Mario
J. Viera
Existo,
soy ser humano, persona, porque mi madre decidió parirme. Pudo haber optado por
interrumpir el embarazo, pero ella no lo hizo. No recurrió al aborto, porque yo
era el hijo que deseaba tener, un hijo deseado. Entonces nací… Sin embargo,
nací con llanto retenido, no respiraba y pude dejar de ser persona en ese mismo
instante, si mi madre no hubiera exigido que me atendieran, a mí primero, luego
a ella. Nací en la casa; el parto de mi madre fue atendido por una partera
tradicional, una de las denominadas como “recogedoras”, una de tantas
que auxiliaban a mujeres de bajos recursos a parir.
Yo,
recién nacido, fui echado a un lado. Entonces gritó mi madre: “¿Por qué no
llora el niño…?” Y exigió: “Si no lo atienden me tiro de la cama”. Por suerte,
aquella recogedora o partera era una enfermera, y comenzó a darme masajes de
revivida. Al rato, solté el llanto; y ahora soy persona y he podido vivir unas
cuantas décadas.
Pero
mi madre pudo haber elegido no parirme. Habría sido su decisión. Digan lo que
digan, solo era en su vientre un feto, no una persona, no respiraba dentro del
líquido amniótico donde me iba formando. Respiré, tuve el aliento de vida luego
de nacer y ser revivido. Mis pulmones se llenaron de aire y, entonces, solo
entonces, fui y he sido.
En
Cuba, entonces, 1939, el aborto era ilegal, a pesar de ello, se producían
abortos. Muchas mujeres recurrían a los “curetajes” o el uso de menjurjes y
brebajes herbales, que, en muchas ocasiones ponían en peligro la vida de la
parturienta. No faltaron casos de hijos no deseados cuando la madre paría en
cualquier sitio y abandonaban al recién nacido en cualquier lugar, lo que sí
constituía el asesinato de un ser vivo, de una persona con aliento vital. Otras
mujeres depositaban al recién nacido en el torno de la Casa Cuna de La Habana,
motivadas por la pobreza o por no sentirse preparadas para ser madres. Y ¡claro
está! Muchas parían una y otra vez, sobre todo en las zonas rurales,
condenándose ellas y sus hijos a una vida de miserias.
Digan
lo que quieran decir o alegar los partidarios del movimiento pro-vida, solo la
vida viable es vida. Un feto no tiene la garantía de la viabilidad; no la tiene
en el seno materno, ni la tiene garantizada en el momento del parto. Mi esposa
tuvo dos partos llevados a término y los dos se perdieron, por muerte fetal; no
obstante, a que durante todo el proceso de embarazo, ambos fetos mostraban
signos de viabilidad. No, no importa que en el feto existan latidos del
corazón, todavía no ha llegado a la vida; todavía no tiene asegurada la
existencia. La vida comienza en el mismo instante cuando un recién nacido
respira.
Según
datos estadísticos, la muerte fetal afecta aproximadamente al 1 % de todos
los embarazos, y cada año alrededor de 24 000 bebés nacen sin vida en los
Estados Unidos; alrededor de 7.300 bebés mueren cada día en las últimas etapas
del embarazo.
Para
el doctor Andrés de Francisco, coordinador de estrategias de la Alianza para la
Salud de la Madre, el Recién Nacido y el Niño, un parto muerto “es cuando la
muerte del niño ocurre entre las 22 semanas del embarazo y el momento del
nacimiento. Quizás lo más significativo es que muchas veces no se sabe que
el niño ha muerto sino hasta el momento en el que nace. Por eso la definición
es básicamente un niño que nace y que no respira", así lo expresó a
BBC (13 de abril de 2011)
La
propia naturaleza, en muchísimas ocasiones, es, de algún modo, pro-elección,
sin seguir los preceptos moralistas de los pro-vida.
La
Declaración Universal de los Derechos Humanos, declara en su Artículo 1: “Todos
los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados
como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos
con los otros”. El ser humano NACE libre; el ser humano, está dotado
de RAZON Y CONCIENCIA. Este documento de derechos ampara a todo ser
nacido que posee razón y conciencia. Por supuesto no se puede acudir a la
Declaración de la ONU para reconocer derechos a un ser no nacido carente de
razón y conciencia. El amparo está concedido a todos los individuos, a los
seres nacidos, los cuales tienen “derecho a la vida, a la libertad y a la
seguridad de su persona” (Art. 2)
Dentro
de este contexto, preguntemos ¿Tiene la mujer el derecho a decidir sobre su
cuerpo? Libertad es el derecho de decidir sobre uno mismo, siempre que no
afecte el derecho de otros a elegir y decidir. Sí, la mujer tiene ese derecho. ¿La
decisión de interrumpir un embarazo no deseado se trata de un tema ético? En
principio se trata de un tema enmarcado dentro de los principios de la ética
sin que, de ninguna manera sea inmoral; como no es inmoral la concertación de
una pareja de igual sexo para unirse en matrimonio. Es que nadie será objeto de
injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su
correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación, (Art. 12 de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos).
Muy
a propósito voy a reproducir el texto del Art. 18 de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de
pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de
cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su
religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en
privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia”.
Implícitamente en este artículo está el no derecho de algunos de imponer a
otros sus convicciones religiosas.
Y
son interpretaciones peregrinas que aducen algunos que se denominan cristianos
y seguidores de los mandatos de Dios y se proclaman portadores de la Voz Divina,
para exigir, EN NOMBRE DE DIOS que se criminalice el derecho de la mujer a
interrumpir un embarazo que no desea. Afirman que el aborto es pecado, casi
abominación de Dios, basándose en algún que otro versículo de la Biblia, tan
generalizados, que admiten amplísimas interpretaciones. Según la Biblia, Dios
dio el encargo a los seres humanos de crecer y multiplicarse, lo que hace
aparecer como obvio que Dios no admite interrupciones del embarazo, por aquello
de “reproducirse”. Según también en la Biblia en el versículo 13 de Salmos 139,
David aseguró: “Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi
madre”, algo que puede aceptarse como una licencia literaria, pero también,
se puede llegar, por vericuetos retóricos, a la conclusión de que el feto es
obra de Dios y por lo tanto, intocable. Está bien, pero en Génesis 2:7 se dice:
“Entonces el Señor Dios formó del polvo de la tierra, y SOPLO en su nariz el
ALIENTO DE VIDA, y fue el hombre un ser viviente”. Es decir, el hombre es
SER VIVIENTE cuando respira con sus pulmones. Este concepto de ser viviente se
amplía en Job 33:4: “El Espíritu de Dios me ha hecho, y el aliento del
Todopoderoso me da vida”. El aliento da vida. La vida según
estos versículos se inicia, no en el seno natal, en el aliento vital, Y la vida
de ese ser viviente es, según la Biblia, la que Dios protege. Génesis 9:5-6: “El que derrame sangre de
hombre, por el hombre su sangre será derramada, porque a imagen de Dios hizo El
al hombre”.
Personalmente,
preferiría que ninguna mujer recurriera a la interrupción del embarazo, pero. ¿quién
soy yo para aconsejar tal cosa? En definitiva, me acojo a la respuesta que Jen
Psaki, la portavoz de la Casa Blanca le espetara a un periodista de los
pro-vida que cuestionaba el apoyo de Biden al derecho de elección de la mujer: “Sé
que usted nunca ha afrontado esa elección ni ha estado nunca embarazado,
pero para las mujeres ahí afuera que hacen frente a esa elección es algo
increíblemente difícil y el presidente opina que sus derechos deben respetarse”.
¿Cuestión
ética? Sean pues, los clamorosos defensores de la palabra de Dios, como ellos
la interpretan, consejeros de las mujeres, traten de convencerlas de que deben
renunciar al embarazo, si tan antiético ellos lo consideran y no promuevan
campañas entre los políticos ultraconservadores para adelantar legislaciones
que criminalizan un derecho que solo a las mujeres corresponde.
