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viernes, 9 de diciembre de 2011

Más allá de las ideologías

Ariel Hidalgo. EL NUEVO HERALD


La ausencia de una ideología clara y de un liderazgo visible ha generado inevitablemente las más variadas interpretaciones sobre la naturaleza del movimiento Ocupa Wall Street en Estados Unidos y de los indignados de Europa, si se trata de corregir los excesos del sistema capitalista o dirigir los ataques contra el sistema mismo, como se expresan muchas veces los manifestantes en medio de las protestas y como lo declaran algunos de sus portavoces en diversas entrevistas.

Ciertamente en los orígenes del movimiento hubo una convergencia de corrientes diversas que luego, en el fragor de las protestas, se han ido radicalizando. Robert Jensen, profesor de periodismo de la Universidad de Texas, aboga por ir más allá de la simple denuncia a la codicia corporativa: “Necesitamos reconocer que la crisis que ahora enfrentamos no es el efecto de simple codicia de ejecutivos corporativos o de corruptos políticos, sino más bien de un sistema fallido…El problema no es la gente específica que controla la mayoría de la riqueza del país, o aquellos en el gobierno que les sirven, sino el sistema que ha creado esos roles”.

Por otra parte, declarar sin más una posición anticapitalista sin un propósito definido sobre la meta a alcanzar, podría ser una actitud no sólo poco visionaria, sino además contraproducente. Sin una clara definición sobre qué debe sustituir al orden actual, es muy normal que aquellos que han sufrido bajo regímenes de Estado centralizado autoproclamados “socialistas” piensen que la alternativa inevitable es esa y reaccionen en un airado rechazo.

Los actuales problemas del mundo no pueden ser enfrentados desde posiciones de izquierda o de derecha, porque son conflictos que desbordan los marcos de las ideologías y de los diferentes esquemas político-sociales, y porque todos los modelos han fracasado. Fracasaron los regímenes regidos por partidos comunistas, no sólo aquellos que en Europa se desmoronaron por sí mismos en implosiones originadas en su propia naturaleza, sin invasiones extranjeras, golpes militares o insurrecciones armadas, sino además aquellos que tuvieron que adoptar las modalidades de sus enemigos para poder sobrevivir como en China –en este momento al borde de una crisis inmobiliaria, según predicciones, más desastrosa que todas las anteriores del mundo occidental– o aquellas al borde del abismo, como confesara no hace mucho el presidente cubano tras más de cincuenta años de reiterados fracasos económicos. Pero también fracasaron los regímenes capitalistas con las sucesivas crisis que desembocaron en una recesión mundial, escandalosos fraudes empresariales, alto nivel de desempleo y la miseria general.

El pasado noviembre, en Nueva York, la policía desalojó a la fuerza a los manifestantes, arrestó a quienes se resistieron, destruyó sus tiendas de campaña y botaron sus miles de libros, mientras que en California los policías antimotines arremetieron a garrotazos contra estudiantes de Berkeley sin importar si eran varones o hembras. Por otra parte, el régimen de La Habana no ha tenido reparos en lanzar violentas turbas contra mujeres indefensas que marchan pacíficamente por las calles exigiendo derechos y libertades. Cuando los cimientos del poder están en peligro, no hay derechos ni democracia que valgan, y las ideologías y los principios se echan a un lado.

No importa que en un sistema los bienes estén controlados por burocracias corruptas de Estados centralizados, y en el otro por grupos financieros privados, porque lo esencial reside en que en ambos el poder y las riquezas se hallan en manos de minorías privilegiadas mientras grandes multitudes padecen privaciones, y los trabajadores –en ambos sistemas– son explotados mediante el trabajo asalariado, obligados a venderse como mercancía y reducidos a meras tuercas de la maquinaria productiva. Ese esclavo moderno tendrá, además, el “derecho” de salir a votar, al menos una vez al año, por candidatos a posiciones públicas que defenderán los intereses de los poderosos, porque fueron previamente sobornados mediante contribuciones de campaña o para ratificar una elección previamente decidida por la cúpula de un partido único que cuenta con el aparato represivo de un Estado totalitario. Un movimiento que quiera cortar el mal desde sus raíces debe enfocarse en esas esencias comunes y proclamar el derecho de los trabajadores a participar del reparto de utilidades y a una democracia directa.

El mundo está cambiando y la sociedad industrial, agonizando. Pretender atrincherarse en los rincones del espectro social de la izquierda y la derecha ya no tendrá sentido cuando se encuentren, de pronto, en un mundo circular sin esquinas.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Razón de los Indignados

...el Movimiento de los Indignados significa una de esas acciones que obra en favor del perfeccionamiento del único sistema político que corresponde a esta era; sí, con uno u otro matiz, el capitalismo
Félix Luis Viera, México DF

Los mandatarios de los países en los cuales rige la libre expresión, tienen la ventaja de pulsar el estado de opinión de la población a través de los medios de comunicación abiertos, y por las huelgas y manifestaciones, encuestas, entre otras posibilidades del mundo libre. Los regímenes absolutistas no poseen esa retroalimentación.

El llamado Movimiento de los Indignados que se ha expresado en los últimos meses en varias ciudades de Estados Unidos, no tiene basamento ideológico alguno, ni tampoco, esencialmente, político. Solo ocurre que un buen segmento de la población estadounidense —quién sabe si el 99 %, como afirman los manifestantes, cuya mayoría son jóvenes— ya se cansó del mismo cuento: el mandato inclemente de los corporativos, que manejan las altas y las bajas de las crisis de acuerdo con sus intereses; la hegemonía del dinero por sobre no pocas propuestas de interés social; la misma hegemonía para favorecer a uno u otro de los dos únicos partidos políticos estadounidenses (partidos que, por esta razón, están en buena medida atados a las personas económicamente poderosas y, por lo tanto, actúan, primero, en beneficio de estas); el ignominioso quehacer de los cabilderos; la actuación de los políticos corruptos; y las guerras desgastantes en uno y otro sitio del mundo; entre otras razones. De modo que si analizamos los argumentos de los Indignados, no es difícil advertir que este movimiento reclama, sobre todo, una verdadera democracia participativa, algo realmente inexistente en aquel país (si bien ellos, los manifestantes, participan —solo— de la libre expresión reinante).

La situación antes dicha ha sido “aprovechada” en su obstinación estalinista por la dictadura cubana, que le ha dado amplia cobertura en sus medios —todos oficialistas— a “los males del capitalismo”, sin agregar que esos hombres y mujeres que en Estados Unidos hoy protestan tienen un modo de vida material y, principalmente espiritual, muy superior al cubano promedio, cuyos ascendientes, durante decenios, se sacrificaron de balde en la consecución de una sociedad que, les aseguraban, hoy sería superior a la estadounidense en todos los sentidos. A esta campaña para denunciar los “males del imperialismo” se ha sumado —no podía ser de otra manera— el patético gobernante venezolano Hugo Chávez, quien sigue intentado ser dueño de los medios de comunicación de su país, al cual va destruyendo mediante golpes colosales. A ambos, a Fidel Castro —quien es el que orienta al hermano para aplicar reformas cosméticas— y a Hugo Chávez, los guía, en el primer caso, la falta de valor para reconocer que se ha equivocado durante más de medio siglo; y al otro, un ser sin la más mínima condición de racionalidad, las ansias de poder alimentadas por el virus “antiimperialista”.

De cualquier manera, tanto los Castro como Hugo Chávez, como cualquier persona sin pasiones absolutistas y que tenga un sentido elemental de las enseñanzas de la Historia, claro que están conscientes de que el Movimiento de los Indignados significa una de esas acciones que obra en favor del perfeccionamiento del único sistema político que corresponde a esta era; sí, con uno u otro matiz, el capitalismo.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Convocan campaña de protesta contra Wal-Mart


Desde la página oficial de Occupy Wall Street se convoca a una protesta contra la cadena de supermercados Wal-Mart en Seattle para el día 25 del corriente mes. En la convocatoria se señala que Wal-Mart con su larga historia de maltrato hacia sus empleados y hacia los proveedores recientemente anunció “significativos cortes en el seguro de salud para los empleados” siendo un excelente ejemplo con sus “obscenas ganancias”  de lo que sufre el 99% a manos del 1%.
Señala además la convocatoria que Wal-Mart, “la corporación más grande del mundo” es “la prueba positiva de como la gran empresa es destructiva” para la democracia. “Mientras los americanos hacen sus compras en Wal-Mart, esta empresa está comprando al Congreso” afirma.
Según la página de OWS, Wal-Mart pagó más de $4.3 millones en contribuciones de campaña. La familia Walton los mayores inversionistas de Wal-Mart aportó siete millones de dólares el 2010 en contribuciones políticas.  Al mismo tiempo se destacó la desproporción existente entre los ingresos de un trabajador promedio de la corporación y la de su presidente ejecutivo, siendo para los primeros de $8.81 por hora y para el segundo $8 990.00 por hora.
El propósito de la protesta denominada Ocupar Wal-Mart es para poner a la luz “sus muchos abusos y darle apoyo a sus millones de trabajadores en su lucha por un salario de subsistencia”.
En la convocatoria se anuncia que el transporte saldrá de Westlake Center a las 12:30pm

martes, 22 de noviembre de 2011

Occupy Wall Street protestó frente a la casa del alcalde Bloomberg

Panderetas y ruidos frente a la residencia de Bloomberg

Así lo vio la Agencia EFE. Los activistas de Occupy Wall Street, se concentraron frente a la residencia Michael Bloomberg, el intolerante alcalde de New York. Fueron 24 horas de ruido que hicieron frente a la mansión del multimillonario funcionario público.
Bloomberg había ordenado a la policía que expulsara al movimiento de protesta contra la corrupción de las grandes corporaciones de la plaza Zuccotti y los jóvenes iracundos se concentraron frente a su casa.
Un portavoz del Occupy Wall Street, Mark Bray le dijo a EFE: “El alcalde nos expulsó de nuestra casa en la plaza Zuccotti pero aquí estamos frente a la suya para recordarle que seguimos siendo un movimiento fuerte y que no nos vamos a rendir”.
Molestan bastante los muchachos a la horda de conservadores y ultraconservadores. Molestan los muchachos a los poderosos que no pagan impuestos y son niñas de los ojos republicanos.
Los sacaron de Zuccotti y se fueron al distinguido barrio del Upper East Side de Manhattan, llevando la bulla y el ruido de su ardor juvenil. ¡Quién hubiera podido ver la cara de los distinguidos huéspedes de aquel más distinguido barrio cuando escuchaban el clamor de aquella manifestación!
Y según EFE, la “policía cortó el acceso al lugar, en el cruce de la Quinta Avenida con la calle 79, aunque los manifestante continuaron con su ruidosa concentración que estuvo amenizada durante la noche con el sonido de tambores y cánticos”.
¡Ah, el jurásico Mike Bloomberg! que fuera demócrata hasta el 2001, republicano hasta el 2007 y desde entonces independiente y quien afirmara el pasado 27 de septiembre: “El sueño americano no sobrevivirá si seguimos diciéndole a los soñadores que se vayan para otra parte" ha insistido en hacerle la guerra a los que quieren mantener con vida el sueño americano y los manda a que se marchen para otra parte, a las buenas o a empujones de la policía.
No es malo convertirse en multimillonario. Se puede tener una fortuna de 18,100 millones de dólares como la que acumula Bloomberg, si la obtuvo con medios legítimos y morales ¡felicidades!, pero no es de noble proceder cegarse por la riqueza hasta el punto de la intolerancia ante los que reclaman mayores oportunidades.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Sin sentido

A la una de la mañana del martes 15 de noviembre la policía de Nueva York, cumpliendo las órdenes del alcalde, irrumpió en el campamento de Occupy Wall Street, llevándose preso a quien se resistiera,
Pedro Caviedes. EL NUEVO HERALD


Manifestantes del movimiento Ocupen Wall Street trasladan carteles después de ser desalojados por la policía del parque Zucotti, en Nueva York, el martes. Seth Wenig / AP

Hay imágenes que se nos quedan grabadas de por vida. Imágenes que por su fuerza, horror o belleza se incrustan en nuestras memorias. Pienso que ver por primera vez el cielo reflejado en el río Sena en París, es de las más bellas. No creo que quien vio pueda olvidarse del horror de la caída de las Torres Gemelas. Entre ese cúmulo de imágenes terroríficas que se almacenan en mi cerebro, unas han regresado los últimos días. El hombre apostado frente a los tanques chinos en la plaza de Tianamen; los tanques soviéticos invadiendo Checoslovaquia, cortando de un tajo la Primavera de Praga; la turba de agentes del estado vestidos de civiles atacando a las Damas de Blanco en Cuba; las protestas apagadas por la guardia nacional en Caracas. Todas imágenes de represión, provenientes de países que estuvieron o están bajo regímenes dictatoriales, donde no existe, o no existía, la democracia, y las personas no tienen, o no tenían, derecho a la libre expresión.

Nunca imaginé ver algo así en Estados Unidos. Yo puedo no estar de acuerdo con los postulados del Tea Party, no estar de acuerdo con que todo lo malo que nos sucede es culpa del Estado, con que las corporaciones no deban ser reguladas, con que los inmigrantes que no tienen papeles son unos criminales, con el intento de abolir los derechos de sus hijos a ser educados, con la idea de que el gobierno no debe ayudar a nadie y que todo debe privatizarse. Pero nunca me opondré a que los miembros del Tea Party salgan a protestar pacíficamente en el lugar público que les venga en gana. Porque de eso precisamente se trata la democracia, duélale a quien le duela.
La democracia no es cómoda. En la democracia un presidente, gobernador o alcalde, tienen la obligación de proteger a las personas aunque organicen manifestaciones en su contra, tienen que asegurar a los opositores un espacio para postular sus tesis, trabajar igual tanto por aquellos que los eligieron como por los que votaron por el otro candidato o los que ni siquiera votaron, tienen que aceptar que los periódicos publiquen sus deslices, que existan comentarios de opinión como éste, que la gente proteste, que la gente practique el culto que quiera y que se reúna con otros feligreses a orar, y que en las librerías se vendan los libros sin censura, como en los cines las películas, y las obras de teatro, los conciertos. La democracia significa que así como en otros países donde no existe no permiten a los ciudadanos expresarse libremente, aquellos que estén de acuerdo con esos regímenes, aquí sí puedan hacerlo.

A la una de la mañana del martes 15 de noviembre la policía de Nueva York, cumpliendo las órdenes del alcalde, irrumpió en el campamento de Occupy Wall Street, llevándose preso a quien se resistiera, partiendo con cuchillos las tiendas de campaña (propiedad privada), botando, léase bien, botando los más de 5,000 libros que conformaban la biblioteca del movimiento, y acordonando luego la zona, para que nadie ingresara (hasta que un juez dio la orden de que regresaran). En Oakland hubo escenas peores. En California, en la universidad de Berkeley, policías antimotines, grabados en la televisión, golpearon con sus garrotes a mujeres y hombres, estudiantes, que protestaban pacíficamente. Y así en muchas ciudades.
Hace un mes, el sargento Shamar Thomas caminaba por las calles de su natal Nueva York. Había servido 14 meses en Irak, igual que su madre; su padre estuvo destacado en Afganistán. De repente encontró una escena que lo dejó perplejo. Esos ciudadanos por los que él libró una guerra estaban siendo atacados por la policía. Shamar Thomas se interpuso. Preguntó a los agentes por qué los agredían, si no estaban armados. “No tiene sentido”, les decía, “no tiene sentido, no hay honor en esto”.
El peleó en un país para que sus ciudadanos pudieran tener el derecho de hacer lo que precisamente a los estadounidenses, en su propio suelo, les estaban prohibiendo.
Sargento, aquellos que ordenaron que usted fuera a otro país a imponer la democracia, no permiten que esta se cumpla en su propio suelo.
No tiene sentido.
Artículo relacionado:

jueves, 17 de noviembre de 2011

Sobre el futuro de Occupy Wall Street

Mario J. Viera

El muy republicanísimo y conservador Diario Las Américas publicó en su página de opinión un artículo bajo el sugerente título “El futuro de los indignados en Estados Unidos”. El autor del artículo justifica sin decirlo por directo la represión de la policía newyorkina y otras ciudades en contra de los plantados en diferentes parques. “Ellos también tienen que obedecer las leyes ─ señala el articulista ─. Tienen todo el derecho a manifestar y expresar sus ideas. Lo que no tienen derecho es a violar los derechos de otros para proclamar sus credos”. Es la manida justificación ofrecida por los ultraconservadores.
Según el autor, la que él denomina gran prensa liberal, eufemismo por izquierda o más bien ultraizquierda, “aúpa” el movimiento espontáneo de protestas, a la vez que proclama “la validez de sus ideas”, se encubre “a los que violan la ley abiertamente entre ellos – dicen que es una minoría insignificante”.

En su intento de restarle autoridad a OWS el articulista desliza la posibilidad de actos violentos por parte de los participantes en las manifestaciones de Occupy Wall Street con carácter anarquista: “Si por el contrario ─ previene ─ el movimiento se torna violento, como un grupo de anarquistas dentro del mismo hizo en la ciudad de Oakland hace par de semanas, el movimiento va a hacerles un daño enorme a los políticos que los defiendan”. Y deja caer la ponzoña de la duda al decir que OWS “no quiere modificar el sistema de gobierno de este país. Ellos quieren destruir el sistema existente y crear uno, que su punto de vista sea más igualitario. Quitarles a los ricos para darles a los pobres no funciona”. De ahí a acusar de marxista-leninista al movimiento de indignados, no hay más que una pequeña modificación semántica.
Realmente, lo que ha quedado demostrado, lo que se evidencia en la actual crisis económica que afecta por igual a todas las sociedades desarrolladas es que quitarles a los pobres y a la clase media para beneficiar a los poderosos no funciona. Son las capas trabajadores de la sociedad y sus clase medias las que están soportando todo el peso de la crisis económica, mientras que los más ricos disfrutan a placer los jugosos beneficios que reciben, muchos de ellos liberados del pago de impuestos aprovechándose de los resquicios presente en el sistema fiscal de Estados Unidos. Ellos, los poderes de Wall Street son los responsables de la crisis. Ellos son los que pueden virar la balanza a su favor con el empleo muy bien pagado de hábiles lobistas y la complicidad de la ultraderecha americana.
En todo movimiento popular, ya sea Occupy Wall Street, ya sea el Tea Party, existe la posibilidad de que surjan los oportunistas de siempre para manifestar sus ambiciones políticas; siempre hay el riesgo de que los comunistas intenten influir en movimientos de indignados, como existe el riesgo de que elementos neonazis y miembros del Ku Klux Klan se aproveches de un movimiento populista de extrema derecha como es el Tea Party.
No he visto notas en los grandes diarios del daño económico que estas protestas han hecho a los pequeños negocios que funcionan aledaños a los lugares que ellos ocupan. Ellos también tienen derechos” afirma el comentarista de Diario Las Américas a lo que se puede responder que tampoco se han visto notas en los grandes medios de Fox y Rupert Murdoch del terrible daño que a los pequeños negocios ha generado la crisis disparada por los grandes consorcios de Wall Street, los bancos y las aseguradoras.
Con el argumento de que algunos políticos demócratas se ha aventurado a darle el respaldo a Occupy Wall Street, el autor de “El futuro de los indignados  en Estados Unidos” dice: “Si OWS logra organizar sus planteamientos y canalizar los mismos en respaldo de un grupo de candidatos políticos puede tener una enorme posibilidad de convertirse en un factor decisivo en las elecciones presidenciales del año entrante. Si no lo hacen pueden, como muchas revoluciones fallidas, comerse a sus propios hijos; a los que más quieren; a los que más los protegen”.
No se trata de revolución; ¿por qué recurrir al fantasma de la revolución? No hay líderes visibles en OWS, no hay una plataforma estructurada de exigencias, no hay una ideología que le inspire, solo la indignación los mueve, la indignación por los empleos perdidos, la indignación por los procesos de fore closures que han dejado sin sus viviendas a miles de ciudadanos; es la indignación ante una asistencia médica que no está al alcance de los menos favorecidos y que ha producido una enorme cantidad de bancarrotas por falta de pago de las cuentas médicas; es también la indignación por la desigualdad alarmante y oprobiosa que existe entre el uno por ciento de la población y el resto de la nación. Es el reclamo a favor de un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo; el reclamo al derecho de cada ciudadano a buscar la felicidad.
El movimiento Occupy Wall Street dado el marco social en que se ha producido pudiera hacer suya estas luminosas palabras que aparecen en la Declaración de Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica:
“Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se vuelva destructora de estos principios, el pueblo tiene derecho a reformarla o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que base sus cimientos en dichos principios, y que organice sus poderes en forma tal que a ellos les parezca más probable que genere su seguridad y felicidad”.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Cuando la riqueza está en pocas manos

Paul Krugman[1]

La desigualdad regresó a las noticias, en gran medida gracias al movimiento Ocupen Wall Street, pero con la ayuda de la Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos. Es hora de desenmascarar a los que tratan de confundirnos.

Cada vez que la creciente desigualdad en el ingreso amenaza con estar en el centro de la atención, algunos tratan de resucitar la confusión. Aparecen informes que afirman que en realidad no está aumentando la desigualdad o que no importa. Expertos tratan de darle un rostro más benigno al fenómeno al declarar que, en realidad, no se trata de unos cuantos acaudalados contra el resto, sino que son los instruidos contra los menos instruidos.

Todas estas afirmaciones son intentos por ocultar la cruda realidad: tenemos una sociedad en la cual el dinero se concentra cada vez más en las manos de unas cuantas personas, y en la cual esa concentración del ingreso y de la riqueza amenaza con hacernos una democracia sólo de nombre.

La Oficina del Presupuesto expuso parte de esa cruda realidad en un informe reciente, en el cual se documenta un descenso marcado en la parte del ingreso total que va a los estadounidenses de ingresos bajos y medios. Todavía nos gusta pensar que somos un país de clase media. Sin embargo, como el 80 por ciento de los hogares recibe ahora menos de la mitad del ingreso total, esa concepción discrepa cada vez más de la realidad.

Los sospechosos de siempre han lanzado algunos argumentos conocidos: los datos están equivocados (no es así); los ricos son un grupo en cambio constante (no lo son), y así sucesivamente. No obstante, el más popular en este momento parece ser que quizá no seamos una sociedad de clase media, pero aún lo somos de clase media alta, en la cual a una amplia clase de trabajadores muy instruidos, que tienen la capacidad de competir en el mundo moderno, le está yendo muy bien.

Es un lindo cuento, y mucho menos perturbador que el panorama de una nación en la cual un grupo mucho más reducido de ricos se está volviendo cada vez más dominante. Sin embargo, no es verdad.

En promedio, a los trabajadores que tienen títulos universitarios les ha ido mejor que a los que no los tienen, y, en general, la brecha se ha ensanchado al paso del tiempo.

Pero de ninguna forma los estadounidenses con más estudios han sido inmunes al estancamiento del ingreso y la creciente inseguridad económica. Los beneficios salariales para la mayoría de los trabajadores con formación universitaria han sido poco impresionantes (e inexistentes desde 2000), mientras que ya ni los bien instruidos pueden contar con obtener un empleo con buenas prestaciones. Hoy es más difícil que los trabajadores con títulos universitarios pero sin posgrado obtengan cobertura de salud en el centro de trabajo, que los que sólo tenían certificado de bachillerato en 1979.

Entonces, ¿quién está obteniendo los grandes beneficios? Una minoría adinerada muy reducida. En su informe, la Oficina del Presupuesto nos dice que esencialmente toda la redistribución hacia arriba del ingreso, alejada del 80 por ciento inferior, ha sido para el uno por ciento de los estadounidenses con los ingresos más altos. Es decir, los manifestantes que hoy dicen representar al 99 por ciento, básicamente tienen razón, y los expertos que solemnemente les aseguran que en realidad se trata de la educación y no de los beneficios de una elite reducida, están totalmente equivocados.

Si acaso, los manifestantes establecen un límite demasiado bajo. El reciente informe de la Oficina del Presupuesto no analiza al uno por ciento superior, pero en uno anterior, que sólo llega hasta 2005, encontró que casi dos tercios del mayor aumento en los ingresos fue para el 0.1 por ciento más acaudalado. La milésima parte más adinerada de los estadounidenses vio un aumento en sus ingresos reales de más de 400 por ciento entre 1979 y 2005.

¿Quiénes están en ese 0.1 por ciento? ¿Son empresarios heroicos que crean empleos? No, en su mayor parte, alrededor del 60 por ciento, son ejecutivos de corporaciones. Agreguen abogados y agentes inmobiliarios, y hablamos de más del 70 por ciento de la milésima parte más afortunada.

Sin embargo, ¿por qué importa esta concentración de la riqueza en unas cuantas manos? Parte de la respuesta es que la desigualdad creciente ha significado que la mayoría de las familias no participa totalmente del crecimiento económico. Otra parte de la respuesta es que una vez que uno se da cuenta exactamente de cuánto más ricos se han vuelto los ricos, el argumento de que los impuestos más elevados sobre los ingresos altos deberían ser parte de cualquier negociación del presupuesto a largo plazo se vuelve muchísimo más imperioso.

No obstante, la respuesta más larga es que la concentración extrema del ingreso es incompatible con una verdadera democracia. ¿Alguien puede negar seriamente que a nuestro sistema político lo está pervirtiendo la influencia del gran capital y que la perversión empeora a medida que la riqueza de unos cuantos es cada vez mayor?

Algunos expertos todavía tratan de desestimar inquietudes sobre la desigualdad en el aumento de los ingresos. Pero la verdad es que toda la naturaleza de nuestra sociedad está en juego.
© 2011 New York Times News Service


[1] Paul Robin Krugman (28 de febrero de 1953) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. Actualmente es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía y un fuerte crítico de las políticas económicas y generales de la administración de George W. Bush, que ha presentado en su columna. En 1991 la American Economic Association le concedió la medalla John Bates Clark. Ganó el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2004 y el Premio Nobel de Economía en 2008.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

La fuerza colectiva produce cambios.

Mario J. Viera

Los derechos ciudadanos, la protección de los intereses de clientes, trabajadores y gente común es de tanta importancia que no se pueden dejar solo en manos de los políticos. Los políticos tienen sus propios intereses y defenderán los intereses de aquellos que les patrocinan con sus aportes económicos a favor de sus campañas.
La gente común no tiene capacidad para contribuir con grandes sumas a los aprestos electorales de los políticos y el pobre John Doe no cuenta con los caudales necesarios para pagar a un cabildero que mueva influencias a favor suyo. ¿Qué, pues, le toca hacer al bueno de John Doe? Acudir al sabio consejo que dice que una sola ramita puede ser quebrada fácilmente pero no si se une en un haz. John Doe tiene que buscar la fuerza colectiva.
El desarrollo de la tecnología en las comunicaciones y el empleo de las redes sociales como Facebook, Twitter y la novísima Change.org le permiten a John Doe esgrimir ahora la poderosa arma de la fuerza colectiva. La tecnología ha devenido el cauce de ejercicio de la nueva democracia.
Contra ese poder no hay poderes superiores, el poder de la comunidad, presionando y exigiendo que se escuche la voz del pueblo.
Molly Katchpole se sentía indignada. Rechazaba como ultrajante la pretendida tarifa de $5 mensuales por el uso de su tarjeta de débito que exigía cobrar  Bank of America a sus clientes. ¿Qué puede hacer una joven de solo 22 años de edad, que vive de lo que gana en dos empleos de medio tiempo, frente al colosal poder de un banco tan poderoso? Su reclamo individual sería desconocido, ella sería una minúscula paja en el ojo de un elefante.

Cuando escuché que el banco quería cobrarme extra por tener acceso a mi propio dinero ─ declaró Katchpole ─, me frustré mucho porque subsisto entre cada pago, como lo hacen millones más. Ya estaba asqueada de oír las miserias de los bancos, que han sido rescatados con el dinero de los contribuyentes”.
Fue entonces que recurrió a Change.org para dar a conocer su petición: "Por favor acompáñenme para decirle a Bank of America que estás harto". “Firme mi petición ─ solicitó ─ para exigirle al CEO del BofA Brian Moynihan que inmediatamente revierta la decisión del banco de cargarnos $5 al mes por utilizar nuestras propias tarjetas de débito”.
De inmediato, cientos de miles de clientes del Bank of America respaldaron la petición. Dos semanas después de iniciada la campaña en Change.org, un ejecutivo del banco se puso en comunicación telefónica con Katchpole intentando justificar el porqué del cargo adicional. “Me pareció que fue más bien un esfuerzo para controlar los daños ─ aseguró la iniciadora del reclamo ─. Me dijo que era porque querían ser transparentes con las comisiones, pero esto no era un cobro oculto, era algo totalmente nuevo… me pareció una gentileza que me llamara, pero eso no me hizo cambiar de opinión”.
Rápidamente el reclamo se extendió por Facebook y Twitter hasta alcanzar 306,868 firmas. Bank of America no pudo aguantar la presión y sacó bandera blanca; David Darnell, alto ejecutivo de la institución bancaria declara entonces en un comunicado de prensa:
Hemos escuchado muy de cerca a nuestros clientes en las últimas semanas y reconocemos su preocupación con el cargo que hemos propuesto por el uso del débito. Nuestros clientes son las voces más importantes para nosotros. Como resultado de ello, actualmente no estamos cargando la tarifa y no impulsaremos planes adicionales para hacerlo”.
Ben Rattray, el fundador de Chang.org entiende lo que es el poder de convocatoria a través del internet, “si bien como individuos tenemos muy poco poder, como colectivo sí podemos organizarnos y ejercer presión por un cambio”. Ese precisamente es uno de los cambios que aspira el movimiento Occupy Wall Street, al que se siente vinculada Molly Katchpole: “Me identifico con el movimiento ‘Occupy Wall Street’, me solidarizo con esos activistas, porque el ciudadano de a pie no está recibiendo ayuda
Y agrega Rattray: “Esto apenas es el comienzo, porque ya quedó demostrado que la gente puede influir en las grandes corporaciones, y obligar a los bancos a rendir cuentas. Ya vemos campañas de presión para que los líderes políticos, locales o nacionales, tomen medidas para responder a las desigualdades salariales”.
Una de las firmantes de la petición aparecida en Change.org, Erica Obersi, comentó en: “Ya estoy cansada de los bancos que buscan los medios para tomar mi dinero porque no puedan pagar sus propios errores”.
No quede ninguna duda, fuerza colectiva produce cambios.

miércoles, 26 de octubre de 2011

El grito primordial de Estados Unidos

Nicholas D. Kristof. NEW YORK TIMES

Es fascinante que muchos estadounidenses hayan entendido intuitivamente la indignación y la frustración que llevaron a los egipcios a protestar en la plaza Tahrir, pero no comprendan resentimientos similares que impulsan a conciudadanos disgustados a “ocupar Wall Street”.

Claro que hay diferencias: el Departamento de Policía de Nueva York no está despachando camellos para que atropellen a los manifestantes. Los estadounidenses pueden sentirse privados del derecho de representación, pero sí vivimos en una democracia, una democracia con defectos, que es la mejor esperanza para la evolución de Egipto en los próximos años.

No obstante, mis entrevistas con manifestantes en el parque Zuccotti en Manhattan parecieron rimar con mis entrevistas en Tahrir a principios de este año. Hay un sentido paralelo de que el sistema político y económico está inclinado contra el 99 por ciento. Al Gore, que apoya las protestas en Wall Street, las describió perfectamente como “el grito primordial de la democracia”.

La frustración en Estados Unidos no se trata tanto de la desigualdad en los mundos político y jurídico, como lo fue en algunos países árabes, aunque también son inquietudes. Aquí, el problema crítico es la desigualdad económica. Según la propia clasificación de la CIA de los países según su desigualdad en el ingreso, Estados Unidos es una sociedad más desigual que Túnez o Egipto.

Tres datos subrayan la desigualdad:

• Los 400 estadounidenses más adinerados tienen un valor neto combinado más grande que el de los 150 millones que menos ganan.

• El uno por ciento más acaudalado de los estadounidenses posee mayor riqueza que el 90 por ciento de la población.

• En la expansión de Bush de 2002 a 2007, el 65 por ciento de las ganancias económicas fue para el uno por ciento más rico.

Como notó mi colega del Times, Catherine Rampell, hace unos días, en 1981 el salario promedio en el sector de los valores en Nueva York era el doble del promedio en otros empleos del sector privado. En el último recuento, en 2010, fue de 5.5 veces. Si quiere enojarse, el salario promedio ahora es de $361,330.

En términos más generales, cada vez más se piensa que la desigualdad es el resultado de que los magnates manipulan el sistema, buscando lagunas jurídicas, y su crimen queda impune. De los 100 directores ejecutivos (CEO) mejor pagados en Estados Unidos en 2010, 25 ganaron más dinero de lo que su compañía pagó en impuestos federales corporativos sobre la renta, según el Instituto de Estudios de Políticas Públicas.

Haber vivido en el comunismo en China me hizo un ferviente entusiasta del capitalismo. Creo que en el transcurso del último par de siglos, los bancos elevaron enormemente el nivel de vida en Occidente al asignar capital a usos más eficientes. Sin embargo, cualquiera que crea en los mercados debería estar indignado porque los bancos arreglan el sistema para así disfrutar ganancias en los años buenos y rescates en los malos.

Los bancos se salieron con la suya al privatizar las ganancias y socializar los riesgos, y esa es sólo otra forma de robo bancario.

Tenemos una normativa equivocada, catastróficamente negativa, del sistema financiero”, dijo Amar Bhide, un experto en finanzas en la Facultad Fletcher de Derecho y Diplomacia de la Universidad Tufts. “’Las consecuencias han manchado todo el sistema de la empresa moderna”.

Los economistas solían creer que teníamos que ignorar lo podrido y soportar la gran desigualdad como el precio de un crecimiento robusto. Sin embargo, la investigación más reciente indica lo contrario: la desigualdad no sólo apesta, sino también daña a las economías.

En su nuevo libro The Darwin Economy (La economía darwiniana), Robert H. Frank, de la Universidad Cornell, cita un estudio que muestra que entre 65 países industrializados, los más desiguales experimentan, en promedio, un crecimiento más lento.

Asimismo, los países crecen más rápidamente en periodos en los que los ingresos son menos desiguales, y se desaceleran cuando están distorsionados.

Desde luego que eso es cierto en Estados Unidos. Disfrutamos de una gran igualdad de la década de 1940 a la de 1970, y el crecimiento era fuerte. Desde entonces, ha surgido la desigualdad y se desaceleró el crecimiento.

Una razón puede ser que la desigualdad está vinculada a las dificultades y crisis financieras. Hay cada vez más evidencia de que la desigualdad lleva a las quiebras y al pánico financiero.

La reciente crisis económica mundial, con sus raíces en los mercados financieros de Estados Unidos, pudo haber sido resultado, al menos en parte, de la desigualdad”, escribieron el mes pasado Andrew G. Berg y Jonathan D. Ostry del Fondo Monetario Internacional. Argumentaron que “pareciera que la igualdad es un ingrediente importante en la promoción y sostenimiento del crecimiento”.

La desigualdad también lleva a muertes prematuras y más divorcios; un recordatorio de que no estamos hablando de datos estadísticos, sino de seres humanos.

Algunos críticos piensan que el movimiento Ocupemos Wall Street simplemente toca los resentimientos y la codicia de la población, fomentando la lucha de clases. Seguro, hay su porción de envidia. Sin embargo, la desigualdad también es un cáncer en nuestro bienestar nacional.

No sé si sobrevivirá el movimiento Ocupemos Wall Street una vez que el parque Zuccotti se llene de nieve y se desvanezca la novedad. Sin embargo, sí espero que los manifestantes hayan impulsado el problema de la desigualdad hasta nuestra agenda nacional para quedarse y lidiar con él en el año electoral 2012.

©2011 New York Times News Service

martes, 25 de octubre de 2011

Enojados y frustrados

Jorge Ramos. EL NUEVO HERALD

Están enojados y frustrados. Con todo: con el desempleo, por las casas que perdieron, porque ya no pueden pagar la escuela, por los ricos muy ricos, por los pobres muy pobres y, sobre todo, porque tienen esa pesada sensación de que el sistema está en su contra y que las cosas no van a mejorar a corto plazo.
Conocí a varios “indignados” en Madrid antes que los desalojaran del centro de la ciudad. Sus quejas eran muy parecidas a las de los grupos que llevan más de un mes protestando en varias ciudades norteamericanas y cuyo movimiento “Ocupa Wall Street” comenzó en Nueva York. Pero el problema es que mucha gente no sabe exactamente qué es lo que quieren. Y a veces da la impresión de que ellos tampoco lo saben.
Sabemos qué es lo que no quieren de Estados Unidos. No quieren que el uno por ciento de la población gane más dinero que el otro 99 por ciento. Están hartos de un endeudado sistema político que se pasa el poder de un partido a otro y que ya no puede crear empleos ni proteger a los más débiles. Se quejan de la mala calidad de las escuelas públicas y del trato humillante a los inmigrantes. No comprenden qué hacen todavía miles de soldados norteamericanos en Irak y Afganistán.
Se quejan de bancos y empresarios que no han tomado responsabilidad por la pérdida de millones de casas y apartamentos. Denuncian al complejo financiero de Wall Street por enriquecer a sus socios y ejecutivos con ayuda del gobierno mientras la mayoría de los inversionistas pierden sus ahorros. Se quejan, en pocas palabras, de la injusticia y desigualdad en la nación más rica del planeta.

El problema está en que no saben exactamente qué es lo que quieren. No tienen una lista de cambios específicos. No hay un líder que hable por todos. No hay coordinación entre los grupos, por ejemplo, de Phoenix, Chicago y Miami. Y los motivos de sus protestas –gobierno, bancos, empresarios, partidos políticos, organismos internacionales, sistema financiero…– no van a desaparecer.
Esa es la debilidad de este movimiento: no hay líderes ni propuestas concretas. Sin embargo, vive y es muy útil. Una cosa es que los periodistas critiquemos y denunciemos a los poderosos y otra muy distinta es cuando surge un vibrante movimiento alternativo de la misma gente que está harta de la manera en que vive.
Hay quienes creen que las protestas se irán con el frío del invierno. No habrá manifestantes que estén dispuestos a acampar bajo cero y con la nieve en los parques del downtown de Chicago o Manhattan. Pero los problemas que denuncian no terminan en una o dos temporadas.
Hay la creciente sospecha de que la promesa social que definió a Estados Unidos durante más de 200 años –que cualquiera que aquí trabaje mucho tendrá éxito económico– está desvaneciéndose. Hay cada vez más ejemplos de ciudadanos norteamericanos y de inmigrantes que han trabajado frenéticamente toda su vida laboral y que siguen hundidos en la pobreza y la desesperanza. Eso es nuevo.
Y también cada vez hay más ejemplos de ejecutivos financieros y banqueros multimillonarios que se han enriquecido especulando con papeles y a costa de compradores e inversionistas desinformados. Es de esta doble injusticia –la del pobre que trabaja y no mejora, y la del rico que abusa del sistema– de donde surge el movimiento de los “indignados” y que, para mí, son sencillamente enojados y frustrados.
El enojo es perfectamente entendible: perdieron empleo, casa y esperanza de salir adelante. Pero es la frustración lo verdaderamente preocupante. No hay soluciones a corto plazo y las cosas no van a mejorar con la próxima elección del 2012. Hay problemas estructurales tan graves que estamos hablando de muchos años de duros ajustes.
Estamos a nivel planetario en uno de esos momentos en que lo viejo no ha muerto y lo nuevo está a punto de surgir. Y debido a la globalización, a las nuevas comunicaciones y a las redes sociales, todo es local. Las protestas en Londres, Atenas y El Cairo se sienten como si estuvieran afuera de nuestras casas.
Estamos –casi todos– enojados y frustrados. El problema es que no sabemos qué hacer con ese enojo y esa frustración.

sábado, 22 de octubre de 2011

Indignados e infiltrados

Roberto Casín. EL NUEVO HERALD
Además del que ya llevan no se me ocurre otro calificativo mejor que el de desafortunados. Porque esa en el fondo es la razón que les exalta la ira. Son miles, y el número crece, y aunque no se han puesto de acuerdo para una demanda específica los mueve el mismo furor contra los abusos del poder financiero, aquí, allá y en todas partes. Muchos perdieron sus casas, el empleo y hasta el sueño. Pero por suerte todavía no han perdido la fe.

Los indignados lo están de verdad, con un enojo que puede parecerse al que hemos visto en Túnez, en El Cairo, en Trípoli o en Damasco. Aunque el escenario de las protestas sea bien diferente y acá no anden reclamando libertades políticas, de las que ya gozan. Las que tienen lugar desde Nueva York hasta Los Ángeles, desde Madrid hasta Bruselas, y desde Tokio hasta Sydney tienen un patrón común: hombres y mujeres hartos de que les tomen el pelo, de que los expriman como limones y de que a la hora de las urgencias, los primeros auxilios terminen favoreciendo a quienes en vez de paracaídas de oro merecen que se les tire al abismo.

Todos se preguntan qué van a hacer ahora los gobiernos después de haber rescatado del naufragio a los grandes bancos que provocaron la tormenta. La respuesta todavía nadie la sabe. Al cabo de semanas de estar “ocupando” Wall Street, un enjambre de manifestantes ha logrado llamar la atención de la prensa y poner al desnudo las iniquidades que traen al mundo de mal en peor y que están desmoronando los únicos buenos ejemplos que nos quedan de sociedades erigidas sobre el fundamento de las libertades individuales, cada vez más sofocadas por los excesos de la avaricia.

La gente está expresando sus frustraciones frente a quienes se han enriquecido embaucando sin reparos ni límites. Pero el mar de tiendas en las que muchos acampan desde hace semanas frente a Wall Street y en otros sitios de Estados Unidos no parece haber hecho olas todavía donde más se necesita el fragor de la rompiente. O acaso no tiene tanta culpa el que abusa como el que lo consiente. En otras palabras, que la desmedida falta de escrúpulos de algunos banqueros termina justamente donde empieza la ética de los políticos.

Por ahora sobran razones para indignarse también con los que no se indignan porque no creen que así vayan a tumbarles la careta a todos los caradura, a los que se aprovechan de la falta de regulación en los mercados, a los que se venden como leones del pueblo y acaban como gatos matreros haciéndose los de la vista gorda ante el desmadre.

Las encuestas de opinión –con las que no las tengo todas– han comenzado no obstante a revelar el rumbo de la efervescencia pública. Y la semana pasada una de la cadena ABC News y el diario Washington Post puso de manifiesto que siete de cada diez estadounidenses (70 por ciento) ven con mala voluntad a Wall Street, y que prácticamente la misma cantidad (68 por ciento) le echan la culpa de sus desgracias a Washington, incluidos gobierno y legisladores.

Pero el peligro ronda. Por los desalmados que se infiltran en la muchedumbre para promover el desorden y la anarquía. Por las revueltas de odio, una especialidad de los comunistas, a quienes siempre les ha sido más fácil demoler que edificar. Está entre los que vociferan que “el pueblo unido jamás será vencido”, una consigna de barricada tan frecuente ya en las multitudes donde lo mismo se mezclan vándalos con padres de familia que anarquistas con demócratas. El peligro está en creer que hay que matar al capitalismo cuando lo único que necesita es un buen purgante.

Lo he dicho antes. Los servidores públicos con vocación de prestar ayuda a los necesitados, y de proporcionar más que de sustraer, se han ido extinguiendo. También los hombres de negocios que conocimos hace medio siglo, por lo general solícitos con las preocupaciones y urgencias de sus empleados, que vivían confortablemente gracias a su ingenio pero sin ostentaciones, que sabían cuál era el límite de la codicia y que inspiraban más estampa de caballeros que de forajidos. Bastaría con que la justificada exaltación de los indignados tomara su debido cauce.