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domingo, 27 de enero de 2013

"La cara de América"


La Celac tendrá el rostro del jefe de un país en el que no hay elecciones desde la década del 40 del siglo pasado y el periodismo libre es el oficio de una minoría de hombres y mujeres marginados y sin recursos

Raúl Rivero. ANALITICA.com

COMO muestra de su aguzada visión política y de su preocupación por ofrecer un testimonio claro de su perfil democrático, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) va a elegir a finales de este mes al general Raúl Castro Ruz como presidente para el periodo de trabajo de los próximos 12 meses.

La institución, integrada por 33 países de la región, designará al gobernante cubano para el cargo durante una reunión con la Unión Europea que se celebrará el lunes en la capital chilena. El anfitrión de la cita, Sebastián Piñera, pasará la presidencia a Castro, que en el 2014 la entregará a la señora Laura Chinchilla en Costa Rica.

Con esta decisión, la Celac ha querido, seguramente, enseñar su diversidad, su tolerancia y la vocación unitaria de las naciones de esa parte del mundo. Al mismo tiempo, pretende aclarar que sus mandatos originales no pueden ser un estorbo a la hora de encarar las tareas en una realidad tan compleja como la que vive hoy la Humanidad.

Fundada en México hace dos años con el objetivo de «reafirmar la preservación de la democracia y de los valores democráticos y la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho», la Celac nombra al jefe del régimen de la isla al culminar el año 2012 durante el que se duplicó la cifra de los presos políticos (hay ahora unos 90) y se realizaron 550 arrestos arbitrarios por mes a los representantes de la oposición pacífica y las Damas de Blanco.

La organización, promovida con fervor por Hugo Chávez para debilitar la Organización de Estados Americanos (OEA) y sacar del juego a Estados Unidos y Canadá, tendrá el rostro del jefe de un país en el que no hay elecciones desde la década del 40 del siglo pasado y el periodismo libre es el oficio de una minoría de hombres y mujeres marginados y sin recursos.

El nombramiento de Castro como presidente de la Celac es otra seña del recorrido todavía triunfal del populismo en el continente. Un timbre del poder de maniobra de los mentores del socialismo del siglo XXI, sus aliados y de los que se dejan querer con la mano extendida hacia el dinero de Venezuela. Y un retrato de la hipocresía, el oportunismo y la demagogia de quienes duermen con un cartel de demócratas a los pies de la cama y a la vera de la caja de caudales.

sábado, 26 de enero de 2013

Cuba al frente de la Celac: triste paradoja para la región


EDITORIAL DE LA TERCERA
En una situación que sólo cabe calificar como una triste paradoja, Cuba accederá mañana a la presidencia de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y el Caribe (Celac). Parece lamentable que el único miembro abiertamente dictatorial de esta instancia intergubernamental sea el encargado de representarla y liderarla durante un año, más aún si la Celac ha sido concebida como un organismo que tiene un “compromiso indeclinable con el fortalecimiento de la democracia” y sus integrantes dicen compartir los principios y valores del respeto a los derechos humanos.

El régimen cubano no satisface ninguno de estos requisitos que la misma Celac se ha impuesto. El hecho de que haya sido seleccionado para asumir la presidencia de ésta es una muestra de la falta de coherencia de los países que la integran. También constituye una evidencia de la escasa relevancia que ellos mismos le asignan al ente, pues es muy probable que no confiarían a un gobierno de esas características el cargo si éste tuviera importancia real.

En todo caso, el simbolismo es muy significativo, pues supone la incorporación sin cortapisas de Cuba en la comunidad latinoamericana y caribeña, concretando así un antiguo anhelo de la diplomacia de ese país. Una situación que parece inaceptable, dada la realidad política que se vive en la isla, donde el control del Partido Comunista es total y no existe posibilidad alguna de alternancia en el poder. Al mismo tiempo, el reconocimiento entregado supone una inexplicable ausencia de solidaridad y comprensión hacia los ciudadanos cubanos que sufren el diario atropello a sus derechos básicos. Por lo anterior, que La Habana ocupe la presidencia de la Celac debe ser motivo de vergüenza para un continente que en las últimas décadas ha desplegado ingentes esfuerzos para dotarse de institucionalidades democráticas.

A Chile esta realidad le afecta de manera especial. En los últimos años, el gobierno cubano ha brindado refugio a varios de los autores materiales e intelectuales del asesinato del senador Jaime Guzmán, ocurrido en 1991. De manera sistemática, La Habana se ha negado a colaborar con la justicia chilena para poner a disposición de ésta a los culpables, al punto de que existen indicios de que uno de los terroristas que atentó contra la vida de Guzmán reside actualmente en la isla junto a su pareja, quien también habría participado en la planificación del crimen. La cooperación cubana con los asesinos del parlamentario es un hecho inexcusable y de la mayor gravedad, que no puede ser pasada por alto y que cuestiona la idoneidad del gobierno de ese país para presidir la Celac.

Las autoridades nacionales han dejado en claro que representarán al gobierno cubano su inquietud en torno al tema. El Presidente de la República señaló ayer que demandará del jefe de Estado de ese país la colaboración para facilitar la investigación que llevan adelante los tribunales chilenos y La Moneda ha anunciado que le entregará al dignatario visitante documentación para formalizar tal solicitud y aportar antecedentes. Un mínimo de coherencia en la defensa de los derechos humanos y el rechazo a la violencia política terrorista exige que todos los sectores políticos del país respalden al Ejecutivo en esta materia, pues lo que está en juego aquí es más profundo que alguna ventaja partidista puntual.

jueves, 17 de enero de 2013

El nuevo líder regional: Raúl Castro


Andrés Oppenheimer

 
Parece una broma, pero no lo es: a fines de este mes, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) — una organización inter-gubernamental de 33 países que tiene entre sus objetivos oficiales el de promover la democracia — designará como su nuevo presidente al dictador cubano Gen. Raúl Castro.

Y lo que es igualmente disparatado, el general Castro se convertirá en el vocero oficial de Latinoamérica y el Caribe en las negociaciones políticas y comerciales con los 27 países de Unión Europea y otros bloques regionales durante su período de 12 meses al comando de la CELAC. Castro, que recibirá la presidencia de la CELAC de manos del presidente chileno Sebastián Piñera, deberá a su vez entregar la presidencia a la presidente de Costa Rica en enero de 2014.

Los diplomáticos europeos, que se enorgullecen de exigir una “cláusula democrática” que requiere elecciones en sus acuerdos de libre comercio con países en desarrollo, ya están levantando las cejas con frustración ante la perspectiva de aparecer sonrientes en las fotos junto a Castro, cuyo gobierno no ha autorizado ni una sola elección libre, ni ha permitido un solo periódico independiente, en más de cinco décadas.

Tal como me dijo un diplomático europeo, por más que algunos le encuentren factores que lo podrían redimir, no hay diccionario en el mundo que tenga una definición de la palabra "dictador" que no se aplique al general Castro.

Es cierto que aunque el presidente venezolano Hugo Chávez haya vitoreado la creación de la CELAC como "el evento político de mayor importancia de todos los que han ocurrido en esta América nuestra en cien años", la CELAC es considerada por muchos como un sello de goma. En rigor, la CELAC es una organizadora de cumbres: no tiene sede central, ni personal permanente, y está regida por una presidencia rotativa a cargo del país elegido para dirigirla durante un período de doce meses.

El grupo fue creado para por los países de Latinoamérica y el Caribe para reunirse sin la presencia de Estados Unidos y Canadá. Chávez, uno de sus principales promotores, dijo que espera que la CELAC pronto reemplace a la Organización de Estados Americanos (OEA), que él considera un instrumento del ’’imperio".

Pero aunque la CELAC es uno de tantos grupos regionales similares que fueron inaugurados con gran pompa y luego pasaron al olvido, tiene funciones de convenir y redactar la agenda de varias cumbres, lo que le da cierto poder.

Irónicamente, el documento fundacional de la CELAC, firmado el 23 de febrero de 2010 en la cumbre de Latinoamérica y el Caribe realizada en la Rivera Maya, México, establece específicamente que los países miembros acordaron "reafirmar que la preservación de la democracia y de los valores democráticos, la vigencia de las instituciones y el Estado de Derecho" y la vigencia de los derechos humanos "son objetivos esenciales de nuestros países’’.

¿No es un chiste que una organización regional comprometida con la democracia elija como nuevo presidente al único dictador militar de las Américas?, le pregunté al Secretario General de la OEA, José Miguel Insulza, a principios de esta semana.

Tal vez para no criticar a una organización rival, Insulza me respondió que "’el hecho de que el presidente de Chile, que no es precisamente un hombre de izquierda ni mucho menos, le entregue la CELAC a Raúl Castro indica un clima de entendimiento y tolerancia que existe hoy día en América latina".

Mi opinión: Con todo respeto, no estoy de acuerdo. Este no es un problema de izquierda o derecha, sino de democracia o dictadura.

Desafortunadamente, Castro, Chávez y otros han logrado hacer resucitar en el discurso político latinoamericano las viejas etiquetas de “derecha” e “izquierda”, rótulos que carecen de sentido en el mundo de hoy, en el que China — el mayor país comunista del mundo — se ha convertido en la Meca del capitalismo.

Como alguien que siempre se opuso a las dictaduras, ya sean de derecha o de izquierda — y que condenó de inmediato tanto el intento golpista de Chávez de 1992 como el intento golpista contra Chávez de 2002 —, no creo que la designación del general Castro como nuevo líder de la CELAC sea un síntoma de una “nueva tolerancia” que deba ser aplaudido.

Por el contrario, es una traición a los principios democráticos y de defensa de los derechos humanos por los que muchos han luchado mucho tiempo.

Si los presidentes latinoamericanos quieren ser tomados en serio, deberían o bien eliminar del documento fundacional de la CELAC toda referencia a la democracia y los derechos humanos, u olvidarse de nombrar al general Castro como su nuevo líder.

La CELAC no puede afirmar que defiende la democracia, y al mismo tiempo nombrar como su nuevo presidente al dictador más antiguo de la región.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Celac: blindaje para los autoritarios

Ricardo Trotti

Las principales causas del deterioro de la democracia y de la calidad de vida en Latinoamérica, son la inseguridad pública, la corrupción, la subordinación de la justicia, el fraude electoral y las violaciones a la libertad de prensa y de expresión. Sorpresivamente, ninguna de estas fue abordada en los 40 puntos de la Declaración de Caracas, documento fundacional de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), aprobado por los presidentes de la región.

Lejos de las necesidades y pesares de los ciudadanos, la Declaración promulgada el fin de semana pasado en Caracas puso énfasis en la política ideológica del anfitrión y mentor de la nueva sociedad, Hugo Chávez, y de una orquesta de socios que tampoco se caracteriza por sus prácticas democráticas, como Rafael Correa, Raúl Castro y Daniel Ortega.

El documento constitutivo de Celac suena como una canción de protesta de Calle 13. En la flamante Comunidad, en lugar de discutirse sobre temas que realmente conectan a la gente con sus gobernantes; transparencia y anticorrupción, inseguridad y salud, empleos y comercio, innovación y tecnología, se habló sobre autodeterminación de los pueblos y el principio de no injerencia, características de un discurso politizado y resentido, que nos retrotrae a la década de los 70 y la Guerra Fría.

Descompasados con la actualidad, los principios esbozados no tuvieron la intención de integrar a la región económicamente y blindarla de colonialismos pasados como vendieron los discursos. Más bien, pareció que los gobiernos más autoritarios crearon su propia coraza para impedir que en sus países se supervise el cumplimiento de los derechos humanos, acción que universalizó la Convención de Viena de 1969, por encima del derecho interno y de la Constitución de cada país.

No es casualidad que los mayores deudores con los derechos humanos, Cuba, Venezuela, Ecuador y Nicaragua fueran los más estentóreos en esta Cumbre.

De esta forma, Chávez y Correa –sin el contrapeso que otrora ejercían presidentes de la vereda de enfrente como Alvaro Uribe, Alan García, Oscar Arias o Vicente Fox– se sintieron a sus anchas, más libres y arrogantes para pedir el reemplazo de la Organización de Estados Americanos por la Celac, para criticar el método de protección de derechos humanos reconocido como el más funcional del mundo, con su Comisión y Corte interamericanas, y para reprender a los medios de comunicación privados, a los que le atribuyen propiedades antibolivarianas y un poder fáctico, causante del “gravísimo problema planetario”.

La Celac nació con muchas contradicciones. No solo excluyó a dos de los socios comerciales, militares y de mayor influencia en la región y el mundo, como EEUU y Canadá, sino que incorporó a la mesa a Raúl Castro en el mismo momento que en su país se reprimía brutalmente a los disidentes y a Daniel Ortega, quien ganó su tercer mandato pese a una reelección prohibida por la Constitución, y desoyendo a veedores de la OEA y la Unión Europea que denunciaron fraude en el proceso electoral.

En realidad, si de alguna integración se puede hablar, es que en la Celac se mezclaron sistemas democráticos, autoritarios y dictatoriales, incluyendo a varios pequeños países caribeños angloparlantes, sumisos y silenciados por los petrodólares de Chávez. Lo más penoso, empero, es que esa composición se legitimó con la venia y los aplausos de Dilma Rousseff, Juan Manuel Santos, Felipe Calderón y Sebastián Piñera, quienes no deberían tragarse aquello de que la autodeterminación y la soberanía pesan más que la democracia.

La Declaración de Caracas, que tuvo la misión de demostrarle al mundo en crisis económica los beneficios de la integración regional, sin embargo, solo sirvió para fortalecer el discurso político de las “revoluciones ciudadanas”, que a diferencia de las sociales como las de países árabes, en las de América Latina es solo una careta para que los gobiernos tomen el poder absoluto.

La Celac no es genuina, sino retórica y pura cháchara. Servirá para fundir en bronce a líderes ficticios, como antes el Unasur hizo con Néstor Kirchner. Por su composición ideológica no tendrá larga vida, durará tanto como duren los gobiernos que la incentivaron.

¡Arriba la Carpa! Ha nacido la CELAC

Ernesto Morales. MARTINOTICIAS.

Que la primera cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, la recién nacida CELAC, iba a ser un pintoresco circo donde se ventilarían algunos de los peores hábitos de nuestra porción latinoamericana, era cosa sabida. Lo que no sabíamos era las dimensiones de la carpa, la variedad de números que interpretarían sus protagonistas, y los raros especímenes que integrarían los actos circenses.

¿Quién no contaba con que la estrella de cartel iba a ser el abotagado presidente de Venezuela, a quien ni siquiera las terribles células cancerosas le han llamado a la sensatez?

Hugo Chávez ha conseguido erigirse arlequín oficial de todo cónclave al que asiste. Baste recordar la Cumbre Iberoamericana de 2007, donde fuera conminado a callarse por un rey Juan Carlos I a quien le pudo demasiado la incontinencia verbal del gobernante; o la Cumbre de Trinidad y Tobago de 2009 donde, en uno de esos actos pretendidamente simbólicos y verdaderamente ridículos, le obsequió a Barack Obama un ejemplar de “Las Venas Abiertas de América Latina”.

(Nunca quedó claro si el gesto tenía una finalidad simbólica o era solo un espaldarazo a la economía de su camarada Galeano: tras el obsequio a Obama, “Las Venas Abiertas de América Latina” pasó del puesto 60 280 de libros más vendidos de Amazon, al puesto 10. Un milagro comercial).

Ahora, un Chávez de rusticidad inagotable hizo de hombre orquesta: describió con movimientos manuales y simpáticas onomatopeyas (“Rrrrrrrrrrr”) cómo le habían mirado por dentro los scanners cubanos; obsequió a Cristina Fernández un gigantesco cuadro de Néstor Kirchner, que aun sin el triplicado estrabismo representado por el artista era per sede pésimo gusto;  y puso luego la guinda a su pastel: entregó el mando provisional de la CELAC a un presidente de Chile que llegó a Caracas con Sebastián por nombre, y regresó a Santiago rebautizado por Chávez como Samuel.

Sebastián “Samuel” Piñera es, a mi juicio, figura de primera importancia esta vez. Y no por un heroico y hollywoodense rescate de mineros. Pero dejémoslo para X párrafos más abajo.

¿Alguien dudó de que otros incidentes de comicidad probada condimentarían la cita que, según las cifras siempre neblinosas del gobierno de Caracas, costó a Venezuela unos 25 millones de dólares?

Allí se apareció el hosco presidente de Uruguay, José Mujica, con una campera del ejército venezolano que más que un atentado a la moral del ejército uruguayo era un crimen de lesa estética. Bajo el simpatiquísimo acto de Mujica, con su sempiterno parecido a un armadillo amable, cabe citar las palabras del senador uruguayo Ope Pasquet en declaraciones radiales a El Espectador: “La imagen del Presidente es la imagen del país, y la imagen del Presidente vestido así, es la imagen de un paisito”.

Entre las especies endémicas imposibles de obviar en semejante Cumbre, estaba Fidel Castro. El viejo fue. A través de la boca de su hermano.

Como disculpándose por ser tan poquita cosa, tan poquito Presidente, Raúl Castro pegó pie en Venezuela y se excusó: “El que de verdad debería estar aquí es Fidel. Él es quien lo merece”. Y por supuesto, lo dijo con esa voz tan suya, tan retrasada en frecuencias.

Durante su intervención en la cumbre, con un discurso que mal le escriben y él peor lee, Raúl Castro debió interrumpir sus palabras y preguntar si los cañonazos que escuchaba eran la guerra de Chávez contra los mosquitos. Refinadísimo sentido del humor. No, el General no tiene quien le diga que con esos cañonazos los acólitos de Chávez acallaban el cacerolazo del pueblo venezolano reclamando alimentación.

Y alguien para quien la alimentación es asunto de primera prioridad, es el grácil Evo con quien comparto apellido. Morales aseveró que en la nueva comunidad, sin la presencia del perturbador Estados Unidos, se podrá debatir “cómo hacer frente a la crisis energética, económica y alimenticia que asola a los países de la región”.

Sí, a Evo le preocupa la alimentación de su gente. Por eso ha excluido el pollo del menú boliviano: él sabe, él sabe muy bien que los pollos hormonados producen calvicie y homosexualidad, según inmortalizara en otro discursito, y eso no puede darse entre sus camaradas de coca y poncho.

Sin embargo, el acto quizás menos visible y al mismo tiempo el más escandaloso; el número representado con sutileza, sin los reflectores de espectáculo, era otro. Era el que protagonizaban presidentes democráticos, decididamente alejados de los populismos y sus derivados totalitarios, como Sebastián Piñera, Felipe Calderón, Juan Manuel Santos, y Ricardo Martinelli, reunidos y revueltos con gobernantes de la repulsiva talla de Daniel Ortega, Raúl Castro, Evo Morales, Rafael Correa y el anfitrión Hugo Chávez.

Definitivamente no consigo encontrarle explicación sensata.

¿De qué Unidad Latinoamericana me hablan, qué funcionalidad como estructura de cooperación puede existir entre países comandados por empresarios de centro-derecha como Piñera y el panameño Martinelli, y aquellos administrados por individuos de izquierdismo feroz y mentalidad autoritaria como Raúl Castro y Daniel Ortega?

Peor aún: no creo que ninguno de estos estadistas reunidos en la I Cumbre de la CELAC ignorara que esta organización, concebida milimétricamente por el cerebro chavista, no persigue ni de lejos una finalidad económica. Antes, mucho antes, tiene un objetivo político: distanciarse de los dos únicos países de América que no fueron invitados a integrar el grupo. Estados Unidos y Canadá.

Si, como es un secreto a voces, la principal directriz de la CELAC era diluir a la Organización de Estados Americanos (OEA); si únicamente suplantar a la OEA por otra comunidad con más respaldo y credibilidad era su esencia, creo que yo mismo habría firmado su ejecución. Se trataría de echar tierra final sobre un organismo torpe e inútil como pocos, cuya agónica vida no me molestaría demasiado apurar en su final.

Sin embargo, dar cuerpo a una CELAC de predominio económico y estratégico chavista y castrista, estableciendo unas distancias con Estados Unidos que podrían ser definidas como francamente hipócritas (¡hasta las cápsulas Fénix conque rescataron a los 33 mineros fueron fabricadas por la Armada de Chile junto con la  NASA estadounidense!), me ha parecido de un descalabro ético y moral sin parangón en la historia reciente.

Feo historial comienza a delimitarse en torno al empresario Piñera, uno de los políticos con más vocación democrática y pensamiento liberal de toda la región, si no tiene escrúpulos en dirigir una troika regente de la CELAC cuyos otros dos miembros son nada menos que Hugo Chávez y Raúl Castro. Desde pequeño me enseñaron lo que sucede a quien a mal árbol se arrima, y lo que te dirán si dices con quién andas.

La gran carpa de la CELAC se alzó en Caracas, divirtió a muchos, sorprendió con sus actos estrafalarios a otros. Pero al caer el manto colorido y apagarse el bullicio, una extraña sensación de farsa latinoamericana, de populismo de unos entrelazado con oportunismo de otros, le dejó la sonrisa congelada a demasiado público atento.

Contextualizando y ampliando el espectro de la más famosa frase del desencanto peruano, parece que durante mucho tiempo seguiremos preguntándonos, como aquel delicioso personaje de Vargas Llosa, en qué momento se nos jodió la región.

jueves, 8 de diciembre de 2011

La cumbre de la Celac

Adolfo R. Taylhardat.  EL UNIVERSO, Caracas

Un análisis de lo que fue la Cumbre de la Celac que tuvo lugar el fin de semana pasada desbordaría los límites del espacio de que dispongo para esta columna. Requeriría hablar de las cursilerías que la rodearon como fueron la develación del cuadro, de pobrísima calidad artística, que pintó el führer para su "reina" donde aparecen él y el expresidente Kirchner; el cambio de nombre del salón del Consejo de Ministros de Miraflores, que ahora se llamará "Salón Kirchner"; la decisión de declarar día de asueto el viernes para permitir que las caravanas de los mandatarios extranjeros pudieran desplazarse rápidamente ─ lo que por cierto tuvo el efecto contrario porque las autopistas y avenidas se llenaron de vehículos de gente que aprovechó el día para hacer compras de navidad ─; la charla descriptiva del tratamiento que ha recibido para su propia enfermedad, que ofreció a los visitantes extranjeros, transmitida, además, por radio y televisión; y pare de contar.

También habría que hablar de los abusos que rodearon ese sarao, comenzando por la millonada que costó y lo que habría significado ese dinero se se hubiera dedicado a resolver tantos problemas que aquejan a los venezolanos, pasando por el despliegue de guardias nacionales, efectivos de la PNB y milicianos por toda la ciudad, hasta llegar a la la toma militar de los hoteles donde se hospedaron los mandatarios y la encerrona de la reunión en el Fuerte Tiuna para impedir que la disidencia pudiera hacer contacto con los ilustres visitantes.

Pero ya ésta enumeración se ha llevado gran parte del espacio de que dispongo, así que paso a los aspectos sustantivos.

Dentro del secretismo que prevaleció en la preparación y desarrollo de la reunión, los medios pudieron obtener y publicar algunos de los entretelones, que luego han quedado confirmados al concluir el evento. El tema del mecanismo de toma decisiones en la nueva institución internacional puso en evidencia las divergencias entre los gobiernos. Unos preconizaban el consenso y otros, teniendo presente las experiencias vividas en diferentes organizaciones, propusieron que cuando no fuera posible lograr consenso, se decidiera mediante el voto con una mayoría calificada. Al final quedaron en que ni lo uno ni lo otro. Se aplicará el consenso durante un año para ver cómo opera. Según el Subsecretario brasileño para Asuntos de América del Sur y el Caribe "Tenemos que dejar funcionar el organismo por algún tiempo. Tal vez no necesitemos votar. ¿Por qué votar si todos los mecanismos de la región trabajan con consenso?". La respuesta a esta pregunta la dio el representante de México: "en la práctica el consenso se ha convertido en un poder de veto y esto trae como consecuencia que la opinión contraria de un país evita tomar decisiones importantes". Efectivamente, teniendo presente las diferentes corrientes ideológicas que dividen a la región, el consenso, o mejor la ausencia de consenso, puede ser manipulada a base de petrodólares para imponer la voluntad en la organización.

Por cierto que el tema ideológico estuvo tan presente en la Cumbre que el presidente Piñera hizo un llamado para que las divergencias de esa naturaleza no afecten los esfuerzos de integración. "Muchas veces nos quedamos atrapados en diferencias ideológicas que no nos dejan ver el camino al futuro", destacó el mandatario chileno.

Otro tema álgido que también puso en evidencia las diferencias profundas que dividen la región fue el relacionado con la cláusula democrática que en la Celac lleva el nombre pomposo de "Declaración Especial sobre la Defensa de la Democracia y el Orden Constitucional". Cuando escribo este artículo no se conoce todavía el texto de este documento, pero según los medios es mucho más débil que la Cláusula Democrática de Mercosur, que de por sí es bastante vaga y débil. Está basada en la Cumbre Iberoamericana de Mar del Plata del año pasado, la cual a su vez estuvo basada en la de Unasur propuesta por el presidente Correa, del Ecuador, a raíz de la situación, todavía confusa, que vivió con motivo de las protestas protagonizadas por la fuerza policial. En esos documentos, incluidos el de la Celac se establecen mecanismos para impedir la ruptura del orden constitucional y consagran el respeto de la voluntad soberana de los pueblos, la no injerencia en los asuntos internos y la defensa de las instituciones democráticas. Sin embargo, esos documentos que en principio están dirigidos a impedir la ruptura del hilo constitucional mediante golpes de Estado, lo cual es perfectamente válido, pueden servir a los dictadores para protegerse recíprocamente ya que no contemplan la situación, hoy día moneda corriente en el continente, de gobernantes elegidos mediante la voluntad soberana del pueblo pero que, una vez entronizados en el poder violan la institucionalidad democrática tornándose en autócratas o dictadores.

El documento adoptado en Caracas establece el derecho que tiene "cada nación de construir en paz y libremente su sistema político y económico". Cabe destacar que son las naciones y no los regímenes gobernantes usurpadores los que tienen derecho a ejercer ese derecho.

Finalmente, lo que en un principio se pretendió que fuera una OEA sin Estados Unidos y Canadá, quedó como lo que se esperaba: un mecanismo, un foro de diálogo, consulta y concertación para temas de interés regional. Es decir, será una nueva versión del Grupo de Río, sólo que ahora participarán todos los Estados de América Latina y el Caribe. Incluso, acogiendo una propuesta del representante de Costa Rica ─ el Presidente de ese país fue uno de los ausentes ─ en el "Documento Fundacional" se dejó claro que la Celac es un "mecanismo" de integración y no una organización. El führer se consoló diciendo que "en la medida en que pasen los años" Celac remplazará a la OEA.