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sábado, 18 de marzo de 2023

Revolución

 


Del II Tomo de “La revolución cubana: Un análisis crítico de la era del castrismo”. Capítulo I

Mario J. Viera

Si estudiamos todos los procesos o peculiaridades por los que transcurren y caracterizan a las revoluciones clásicas, podrá colegirse ─ sin implicar en este razonamiento una admisión del determinismo histórico ─, que existen y rigen, en toda revolución, determinadas características que las identifican.

La revolución que se iniciaba en Cuba no era una de carácter clasista, sino una revolución de la clase media cubana urbana

Las revoluciones no son movimientos de ciudadanos, sino movimientos de masas; y ya Castro, desde el primer día, se manifiesta como un agitador de masas. Toda revolución, en sus etapas iniciales, es populista; porque sin el apoyo popular, devenido en apoyo de masas o de populacho, fracasan. Y Castro proclama al pueblo como el conductor verdadero de la insurrección. Le coquetea al pueblo, presentándole como el verdadero ejecutor de la rebelión antibatistiana; quiere ganarse su simpatía, y aún más, si fuera posible, su adoración, como si él mismo fuera el Mesías ansiado. La revolución la ha hecho el pueblo y el pueblo es la revolución. Identidad pueblo-revolución. El mal que se haga contra la revolución se entiende hecho contra todo el pueblo: Dice Castro: “Los ataques contra la Revolución van contra el pueblo, los ataques contra nosotros van contra el pueblo, porque nosotros aquí no representamos otro interés que el interés del pueblo[1].

Las revoluciones comienzan con la toma del poder del partido revolucionario, y solo desde el poder se ejecuta la revolución, así ha sido con la Revolución Francesa del jacobinado, así fue durante la mini revolución de la Comuna de París, y así ha sido con la revolución bolchevique de 1917.

Desde ahora en adelante se cumplirían las leyes o caracteres que rigen un movimiento revolucionario:

Primera ley: En toda revolución rige la Ley de Jano, un rostro mirando al pasado que la justifica, y otro rostro mirando al futuro que la anima, y nunca mirando al presente. Se impone el miedo al retorno del pasado, formándose a posteriori el miedo a la libertad: “en un proceso revolucionario tan hondo como este ─ dirá Castro el 6 de febrero de 1959 ─, no caben términos medios, que un proceso revolucionario como este llega a la meta o el país se hunde en el abismo, que o avanzamos cien años o retrocedemos cien, que una recaída en el pasado sería la peor suerte, y la suerte más indigna que pudiera caberle a un pueblo como este”. Y ratifica este concepto el 16 de marzo cuando toma posesión del cargo de Primer Ministro: “¡El fracaso de la Revolución es el abismo, la guerra civil, el mar de sangre y, al fin y al cabo, el regreso de Batista, de Ventura, de Chaviano, de Masferrer, de Carratalá y de toda aquella caterva de criminales!, porque aquí no hay términos medios”.

El futuro visto como promisorio y el presente es solo una etapa que se alcanza para llegar al futuro halagador. Castro lo dice así, el 22 de diciembre de 1975 con motivo de la Clausura del Primer Congreso del Partido Comunista (PCC):

Nuestro futuro se presenta halagador, se presenta claro. Hoy somos libres, hoy somos dueños absolutos de nuestro destino, y por eso podemos construir ese futuro. Llegaremos tan lejos cuanto seamos capaces de llegar (…) Seguiremos adelante. ¡Construiremos el socialismo! (…) Una nueva etapa de la Revolución se inicia con este Congreso. El camino hasta aquí no ha sido fácil, pero lo hemos andado. El camino futuro tampoco será fácil, pero lo andaremos mejor todavía. Ese camino lo ha trazado el Congreso…”. 

La Revolución promete la libertad; pero las libertades han de ejercerse bajo un condicionamiento: “hacer un uso digno y patriótico de ellas”, según el criterio de Castro, entendiéndose como “patriótico” el apoyo que se dé al partido revolucionario y solo a la revolución.

Segunda Ley: En toda revolución existe la violencia de la Titanomaquia, la batalla entre los titanes: lucha entre adversarios competidores por el liderazgo de la revolución, el sector más fuerte aplasta al más débil, jacobinos sobre girondinos, Stalin sobre Trotsky; Movimiento 26 de Julio sobre el Directorio Revolucionario; la lucha entre revolucionarios y contrarrevolucionarios; las fuerzas revolucionarias reprimen con violencia a las fuerzas antagónicas opuestas a la revolución. En este contexto no deja de faltar el revanchismo del partido vencedor, en contra de los desplazados del poder o en contra de los adversarios políticos dentro del campo revolucionario, pudiendo asumir tanto formas violentas como sutiles. El revanchismo con apariencias de “hacer justicia” por medio de la guillotina o los paredones de fusilamiento; o como cuestión de los “principios revolucionarios”

Tercera Ley: A la revolución en sus inicios siempre se opondrá un movimiento armado, generalmente con base campesina al estilo de la Vendée en Francia, con apoyo de alguna potencia extranjera; así ocurrió en la revolución francesa, así se produjo durante la revolución bolchevique con las bandas blancas de Antón Denikin y Aleksandr Kolchak, y así se cumplió en la revolución cubana con las bandas de guerrilleros principalmente en el Escambray. Movimientos condenados al fracaso, aplastados por el poder revolucionario y la fuerza de las masas: Ley de la Vendée. 

Cuarta Ley: En toda revolución fatalmente se cumple la Ley de Saturno, cuando comienzan los antagonismos dentro del mismo partido revolucionario: la fuerza hegemónica del partido revolucionario, anula o asesina a la minoría disidente. El fuerte devora al débil. Si, así lo vislumbra el mismo Castro cuando dice en su discurso del 8 de enero de 1959, pronunciado en el Campamento militar de Columbia: “Los peores enemigos que en lo adelante pueda tener la Revolución Cubana somos los propios revolucionarios”.

Quinta Ley: Toda revolución se proclama a sí misma, a su movimiento, como “fuente de derecho”, por la dinámica propia de las transformaciones que implanta, y se legitima en la razón misma del ser y del poder ser. La revolución no solo es fuente de derecho, sino también el final de la historia. El pasado es una etapa oscura de enfrentamiento entre las fuerzas del “progreso” y la retardatorias, la revolución es la negación del pasado. La Historia comienza con la revolución y con ella llega el fin de la Historia.

Sexta Ley: En toda revolución hay combate contra un enemigo objeto ─ aristócrata, oligarca, terrateniente, burguesía, grandes intereses ─ al que se le identifica como causa y razón de todos los tropiezos y de todos los obstáculos que se presentan durante el proceso revolucionario; el enemigo al que hay que eliminar con la violencia de la justicia revolucionaria: sans-culottes contra aristócratas, en Francia; arios contra judíos, en Alemania; clase obrera contra “saboteadores”, en Rusia. Castro identificará como enemigo objeto al “imperialismo” o a los “ricachones”: “Ustedes saben bien que hay gente que no tiene que trabajar ─ denuncia en Santiago de Cuba en discurso del 30 de noviembre de 1959 ─.  Ustedes saben bien que hay gente que en su vida ha derramado una sola gota de sudor.  Ustedes saben que hay gente que vive muy bien y sin embargo no trabaja, y que, sin embargo, tiene tiempo de sobra para murmurar, para regar “bolas” y para hacer campañas contrarrevolucionarias”. Lucha de clases según la doctrina marxista de interpretación de la historia.

Séptima Ley: Las revoluciones necesitan de las crisis, reales, imaginarias o auto creadas, para prolongarse en el tiempo. Las crisis justifican los medios. Así lo entendía Castro:

La Revolución necesita combatir, el combate es lo que hace fuerte a las revoluciones; las amenazas de invasión extranjera y las agresiones que ha sufrido nuestro país, y que pusieron en pie de lucha al pueblo cubano, ha hecho más fuerte a la Revolución. Una revolución que no fuese atacada, en primer lugar, no sería, posiblemente, una verdadera revolución.  Además, una revolución que no tuviera delante un enemigo, correría el riesgo de adormecerse, correría el riesgo de debilitarse. ¡Las revoluciones necesitan luchar, las revoluciones necesitan combatir, las revoluciones, como los ejércitos para hacerse aguerridos, necesitan tener delante un enemigo![2] 

Octava y Novena Ley: Toda revolución cumple una función sigmoide: inicio, clímax y decadencia. En toda revolución que se pretenda continuar más allá del marco de sus objetivos, prolongarla en el tiempo, se cumple la Ley de Termidor: la revolución deviene entonces en su propia antítesis; la negación de su propia negación.

Décima Ley: El torbellino revolucionario, actuando como Ley sobre toda Ley, subsume y subroga al mismo tiempo al Estado. El poder revolucionario, al asumir el Gobierno, asimila al Estado y se hace Estado y Gobierno, todo en una sola unidad. La coerción ya no es función exclusiva del Estado, y el mismo Estado deja de ser la representación jurídica y política de toda la sociedad para, absorbido dentro del único ente político que es la Revolución, ser la representación política y jurídica de la facción en el poder.

Todos estos factores se irán manifestando en la “Revolución Cubana” con el transcurrir de los años.

Para Silvio Costa[3], las revoluciones “se dan a partir de las modificaciones económicas, sociales, políticas, culturales, que agravan las contradicciones inherentes al propio desarrollo de las sociedades, y cuando una parte significativa de la población entiende que no es posible continuar viviendo bajo el orden económico, social y político existentes, y que es necesaria una transformación”.

Para la llamada Revolución Cubana, ¿se cumplen estos presupuestos?



[1] Fidel Castro: Discurso ante los trabajadores de la Shell 6 de febrero de 1959

[2] Fidel Castro, discurso en Santa Clara en el antiguo cuartel Leoncio Vidal, 28 de enero de 1961

[3] Silvio Costa. Comuna de París: Historia y Revolución. Madrid, Invierno/2001

domingo, 30 de mayo de 2021

Cuando Fidel Castro buscó el dinero de Carlos Prío

 

Del libro en preparación “La revolución cubana. Un análisis crítico de la era del castrismo (Capítulo XII del Tomo Uno)

 

Mario J. Viera

 


En el mes de agosto se presentaba ante Castro una complicada situación. Había sido fichado por la Dirección Federal de Seguridad, se había incautado muchas de las armas de su arsenal. Se necesitaba urgentemente buscar el necesario financiamiento para sus propósitos insurreccionales. De acuerdo con el oficialista Humberto Normán Acosta, “(Castro) necesita con toda urgencia el dinero para comprar las últimas armas, adquirir la embarcación para la expedición y finalmente preparar la salida. (…) Se le presentaba una situación verdaderamente crítica, después de las detenciones y la ocupación de las armas, lo cual causó cierta decepción y provocó incluso que hasta la recaudación económica decayera[1]

Castro había proclamado que, en 1956 serían libres o serían mártires; pero la situación no parecía que pudiera cumplir su entusiasta promesa. Así le dice a su complaciente entrevistadora Katiuska Blanco: “Agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre, ¡cinco meses me quedaban! Para aquella fecha habíamos perdido una parte de las armas, muchas casas — varias de seguridad —, los campos de tiro donde ir, todo lo que teníamos; ya éramos conocidos, estábamos chequeados por la policía. La situación era muy complicada. Fue un momento complejo en que hubo de todo, gestos de amigos (…), pero también desaliento entre quienes habían ayudado antes, y el caso era que, a partir de aquella situación, necesitábamos más dinero. En el escaso tiempo restante teníamos que concluir los preparativos y recuperar una parte de las armas, aunque realmente salvamos como el 70%. Teníamos que completar el número de hombres, el entrenamiento, conseguir el barco, preparar el punto de partida, hacerlo todo y bajo la vigilancia de la policía[2]. Y agregó Castro: “Entonces, en las circunstancias posteriores a nuestra detención, Prío se dio cuenta de que afrontábamos una situación muy difícil, y consideró buena la oportunidad para tener un gesto con nosotros y ofrecernos colaboración, y pidió una entrevista, un contacto, quería contribuir. Se necesitaba más dinero, quizá también por la probable generosa coima concedida al amable Fernando Gutiérrez Barrios.

Y anota Normán Acosta: “Al joven líder revolucionario no le queda más remedio que pasar por un momento muy amargo y difícil, si quiere cumplir la promesa al pueblo de que en 1956 iniciaría la insurrección en Cuba. Con profunda molestia acepta sostener un encuentro con Carlos Prío, el ex presidente, quien ha puesto la condición de que Fidel debe reunirse con él en Estados Unidos”.

En realidad, no fue Carlos Prío quien diera el primer paso para acercarse a Castro, con el fin de colaborar con su gran obra liberadora. Ese paso lo dio, inicialmente el mismo Castro. A principios de agosto, Castro le propuso a Teresa, “Teté”, Casuso contactar con el expresidente para recabar su ayuda en los preparativos de la expedición a Cuba, aprovechándose de las relaciones de amistad que Teté mantenía con el depuesto mandatario; amistad que provenía desde la época donde ambos eran compañeros de lucha contra la dictadura de Gerardo Machado. Sobre esta propuesta de Castro, Teté Casuso anotó: “Me pidió que fuera a Prío en Miami y concertara una entrevista, advirtiéndome, sin embargo, que dejara que fuera Prío quien sugiriera la reunión[3].

Ramón L. Bonachea, en colaboración con Marta San Martín, en nota explicativa al pie de página de su libro, The Cuban Insurrection, 1952-1959. 2017[4], expresó: “Fidel le pidió a Teté que concertara una reunión con Carlos Prío. Aunque previamente había hecho la misma petición de Antonio (Tony) Santiago[5] y Carlos Vega en México. Antonio "Tony" Santiago Ruiz actuó como enlace de Prío con Fidel Castro tras el contacto inicial establecido por Teté Casuso.

No obstante, Heberto Normán Acosta[6], señaló como los enlaces ─ para coordinar la entrevista entre Castro y Prío ─ a Carlos Maristany y Juan Manuel Márquez. El lugar del encuentro entre Castro y Prío se acordó realizarlo en el hotel Royal Palms de Mc Allen, Texas. Esto conllevaba un contratiempo, Carlos Prío no podía salir del territorio de Estados Unidos por estar involucrado en un caso de contrabando de armas, y Castro… Se dice que él no podía entrar legalmente a Estados Unidos, según Heberto Normán Acosta, porque “las autoridades mexicanas le han retenido el pasaporte”; o según, como el mismo Castro le dice a Katiuska Blanco: “puesto que a mí no me daban visa para ir allí, y mucho menos después de las declaraciones del Che y su defensa encendida del marxismo-leninismo en las prisiones de la Policía Federal”.

En el libro. Fidel, Raúl, mis hermanos donde María Antonieta Collins[7] recoge las memorias de Juanita Castro, esta ratifica: “Luego de varias consultas, Fidel decidió que era tiempo de ir a pedirle ayuda al expresidente Carlos Prío Socarrás, y acordaron verse en McAllen, Texas. La hermana disidente de los Castro, confirmó que Fidel, “ya no tenía visa de turismo. La Embajada de Estados Unidos, en México, se la había revocado porque Fidel seguía haciendo públicas las intenciones de invasión a Cuba, y con eso se puso fácilmente en la mirilla de los batistianos…”

Ni una cosa, ni la otra. Teté Casuso precisó:

Estuve en Miami cinco días. Las negociaciones tuvieron éxito; Carlos estaba ansioso por hablar con Fidel, y se organizó una reunión. Se reúnen una semana después en un lugar específico de Estados Unidos, justo al otro lugar de la frontera. Prío sugirió una cierta "conexión" ─ una figura mexicana importante ─ para llevar a Fidel a través de la frontera, pero Fidel, a quien se le habían dado dos semanas para salir de México a su salida de la prisión y ahora en el país ilegalmente, prefirió no correr el riesgo, y nadó el Río Grande en su lugar[8].

Contrario a lo que asegura Heberto Normán Acosta, que Castro sufría “una profunda molestia”, y que, “personalmente le duela y humille” la entrevista con Prío; lo cierto es que fue el propio Prío quien pasó por alto los ataques que Castro, el año anterior le dirigiera durante su peregrinar por Estados Unidos en búsqueda de recaudaciones por parte de los emigrados cubanos, cuando dijera, en clara referencia a Carlos Prío: “El dinero robado a la República no sirve para hacer revolución. Con el dinero robado a la República no se ha disparado un tiro todavía. (Capítulo VII § 6) Fue el expresidente quien aceptó la entrevista que Castro, por conducto de Teté Casuso, le solicitara, haciendo olvido del ataque verbal de Castro contra él.

Castro se decide. Va al encuentro con Prío en la pequeña ciudad fronteriza de McAllen. Pero no tiene la visa para entrar en Estados Unidos. ¿Qué podría hacer? Juanita Castro lo responde: “…el único recurso que le quedó a Fidel fue entrar como indocumentado. ¿Cómo lo hizo? Nadando en el río Bravo. Fofo arregló que uno de sus trabajadores en sus oficinas de Reynosa lo llevara por el mejor punto para tirarse al río, y así fue que nadando llegó a la otra orilla. Allí lo esperaban con ropa seca y auto que le llevaron al hotel Las Palmas, en el centro de McAllen para el encuentro con Prío, reunión que Orquídea [Pino] narraría tiempo después”.

En el relato existen algunas contradicciones. Según Heberto Normán Acosta, unos amigos del ingeniero Alfonso Gutiérrez, al que siempre identifica como mexicano, acompañan a Castro “en un jeep hasta un determinado punto, donde montan a caballo hasta llegar a un recodo en la margen del río, desde donde Fidel se lanza al agua”; Castro, en cambio, le hace otro relato a Katiuska Blanco. Según Castro, fue Fofó quien pudo garantizarle el traslado. “Contactó con sus amistades para que pusieran caballos del otro lado del río. Entonces llegué, me monté en un caballo hasta un punto y luego seguí en un vehículo hasta el motel…”

En este punto, valga una digresión. Siempre, casi desde el mismo 1959, se había divulgado, cual si fuera una leyenda, que Castro había ¡cruzado a nado la Bahía de Nipe! Esta es la mayor bahía de Cuba y se considera plena de tiburones, aunque, en el relato que le hiciera a la complaciente Katiuska, matizó el bulo, diciendo que había nadado solo unos 300 a 400 metros, hasta un no muy distante cayo, llevando a cuesta consigo una ametralladora, cuando la expedición de Cayo Confites. Jamás se había dicho que hubiera cruzado el río Bravo o Grande a nado. Esta nueva anécdota comenzó a circular a partir del verano de 2006 cuando, de acuerdo con Katiuska Blanco, él le habló de haber cruzado a nado el río Bravo como si fuese un espalda mojada[9].

Todos estos hechos se prestan para que surja la suspicacia. No obstante, investigando el terreno en torno a la ciudad de Reynosa en México y los meandros del río Bravo o Grande en torno a esa ciudad, así como la distancia a la cual se encuentra McAllen de la frontera con México, se puede dar credibilidad al cruce de Castro a Estados Unidos como indocumentado, sin importar si, en realidad, lo hizo a nado o utilizando para ello alguna balsa o bote.

El Motel Royal Palms, ya hoy desaparecido, se encontraba en el 2901 N 10th (336 hwy) de McAllen, Texas, El motel, un conjunto de una veintena de cabañas agrupadas en herradura en torno al edificio de su administración. Es posible que el punto de cruce haya sido en un lugar próximo a la carretera condal 2910 Sur, donde había la posibilidad de ser esperado por un auto o una cabalgadura, y desde ahí trasladarse en auto hasta la carretera 336 que, en McAllen, se convierte en N10th St, y continuando en dirección norte hasta donde se encontraba el motel.

Faustino Pérez y Rafael del Pino, que habían acompañado a Castro en el viaje, desde la ciudad de México hasta Reinosa, cruzaron, ese mismo día, 1ro. de septiembre de 1956, el puente que une los puestos fronterizos de Hidalgo y Reinosa.

El encuentro de Castro con Prío se produce en la cabaña marcada con el número 21. Allí le esperaba Carlos Prío quien, en compañía de Juan Manuel Márquez, había viajado desde Miami. Lo que se conversó entre ellos ha quedado en el anonimato. Al respecto, de manera muy parca Castro le diría a Katiuska Blanco: “Conversamos largamente. Allí estuve unas horas, creo que hasta almorcé con él”.

Castro había solicitado inicialmente un préstamo de 40 mil dólares, sin embargo, Prío le aportó una suma de 50 mil dólares. Heberto Normán Acosta afirma que la entrega de dicha suma no se efectuó en ese momento, sino posteriormente. Según dice, la entrega del dinero se realizó en diferentes partidas, todo lo cual se contradice con lo declarado por Juanita Castro: “Fue ─ declaró ella ─ algo muy privado y sin testigos. Fidel me dijo que le había explicado a Prío la necesidad urgente de comprar el barco con el que regresarían a Cuba. Prío entonces le entregó ahí mismo un paquete con cincuenta mil dólares para que pudieran comprarlo…”



[1] Heberto Normán Acosta. El día que Fidel cruzó a nado el río Bravo.  Granma, 31 de agosto de 2006

[3] Teresa Casuso. Cuba and Casto. Random House. 1961 (Pag. 111-112)

[4] Ramón L. Bonachea y Marta San Martín. The Cuban Insurrection, 1952-1959. Edición de 2017

[5] Antonio "Tony" Santiago Ruiz, era un estrecho colaborador de Carlos Prío Socarrás. No confundirlo con el agente castrista de igual nombre, Antonio (Tony) Santiago Rodríguez.

[6] Heberto Normán Acosta. Op. Cit.

[7] María Antonieta Collins. Fidel y Raúl, mis hermanos, la historia secreta. Memorias de Juanita Castro.  Penguin Random House Grupo Editorial USA, 2011

 

[8] Teresa Casuso. Op. Cit.

[9] Katiuska Blanco. Op. Cit.

jueves, 7 de febrero de 2019

Parte final del Capítulo XVIII Bahía de Cochinos, una enseñanza. La guerrita perdida de JFK del libro no publicado Amigos, Aliados y Enemigos, Un Análisis de la Era del Castrismo


Mario J. Viera



¿Fue Kennedy el culpable de la derrota de Bahía de Cochinos o hubo una conspiración en su contra?

Se insiste en que todo el fracaso de las operaciones de fuerza contra Castro se debe a la débil actitud de John F. Kennedy, y en parte tienen razón los que así opinan; sin embargo, esa responsabilidad hay que cargarla también sobre otros hombros. Kennedy tenía serias dudas en cuanto a la magnitud de las operaciones que hacían impracticable la “negación plausible” de que Estados Unidos estaba detrás de todo aquel operativo y quería evitar que esto sucediera a todo coste. Para nadie era secreto que en Guatemala se entrenaba una Brigada de exiliados anticastristas y que la CIA estaba comprometida en aquella actividad, como lo denunciara Raúl Roa. Dean Rusk no estaba de acuerdo con la operación tal como se había concebido y Schlesinger la rechazaba considerando que era preferible en lugar de decidirse por acciones drástica practicar la alta política propia de un estadista. Kennedy decidió que se estudiaran otros sitios y otros planes alternativos para la operación, y en solo tres días la Task Force y el WH/4 dio su respuesta. Todo un plan estratégico y sus contingencias resuelto en solo unos pocos días. Dulles no puso objeción alguna. Hawkins eligió una nueva zona para lanzar la operación; ¿pudieran aceptarse las conclusiones a las que arribara Hawkins para elegir la zona de Zapata? Un experto en operaciones anfibias de la talla de Hawkins no puede caer en la simpleza de haber elegido un campo de operaciones basado en las informaciones de fotografía y aceptar luego que hubo un error de interpretación de esas informaciones. Se elegía Zapata solo porque en Soplillar había un campo de aterrizaje de 4 500 pies, cuando en la zona de Trinidad había otra pista más adecuada. Hawkins no podría ser tan irresponsable para elegir una zona donde no había posibilidad de una retirada hacia las montañas en caso de eminente derrota que le permitiera a los invasores unirse a las guerrillas, y una zona pantanosa y estrecha sin posibilidad de impedir el avance ofensivo del enemigo como estaba previsto en Trinidad. Sin embargo, Hawkins actuaba bajo fuerte presión y, ya antes, él y Esterline intentaron renunciar al proyecto cuando el Plan Trinidad fue desestimado. ¿Fue un descuido no intencionado? ¿Se pudiera aceptar la justificación dada por el general White, que “se trataba de un cambio de ubicación, más que algún cambio significativo en el plan”? Esto no se concibe en un general de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Todo cambio de ubicación del campo de operaciones conlleva también cambios significativos en los planes. Se pudo hacer ver claramente a Kennedy que la mejor plaza era la zona de Casilda/Trinidad, argumentos para ello había suficientes y, manteniendo esta como zona de operaciones, haber estudiado otras opciones que cumplieran con el requisito de la “plausible deniability”. Otra pregunta a la que hay que dar respuesta: Si el Estado Mayor Conjunto, como asegurara el General White, no estuvo de acuerdo con el traslado de las operaciones de Trinidad hacia Zapata, ¿por qué entonces le dio su “máximo apoyo” al Plan Zapata? ¿Por qué no advirtió al Presidente y dejó que este asumiera que todo iba bien?


No se puede pasar por alto lo que Jacob Esterline le confesara a Pfeiffer en una entrevista realizada en 1975: “Ellos me convencieron... cuando pasamos (de Trinidad a Zapata) ... que no había nada que pudiéramos hacer, que no había otra alternativa, aparte de esto; y parecía desde un punto de vista matemático, si tenemos ciertos ingredientes básicos ─ principalmente adecuado apoyo aéreo, transporte adecuado, adecuada Logística y la capacidad de lucha de ellos era lo esperado, y el gobierno cubano no tenía más de lo que creíamos que tenía, y acabó el Calvario su... acabó con su fuerza aérea ─ que estas personas podrían ser capaces de sostenerse y podrían crear suficiente acción de choque como para que el resto se levantara[1]. ¿A quiénes se refería cuando dijo que “ellos” le convencieron? ¿Dulles? ¿Bissell? ¿Se le había asegurado que la operación contaría con todos los recursos de apoyo para asegurar el éxito?


La inquietante pregunta que Richard Bissell le formulara a Kennedy en el caso de que se cancelara todo el operativo: “¿Qué hacemos con los mil quinientos hombres? ¿Los soltamos en Central Park a que se desmadren, o qué?” El mismo Bissell hubiera podido responder su propia pregunta, retomar la idea inicial de la operación antes de que escalara a un planeamiento de guerra regular; es decir retomar el plan que preveía una unidad de infiltración con los exiliados cubanos con capacidad para entrenar a los grupos que debían organizar dentro de la isla y fomentar una red clandestina de inteligencia y con los cubanos que se habían entrenado en Retalhuleu en operaciones paramilitares emplearles en operaciones de infiltración y de fortalecimiento de las bandas guerrilleras.


Hawkins relataría tiempo después lo que había conversado con Richard Bissell en torno a la localización de una zona que cumpliera con la condición de contar con una pista de aterrizaje. Esta zona según él estaba ubicada en las proximidades de la península de Zapata. “Le dejé claro a Bissell ─ declararía Hawkins ─ que, sí, que podríamos entrar allí y mantener esa área por un rato debido al estrecho acceso que poseía a través de los pantanos y a un tercio de Cienfuegos a lo largo de la costa. Ahora bien, podemos mantener esta (posición) por un rato, pero no por mucho. Por otra parte, la Brigada no tiene ninguna oportunidad de abrirse paso para salir de allí. A despecho de estas advertencias que le di, sobre los peligros militares que rodeaban a esta zona, Bissell dijo, si este es el único lugar que satisface el requerimiento del Presidente, entonces eso es lo que vamos a hacer. Y dijo, adelante y desarrolla el plan en la Bahía de Cochinos[2]. Así, sin más, sin un análisis sobre aquella opción, sin atender cuanto se apartaba de las condiciones que existían en Trinidad, Bissell dio carta blanca para elaborar el Plan Zapata. Pero Hawkins agrega: “Bissell actuó imprudentemente al no defender la operación Trinidad. Si en realidad se querían deshacer de Castro, él debió defenderla, porque esta era la única posibilidad. Más adelante no defendió la necesidad de las operaciones aéreas. Yo no sabía que el presidente en realidad nunca había sido informado sobre la necesidad de la eliminación de la fuerza aérea de Castro y aparentemente no lo fue. Y yo no conocía eso. Yo resentía el hecho de que en el último momento Bissell no hubiera luchado fuertemente para preservar nuestra propia capacidad aérea y particularmente no permitir que el bombardeo final fuera completamente cancelado. Yo pensaba que nos convenía tener suficiente honor y no hacerla a aquellas tropas cubanas”. A estos pronunciamientos de Hawkins agregaba Esterline algo que podría entenderse como una acusación: “Me veo obligado a llegar a una conclusión muy infeliz y es la de que (Bissell) estaba mintiendo por razones que todavía no entiendo totalmente. Ahora estoy convencido de eso. Pienso que el hecho de que alguien tergiversara una situación deliberadamente al máximo jefe de Estado, es algo bastante imperdonable[3].


Adelanto una pregunta a la que no daré respuesta, pero dejándola como una insinuación, ¿Acaso hubo una conspiración contra Kennedy, sabiendo como es conocido que muchos oficiales CIA les eran contrarios, con el propósito de hacerle cargar con una derrota lacerante?


Toda una armazón de errores y omisiones condenaron la operación Zapata, fatal y necesariamente, a un total desastre. ¿Traición? El hecho real de todo aquel desastre lo resumiría el ex combatiente de la Brigada 2506 González Rebull: “Si no hubo traición, hubo abandono. Sin lugar a dudas, sabíamos que nosotros los cubanos, teniendo en cuenta el poco armamento, la distancia y los escasos aviones que teníamos, no podíamos realizar esa acción militar solos. Sabíamos que sucedería lo que sucedió: Fidel Castro pondría toda su fuerza allí, artillería, tanques y miles de hombres contra los 1.246 de la Brigada 2506[4]. Is that all?


La sangre cubana se derramó sobre el suelo cenagoso desde Playa Larga hasta Playa Girón, sangre de hermanos enfrentados en dos bandos contrarios. Unos y otros atrapados en un juego político que les convertían en piezas desechables. Los caídos por la parte castrista ascendieron a 142 combatientes y numerosos heridos; por la Brigada invasora se produjeron aproximadamente 114, entre ahogados y muertos en acción. Las consecuencias fueron desastrosas para los Estados Unidos y para el presidente John F. Kennedy en primer lugar, tal como lo expone José Luis Álvarez:  


Aparte del drama personal para los combatientes (de la Brigada 2506), las consecuencias políticas para el presidente (Kennedy) fueron relevantes. Por vez primera, después de varios años de éxitos encadenados en su imparable carrera desde congresista por Boston, a senador de Massachussets, hasta llegar a ser presidente de Estados Unidos, a Kennedy se le quebró su racha de buena suerte (…), pagando un alto precio en prestigio, en buena voluntad hacia él y en capacidad de maniobra[5].


Hundido el prestigio de Estados Unidos en los pantanales de Playa Girón-Playa Larga solo se consiguió lo contrario de los objetivos de Washington. El régimen castrista se consolidaría con el fiasco de Bahía de Cochinos y Cuba afirmaría aún más sus lazos con la Unión Soviética hasta convertirse en un preciado Estado satélite para Moscú. Ahora Cuba representaba ante toda la América Latina un importante precedente de reto a la doctrina Monroe.


El 20 de abril, en un discurso ofrecido ante la Sociedad Americana de Editores de Periódicos (American Society of Newspaper Editors), Kennedy reconocería públicamente la participación de Estados Unidos en la fracasada expedición a Bahía de Cochinos y la justificaría como un acto necesario a favor de la seguridad nacional de los Estados Unidos, diciendo:


Any unilateral American intervention, in the absence of an external attack upon ourselves or an ally, would have been contrary to our tradition and to our international obligations. But let the record show that our restraint is not inexhaustible. Should it ever appear that the interamerican doctrine of non-intervention merely conceals or excuses a policy of non-action – if the nations of the hemisphere should fail to meet their commitments against outside communist penetration – then I want it clearly understood that this government will not hesitate in meeting its primary obligations witch are to the security of our nation[6].


Cualquier intervención unilateral de Estados Unidos, en ausencia de un ataque externo sobre nosotros o contra alguno de nuestros aliados habría sido contrario a nuestras tradiciones y deberes internacionales. Pero que conste que nuestra moderación no es inagotable. En el caso de que pareciera que la doctrina interamericana de no injerencia encubra una política de no acción ─ si las naciones de este hemisferio dejan de cumplir sus deberes contra la penetración externa comunista ─, entonces quiero que se comprenda claramente que este Gobierno no dudará en el cumplimiento de sus obligaciones primarias que son la seguridad de nuestra Nación”.


[1] Jack B, Pfeiffer entrevista a Jacob Esterline sobre la operación de Bahía de Cochinos. Noviembre 1975
[2] Peter Kornbluh. Op. Cit.
[3] Peter Kornbluh. Op. Cit.
[4] Jesús Hernández. Diario Las Américas, 16 de abril de 2016
[5] José Luis Álvarez. Decisiones estratégicas. LID Editorial Empresarial, Madrid, 2009
[6] President John F. Kennedy. Address before the American Society of Newspaper Editors. Statler Hilton Hotel, Washington, D.C. April 20, 1961. John F. Kennedy. Presidential Library and Museum

martes, 21 de febrero de 2017

El Estado corporativo que no cuajó (continuación)

Mario J. Viera



Capítulo LVIII del libro aún no publicado Amigos, Aliados y Enemigos: Un análisis crítico de la Era del Castrismo (Segunda Parte)

A lo largo de los años 1959 hasta 1961, el Gobierno Revolucionario representado en la persona de Fidel Castro, como líder máximo de la revolución, va impulsando un proceso, caracterizado inicialmente por el populismo ─ rebaja de las tarifas eléctricas y telefónicas, rebaja de los alquileres ─ y continuado luego por medidas dirigidas hacia el establecimiento de un sistema político, económico y social de carácter corporativista. Un sistema de rígida intervención estatal en la economía y en todas las esferas sociales, con un elevado concepto de Nación, que pretendía, tal como lo concebía la doctrina fascista, integrar en corporaciones a campesinos, obreros, técnicos y empresarios, y, mediante la regulación de la producción y la fijación de los salarios, suprimir supuestamente los conflictos sociales que derivan en huelgas y cierres de empresas[1].

La Nación en el agitar de las masas y la unidad de los sectores nacionales siempre presentes en la retórica de Castro; así el 26 de octubre de 1959, luego del arresto del comandante Huber Matos y de la excursión aérea sobre La Habana de Díaz Lanz, hace una patética exhortación a la defensa colectiva de la revolución: “…la nación, orgullosa de sí misma; la nación, orgullosa de su destino; la nación, orgullosa de su obra, pensando por primera vez como nación, unidos todos en un propósito noble; fuera de ella y contra ella, todos los que no son capaces de comprender ese noble propósito de la nación; con sus gallardos soldados guajiros; la nación, con sus campesinos, que constituyen la mitad del conglomerado social; la nación, con sus obreros; la nación, con sus estudiantes; la nación, con sus profesionales; la nación, con sus hijos dignos, vengan del sector de donde vengan …”[2].

Las que Braddock denominara “drásticas medidas económicas y sociales” que ya antes del 4 de abril de 1959 había implementado el Gobierno Revolucionario, de ningún modo habrían podido “ser resultado de la influencia comunista”, creer esto es tener un conocimiento insuficiente de la mentalidad egocentrista de Castro; él no acepta influencia de otros que no sean sus propios criterios, aunque puede inspirarse en figuras como Gaitán, Haya de la Torre, Cárdenas, Perón y José Antonio Primo de Rivera. Eran medidas de carácter populistas en un inicio, luego las medidas que tomaría, tendrían ya mayor alcance político, económico y hasta sociales. Entre todas estas últimas, la más trascendental fue la proclamación de la Reforma Agraria. Cuando en los Por Cuanto de la parte introductoria, así como en sus articulados, la Ley de Reforma Agraria de 17 de mayo de 1959 no puede ser considerada, aunque muchos opinen lo contrario, como una ley de carácter socialista, caso diferente a la denominada Segunda Ley de Reforma Agraria de 3 de octubre de 1963 que sí era eminentemente de corte estalinista. Tal como las reformas agrarias de México durante el gobierno de Lázaro Cárdenas 1934 a 1940, de Bolivia en 1954 impulsada por el presidente Víctor Paz Estenssoro y su partido Movimiento Nacionalista Revolucionario (Decreto Ley 3464 de 2 de agosto de 1953), de Guatemala bajo el gobierno del coronel Jacobo Arbenz (Decreto 900). Todas de carácter nacionalista y con un fuerte contenido populista.

Es evidente que con la proclamación y puesta en ejecución de la ley agraria, el castrismo pretendía el “crecimiento y diversificación de la industria” considerado como uno de los factores para el progreso (primer Por Cuanto) que implícitamente se estaba refiriendo a la empresa privada, tal como se plantea en el segundo Por Cuanto cuando se dice que las normas que la Revolución se ha propuesto dictar “darán resguardo y estímulo a la industria” y estarán dirigidas a impulsar “la iniciativa privada mediante los necesarios incentivos, la protección arancelaria, la política fiscal y la acertada manipulación del crédito público, el privado y todas las obras de fomento industrial”; por todo ello, la ley se proponía (tercer Por Cuanto) la formación de un mercado interno que contribuyera “a la creación de industrias que resultan poco rentables en un mercado reducido y a consolidar otros renglones productivos…” lo que sería factible con “la elevación de la capacidad de consumo de la población mediante el aumento progresivo del nivel de vida de los habitantes de las zonas rurales…”; “el bajo nivel de vida de la población cubana y, en especial, la rural con la consiguiente estrechez del mercado interior” ─ se consideraba en el  décimo Por Cuanto ─ sería incapaz “de alentar el desarrollo nacional de la industria”. Propósito fundamental que se perseguía con la ley era la reforma de las estructuras agrarias de monocultivo y latifundismo para propiciar el desarrollo de un mercado interno que estimulara la inversión privada en el desarrollo industrial. Base esta indispensable para el establecimiento de un Estado Corporativo que se complementa con el fundamento recogido en el decimosegundo Por Cuanto: “La producción latifundaria, extensiva y antieconómica, debe ser sustituida, preferentemente, por la producción cooperativa, técnica e intensiva, que lleve consigo las ventajas de la producción en gran escala”.

El estímulo a la producción cooperativa no era en esencia un proceso de colectivización agraria tal como se implementó en la Unión Soviética, cuando se obligó a los campesinos propietarios de tierras de labranza a integrarse en los koljoces. En el caso de la reforma agraria cubana se mantenía la propiedad de los agricultores pequeños y medianos, en tanto que, en las tierras excedentes, producto de las expropiaciones, se entregaba la tierra en propiedad cooperativista proindivisa, o de comunidad de bienes o de propiedad compartida, a los trabajadores agrícolas de esas explotaciones agrarias. Existe un referente a este concepto de cooperativización en la propiedad social ejidal mexicana recogida en las reformas agrarias mexicanas y amparada en el artículo 27 de la Constitución de 1917, igualmente en la Reforma Agraria Boliviana, en su artículo 10, inciso c) que declara dentro del concepto de propiedad agraria cooperativa: Las tierras de los campesinos favorecidos con la adjudicación de los antiguos latifundios y que se organicen en una sociedad cooperativa para su explotación”.

Castro declararía en uno de sus discursos pronunciados en 1959, cuando, luego de asegurar “que las acusaciones que nos hacen de que somos comunistas obedecen exclusivamente a que no se tiene el valor de decir que están en contra de las leyes revolucionarias” agregaría: “Yo le pregunto al pueblo si está de acuerdo o no con que el Gobierno Revolucionario organice cooperativas de consumo en el campo para evitar que los campesinos paguen el doble por las mercancías.  Yo le pregunto al pueblo si está o no de acuerdo con la reforma agraria[3].

Sin embargo, los autores oficialistas del castrismo ahora, queriendo demostrar que la idea del socialismo de carácter marxista ya se encontraba presente en el programa de Fidel Castro exponen, como la Licenciada Carmen María Díaz García en un trabajo donde analizaba la Primera Ley de Reforma Agraria que “a pesar de que los factores fundamentales de la socialización socialista (…) quedaron implícitos en el Capítulo V de la ley, de acuerdo al momento histórico que se vivía era necesario no expresarlo explícitamente, dejándose a la interpretación que la ‘cooperativa agraria’ constituía en la práctica una forma de socialización socialista. Por razones tácticas, la primera imprecisión en este sentido está en la ausencia de la palabra socialización. Señalar su carácter hubiera constituido un error en el logro del objetivo estratégico. (…) Como aún no contaba el pueblo con un desarrollo político ideológico para comprender que esa socialización representaba los intereses del obrero agrícola y del campesino, podía despertar un rechazo injusto de las masas, por eso tácticamente había que llegar a esa comprensión por otro camino. El mejor fue la organización de la ‘cooperación agrícola’”. Si se analiza cuidadosamente los enunciados de la Ley y se toma en cuenta el momento en que esta se promulgara, se verá que en ella no hay nada que explícita o implícitamente sugiera la idea de socialización y mucho menos de “colectivización de la agricultura”. Se trataba claramente de un proyecto nacionalista, populista, voluntarista y autoritario dirigido a restarle poder a los grandes poseedores de tierras de cultivo y muy especialmente a las empresas latifundarias extranjeras.
Lézaro Cárdenas proclama la ley de expropiación de la empresas petroleras

Una situación similar se había producido en México cuando el presidente Lázaro Cárdenas proclamara públicamente el 18 de marzo de 1938 la ley por la cual se expropiaban las compañías petroleras extranjeras. Estados Unidos, impelido por los empresarios estadounidenses afectados por la medida y por el gobierno de Gran Bretaña, emprendió una serie de medidas de represalias contra México entre las cuales se incluían la suspensión de las compras de plata mexicana, la prohibición en Estados Unidos del uso de los combustibles mexicanos, dándosele preferencia a la importación del petróleo de Venezuela, gravando los aranceles de importación del petróleo mexicano en un incremento de 15 a 50 centavos de dólar mientras que el venezolano sería gravado con 25 centavos de dólar; junto a estas medidas se presionó a las compañías navieras para que no transportaran el petróleo mexicano. Y a los gobiernos del área del Caribe para que suspendieran los pedidos de petróleo que habían realizado a México. De acuerdo con Energía Debate, página de la industria mexicana del petróleo, en “un intercambio de comunicados entre Eduardo Hay, Secretario de Relaciones Exteriores de México, y Cordell Hull, Secretario de Estado norteamericano, éste pide la compensación inmediata a sus conciudadanos afectados, no sólo por la expropiación petrolera, sino también por la reforma agraria[4].

Efectivamente, Hull había enviado el 27 de marzo de 1938 una nota a la Secretaría de Relaciones Exteriores de México en la que reclamaba se diera respuesta a la interrogante que formulaba para conocer “qué garantías se darán de que el pago se efectuará y cuándo puede esperarse dicho pago. En la medida que los ciudadanos estadounidenses ya han sido privados de sus propiedades, y en vista de las reglas de derecho enunciadas, mi gobierno se considera con derecho a pedir una pronta respuesta a esta pregunta”, agregaba a continuación: “Mi gobierno considera también que ha llegado el momento para un entendimiento similar con respecto al pago a los nacionales estadounidenses cuyas tierras han sido y están siendo tomadas en cumplimiento de la política agraria del gobierno mexicano[5].

En esta senda de cruces de notas entre las cancillerías de ambos gobiernos, México – Estados Unidos, el 29 de marzo de 1938, Cordell Hull, Secretario de Estado de los Estados Unidos junto con el embajador Josephus Daniels, se reúne con el canciller mexicano Eduardo Hay, en un intento dirigido a encontrar una solución a las reclamaciones planteadas por las compañías petroleras expropiadas y, al mismo tiempo, resolver y obtener una respuesta satisfactoria sobre la compensación para los estadounidenses cuyas tierras habían sido expropiadas durante la reforma agraria de México a partir de los años 20, teniendo en cuenta que la Constitución mexicana garantizaba que, en caso de expropiación de propiedades, sería obligatoria una indemnización a los afectados por ese motivo. Hull reclamaría que la indemnización debía ser "pronta, adecuada y efectiva", exigencia esta que se consagraría como la “Fórmula Hull[6]. Eduardo Hay, por su parte declararía que México estaba dispuesto a cumplir con el pago de las indemnizaciones a lo cual se oponías las compañías petroleras que reclamaban en contra la devolución de sus propiedades en suelo mexicano; además Hay se acogía a la Doctrina Calvo[7] argumentando que "no hay regla universalmente aceptada en la teoría ni en la práctica llevada a cabo que haga obligatorio el pago de una compensación inmediata...”

Vientos de guerra soplaban en Europa en aquella época. En Europa tomaban fuerzas las ambiciones de los estados fascistas, Alemania e Italia. La Unión Soviética todavía no había alcanzado el poder hegemónico que adquiriría después de 1945. Como hace notar Miguel Ángel Sánchez de Armas, “el caso de México tenía matices particulares” dentro de las relaciones de Estados Unidos con la América Latina. “La proximidad de un nuevo conflicto mundial y la inclinación que México, con su riqueza petrolera, pudiera tener entre las naciones en conflicto, daban al tema (de las reclamaciones de indemnización a las petroleras) un tono de urgencia desde el punto de vista de la seguridad nacional norteamericana[8]. Ya, reciente, el 12 de marzo de 1938 se había producido el Anschluss, la anexión de Austria como provincia de la Alemania del Tercer Reich y tres años antes, el 3 de octubre de 1935, la agresión de la Italia fascista a Etiopía. Los estados del Eje constituían el gran peligro, y la influencia que el fascismo pudiera ejercer en el continente se contemplaba con preocupación. Las medidas económicas de represalia de Estados Unidos y Gran Bretaña contra México, planteaban una real inquietud. ¿Dónde buscaría apoyo México?  

Embajador Josephus Daniels

En estas condiciones aparecería el embajador plenipotenciario de Estados Unidos en México, Josephus Daniels, que se conocería en México como el “Embajador en mangas de camisa” y denominado por la prensa de extrema derecha de Estados Unidos como el “Embajador Rojo”, el que representaría un importante papel en la solución del conflicto: evitar que México se inclinara hacia los estados del Eje Berlín-Roma o buscara apoyo en la Unión Soviética. Daniels, como lo describe Doralicia Carmona Dávila[9], “más que representante de un gobierno, era un representante personal del propio (Franklin D.) Roosevelt, capaz de oponerse al regreso a la diplomacia del dólar o del garrote”. Con su actuación Daniels evitó que se produjera un rompimiento de las relaciones diplomáticas entre México y Estados Unidos. Su sagacidad quedó demostrada cuando le expuso, como cita Carmona Dávila, “al presidente Roosevelt que la expropiación era un acto de nacionalismo, no de comunismo y que ésta, a largo plazo, sería benéfica para los propios Estados Unidos, pues elevaría el nivel de vida de los mexicanos y, por lo tanto, su poder de compra de artículos norteamericanos, lo cual superaría con creces las pérdidas ocasionadas en el corto plazo. Años después reveló que detuvo una carta de Hull que podría resultar ofensiva a los mexicanos y podría interpretarse como la vuelta a ‘la diplomacia de dar órdenes a las naciones más débiles’”.

Según Adolfo Gilly[10], Daniels en abril de 1938 llegaba a estas conclusiones:

Parece (…) que el gobierno de Estados Unidos y las compañías petroleras estadounidenses tienen todo por ganar si ayudan a México a sostenerse sobre sus propios pies en este periodo crucial, y mucho por perder con una presión continua e intensificada para lograr pagos en efectivo o la devolución de sus propiedades a las compañías petroleras. Esta última táctica solo puede conducir a que México busque ayuda en otras partes y/o al caos político y económico”. Daniels consideraba la posibilidad de que México saliera de la crisis “sin gran dependencia con respecto a los países fascistas” y se podía esperar que pudiera hacer y que haría “sustanciales pagos anuales a las compañías petroleras extranjeras” durante la siguiente década.



[1] Anónimo. Historia de México: Evolución del Estado Mexicano 1810-1999. Reconstrucción nacional 1917-1940. Prepa Tec, 2001
[2] Fidel Castro. Discurso ante la concentración popular frente al Palacio Presidencial, 26 de octubre de 1959
[3] Fidel Castro. Discurso del 26 de octubre de 1959 en la concentración frente al antiguo Palacio Presidencial
[4] La Industria Petrolera en México, Cronología 1857 – 1988. Editado en 1998 por Petróleos Mexicanos. Cit. en
Energía a Debate
[5] Adolfo Gilly. El cardenismo: Una utopía mexicana. Ediciones Era, México DF, 2013
[6] La Hull rule o fórmula Hull se refiere a la compensación debida a los inversores que sean objeto de expropiaciones o de nacionalizaciones. Según su enunciado, la compensación debía ser prompt (sin retrasos injustificados), adequate (proporcional al bien nacionalizado) y effective (en moneda convertible, o sea dólares estadounidenses)
[7] La Doctrina Calvo, fue formulada con base en los principios de la soberanía nacional, la igualdad entre los ciudadanos nacionales y extranjeros, y la jurisdicción territorial. Según Calvo: i) los estados soberanos gozan del derecho de estar libres de cualquier forma de interferencia por parte de otros estados; ii) los extranjeros tienen los mismos derechos que los nacionales y, en caso de pleitos o reclamaciones, tendrán la obligación de acabar con todos los recursos ante los tribunales locales sin pedir la protección e intervención diplomática de su país de origen.
[8] Miguel Ángel Sánchez de Armas. El Embajador Daniels. Razón y Palabra No. 62, México octubre 13, 2016
[9] Doralicia Carmona Dávila. Daniels Josephus. Biografías. Memoria Política de México
[10] Adolfo Gilly. El cardenismo: Una utopía mexicana. Ediciones Era, México DF, 2013