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jueves, 24 de marzo de 2016

Por la senda de nuestras tradiciones

Mario J. Viera

Este es un artículo que escribí en mayo de 1999 a propósito de la puesta en vigor de la draconiana Ley 88, por la que en 2003 se sancionaron a largas condenas a 75 opositores y periodistas independientes.

 4 de mayo de 1999

"La libertad de la prensa es un medio de obtener las libertades civil y política, porque, instruyendo a las masas, rasgando el denso velo de la ignorancia, hace conocer sus derechos a los pueblos y pueden éstos exigirlos".

Ignacio Agramonte y Loynaz

LA HABANA, mayo - Por años, nuestro gobierno se ha declarado defensor decidido de nuestras tradiciones políticas, ésas que se engendraron en las mentes de nuestros próceres desde los tiempos duros cuando los cubanos se conquistaban su identidad como nación peleando en la manigua al filo de sus machetes. También el congreso de los representantes oficiales de nuestra cultura se decidió por la defensa de todas nuestras tradiciones. Pero, ¿se está cumpliendo realmente con esta presunción?

El ideal cubano se fue forjando paulatinamente, tomando del venero que ofrecieron los enciclopedistas franceses, los padres fundadores de los Estados Unidos y el anhelo siempre buscado y no siempre realizado de la tríada de la Francia de 1789: libertad, igualdad y fraternidad.

La búsqueda de la libertad como expresión del pleno disfrute de las potencialidades individuales, en antitética relación con el centralismo exagerado del despotismo monárquico y colonial, siempre constituyó el quid divínum de los pensadores cubanos del siglo XIX, entre los que descuellan con esplendor propio el sacerdote Félix Varela y el poeta José Martí.

Y en ese élan libertario, fundado sobre la imperiosa condición de conservar el individualismo al que Agramonte consideró como necesario para la sociedad, y que se funda sobre la dignidad plena de la persona humana, el arma esencial fue, más que el sable de caballería, la palabra como envoltorio sonoro o gráfico del pensamiento y de la opinión sincera. Toda la tradición política cubana se nuclea alrededor del principio de la libertad de expresión y de la libertad de prensa, y le son extraños la autocensura y el silencio tímido.

Varela, sacerdote y filósofo, se hizo periodista, al igual que Martí, de quien la mayor parte de su obra escrita está formada de crónicas y artículos redactados para varios periódicos del continente y para el que fundara con el nombre de Patria.

El periodismo, visto como el derecho al ejercicio del pensamiento libre al que, de acuerdo con Ignacio Agramonte, "corresponden la libertad de examen, de duda, de opinión, como fases o direcciones de aquél", constituyó el firme cimiento de nuestras tradiciones políticas. Cercenar el derecho al ejercicio del periodismo independiente es como negar, como anular, el sustrato de nuestras tradiciones políticas y civiles.

Hace mal nuestro gobierno cuando limita el derecho de prensa al simple ejercicio de un periodismo alabardero y prohíbe con sanciones penales la opinión escrita, pacíficamente expresada, que no le sea favorable. Esto va en contra de toda nuestra historia, y en contra de la libertad del hombre. Renunciar a la libertad de la expresión periodística por temor a una ley de corte draconiano es renunciar a la propia libertad, que es, como dijera Rousseau, "renunciar a la cualidad de hombre, a los derechos de la humanidad, incluso a sus deberes".

No es justa ninguna ley, ni puede alegarse ninguna razón para justificarla, que suprima alguna de las libertades que le son sagradas al hombre. Suprimir ese derecho innato de expresar la opinión propia es atentar contra todas las libertades conferidas o naturales del género humano. Y así lo entendió José Martí cuando escribió: "Con las libertades, como con los privilegios, sucede que juntas triunfan o peligran, y que no puede pretenderse o lastimarse una sin que sientan todas el daño o el beneficio". O retomando a Rousseau se puede concluir: "Privar de toda libertad a (la voluntad del hombre) es privar de toda moralidad a sus acciones".

Es que lo esencial de nuestras tradiciones, el sendero por el que éstas transcurren no es el de la enojosa intransigencia, sino aquel concepto martiano de patria como equidad y respeto a todas las opiniones. No se ha de temer a la opinión puesta en la voz o en letra de imprenta. Las ideas, nobles o indignas, sólo pueden vencerse con ideas más elevadas y no con cerrojos ni prisiones. Reprimir a otros por sus opiniones es el modo más acabado de reconocer la incapacidad de defender las propias.


Cuando los que en Cuba aquéllos que nos decidimos por realizar un periodismo alternativo al de los medios oficiales continuamos ejecutando nuestra labor de informadores públicos a pesar de las amenazas contenidas en la Ley 88, no lo hacemos por el placer masoquista de formar parte de un nuevo martirologio, ni por el plante soberbio del reto suicida. Lo hacemos porque creemos que es justa la intolerancia de no ceder el derecho natural de pensar, de opinar, de examinar o de dudar. Y porque no podemos renunciar a seguir los senderos de nuestras tradiciones. Esas que constituyen el significado concreto de cubanía.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Chile: El Perdón como coartada


Fernando Mires. Blog POLIS

Si el tema no tuviera un trasfondo trágico podría decirse que se trata esa, la de pedir perdón, de una nueva moda de la política chilena. Estoy hablando, para que me entiendan, del perdón por la responsabilidad que cada uno siente por los luctuosos acontecimientos que posibilitaron y rodearon al golpe de 1973. 

Hay en efecto peticiones de perdón de los de izquierda, de los de derecha y hasta de quienes ya no son ni lo uno ni lo otro, pero de algún modo, todavía después de cuarenta años, se sienten culpables. Lo nuevo del hecho es que esta vez se trata de la petición de un perdón político, es decir, de un perdón no igual al perdón religioso o al perdón civil o al perdón personal, niveles en los cuales practicamos el arte de la “perdonación” (palabra deliberadamente inventada). 

Quiero decir: No se trata del perdón de Dios. Ni del perdón civil ante la trasgresión a una ley. Ni del solicitado de persona a persona, pues la política no es práctica personal sino colectiva. ¿De cuál perdón estamos hablando?

O lo que es lo mismo: ¿Es la política el lugar más adecuado para solicitar perdón? ¿O será que cuando pedimos perdón en la política estamos pidiendo perdón por algo que no tiene nada que ver ni con la idea del perdón ni con la idea de la política? 

La idea del perdón es religiosa y por lo mismo moral. Tiene su origen en el sentimiento de culpa pues no puede haber perdón sin culpa. La culpa viene del hecho de haber transgredido una ley, religiosa o moral. Pero a la vez, ya lo dijo Paulo de Tarso, la ley crea a la culpa. Antes de la ley ─ obvio ─ no podemos ser culpables de nada. Luego, la culpa viene de un no acatamiento a la ley, o de sus sucedáneos: la regla o norma, sea oral o escrita. 

La contravención a la ley religiosa recibe el nombre de pecado. En el espacio civil se conoce como delito. En el espacio personal se conoce como “falta” (infidelidad, traición). Por lo mismo, no todo delito es pecado ni todo pecado es delito, ni todo pecado o delito es una falta personal y viceversa. De ahí que es muy importante aclarar si es que los que se sienten culpables en la política lo sienten con respecto a un pecado, con respecto a un delito, o con respecto a faltas cometidas a determinadas personas. (por ejemplo, si alguien denuncia a un amigo personal por haber cometido un crimen, cumple ante la Ley, quizás ante Dios, pero falta a la amistad)  

Si los políticos se sienten culpables con respecto a un pecado, es decir, frente a Dios o frente a la ley religiosa, el lugar adecuado para pedir perdón debería ser una iglesia. Si lo sienten con respecto a un delito, el lugar adecuado debería ser un tribunal de justicia. Y si lo sienten a título personal, el lugar adecuado debería ser un espacio de conversación ─ una habitación, una cafetería ─ con las personas afectadas. ¿Y en la política? Ahí está el problema. ¿Cuál es el lugar para pedir perdón en la política? 

O mejor: ¿A quién pedimos perdón cuando pedimos perdón en la política? ¿A la historia, a la nación, a la sociedad, a la moral pública? En todos esos casos se trata de entidades muy abstractas las que al ser tan abstractas no están en condiciones de otorgar perdón a nadie. De modo que cuando un político pide perdón en la política lo pide a quien no puede perdonar. Es decir, se trata de una petición de perdón a nadie. Y en ese caso la petición de perdón, al no haber posibilidad de perdón, se transforma en una coartada, a saber: pedir perdón para no pedir perdón.

La política, dicho en breve, no es el lugar del perdón. Quién pide perdón político o perdón en la política actúa fuera de lugar. ¿Y si un político se siente culpable y quiere pedir de todas maneras perdón? Pues, que vaya a los lugares del perdón y pida ahí perdón por sus pecados, delitos o faltas. 

El perdón solo se puede pedir a quien está en condiciones de otorgarlo o de negarlo. Eso significa, el destinatario no puede ser jamás un objeto. Ha de ser siempre un sujeto, esto es, alguien quien al perdonar o no perdonar se convierte en un sujeto del perdón. En síntesis, el perdón solo puede ser solicitado de modo real, nunca de modo simbólico.

¿O es que nadie en la política ─ o en la historia, como dicen los dementes ─ te absolverá? Por supuesto, la absolución también existe en la política cuando existe de verdad arrepentimiento. Pero hay que dejar claro que ese arrepentimiento solo puede ser mostrado en la política no con peticiones públicas de perdón. La razón: la política es antes que nada un lugar de acción. 

Dicho así: La naturaleza de la política es la acción política. La meditación y el pensamiento solo adquieren sentido en la política cuando se traducen en acciones políticas. Por lo tanto, pedir perdón en la política sin acciones que precedan o que continúen a esa petición es un acto banal o inútil. Reitero: una coartada.

¿De que nos sirve la petición de perdón de un político chileno si continúa afiliado a un partido cuya mayoría considera que el golpe de Estado de 1973 fue una acción legítima? ¿Quién puede creer en el perdón solicitado por un político de izquierda si continúa siendo miembro de un partido que calla frente a los crímenes que cometen dictadores de "izquierda"?

El perdón en la política tiene otro nombre: se llama rectificación. Rectificar es, además, una propiedad del pensar. Un político que actúe sin pensar es una desgracia en la política, tanto como uno que piensa sin actuar. 

Solicitar perdón en la política sin haber rectificado políticamente es un acto imperdonable, tan imperdonable como el creyente que pide perdón a Dios sin haberse arrepentido de los actos que lo llevan a pedir perdón. A la inversa, si ha habido rectificación en la política, no será necesario pedir perdón a nadie.

No sé quiénes son peores: los que incapaces de rectificar no necesitan pedir perdón pues la culpa siempre será de los "otros" y jamás de los "nos-otros", o quienes piden perdón como un mero sustituto de una rectificación que nunca han realizado.

lunes, 5 de agosto de 2013

¿Los "ricos" tienen la culpa?


La Venezuela del "más vivo", vividora de la renta petrolera, solo produce desigualdad.

Rafael Alfonzo H. EL UNIVERSAL

Cuando se categoriza en forma despectiva de "rico" a quien tiene bienes de fortuna y se le culpa de la desigualdad social existente, se comete la misma injusticia que cuando se generaliza calificando de "pobre" a quien carece de esos medios. A los pobres se les convierte en víctimas necesarias y se les condena a ese estado de por vida.

Pretender solucionar la pobreza con bolsas de comida y dependencia del reparto proselitista, solo genera más miseria y sometimiento del pueblo, al cual se le niega poder surgir y mejorar su calidad de vida. Quitarle de forma compulsiva a quien más tiene para hacer una supuesta "justicia social", no solo no evita las diferencias, sino que en muchos casos impide la generación de oportunidades para quienes quieren y pueden salir de la pobreza a través de su esfuerzo y destrezas.

Es verdad que hay personas millonarias gracias a su falta de principios, a sus vínculos con la corrupción y a las conexiones gubernamentales. Estas prácticas no solo las repudiamos, sino que pedimos sean enjuiciadas. Estas actuaciones nada tienen que ver con quienes con su sudor, esfuerzo y dedicación diaria, logran una mejor condición de vida trabajando y generando empleos que dan prosperidad.

Numerosos ejemplos tenemos de venezolanos tildados de "ricos", insensibles, malvados y mata pobres, cuyo único pecado es producir y ayudar con su responsabilidad social y conciencia a quienes no han tenido las mismas oportunidades. Esos venezolanos han promovido, además de empleos y trabajos, ancianatos, centros educativos y de salud, que han permitido a quienes los han aprovechado una salida de la pobreza y una mejora notable de su calidad de vida.

Son muchos los casos de pobres que asumieron el reto del esfuerzo diario y el trabajo, que han mejorado su nivel de vida. Lamentablemente, son también muchos los que se han dejado ganar por la envidia, no salen de la retórica revanchista y se mantienen atados a los lazos de dependencia del Estado. Estos grupos permanecen anclados en la miseria.

Condenar al pobre a permanecer como preso dentro del barrio de por vida es no sólo inhumano, sino también una estrategia de dominación totalitaria inaceptable. ¿Por qué suponer o pretender que el pobre no puede abandonar su condición y se le proponen solo salidas populistas llenas de odio, que benefician a los jerarcas y vivos de siempre?

Lo importante es que se apliquen medidas efectivas que logren superación y bienestar. Más justo es que se les brinden igualdad de oportunidades que son las consecuencias de una educación y una salud de calidad. Si a esto le añadimos libertad y permitimos una economía de mercado basada en el esfuerzo individual, lograremos que cada día tengamos más "ricos" y menos "pobres".

La culpa de la desigualdad social no es la maldad y arrogancia de los “ricos”, sino la consecuencia de seguir eligiendo gobiernos populistas que basan su acción en el rencor, la venganza, el mercantilismo, los controles y el proselitismo político como criterio para el reparto de la riqueza, en lugar de buscar incentivos al ingenio individual. Todos esos vicios y prácticas malsanas generan altas tasas de inflación, que sí matan a los pobres.

La Venezuela del "más vivo", vividora de la renta petrolera, solo produce desigualdad. Esta visión ideológica hay que superarla para pasar a una cultura liberal basada en el trabajo, la competencia, la productividad, y que ─ como conclusión ─ permita abandonar la perniciosa práctica de los "derechos adquiridos" que todavía forman parte de la cultura colectiva existente.

Ser "rico" no es malo. Al contrario, es la salida a la condición de “pobre” que, lamentablemente, los políticos gobernantes han satanizado ante su incapacidad de lograr el éxito económico. Seguir usando consignas izquierdistas es desconocer la realidad y nos pone muy lejos de aquellos países que, a través de la libertad y la economía de mercado, mejoran la calidad de vida y pasan a ser naciones de primer mundo, en lugar de estancarse en la miseria.

Me pregunto cómo sería este país sin ricos y solo con pobres. La respuesta es clara: veríamos a Venezuela convertida en una Cuba, donde los únicos ricos serían los que tienen el poder y se jactan de ser defensores de la justicia social.

Prefiero una Venezuela llena de ricos, sin odios ni envidias, que día a día progresa y afinca su porvenir apegada a una cultura liberal, donde la responsabilidad y la iniciativa individual constituyan la base del éxito.

sábado, 20 de julio de 2013

Sí, en el fondo: prejuicio racial


Mario J. Viera

Es de noche. El vecindario ya duerme; pero no todos se han recogido al descanso en el interior de un apartamento. Alguien vigila, alguien que asume el rol de protector de la comunidad. De pronto su acuciante mirada capta una figura que camina por la acera y se cubre el rostro con la capucha de su suéter. Observa con atención: “Es un negro ─ se dice ─ No lo conozco… no le he visto antes por aquí… Es un muchacho… Probablemente intente robar en cualquier domicilio… ¡Voy a seguirle!”

Así, de esta y no de forma diferente, la noche del 26 de febrero de 2012 debió pensar George Zimmerman al ver al adolescente negro que caminaba tranquilamente por una calle de la comunidad residencial de Sanford. De tratarse de un adolescente blanco ¿habría abrigado la misma preocupación? No lo creo.

La operadora del 911 le advierte a Zimmerman que no persiga al adolescente; pero el vigilante no hace caso de la advertencia. Él se cree policía, cree que tiene un deber irrenunciable con la comunidad para garantizarle su seguridad. Es un súper héroe, una versión americana del cederista cubano. De mantenerse “con la guardia en alto”.

Zimmerman actúa bajo un esquema de prejuicio racial que crea el estereotipo de que todo negro es sospechoso de actividad criminal. Quizá influido por el creciente número de asaltos y atracos cometidos por muchos jóvenes y adolescentes de la raza negra le surge la sospecha de aquel adolescente, Trayvon Martin,  que veía vagando por una calle de Sanford, pudiera ser un potencial criminal. Esta actitud prejuiciada que impulsa a sospechar de una comunidad racial, la rememora Barack Obama cuando hablando a título personal dijo: “Hay muy pocos afroamericanos que no hayan tenido la experiencia de ser perseguidos en una tienda, y eso me incluye a mí. (...) Caminar por una calle y escuchar cómo se iban cerrando las puertas de los coches. Eso me pasó antes de ser senador”.

Zimmerman comenzó a perseguir a Trayvon. Le seguía detrás con su auto. Cualquiera que tenga la sensación de ser perseguido por un carro sin insignias policiacas y en plena noche puede sentirse preocupado. ¿Qué hacer en ese caso? Hay dos opciones, huir de la escena o decidirse a confrontar al acosador. Esto último fue lo que optó Trayvon Martin: enfrentar a su perseguidor para defenderse de una supuesta agresión; de una supuesta amenaza a su vida. No estaba armado, solo contaba con sus puños para defenderse. Fue un fatal error; un error que le costó la existencia.

Zimmerman pudo entonces alegar que actuó en defensa propia. La ley le amparaba; lo protegía esa absurda ley Stand your ground  que apoyan republicanos y la poderosa  Asociación Nacional del Rifle.

Obama llama a una reflexión e indica: “Solo le pido a la gente que considere: si Trayvon Martin hubiese sido mayor de edad y hubiese estado armado, ¿habría podido defenderse en esa acera? ¿Y creemos verdaderamente que hubiera estado justificado que disparase a Zimmerman, porque lo había perseguido antes en un coche y se sintió amenazado?”

Esta ley en su esencia establece que cualquiera que presuma en peligro su propiedad o su vida no debe retroceder sino hacer uso de un arma letal y, además señala, que una persona que no esté envuelta en una actividad ilícita y que sea atacada en cualquier lugar donde tenga el derecho de estar, no tiene que huir para evitar el peligro teniendo el derecho de defenderse con empleo de la fuerza, aunque provoque la muerte de otra persona, si verdaderamente lo cree necesario para salvar su vida.

En virtud de esta ley a la que se acogiera posteriormente George Zimmerman, Trayvon Martin tenía el derecho de atacar a su perseguidor ya que no había evidencia alguna de que estuviera envuelto en una actividad ilegal  y nada le prohibía que caminara por aquella calle de Sanford en horas de la noche.

George Zimmerman fue declarado no culpable de la muerte de Trayvon por un jurado de seis mujeres, cinco anglosajonas y una hispana, y puesto en libertad, pero de hecho fue el responsable de la muerte del adolescente negro al perseguirle sin autoridad para hacerlo y provocar su reacción violenta. Cuando el muchacho le enfrentó con sus puños, Zimmerman perdió el valor, sintió miedo, y a pesar que le superaba en corpulencia, no fue capaz de ripostar a golpes e hizo uso de su arma.

No creo que el jurado deliberó de la mejor manera. No consideró que Trayvon poseía también la legitimidad de agredir, de acuerdo con la Ley de la Florida, a quien consideraba que podía ser una amenaza para su seguridad. Influido por la defensa que de Zimmerman hiciera su abogado Mark O’Mara el jurado se planteó una duda lógica. No había testigos oculares que pudieran aportar un juicio fuera de duda. Renunció el jurado al ejercicio del sentido común, tal como se lo sugiriera O’Mara: “Tengan cuidado con su sentido común porque el sentido común es la forma en que conducimos nuestra vida diaria, la forma en que tomamos decisiones rápidas y lo hacemos todos los días. No otorguen a nadie el beneficio de la duda excepto a George Zimmerman, él no es culpable de nada exceptuando de proteger su propia vida”. El mismo argumento hubiera sido válido también a favor de Trayvon Martin.

Alguien formuló una pregunta que yo también me hago y no quisiera darle respuesta: ¿Qué hubiera ocurrido si un Zimmerman que fuera de la raza negra, hubiera matado en “defensa propia” a un Trayvon Martin que fuera blanco?

martes, 16 de julio de 2013

La verdad de Zimmerman


Guillermo Descalzi. EL NUEVO HERALD

Not guilty. No culpable no es lo mismo que inocente. A Zimmerman no se le encontró culpable, punto, y es una decisión que nos debe dejar serenos.

Rechazar lo juzgado es alimentar el descontento de gente que se siente maltratada por la ley. Vale criticar, sí, pero si la crítica alienta la expresión física del resentimiento, esa crítica es otro crimen en potencia. Por otro lado, alegrarse del resultado sería insultar la memoria del jovencito de 17 años, todavía de muchas maneras niño, que salió a comprar caramelos y soda y resultó muerto en el proceso.

Ha sido un caso complicado, primero porque en él se mezclaron el derecho a defenderse, el derecho a las armas y nuestros prejuicios raciales, culturales y sociales. En segundo lugar porque la verdad, siendo única, una y nada más que una, también es individual y cada uno tiene su verdad. Es una paradoja. La verdad es una y cambia de persona en persona.

En este juicio hubo dos verdades, la de Zimmerman y la del difunto, lo que lleva a la tercera razón por la que este caso fue tan complicado. En nuestro sistema judicial cabe solo una verdad, la de uno o la del otro, y en la vida las cosas no son así. Vivimos con verdades entreveradas, pero los tribunales exigen separarlas y que se declare la supremacía de una y solo una de ellas, nada más. Veritas prima, la primera verdad, eso es lo que busca la justicia, y en caso de duda ninguna verdad es mejor que una verdad ‘insegura’. ¿Y las otras verdades? En nuestro sistema cabe solo una.

La verdad de Zimmerman es su verdad, así haya sido pintada y definida por él. Su verdad sobre su actuación en defensa propia se fundamenta en que Trayvon Martin le pegó un puño en la nariz, lo echó al suelo y comenzó a golpear su cabeza en el cemento, por lo que tuvo que dispararle. Su verdad es válida y debe ser aceptada siempre y cuando sea verdadera. Parecerá redundancia, eso de verdad verdadera, pero el mundo está lleno de verdades fingidas y ficticias.

La verdad de Trayvon Martin, interpretada por la fiscalía, se fundamenta en que un adolescente de 17 años, todavía de muchas maneras niño, tiene derecho a regresar de la bodega del vecindario sin ser seguido por alguien que asuma que es un maleante por caminar siendo negro y con capucha en una temprana noche lluviosa. Ese alguien que lo siguió, Zimmerman, estaba como vigilante armado en espera de gente sospechosa.

El solo veredicto de no culpable no le va a garantizar mucha tranquilidad al acusado, que posiblemente arrastre lo ocurrido hasta el fin de sus días. Para librarse de su peso necesitará abrazar su verdad y perdonarse a sí mismo por su parte en lo ocurrido. Si lo ha hecho, enhorabuena. Si no, no le será fácil.

El asesino de Harvey Milk y el alcalde Moscone en el San Francisco de 1978, fue declarado inocente de los cargos principales y cuando salió se suicidó. No pudo aceptar su propia verdad y perdonarse. Zimmerman necesita su propia verdad y perdón.

La vida no es un juego donde de unos imponen su verdad sobre otros, pero eso es lo que hacemos o tratamos de hacer. Peor aún, las que más tratamos de imponer son verdades fingidas en el sentimiento y ficticias en su esquema verbal.

Fingir y crear una ficción no es lo mismo que filtrar la verdad. El filtro es inevitable porque percibimos todo a través nuestro. Somos el filtro. Sincero es sin-ser, sin el filtro de nuestro ser, casi un imposible… casi. Nuestra realidad es una mezcla de lo que es y lo que percibimos. Nos proyectamos sobre la realidad y la hacemos nuestra. Somos complicados y muchos somos prisioneros de nuestras proyecciones.

Luego, y hablando de la realidad, el siguiente comentario fue hecho tras el veredicto: “I want to know what makes people angry enough to attack someone the way Trayvon Martin did”. “Quiero saber que enoja tanto a una persona para que ataque a otra de la manera como lo hizo Trayvon Martin.” Hello, reality check, como dicen en inglés. Despierten, vuelvan a la realidad. Ese comentario, así de destemplado e irreal, lo dio Robert Zimmerman, hermano de George, a Don Lemon de CNN. Debe haberse originado en alguna realidad alterna.

El not guilty es importante, pero para Zimmerman tendrá más importancia el juicio que él pase sobre sí mismo. De poco le servirá el not guilty si su verdad es ficticia y fingida. Ficticia y fingida para él, no para los demás. Él es el que cuenta en su exoneración, y nadie anda libre de sí mismo sin tener abiertas las puertas de su verdad.

lunes, 15 de julio de 2013

Ni blanco, ni negro


Helen Aguirre Ferré. DIARIO LAS AMERICAS         

No son muchos los jurados que regresan con un veredicto de no culpable, pero en Sanford, Florida, seis mujeres, una de ellas hispana, lo hicieron absolviendo al vigilante George Zimmerman de asesinato en segundo grado y asesinato involuntario en la muerte del joven afro americano Trayvon Martin.               

Los detalles del caso son más que conocidos. George Zimmerman se impuso la responsabilidad de ser el vigilante del complejo de apartamentos en donde vivía con su esposa. Era conocido por todos y nadie tenía una palabra despectiva acerca de él, todo lo contrario, lo describían como un hombre servicial. También era un hombre armado. Tenía permiso para aportar un arma oculta.              

Martin, de 17 años estaba visitando a su padre en el complejo. Era un joven típico buscando su camino entre los retos de la agresiva vida urbana en donde el uso de la mariguana aumenta y la cultura más ruda domina. Trayvon tenía problemas en la escuela pero no por violencia sino por mariguana y su madre, que vive en Miami, creía que su hijo estaría mejor con su padre en Sanford. El resto es historia. Regresando de comprar unos dulces y un refresco es observado por Zimmerman quien lo ve sospechoso. El joven vestía con un “hoodie” y era negro, dos detalles que para el vigilante representaban un peligro; así vestían unos ladrones que habían robado en el vecindario en semanas previas. Pidiendo ayuda de la policía para parar a Martin, Zimmerman ignora la orden de ellos de no perseguir al joven ya que ellos se encargarían.                      

Martin, por su parte, le decía por su celular a una amiga que le seguía un sureño, usando una descripción despectiva hacia Zimmerman. El muchacho no estaba armado e intuía que el que lo perseguía le era hostil. Lo único que se sabe con certeza de lo que ocurrió luego es que Zimmerman disparó su revólver matando a Trayvon Martin.       

Se cree que la muerte de Trayvon Martin deja un legado. Ciertamente abre un nuevo debate sobre las tensiones raciales en Estados Unidos y el uso de las armas. No son temas nuevos. Ha habido enormes avances en la vida cultural y legal en el país desde las leyes discriminatorias conocidas como “Jim Crow” en el sur con todas sus consecuencias. Pero el hecho de que tanto Zimmerman como Martin se hayan sentido amenazados por motivo de prejuicios raciales es evidencia de que en muchas partes del país, ciertamente en la Florida, las divisiones sociales son muy marcadas. A la vez, todo esto ocurre cuando el país votó a favor de la reelección del primer presidente negro de la nación.            

Si realmente estuviésemos preocupados por las víctimas de crímenes contra los negros y la proliferación del uso rampante de las armas podríamos enfocarnos en la ciudad de Chicago. Durante el fin de semana del cuatro de julio, 72 personas fueron baleadas y 12 de ellas murieron, la gran mayoría negros. En solo las últimas veinticuatro horas, entre este sábado y domingo pasado, 12 personas fueron heridas, dos de ellas murieron a consecuencia de sus heridas. Mucha de esta violencia es por causa de guerras entre pandillas pero igualmente preocupante es que la gran mayoría es afroamericana y también se ve un aumento en la participación hispana. El silencio nacional sobre lo que está pasando en Chicago dice mucho.              

Qué bien que estemos conversando sobre el juicio de Zimmerman. Igualmente importante es analizar el sistema judicial cuando muere un joven desarmado sin provocación. ¿Puede un jurado que no tiene a un solo negro presentar una manera de ver la evidencia distinta a las demás? ¿Es la justicia verdaderamente ciega?     

No obstante hay algo claro. Casos como el de Zimmerman no son tan comunes, ¡a Dios gracias! Pero la violencia y el crimen de negro contra negro, como se ve en Chicago, sí lo es. Ojalá que los que claman por justicia para Trayvon Martin aprovechen la oportunidad con la fuerza de la atención de los medios a su alrededor para ver cómo podemos todos hacer más por salvar a nuestros jóvenes negros, hispanos, anglos y asiáticos, del culto a la droga y la violencia que crea mayores huellas y acaba con más vidas que un vigilante irresponsable con pretensiones policiacas.                

Lo que hizo George Zimmerman fue trágico y difícil de perdonar. No lo quisiera de cuidador de mi vecindario. Tampoco pienso que encontrará la paz que seguro anhela y la cual los padres de Trayvon tampoco tendrán.