democratización del país, instaurándose un régimen totalitario de corte marxista-leninista que todavía continúa en Cuba.

El régimen de los Castro se ha caracterizado por su total intolerancia hacia la existencia de partidos u organizaciones opositoras. Controla todos los poderes del Estado, despliega una poderosa actividad policiaca sobre toda la sociedad imponiendo la represión por medio del paredón de fusilamiento o con largos años de confinamiento carcelario; junto a todo ello ha hundido a Cuba en la ruina. Contra el poder de los Castro no caben protestas, no se admiten presiones y la paciencia se va acabando pero callada, asfixiada por el temor general.

Si entre los cuarteles de la dictadura castrista apareciera un Claus von Stauffenberg caribeño que intentara reeditar la Operación Walkiria; si entre los mandos jóvenes de las fuerzas armadas se incubara una conspiración para derrocar al castrismo, si finalmente las unidades del Ejército de Occidente, ocuparan las calles de La Habana, tomaran los edificios del Ministerio de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior; si rápidamente se movieran para detener a los altos dirigentes del Partido Comunista y a los altos funcionarios del gobierno y lograran establecer una junta de gobierno de transición integrada por militares y civiles; ¿sería condenado ese golpe de estado?; ¿acaso este no sería un golpe tolerable?   

En este caso y en los apuntados anteriormente creo que discreparía del sabio consejo dado por Fernando Mires; porque hay iniciativas golpistas que merecen ser apoyadas.

jueves, 18 de julio de 2013

La lección de Egipto


Fernando Mires. Blog POLIS

Hay quienes piensan que los países políticamente organizados no tienen mucho que aprender de otros en donde las religiones ocupan el lugar de los partidos, el fanatismo acucia en cada esquina y el odio inunda las plazas. No es mucho en verdad, pero es importante: Es tan poco y es tan importante que puede resumirse en una frase: "Nunca, pero nunca, hay que apoyar una iniciativa golpista. Venga de donde venga”.

Adivino la respuesta ¿Y si en un país fuerzas antidemocráticas se hacen del poder por medios legítimos pero alteran las instituciones, imponen una moral medieval y preparan el camino hacia una nueva dictadura? ¿En nombre de cual falso democratismo vamos a ser tan bobos como para oponernos a un golpe de estado que salvará las libertades elementales?

Quiero dejar establecido que hoy no argumentaré en nombre de lo que debe ser políticamente correcto por muy difícil que sea entender a gente que elevan la incorrección política al grado de virtud. Sólo me limitaré a abordar el tema por el lado de la razón práctica la que, para alguien como Kant, es la base de toda razón moral.

Por sus frutos los conoceréis, dice el postulado religioso. Si es así, los resultados del golpe de estado egipcio, a pocos días de su ejecución, no pueden ser más catastróficos para las fuerzas que lo impulsaron.

Cuando los militares usurparon el poder, las fuerzas de Morsi estaban fragmentadas. El descontento social era enorme, y la hegemonía de "los hermanos" se encontraba por los suelos. Incluso el partido islámico moderado NUR abandonó el gobierno. Pronto tendrían lugar elecciones generales, y si la oposición lograba unirse, la derrota de Morsi iba a ser total. El único problema era que la oposición, sea por egoísmos partidarios o personales, sea por su propia heterogeneidad, no estaba en condiciones de presentarse unida a las elecciones. En esas circunstancias el golpe de los militares de Mubarak ocurrió no tanto en contra del gobierno de Morsi, sino por la incapacidad de la oposición para unirse en torno a objetivos comunes y de este modo electorizar el enorme descontento social.

Mientras escribo estas líneas, Egipto está al borde de una guerra civil. Morsi, desde su prisión, aparece ante las grandes masas no sólo como líder mártir sino, además, dotado de una legitimidad que nunca gozó como presidente. En otras palabras, Morsi ha recibido como regalo de la soldadesca el sustento político, social e incluso moral que antes no tenía. Y si hay elecciones, como los militares prometieron (siempre lo prometen), el vencedor será nuevamente Morsi. Los grandes ganadores del golpe han sido los hermanos musulmanes.

Para los latinoamericanos, habitantes de un continente donde los golpes han sido la norma, no debería haber sorpresa. Por eso extraña que aparezcan comentaristas dispuestos a suscribir, aunque sea de modo indirecto, la horrorosa frase de Pinochet: "La democracia debe ser lavada cada cierto tiempo con sangre".

Como en Egipto, la gran mayoría de los golpes de Estado ocurridos en Latinoamérica no sólo no han derrotado a quienes intentaron derrotar sino, todo lo contrario, les han dado nueva vida. No es casualidad, para volver al caso chileno, que Chile sea uno de los pocos países democráticos en donde los comunistas están organizados en un partido que merezca ese nombre. Pronto formarán parte del gobierno de Bachelet. Es cierto que en su historia local -pese a que en la internacional han apoyado a muchas dictaduras- han tenido un comportamiento democrático casi ejemplar. Pero el sitial que hoy ocupan se debe al hecho de que, sobre todo para sectores juveniles, el comunista fue el partido-mártir de la dictadura. De ahí que votar por los comunistas es para ellos protestar en contra de un abominable pasado.

Lo mismo se puede decir del caso uruguayo. ¿Cuántos no votaron por Mujica no pese sino gracias a que fue un tupamaro, es decir, como venganza frente al pasado militar? ¿No fue también el pasado de la ex-guerrillera Rousseff un punto a favor y no en contra de su triunfo electoral? Y en Argentina, cuántos ex-montoneros ocuparon altos puestos públicos durante los gobiernos de Menem y de los Kirchner, gracias al martirologio a que los sometió Videla?

Pero no vayamos tan lejos en el tiempo. Pensemos en Honduras. ¿No fue debido a la torpeza de desalojar por medios militares a Mel Zelaya la razón por la cual hoy el zelayismo volverá, representado por Xiomara Castro,  esposa del demagogo latifundista? O pensemos en Paraguay. ¿No significó la imbecilidad sin nombre que llevó a la destitución del prolífico ex obispo Lugo la razón por la cual la autocracia venezolana aparece hoy presidiendo los destinos de Mercosur, mientras Paraguay quedó afuera? En fin, cada golpe militar en cualquier lugar del mundo porta el signo de su fracaso. La razón es simple. Ni aquí ni en la quebrada del ají los militares son representantes de la restauración democrática, y mucho menos de las libertades públicas. No saberlo después de tantos ejemplos, es simple necedad.

El desgraciado golpe militar de Egipto ha dado incluso pábulo para que determinados medios hayan creído llegada la hora de reivindicar "la función histórica" de dictadores como Pinochet. No puedo sino compartir en ese sentido la indignación del destacado analista Andrés Oppenheimer cuando leyó en la Editorial de The Wall Street Journal del 4 de Julio, el siguiente párrafo

Los egipcios serán afortunados si sus nuevos generales gobernantes siguieran el ejemplo del chileno Augusto Pinochet, quien asumió el poder en medio del caos, pero reclutó a reformistas partidarios del libre mercado y generó una transición hacia la democracia”.

No es primera vez que leo ese tipo de homenajes póstumos. Dejando de lado la mentira de que Pinochet preparó la transición a la democracia (es sabido que entregó el poder gracias a la presión de la calle y por cierto, de los generales que la escucharon) no hay nada que compruebe que el desarrollo económico ocurre gracias a la existencia de dictaduras. Por el contrario: hubo y hay países latinoamericanos que pueden mostrar tan buenos, o aún mejores números que Chile, sin haber pasado por el infierno de una dictadura.

Ni en México ni en Colombia hubo dictadura. El gran desarrollo económico experimentado por Brasil sucedió bajo los gobiernos democráticos de Cardoso y de Lula. Y en Perú no ocurrió como consecuencia del momento antidemocrático de Fujimori, el que comparado con lo que pasó en Chile fue un juego infantil. Pero si aún la mentira que alaba a la dictadura como motor del desarrollo fuera cierta, habría también que alabar a Hitler, pues terminó con la desocupación laboral, reindustrializó la nación y triplicó los salarios. No sé si los actuales defensores de golpes llegarán a tanto. Pienso que si no lo hacen es porque, escondidos detrás de los fusiles son, además de necios, cobardes.

La profesión militar es muy digna. Pero su misión es resguardar la soberanía nacional y nada más. En política no tienen nada que hacer. Esa y no otra es la cien veces repetida lección que nos deja el caso egipcio. Quizás alguna vez, de tanto repetirse, será aprendida.