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viernes, 10 de agosto de 2012

Bolívar es el enemigo


Angel Oropeza. ABC DE LA SEMANA

Para la gran pensadora Hanna Arendt, la “política” trata sobre el hecho de estar juntos los diversos. Esto es, la política surge de la necesidad de que vivamos juntos quienes pensamos distinto. Por eso el acontecimiento originario que deriva en el concepto de política es la pluralidad. La política es lo contrario a la intolerancia, al pensamiento único, a la guerra, a la aniquilación y a los métodos de la muerte y división como forma de dominación social.

En un excelente trabajo titulado “La Política extraviada: una historia de Medina a Chávez” (Fundación para la Cultura Urbana, 2002), Andrés Stambouli define el concepto de “comunidad política” como una relación inherente a la noción arendtiana de “Política” en la cual las personas y componentes diferenciados de una sociedad “se reconocen recíprocamente como co-miembros de la asociación y comparten algunos valores, metas y actitudes, cultivando la persuasión, la tolerancia y el diálogo para resolver sus desencuentros, como método preferido a la represión o destrucción del adversario”.

Parte de ese conjunto de valores comunes que identifican y le dan sentido de pertenencia colectiva a una nación, gira en torno a sus símbolos patrios, su historia, sus figuras referenciales. Y en el caso venezolano, uno de estos personajes referentes que ayudan a sentirnos parte de un todo común, es sin duda el Libertador Simón Bolívar. Desde mediados del siglo XIX, su nombre y su figura han sido símbolos de la unicidad venezolana, esa en la cual todos nos reconocemos a pesar de nuestras necesarias diferencias ideológicas, políticas y de pensamiento. ¿Qué pasa cuando un modelo político de dominación requiere para su viabilidad de la división social y la exclusión de quienes piensan distinto, y así poder justificar la naturaleza de sus acciones y métodos? Pues que esas figuras que convocan a la unión y al entendimiento nacional deben ser destruidas o, en su defecto, reinterpretadas y sometidas a un proceso de neo-representación en el imaginario colectivo.

Desde sus inicios, el modelo militarista que hoy gobierna a Venezuela se ha esmerado en privatizar la figura del Libertador, y degenerarla en una especie de fetiche propagandístico para el uso particular e interesado de una facción con vocación hegemónica. El último intento de esa larga cadena de expropiación partidista de la figura de Bolívar lo constituye el “otorgarle” un nuevo rostro, e incorporarlo rápidamente a la gastada iconografía oficialista. Desde el punto de vista psicológico, el “nuevo rostro” introduce a un “nuevo Bolívar”, ya no el de todos, sino el que ha “creado” en plena campaña electoral el grupo gobernante. Así, en una operación de típico condicionamiento clásico, el “nuevo rostro” acompaña ahora todas las presentaciones del líder supremo, buscando una asociación pavloviana que refuerce la idea de que ambas caras se evocan recíprocamente. No se trata aquí de la simple presentación de un trabajo técnico de reconstrucción ideográfica, que obedezca a razones de interés histórico y científico. Lo único que se busca, de cara a las urgencias electorales, es reforzar la identificación reduccionista del Padre de la Patria con un político circunstancial aspirante a su tercera reelección.

Para las necesidades continuistas de dominación de la elite gobernante, el Bolívar de todos es un enemigo que debe ser reducido, desdibujado y disminuido a ficha de una facción. El Bolívar que conocemos los venezolanos, ese que llamaba a que cesaran los partidos y se consolidara la unión nacional para poder bajar tranquilo al sepulcro, es inconveniente y contrario a su diseño de polarización y división social. Había que inventar otro Bolívar, un Bolívar oficialista y gobiernero, para que no se oyera al de verdad, aquel que se levantaba contra cualquier clase de opresión, y que alertaba sobre por qué no se puede dejar que un solo hombre ejerza el poder durante mucho tiempo, so pena de propiciar tiranía y sumisión en lo que él soñaba debía ser un pueblo libre.

sábado, 28 de julio de 2012

Comedia bolivariana


Jesús Heras. ABC DE LA SEMANA

Era lógico que Chávez utilizara la figura de Bolívar con fines electorales.  De otra manera no se explicaba la exhumación de sus restos; la contratación de especialistas para la reconstrucción digital de su rostro, ni tampoco la construcción de un costoso mausoleo.

“El culto a Bolívar” como lo definiera el historiador Germán Carrera Damas no es nuevo. Ha servido a dictadores desde el siglo diecinueve hasta nuestros días para exacerbar la fibra patriótica. Pero con Chávez se da una circunstancia distinta. Su personalidad mesiánica, suficientemente estudiada por especialistas, requiere de la herencia y el nombre del prócer para alimentar su propósito continuista en el poder.

No importa que en ese camino se mienta, se altere la historia y se destinen los dineros públicos para ceremonias propias de los más primitivos despotismos. Eso hemos presenciado los venezolanos en los últimos días ¿Hasta dónde esta enloquecida  exaltación es beneficiosa en términos electorales? ¿Acaso alguien discute que Bolívar es el Padre de la Patria? ¿Acaso alguien desconoce su origen o sus riquezas? El historiador Guillermo Morón ha puesto las cosas en su lugar: “Bolívar era aristócrata, mantuano, burgués, adinerado y blanco. Todo lo que odia Chávez”.

Pero las cosas no hay que tomarlas demasiado en serio. Sobre todo cuando provienen de un hombre enfermo. Si la nueva cara del Libertador, surgida de la “supuesta” reconstrucción computarizada de su rostro es veraz, sólo existen dos explicaciones posibles. O bien los mejores pintores de la época eran malazos o los restos, exhumados por Hugo Chávez, no corresponden al Libertador.

Con relación al mausoleo destinado a los restos de nuestro héroe histórico, difícil es distinguirlo, por su forma, del arquetipo de velero que sirvió de inspiración para el diseño del famoso hotel, Burj al Arab de Dubái, preferido por las parejas más ricas del mundo para sus Lunas de Miel.

Solo que Bolívar, sin Manuelita a su lado, ya no está para esos trotes. Y Hugo Chávez enfermo como se encuentra, mucho menos lo está.

jueves, 26 de julio de 2012

¿Lo dejarán quieto?


Simón Boccanegra. TAL CUAL DIGITAL

¡Hay que ver que este Chávez sí es ocioso! Gastar quién sabe cuánto dinero de la República y tiempo de sus funcionarios forenses para descubrir si Bolívar murió envenenado, como lo ha venido repitiendo, o de una enfermedad que hasta ahora, según testigos presenciales, habría sido la tuberculosis.

De paso, fabricó un retrato de Bolívar, bastante parecido, por cierto, a la suma de los retratos que se le hicieron en vida. Pero Chacumbele quería "su" retrato, Bolívar tenía que ser como él lo imagina y no como la "burguesía" lo pintó. Fue complacido y ahí tiene "su" Bolívar. Se salvó la patria. Retratos de Bolívar los hay de muchas manos de pintores contemporáneos de él.

Todos guardan detalles y matices que no los hacen exactos entre sí. Lógico, no son fotografías. De modo que este Bolívar "de" Chacumbele es uno más de los retratos del gran hombre y ni siquiera se puede asegurar que sea el más fiel.

A fin de cuentas, los retratistas de la época trabajaron sobre un hombre vivo, que posó para ellos, y debían estar más cerca de aprehender su efigie que los que trabajaron sobre sus huesos.

Pero, en fin, este minicronista hace este comentario digamos que por la obligación que impone la noticia, pero la verdad es que hasta me da pena tener que pararle bola a estos caprichos pueriles de un obseso, que en su empeño de apropiarse de Simón Bolívar no se detiene ante ningún exceso por estrafalario que parezca.

Ya avanzó el criterio de que a pesar de lo que estableció el equipo forense que examinó la osamenta de Don Simón, esto es que no hubo tal envenenamiento, él, sin embargo, "todavía tiene sus dudas".

 Tanto va a dar que cualquier día nos sorprende con un forense bielorruso que le dirá lo que quiere oír. Pobre Bolívar. La verdad es que con esto sí que no contó. Ser instrumento electoral.