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sábado, 17 de abril de 2021

¡Despierten, timoratos, Raúl Castro les habla!

 Mario J. Viera

 


¿Todavía creen en cambios y reformas? ¿Todavía creen en aperturas dialoguistas? ¡Pues despierten, que Raúl Castro les responde!

 

Siempre el informe central, ante cualquier congreso del Partido Comunista de Cuba, representa las proyecciones que se esperan impulsará el PCC hasta el siguiente congreso. Son interesantes los pronunciamientos del presente informe central. ¡No tiene desperdicios!

 

Para todos aquellos que confían en proyectos cívicos para implantar reformas económicas, más amplias que las tímidas ya puestas en práctica por el régimen, lo mejor que pudieran hacer es abrir bien los ojos. En cuanto a la ampliación de las licencias para la actividad privada, el “cuentapropismo”, hasta más de 2000, decisión esta, que algunos, según afirma Castro en su informe central, que “sueñan con la restauración capitalista en el país y la privatización masiva de la propiedad (…) sobre los principales medios de producción” critican y califican de insuficiente, Sí porque es el egoísmo, la codicia y el afán de mayores ingresos lo que les alienta “para desear que se inicie un proceso de privatización que barrería los cimientos y las esencias de la sociedad socialista”.

 

¿Que se permita la importación comercial privada? ¡De ninguna manera! Eso es como pretender “hacer estallar el principio socialista del monopolio del Estado sobre el comercio exterior”. “Hay límites que no podemos rebasar”, advierte Raúl Castro,porque las consecuencias serían irreversibles y conducirían a errores estratégicos y a la destrucción misma del socialismo”. Tomen nota aquellos que creen poder establecer un diálogo cívico con el PCC: ¡Hay límites que no se pueden rebasar!  Es más, si hay desabastecimiento, pues, ¡Nada! “hay que acostumbrarse a vivir con lo que tenemos”.

 

¡Oigan! si quieren dialogar, tengan presente, “que las decisiones en la economía en ningún caso pueden generar una ruptura con los ideales de justicia e igualdad de la Revolución y mucho menos debilitar la unidad del pueblo en torno a su Partido. El partido es sagrado, nadie tiene derecho a blasfemar lo sagrado. Ahí está el Artículo 5 de la Constitución, como grabado en bronce, es que su “redacción íntegra es obra personal del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, se mantuvo en la actual, con idéntico número y contenido que, en la promulgada en 1976, consagra al Partido Comunista de Cuba como la fuerza dirigente superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos comunes hacia la construcción del socialismo”.

 

¡Vamos, señores, lo sagrado es sagrado! Así que no vengan pidiendo que se derogue el Artículo 5 de la Constitución, porque ese artículo fue redactado por el “retoño martiano” el “Padre de la Patria”, el Comandante en Jefe, aunque solo sea cenizas, Fidel Castro. Recuerden que hay límites que no se pueden rebasar. La unidad del pueblo con el partido, ¡por Dios!, “debe cuidarse con celo y jamás aceptar la división entre revolucionarios bajo falsos pretextos de mayor democracia, pues ese sería el primer paso para destruir desde adentro la propia Revolución”. ¿Mayor democracia? A quién se le ocurre. ¿Libertad de expresión? Sí, si se emplea en favor del PCC. ¿Libertad de prensa? Solo si se le cantan loas al PCC y al gobierno; todo lo demás son solo “falsos pretextos de mayor democracia”.

 

No hay vueltas de hoja: “Se ha redoblado el programa de subversión e influencia ideológica y cultural dirigido a desprestigiar el modelo socialista de desarrollo y presentándonos como única alternativa la restauración capitalista”. ¡Cuidado cuando se pida diálogos cívicos con el PCC, porque lo que se lleve al diálogo pudiera ser considerado como “programa de subversión e influencia ideológica y cultural!”. Es que los malvados gringos le están dando “prioridad a las acciones dirigidas a los jóvenes, mujeres y académicos, al sector artístico e intelectual, los periodistas, deportistas, personas de la diversidad sexual y las religiones”. Aunque “la contrarrevolución interna, que carece de base social, liderazgo y capacidad movilizativa, continúa decreciendo en la cantidad de sus miembros y el número de acciones de impacto social, concentrando su activismo en las redes sociales e Internet, se cuenta, por si acaso, con la Ley 75, y la “concepción estratégica de la Guerra de Todo el Pueblo mantiene plena vigencia”, 

 

El pequeño Castro acude a la nostalgia, al recuerdo del gran líder, y repite lo que este, años atrás dijo: “¿Saben ustedes lo que le da seguridad a la Revolución? El Partido. ¿Saben ustedes lo que le da perennidad a la Revolución? El Partido. ¿Saben ustedes lo que le da futuro a la Revolución, lo que le da vida a la Revolución, lo que le da porvenir a la Revolución? El Partido. Sin el Partido no podría existir la Revolución”. Por supuesto, muy bien se pudiera sustituir la palabra revolución por la palabra dictadura y el mensaje quedaría con el mismo sentido. Mientras el PCC se mantenga en el poder, la dictadura no dejará ser. Y no habrá modo de arrancarle el poder al PCC. mediante diálogos cívicos. El PCC y la dictadura son consustanciales a un mismo ente de poder. Por tanto, timoratos que sueñan con diálogos “democratizantes” y “cívicos”, ¡Despierten, ya el PCC les ha respondido!

jueves, 28 de diciembre de 2017

CASTRISMO BARRANCO ABAJO

Pedro Campos. Blog POLIS



La aparentemente inexplicable decisión del castrismo de prolongar por otros dos meses el "mandato" de Raúl Castro como jefe de los Consejos de Estado y de Ministros es el resultado del incontrolable desmoronamiento del sistema estructurado a la medida del caudillo fallecido y de la incapacidad de sus sucesores para realizar los ajustes y cambios necesarios.

El castrismo, por sus características políticas y socioeconómicas, ha sido una mezcla de caudillismo populista latinoamericano, con "socialismo" de corte estalinista y una especie de feudalismo, donde los leales al "rey", familiares o amigos, detentan distintas parcelas de poder.

La Constitución de 1976, con sus modificaciones posteriores, y todo el sistema político allí estructurado, fue concebido para el sostenimiento de ese híbrido, que nunca fue una cosa ni la otra y todas al mismo tiempo; pero sobre todo, una dictadura personal de Fidel Castro, quien decidía todo, desde los grandes planes económicos, las alianzas internacionales, hasta el uniforme de los escolares.

A la muerte del caudillo, su hermano heredero pretendió ponerse el traje del occiso y mantener aquel híbrido, haciéndoles algunas pequeñas reformas al modelo económico centralizado, que las características fundamentales del sistema establecido rechazó, por lo cual han fracasado. La culpa se echa a los burócratas intermedios, a los administradores y sobre todo a los trabajadores, sean estatales, particulares o cooperativistas, a los que consideran una caterva de ladrones y corruptos, por "robarle al Estado" y no agradecer a la revolución y a Fidel el país que tenemos.

En consecuencia, la economía que viene declinado desde mediados de los 80, y prácticamente colapsó cuando la caída de la URSS y el "campo socialista", ha continuado a la baja y si Raúl, consciente del desastre que había heredado, dijo que estábamos al borde del abismo, con la situación de Venezuela, el fracaso de sus "reformas" y la política de acercamiento a EEUU, ya el abismo es inevitable al final de su mandato.

Desde 2008 Raúl pensó que en 10 años podría evitar el abismo. Hoy todavía no se ha dado cuenta que solo un cambio profundo en el sistema político y económico del castrismo, hubiera podido evitar lo que hoy parece inevitable.

Así lo expresaron oportunamente desde 1990 muchos cuadros y funcionarios o del entorno del Gobierno, que acusados de perestroikos, revisionistas, centristas o agente encubiertos del imperialismo y la contrarrevolución, fueron sacados o simplemente ignorados. Entonces se dijo que los cambios en vida de Raúl podrían ser mejor aceptados por el sistema y sus burocracias. Pero en realidad, nunca se realizaron.

El ecléctico y oportunista modelo del castrismo ya hoy no aguanta más.

El castrismo de Raúl puede pretenderse una dinastía semifeudal, pero no lo es por muchas razones. Tampoco posee una sólida estructura estalinista, un partido y una economía sustentados en una teoría económico-social neomarxista que pudiera darle alguna integración. Se ha parecido mucho a las dictaduras caudillistas latinoamericanas; pero en verdad a lo más que ha llegado es a hacer un híbrido de dictadura, sin caudillo, con ingredientes dinásticos y estalinistas.

En cualquier caso, solo una economía sólida podría darle sustento y continuidad. Como la economía es un desastre, la dinastía no se puede consolidar, tampoco se estructuró el sistema político-económico del estalinismo y el caudillo murió, lo más natural es el desmoronamiento del sistema, como de hecho está ocurriendo ya.

La debacle puede ser mañana, pasado mañana o dentro de un año, en dependencia de factores coyunturales, pero de que está en fase terminal, no hay duda.


En medio de toda esta situación, la oposición y la disidencia no han sido capaces de organizarse en un frente común democrático, capaz de convertirse en una alternativa de gobierno o presionar a favor de los cambios que más convienen al país.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Un año sin Fidel

Carlos Alberto Montaner



Hace un año que se anunció la muerte de Fidel. Parece un siglo. Durante más de una década, desde el 26 de julio del 2006 hasta el 25 de noviembre de 2016, vivió con un pie en la tumba. Esa agonía en cámara lenta le fue muy útil a su hermano Raúl. Le sirvió para atornillarse en la poltrona presidencial y para que los cubanos se adaptaran a su control, mientras él se afianzaba en el poder y situaba a gente de su confianza.

Raúl es el presidente porque así lo decidió Fidel. Le parecía una persona mediocre, sin lecturas y sin carisma, pero absolutamente leal, una virtud que los paranoicos valoran por encima de todas las demás, así que le fabricó la biografía para convertirlo en su escudero. Lo arrastró a la revolución. Lo hizo Comandante. Lo hizo Ministro de Defensa. Lo hizo vicepresidente y, por último, le dejó el poder en herencia iniciando la dinastía de los Castro.

Desde entonces Raúl gobierna con su entorno familiar. Con su hija Mariela, una inquieta y lenguaraz sexóloga. Con su hijo, el coronel Alejandro Castro Espín, formado en las escuelas de inteligencia del KGB. Con su nieto y guardaespaldas, Raúl Guillermo Rodríguez Castro (hijo de Déborah). Con su yerno o ex yerno (no se sabe si sigue casado con Déborah o se divorció), el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, Jefe de GAESA, el principal holding de los militares cubanos.

Ésa es la gente que gobierna junto a Raúl, pero tienen tres problemas gravísimos. Él más importante es que en Cuba quedan muy pocos creyentes en el sistema. Sesenta años de desastre son demasiados para mantener la fe en ese disparate. El propio Raúl perdió la confianza en el sistema en los años ochenta del siglo pasado cuando despachó a muchos oficiales a centros europeos a aprender técnicas de gerencia y mercadeo.

¿Para qué los militares cubanos debían dominar esas disciplinas? Para implementar el “Capitalismo Militar de Estado”, único y devastador aporte intelectual cubano al poscomunismo. El Estado se reserva las 2500 empresas medianas y grandes del aparato productivo (hoteles, bancos, fábricas de ron, cerveza, cementeras, siderúrgicas, puertos y aeropuertos etc.) dirigidas por militares o exmilitares de alto rango. Cuando no pueden explotarlos directamente por falta de capital o de conocimientos, se asocian a un empresario extranjero al que le ofrecen buenos beneficios y al que vigilan, eso sí, como al peor de los enemigos.

Simultáneamente, a los cubanitos de a pie se les prohíbe crear grandes empresas. Deben limitarse a pequeños lugares de servicio (restaurantes), elaborar pizzas, freír croquetas, o freírse ellos mismos como taxistas. Les está vedado acumular riquezas o invertir en nuevos negocios, porque el objetivo no es que los individuos emprendedores desplieguen su talento y reciban los beneficios, sino que absorban la mano de obra que el Estado no puede emplear. En Cuba, al contrario que en China, enriquecerse es delito. O sea, lo peor de los dos mundos: el estatismo controlado por militares y el microcapitalismo atado de pies y manos.

El segundo problema es que el Partido Comunista no significa nada para casi nadie en Cuba. En teoría, los partidos comunistas son segregados por una doctrina, el marxismo, que al perder toda significación convierte al PC en un asunto puramente ritual. Fue lo que sucedió en la URSS. Como nadie creía en el sistema, el PC fue liquidado por decreto y 20 millones de personas se retiraron a sus casas sin derramar una lágrima.

El tercero es que Raúl es un hombre muy viejo, con 86 años de edad, que ha prometido retirarse de la presidencia el próximo 24 de febrero, aunque probablemente permanezca agazapado en el Partido. En todo caso, ¿hasta cuándo vivirá? Fidel duró 90 años, pero basta leer sus escritos de los últimos años para comprender que había perdido muchas facultades. El mayor de los varones, Ramón, murió a los 91, pero llevaba varios años aquejado por demencia senil.

La suma de esos tres factores preludia un final violento para el castrismo, acaso a cargo de algún militar, salvo que el heredero de Raúl Castro (oficialmente Miguel Díaz Canel, primer vicepresidente, pero podría ser otro) opte por una verdadera apertura política y desmonte el sistema organizadamente para evitar que lo derriben y los escombros caigan sobre esa frágil estructura de poder.


Para esos menesteres sirven los procesos electorales, pero ya los raulistas se encargaron de cerrarles el paso al centenar de opositores dispuestos a participar en los próximos comicios, mientras se niegan a admitir la consulta que propone Rosa María Payá, la hija de Oswaldo Payá, un dirigente asesinado por pedir lo mismo que hoy, valientemente, reitera la muchacha. O sea: Raúl le legará a su sucesor una terrible sacudida. La dinastía morirá con él.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Obama, Raúl Castro y Sudáfrica


Carlos Alberto Montaner. EL BLOG DE MONTANER

Granma no reprodujo el discurso de Barack Obama en Sudáfrica. Era humillante para Raúl Castro. Tras el protocolar apretón de manos, Obama explicó que no se debía invocar en vano el nombre de Mandela. No era aceptable celebrar la vida y la obra del líder desaparecido y perseguir a quienes sostienen ideas diferentes a las oficiales. Eso se llama hipocresía.

Raúl, cuando leyó su discurso, sin proponérselo, le dio la razón a Obama. Sin ningún recato celebró la diversidad como si él presidiera la Confederación Helvética. Mientras hablaba, en Cuba se recrudecía la represión contra los demócratas a golpes, patadas y calabozos. El espectáculo encarnaba la idea platónica de la hipocresía.

Para entender a Cuba es razonable acercarse a Sudáfrica. Hay muchas similitudes entre el desaparecido apartheid y la dictadura de los Castro. Los dos sistemas se erigieron sobre disparatadas teorías que conducían al atropello y el autoritarismo.

El apartheid sudafricano se nutría de la vergonzosa tradición norteamericana de la segregación racial, edificada sobre  el sofisma de “dos sociedades iguales, pero separadas”, modelo originado en la pretendida superioridad de los blancos, forjado con la copiosa “legislación de Jim Crow” en la mano. Cuando el Partido Nacional de Sudáfrica, en 1948, hizo suya esa filosofía, y posteriormente fragmentó el país en bantustanes, echó las bases del horror.  

La dictadura cubana, a su vez, se sustenta en las supersticiones del marxismo-leninismo. Los comunistas tienen el privilegio exclusivo de organizar la convivencia cubana. Lo dice, incluso, la Constitución. Los ampara la certeza de la superioridad “científica”. No puede haber otras voces, porque ellos, a través del Partido, son la vanguardia del proletariado, esa clase sobre la que se articula, no se sabe por qué, el devenir de la historia. 

Aquella infame Sudáfrica, felizmente desaparecida, estaba básicamente dividida en dos castas raciales: de una parte los blancos, con todos los derechos y privilegios, y de la otra los negros y mestizos, súbditos de segunda categoría (ni siquiera eran ciudadanos).

Cuba está dividida en dos castas ideológicas: los comunistas y sus simpatizantes “revolucionarios”, dotados de todos los derechos, frente a los indiferentes y los opositores, calificados como gusanos o escoria, y tratados y maltratados con el mayor desprecio. Incluso, se les veda el acceso a los estudios universitarios porque se ha proclamado, insistentemente, que “la universidad es para los revolucionarios”.     

Los defensores de la segregación racial y del apartheid sudafricano legislaron sobre los sentimientos de las personas. No se podía amar a una persona de otra raza. No se podía tener relaciones sexuales con ella. No era posible el matrimonio interracial. Ni siquiera las caricias y los besos.

Los defensores de la dictadura cubana decretaron que no se podía tener vínculos afectuosos con exiliados, presos políticos u opositores. Se rompieron los lazos entre padres e hijos, entre hermanos, entre amigos. A veces se quebraron las parejas. Los matrimonios con extranjeros no eran bien vistos. Se creó la extraña categoría del “desafecto”. La policía política vigilaba a las mujeres de los cabecillas comunistas, civiles y militares, para notificarles a los maridos cualquier adulterio. La revolución también era la dueña de la entrepierna de las mujeres.

Frente al horror del apartheid, numerosos países comenzaron a presionar para producir un cambio de régimen. Había que hacerlo. Era lo decente: acabar con esa viscosa bazofia y sustituirla pacíficamente por un sistema plural basado en el consenso, la democracia y la igualdad ante la ley. Para lograrlo se produjo un embargo económico auspiciado por la ONU.

Ante ese acoso internacional, el gobierno blanco de Pretoria puso el grito en el cielo e invocó sus leyes y su constitución peculiares. Decía ejercer su derecho soberano a la autodeterminación, pero no le hicieron caso. Por encima de esa vil coartada “nacionalista” estaba la decencia: no se podía maltratar impunemente a la población negra, como si estuviera compuesta por animales.

Estados Unidos, que vaciló, cobardemente, ante el embargo internacional contra Sudáfrica (finalmente se sumó), en el caso cubano es uno de los pocos países del planeta que presiona en el terreno económico con el objeto de cambiar un régimen totalitario e injusto por otro democrático, plural e incluyente.

Eso es lo coherente. Contribuir a que ese pueblo se libere, como sucedió en Sudáfrica. Supongo que, según Obama, esa es la mejor manera de honrar a Mandela.

domingo, 28 de julio de 2013

El aniversario de la involución cubana


Andrés Oppenheimer

El gobernante de Cuba, general Raúl Castro, celebró el viernes el 60 aniversario del ataque guerrillero al cuartel Moncada que dio inicio a la revolución cubana, pero ese acontecimiento también podría ser recordado como el principio de las seis décadas que marcaron el mayor fiasco político y económico de Latinoamérica.

Es cierto que muchos de nosotros — especialmente los que no nacimos en la isla — hace muchos años vimos a la “revolución cubana” con cierta dosis de admiración romántica. Pero aún si se deja de lado el hecho de que los revolucionarios cubanos derrocaron a una dictadura para instalar a otra, las estadísticas de las últimas seis décadas revelan una historia de miles de muertes sin sentido, una emigración masiva que dividió a casi todas las familias cubanas, y un colapso económico como pocos en el mundo.

En 1958, el año antes de que el líder guerrillero Fidel Castro tomara el poder, Cuba tenía un ingreso per cápita de alrededor de $356 anuales, el tercero o cuarto de Latinoamérica según la medición que se use, señala el economista de la Universidad de Pittsburg y autor del reciente libro "Cuba en la era de Raúl Castro", Carmelo Mesa Lago, uno de los más reconocidos expertos internacionales en la economía cubana.

En comparación, Costa Rica era más pobre que Cuba, y países asiáticos como Corea del Sur eran muchísimo más pobres, con un ingreso per cápita inferior a $100 anuales.

Fíjense como han cambiado las cosas desde entonces:

Según estadísticas del Banco Mundial, Corea del Sur — que abrió las puertas a la inversión extranjera masivamente desde principios de la década de 1960 — tiene hoy un ingreso per cápita anual de $22,600, Costa Rica de $9,400 anuales, y Cuba de $5,400. Y según varios estudios de Mesa Lago, la cifra de Cuba está inflada por las manipulaciones estadísticas del gobierno de la isla.

Corea del Sur tiene hoy 276 autos por cada 1,000 personas, Costa Rica 135 y Cuba tan sólo 21, según el Banco Mundial.

En Corea del Sur, el 37 por ciento de la población tiene acceso a internet de banda ancha, comparado con el 9 por ciento en Costa Rica, y sólo el 4 por ciento en Cuba, dice el Banco Mundial.

Mientras Corea del Sur se ha convertido en un centro industrial mundial — sus productos electrónicos Samsung y sus autos Hyundai se venden en todas partes —, y Costa Rica ha atraído fábricas de alta tecnología como Intel, Cuba se ha convertido en un desierto industrial.

La isla ni siquiera ha podido seguir produciendo azúcar o cigarros a los niveles de 1958. Según cifras oficiales citadas por Mesa Lago, la producción de azúcar de Cuba cayó de 859 toneladas a 106 toneladas por cada 1,000 personas en las últimas seis décadas, y la producción de cigarros cubanos cayó de 92,000 cigarros por cada 1,000 personas a 26,000 en el mismo período.

Hasta hace muy poco, los cubanos solían bromear diciendo que los tres mayores logros de la revolución eran la salud, la educación y la dignidad nacional, mientras que los tres mayores fracasos de la revolución eran el desayuno, el almuerzo y la cena.

Pero hoy, hasta la salud y la educación en Cuba han decaído y la dignidad nacional es cuestionable desde que el país se convirtió dependiente económicamente primero de la ex Unión Soviética y últimamente de Venezuela.

Hoy la expectativa de vida en Cuba es de 79 años, la misma que en Costa Rica, e inferior a la de 81 años de Corea del Sur. En el ámbito educativo, Cuba merece crédito por haber eliminado el analfabetismo más rápido que casi todas las otras naciones latinoamericanas, pero su educación universitaria es una sombra de lo que era.

El reciente Ranking QS de Universidades Latinoamericanas, uno de los más conocidos, coloca a la otrora prestigiosa Universidad de La Habana en el puesto 81 en Latinoamérica, muy por debajo de las universidades de Brasil, México, Chile, Colombia, Argentina, Costa Rica, Venezuela y Paraguay.

Cuando le pregunté si funcionarían las recientes reformas pro-libre mercado del general Castro para revertir el desastre económico cubano, Mesa Lago me dijo que “son las reformas económicas más importantes implementadas en Cuba desde la revolución, pero el problema es que las regulaciones excesivas, los controles burocráticos y los impuestos las están obstaculizando".

Mi opinión: Cuando leía los discursos de los presidentes de Uruguay, Bolivia, y otros países que participaron junto a Castro en las celebraciones del 26 de julio en Cuba elogiando los supuestos logros de la revolución cubana, no pude evitar plantearme una sencilla pregunta: si Cuba es un país tan exitoso y su pueblo está tan feliz, ¿por qué el gobierno no ha permitido una sola elección libre en seis décadas? La respuesta es muy simple: porque el régimen cubano sabe que su revolución ha sido un fracaso, y que seguramente perderían una elección libre.

sábado, 27 de julio de 2013

Raúl Castro, 60 años después


Carlos Alberto Montaner. DIARIO DE CUBA

Intento descifrar las percepciones de Raúl Castro, sesenta años después del ataque al cuartel Moncada.

Ese fue el episodio que colocó a los dos hermanos en el mapa político cubano y en las primeras páginas de todos los diarios. En ese momento, Raúl Castro, un joven de apenas 22 años, emocional e intelectualmente solo era un apéndice de Fidel. Fidel era la figura dominante.

El proceso de codependencia había comenzado mucho antes. Sus padres, como vivían en el otro extremo del país, durante la adolescencia de Raúl, dado que era un pésimo estudiante, se lo habían encargado a Fidel para que "lo enderezara".

Fidel no lo enderezó. Lo utilizó. Lo convirtió en su lugarteniente, lo introdujo en su mundillo de violencia pistolera y lo reclutó para conquistar primero Cuba, luego África, más tarde la galaxia. Por algo Fidel a los 18 años había sustituido legalmente su segundo nombre. Se quitó "Hipólito" y se puso "Alejandro".

En efecto, Raúl, aquel chico afectuoso y familiarmente tierno que describe su hermana Juanita, quien de niño soñaba con ser locutor de radio, dio un giro inesperado bajo la influencia de Fidel: se transformó en un eficiente matarife, mucho más organizado que su hermano, y en un aprendiz de comunista.

Es muy probable que la temprana vinculación de Raúl Castro al Partido Comunista haya sido una misión que le encargara Fidel. Raúl no tenía autonomía propia para tomar por su cuenta una decisión política de esa naturaleza, especialmente cuando ya Fidel planeaba el ataque al cuartel Moncada.

El corazón de Fidel estaba con el minúsculo Partido Socialista Popular (PSP), el de los comunistas, mas su cerebro y su inescrupuloso pragmatismo le indicaban que debía permanecer vinculado al Partido Ortodoxo, una formación mayoritaria, vagamente socialdemócrata, con opción real de llegar al poder. La manera de solucionar ese dilema, pues, era instalar a Raúl en el PSP, mientras él, formalmente, se mantenía dentro de la "ortodoxia".      

En los primeros meses de 1953 Raúl, enviado por el PSP y con la anuencia de su hermano, viaja a un "Festival de la Juventud" en Viena. En rigor, era una de esas ferias políticas armada por Moscú para reclutar a sus futuros cuadros. En ese viaje Raúl traba su primera relación con el KGB. Conoce al agente Serguei Leonov.

Fidel — jefe, maestro, figura paterna — le aportaba el fuego, la adrenalina y una explicación sencilla de la realidad política. Leonov le ponía ante sus ojos el futuro luminoso de la humanidad: la gloriosa URSS.  Raúl mordió ambos anzuelos.

Ya Raúl lo tenía todo. La misión, el método, la visión, el modelo. Cuando Fidel lo hizo ministro de Defensa para que le cuidara las espaldas, llenó la pared con las reverenciadas fotos de los mariscales y generales soviéticos.

Han pasado 60 años. Raúl hoy es un viejo desilusionado, con 82 años en sus costillas magulladas por el güisqui. En esa larga vida aprendió varias lecciones y todas son decepcionantes. La URSS ya no existe. El marxismo tampoco.  Todo era un absurdo disparate.

Ahora entiende que su hermano era un buen operador político y un guerrero sagaz, pero también un desastroso gobernante, infantilmente obsesionado con vacas lecheras inagotables y con vegetales prodigiosos. Un tipo irresponsable, sumergido en un huracán de palabras vacías, que ha calcutizado a ese pobre país en una interminable sucesión de guerras, conspiraciones y arbitrariedades.

Para Fidel, como buen narcisista, la función de cada ser humano es servirle en su camino a la gloria. Eso, exactamente, fue lo que hizo con él, con Raúl: lo metió en el PSP, lo arrastró al Moncada, lo llevó a Sierra Maestra, primero lo hizo comandante, luego ministro y general, finalmente le asignó la presidencia. Le fabricó la vida. Una vida importante, pero ajena y lateral.

Es verdad que Raúl, sin la vara mágica de su hermano, tal vez hubiera sido insignificante, pero Fidel lo llevó a la cumbre porque necesitaba un segundo de a bordo que le fuera absolutamente fiel, aunque pensara que su "hermanito" era una figura menor penosamente limitada, sospecha o certeza que nunca ha dejado de herir en su amor propio al actual presidente.

A los 60 años del Moncada y 82 años de edad, Raúl tiene la mala conciencia del desastre total que ha contribuido a provocar en su país. Por fin comprendió la verdadera dimensión de su hermano, no ignora el fracaso del comunismo, aunque sabe que no le alcanza la vida para rectificar el rumbo.

El daño, sencillamente, es muy profundo. Mantiene el poder, pero ha ayudado a convertir a Cuba en una lacerante escombrera. Supongo que morirá inmensamente avergonzado por lo que ha hecho y, sobre todo, por lo que no se atreve a hacer.