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viernes, 23 de octubre de 2020

SER ANTICOMUNISTA

Mario J. Viera

 


Hay muchos por estos lares que se declaran ardientes, radicales y convencidos anticomunistas, algo que en gran medida resulta alentador. El comunismo tiene más detractores que seguidores; tema que una inmensa mayoría de voces rechaza; y le rechazan porque el comunismo es ciertamente horroroso, expoliador, fracaso, maldad, violencia y odio. Ahora bien, ¿Qué, en realidad es el comunismo? ¿Todos los anticomunistas son anticomunistas porque parten de conceptos filosóficos, económicos e intelectuales que les permitan elaborar conceptos propios, analizados, sin caer en la dicotomía del “esto es malo/esto es bueno”, para poder manifestarse, con todo sentido, firmes contrarios a toda idea de comunismo, o son solo anticomunistas por consigna, porque es lo que se dice, porque es lo que da presencia o solo simple catarsis?

 

El conocimiento empírico es básico para conformar una idea de la realidad de algo, la experiencia es el punto inicial para la elaboración o comprobación de una tesis o una teoría. Y es la experiencia de todos los que han vivido y sufrido bajo un sistema basado en las concepciones marxistas-leninistas, la que genera, en una mayoría de estos, el sentirse anticomunistas. ¿Qué nos enseña la experiencia de vivir bajo un régimen comunista? Significa vivir bajo la vigilancia implacable del Estado que nos obliga a sopesar con mucho cuidado qué decir, qué manifestar, qué hacer, para entonces vivir la realidad onírica del vivir en la mentira, de vivir siempre fingiendo. Es terrible la existencia de un Estado policiaco que obliga a todos ser “iguales”, a pensar todos de igual manera, a creer todos lo mismo que el Estado cree; y como todos son “iguales” todos son iguales en la pobreza. Vivir bajo un régimen sustentado en el marxismo-leninismo-estalinista es como vivir todos iguales dentro de una misma prisión, aunque en apariencias se viva en libertad de movimiento. Todos iguales y todos empleados por el Estado, porque el Estado, o el Partido, al fin de cuentas entes idénticos, tiene el supremo derecho de existir sin ser sometido a escrutinio. Todo aquello que pueda ser considerado como peligro para la existencia del poder del Estado es, por tanto, enemigo ideológico o práctico, del poder del Estado. Vivir bajo un estado comunista es vivir en la asfixia, y la gente quiere respirar aire fresco, y ese aire fresco lo encuentra fuera de las fronteras donde tiene soberanía el Estado comunista. Y se huye, se escapa, buscando respirar libertad a pleno pulmón. Entonces, cuando se está fuera del Estado opresor, se hace grito el sentimiento anticomunista que se guardaba bajo siete llaves, en la intimidad, en el secreto de la alcoba.

 

El anticomunismo es como la antítesis exacta y precisa del comunismo, entonces, para poder definir al anticomunismo debemos definir, precisamente, el significado de “comunismo”. A simple vista comunismo es la idea de todo en común, de todos iguales, de todos hermanos, como consecuente inicial de la consigna de Liberté, Égalité, Fraternité proclamada por la Revolución Francesa de 1789. La Revolución Francesa fue un verdadero choque de clases. Los revolucionarios de 1789, representantes del Tiers-Etat (los comunes o burgueses) creían que solo era posible alcanzar la libertad eliminando las diferencias en los estamentos que conformaban los Estados Generales, el clero, la nobleza y los comunes. Se trataba de anular los privilegios del alto clero, del poder de la nobleza y de la parasitaria clase de la aristocracia. Comenzaron decapitando a los nobles, entre ellos al soberano Luis XVI y la reina María Antonieta, para terminar, decapitándose unos a otros, con la implementación del Terror (la Terreur) impulsado por los jacobinos, y continuado durante el periodo de la Reacción de Termidor, y, finalmente, dar paso al Imperio napoleónico y al surgimiento de una nueva aristocracia. La consigna de igualdad y fraternidad nunca fue alcanzada.

 

En medio de la denominada Revolución Industrial, en la sociedad hacen su aparición dos clases sociales fundamentales, predominantes sobre los terratenientes y comerciantes, el proletariado (trabajadores industriales y campesinos pobres) y la burguesía. El proletariado carente de los derechos más elementales era sometido a largas y penosas jornadas laborales, donde se explotaba mano de obra no solo de hombres adultos sino también de niños y mujeres. La miseria dentro de esta clase era generalizada debido a los bajos salarios que recibía. Ignorancia, enfermedades y alcoholismo, minaba a los trabajadores de aquel periodo de gran avance económico.

 

Conmovidos por las infrahumanas condiciones de vida del proletariado, un número de intelectuales propusieron y adelantaron una serie de teorías y modos de hacer en beneficio del proletariado sin pronunciamientos radicales como la revolución. entre los cuales, se distinguieron: Robert Owen en Inglaterra; y, en Francia. Henri de Saint-Simon, Flora Tristán, Charles Fourier y Étienne Cabet y Auguste Blanqui todos ellos denominados por Federico Engels como “socialistas utópicos”. Es a partir de la Revolución francesa de 1848 que apareció por primera vez el término de socialdemocracia, en cuanto a la posición política de los seguidores de Louis Blanc.

 

Karl Marx se refirió a la socialdemocracia francesa en estos términos: "Frente a la burguesía coligada se había formado una coalición de pequeños burgueses y obreros llamado partido socialdemócrata. Los pequeños burgueses se vieron mal recompensados después de las jornadas de junio de 1848, vieron en peligro sus intereses materiales y puestas en tela de juicio por la contrarrevolución las garantías democráticas que había de asegurarles la posibilidad de hacer valer esos intereses. Se acercaron, por tanto, a los obreros. De otra parte, su representación parlamentaria, la Montaña, puesta al margen durante la dictadura de los republicanos burgueses había reconquistado durante la última mitad de la Constituyente su perdida popularidad con la lucha contra Bonaparte y los ministros realistas. Había concertado una alianza con los jefes socialistas. En febrero de 1849 se festejó con banquetes la reconciliación. Se esbozó un programa común, se crearon comités electorales comunes y se proclamaron candidatos comunes". (Karl Marx. El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fundación Federico Engels Madrid. 2003)

 

Ya, a principios de la segunda mitad del siglo XIX se funda la denominada Primera Internacional de los trabajadores que servía de paraguas tanto a organizaciones sindicalistas, como socialistas y anarquistas, con el propósito de unir al proletariado internacional en defensa de sus derechos. Existía en ella un carácter claramente clasista y , en la cual, participaron Karl Marx y el anarquista Bakunin, ambos partidarios de la supresión del Estado, aunque con diferentes enfoques que originarían fuertes choques dentro de su seno. Es en esta época que se funda el Partido Socialdemócrata Obrero Alemán, muy distante de la socialdemocracia francesa. En 1875 esta organización se fusiona con la Asociación General de Trabajadores de Alemania en el Congreso de Gotha, para dar paso al Partido Socialista Obrero Alemán sus proyecciones aparecieron en el denominado Programa de Gotha, muy criticado por Marx. Su primer punto de la declaración de principios exponía: “El trabajo es la fuente de todas las riquezas y de toda cultura, y como quiera que el trabajo productivo en general sólo es posible a través de la sociedad, pertenece a la sociedad, es decir, a todos sus miembros, el producto total del trabajo, en condiciones de trabajo obligatorio e igualdad de derechos, proporcionándose a cada uno según sus necesidades, de un modo racional”. En principio es la exigencia de la propiedad común de todos los medios de producción.

 

Todos estos movimientos socialistas planteaban, en primer lugar, la lucha de clases, la abolición de las clases, en especial, la burguesía, como norma esencial para alcanzar la libertad, la igualdad y la fraternidad. Todos, salvo los anarquistas, estaban influidos por las tesis comunistas de Marx formuladas en el Manifiesto del Partido Comunista, redactado entre 1847 y 1848 y publicado por vez primera en Londres el 21 de febrero de 1848. Producto de las contradicciones entre marxistas y anarquistas, en 1872, los anarquistas son expulsado de la Primera Internacional.

 

La Segunda Internacional fue más monolítica pues estaba integrada por organizaciones de carácter marxista, aunque presentándose dentro de ella dos tendencias, la de los marxistas radicales decididos por la vía revolucionaria para alcanzar el socialismo, y la de los moderados, por Lenin denominados revisionistas, discrepantes de algunas de las propuestas básicas del marxismo, como la lucha de clases o el materialismo histórico. Entre sus más destacados representantes se encontraba Eduard Bernstein que promovía alcanzar el socialismo por la vía pacífica y el parlamentarismo, esto muy rechazado por Vladímir Ilich Lenin y sus teorías sobre el “nuevo partido” un partido que debía integrarse con “revolucionarios profesionales”.

 

La fuerza que alcanzaba la socialdemocracia de corte marxista en gran parte de Europa y con mayor potencia en Alemania, implicaba un desafío que debía ser anulado. La represión no era suficiente para acallar los reclamos laborales, se requería hacer reformas sociales. Es entonces cuando aparecieron las reformas del seguro social, propuestas por el canciller de Alemania, Otto von Bismarck.  Para el Canciller de Hierro, el movimiento obrero de carácter político era enemigo del Reich y, por tanto, ilegalizó a los partidos socialdemócratas. Sin embargo, necesitaba restarles influencias a todos aquellos partidos. El 17 de noviembre de1881, bajo los auspicios de Bismarck, el Kaiser Guillermo I propuso dar “un apoyo directo a los trabajadores” por media de las leyes y expresó:

 

La cuestión de la jornada de trabajo y del incremento de los salarios es extraordinariamente difícil de resolver a través de la intervención del Estado (…). El problema real de los trabajadores es la inseguridad de su vida; no está seguro de tener siempre trabajo; ni lo está de estar siempre sano; y prevé que algún día será viejo e incapaz de trabajar: Pero incluso si cae en la pobreza como resultado de una larga enfermedad, estará completamente desasistido con sus propias fuerzas, y hasta ahora la sociedad no contrae más obligaciones con él que la de prestarle el elemental auxilio de pobreza, incluso si ha trabajado antes leal y con diligencia. Pero el auxilio social deja mucho que desear, especialmente en las grandes ciudades (…). Naturalmente, debo decir que mantenemos el derecho a que esta ley excepcional sea una derivación de las obligaciones y del cumplimiento del deber de la legislación cristiana. Desde el lado progresista, podéis llamarla ‘legislación socialista’; yo prefiero el término ‘cristiana’. En el tiempo de los Apóstoles, el socialismo fue todavía mucho más lejos. Si por casualidad leéis nuevamente la Biblia, encontraréis varios pasajes sobre esto en los Hechos de los Apóstoles. No vamos más lejos en nuestro tiempo…”

 

Entre 1884 y 1887, el Reichstag aprobó, a instancias de Bismarck, un conjunto de leyes que promovieron seguros en previsión de accidentes, enfermedades, ancianidad e invalidez a favor de los obreros. Fue este el inicio de la justicia social y del estado de bienestar. Sin embargo, el impulso para alcanzar la justicia social no sería solo el dado por la Alemania de Bismark. El 15 de mayo de 1891, el Papa León XIII, promulgó la primera encíclica social de la Iglesia Católica, conocida como Rerum novarum (De las cosas nuevas). En esta carta, León XIII declaraba: “Despertado el prurito revolucionario que desde hace ya tiempo agita a los pueblos, era de esperar que el afán de cambiarlo todo llegara un día a derramarse desde el campo de la política al terreno, con él colindante, de la economía (…) la acumulación de las riquezas en manos de unos pocos y la pobreza de la inmensa mayoría; la mayor confianza de los obreros en sí mismos y la más estrecha cohesión entre ellos, juntamente con la relajación de la moral, han determinado el planteamiento de la contienda”.

 

El Papa veía con preocupación los conflictos sociales que se presentaban entre obreros y poderosos: “El asunto es difícil de tratar y no exento de peligros. Es difícil realmente determinar los derechos y deberes dentro de los cuales hayan de mantenerse los ricos y los proletarios, los que aportan el capital y los que ponen el trabajo. Es discusión peligrosa, porque de ella se sirven con frecuencia hombres turbulentos y astutos para torcer el juicio de la verdad y para incitar sediciosamente a las turbas”.

 

Agrega entonces León XIII:

 

Disueltos en el pasado siglo los antiguos gremios de artesanos, sin ningún apoyo que viniera a llenar su vacío, desentendiéndose las instituciones públicas y las leyes de la religión de nuestros antepasados, el tiempo fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores”. Refiriéndose a las pretensiones de los marxistas de socializar las propiedades, el Papa señaló: “Al pretender los socialistas que los bienes de los particulares pasen a la comunidad, agravan la condición de los obreros, pues, quitándoles el derecho a disponer libremente de su salario, les arrebatan toda esperanza de poder mejorar su situación económica y obtener mayores provechos. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”.

 

El obrero no debía ser considerado como si fuera un esclavo, había que respetarles su condición de persona; el trabajador debía recibir un salario que le permitiera la subsistencia y tener una vida razonablemente cómoda; aceptar las malas condiciones laborales hace al trabajador una víctima de la injusticia. No se trata de alcanzar el sueño de la igualdad, y lo expone claramente el Papa: “Establézcase, por tanto, en primer lugar, que debe ser respetada la condición humana, que no se puede igualar en la sociedad civil lo alto con lo bajo. Los socialistas lo pretenden, es verdad, pero todo es vana tentativa contra la naturaleza de las cosas. Y hay por naturaleza entre los hombres muchas y grandes diferencias; no son iguales los talentos de todos, no la habilidad, ni la salud, ni lo son las fuerzas; y de la inevitable diferencia de estas cosas brota espontáneamente la diferencia de fortuna”. Es insensato enfrentar una clase con otra, cuando ambas, según la opinión papal son complementarias: “…así ha dispuesto la naturaleza que, en la sociedad humana, dichas clases gemelas concuerden armónicamente y se ajusten para lograr el equilibrio. Ambas se necesitan en absoluto: ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. El acuerdo engendra la belleza y el orden de las cosas; por el contrario, de la persistencia de la lucha tiene que derivarse necesariamente la confusión juntamente con un bárbaro salvajismo”.

 

Y aparece el comunismo. El comunismo revolucionario de Lenin supo aprovechar el momento oportuno, el fracaso de la Revolución de febrero (marzo) ─ que había logrado la abdicación del zar Nicolás II ─ y del gobierno de Alexander Kerensky del Partido Laborista Ruso (trudovikí). Lenin logró ganar mayoría dentro del Soviet de Petrogrado ─ un consejo de obreros y soldados ─, creado dentro de los conflictos de la revolución de febrero. La continuación de la guerra por parte del Gobierno Provisional que hacía imposible realizar elecciones, y la no solución de los problemas de abastecimiento, constituyeron los principales condicionamientod para que este gobierno perdiera todo el apoyo popular. Tras un intento de golpe de estado contra el gobierno provisional, Lenin lanza la consigna de “todo el poder para los soviets” y logra la caída del débil gobierno de coalición socialista y liberal de Kerensky, y asume el poder de Rusia. Así nació el comunismo como régimen, dentro de un país devastado por la guerra, atrasado, y sometido a la dictadura oprobiosas del zarismo. La consigna sería implantar la “dictadura del proletariado”, aunque, en la realidad, se implantaba la dictadura del partido bolchevique sobre toda la nción, incluido el proletariado. Un pueblo, siempre sometido al despotismo, sin derechos legítimos de ciudadanos, ahora se veía como si hubiera alcanzado el gran sueño de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

 

Pero el sistema comunista pronto se mostraría tal cual es, un sistema policiaco, dictatorial con las siguientes características definitorias:

 

1. Existencia de solo un Partido político y la ilegalización de cualquier otro. Un partido que estaría colocado sobre el Estado y la Sociedad

2. Identidad Partido/Estado

3. Confusión Gobierno/Estado

4, Imposición de una ideología única sustentada por el Estado

5. Predominio de un caudillo, al que todos deben obediencia y acatamiento (Führerprinzip)

6. Existencia de un enemigo-objeto, sobre el cual hacer recaer todas las culpas y errores cometidos por el régimen

7. Prioridad de la colectividad sobre el individuo

8. Control por el gobierno de todos los medios informativos para convertirlos en aparatos de propaganda

 

Cuando se analizan estas características del comunismo, podemos darnos cuenta que estas también están presentes en los regímenes del fascismo y del nacional socialismo; por tanto, estas características pueden generalizarse para todo tipo de Estado de carácter totalitario.

 

Muchos de los denominados anticomunistas, provenientes de Cuba, se declaran como tales, diciendo que, en Cuba conocieron el comunismo, por eso emigran. Si se les pregunta qué tiene de malo el comunismo, la respuesta siempre es la misma: Pobreza, carencia de oportunidades para progresar, abuso policiaco… Estas conclusiones son prácticamente similares a las que pudiera alegar cualquier emigrado de alguna que otra república de América Latina como pudieran ser Honduras, Guatemala o El Salvador. ¿Por qué emigraste? Por la pobreza, por la falta de oportunidades de progreso, por el abuso policiaco, y además agregaría, por la falta de seguridad ante el crimen organizado… Y en esos países no existe el comunismo. Si a esos emigrantes cubanos les preguntas ¿qué hiciste contra el comunismo?, la respuesta de muchos es la misma: “Yo no concurría a las concentraciones y desfiles del Primero de Mayo, yo no hacía guardias en el CDR…Ya, ¿solo eso?, pero ¿perteneciste a alguna organización opositora al castrismo? Vacilarán en responder y luego darán esta justificación: “¡No, porque todas esas organizaciones están penetradas por la seguridad del Estado!”. ¿Anticomunismo? Si acaso, un anticomunismo pasivo.

 

Otros son anticomunistas por referencia, son hijos de emigrantes cubanos, que son anticomunistas porque “mis padres me explicaron como se vive allá”. ¿Solo por eso? Y hay aquellos que son anticomunistas por complicidad, “sí porque si aquí en Miami no te declaras anticomunista definido, te verán mal”, y como son anticomunistas por complicidad pues se declaran republicanos y baten palmes por Trump, “porque el Partido Demócrata está lleno de comunistas”. Sí, concedamos, el Partido Demócrata es tan comunista como comunistas fueron Bismark y le Papa León XIII, porque “miren, eso de hablar de justicia social es cosa de izquierdistas y los izquierdistas, me han dicho gente bien enterada, todos son comunistas”.

 

El anticomunista verdadero, no se asusta con palabras como justicia social, derecho de huelga de los trabajadores, derecho a la salud, acceso libre a los estudios universitarios, derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo… El anticomunista verdadero es el que conoce qué en verdad, política, filosófica y económica,  es el comunismo; conoce su historia, sus propuestas, sus métodos; el anticomunista verdadero es, por encima de todo, antitotalitario. El ser antitotalitario es implícitamente ser antifascista, antinazista y anticomunista. 

sábado, 11 de abril de 2020

JOSE MARTI, CRITERIOS SOBRE EL SOCIALISMO


Mario J. Viera



En uno de sus cuadernos de apuntes Martí anotó: “Socialismo. ─ Lo primero que hay que saber es de qué clase de socialismo se trata, si de la Icaria cristiana de Cabet, o las visiones socráticas de Alcott, o el mutualismo de Prudhomme, o el familisterio de Guisa, o el Colinsismo de Bélgica, o el de los jóvenes Hegelianos de Alemania...” Es que en los tiempos de Martí en Europa aparecieron muchos idealistas, ─ algunos no mencionados por él, como el socialismo reformista y cooperativista de Robert Owen, que fue fuente de inspiración para socialistas utópicos como Cabet, Proudhon, sansimonianos y el oweniano John Minter Morgan, este último el principal ideólogo del socialismo cristiano de Inglaterra ─, que intentaban buscar soluciones para mejorar la vida de los obreros sometidos a largas jornadas de trabajo de hasta 15 y 16 horas diarias, laborando bajo las insalubres condiciones de las fábricas, de humedad y altas temperaturas que propiciaban enfermedades laborales y tuberculosis; con salarios que apenas les alcanzaban para sobrevivir. La explotación del trabajo infantil y de las mujeres en los telares alcanzaba alarmantes proporciones. El obrero carecía de recursos para el reclamo de sus demandas, la única riqueza con la que contaba era su propia fuerza de trabajo y su numerosa prole para ayudarle a soportar las vicisitudes de su vida, participando en las labores fabriles, de aquí el término de proletarios.

En su encíclica Rerum Novarum, el Papa León XIII (20 de febrero de 1878-20 de julio de 1903) en 1891, señalaba las causas del disgusto del proletariado: “Pues, destruido en el pasado siglo los antiguos gremios de obreros, y no habiéndoseles dado en su lugar defensa alguna, por haberse apartado las instituciones y las leyes públicas de la religión de nuestros padres, poco a poco ha sucedido hallarse los obreros entregados, solos e indefensos, por la condición de los tiempos, a la inhumanidad de sus amos y a la desenfrenada codicia de sus competidores. A aumentar el mal, vino la feroz usura: la cual, aunque más de una vez condenada por sentencia de la Iglesia, sigue siempre bajo diversas formas, la misma en su ser, ejercida por hombres avaros y codiciosos. Júntase a esto que la producción y el comercio de todas las cosas está casi todo en manos de pocos, de tal suerte, que unos cuantos hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre la multitud innumerable de proletarios, un yugo que difiere poco de los esclavos”. Esto, enunciado en medio de la fiereza del liberalismo económico fundado sobre el precepto del laissez-faire. “Los postulados del laissez-faire ─ asegura Jorge Polo Blanco ─ cobraron vigor y efectividad en la facticidad de la historia europea del siglo XIX únicamente gracias a la intervención activa, dirigida y consciente de los poderes políticos”.

Y la solución que espíritus compasivos ven para renovar la sociedad y hacerla más humana, la señala Martí en sus notas:bien puede verse ahondando un poco, que todos ellos convienen en una base general, el programa de nacionalizar la tierra y los elementos de producción”. En una crónica que redactara para el periódico argentino La Nación con fecha mayo 16 de 1886 titulada “Grandes motines obreros” Martí expresa: “Ese odio a todo lo encumbrado, cuando no es la locura del dolor, es la rabia de las bestias. Comete un delito, y tiene el alma ruin, el que ve en paz, y sin que el alma se le deshaga en piedad, la vida dolorosa del pobre obrero moderno, de la pobre obrera, en estas tierras frías: es deber del hombre levantar al hombre: se es culpable de toda abyección que no se ayuda a remediar: sólo son indignos de lástima los que siembran a traición, incendio y muerte por odio a la prosperidad ajena”.

Y el 13 de noviembre de 1887 para el mismo periódico redacta su crónica “Un Drama Terrible”, y escribe: “Ni el miedo a las justicias sociales, ni la simpatía ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra. Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus errores. No merece el dictado de defensor de la libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor mujeril de parecer tibio en su defensa. Ni merecen perdón los que, incapaces de domar el odio y la antipatía que el crimen inspira, juzgan los delitos sociales sin conocer y pesar las causas históricas de que nacieron, ni los impulsos de generosidad que los producen”. Hay delitos sociales, pero hay que considerar por qué se produce la violencia, ese es el principio para buscarle solución inteligente y cauta a la violencia. Es que los “pueblos, como los médicos, han de preferir prever la enfermedad, o curarla en sus raíces, a dejar que florezca en toda su pujanza, para combatir el mal desenvuelto por su propia culpa, con medios sangrientos y desesperados”. ¿Acaso el obrero no merece tener una vida más digna?

El no llama a una revolución social que mejore las condiciones de vida de los obreros, sino que hace un llamado a la cordura para que la ira no se desencadene en desesperación. No habla de socialismo, habla de justicia social.

Cree el obrero tener derecho a cierta seguridad para lo porvenir ─ anota Martí en esta crónica ─, a cierta holgura y limpieza para su casa, a alimentar sin ansiedad los hijos que engendra, a una parte más equitativa en los productos del trabajo de que es factor indispensable, alguna hora de sol en que ayudar a su mujer a sembrar un rosal en el patio de la casa, a algún rincón para vivir que no sea un tugurio fétido donde, como en las ciudades de Nueva York, no se puede entrar sin bascas. Y cada vez que en alguna forma esto pedían en Chicago los obreros, combinábanse los capitalistas; castigábanlos negándoles el trabajo que para ellos es la carne, el fuego y la luz; echábanles encima la policía, ganosa siempre de cebar sus porras en cabezas de gente mal vestida; mataba la policía a veces a algún osado que le resistía con piedras, o a algún niño; reducíanlos al fin por hambre a volver a su trabajo, con el alma torva, con la miseria enconada, con el decoro ofendido, rumiando venganza, la miseria enconada, con el decoro ofendido, rumiando venganza”.

En Europa personas conmovidas por la situación terrible en la que vivían los proletarios optaron por la utopía socialista. Algunos inspirados en preceptos bíblicos como Étienne Cabet y su sociedad Icaria, o el socialismo mutualista de Joseph Proudhon quien en 1840 afirmó en su libro “¿Qué es la propiedad?”, declaró: “Yo creo que ni el trabajo, ni la ocupación, ni la ley, pueden engendrar la propiedad, pues ésta es un efecto sin causa. ¿Se me puede censurar por ello? ¿Cuántos comentarios producirán estas afirmaciones? ¡La propiedad es un robo! ¡He aquí el toque de rebato del 93! ¡La turbulenta agitación de las revoluciones!”; o la respuesta revolucionaria de los jóvenes Hegelianos de Alemania, de la cual surgió Karl Marx y su idea del comunismo científico.

Todos los intentos de crear una sociedad socialista fracasarían estrepitosamente.

¿El socialismo es acaso un sistema que conduce al fracaso social, como muchos opinan, y que constituye una forma disimulada de esclavitud? Sí, así aducen muchos, especialmente entre cubanos, que concluyen diciendo que, hasta Martí dijo que el socialismo es la futura esclavitud. Lo malo de esta afirmación es que José Martí jamás dijo tal cosa.

La Futura Esclavitud” es un tratado cuyo autor fue Herbert Spencer, un sociólogo, y antropólogo inglés seguidor de las tesis de Charles Darwin. Martí, en crónica para La América en abril de 1884 hizo una reseña del tratado de Spencer. Ya para estos años en Europa, y en especial en Inglaterra, han ido tomando fuerzas las propuestas de las teorías comunistas que impulsa Karl Marx, y hacia esas teorías, Spencer lanza sus dardos, y a conjurar lo que el mismo ha escuchado decir: “El pueblo no se asusta ya del socialismo, es lo que se oye cada día”.

Martí no es seguidor de eso que él denomina “doctrina socialista”, pero, de entrada, en su reseña, se distancia del autor inglés cuando dice que este, estudia el socialismo “a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja”. Es que todavía “se conserva empinada y como en ropas de lord la literatura inglesa” y su “desdén y señorío” la privan “de aquella más deseable influencia universal a que por la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho”.

Spencer muestra su desdén por aquellos que considera la chusma, en ese que ve “el gran número de desocupados alrededor de las tabernas y la multitud de vagos que atrae cualquier procesión, o representación callejera. Considerando lo numerosos que son en tan poco espacio de terreno, se comprende que decenas de millares deben pulular a través de todo Londres. No tienen trabajo, me dirán. Dígase más bien que no quieren trabajar o que lo abandonan tan pronto como lo empiezan. Son sencillamente parásitos que, de un modo u otro, viven a expensas de la sociedad, vagos y borrachos, criminales y aprendices de criminales, jóvenes que constituyen una carga para sus padres, hombres que se apropian el dinero ganado por sus esposas, individuos que participan de las ganancias de las prostitutas; y, menos visible y numerosa, existe una clase correspondiente de mujeres”. Para Spencer “todo socialismo implica esclavitud”.

Y agrega Martí diciendo: “¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista (...) esa nobilísima tendencia (...) nacida de todos los pensadores generosos que ven como el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se troque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes: y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta”. Y esto es “precisamente para hacer innecesario el socialismo”.  

Sin embargo, Spencer es cruel, más que a los que considera holgazanes, descarga su furia sobre todo aquel que es “incapaz de bastarse a sí misma”, algo que olvidó Martí exponer en su reseña de lo dicho por Spencer: “Existe una máxima acerca de la que están acordes el saber popular y el científico ─ anota Spencer en su ensayo ─, y que puede considerarse como la autoridad más elevada. El mandamiento: comerás el pan con el sudor de tu frente es sencillamente una enunciación cristiana de una ley universal de la Naturaleza, y a la que debe la vida su progreso. Por esta ley, una criatura incapaz de bastarse a sí misma debe perecer: la única diferencia es que la ley que en un caso se impone artificialmente, en el otro caso es una necesidad natural. Y, sin embargo, este principio de la religión que la ciencia tan claramente justifica, es el que los cristianos parecen menos dispuestos a aceptar. El sentir general es que el sufrimiento no debía existir y que la sociedad es culpable de que exista”.

Y he aquí el tema principal: “So pretexto de socorrer a los pobres – dice Spencer – sácanse tantos tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son (...) Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado cesarán a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia, a menos que no se los allane proporcionándoles labores el Estado”.

Ya se auxilia a los pobres en mil formas. Ahora se quiere que el gobierno les construya edificios ─ es lo que Spencer dice ─. Se pide que, así como el gobierno posee el telégrafo y el correo, posea los ferrocarriles”. Spencer cree ─ así lo dice Martí ─ que cuando “el Estado se haga constructor, como que los edificadores sacarán menos provecho de las casas, no fabricarán, y vendrá a ser el fabricante único el Estado”; argumento este que Martí considera “no se tiene bien sobre sus pies”, aunque sea el argumento de alguien tan formidable como Spencer. Así mismo, Spencer considera que el “día en que se convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, [propuesta que según Spencer es “el lamento que levantaron muchos políticos y publicistas, (y) es recogido de nuevo por la Federación Democrática que propone una expropiación de los ferrocarriles, con compensación o sin ella] usurpará todas las industrias relacionadas con estos, y se entrará a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de industriales”; pero para Martí, este “raciocinio, no menos que el otro, tambalea, porque las empresas de ferrocarriles son pocas y muy contadas, que por sí mismas elaboran los materiales que usan”.

Martí, en este caso no concuerda con Herbert Spencer, porque este considera que esas intervenciones del Estado son “causadas por la marea que sube, e impuestas por la gentualla que las pide”, haciendo olvido de que ese “loabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tales como el de ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a un mismo tiempo, entre gentes que no andan por cierto en tabernas ni tugurios”.

Martí le reconoce a Spencer con fundamento su temor de que, “al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Martí le reconoce como verdad “que si llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir – a lo cual jamás podrán llegar –, se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen”. ¿Qué hay que temer el cúmulo de leyes adicionales y más extensas para cumplir esos propósitos? Sí, así lo entiende Martí; “pero esto viene ─ anota Martí ─ de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria – con costo que no alejaría por cierto del mercado a constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera – pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas”. Pero Spencer construye ─ dice Martí ─ ese “edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano” sobre las bases de las demandas exageradas de los radicales y de la Federación Democrática (o Federación Socialdemocrática, un partido político británico, la primera organización política socialista de Gran Bretaña, fundada por Henry Hyndman, cuya primera reunión se celebró el 7 de junio de 1881 y que fuera el antecedente del Partido Laborista inglés)

Ese tenebroso edificio es el Estado rigiendo el socialismo como sistema, como régimen. “Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio”. El poder absoluto del Estado: “El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle (...) De ser siervo de sí mismo ─ lo dice Martí, no Spencer ─, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios”. Spencer define la esclavitud diciendo: “¿En qué consiste esencialmente la esclavitud? En principio, pensamos que es esclavo un hombre que es poseído por otro. Sin embargo, para que la posesión no sea puramente nominal debe demostrarse en la práctica por un control de las acciones del esclavo, control que se ejerce habitualmente en beneficio del dueño”. De manera contundente Martí lo redefine: Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo”. En ese sistema socialista, “con semejante socialismo”, el inspirado por las ideas comunistas e impuesto por el Estado, que no es socialismo, sino dominio del Estado sobre los ciudadanos: “El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre”. Es el “socialismo” que inspiran los gobiernos comunistas.

Y concluye Martí la reseña diciendo: “Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud...” No discrepa Martí con lo que Spencer denuncia y advierte, el peligro de un Estado inflado, cargado de burócratas: “¡Mal va un pueblo de gente oficinista!”, sin embargo, Martí reclama que Spencer no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas”. Y cierra su reseña diciendo: “Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra”. Parece que con esto José Martí lo dejó todo en claro.

La cuestión obrera y la justicia social no dejó de estar presente en la visión martiana. El 2 de febrero de 1887 en carta para el Director de La Nación (Escenas Norteamericanas), dice Martí: “Menos huelgas habría o durarían menos, si los que las provocan por su injusticia no agravaran las razones de ellas con sus aires altivos, o con alardes de fuerza que enconan la herida de los que ya están cansados de ver ejercitada sobre ellos la fuerza ajena, y entran en el conocimiento y voluntad de su fuerza propia. (...) No es esta o aquella huelga particular lo que importa, sino la condición social que a todas las engendra. Esta condición debe ser, primero, puesta en claro, y después si resulta tan funesta como se cree, debe ser cambiada. Cámbiesela en acuerdo con las razones concretas de ella, poniendo el remedio donde está el mal, y no conforme a teorías abstrusas o sistemas sentimentales, tan perniciosos en su aplicación como respetables por su origen. (...) ¡Ah! Así como los jueces debieran vivir un mes como penados en los presidios y cárceles para conocer las causas reales y hondas del crimen y dictar sentencias justas, así los que deseen hablar con juicio sobre la condición de los obreros deben apearse a ellos, y conocer de cerca su miseria”.   

En crónica para La Nación con fecha 29 de marzo [de 1883] José Martí en una parte de la misma reseña los honores que a Karl Marx, le rindieron a su muerte organizaciones obreras.

Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. (...) La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. (...) Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa”.  

Los voceros del castrismo no ahorran páginas para tratar de demostrar que José Martí no había conocido los trabajos de Marx, que, de haberlo hecho, él habría abrazado al marxismo. Esta afirmación carece de todo fundamento. Martí enjuicia a Marx en los puntos esenciales que aparecen en el Manifiesto Comunista. No está confirmado que Martí hubiera leído el Manifiesto, pero tampoco se puede afirmar categóricamente que no haya tenido acceso al mismo. Hay que tener en cuenta que desde 1871 circulaba en Estados Unidos una traducción en inglés de ese documento. Martí, queda demostrado, ya se había interesado en conocer sobre “las doctrinas socialistas”, como puede verse en las notaciones que al respecto hiciera en Sus Cuadernos de Apuntes, por lo que no es de dudar que se hubiera interesado en buscar información sobre el marxismo y mucho más después de su lectura del ensayo de Herbert Spencer.

Martí, no obstante, era de ideas liberales; el principio que podría organizar a las sociedades modernas, es el liberal, tal como pensaba el liberal venezolano Cecilio Acosta y que Martí toma para sí mismo. A la muerte de Acosta, 8 de julio de 1881, escribe en la Revista Venezolana ─ un empeño periodístico suyo ─ refiriéndose a este: Anhelaba que cada uno fuese autor de sí, no hormiga de oficina, ni momia de biblioteca, ni máquina de interés ajeno: “el progreso es una ley individual, no ley de los Gobiernos”: “la vida es obra”. Cerrarse a la ola nueva por espíritu de raza, o soberbia de tradición, o hábitos de casta, le parecía crimen público. Abrirse, labrar juntos, llamar a la tierra, amarse, he aquí la faena: “el principio liberal, es el único que puede organizar las sociedades modernas y asentarlas en su caja”. Una posición apartada de los principios del socialismo. Este ensayo de Martí encendió las iras del despótico dictador Antonio Guzmán Blanco que le expulsa de Venezuela.

Del cotejo de la obra escrita de Martí no podemos concluir que, ni explícita o implícitamente, aprobara o rechazara de plano el socialismo. Él vio dos peligros inmersos dentro de la idea socialista y se lo hace notar a su amigo Fermín Valdés Domínguez en carta que le escribiera con fecha mayo de 1894: “Dos peligros tiene la idea socialista. como tantas otras: ─ el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas: ─ y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”. Y en este aspecto no se equivocó como lo ha demostrado la historia. “Pero en nuestro pueblo ─ agrega ─ no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla”. ¿Excelsa justicia? ¿Métodos equivocados de pedirla? Pero él está advirtiendo en contra de los “peligros que tiene la idea socialista”. Luego, concluye: “Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.

Pero él ha rechazado las propuestas comunistas de Karl Marx; las del socialismo industrial ordenado por los sabios y los industriales, los obreros, fabricantes, mercaderes y banqueros de Saint-Simon, y el anarquismo de Bakunin: “Cada pueblo se cura conforme a su naturaleza, que pide diversos grados de la medicina, según falte éste u otro factor en el mal, o medicina diferente. Ni Saint-Simon, ni Karl Marx, ni Marlo, ni Bakunin. Las reformas que nos vengan al cuerpo. Asimilarse lo útil es tan juicioso, como insensato imitar a ciegas”. De todas las corrientes sociales, lo que Martí propones es asimilar lo que en ellas haya de útil y aplicables a las condiciones del país. Martí expresa su concepto etnocentrista en esta expresión: Las reformas que nos vengan al cuerpo”. Y este criterio lo repite en el discurso que pronuncia en el Liceo Cubano en Tampa, el 26 de noviembre de 1991: “Con esta libertad real y pujante (...) han de contar más los políticos de carne y hueso que con esa libertad de aficionados que aprenden en los catecismos de Francia o de Inglaterra, los políticos de papel. Hombres somos, y no vamos a querer gobiernos de tijeras y de figurines, sino trabajo de nuestras cabezas, sacado del molde de nuestro país. Y la idea etnocentrista es retomada en el Manifiesto de Montecristi: “Desde sus raíces se ha de constituir la patria con formas viables, y de sí propia, nacidas, de modo que un gobierno sin realidad ni sanción no la conduzca a las parcialidades o a la tiranía.

Y su etnocentrismo para el Gobierno, lo repite y lo refuerza en Nuestra América, el formidable ensayo suyo que fuera publicado en La Revista Ilustrada de Nueva York, Estados Unidos, el 10 de enero de 1891, y en El Partido Liberal, México, el 30 de enero de 1891. Un ensayo que algunos desdeñosos han creído ver una denuncia de Martí al liberalismo decimonónico, y otros, por interés ideológico, le ven como expresión acabada del antimperialismo martiano con respecto a los Estados Unidos. Acaso no son coincidentes la expresión martiana de “Asimilarse lo útil es tan juicioso, como insensato imitar a ciegas”, con esta enunciada en Nuestra América: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”; o esta otra del mismo ensayo: “El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”; o estas otras frases: “El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que. si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república”.

No se trata de copiar de forma mecánica lo que se hace y se practica en otras tierras: “Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España”. En la América de finales del siglo XIX, todavía subsistían las prácticas del coloniaje derrotado por las guerras de independencia:La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros –de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas”.

Toda la obra escrita de José Martí está marcada con un sentido de justicia social. En el citado discurso dice:yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. En la mejilla ha de sentir todo hombre verdadero el golpe que reciba cualquier mejilla de hombre: envilece a los pueblos desde la cuna el hábito de recurrir a camarillas personales (...) ¡cerrémosle el paso a la república que no venga preparada por medios dignos del decoro del hombre, para el bien y la prosperidad de todos los cubanos! (...) ¡No desconozca el pudiente el poema conmovedor, y el sacrificio cruento, del que se tiene que cavar el pan que come; de su sufrida compañera, coronada de corona que el injusto no ve; de los hijos que no tienen lo que tienen los hijos de los otros por el mundo! ¡Valiera más que no se desplegara esa bandera de su mástil, si no hubiera de amparar por igual a todas las cabezas!” Y en Nuestra América, reclama: “Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”.