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jueves, 11 de mayo de 2023

¿“Rusofobia”, Sr. Putin?

Mario J. Viera


 

El autócrata ruso Vladimir Putin dice que Occidente está librando una “verdadera guerra” contra Rusia y, al mismo tiempo alentando el odio y la “rusofobia”. "Se está librando una verdadera guerra contra nuestra patria”, Putin dixit.

“Rusofobia” y “verdadera guerra” contra Rusia, dos argumentos para él útiles pero que lo capacitan como un aplicado alumno de Goebbels en cuanto hacer que la mentira parezca ser verdad. Es que Putin, como bien lo calificara el escritor ruso Viktor Erofeev es un verdadero “gopnik’, sustantivo que traducido al español significa algo así como “delincuente callejero”; un matón callejero que busca reapropiarse del mundo; que intenta amenazar a todos los que no estén dentro de sus esferas de influencia alzando el hacha atómica. Para este gopnik con aspiraciones zaristas, Ucrania no existe como nación independiente, sino un despojo que se le ha hecho a la Santa Rusia

¿Y qué dice Putin de Ucrania?: “La nación ucraniana se ha convertido en rehén de un golpe de Estado que condujo a un régimen criminal dirigido por sus amos occidentales. Se ha convertido en un peón de sus planes crueles y egoístas”. Pero es que, tras la desintegración de la Unión Soviética, por una falta de visión política del beodo Yeltsin, este la transfirió el poder al exoficial de la KGB para iniciar un verdadero régimen criminal que se deshace de los opositores por envenenamientos y encarcelamientos de largas penas de prisión. Es cierto que Putin no es peón de nadie, porque él es el que controla el tablero de ajedrez ruso para urdir sus propios planes crueles y egoístas.

Ah, pero Putin ha podido aparecer por ser un descabellado producto de la política tradicional rusa; la de un país que jamás ha conocido la democracia. Desde los tiempos de Oleg de Nóvgorod (867), pasando por la invasión mongola en el siglo XIII y su Horda Dorada, siguiendo luego por el absolutismo de Iván el terrible, y la implantación de la dinastía Romanov que se mantuvo con todo su poder desde 1613, con la llegada al poder del zar Mijaíl Romanov, hasta la fecha de la revolución bolchevique en 1917 y el inicio de la Unión de República Socialistas Soviéticas un remedo de todo el imperio zarista. Nada de derechos civiles y políticos, todo el poder en manos de dictadores como Stalin y Brézhnev. Luego de las políticas de la perestroika y el glásnost y la desaparición del imperio soviético, los rusos conocieron un pequeño periodo democrático que solo sirvió para generar una casta de oligarcas advenedizos que han sido fieles sostenedores del régimen de Putin.

¿Rusofobia? ¿Es acaso la OTAN y los países democráticos de Occidente los que han generado este sentimiento o ha sido el mismo Putin el propiciador de esa fobia? ¿De qué modo diferente puede pensar el pueblo de Chechenia, cuando intentó declarar su independencia de la Federación Rusa, Yeltsin lanzó la invasión al territorio y el asedio a la ciudad de Grozni con bombardeos indiscriminados que dejaron como estela la muerte de unos 35 mil civiles? Posteriormente se islamizó el territorio checheno lo que motivó a Putin iniciar su primera etapa bélica. Con la invasión a Chechenia Putin restableció el poder del Kremlin en todo el territorio instaurando un gobierno pro ruso en el país, bajo el poder del exguerrrillero checheno Ajmat Kadirov, muerto en un atentado cuatro años después y sustituido en el poder por su hijo, el sanguinario Ramzán Kadirov un autócrata fiel a Putin.

¿Pueden acaso los georgianos pensar de modo diferente luego de que Medvedev lanzara contra Georgia su “misión pacificadora” interviniendo en el conflicto interno entre Georgia y la separatista provincia de Osetia del Sur, con mayoría étnica rusa? La “misión de paz” de los rusos dio como resultado entre otros desastres la destrucción total de varios pueblos de etnia georgiana en Osetia del Sur.

¿Acaso los ucranianos pudieran estar libre de sentimientos antirrusos después de la guerra despiadada que Putin arrojara sobre la Ucrania independiente?

No, Sr, Putin, la ruso fobia es obra exclusiva y registrada de Rusia. Es Rusia, y es Putin, los que están llevando a cabo una verdadera guerra en Ucrania y apuntando hacia todo el mundo democrático del Occidente. Rusia no puede prevalecer en Ucrania, como pudo Hitler en Polonia para iniciar la Segunda Guerra Mundial.

Putin insiste que fue solo la Unión Soviética la que derrotó al nazismo, dejando a un lado la heroica participación de Gran Bretaña en contra del hitlerismo, desde inicio de la guerra, cuando en Rusia se firmó el Pacto de no agresión Molotov- Ribbentrop y la repartición de Polonia entre la Alemania Nazi y la Rusia de Stalin. No menciona para nada el golpe contundente contra el nazismo que fuera el desembarco por Normandía. Putin ignora de puro nacionalismo, que Rusia no fue la única nación que contribuyó al fin de la Segunda Guerra Mundial. Ante el interesado olvido de Putin de las fuerzas de Estados Unidos y Gran Bretaña, el presidente Zelensky lo dijo bien claro: “No permitiremos que (Rusia) se apropie la victoria conjunta de las naciones de la coalición anti Hitler y no permitiremos mentiras como si la victoria hubiera podido ocurrir sin la participación de ningún país o nación”.  

De Rusia nada se puede esperar, solo cabría una mínima esperanza de que los rusos lleguen algún día a vivir en democracia y a que Rusia se convierta en una nación abierta al mundo y a la paz internacional; pero para eso se requiere una poderosa revolución civilista en la tierra de Tolstoi.


sábado, 6 de mayo de 2023

Rusia: TOTALITARISMO Y DICTADURA PERSONAL

Jan Claas Behrends

Tomado del Blog Polis: Cultura y Política

 

 


En 1951, en su “Elementos y orígenes de la dominación total”, intentó Hannah Arendt entender el totalitarismo como una nueva forma de gobierno que ya no podía ser asimilada con los instrumentos tradicionales de la ciencia política. La filósofa reconoció el imperialismo y el antisemitismo como bases históricas y a un movimiento radical de masas como portador del dominio total. Cuando revisó su trabajo en 1966, se preocupó por China, pero al mismo tiempo afirmó que con la muerte de Hitler y Stalin, la "historia que este libro tiene que contar ha llegado a su fin, al menos por el momento". ser". Hoy vemos que tenía razón con su formulación cautelosa. De hecho, la historia de la dominación total terminó solo temporalmente.

Hoy continúa en China y Rusia. Bajo el gobierno de Xi Jinping, el Partido Comunista combinó las tecnologías digitales con los campos de trabajo que conocemos del siglo XX. A pesar de una era de liberalización económica, nunca ha renunciado a su poder. En la Rusia de Putin, en cambio, el resurgimiento del totalitarismo es mucho más arcaico. Está marcado por la propaganda, el miedo, la represión y una guerra genocida contra Ucrania. En Moscú están reapareciendo los patrones básicos de dominación total descritos por Arendt.

Paralización en lugar de movimiento: la desmovilización de la población

A menudo han sido analizados los efectos de la guerra de agresión rusa en Ucrania, Alemania y Europa. Occidente prestó menos atención a la rápida transformación de Rusia, que se ha estado moviendo hacia la dictadura total desde el comienzo de la guerra. Aquí nos encontramos con un nuevo fenómeno: Rusia, el primer país en abandonar históricamente el totalitarismo, ha terminado por reintroducirlo reintroducirlo, varias décadas después. ¿Cómo nos explicamos eso?

Cuando Vladimir Putin llegó al poder en 1999, comenzó el desmantelamiento selectivo de los derechos políticos en Rusia. El resultado fue un estado autoritario escondido detrás de una fachada democrática. Pero el régimen de Putin inicialmente no tenía ambiciones totalitarias. Más bien apostó por una verticalidad autoritaria en el poder, despojó a los oligarcas y controló el parlamento y los medios de comunicación. Al mismo tiempo, sin embargo, toleró espacios de juego designados para la oposición liberal e intervino a medias en la ciencia y la cultura. El régimen de Putin se basó en la desmovilización: el ciudadano ideal se dejaba controlar por la televisión estatal y se quedaba en casa en el sofá disfrutando de una  modesta prosperidad. El consumo y los medios deben poner a dormir a la población. El modo de gobierno de Putin fue el estancamiento, no el movimiento.

Guerra genocida en Chechenia

Pero en retrospectiva también vemos que las áreas centrales de dominación total en Rusia permanecieron intactas. Estos incluyen, en el espíritu de Hannah Arendt, la identidad imperial de Rusia, que es más antigua que la URSS y da forma a la conciencia de la élite. Además, está la policía secreta, de la que procede el propio Putin y cuyos métodos han cambiado, pero se sitúa firmemente en la tradición de la NKVD de Stalin. El ejército no fue reformado ni antes ni después de Gorbachov: es una fuerza militar que también se usa contra su propia población y en cuya imagen propia los derechos humanos y el derecho internacional no juegan ningún papel. Ya en la década de 2000, el ejército ruso demostró que estaba preparado para librar una guerra genocida en Chechenia. La violencia contra los civiles está en su ADN. El imperio, la policía secreta y la fuerza militar siguieron siendo parte de la cultura política en Rusia después de 1991. Sobre estos pilares se podría reconstruir la dictadura.

A nivel mediático, la normalización de las mentiras y un culto a la guerra ininterrumpido llevaron a hacer retroceder hacia la dictadura. Los medios rusos relativizaron la diferencia entre realidad y ficción. Los tópicos soviéticos se encontraron con la arbitrariedad posmoderna. Pronto se hizo cada vez más difícil para los individuos juzgar racionalmente. Aquí, el carácter protototalitario de la primera era de Putin fue quizás más evidente: en el ataque integral a “la persona moral del hombre” en el sentido de Hannah Arendt. El régimen ruso creó una sociedad en la que se debe mostrar lealtad al estado autoritario, a sus corruptos representantes y, cada vez más, a los inescrupulosos y violentos que marcan la pauta en esa sociedad. Incluso aquellos que no creían en la propaganda de Putin aprendieron a conformarse o tuvieron que irse. No había ni hay ningún derecho formal en Rusia al que los ciudadanos puedan invocar. Lo que importa es el poder. Dado que la naturaleza del estado en Rusia no cambió, hubo una oportunidad de volver al camino totalitario.

La reestructuración de Rusia bajo Putin fue un proceso largo. Hacia 2008, el gobernante agregó un segundo eslabón sy entregó la presidencia a Dmitry Medvedev para mantener la apariencia de las reglas constitucionales. El régimen se esmeró en generar buenos resultados electorales para mantener así una apariencia de procedimientos legales. Pero la guerra contra Ucrania derribó estas fachadas, hechas al estilo del acorazado Potemkin. Detrás apareció la cara de hierro del poder total.

Vacío moral y desaparición de la libertad individual

Desde febrero de 2022, la radicalización se ha acelerado. El régimen ha eliminado las últimas libertades en público, en los medios (sociales) y en la ciencia. El poder judicial ya no se limita a las condenas de individuos, sino que toma medidas brutales contra las opiniones disidentes y la oposición. Ya nadie está a salvo, ni los periodistas extranjeros ni los blogueros militantes radicales. Los que no se comportan lealmente, los que se desvían, arriesgan su existencia física. De cada ciudadano se espera una ilimitada conformidad. Cualquiera forma de oposición se considera "extremismo" y puede ser sancionada de inmediato.

El régimen domina todo el espacio público y no tolera protestas simbólicas. Como en la dictadura comunista, la protesta se equipara a la traición. La represión es ahora omnipresente y , como dijo Arendt, es "la ley que hace desaparecer el campo de acción que significa la libertad". De esta destrucción de la civilidad se deriva la reciente atomización de la población, y por eso cada vez más difícil organizar una  protesta. Los rusos han vuelto a quedar solos, librados a si mismos: su último refugio es la propia familia. La humillación es un lugar común, el vacío moral la normalidad, el pensamiento conspirativo es omnipresente. La sociedad rusa vive en otra realidad .

En sus métodos de gobierno, el putinismo tardío utiliza los instrumentos del gobierno total descritos por Hannah Arendt: propaganda, terror y violencia. Sin embargo, no llega al tipo ideal que ella diseñó. El gobierno total de Putin se basa en el legado de Stalin, se basa en la experiencia soviética y se sostiene sobre las ruinas del imperio. Pero le falta es una ideología estricta y una promesa para el futuro. Putin no promete ningún reino de los cielos en la tierra, su sueño es la restitución de la grandeza perdida. Su futuro siempre está en el pasado. Además, no hay ningún movimiento social -como en el comunismo o em el fascismo- que apoye al régimen. No es la emoción y el entusiasmo, sino el vacío y el miedo lo que caracteriza a las élites de Putin. La guerra contra Ucrania no es el camino hacia un mundo mejor, sino otro salto hacia la oscuridad.

Putin está solo

Los hombres grises en los pasillos del Kremlin también lo sospechan. Si bien Putin y su séquito no tienen reparos en utilizar los métodos de Lenin y Stalin, su sueño no es más que nostalgia. Quieren retornar l tratado de Yalta a toda costa. No más, pero tampoco menos.

Para Occidente, sin embargo, es crucial comprender el cambio de régimen en Rusia. Debemos entender que Vladimir Putin estableció su dictadura personal dentro del sistema autoritario de Rusia. Decide sobre la guerra y la paz. Entiende que, como otros dictadores antes que él, no puede permitirse el lujo de mostrar debilidad. Esto anunciaría el final de su gobierno. Por su conocimiento de la historia rusa, entiende lo que les sucedió a Nicolás II, Jruschov y Gorbachov. Perdieron poder y respeto, y el zar perdió la vida. La élite rusa no perdona a los perdedores.

Putin en febrero de 2022 apostó todo a la carta militar. En una operación especial rápida, quería sentar las bases para una revisión de 1991. No tuvo éxito. Para asegurar su propia supervivencia política y física, ahora intenta someter por completo a Rusia. Nadie desde Stalin ha ejercido tanto poder personal como Vladimir Putin. La Rusia de Putin va camino de la desdiferenciación y la arcaización. La dominación total fue y es disfuncional, pero tiene un propósito específico: impide alternativas políticas. Esto también se aplica a la Rusia de Putin.

Para Occidente, esto significa que mientras Putin esté en el poder, no habrá oportunidades de negociación. El poder y la vida de Putin dependen de que no admita sus errores. Quienes lo rodean esperan cualquier señal de debilidad para derribarlo. Como Stalin antes que él, debe dar constantemente pruebas de su  omnipotencia. Un retorno a un autoritarismo más moderado, un compromiso con Ucrania, reformas económicas o la entrega del poder a un sucesor ya no son opciones para él. Nadie podía garantizar la seguridad del dictador retirado. Él está solo. Por lo tanto, es tarea de los estados occidentales limitar sus opciones y señalar a las élites rusas que hay un futuro más allá de Putin y su régimen neototalitario. Hasta entonces, es importante comprender que el totalitarismo deficiente de Putin representa un peligro no solo para Ucrania, sino también para Europa y el mundo. Y que China, como sospechaba Hannah Arendt, podría representar una amenaza aún mayor en el futuro (FAZ).

Jan Claas Behrends es profesor de Historia de Europa del Este en el Centro Leibniz de Historia Contemporánea de Potsdam y experto en la cultura de la violencia en las sociedades soviética y postsoviética. 

viernes, 17 de marzo de 2023

ELECCIONES Y AUTOCRACIAS

 


Fernando Mires. Blog Polis: Política y Cultura

Desde hace algún tiempo los medios tienden a usar el término “autocracia” para referirse a gobiernos fuertes y autoritarios, antes denominados simplemente, dictaduras. La tendencia no es casual. Seguramente tiene que ver con el aparecimiento de nuevas formas en el ejercicio del poder, formas propias a los tiempos en que vivimos, no asimilables a lo que entendíamos normalmente por dictaduras de tipo “clásico”. Se trata, en términos generales, de formas de poder en las que coexisten sesgos dictatoriales con espacios democráticos, los que se desplazan de acuerdo al cambio de correlaciones de fuerzas en el contexto de un sistema de dominación gubernamental. Dictaduras híbridas, las llaman unos. “Demokraturas”, dicen otros. Gobiernos “i-liberales”, señalan algunos politólogos.

Denominaciones aparte, estamos comprobando la hegemonía alcanzada en la sintaxis política por el término democracia. Hasta la dictadura más terrible quiere ser denominada democracia y no dictadura. Eso hay que computarlo como un hecho positivo, si no olvidamos que los cambios de la realidad comienzan con el cambio de las palabras que la designan.

Si nos atenemos a la literalidad del término democracia, podemos comprobar la existencia de gobiernos no-democráticos que –sea por las razones que sean- no solo mantienen formas democráticas, además provienen de orígenes democráticos. La mayoría de ellos no solo ha llegado al poder mediante elecciones, además suelen convocarlas periódicamente. Evidentemente, las necesitan, aunque sea como medio de legitimación, algo que no era necesario acreditar ante nadie en el pasado reciente. Una dictadura del pasado estaba legitimaba ante sí misma por una religión o por una ideología, pero nunca por ser “democrática”.

Hizo bien el presidente Biden al remarcar que la gran contradicción de nuestro tiempo es la que se da entre democracia y autocracia. Biden, claro está, tomaba como referencia su propio país, cuya antigua democracia se ha visto y ve amenazada por signos innegablemente autoritarios como son los que porta consigo el populismo trumpista. Pero también lo hacía para marcar el espacio internacional entre aquellos que siguen a la autocracia –hoy convertida en dictadura- de Putin en Rusia y los que adhieren al bloque democrático mundial hegemonizado en la guerra de Rusia a Ucrania por la “alianza atlántica” (América del Norte +Europa)

Estamos entonces frente a un fenómeno mundial que, pese a su diacronía, nos muestra una línea demarcatoria internacional y nacional que se da con claridad en determinados espacios geográficos (Europa del Este, América del Sur, Norte de África, Asia Central)

No es el momento para describir las particularidades de ese fenómeno político llamado autocracia. Baste decir, por ahora, que las definiciones o tipologías rígidas solo tienen un uso provisional que no logra captar la dinámica y los desplazamientos de formas y configuraciones que pueden variar en el tiempo, incluso en un solo país, y en lapsos relativamente cortos. Cabe por el momento destacar que tales formas de gobiernos no son “modelos” petrificados pues más bien se encuentran en constante evolución o involución. La dictadura putinista en Rusia es quizás el ejemplo involutivo más notorio: el gobierno de Putin surgió como auténtica democracia para pasar pronto a convertirse en un gobierno autoritario, luego dictatorial, hasta llegar a ser, durante la guerra a Ucrania, la tercera dictadura totalitaria de la modernidad (las primeras fueron el nazismo y el estalinismo)

Hay también ejemplos occidentales que nos muestran como las formas democráticas pueden degenerar en formas autocráticas. Ha sucedido en Polonia, Hungria, Serbia. Incluso democracias largamente establecidas, como la de Israel, amenazan convertirse, bajo el auge de las extremas derechas y del oportunismo de determinados políticos, en este caso Netanyahu, en una nueva autocracia.

En América Latina el caso más relevante sigue siendo la Venezuela chavista y/o madurista, autocracia surgida en parte como reacción populista a la norma democrática (la de Ortega en Nicaragua devino definitivamente en dictadura militar, y al parecer, de modo irreversible) Ha habido, sin embargo, signos que apuntan en sentido contrario: gobiernos tendencialmente autocráticos que han readoptado la norma democrática en contra de pasados autoritarios, como en Colombia y Brasil (anti-uribismo y anti-bolsonarismo). En esos dos casos, aunque los gobernantes elegidos puedan calificarse como de izquierda, la oposición no se dejó enmarcar en el esquema izquierda-derecha, sino en el mucho más amplio de democracia-autocracia. Tanto Petro como Lula abrieron sus alas para agrupar a sectores, si no anti autocráticos, por lo menos, anti-autoritarios.

¿Cómo enfrentar a las autocracias? Esa es una pregunta a la que buscan responder no solo los demócratas latinoamericanos sino también los europeos e israelíes frente a la consolidación de regímenes autocráticos en donde antes hubo democracias. El profesor de la universidad de Princeton Jan Werner- Mueller, en un artículo publicado en Project Syndicate, busca dar respuesta a la pregunta señalada. Así cree encontrar el principal obstáculo para la democratización en la falta de unidad de las fuerzas opositoras anti-autocráticas. Tanto en Israel, en Hungría y en Turquía –constata- la oposición no ha logrado hasta ahora unirse en frentes compactos.

Probablemente si Werner-Mueller se hubiera preocupado del caso latinoamericano, podría haber llegado a una conclusión similar. El chavo-madurismo, el evismo, incluso el orteguismo, han enfrentado a oposiciones que, por lo general, no han sabido unirse frente a los gobiernos que adversan.

La deducción de Werner-Müller es obvia: entre diferentes ideologías nunca va a ser encontrada una unidad, de modo que la unidad política debe ser construida sobre una base no ideológica. El problema es que un acuerdo puramente pragmático entre sectores ideológicos suele despertar desconfianzas entre los electores. La deducción del autor citado, al tomar como referencias los casos de Israel, Hungría y Turquía, es que las unidades electorales construidas en los países que menciona, no han logrado marcar las diferencias con los gobiernos que desafían. En Israel, aduce, la unidad fue buscada en torno “a figuras duras de centro-derecha como el general retirado Benny Gantz”. En las elecciones de Hungría, la oposición tampoco logró establecer una línea claramente diferenciadora. En Turquía, la unidad de la Mesa de los Seis, si bien ha logrado reorganizarse en torno al veterano candidato socialdemócrata Kemal Kılıçdaroğlu, lo ha hecho solo en contra del autocratismo y por el retorno de la constitucionalidad republicana. No es poco, es cierto. Pero podría repetirse lo que siempre ocurre en Turquía, a saber, que la oposición democrática logre imponerse en Estambul y otras grandes ciudades, pero pierda nuevamente en zonas semi-agrarias, como son las de Anatolia, donde el lenguaje épico-moralista- religioso de Erdogan entra con suma facilidad. La oposición turca estaría en este caso obligada a presentar – sobre todo en momentos en los que Turquía se ve amenazada por profundos desajustes económicos – un programa social muy creíble. La democracia moderna, es decir la de masas, obliga a combinar la lucha por las libertades con la lucha por las necesidades.

Esa combinación fue en cierto modo la receta que llevó en América Latina al triunfo de candidatos como Boric, Petro y Lula. Los tres podrán gobernar mientras se mantengan fieles a las demandas democráticas y a las demandas sociales que los catapultaron al gobierno. En Chile, fracciones ideológicas intentaron imponer al país una constitución ideológica. Fracasaron. Boric entendió el mensaje y hoy remonta en las encuestas llevando a cabo su programa social pero manteniendo su apego a la constitución vigente, aunque esta sea “la de Pinochet”. Petro, más ideologizado que Boric, parece tener más dificultades para conservar el equilibrio entre lo social y lo político. De Lula ya sabemos que ha dado las espaldas a las fuerzas democráticas mundiales que apoyan a Ucrania, tal vez no por principios ideológicos (nunca los ha tenido) sino por razones derivadas del comercio exterior, sobre todo con China.

Venezuela sigue siendo un problema grave. Como es muy sabido, en estos momentos tiene lugar en el seno de la oposición una feroz lucha para imponer candidaturas personales y partidarias. Alguna vez va a emerger una candidatura, pero eso tampoco asegura una alternativa que ofrezca un mínimo de credibilidad. En la multitud de candidatos venezolanos, no hay ninguno que sea catalizador, entre otras razones, porque la mayoría de ellos pasó de un anti-electoralismo irresponsable y aventurero, a un electoralismo demagógico, sin mediar críticas, discusiones, debates, en fin, estrategias que explicaran el repentino cambio de paradigma.

Si hay algo en Venezuela en lo que casi nadie cree, es en la política y en los políticos, sean de gobierno o de oposición. En este dudoso logro, la responsabilidad no es solo del gobierno sino –me atrevería a decir, sobre todo- de la oposición. Estamos frente a un caso radical de “anomia política”. Para superarla solo queda una efímera esperanza: que el candidato elegido pueda representar algo diferente a la falta absoluta de alternativas sociales, económicas y políticas que caracteriza al gobierno. Pero para que eso ocurra, ese candidato debe reunir en su torno un mínimo de condiciones básicas que marquen claramente una diferencia, no solo con el gobierno, sino con el modo imperante de hacer política en el país. Nombremos, entre varias, tres:

Primero: no haber abandonado nunca la línea de los cuatro puntos cardinales que orientaron a la oposición hasta el año 2018: electoral, constitucional, democrático y pacífico. O en el caso extremo de haberla abandonado, saber reconocer públicamente y por escrito el tremendo error cometido.

Segundo: no haber promovido o apoyado nunca alguna intentona militarista, golpista, invasionista, o cualquiera otra que incluya el uso de la violencia. Eso significa, entre otras cosas, no haber puesto jamás el principio de “fin de la usurpación” por sobre el principio de “elecciones democráticas”. Significa también, ceñirse a las reglas del juego político, sin jurar venganzas, ni ofrecer linchamientos y cárceles al adversario el que, en la contienda, es enfrentado constitucionalmente. Todo eso no sería más que chavismo al revés.

Tercero: No haberse alineado jamás con proyectos autocráticos internacionales o regionales, como son el putinismo, el trumpismo y otras afinidades menores como el bolsonarismo, el bukelismo, el castrismo, el orteguismo.

Si no se reúnen estas condiciones básicas, el electorado verá en ese candidato solo a un representante del partido del “más de lo mismo”, o peor aún: la lucha entre dos tipos de autocracias: una que está y otra que quiere estar.  Por eso, como hemos intentado precisar, una posibilidad (posibilidad, no seguridad) para derrotar a las autocracias, presupone saber marcar las diferencias con el adversario. Al fin y al cabo, sin diferencias no hay política.

martes, 11 de octubre de 2022

El desespero de Putin

 

Mario J. Viera

 


En la guerra no se puede actuar por impulsos emocionales. Se requiere alcanzar objetivos que debiliten al enemigo sin sacrificar potencia propia. No se puede perder la ecuanimidad, y esto es lo que le está ocurriendo ahora mismo al dictador ruso, Vladimir Putin. Está desesperado, no logra hacer avanzar su “operación militar especial” en Ucrania, Se van acumulando reveces a las fuerzas rusas, los ucranios continúan su contraofensiva en el Donbás. Los armamentos aliados han fortalecido la capacidad ofensiva-defensiva de Ucrania.

Putin ordena una movilización parcial de hombres para la guerra. Corre ansioso para mostrarse “vencedor” y organiza un referendo de anexión a punta de fusil en las provincias ocupadas, un referendo que ni él mismo se lo cree.

Los partisanos ucranios acosan en las zonas ocupadas, atentados y sabotajes. Nada está seguro para los rusos. Le lanza a la alianza atlántica la bravuconada de recurrir al armamento atómico. Unos lo ponen en duda; Biden, en cambio lo toma en serio y advierte a Putin que si Rusia emplea armas tácticas atómicas en Ucrania recibirá una fuerte represalia. Hace bien, pero haría mejor, no aflojar la mano y decidirse a dotar a Ucrania con una poderosa fuerza aérea, con lanzadores de misiles poderosos y tanques de guerra muchos tanques de guerra, para fortalecer el potencial ofensivo del ejército ucraniano.

Un colosal golpe a su ego lo sufre Putin con la explosión de su querido puente que enlaza Rusia con la península de Crimea. No lo soporta, no le importa si fue un hecho casual, o si fue Ucrania quien tuvo la iniciativa, prefiere acusar a Ucrania de “terrorista”, sin embargo, si la acción fue conducida por los servicios de inteligencia ucranianos, justificada está, sería la respuesta legítima de un país agredido contra los medios del invasor. Se enfurece Putin y comienza a desperdiciar misiles lanzándolos sobre objetivos, principalmente civiles, en Kiev y en otras ciudades de Ucrania.

Hacen daño esos misiles, acto criminal contrario a las leyes sobre la guerra, pero no afectan en mucho a la capacidad militar ucraniana y enardece más a los ucranios para enfrentarse al Atila ruso que, con sus caballos coheteriles pretende no hacer crecer la hierba en suelo ucraniano. Es la desesperada respuesta de quien sabe que está perdiendo la partida. Palos a ciegas que pueden volverse en contra suya. Putin con ese volar de buitres de acero sobre cielos ucranianos está de hecho, reconociendo su derrota.

miércoles, 31 de agosto de 2022

VOSTOK 2022. EL EJERCICIO DE LOS MALOS MAS MALOS

Mario J. Viera


Mañana comenzará un gran ejercicio militar en el lejano oriente asiático y el mar de Japón. Todo un alarde de fuerza que quiere hacer Putin, tratando de advertirle al Occidente que Rusia mantiene su poderío bélico, y hacerle creer a los rusos que la guerra en Ucrania para nada le afecta en su capacidad su capacidad militar y que no está desesperado por la resistencia del ejército craniano y sus partisanos en las zonas ocupadas por los invasores. No importa que la economía rusa esté en sus peores momentos bajo las numerosas sanciones que la UE, Gran Bretaña, Estados Unidos, Canadá, Australia y Japón le han impuesto, no le interesa para nada al zar Putin erogar millones de rublos en un descabellado ejercicio militar, donde emplea más de 50 mil efectivos de tropa, un enorme despliegue aéreo y 60 buques de guerra. Lo que le importa es el posible efecto que ello pudiera, así lo cree, genera entre los líderes del Occidente y de la OTAN.

Allá va el Vostok 2022 (Oriente 2022) con el criminal de guerra Valeri Gueràsimov, el jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia al frente de los contingentes multinacionales que realizarán el juego de guerra fuso-chino. Allá participando en la payasada militar se encuentran fuerzas de la República Popular de China (comunista) que también quiere parte de la tajada de la propaganda putinista. Sí China comunista también intenta enviar un mensaje a Occidente, advertirle que forma alianza con Putin ─ lo que demuestra que es cómplice de Rusia en la agresión a Ucrania ─ y mostrar que China está muy brava, bravísima con la visita de Nancy Pelosi a Taiwán y el apoyo que Estados Unidos le está prestando a la defensa de la disputada isla por los mandarines del Buró Político del Partido Comunista de China.

Dos malos juntos; pero hay otros también deplorables. Junto al zar ruso y a los mandarines chinos, van de pareja, los representantes de las dictaduras que gobiernan en las que fueran repúblicas de la Unión Soviética, Azerbaiyán, Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, y Tayikistán.

¿Quiénes más? También Mongolia que supuestamente llegó a ser un “aliado estratégico” de Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump; pero parece ahora ser un aliado estratégico de China comunista y Rusia de Putin. ¿Qué decir de Argelia y de Laos, que participan en el Vostok? ¿Y la India que se mueve en medio de las dos aguas, pero se moja más con las de China? La mequetrefe fuerza militar de Nicaragua también va de paseo al Vostok; es que Daniel Ortega se siente muy vinculado a Putin. Siria es otro de los más malos en el paseíto por el Mar del Japón.

Sin embargo, hay dos ausencias destacadas en los juegos militares de Putin y Xi: Cuba y Venezuela; ¿Por qué? Ambos estados están entre los más malos y debieran contarse entre los participantes del Vostok. ¿Los han discriminado? ¿Deslealtad hacia Rusia de Cuba y Venezuela? No es posible, Maduro y Díaz-Canel le están tan agradecidos a Rusia y en especial a Putin…

miércoles, 3 de agosto de 2022

¿Y BIRMANIA, QUE?

Mario J. Viera

 


Birmania es una dictadura militar con fronteras con China y la India, en el sudeste asiático. Es un enclave geopolítico muy importante en las aspiraciones de Putin y su distópica teoría euroasiática. Serguéi Lavrov, el ministro de relaciones exteriores de Putin está de visita en Birmania. Busca estrechar sus lazos diplomáticos (la realpolitik de Putin) con el régimen militar impuesto tras el golpe de estado del 1 de febrero de 2021, que derrocó al débil gobierno democrático de la Premio Nobel por la Paz Aung San Suu Kyi.

Por su parte el tirano birmano Min Aung Hlaing ha visitado por dos ocasiones a Rusia, donde, de acuerdo con EFE, visitó las principales agencias armamentísticas rusas.

El golpe de estado fue rechazado por la población birmana con actos noviolentos de manifestaciones de protesta que fueron reprimidos a tiros por los militares, La noviolencia de la oposición birmana pasó a convertirse en insurrección armada.

Según la Asociación para la Asistencia de los Presos Políticos, al menos 2.145 personas han muerto a manos de los militares, mientras que casi 15.000 personas han sido arrestadas de forma arbitraria,

La UE ha impuesto sanciones económicas contra la tiranía birmana, desde los primeros días, luego del golpe militar, incluyendo a Min Aung Hlaing, a altos funcionarios del régimen, así como a varias empresas vinculadas con los golpistas. Según el jefe de la diplomacia de la UE, Josep Borrell, con esas sanciones se estaba enviando un mensaje claro a los dirigentes militares: “seguir en la vía actual apenas traerá sufrimientos y no le dará jamás ninguna legitimidad". Los militares se han reído de tal advertencia, como es común en toda dictadura cerrada, donde todos los poderes legislativos y judiciales están bajo su total control, la carga de las privaciones se deja al pueblo. Estados Unidos y Gran Bretaña también han impuesto sanciones contra dos conglomerados empresariales controlados por altos cargos militares de la tiranía birmana.

Hoy, Estados Unidos debierá considerar y tratar el caco birmano como una potencial amenaza a su seguridad nacional y a la de la UE. Todo lo que internacionalmente favorezca a los intereses rusos y chinos afectan a la seguridad de Occidente.

Como se informó por la agencia suiza SWI, el relator especial de Naciones Unidas para Birmania, Tom Andrews advirtió que las medidas tomadas contra los militares golpistas "no están a la altura de lo que se requiere para evitar una crisis cada vez más profunda"; y expuso: "Las limitadas sanciones impuestas por los Estados miembros no cortan el acceso de la junta a los ingresos que ayudan a sostener sus actividades ilegales, y la lentitud de la diplomacia está fuera de sintonía con la escala de la crisis".

Mientras tanto, China, observa con tranquilidad la situación birmana, como reporta la página web de SupChina, el embajador chino en Birmania, Chen Hai declaró: “Tanto la Liga Nacional para la Democracia como el Tatmadaw (el ejército birmano) mantienen relaciones amistosas con China”. China tiene intereses comerciales con Birmania y la situación interna en ese país, según lo ve SupChina, pueden constituir una amenaza para las empresas internacionales de China en el país, como en el Corredor Económico China-Myanmar. 

Como reporta EFE, China es, junto a Rusia, el principal exportador de armas a Birmania; Rusia y China son los principales aliados del régimen militar tras la sublevación castrense.

El caso birmano tiene que ser tratado por Occidente como un asunto de realpolitik, como ya lo está ya considerando Putin a su favor. Las democracias de Europa y de América debieran prestar asistencia y apoyo a los insurrectos de Birmania y, al mismo tiempo, alentar al movimiento de resistencia noviolenta que ha sido constreñido en Birmania. Según la reportera del New York Times, Hannah Beech, “En la actualidad (5 de abril de 2022), lejos de consolidar su dominio sobre el país, el ejército birmano, conocido como el Tatmadaw, se ve obligado a luchar en decenas de frentes, desde las tierras fronterizas cerca de India, China y Tailandia hasta las aldeas y pueblos del corazón del país. Las escaramuzas suceden casi a diario, y también se registran bajas”.


sábado, 16 de abril de 2022

UCRANIA: POLÍTICA Y MORAL

 

Fernando Mires Blog POLIS

 


Conmoción produjo en los medios de comunicación alemana el hecho de que el Presidente Zelenski de Ucrania no hubiera admitido la participación del presidente de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, en la comitiva visitante formada por Polonia y los tres países bálticos. El hecho de que el presidente alemán hubiese sido “irrespetado” desde Kiev, no fue precisamente – según gran parte de la prensa alemana ─ una demostración de tacto diplomático. Tampoco las razones aducidas. Steinmeier, afirman los críticos de Zelenski, ya se había disculpado públicamente de su larga participación en el proyecto Gasprom-2 que llevaría a Alemania a una ominosa dependencia estratégica con respecto a la Rusia de Putin.

Nadie puede arrogarse el derecho a repartir culpabilidades por hechos ocurridos en el pasado, aunque estos hubiesen incidido en el presente. Nadie sabe tampoco hacia dónde conducirán los sucesos de hoy. Nadie, en fin, puede ser declarado responsable por lo que no ha previsto. El camino que conduce al infierno está sembrado de buenas intenciones, ha demostrado ser un dicho muy sabio.

Por los motivos expuestos, no parece entonces fuera de órbita pensar en que lo sucedido no fue una consecuencia de la actitud exageradamente condescendiente que mantuvo el presidente Steinmeier durante más de veinte años con la Rusia de Putin, sino de razones más recientes. Una pista nos la dio el mismo Zelenski al señalar que él estaría muy contento de recibir en Kiev al canciller Scholz. Evidentemente, no se trata de una preferencia personal de Zelenski por Scholz. O de una animosidad también personal en contra de Steinmeier. Después de todo, Scholz y Steinmeier pertenecen al mismo partido. Las implicaciones en los negocios del gas entre Rusia y Alemania comprometen no solo al actual presidente, también a una cantidad de funcionarios socialdemócratas y democristianos, comenzado por el propio ex canciller Gerhard Schöeder (hoy afincado en Moscú) y quizás al mismo Olaf Scholz. Podemos pensar así que para Zelenski, más gravitantes que los acontecimientos del pasado, son las actuaciones recientes de la clase política alemana a la que Steinmeier representa. Y entre ellas, la más grave es la de no haber apoyado desde un comienzo y de un modo contundente a la lucha de liberación nacional que libran los patriotas ucranianos en contra del invasor ruso.

Basta decir que en materia de envío de armas a Ucrania, Alemania figura en el quinto lugar, posición muy penosa para un país considerado como la primera potencia de Europa. La ayuda de Alemania, comparada con la de otros países europeos, ha sido tardía, indecisa, y lenta. Eso lo dicen abiertamente los políticos europeos. De ahí que, probablemente, al no aceptar la presencia de Steinmeier y sí la de Scholz, Zelenski intentó hacer una diferencia simbólica que, evidentemente, no entendió la clase política y mucho menos la prensa alemana. Esa diferencia deriva de las distintas funciones que cumplen Steinmeier y Scholz.

Mientras Steinmeier representaría a la autoridad moral del Estado, Scholz, en tanto canciller, representa a la autoridad política. Como es obvio, Zelenski está obligado a mantener relaciones políticas con el gobierno alemán. No así con su representación moral. Traduciendo la simbología de Zelenski a un lenguaje político, podemos decir que el presidente ucraniano intentó hacer una separación entre la Alemania moral y la Alemania política. Hilando más fino, Zelenski habría querido demostrar que, en el caso de Alemania, la moral y la política no caminan tomadas de la mano o, lo que es parecido: que hay una disociación entre moral y política no advertida en los burocratizados círculos de poder alemán.

Esa disociación entre política y moral a la que apunta Zelenski es grave, y lo es tanto para la política como para la moral. Cerrar esa disociación es, en consecuencia, uno de los imperativos categóricos para la realización de una buena política y de una buena moral. Así lo estableció Immanuel Kant en uno de sus más conocidos y célebres dictámenes. “La verdadera política” – escribió el gran filósofo- “no puede dar ningún paso sin pagar tributo a la moral. Y si la política es un arte muy difícil, unir la moral y la política no es ningún arte pues ambas forman un nudo que no se puede desatar en tanto ambas (política y moral) no entren en conflicto”. (Paz Perpetua, 1795)

Si seguimos las palabras de Kant, es evidente que para el presidente de Ucrania existe en Alemania un conflicto entre política y moral, un conflicto negado desde Alemania por una parte de su clase política. El argumento de esa negación es que Alemania ha solidarizado económica y militarmente con Ucrania, aunque no al precio de poner en peligro su economía o el bienestar de sus habitantes. Como dijo en un foro televisivo un representante de gobierno: para seguir ayudando a Ucrania y a otras naciones no podemos arruinar nuestra economía. Desde un punto de vista formal, suena bien. Y sin duda sería una posición correcta si partiéramos de la premisa de que se trata solo de ayudar a un país caído en desgracia frente a un brutal invasor. Sin embargo, esa, como han advertido con vehemencia tres miembros del partido Verde –Anton Hofreiter, Marieluise Beck y Ralf Fücks- es una falsa premisa.

No se trata de que, la hecha a Ucrania, sea una agresión a un país europeo que no es miembro de la NATO ni de la UE, sino a todo el Occidente político, como no ha tratado de ocultarlo el mismo Putin. En otras palabras, en Ucrania está teniendo lugar en estos momentos una guerra en contra de toda la Europa democrática. Los ucranianos están defendiendo a su país, pero también a todos los acuerdos y leyes nacionales e internacionales que hicieron posible a la Europa de hoy. Como dijo claramente Zelenski en un mensaje dirigido a los gobiernos europeos: nosotros estamos conteniendo a un enemigo mortal para que ustedes vivan en paz. La ayuda que exigimos no es solo para nosotros, es también para ustedes

En fin, estamos hablando de una guerra que no solo compromete a Ucrania, las instituciones y gobiernos europeos, sino a todo el mundo democrático.

No es casualidad que los gobiernos que apoyan a Putin sean todos autocráticos o dictatoriales. La Rusia de Putin es la vanguardia mundial de una contrarrevolución antidemocrática que tiene lugar en diferentes puntos del planeta. Dentro de Rusia, también. No deja de llamar la atención de que mucho mejor que Alemania lo entendió un país tan alejado de Europa como Australia que, sin ser miembro de la NATO, supo lo que estaba en juego y no vaciló en enviar armas a Ucrania.

Ucrania está situada en la primera línea de una batalla internacional, hay que decirlo de una vez. Son generales ucranianos, no alemanes, los que deben determinar cuáles y cuantas son las armas que necesitan para combatir al enemigo invasor. Toda Europa democrática debe ponerse a su disposición e incluso, si es necesario, bajo sus órdenes. Incluso desde el punto de vista de la pura razón económica, la que parece ser dominante en la política alemana, los gobiernos europeos deberían calcular que gastar el máximo posible en la defensa de Ucrania puede ser un buen precio comparado con lo que toda Europa tendría que pagar en caso de que Putin logre hacerse de Ucrania. Putin, que nadie lo dude, apuntará a Moldavia, Rumania, Polonia, Bosnia y Herzegovina, Finlandia, Estonia, Lituania y Letonia.

La disociación entre política y moral sobre la que alertaba Kant, ha sido llevada por Putin hacia sus máximos extremos. Putin ya es la persona más odiada del mundo. Pero eso no le interesa, mientras sea la más temida. Putin ha perdido todas sus batallas políticas. Eso tampoco le interesa: su único objetivo es ganar las batallas militares y de ellas, las más decisivas, tienen lugar en Ucrania.

De nada servirá a Occidente un triunfo moral y político si pierde la guerra militar. La libertad se defiende, y en este momento con armas y en Ucrania. Ese y no otro fue el llamado de atención que quiso estatuir Zelenski: Sacar a Alemania de su abulia burocrática y economicista para hacerla regresar al mundo real que en estos momentos no es el de la paz sino el de la guerra. 

Al no aceptar la presencia del presidente alemán en Kiev, Zelenski tuvo sus razones. Alemania debe cerrar de una vez por todas la brecha entre política y moral (o atar el nudo desatado entre política y moral, para usar la expresión de Kant) y romper así con la costra anti-política formada bajo la sombra de Angela Merkel.

Al fin y al cabo, Immanuel Kant era alemán (prusiano). La ciudad en la que nació y vivió toda su vida, Könisberg, fue anexada por el imperio ruso en 1946 y hoy lleva el nombre de Kaliningrado.

domingo, 20 de marzo de 2022

TODO TIENE UN LIMITE

Mario J. Viera



Todo, en verdad, tiene un límite, a partir del cual, no existe un “más allá”; un límite que no se puede traspasar. Todo tiene un límite, y hay que hacer todo lo posible para no llegar a ese límite del “non plus ultra”. La criminal guerra que sufre Ucrania bajo las botas, las orugas y los misiles rusos tiene un límite inadmisible: La claudicación de Ucrania ante el avance de las tropas rusas. ¡Hasta ahí no se puede llegar!

Toda Ucrania se ha alzado en defensa de su soberanía ofreciendo una, que puede calificarse de, heroica resistencia frente a los invasores.

Putin ha accedido a realizar conversaciones ruso-ucranianas sin hacer un alto al fuego. Con esa decisión el dictador ruso pretende dar la imagen de estar abierto al diálogo, cuando en realidad lo que busca es, tal como lo definió el analista político y editor Winfried Schneider-Deters y lo ratificó la ministra británica de Asuntos Exteriores, Liz Truss, levantar un “cortina de humo” para ganar tiempo y para reagrupar tropas con las que acometer una mayor ofensiva.

En la sexta ronda de conversaciones, el régimen putinista ha presentado un proyecto de reclamos humillantes para Ucrania. Impone como condicionante para alcanzar una imaginaria paz, primero, la renuncia de Ucrania a integrarse como miembro de la OTAN; segundo, reconocer la anexión de Crimea por parte de Rusia; tercero, reconocer la independencia de las “repúblicas populares” de Donetsk y Lugansk; cuarto desarme de Ucrania; declararse Ucrania neutral al estilo de Suecia y Austria.

Ante estos reclamos de Putin, el presidente Zelensky ha dejado en claro cual es la posición de Ucrania: “Mis prioridades en las negociaciones son absolutamente claras: el fin de la guerra, las garantías de seguridad, la soberanía, la restauración de la integridad territorial, las garantías reales para nuestro país, la protección real para nuestro país”.

Esto deja bien en claro lo que sufriría la soberanía de Ucrania, si Putin logra doblegar la resistencia que está enfrentando. Ucrania, no puede rendirse; no puede caer bajo la esfera rusa. Para alcanzar este propósito el compromiso de Occidente con Ucrania debe ser contundente, decidido, firme. Hay que hacerle ver a Putin que Occidente no esté dispuesto llegar a ese límite del no retorno, del no más allá.

Y ese límite ya lo ha impuesto la encarnizada guerra de agresión de Rusia contra Ucrania. ¿Conversaciones? ¿Hasta cuándo hay que continuar conversando con Putin? Todo tiene un límite. Como lo declaró el representante demócrata de Massachusetts, Stephen Lynch, durante una visita bipartidista de Estados Unidos en Polonia, que mientras Putin continúe con la agresión, “sólo hay una manera de responder a eso y es la fuerza militar”, El de ahora es un “momento crucial para el mundo”, como lo expuso el primer ministro británico Boris Johnson; es también el comienzo de “una nueva era de intimidación”, si Putin logra vencer en Ucrania. “Un Putin victorioso ─ consideró Johnson ─ no se detendrá en Ucrania. Y el fin de la libertad en Ucrania significará la extinción de toda esperanza de libertad en Georgia y después Moldavia, significará el comienzo de una nueva era de intimidación en toda Europa oriental, desde el Báltico hasta el mar Negro”.

Por el momento, como asegura Lynch. “La acción más urgente que podemos realizar es asegurarnos de que los combatientes ucranianos —esos valientes patriotas que luchan por su libertad — tengan todo el equipamiento, todos los suministros y todo el apoyo que podamos ofrecerles”. Por el momento, como lo dijo Zelensky el día 23 de la invasión: "Esta es la única oportunidad para que Rusia reduzca el daño de sus propios errores. Quiero que todo el mundo me escuche ahora, especialmente en Moscú. Es hora de reunirnos, es hora de hablar, es hora de restaurar la integridad territorial y la justicia para Ucrania. De lo contrario, las pérdidas de Rusia serán tales que necesitará varias generaciones para recuperarse. Hemos ofrecido diálogo, hemos ofrecido soluciones de paz”. Ya se ha llegado al límite y hay que imponer una línea roja.  Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, la Unión Europea y la OTAN tiene que imponerle un ultimátum a Putin para sacar sus tropas de Ucrania y respetar su integridad territorial. Si a Putin no se le enfrenta militarmente, no se detendrá.

Es importante, sí, como lo reconoce Volodymiyr Zelensky que. si solo hay un uno por ciento de posibilidades para detener la guerra, Ucrania debe aprovechas esa oportunidad. “Las fuerzas rusas ─ explicó Zelensky a la CNN ─ han venido a exterminarnos, matarnos. Y podemos demostrarlo con la dignidad de nuestro ejército que somos capaces de asestar un golpe poderoso. Somos capaces de devolver el golpe. Pero desafortunadamente, nuestra dignidad no va a preservar las vidas”. Es correcto, es útil que Ucrania utilice “en cualquier oportunidad para tener la posibilidad de negociar, la posibilidad de hablar con Putin”. Pero si todos estos diálogos, todas esas negociaciones, por culpa de Putin, fracasan, entonces, eso como lo avizora Zelensky, “significaría que esto es una tercera guerra mundial”.


domingo, 13 de marzo de 2022

"No vamos a librar una guerra contra Rusia en Ucrania" (Joe Biden)

 

Mario J. Viera



Hay que evitar una “confrontación directa entre la OTAN y Rusia”, ha declarado el presidente de los Estados Unidos Joe Biden. Me pregunto si, luego de todas las poderosas sanciones económicas que se han impuesto contra Rusia, sin lograr hacer desistir al Hitler eslavo de continuar la agresión contra la República de Ucrania ¿quedará alguna otra medida de contención que no sea el enfrentamiento armado contra los invasores rusos?

La Bielorrusia de Lukashenko está a un paso de iniciar un ataque contra Ucrania en apoyo a los proyectos de Putin; ya ha concentrado ante su frontera con Ucrania a cinco batallones tácticos; ¿habrá que cruzarse de brazos ante el próximo invasor? ¿Quedan todavía espacios para la diplomacia? La confrontación entre fuerzas rusas y de la OTAN no podrá evitarse dadas las evidentes intenciones de Putin y su delirio de la Gran Rusia. El costo en vidas de soldados provocado por la insidia de Putin es elevado, 1.300 soldados ucranios y 12.000 soldados rusos. Los civiles muertos durante la operación rusa en suelo ucranio se cuentan por cientos. A Putin nada le importa la vida ni de ucranios ni de rusos, solo le importa mantener su poder dictatorial sobre toda Rusia. ¿Se detendrá?

A la conclusión de la recién celebrada Cumbre de Versalles, donde se dieron cita los representantes de los 27 estados que integran la Unión Europea, se le preguntó al presidente de Francia, Emmanuel Macron, “¿No tienen ustedes la impresión de ser impotentes ante la agresión rusa?” A lo que este respondió anunciando que se contemplan “nuevas medidas, hasta convencer a Putin de negociar con el presidente de Ucrania una salida diplomática. Esa es nuestra posición. La UE no está en guerra contra Rusia”. Ciertamente, la UE no está en guerra con Rusia, es Rusia la que está en guerra contra la Unión Europea.

Pienso que la única propuesta diplomática que queda por tomar es la de advertirle a la Federación Rusa de que continuar la guerra contra Ucrania conllevará la ruptura de las relaciones diplomáticas. ¿Cuál otra? ¿Expulsar a Rusia de la Organización de Naciones Unidas? Estas dos medidas fatalmente conducirían a una conflagración con Rusia.

Las tropas rusas en Ucrania se acercan a la frontera polaca, sus tropas asedian la ciudad de Lutsk; una ciudad de 216 270 habitantes y situada a solo 83 kilómetros de Polonia; y la ciudad de Ivano-Frankivsk (226,124 hab,) a 153 kilómetros de la frontera rumana. Su objetivo pudiera ser cortar los suministros de armas que la OTAN, Estados Unidos y Europa pudieran envían a Ucrania, desde Polonia y Rumanía, como pudiera ser también enviar una advertencia a la OTAN.

Putin teme la llegada de la primavera con el derretimiento de la nieve sobre los suelos chernozem que se enfangarían, de tal modo que, dificulte el avance de sus equipos pesados. Quiere terminar cuanto antes.

Moldavia, Georgia y Finlandia se ubican dentro del azimut expansionista de Putin. Moldavia por se dos países que fueron partes de la desaparecida Unión Soviética y aspirantes a formar parte de la Unión Europea y de la OTAN. Finlandia, miembro de la Unión Europea y no miembro de la OTAN, cuya frontera está a 435 kilómetros de la ciudad rusa de San Petersburgo.

El choque entre la Federación Rusa y la OTAN, solo podrá evitarse en el caso muy poco probable de un movimiento gigantesco de masas contra Putin o su derrocamiento por un golpe de estado propinado por el muy timorato Estado Mayor de las Fuerzas Armadas rusas.

miércoles, 9 de marzo de 2022

LA GUERRA QUE NO SE PODRA EVITAR

 

Mario J. Viera


 

Por principios morales e ideológicos soy totalmente opuesto a las guerras. Las guerras solo conllevan dolor, destrucción, sangre y llanto. La guerra, como se dice en la conocida canción argentina “Solo le pido a Dios”, es un monstruo grande y pisa fuerte. Sin embargo, hay momentos históricos cuando una política de extremo pacifismo conservador conduce precisamente a la guerra; así ocurrió con los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial, iniciada el Primero de septiembre de 1939. Francia e Inglaterra, en aquel entonces, procuraban calmar las ansias expansionistas de la Alemania hitlerista; pero Hitler consideró que aquella política de apaciguamiento era la manifestación palpable de la debilidad de esas naciones, y luego de anexarse a Austria (el Anschluss), y absorber Checoslovaquia lanzó sus divisiones panzer sobre Polonia.

Ante la agresión del régimen de Vladimir Putin contra Ucrania, sin previa declaración de guerra, como lo hiciera Japón el 7 de diciembre de 1941 con el ataque aéreo masivo sobre la base estadounidense de Pearl Harbor, Europa y la OTAN no han respondido con la suficiente energía que esa agresión a Ucrania requiere. Hay que entender, acabar de entender, que la guerra de Putin contra Ucrania, no tiene solo como único objetivo impedir que Ucrania se incorpore a la Unión Europea y a la OTAN o de derrocar al gobierno legítimos de Volodímir Zelenski y sustituirle por un gobierno títere de Rusia. La mira de la agresión apunta en contra, en primer lugar, a la Unión Europea y a la OTAN, y también a los Estados Unidos.

La respuesta del mundo democrático a la criminal guerra de Putin en Ucrania, de la Unión Europea, de Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda, y hasta la históricamente neutral Suiza, ha sido la imposición de fuertes sanciones económicas a Rusia, que, aunque afectando a la economía del imperio ruso, también comportan efectos colaterales sobre sus propias economías.

Putin, por su parte, declaró que tales sanciones contra Rusia son de hecho una declaración de guerra.

Como bien lo ha expresado el periodista de BBC, Fergal Keane, “[las sancione impuestas sobre Rusia] No detendrán esta guerra porque se ha convertido en una lucha existencial para Vladimir Putin. Si pierde, sabe que sus días en el poder seguramente están contados. En su mente estará la posibilidad de ser derrocado o enfrentarse a un tribunal penal internacional (…) ¿cómo responderán los aliados cuando las sanciones no pueden hacer callar a la artillería?”.

El avance ruso por el sur de Ucrania tiene un doble objetivo, ocupar Odesa y asentar tropas ante la frontera oriental de Moldavia con Ucrania y asegurarse el apoyo de la pseudorrepública secesionista de Moldavia, Transnistria, para lanzar un golpe “preventivo” sobre Moldavia, país que formaba parte de la desaparecida Unión Soviética y que ha solicitado su ingreso a la Unión Europea. Evidentemente, Moldavia está dentro de la lista de intereses de Putin.

Estados Unidos y la OTAN tienen que hacerle claro a Putin de que están dispuestos a jugar al duro en el caso de Ucrania. Se debe acelerar la burocracia para suministrar el necesario aporte de armas letales al ejército ucranio, en misiles, artillería pesada, tanque de guerra y, sobre todo, y ya con carácter de urgencia, de aviones de combate, Los armamentos pueden ser suministrados desde Polonia, Eslovaquia y Rumanía. Ahora mismo se debe asegurar la defensa fronteriza de Moldavia aportando para ello todos los medios defensivos que resulten imprescindible.

Bielorrusia debiera recibir la presión de la OTAN en sus fronteras con Polonia. Una advertencia clara debe plantearse al dictador Alexander Lukashenko de que deberá ser neutral en el conflicto ruso-ucranio.

Se debe trazar una línea roja al régimen de Putin en cuanto a los bombardeos a ciudades ucranianas y sectores civiles, como crímenes de guerra que Occidente no puede aceptar de ninguna manera.

El Departamento de Estado deberá presionar a los principales países productores de petróleo, entre ellos Arabia Saudí, Kuwait, Libia y Emiratos Árabes Unidos para que aumenten la producción de crudos; al mismo tiempo, Estados Unidos debe aumentar sus extracciones de petróleo.

La guerra entre Rusia y el mundo democrático está a las puertas. Si Occidente no actúa firmemente para contener a la ofensiva rusa en Ucrania. El Gobierno de Zelenski ha pedido apoyo frente a la guerra criminal que Putin ha desencadenado y hay que darle ese apoyo. Si Ucrania cae la guerra será inevitable, las ansias imperiales de Putin no quedarán saciadas, todo lo contrario, serán estimuladas. Así ocurrió en 1939 cuando Hitler ocupó Polonia.

Una medida que resultaría detestable en condiciones de paz’ pero no cuando Putin ha puesto en alerta a sus fuerzas nucleares, es que Estados Unidos, ya, ahora mismo, deberá incrementar su arsenal atómico y poner en marcha toda su capacidad industrial de producción de armas. Hay que estar preparados para el escenario peor, el de la real posibilidad de una nueva guerra mundial.