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martes, 24 de octubre de 2017

La Alianza Nacional Populista

Daniel Gascón. Fuente Blog POLIS




Lo que estamos viviendo en Cataluña es algo muy moderno: el asalto al Estado de derecho por medio de un procedimiento que no es abiertamente violento, transmitido y transformado en la cacofonía de las redes sociales. Se ha servido de técnicas contemporáneas y viejos trampantojos, de una sensibilidad antiestablishment y del cambio en la economía de la comunicación: las persecuciones a los críticos en Twitter, la sustitución de la argumentación por el sarcasmo, la proliferación de noticias e imágenes falsas. Entre los logros del independentismo está hacer pensar que se trataba de adquirir un derecho – el derecho a decidir ─, un eufemismo afortunado de la autodeterminación-, cuando en realidad se intentaba quitar un derecho a los demás. Para lograr el objetivo de la independencia, se pretendía sustituir la democracia liberal pluralista por una concepción plebiscitaria que permitiría la imposición de la voluntad de una minoría de catalanes. Una sociedad diversa se reducía a una cuestión binaria: el deseo de un pueblo y los que querían coartar su libertad.

Los dirigentes y los comentaristas que defendían la secesión han mentido sobre el pasado, el presente y el futuro: en el terreno económico, por ejemplo, se falsearon las cifras de la contribución de Cataluña al resto del Estado, se inventaron balanzas fiscales en otros países y se dijo que la salida de Cataluña de España no tendría efectos económicos negativos.

Hay también una especie de vaciado de las palabras. Se habla de más democracia, pero no se sabe exactamente qué significa eso. La declaración de independencia, que recordó aquella frase de Maimónides -"el Mesías vendrá, pero podría retrasarse"- dejó a todos indecisos: ¿era un ejemplo de astucia o una muestra de incompetencia? El lenguaje es incendiario o conciliador, pero a la vez no quiere decir exactamente lo que dice. Los conceptos se han convertido en metáforas, que pueden designar lo que a uno le parezca mejor. El clamor de la calle es más importante que las instituciones, la representación y la mediación. Es una estrategia de movilización populista.

Lo que estamos viendo en Cataluña es algo muy antiguo: la activación de las ideas de la tribu y de la exclusión, la imposición de la visión del campo sobre la visión de la ciudad, la idea de la importancia del origen por encima de la ciudadanía, la creencia en que quienes han nacido en un lugar son mejores que los que han nacido en otro sitio, el énfasis en un elemento distintivo -en este caso la lengua-, un agravio histórico -una derrota honrosa a la cual siguió un periodo oscuro de supresión de libertades: 1714, 1939, la sentencia del Estatut- que en el fondo nos ha hecho más fuertes porque nos brinda la oportunidad de corregirlo en el futuro, el uso de los medios de comunicación en un proyecto de construcción nacional. Se propone crear una nueva frontera y en algunas versiones tiene tentaciones expansionistas. Es el contenido del nacionalismo.

El populismo contemporáneo es un estilo político, una ideología delgada que suele combinarse con otras ideologías. José Luis Villacañas lo ha definido como "Carl Schmitt atravesado por los estudios culturales". El secesionismo catalán, como ha explicado Aurora Nacarino-Brabo, ha unido nacionalismo y populismo. Esto ha permitido que el nacionalismo amplíe su base tradicional: la ideología rural y burguesa sumaba a jóvenes urbanos, en un momento en el que también estallaba el sistema de partidos español y en el que el proyecto estatal parecía agotado en términos representativos y asfixiado por la crisis económica. Cada uno podía imaginar en la independencia su utopía particular, la solución a su descontento favorito. Es un proyecto contra las élites, pero también es un proyecto de las élites, donde reivindicaciones tradicionales, como un acuerdo fiscal más ventajoso, perdían protagonismo ante una idea de radicalidad democrática.

La asociación entre nacionalismo y populismo ha sido históricamente frecuente. En El asedio a la modernidadJuan José Sebreli señala a Rousseau y sobre todo a Herder como inspiradores del populismo. El filósofo alemán, a quien se atribuye el concepto del Volkgeist o espíritu del pueblo, también sería una de las fuentes del nacionalismo. Gramsci lamentaba que, a diferencia de lo que ocurría con el alemán y el ruso (Volk, narod), la palabra que servía para designar al pueblo y la nación en italiano no fuera la misma, y empleaba el sintagma "lo-nacional-y-lo-popular", aunque alertó de que "la aproximación al pueblo significaría, por consiguiente, una continuación del pensamiento burgués que no quiere perder su hegemonía sobre las clases populares". Sebreli explica que los posmarxistas de la segunda mitad del siglo XX transformaron el concepto "concreto, económico y social" de clase marxista en el concepto "vago, metafísico de pueblo". Pero antes otra idea del pueblo estuvo presente en algunos de los regímenes más siniestros del siglo XX: "Puesto que el sistema totalitario se consideraba la expresión misma del pueblo, la manifestación de su ser ontológico, todo lo opuesto, toda crítica, no podía ser sino un error o una perversión. Así pues, el disidente había de ser un extranjero o un miembro de una minoría étnica y constituía para el pueblo un enemigo y un traidor". Sebreli señala una contradicción de esta idea totalitaria de pueblo: se proclama una unidad indisoluble y compacta del pueblo, pero solo se puede afirmar en una sociedad totalmente dividida. Esa concepción está muy lejos de una idea democrática, que no postula la unidad sino la pluralidad, que valora el conflicto, los distintos intereses y el acuerdo.

El término nacional-populismo se utilizó para designar a algunas dictaduras latinoamericanas de mediados de siglo: Gino Germani lo aplicaba al peronismo. Más tarde lo ha usado Pierre-André Taguieff, que lo empleaba en 1984 para describir al Frente Nacional. En Le nouveau national-populisme (2012), Taguieff enumeraba algunas características comunes a los nacional-populismos contemporáneos, entre los que citaba a Oscar Freysinger (Suiza), la Lega Nord (Italia), Ataka (Bulgaria), Jobbik (Hungría) o Los verdaderos finlandeses: "1) el llamamiento perpetuo al pueblo lanzado por el líder; 2) el llamamiento al pueblo en su conjunto contra las élites ilegítimas; 3) el llamamiento directo al pueblo auténtico, que es sano, sencillo y él mismo; 4) el llamamiento al cambio, que implica una ruptura con el presente (el sistema, supuestamente corrupto), inseparable de una protesta antifiscal (en ocasiones ligada a la exigencia de referéndums de iniciativa popular); 5) el llamamiento a limpiar el país de elementos supuestamente inasimilables (nacionalismo excluyente, contrario a la inmigración)".

Ha habido intentos de combinar el populismo con una idea nacional desde la izquierda: "Si la nación es una construcción artificial, ¿por qué no puede la izquierda construirse una a su medida?", decía Ernesto Laclau. Un ejemplo reciente es el de Íñigo Errejón en Podemos. Su derrota dificulta saber si las connotaciones derechistas de los símbolos nacionales debilitaban su eficacia para movilizar al electorado de izquierda.

Conocemos algunas de las consecuencias del populismo: el desgaste de las instituciones, la polarización que convierte al adversario en enemigo, la
fractura social, la perpetuación de los problemas
 (porque son precisamente lo que lo alimenta), la degradación de la conversación pública. También conocemos las consecuencias del nacionalismo: entre ellas está una peligrosa reacción especular. Hay muchas variedades: algunos reivindican un nacionalismo cívico, que suele ser el propio; otros defienden su eficacia como elemento de cohesión social y estímulo para la solidaridad; también se ha señalado que obedece a razones biológicas. Existen versiones domesticadas y diluidas. Pero, como hemos visto una y otra vez, es una forma de ver el mundo que fácilmente se vuelve tóxica.


Daniel Gascón es escritor y editor de Letras Libres

miércoles, 11 de octubre de 2017

Mi Nación es España: carta de un gallego a Pedro Sánchez, el inventor de naciones

Pedro Sánchez Secretario General del PSOE


Elentir.  Blog ‘Contando estrelas


El secretario general del PSOE Pedro Sánchez en septiembre expuso su concepto de nacionalidad en España diciendo: "La nación no se identifica únicamente con los límites de un Estado, sino que dentro de un estado pueden compartirse distintas identidades nacionales. Éste es el planteamiento del PSOE. Al menos, en términos históricos, hay tres territorios que han manifestado su vocación de ser nación. Y esos son Cataluña, País Vasco y Galicia. Insisto, al menos..." Y precisó que la Nación “no se identifica con los límites de un Estado, sino que en un Estado pueden compartir territorio más de una nación”. Así el tuitero gallego Elentir decidió escribirle la siguiente carta:


Don Pedro Sánchez:

Tras leer sus declaraciones calificando a Galicia de “nación”, he echado mano de mi cartera y he sacado mi DNI, por si durante años y por algún casual me hubiese engañado la vista. Y no, sigue figurando lo que ha puesto siempre: “España”. En este Documento Nacional de Identidad (lo de “Nacional” es por España, claro) figura mi ciudad de nacimiento y de residencia, Vigo, y la provincia de la misma: Pontevedra. Por ningún lado se indica que yo tenga una doble nacionalidad, o que haya nacido en una nación dentro de otra (lo cual, dicho de paso, es un absurdo).


Es cierto que el DNI viene en español y en gallego, como todos los que se expiden en Galicia. A fin de cuentas, en esta comunidad autónoma ─ que no nación ─ tenemos dos lenguas cooficiales, las citadas. Por supuesto, tener dos lenguas no nos convierte en una nación distinta de España. La República de Irlanda tiene dos lenguas ─ el inglés y el gaélico irlandés ─ y es una sola Nación. Finlandia tiene dos idiomas ─ finés y sueco ─ y es una sola Nación. Suiza tiene cuatro idiomas ─ alemán, francés, italiano y romanche ─, y algunos de sus cantones son bilingües, pero todos los suizos se consideran hijos de la misma Nación. Podría seguir poniendo ejemplos, pero creo que los citados bastan para manifestar lo obvio. De hecho, resulta difícil de cuadrar con la realidad ese concepto decimonónico de asociar la idea de Nación con la existencia de una lengua. Si fuese como usted dice, todos los países de habla hispana serían una misma Nación. Y todos los países que tienen el alemán por lengua, o el inglés. Busque un mapamundi y se llevará una sorpresa.


A lo mejor usted alega que Galicia es una nación por su historia. El caso es que el nombre de mi tierra procede de la Gallaecia romana, que era parte de Hispania. A la caída del Imperio romano fuimos invadidos por los suevos ─ que se mantuvieron como una casta germánica prácticamente ajena a la población hispanorromana ─, volviendo a formar parte de la Hispania (esta vez bajo dominio visigodo) a finales del siglo VI. Tras la invasión musulmana, Galicia se sumó a la Reconquista como parte del Reino de Asturias, luego León y más tarde bajo la Corona de Castilla. Durante esos siglos y debido a cuestiones de meros repartos dinásticos, Galicia sólo fue un reino con una muy relativa e inestable independencia durante 13 años no consecutivos: 13 años de un total de 781. Cuando España se unifica bajo el reinado de Isabel y Fernando (1479), el Reino de Galicia ya llevaba 370 años incorporado a la Corona de Castilla. Desde esa unificación de los reinos de España han pasado 538 años. Para que nos hagamos una idea, Estados Unidos lleva 241 años de independencia. Llamar a Galicia “nación” es mucho más absurdo que llamárselo a los estados de Pensilvania o de Nueva Jersey, por citar a dos de las trece colonias originales de EEUU.


Es muy posible que usted diga que con independencia de la lengua y de la historia, Galicia es una nación porque así lo han dicho los gallegos. Pues tampoco. El Estatuto de Galicia no menciona a mi tierra como “nación” en ninguna parte. Cita el término “nacionalidad histórica”, una expresión ambigua que figura en el Artículo 2º de la Constitución Española, el mismo artículo que afirma: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”. Diga lo que diga usted, la inmensa mayoría de los gallegos nos sentimos españoles. De hecho, en esta tierra los partidos separatistas no han ganado nunca unas elecciones autonómicas en todos los años que llevamos de democracia. Es más: en Galicia los partidos separatistas llevan ya años en declive. Y a pesar de los insistentes intentos de ciertos políticos por desplazar a la lengua común, el uso del español está aumentando en Galicia, y esto en una región en la que la mayoría de sus habitantes dominamos las dos lenguas oficiales.   


Precisamente, su partido, el PSOE, ha ido cayendo en Galicia por actuar como un portamaletas de los separatistas. En las Elecciones Gallegas de 2016 obtuvo un exiguo 17,87% de los votos, siendo tercera fuerza (recordemos que en 2005 llegó al poder tras lograr el 33,64% de los votos y quedar de segundo, gracias a su alianza postelectoral con el BNG). Aliarse con unos ultras hispanófobos tuvo un coste electoral enorme para los socialistas gallegos. Pagaron en las urnas su apoyo a los planes de sus socios separatistas para imponer el gallego por encima de nuestras libertades. En vez de caer de la burra, hoy usted sigue intentando sembrar la división y la discordia entre españoles. Su modelo territorial se parece cada vez más al cantonalismo que tuvo tan desastrosos resultados en la Primera República. 

Vivimos en un momento en el que cada vez más españoles nos sentimos hartos de las consecuencias de un desaforado Estado Autonómico, que ha multiplicado por 17 las trabas administrativas, sembrando la desigualdad y ─ en el caso de Cataluña ─ incluso amenazando con romper la convivencia. Lo que usted propone es apagar un incendio echando gasolina a las llamas, y para ello pretende buscar la complicidad de una parte de la población, engatusándonos con patrañas nacionalistas. Pues mire usted: conmigo no cuela. Yo soy gallego y por tanto español. He nacido en Galicia, y en consecuencia mi Nación es España. Y no me cansaré de repetírselo a políticos como usted, que quieren trepar al poder a costa de llenar España de fronteras interiores, como si un murciano, un andaluz, un catalán, un castellano, un vasco y un gallego no tuviésemos nada en común más allá de un ejército de funcionarios llamado Estado. Pues no, oiga: todos somos españoles. Deje de una vez de inventarse naciones con el único fin de complacer a quienes odian a España y actúan con deslealtad y desprecio hacia el resto de los españoles.


Un saludo desde Vigo (España).

sábado, 2 de septiembre de 2017

Neonacionalismo

¿Es el independentismo un fenómeno propio de Catalunya, algo así como una planta endémica del país, o tiene algo en común con otras convulsiones políticas que se están produciendo simultáneamente en la mayoría de países occidentales? Pienso que la pregunta es pertinente y necesaria. Necesaria para no obsesionarnos y atemorizarnos en demasía, sin que este signifique banalizar las consecuencias de lo que está ocurriendo en Catalunya. LEER MAS 

domingo, 1 de diciembre de 2013

A propósito de algunas gilipolladas


Mario J. Viera

Así era España en tiempos del franquismo
Tengo como canon de fe no entrar a debatir con aquellos que opinen sobre cualquier artículo que publique. No importa si me traten con dulzura o me ataquen furiosamente. Creo que cualquiera tiene derecho a emitir su juicio porque, finalmente, para mí, el que rechace un punto de vista mío es problema suyo y el que aplauda mi criterio también es problema suyo. Lo digo así sin extraviarme por los vericuetos de lo políticamente correcto. Pero hoy voy a transgredir este mi canon particular y me entro con las mangas al codo a darle respuesta a las gilipolladas de un lector dichas a propósito de mi reciente artículo, publicado en Cubanet, Respondiendo a un anexo-autonomista”. 

Más que un ataque del “amable lector” hacia mi persona es su total desprecio hacia los cubanos lo que me impulsa a darle una condigna respuesta.

Por sus expresiones y el empleo de determinados vocablos, deduzco que el Sr. Antonio Marcos Rubio es español y, muy probablemente, madrileño. La redacción de su algo larga nota es apresurada y desorganizada, como impulsada por una pasión que va más allá de un criterio crítico; como impulsada por conceptos discriminatorios. Véase el desprecio con que se manifiesta contra los cubanos. Escribe: “El problema de Cuba es el propio cubano que siempre se ha creido el OMBLIGO DEL MUNDO y nadie sabe como han llegado a ese ESTADIO, pues nunca nadie se lo dió, EL SOLITO SE LO TOMO”. (Respeto su redacción tal cual).

Según este señor, Cuba jamás progresará porque tiene el lastre de los cubanos; los cubanos ─ según esta opinión ─ no tienen capacidad para el progreso. Por otra parte, ¡Ay, amigo!, tal vez no le falte razón en cuanto dice que los cubanos nos sentimos el ombligo del mundo, así es nuestra idiosincrasia; esa que nos da el carácter de nacionalidad; de conjunto étnico y social que nos diferencia de otras etnias, incluso de la que nos dio origen. Pero no se maraville, esa característica de isleños antillanos es la que nos confiere nuestra identidad  y hasta nosotros mismos nos reímos de esa vanidad nacionalista que nos caracteriza.

¿Nunca escuchó esa canción de la cubanísima Marisela Verena titulada “Nosotros los cubanos”? Le invito a que la saboree y escuche cuando Marisela canta: “Nosotros los cubanos no somos nada chovinistas, / al ser tan superiores sólo somos realistas / el mundo se divide exactamente a la mitad, nosotros los cubanos y el resto de la humanidad”.

¿Somos nacionalistas? Tal vez sea un defecto de origen. Pero nosotros no somos los únicos que nos creemos ser el ombligo del mundo; así piensan de ellos mismos los argentinos y los mexicanos; quizá del mismo modo piensen los nacionalistas vascos, los nacionalistas catalanes, los nacionalistas gallegos, que no se quieren identificar como españoles y pretenden la secesión.

Luego, el señor nacionalista español lanza otra andanada de lodo sobre la dignidad del cubano; según su etnofóbica opinión, los cubanos llevan “más de un siglo CON TODOS LOS DERECHOS CONCEDIDOS, pero todavía no se han puesto a trabajar para conseguirlo (indolentes en español)”. Anoto algo: Esta opinión es solo el reflejo del sentir de muchos españoles que califican despectivamente a todos los inmigrantes latinoamericanos en España como “Sudacos”, que desprecian hasta al aborrecimiento a los gitanos, que se sienten ofendidos nada más que les digan “gallegos”, que tienen a menos a los canarios considerados por ellos como “bestias”. No es de extrañar que a nosotros los cubanos nos endilguen el calificativo de “indolentes”.

Otra cosa le diré, de hecho Ud. reconoce que solo hace algo más de un siglo a los cubanos se nos concedieron todos los derechos; es decir, luego que Cuba se independizara de España. Desde 1902 hasta 1958, Cuba alcanzó un nivel de vida muy superior al que se disfrutaba en España; nuestros niveles económicos y sociales aventajaban en mucho a la península y a una mayoría de países de América Latina. Durante esa etapa el peso cubano se equiparaba a la par con el dólar estadounidense mientras la peseta española estaba depreciada hasta el valor de papel.

Así era España en tiempos del franquismo
A partir de 1959 por esos desvaríos de los pueblos, los cubanos se dejaron atrapar por un sistema totalitario que les prometía alcanzar el cielo en la tierra sin advertir que estaban haciendo de su tierra un verdadero infierno. España también fue víctima del totalitarismo. La República española, un sueño frustrado, primero por el poder que en ella alcanzaron los estalinistas y luego por la reacción franquista con el apoyo de Hitler y Mussolini. Muchos cubanos fueron a España a pelear al lado republicano y muchos de esos que Ud. denomina “indolentes” dejaron su sangre en el Ebro, en Somosierra y en Madrid. En los 56 años de republicanismo en Cuba, sus puertas se abrieron generosas para recibir a las miríadas de inmigrantes españoles, muchos de ellos se naturalizaron como cubanos y muchos de ellos recibieron cristiana sepultura en la mayor de las Antillas.

El totalitarismo concluyó en España no por la acción decidida de las grandes masas sino por la muerte en su cama del caudillo Francisco Franco. En Cuba es probable sucederá lo mismo.

Otra de las preciosas observaciones del distinguido criticón es esta: “A este señor (es decir, a mí) le digo que no hace falta que 'ningunee a España' CON SUS INDIRECTAS, porque ese asunto DE LA ANEXIÓN SOLO ESTA EN SU CABEZA”.  No, señor; no ninguneo a España; ¿no sé de dónde sacó tan peregrina deducción? En mi artículo “Respuesta a un integrista desfasado”, dije:Mis abuelos eran españoles y siento orgullo por mis raíces hispanas y reconozco a España como la Madre Patria; pero los progenitores no son dueños de sus hijos y estos, cuando ya han alcanzado la madurez requieren ser independientes de la tutela de sus padres. Cuba no es española y nunca volverá a serlo”. Y dándole respuesta, a otro cubano que no piensa al igual que yo, pero cubano, agregué: “Ciertamente también en España la democracia fue algo que ni siquiera llegó a la condición de “un malabarismo lingüístico” y aún hoy, bajo el reinado constitucional la democracia en España es algo así como “un malabarismo lingüístico”, sino que lo digan los indignados de Madrid”. Y agrego, no solo los indignados, hay españoles que opinan igual.

Así lo dice Carlos Azcoytia, muy español el hombre: “Todos aquellos criminales de guerra (los falangistas), que se complacían con el dolor ajeno, han ido y van muriendo plácidamente en sus camas con dosel de puro ancianos sin que una justicia internacional los juzgue por los crímenes cometidos (…)  damos lecciones de democracia cuando nunca la hemos tenido hasta épocas muy recientes, un país injusto donde unos pocos se imponen valiéndose de una justicia que se inventan y que a veces es injusta”. (Carlos Azcoytia. “Historia reciente de la cocina económica o de subsistencia en España”).

Para concluir le diré que este “andoba del articulo emitido” sí cree en la capacidad de los cubanos, una vez superado el virus castrista, de desarrollar su país económica, social y políticamente; y lo creo porque conozco a mi pueblo; porque al igual que yo lo creen muchos analistas del mundo.

lunes, 22 de julio de 2013

Reflexión para patriotas


Alonso Moleiro. TALCUALDIGITAL

El chavismo, el falangismo, el castrismo y el leninismo tienen para esta realidad respuestas muy elementales. Dividir a la humanidad en parcelas; suponer que esa sola circunstancia las hace únicas y mejores que las otras
Por mucho que pretenda hacerse pasar por virtuoso, el nacionalismo es una de las enfermedades más extendidas en los colectivos humanos en estos tiempos. Las tragedias más sobresalientes del siglo XX se alimentaron del delirio supremacista, el culto demente hacia el ancestralismo y la obsesión paranoide hacia la diferencia. La última de ellas, bordada al costado de Europa Occidental, en las orillas del Adriático, la tenemos a la vista: la Yugoslavia de Slobodan Milosevic.

Algunas plumas anotadas en la causa incondicional del gobierno hacen en estos días toda suerte de malabarismos retóricos para presentar al fascismo como una suerte de prolongación de los intereses de los capitales financieros.

Afirmaciones de una flacidez por demás notoria, que técnicamente se rebaten solas: desde la Alemania Nazi hasta el fundamentalismo Hutu, las degollinas más extendidas de todos los tiempos han estado atadas al costumbrismo totalitario: partido único, modales marciales, grima a la modernidad, propaganda de guerra, satanización del adversario, degradación del debate público, montoneras en las calles. Los capitales financieros tendrán sus culpas, pero esa no es una de ellas.

Por supuesto que la afiliación voluntaria a una nación no coloca a nadie, de forma automática, en los peligrosos dominios del nacionalismo doctrinario.

Sin ser nacionalista, en lo particular puedo afirmar que soy un resuelto defensor de un criterio que encuentro mucho más consistente: el de la identidad cultural. Los países no son inventos de nadie: son realidades palpables con entornos, anclajes emocionales y efectos jurídicos concretos.

El nacionalismo latinoamericano encuentra sus orígenes en el otro extremo del pensamiento: la izquierda y la extrema izquierda. El tutelaje cultural y los sucesivos escamoteos militares llevados adelante por los Estados Unidos en esta parte del mundo hicieron posible que se asentara de forma por demás genuina y legítima en muchos intelectuales, pensadores y activistas latinoamericanos de mediados del siglo XX.

La afirmación nacional era, a diferencia de otras ocasiones, una palanca para afirmar los derechos de la ciudadanía. Bolívar y sus huestes; los palestinos, los partisanos de Tito, Garibaldi, los combatientes armenios: en los tiempos del florecimiento republicano, nacionalistas han sido aquellos que no tienen nación en la cual asentar sus vidas.

Un complejo entramado de desarrollos diversos ha tenido lugar en América Latina y el mundo a partir de entonces. Las formas de propiedad, la pertenencia cultural, el lenguaje, la ciudadanía: todos son elementos sometidos a una lenta pero intensa metamorfosis producto de la expansión tecnológica, el poder de los buscadores en Internet y el carácter fractal de las redes sociales.

La globalización no es, como piensan las variantes monocordes del chavismo, un antojo trasnacional, o una circunstancia impuesta, sino un estado de la historia, a estas alturas de carácter irreversible. La cosmópolis es una de sus consecuencias culturales directas.

No es una casualidad que las constituciones más avanzadas del mundo, incluyendo la nuestra, consagren el derecho de las personas a tener dos nacionalidades. Anthony Giddens, el autor inglés de "La Tercera Vía" y "Más allá de la izquierda y la derecha", lo definió con enorme precisión: son estos los tiempos de la "fidelidad múltiple".

Mutaciones e intercambios que también tienen su correlato en el lado izquierdo del consumo cultural: Manu Chao, por ejemplo, uno de los intérpretes más brillantes de este tiempo, es un músico de carácter nómada, de padres españoles, nacido en Francia, amante de los dominios árabes y latinoamericanos, con éxitos grabados en portugués, francés, italiano y español. El artista global por excelencia. La misma afirmación vale para Le Monde Diplomatique y el inefable Ignacio Ramonet.

El modelo mixto desarrollado por Brasil también puede servirnos de ejemplo. Los brasileros no han perdido tiempo culpando a los demás de sus problemas. Tienen una influencia geopolítica que toca, incluso, a sus conquistadores, los portugueses, y a las naciones africanas que comparten su lengua, y un desarrollo tecnológico que no deja de sorprender.

Así como la Unión Europea y los Estados Unidos se ríen de las enternecedoras bravatas antioccidentales de Cuba o Nicaragua, respetan con entera sinceridad las disposiciones del gigante sudamericano. La realidad brasilera es hija de un modelo democrático liberal que respeta y promueve la independencia de criterios.

Un entorno cultural flexible, complementario y múltiple, que tiene a algunas de sus universidades en la vanguardia de la subregión. La independencia que tanto alude el chavismo no la vamos a alcanzar colocando discos de Xulio Formoso: la obtendremos desarrollándonos como lo ha hecho Brasil Son circunstancias multidimensionales, de carácter concurrente y de una enorme complejidad.

El chavismo, el falangismo, el castrismo y el leninismo tienen para esta realidad respuestas muy elementales. Dividir a la humanidad en parcelas; suponer que esa sola circunstancia las hace únicas y mejores que las otras; hacer ascos de la diferencia y el mestizaje cultural.

Mirar el futuro con la nuca. Tener una visión policial de la política. Llorar con el himno, cuadrársele a una bandera, desbordarse en cánticos cursilones de carácter rural.

Son parte de los vicios más genuinos de la extrema derecha y la extrema izquierda. Ese es nuestro verdadero dilema: apertura o aislamiento. Uno de los aspectos más interesantes de la plataforma programática de la MUD descansaba en esa cláusula: "Venezuela, país abierto al mundo". El eje del racionalismo democrático.

Pío Baroja lo dijo una vez: "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando". No hay insulto que me de más risa que ese de "apátrida".