Mostrando las entradas con la etiqueta Cataluña. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cataluña. Mostrar todas las entradas

martes, 24 de octubre de 2017

La Alianza Nacional Populista

Daniel Gascón. Fuente Blog POLIS




Lo que estamos viviendo en Cataluña es algo muy moderno: el asalto al Estado de derecho por medio de un procedimiento que no es abiertamente violento, transmitido y transformado en la cacofonía de las redes sociales. Se ha servido de técnicas contemporáneas y viejos trampantojos, de una sensibilidad antiestablishment y del cambio en la economía de la comunicación: las persecuciones a los críticos en Twitter, la sustitución de la argumentación por el sarcasmo, la proliferación de noticias e imágenes falsas. Entre los logros del independentismo está hacer pensar que se trataba de adquirir un derecho – el derecho a decidir ─, un eufemismo afortunado de la autodeterminación-, cuando en realidad se intentaba quitar un derecho a los demás. Para lograr el objetivo de la independencia, se pretendía sustituir la democracia liberal pluralista por una concepción plebiscitaria que permitiría la imposición de la voluntad de una minoría de catalanes. Una sociedad diversa se reducía a una cuestión binaria: el deseo de un pueblo y los que querían coartar su libertad.

Los dirigentes y los comentaristas que defendían la secesión han mentido sobre el pasado, el presente y el futuro: en el terreno económico, por ejemplo, se falsearon las cifras de la contribución de Cataluña al resto del Estado, se inventaron balanzas fiscales en otros países y se dijo que la salida de Cataluña de España no tendría efectos económicos negativos.

Hay también una especie de vaciado de las palabras. Se habla de más democracia, pero no se sabe exactamente qué significa eso. La declaración de independencia, que recordó aquella frase de Maimónides -"el Mesías vendrá, pero podría retrasarse"- dejó a todos indecisos: ¿era un ejemplo de astucia o una muestra de incompetencia? El lenguaje es incendiario o conciliador, pero a la vez no quiere decir exactamente lo que dice. Los conceptos se han convertido en metáforas, que pueden designar lo que a uno le parezca mejor. El clamor de la calle es más importante que las instituciones, la representación y la mediación. Es una estrategia de movilización populista.

Lo que estamos viendo en Cataluña es algo muy antiguo: la activación de las ideas de la tribu y de la exclusión, la imposición de la visión del campo sobre la visión de la ciudad, la idea de la importancia del origen por encima de la ciudadanía, la creencia en que quienes han nacido en un lugar son mejores que los que han nacido en otro sitio, el énfasis en un elemento distintivo -en este caso la lengua-, un agravio histórico -una derrota honrosa a la cual siguió un periodo oscuro de supresión de libertades: 1714, 1939, la sentencia del Estatut- que en el fondo nos ha hecho más fuertes porque nos brinda la oportunidad de corregirlo en el futuro, el uso de los medios de comunicación en un proyecto de construcción nacional. Se propone crear una nueva frontera y en algunas versiones tiene tentaciones expansionistas. Es el contenido del nacionalismo.

El populismo contemporáneo es un estilo político, una ideología delgada que suele combinarse con otras ideologías. José Luis Villacañas lo ha definido como "Carl Schmitt atravesado por los estudios culturales". El secesionismo catalán, como ha explicado Aurora Nacarino-Brabo, ha unido nacionalismo y populismo. Esto ha permitido que el nacionalismo amplíe su base tradicional: la ideología rural y burguesa sumaba a jóvenes urbanos, en un momento en el que también estallaba el sistema de partidos español y en el que el proyecto estatal parecía agotado en términos representativos y asfixiado por la crisis económica. Cada uno podía imaginar en la independencia su utopía particular, la solución a su descontento favorito. Es un proyecto contra las élites, pero también es un proyecto de las élites, donde reivindicaciones tradicionales, como un acuerdo fiscal más ventajoso, perdían protagonismo ante una idea de radicalidad democrática.

La asociación entre nacionalismo y populismo ha sido históricamente frecuente. En El asedio a la modernidad, Juan José Sebreli señala a Rousseau y sobre todo a Herder como inspiradores del populismo. El filósofo alemán, a quien se atribuye el concepto del Volkgeist o espíritu del pueblo, también sería una de las fuentes del nacionalismo. Gramsci lamentaba que, a diferencia de lo que ocurría con el alemán y el ruso (Volk, narod), la palabra que servía para designar al pueblo y la nación en italiano no fuera la misma, y empleaba el sintagma "lo-nacional-y-lo-popular", aunque alertó de que "la aproximación al pueblo significaría, por consiguiente, una continuación del pensamiento burgués que no quiere perder su hegemonía sobre las clases populares". Sebreli explica que los posmarxistas de la segunda mitad del siglo XX transformaron el concepto "concreto, económico y social" de clase marxista en el concepto "vago, metafísico de pueblo". Pero antes otra idea del pueblo estuvo presente en algunos de los regímenes más siniestros del siglo XX: "Puesto que el sistema totalitario se consideraba la expresión misma del pueblo, la manifestación de su ser ontológico, todo lo opuesto, toda crítica, no podía ser sino un error o una perversión. Así pues, el disidente había de ser un extranjero o un miembro de una minoría étnica y constituía para el pueblo un enemigo y un traidor". Sebreli señala una contradicción de esta idea totalitaria de pueblo: se proclama una unidad indisoluble y compacta del pueblo, pero solo se puede afirmar en una sociedad totalmente dividida. Esa concepción está muy lejos de una idea democrática, que no postula la unidad sino la pluralidad, que valora el conflicto, los distintos intereses y el acuerdo.

El término nacional-populismo se utilizó para designar a algunas dictaduras latinoamericanas de mediados de siglo: Gino Germani lo aplicaba al peronismo. Más tarde lo ha usado Pierre-André Taguieff, que lo empleaba en 1984 para describir al Frente Nacional. En Le nouveau national-populisme (2012), Taguieff enumeraba algunas características comunes a los nacional-populismos contemporáneos, entre los que citaba a Oscar Freysinger (Suiza), la Lega Nord (Italia), Ataka (Bulgaria), Jobbik (Hungría) o Los verdaderos finlandeses: "1) el llamamiento perpetuo al pueblo lanzado por el líder; 2) el llamamiento al pueblo en su conjunto contra las élites ilegítimas; 3) el llamamiento directo al pueblo auténtico, que es sano, sencillo y él mismo; 4) el llamamiento al cambio, que implica una ruptura con el presente (el sistema, supuestamente corrupto), inseparable de una protesta antifiscal (en ocasiones ligada a la exigencia de referéndums de iniciativa popular); 5) el llamamiento a limpiar el país de elementos supuestamente inasimilables (nacionalismo excluyente, contrario a la inmigración)".

Ha habido intentos de combinar el populismo con una idea nacional desde la izquierda: "Si la nación es una construcción artificial, ¿por qué no puede la izquierda construirse una a su medida?", decía Ernesto Laclau. Un ejemplo reciente es el de Íñigo Errejón en Podemos. Su derrota dificulta saber si las connotaciones derechistas de los símbolos nacionales debilitaban su eficacia para movilizar al electorado de izquierda.

Conocemos algunas de las consecuencias del populismo: el desgaste de las instituciones, la polarización que convierte al adversario en enemigo, la
fractura social, la perpetuación de los problemas
 (porque son precisamente lo que lo alimenta), la degradación de la conversación pública. También conocemos las consecuencias del nacionalismo: entre ellas está una peligrosa reacción especular. Hay muchas variedades: algunos reivindican un nacionalismo cívico, que suele ser el propio; otros defienden su eficacia como elemento de cohesión social y estímulo para la solidaridad; también se ha señalado que obedece a razones biológicas. Existen versiones domesticadas y diluidas. Pero, como hemos visto una y otra vez, es una forma de ver el mundo que fácilmente se vuelve tóxica.


Daniel Gascón es escritor y editor de Letras Libres

viernes, 20 de octubre de 2017

Palabras de Felipe VI, Rey de España en la ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias (Fragmento. Sobre el inaceptable intento de secesión de Cataluña)

Oviedo, 20 de octubre de 2017



Señoras y Señores,

Quiero iniciar esta parte final de mi discurso agradeciendo nuevamente a todos los premiados su asistencia especialmente a los Presidentes del Parlamento, del Consejo y de la Comisión Europea, a quienes acompaña el Presidente de su Tribunal de Justicia. Su presencia hoy aquí en Asturias simboliza, el compromiso, el apoyo y la solidaridad de las instituciones europeas con España, con nuestro sistema constitucional y con nuestro Estado Social y Democrático de Derecho.

Señores Presidentes: España tiene que hacer frente a un inaceptable intento de secesión en una parte de su territorio nacional, y lo resolverá por medio de sus legítimas instituciones democráticas, dentro del respeto a nuestra Constitución y ateniéndose a los valores y principios de la democracia parlamentaria en la que vivimos desde hace ya 39 años.

Durante las últimas décadas, los españoles hemos continuado nuestra historia, haciendo honor a nuestra decisión soberana de convivir juntos en democracia. Hemos vivido y compartido éxitos y fracasos, triunfos y sacrificios, que nos han unido en alegrías y sufrimientos. No lo podemos olvidar. Como no queremos ni podemos renunciar a lo que juntos hemos construido, sumando las aportaciones de todos, que constituye un valiosísimo legado que a todos y cada uno nos pertenece por igual.

Y ello ha sido posible gracias a una España cimentada en el deseo sincero de convivencia y de entendimiento; en el respeto de las normas y de las reglas de la democracia; en reconocer con grandeza y generosidad los errores del pasado para no caer de nuevo en ellos; una España en la que todos sus ciudadanos —cualesquiera que fuesen sus ideas, dondequiera que nacieran o vivieran— tuviesen la oportunidad de encontrar su lugar en paz y libertad, sin temores ni miedos a la imposición ni a la arbitrariedad, alejados del rencor y las fracturas.

Y a una España, también, abierta y solidaria en la que pudieran reconocerse todos y cada uno de los españoles, y en la que los pueblos que la integran viesen protegidas, reconocidas y respetadas sus lenguas, sus culturas, sus tradiciones y sus instituciones, como un verdadero patrimonio común que sin duda nos enriquece y nos identifica.

Unos ideales estos que, como los que estuvieron en la razón de ser de la UE, debemos tener siempre presentes. Porque ningún proyecto de futuro se puede construir basándose en romper la convivencia democrática; ningún proyecto de progreso y libertad se sustenta en la desafección, ni en la división — siempre dolorosa y desgarradora— de la sociedad, de las familias y de los amigos; y ningún proyecto puede conducir al aislamiento o al empobrecimiento de un pueblo.

La España del siglo XXI, de la que Cataluña es y será una parte esencial, debe basarse en una suma leal y solidaria de esfuerzos, de sentimientos, de afectos y de proyectos. Una suma que siga alimentando nuestra vocación universal, nuestro legítimo orgullo de pertenecer a la gran realidad democrática que es Europa.

Por eso, Europa, la Unión Europea, forma parte del ser de esa España; una Unión que trasciende a los Estados con respeto a todas nuestras identidades y sensibilidades; una Union que dé respuesta a la modernidad, que indudablemente avanza hacia una mayor integración y convergencia. Ese es el signo de nuestros tiempos, del mundo en el que vivimos.

Señores Presidentes: los españoles no olvidan ni olvidarán que la Unión ha sido siempre un referente para España en el origen y en la consolidación de nuestra democracia; y que ha impulsado decisivamente nuestra prosperidad y bienestar. Pueden estar seguros de que la Unión encontrará en nuestro país un pilar esencial de apoyo y lealtad ante los nuevos desafíos que juntos debemos afrontar. Un camino que debemos recorrer acompañados de la razón, la palabra y el respeto a las reglas de convivencia, inspirándonos en tres principios europeos que también son indisociables: la democracia, los derechos fundamentales y el Estado de Derecho.

Señoras y Señores,

La entrega de nuestros premios en Oviedo ha sido siempre un acto de reconocimiento de valores cívicos y de principios morales. Y esta tarde hemos continuado esa tradición una vez más, como lo venimos haciendo desde hace ya 36 años.

Y en estos tiempos duros y difíciles que vivimos, es necesario más que nunca reivindicar los principios democráticos en los que creemos y en los que se sustenta nuestra vida en común. Son tiempos para la responsabilidad. Nuestros ciudadanos lo merecen. Unos ciudadanos que desean convivir y progresar en paz y que diariamente ofrecen un ejemplo de sacrificio, entrega y compromiso con su país.

Y me siento muy orgulloso de afirmarlo aquí en Asturias, en esta tierra leal, tan querida y siempre admirable.


Muchas gracias

martes, 17 de octubre de 2017

La Diada de los independentistas nada tiene de republicanismo ni de cesionista

Mario J. Viera



Hay que ver como los acontecimientos históricos se transforman en hechos de especial relevancia para impulsar un proyecto político en situaciones de tiempo y condiciones diferentes. Así ocurre con la Diada de los independentistas catalanes tan animados a favor del republicanismo. Una fiesta nacional de supuesta gloria colectiva de los catalanes y de sus guías románticos tan dispuestos a favor de la voluntad del pueblo de liberarse de los opresores. La fiesta nacional de Cataluña la diada del onze de setembre no es más que la glorificación de la capitulación de Barcelona ante las fuerzas de Felipe de Borbón que ponía fin al conflicto de la sucesión a la corona hispánica entre los pretendientes al trono Felipe de Borbón y el archiduque Carlos de Austria para presentarle como un día representativo de la rebeldía catalana.

¿Rebeldía popular catalana? ¡Válgame Dios! Se trataba simplemente de una guerra entre aristócratas por imponerse en el trono y sin representación popular y tal como lo ha expuesto el historiador hispanista británico John Lynch la “rebelión catalana de 1705 no fue espontánea ni popular en su origen, sino que expresaba los objetivos políticos de la clase dirigente”. Y ejemplifica diciendo: “Barcelona albergaba una élite urbana cohesionada, producto de la mezcla de la oligarquía de Barcelona con la aristocracia tradicional y consolidada gracias al renacimiento de la economía catalana a partir del decenio de 1680”, nada con lo que organizaciones catalanas como Candidatura d'Unitat Popular (CPU), Iniciativa per Catalunya Verds, Esquerra Unida i Alternativa (EUiA) o Procés Constituent a Catalunya, todas tan antisistema, todas tan republicanas, todas tan de tendencia procomunista, pudieran sentirse muy cómodas. Y remata el historiador citado: “Para la élite catalana, la Guerra de Sucesión era la oportunidad de explotar la posición de Cataluña y de vender su alianza al mejor postor”.  En definitiva la diada no conmemora la derrota de una rebeldía popular en lucha contra un poder opresor o contra una metrópolis extranjera dominadora, sino la derrota de un sector de la aristocracia y de la oligarquía catalana que se definían a favor de las ambiciones de un príncipe austríaco que ni siquiera sabía expresarse ni en castellano ni en catalán. El pueblo, en aquella “rebeldía catalana” solo participaría como carne de cañón en una guerra que en nada le beneficiaría.

Nada comparable, el bochorno de 1714, con la grandeza del 2 de mayo madrileño, verdadera rebelión popular contra un ejército extranjero ocupante, ni en nada semejante a la resistencia de la ciudad aragonesa de Zaragoza frente a los franceses durante los sitios de 1808 y 1809 y hay que decir propiamente resistencia de Zaragoza porque los civiles, la gente del pueblo se armó para hacerle resistencia a las tropas galas como las mujeres de la plaza del Portillos que con piedras, palos y cuchillos se enfrentaron  a los infantes de la tropa del general Lefèvbre. En la Barcelona de la batalla de 1714 no hubo héroes como en Zaragoza; allí no había ninguno como la heroína Agustina de Aragón, solo el pálido conseller en cap Rafael Casanova herido precisamente aquel 11 de septiembre de 1714.

Pero es que los pueblos necesitan de los héroes para alimentar su propia identidad. Héroes que les sirvan de inspiración, sin importar que sean imaginarios o que se les dote de elevados dones y hazañas atribuidas, para colocarles por encima de lo cotidiano y alimentar la mitología popular. Así la imaginería catalanista convirtió a un simple partidario y defensor de la monarquía de Austria en algo así como el ícono de todas sus aspiraciones independentistas y republicanas. Y se le hizo estatua y se le dedicó una tarja en el sitio donde el conseller fue herido, que reza: “Aquí cayó herido el Conseller en Cap Don Rafael Casanova defendiendo las Libertades de Cataluña. 11 de septiembre de 1714”. Así cuando se proclama la Segunda República española de incrementaron los actos de homenaje a su memoria; homenaje republicano a un aristócrata partidario de un monarca austríaco.

¡Pero, hombre, si hasta un descendiente actual del Conseller Cap, Luis María Gonzaga de Casanova-Cárdenas, tiene una muy diferente opinión que la de los catalanistas, vamos, que no de los catalanes! Y dice este, que es duque de Santangelo, en entrevista al diario ABC: “Rafael de Casanova, cuando llegó el momento en que tenía perdida la batalla, no transformó Barcelona en Numancia. No fue una tragedia, fue una derrota. Se negoció una paz, el rey le perdonó después y no pasó nada. Murió en familia...” Pero se había opuesto a la rendición de la ciudad, aunque los cerca de 16 mil defensores de la ciudad, muchos de ellos civiles, comprendían que no podrían hacerle frente a un ejército borbón de 35 mil infantes y 5 mil jinetes y obstaban por la rendición. Por su parte, el historiador Henry Kamen, en su libro “España y Cataluña: historia de una pasión” ─ citado por ABC ─ sentenció: “La decisión suicida e innecesaria de no rendirse fue de Casanova”, y se aclara que, el “día del asalto final, Casanova estaba durmiendo y tras ser avisado se presentó en la muralla con el estandarte de Santa Eulalia para dar ánimos a los defensores” y publicó un bando para los defensores de Barcelona en donde pedía “salvar la libertad del Principado y de toda España; evitar la esclavitud que espera a los catalanes y al resto de los españoles bajo el dominio francés; derramar la sangre gloriosamente por el rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España". Casanova era contrario al rey Felipe de la casa francesa de Borbón y partidario del archiduque de Austria que consideraba mejor para Barcelona y para la España entera.


Pero Casanova no muere en el combate solo recibe una herida de poca gravedad en el muslo y, de acuerdo con ABC: “Disfrazado de monje, Rafael Casanova huyó de la ciudad y se escondió en la finca de su hijo en San Boi de Llobregat. En el año 1719, fue amnistiado y volvió a ejercer como abogado hasta retirarse en 1737. Murió en Sant Boi de Llobregat, treinta y dos años después de la rendición de Barcelona”.  

jueves, 12 de octubre de 2017

Escocia y Catalunya: ¿Dónde está la diferencia?

Democracia representativa y democracia directa en dos procesos de independencia



Javier Pérez Royo. Blog Zona Crítica (el diario.es)


La referencia al acuerdo entre los gobiernos del Reino Unido y de Escocia para que se pudiera celebrar en 2014 un referéndum sobre la independencia de Escocia del Reino Unido, ha sido una constante en la argumentación del nacionalismo catalán en estos últimos años. ¿Por qué no se puede hacer lo mismo en España? ¿Por qué no se puede alcanzar un acuerdo entre el Gobierno de la Nación y el Govern de Catalunya para que se pueda convocar un referéndum, en el que los ciudadanos de Catalunya manifiesten o su voluntad de continuar integrados en el Estado español o constituirse en un Estado independiente?

Este interrogante ha sido analizado desde múltiples perspectivas y se ha señalado que el proceso histórico de formación del Reino Unido es distinto del proceso a través del cual España se constituyó como Estado, que el Reino Unido no tiene constitución escrita en tanto que España sí la tiene, que el principio de soberanía parlamentaria en torno al cual gira el sistema político británico es distinto del principio de soberanía nacional/popular en torno al cual gira el sistema español y algunas más.

Doy por supuesto que el lector conoce los análisis de esas diversas perspectivas. Voy a analizar el binomio Escocia/Catalunya desde otra, de la que no se ha hecho uso, al menos de la que yo tenga conocimiento, hasta la fecha. Es la perspectiva que figura en el subtítulo que encabeza este artículo.

En mi opinión, se trata de la perspectiva más fructífera para abordar el tema, porque es la que mejor permite integrar el análisis tanto desde la perspectiva de la legalidad como desde la perspectiva de la legitimidad. Cuando a un proceso de secesión o independencia se le hace frente con una articulación armónica de la democracia representativa y la democracia directa, la respuesta es simultáneamente legal y legítima. No puede existir la más mínima duda de que es así. La aceptación generalizada y pacífica es el resultado.

Cuando la articulación entre democracia representativa y directa no se produce, las dudas sobre la legalidad y la legitimidad del proceso crecen como hongos y es sumamente difícil, cuando no imposible, que se alcance un resultado que goce de aceptación generalizada y, por ello mismo, resulte pacífica.

Escocia es el ejemplo de lo primero. Catalunya el ejemplo de lo segundo.

En Escocia se produjo un ensamblaje armónico entre la democracia representativa y la democracia directa a lo largo de todo el proceso. El comienzo fueron unas elecciones parlamentarias en Escocia a las que el Partido Nacionalista Escocés acudió con un programa en el que se comprometía a convocar un referéndum sobre la independencia. Con ese programa obtuvo mayoría absoluta. Y con dicha mayoría absoluta acudió al Gobierno del Reino Unido para solicitar autorización para convocarlo. El Primer Ministro Cameron reconoció el resultado electoral y llegó a la conclusión de que el Gobierno del Reino Unido no debía impedir que el Primer Ministro escocés cumpliera su compromiso electoral y pactó la celebración del referéndum. Fecha, pregunta, etcétera.

Primero democracia representativa. Después democracia directa. A través de la democracia representativa, principio de legalidad, se gana la legitimidad para solicitar la convocatoria de un referéndum. El nacionalismo escocés consiguió la legitimidad para la convocatoria de un referéndum después de haber obtenido la mayoría absoluta en unas elecciones parlamentarias representado por un solo partido, que había incluido expresamente la convocatoria de un referéndum de independencia en su programa.

En Catalunya no ha sido así. Dejemos de lado todas las elecciones al Parlament de Catalunya celebradas desde 1980 hasta la STC 31/2010, sobre la reforma del Estatuto de Autonomía de Catalunya, ya que en todas ellas el nacionalismo concurre con un programa autonomista, en el que la independencia no figura de ninguna manera.

Hasta las elecciones del 28 de noviembre de 2010, las primeras tras la STC 31/2010, no empieza el nacionalismo hegemónico en Catalunya, CiU a amagar en una dirección que podría considerarse que apunta hacia la independencia, aunque expresamente excluye esta posibilidad.

En el programa para esas elecciones CiU hace uso por primera vez del “derecho a decidir”, pero ese derecho se traduce exclusivamente “en la necesidad de que Catalunya disponga de un nuevo modelo de financiación”, excluyéndose “la posibilidad de celebrar una consulta sobre la independencia”. Con este programa CiU obtuvo una mayoría de 62 escaños. No absoluta, pero sí muy amplia, lo que le permitiría formar gobierno en solitario, aunque necesitara para ello la abstención del PSC/PSOE.

Será en las elecciones de 2012, celebradas tras una DIADA multitudinaria con una cabecera inequívocamente independentista, CATALUNYA, NOU ESTAT D’EUROPA, cuando por primera vez se apunte ya hacia la independencia en el programa electoral. CiU perderá 12 escaños y pasaría de 62 a 50. Únicamente con los 21 escaños de ERC se conseguía una mayoría nacionalista.

Con esa mayoría se organizaría el referéndum del 9-N de 2014, que acabaría desembocando en la convocatoria de unas elecciones calificadas por primera vez de plebiscitarias, que se celebrarían en septiembre de 2015. El programa del nacionalismo, unificado en una coalición electoral, JUNTS x SI, incluye la propuesta de referéndum acerca de la independencia. De los 71 escaños que habían alcanzado CiU y ERC concurriendo por separado en 2012, se pasará a los 62 que conseguirán juntos en 2015, necesitando a partir de ese momento a la CUP para tener mayoría absoluta. Cada paso adelante en dirección a la independencia se ha traducido en un retroceso electoral.

A través de la democracia representativa no parece, en consecuencia, que el nacionalismo catalán haya conseguido la legitimidad necesaria para solicitar y mucho menos para exigir la convocatoria de un referéndum. Todavía menos para convocarlo por su cuenta.

¿En dónde descansa entonces la legitimidad para la posible convocatoria de un referéndum?

Este interrogante exige otro artículo.


Subrayados de El Fantasma

lunes, 9 de octubre de 2017

Discurso de Mario Vargas Llosa en la marcha de Barcelona a favor de la unidad de España



"Queridos amigos. Todos los pueblos modernos o atrasados viven en su historia momentos en los que la razón es barrida por la pasión. Y es verdad que la pasión puede ser generosa y altruista cuando inspira la lucha contra la pobreza y el paro. Pero la pasión puede ser también destructiva y feroz cuando la mueven el fanatismo y el racismo 

jueves, 5 de octubre de 2017

Locura Catalana

Fernando Mires. Blog POLIS



“Cataluña: un plebiscito anti-constitucional, una masa enardecida, una izquierda demagógica, un presidente antipolítico. Ese es el resultado”.

En ese twitter resumí las jornadas del 1-O en Cataluña. No fue difícil armarlo. Lo que iba a suceder estaba programado. Heridos, presos, apaleados, Piquet llorando en la TV y Shakira con un título para su próxima canción: Don’t cry for me Cataluña. Al día siguiente, Cataluña amaneció consumida por odios. 

Ese al fin era el propósito fraguado por Puigdemont, Junqueras, la CUP y los socialistas-nacionalistas que controla Podemos desde Madrid. 

Incapaces de dar cuerpo legal al plebiscito, los separatistas decidieron apostar por la revolución mediática. La escenificación fue bien lograda. La presencia de la Guardia Civil despertó recónditas asociaciones. Hasta adversarios de la secesión dejaron ese día de serlo. Un éxito televisivo. Ojalá hubiera sido solo eso. Ahora el daño está hecho y nadie sabe como repararlo.

El plebiscito en su contenido, forma y redacción es inconstitucional. Ningún gobierno del mundo, el de Rajoy tampoco, puede tolerar la violación de la Constitución. Lo que estaba en juego ese día era la integridad del Estado. Eso fue precisamente lo que advirtió la izquierda rabiosa: los podemitas, los cupitas, y otros más. 

No son la mayoría cuantitativa. Pero sí la cualitativa. Saben movilizar a su gente, crear focos de disturbios, llenar las calles de letreros, enardecer a las masas. Son militantes de una revolución que no tiene nada que ver con la clase obrera ni con el socialismo, mucho menos con los antiguos comunistas, gente ligada a los trabajadores y reacia a cualquier nacionalismo, sea español o catalán. 

Los revolucionarios de ahora son hijos de la sociedad post-industrial, desclasados, populistas en el exacto sentido del término, y sobre todo, pescadores de ríos revueltos. 

En Cataluña no han descubierto raíces culturales. Cataluña para ellos es la posibilidad de hacer lo que nunca podrían haber hecho en el resto del país. Por eso agitan hoy banderas nacionalistas. Podrían ser también otras ¿Qué importa aliarse con lo más rancio de la ultraderecha catalana si eso los acerca al poder? 
 
Si Cataluña llega a ser independiente, su destino no será envidiable. Muy pronto los neo-revolucionarios se harían de los aparatos decisivos y la próspera Cataluña se convertiría en una Venezuela europea. Puigdemont y los suyos son, para la neo-izquierda, simples tontos útiles. Como lo es también Rajoy. A este último lo conocen: le tendieron una trampa y Rajoy, como es su costumbre, cayó en la trampa. Desató la más innecesaria represión y convirtió a los secesionistas en héroes de la independencia.

Por cierto, el deber de un gobernante es hacer cumplir la Constitución. Pero también es privilegiar los medios políticos de lucha. Rajoy no lo hizo ni lo hará. Rehuye al debate público como a la peste, no sabe formar alianzas, no intenta dividir a las huestes adversarias, no busca conexiones con los sectores más moderados y confunde a la política con la simple jurisdicción administrativa. 

Todo el peso de la resistencia democrática ha caído sobre el Ciudadanos de Arrimada y Rivera. Pero Ciudadanos no está en condiciones de romper la polarización impuesta por el secesionismo radical (de derecha e izquierda) y el automatismo anti-político de Rajoy. Esta historia va a ser aún más larga que la del Quijote.


A propósito: en algunas escuelas catalanas ya se enseña que “probablemente” Cervantes fue catalán.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Neonacionalismo

¿Es el independentismo un fenómeno propio de Catalunya, algo así como una planta endémica del país, o tiene algo en común con otras convulsiones políticas que se están produciendo simultáneamente en la mayoría de países occidentales? Pienso que la pregunta es pertinente y necesaria. Necesaria para no obsesionarnos y atemorizarnos en demasía, sin que este signifique banalizar las consecuencias de lo que está ocurriendo en Catalunya. LEER MAS