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jueves, 15 de noviembre de 2012

La conveniente derrota de Mitt Romney


Daniel Morcate. EL NUEVO HERALD

Ya sé que sus líderes no lo verán así. Pero lo mejor que le pudo pasar al Partido Republicano es que su candidato, Mitt Romney, perdiera la elección frente a un vulnerable presidente Obama, el único mandatario en la historia moderna que ha reconquistado la Casa Blanca con una economía tan frágil y un desempleo de casi 8 por ciento. Era tal vez la mejor forma en que el liderazgo republicano podía darse un baño de realidad. Reconocer que Estados Unidos ya no es el país que era hace algunos lustros, sino otro más diverso, educado, progresista. Y darse la oportunidad de poner en su lugar a los extremistas que hoy controlan al partido. Es solo una oportunidad, desde luego. Y los trogloditas del GOP van a resistir el cambio ─ ya lo están haciendo ─ negando tercamente el nuevo rostro de a nación y aferrándose a dogmas insolventes, como han hecho siempre todos los fanáticos políticos y religiosos.

El shock de la derrota será particularmente fuerte porque el GOP invirtió cantidades sin precedentes de dinero e hizo numerosas trampas para tratar de servirle en bandeja la victoria a su camaleónico aspirante. En muchos de los estados que controla, adoptó leyes de supresión de votos, consciente de que mientras menos norteamericanos votasen mejores posibilidades de triunfo tenía su candidato. Sin el más mínimo pudor, apuntó esas leyes directamente a jóvenes y minorías étnicas, dos sectores que habían votado decisivamente por Obama en 2008. Símbolo de esa estrategia felona, digna de los tiempos de las leyes segregacionistas de Jim Crow, fue la patética farsa electoral de la Florida de la que son responsables el gobernador Rick Scott y la legislatura estatal, ambos republicanos.

El GOP también perdió terreno en el Senado. Y hubiera perdido más en la Cámara de Representantes de no haber sido por otra trampa: el rediseño oportunista de distritos electorales en estados como Texas, Illinois y la Florida para garantizar el triunfo de sus candidatos. Ciertos críticos creen que encuestadores del partido también manipularon sondeos, excluyendo deliberadamente de su escrutinio a votantes probables, con el ánimo de hacer lucir mejores las probabilidades de triunfo de su candidato. Es un alegato que nadie ha demostrado. Pero tampoco me sorprendería que fuera cierto, habida cuenta de las otras manipulaciones mañosas.

Meses atrás, en Purgas republicanas [Perspectiva, 7 de junio de 2012], sostuve que un partido que recurre a semejantes artimañas no se merece ganar el voto popular. Es alentador comprobar que la mayoría de los electores concluyó lo mismo. Pero el resultado de los comicios significa mucho más que un rechazo a las fallidas estrategias electorales del GOP. También implica un rechazo a la arrogancia torpe, la chulería excluyente y las actitudes cavernícolas de su candidato presidencial y muchos de sus líderes. Con su apoyo abrumador a Obama, los hispanos repudiaron las políticas y retórica contra los indocumentados porque intuyen que también van dirigidas a ellos; las mujeres, el empeño republicano de negarles el derecho soberano sobre sus cuerpos; los homosexuales, los intentos republicanos de mantenerlos como ciudadanos de segunda; y todas las minorías, las gastadas ideas económicas del GOP, que han creado una sociedad cada vez más desigual e injusta, en la que la riqueza beneficia desproporcionadamente a muy pocos mientras elude a la inmensa mayoría, una mayoría que vive en la perenne zozobra económica.

Al Cárdenas, el veterano líder republicano, reconoce que, tras la derrota, el GOP “necesita darse cuenta de que es demasiado viejo, demasiado blanco y demasiado masculino y tiene que asimilar las características demográficas del país antes que sea demasiado tarde”. Jeb Bush, as su vez, admite que el partido “no le puede pedir a la gente que se sume a nuestra causa y luego enviar el mensaje de que en realidad no es bienvenida”. Lástima que tanto ellos como otros dirigentes republicanos no lo advirtieran públicamente durante la campaña ni les salieran debidamente al paso a los extremistas que han colocado al partido al borde del abismo. El GOP puede y debe reinventarse. Ninguna democracia prospera ni sobrevive sin una oposición vigorosa y sin alternancia en el poder. Para otra ocasión dejo consideraciones sobre cómo debería ser el nuevo Partido Republicano que reclama este nuevo país.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Sonoro amén por la reelección de Obama


Maribel Hastings. EL NUEVO HERALD

WASHINGTON – Hace apenas un mes comencé a visitar una iglesia metodista cercana a mi casa y como ocurre en otras iglesias mayormente afroamericanas de la capital política del país, el tema de la elección no queda fuera, sobre todo de las oraciones. La petición principal: la reelección del presidente Barack Obama.

Hace años que no visito una iglesia hispana, así que desconozco si el tema surge o no, pero mis vecinos metodistas afroamericanos manifiestan en sus oraciones una profunda preocupación por un cambio de inquilino en la Casa Blanca. La separación Iglesia-Estado es relativa en estos momentos por la inquietud que genera una potencial presidencia de Mitt Romney en el futuro de diversos programas sociales, educativos y de salud que podrían verse afectados por las propuestas republicanas, particularmente sus promesas de reducir el gasto posiblemente a expensas de muchos de estos programas. Y no olvidemos la promesa de Romney de derogar el llamado Obamacare, que ha dado acceso a seguro médico a nueve millones de latinos que antes no tenían cobertura.

Una preocupación que yo, una votante latina y registrada como independiente, también comparto.

Tan pronto puse un pie en este país procedente de Puerto Rico me registré como independiente. Han pasado muchas lunas y muchas elecciones y en el proceso he votado por candidatos de ambos partidos. No me ciego con la política partidista. Miro los candidatos y sus propuestas.

Y hace varios años ninguna mancuerna republicana me había generado tan mala espina como la de Mitt Romney y Paul Ryan.

De Romney me disgusta que sea como veleta y cambie de postura según soplen los vientos. No hay convicción. Me preocupan sus posturas migratorias y que se codee con figuras extremistas como su asesor migratorio, Kris Kobach, arquitecto de la SB 1070 de Arizona y de la política de desgaste mediante la aplicación de severas leyes para garantizar que los inmigrantes trabajadores terminen autodeportándose, concepto que es piedra angular de la política migratoria de Romney.

Me ofende la forma en que habló de cómo no tenía que preocuparse por ese 47% del país que se consideran “víctimas” y que no pagan impuestos sin considerar quiénes conforman ese 47%, incluyendo los militares que Romney y los republicanos tanto dicen honrar. Me indigna pensar que sus políticas sólo buscan favorecer el bolsillo de sus millonarios colegas a expensas de la clase media y los más pobres.

Ryan, por su parte, ya me inquietaba antes que fuera escogido para la vicepresidencia. Una ascendente estrella republicana con propuestas fiscales que una vez más colocan las reducciones de gastos en los programas que más necesitan los trabajadores y las minorías del país.

Ryan aboga por la privatización del Seguro Social y recortes al Medicare. Un análisis del Center on Budget and Policy Priorities encontró que en el presupuesto que Ryan propuso y la Cámara Baja aprobó en marzo de este año, 62% de los recortes, unos 3.3 billones (trillions) de dólares, provienen de reducciones a programas para personas de escasos recursos incluyendo Medicaid, las becas Pell Grant y otros.

De la mancuerna republicana también me preocupan los vientos de guerra que soplan cada vez que hablan de Irán o de Siria. Hacen recordar la insistencia de W. Bush en que Irak tenía armas de destrucción masiva y por eso había que intervenir. Y ya sabemos cómo terminó ese cuento.

Fui de las que en 2008 votó por Barack Obama y ciertamente hay temas que quisiera haber visto atendidos, principalmente la prometida reforma migratoria. He criticado que se hayan ampliado cuestionables programas de colaboración con autoridades estatales y locales que han alimentado las crecientes cifras de deportaciones. Pero también entiendo que para avanzar un proyecto de este tipo se requiere de ambos partidos y lo menos que ha tenido Obama en estos cuatro años ha sido colaboración bipartidista.

Me entristece la lenta recuperación económica y el desempleo que azota al país, pero entiendo que mucho de lo que está ocurriendo ahora responde a las fallidas políticas económicas implementadas en la presidencia de Bush y a dos guerras en Irak y Afganistán, también bajo W., que aumentaron el déficit.

Me preocupa también que cuatro años después de una histórica elección que suponía un paso adelante en la oscura historia del racismo en este país, ese racismo se haya manifestado ahora incluso más que en el 2008 de diversas formas. Romney ha energizado a una base ultraconservadora que aunque no lo quiere, ve en él la oportunidad de remover a Obama de la Casa Blanca. Como dijo un republicano hijo de Tommy Thompson, el aspirante republicano al Senado federal por el estado de Wisconsin: “Tenemos la oportunidad de enviar a Barack Obama de vuelta a Chicago... o a Kenia”.

Cualquier desilusión que haya tenido con Obama palidece ante el desalentador cuadro de Romney-Ryan en la Casa Blanca.

Por eso cada vez que en la iglesia a la vuelta de la esquina de mi casa oran por Obama y porque tenga la oportunidad de reelegirse para completar su agenda, de mi boca emana un sonoro amén.

domingo, 21 de octubre de 2012

Las intrigas y los debates


Romney argumenta que el presidente no ha sido duro con China. Pero no aclara que él es el mayor accionista de una empresa que se lucra cerrando empresas aquí, para trasladarlas al país asiático; logrando de paso un descuento en sus impuestos, concedido por el anterior gobierno. Incluso, de una empresa que se encarga de crear tecnología para espiar al gobierno de Estados Unidos.

Pedro Caviedes. EL NUEVO HERALD

Durante el segundo debate pude observar a Mitt Romney intrigando de la misma forma que durante estos casi cuatro años de gobierno del presidente Obama he observado en la oposición, con el fin de confundir a las personas, endilgando al presidente lo que ellos hacen.

Me explico: Romney acusó al presidente Obama de utilizar como estrategia de campaña una orden ejecutiva para detener las deportaciones de jóvenes que llegaron al país con padres indocumentados. Preguntó por qué el presidente no pasó una reforma cuando había mayoría demócrata en el Senado y la Cámara. Esta pregunta se repite constantemente, en todas las leyes que ahora, en campaña, los republicanos quieren mostrarse a favor, aunque lleven cuatro años en contra.

Yo recuerdo esos primeros días en que, alineados en su No rotundo a todas las políticas que provinieran del presidente (como lo han hecho por el resto de su mandato), proclamaban la necesidad imperiosa del bipartidismo. Así como hoy por hoy el candidato republicano promete que en su primer hipotético día acabaría con la Ley de Salud del presidente, ¿no será que de haber pasado el presidente una reforma migratoria, Romney estaría diciendo que acabaría con esta en el primer día? Ya sabemos que la solución de Romney es la autodeportación.

Todos los republicanos, incluyendo a John McCain, que estaban a favor de una reforma migratoria, se fueron en contra una vez que Obama juró la presidencia. ¿Quiénes son los que juegan políticamente con la vida de esos jóvenes? ¿Quiénes hundieron el Dream Act? Marco Rubio dice que tenía lista una reforma cuando el presidente firmó la orden. Yo me pregunto: ¿qué detuvo al senador con esa reforma durante el resto de sus años en el Senado? ¿No será que simplemente la sacó a relucir oportunamente, porque quería ser el compañero de fórmula de Romney?

En uno de los momentos cumbre del debate, Romney acusó al presidente de utilizar para provecho político el asesinato del embajador Stevens en Bengasi. El presidente le respondió firmemente que al otro día denunció el acto terrorista, y que solo insinuar que cualquier miembro de su gobierno pudiera hacer tal cosa era ofensivo. A lo que Romney, éste sí, queriendo utilizar la tragedia para beneficio político, saltó a decir que quería que todos anotaran lo que acababa de decir el presidente, pues solo catorce días después, éste había llamado acto terrorista a los hechos mencionados. Pero el ex gobernador quedó expuesto, cuando la moderadora le dijo que el presidente sí lo había dicho (como lo mostraron todos los noticieros después del debate).

El candidato republicano argumenta que el presidente no ha sido duro con China. Pero no aclara que él es el mayor accionista de una empresa que se lucra cerrando empresas aquí, para trasladarlas al país asiático; logrando de paso un descuento en sus impuestos, concedido por el anterior gobierno. Incluso, de una empresa que se encarga de crear tecnología para espiar al gobierno de Estados Unidos.

También acusan al presidente de haber gastado irresponsablemente en un programa de estímulo, cuando su propio candidato a vicepresidente, como senador, pidió dinero de ese estímulo para su estado. Y también lo acusan de querer destruir el Medicare, cuando, en los recortes presupuestales que propuso su candidato a vicepresidente, claramente lo quieren convertir en un sistema de vouchers.

Romney dice que quiere aumentar el número de becas, cuando al mismo tiempo aprueba el presupuesto de su compañero de fórmula, que las recorta drásticamente.

Dice ser experto en pequeñas y medianas empresas porque él empezó una que después se hizo grande, pero no aclara que la empezó con 37 millones de dólares. Dice saber del empleo porque fue exitoso en la empresa privada, pero su fondo de inversión se encargaba de comprar empresas, recargarlas de deudas, llevarlas a la bancarrota, despedir a los empleados, y en el camino repletarse los bolsillos de millones.

Esconde sus impuestos de la opinión pública, dice que es justo que pague una pequeñísima tasa con respecto al común de la gente y esconde su alucinatorio presupuesto, apelando a la confianza que la gente, según él, está obligada a tenerle.

Pero de todo, lo que más me impresionó del segundo debate, fue ese tipo intolerante en que se transforma Romney cuando confrontan sus mentiras con la verdad, de la manera enérgica que lo confrontó el presidente.

El ex gobernador se convirtió en un chapucero que no respeta ni a una periodista, ni al presidente de la nación de la que quiere jurar en el primer cargo.

Pero de aquello también acusan al presidente.

jueves, 18 de octubre de 2012

Una consigna peligrosa


La idea de que el gobierno debería administrarse como un negocio reposa en una esencial incomprensión de las funciones respectivas que tienen gobierno y negocios, por lo menos en una democracia como la nuestra.

Daniel Morcate. EL NUEVO HERALD
No es por gusto que los norteamericanos avispados le llaman a la época electoral silly season, la temporada tonta. Basta con escuchar la propaganda de los candidatos para caer en la cuenta. Pero a tontería electorera nada le gana al uso y abuso de los eslóganes. Pongo por caso lo de “el gobierno debe administrarse como un negocio y al mando hay que colocarle un CEO (Chief Executive Officer)”. Se lo he escuchado a demócratas en el pasado. Y a muchos republicanos ahora que su candidato a la presidencia, Mitt Romney, es, precisamente, un hombre de negocios. Se trata de un lema no solo tontorrón y falaz, sino también peligroso, al que conviene refutar antes que prenda en las mentes enajenadas, en el sentido de desconectadas de la realidad política, de muchos votantes. A Romney se le debe evaluar principalmente como político.

La idea de que el gobierno debería administrarse como un negocio reposa en una esencial incomprensión de las funciones respectivas que tienen gobierno y negocios, por lo menos en una democracia como la nuestra. Los negocios son pequeños, medianos o grandes sistemas jerárquicos y autoritarios cuya misión fundamental es hacer dinero para sus propietarios y accionistas. Sus ejecutivos suelen ser figuras autocráticas cuyas decisiones por lo general no discute el pueblo, es decir, los empleados. A lo sumo, esos ejecutivos responden por sus acciones, cuando responden, a una junta directiva o a un grupo más o menos reducido de accionistas que solo exigen resultados. Y el resultado que más exigen es viruta. Ante esa exigencia elemental, los ejecutivos tienen carta blanca para congelar o reducir los sueldos y beneficios de los empleados. Y para ponerlos de patitas en la calle. Sin la menor contemplación.

El gobierno, en cambio, tiene la misión esencial de fomentar el bien común y proteger a los gobernados de amenazas externas e internas, incluyendo las amenazas de la ignorancia, el desempleo, la pobreza y el desamparo. Como parte de esa misión, el gobierno está obligado a operar agencias que brindan servicios básicos, pero que no rinden ni pueden rendir dividendos económicos, tales como los de enseñanza pública, atención médica, protección policial y militar y servicios de bomberos. Una corporación puede eliminar en cualquier momento un departamento o una franquicia que le dejan pérdidas. Un gobierno, en cambio, no puede prescindir de las costosísimas agencias que prestan servicios esenciales a la población.

Siempre conviene, desde luego, discutir si ciertas funciones tradicionales del gobierno serían más efectivas si las desempeñasen empresas privadas. Pero esa discusión se debe hacer con sentido práctico y transparencia, no mediante chanchullos ni rígidos presupuestos ideológicos como los que utilizan hoy muchos profetas de la privatización. Y cualquier empeño de privatizar una agencia gubernamental debería acometerse con el claro propósito de mejorar el servicio y la calidad de vida de los gobernados, no meramente para hacer plata. Ni tampoco para que esa agencia cubra sus gastos de operaciones. En su encomiable The Decent Society, el filósofo israelí Avishai Margalit nos ha legado una regla de oro de las instituciones, públicas o privadas, que son deseables para la democracia: aquellas que funcionan para ayudar a la gente, no para humillarla. Lamentablemente, para sobrevivir o hacer pasta, los negocios, sus propietarios y sus ejecutivos a menudo humillan a sus competidores y a sus empleados. Y eso es algo que nunca deberíamos tolerarle a nuestro gobierno. Ni a nuestros gobernantes.

Hay, desde luego, regímenes que en la actualidad se administran como negocios. Son los neofascistas como el chino y el vietnamita. Si pudiera, la familia Castro le impondría esa clase de régimen a la pobre Cuba. Pero, como sostiene RP Kindelán, hasta el momento el único chino en Cuba es Raúl Castro. Estoy seguro de que pocos norteamericanos, sean éstos demócratas, republicanos o independientes, soportarían un gobierno de esa calaña. Estados Unidos no necesita CEOs en la presidencia. Necesita líderes políticos que nunca humillen a los ciudadanos.

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jueves, 11 de octubre de 2012

Desenlace biológico


Jorge Olivera Castillo. CUBANET

La experiencia invita a no confiar en las voces de Mitt Romney y Paul Ryan, respecto al compromiso de usar todas las herramientas políticas y económicas para que a Cuba llegue la democracia.

Los candidatos republicanos a la presidencia y vicepresidencia, respectivamente, refuerzan su discurso contra la dictadura cubana para satisfacer a un sector de cubanoamericanos que parece conformarse con frases concluyentes y promesas  que tradicionalmente son incumplidas.

Volver a restringir los contactos familiares y el envío de remesas, de la manera que lo hizo el presidente George W. Bush, no aportaría mucho a la causa de la libertad cubana. La nomenclatura y sus huestes siempre contarán con los recursos necesarios para llevar adelante sus planes represivos. Por otro lado, las posibilidades de que ocurra un levantamiento popular a causa de las penurias y el cúmulo de insatisfacciones, siguen siendo pocas.

Pese a que el régimen no cuenta con un verdadero apoyo entre la población, sí puede disponer de un altísimo nivel de apatía, doble moral y mucho miedo, lo cual le sirve para conseguir sus propósitos.

En los 8 años de la administración Bush (2000-2008), no hubo novedades, al menos que trascendieran los límites de las regulares acusaciones, demandas de apertura democrática y algunas medidas tangenciales, como las anteriormente mencionadas, que definitivamente reforzaron el papel de plaza sitiada que tanto necesitan los gorilas de La Habana.

En estos forcejeos verbales, nuestro régimen de partido único pudo sacar cierta ventaja en el plano diplomático y político. Al intensificarse la atmósfera de agresividad norteamericana hacia la dictadura, aunque fuera más en teoría que en la realidad, el regimen consiguió renovadas simpatías y silencios cómplices, por parte de la comunidad  nternacional.

Un ejemplo de la escasa funcionalidad de las políticas puestas en práctica por los círculos de poder estadounidenses frente al castrismo, son las votaciones casi unánimes contra un embargo que ha quedado como una pieza simbólica en el diferendo bilateral.

 Si bien a estas alturas no sería posible, ni recomendable, levantarlo de manera incondicional, es pertinente no olvidar que su eficacia dista de ser satisfactoria.

Para que el embargo surtiese algún efecto de envergadura tendrían que producirse otros eventos políticos, tanto internos como a nivel regional y mundial, que condujeran a un real aislamiento, como sucedió con el embargo internacional impuesto a Sudáfrica, debido a su política de apartheid. No parece factible que tales circunstancias se concreten.

China, Rusia, Brasil y Venezuela son cuatro puntales, que en diferente grado contribuyen al sostenimiento de la dictadura insular. Esto, desde el punto de vista geopolítico, indica que no habrá variaciones sustanciales en los próximos años.

En cuanto a la capacidad de influencia de los actores internacionales que buscan la reinserción de Cuba en la familia democrática mundial, hay que decir que es muy limitada.

El mundo está más interesado en otros asuntos internacionales, mucho más complicados que la problemática cubana. La represión resulta relativamente leve a los ojos del mundo ya que no hay en Cuba cantidades impactantes de muertos, ni escenas de brutalidad masiva que logren conmover a la opinión pública internacional, como por ejemplo es el caso del Líbano. El régimen va ganando tiempo.

Al observar la postura de Estados Unidos frente a lo que ocurre en Cuba, es preciso destacar la importancia de una posición de principios que apuesta por el apoyo irrestricto a los opositores e integrantes de la sociedad civil alternativa. Si no fuese por ese apoyo moral y humanitario, mucho peor hubiese sido el destino de quienes persisten en luchar por la democracia en Cuba.

Pienso que ni republicanos ni demócratas están listos para cambiar sustancialmente sus respectivas agendas en lo tocante a Cuba. Salvo algunos matices, las cosas continuarán más o menos igual.

Lamentablemente, creo que el posible desenlace no llegará mientras el liderazgo que inauguró este engendro, hace ya más de medio siglo, tenga la suficiente vitalidad para defenderlo. Esa es la mala noticia, la buena es que la biología es un invencible enemigo mortal que ya está cerrando su infranqueable cerco, a diferencia de un embargo que tiene más huecos que un queso suizo.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La bajeza del bravucón


Sergio Muñoz Bata
No contento con darle un repaso a su letárgico oponente, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, Willard Mittford Romney, la agarró contra España durante el primer debate presidencial. Con escalofriante frialdad e indiferente ante las posibles consecuencias que sus impertinentes siete palabras podrían tener en el futuro financiero inmediato de España, Romney le clavó una puya inmerecida.

Con justa razón, los españoles han interpretado el ofensivo comentario de Romney como un acto hostil que podría dañar la imagen de España en el mundo. “Una buena parte del margen que España tiene para salir de sus crisis depende de su imagen en el exterior”, ha escrito el corresponsal de El País en Washington, en su reseña sobre el debate. Para mi, la gratuita agresión de Romney a España es como tirarle una patada a alguien que está en el piso después de haber recibido una golpiza.

El golpe bajo de Romney para nada desentona con sus antecedentes de prepotente, bravucón y pendenciero. Quienes le conocieron de joven cuentan que en la escuela secundaria a Romney le gustaba dar este tipo de golpes arteros. En un artículo publicado por el Washington Post, algunos de sus compañeros relataron como se divertía hostigando a un compañero gay o como se desternilló de risa después de conducir a un maestro ciego a que se estrellara contra una puerta cerrada. También contaron que en una ocasión encabezó a una pandilla de “niños bien” para aterrorizar y rapar a un joven que tuvo la osadía de teñirse el pelo. “Bromas de adolescente”, dijo Romney entre carcajadas, cuando en una entrevista le preguntaron si eran ciertas las acusaciones.

Otra posible explicación del ataque de Romney a España podría ser que su nivel de tolerancia de hacia las personas y los países que sufren un descalabro económico es mínimo. A Romney y sus amigos les gusta fanfarronear sobre su riqueza: aparte de sus miles de millones de dólares, Romney tiene seis caserones en Estados Unidos y casi el mismo número de Cadillacs, Mustangs y Dodges. Entre las diversiones de la familia Romney está practicar el Dressage, con sus caballos pura raza y ver partidos de fútbol americano desde lujosos palcos en estadios deportivos.

A Romney los pobres no le preocupan, al menos eso fue lo que le dijo a una periodista de CNN. Tampoco le interesa “ese 47% de los ciudadanos que”, según dijo en una entrevista hecha pública por la revista Mother Jones, “van a votar por el Presidente… que dependen del gobierno, que se creen victimados, que piensan que el gobierno tiene la obligación de cuidar de ellos, que creen que tienen derecho a que el gobierno pague por el cuidado de su salud y les dé casa, comida y sustento. A ese 47% que no paga impuestos…Nunca podré convencerlos de que se hagan responsables de sus actos y de sus vidas”. Simple y sencillamente, Romney desprecia a la gente que no es como él y sus amigos.

Otra manera de interpretar el palo a España sería que Romney se valió de la crisis española para acusar a Obama de pretender implantar un fallido modelo económico de tipo europeo en Estados Unidos. Para la derecha estadounidense en Europa no hay diferencias de fondo entre los distintos países porque en materia económica en todos predomina el “estado de bienestar”.

Sigo pensando que el peso de los debates es relativo y que en esta elección será casi nulo. Creo que los campos ya han sido delimitados y que la inmensa mayoría de los votantes ya decidió por quien va a votar. Solo espero que voten por el candidato que ha apostado su carrera política al lado de los 30 millones de personas que podrán contar con un seguro de salud si logra su reelección, por los millones de jóvenes que serían amparados por el seguro médico de sus padres y por los enfermos crónicos que no podrán ser excluidos por las aseguradoras.

Quienes conocemos la historia sabemos que el efecto negativo de las bajezas de Romney a España apenas si hará mella en una historia que se mide en centurias. La grandeza de España no se desvanece ante una crisis económica temporal ni se disminuye por los golpes bajos de un político oportunista.

lunes, 8 de octubre de 2012

Big Bird en peligro de extinción


Alejandro Armengol. EL NUEVO HERALD

Una librería española ofrece libros para llevar de forma gratuita, tantos como pueda cargar el lector. No se trata de un almacén donde se acumulan rastrojos editoriales. Los libros que cubren sus estantes provienen de donaciones, hechas no con el afán de quitarse de arriba algo inservible sino de compartir un producto de calidad. Está en el madrileño barrio de Chamberí, uno de los lugares donde vale la pena vivir y nunca falta el bar de la esquina que reclama Sabina.

Alguien podría pensar que la librería Libros Libres es una de esas cosas que inventan los europeos y tanto incomodan a ciertos estadounidenses, sobre todo si son republicanos. Pero la idea original no viene de España sino nació en Estados Unidos. El proyecto está inspirado en The Book Thing of Baltimore, una gran librería gratuita en esa ciudad norteamericana, según cuenta el periódico español El País.

De tantas noticias sobre política que aparecen a diario, en ocasiones uno tiende a olvidar que existe gente decente. Pero es así. El mundo no es solo el candidato presidencial republicano Mitt Romney o el gobernador de Florida Rick Scott.

Pocas verdades significativas dijo Romney durante el primer debate presidencial, aunque una se destaca: de ser presidente va a eliminar los fondos para la cadena de televisión pública PBS.

¿Y qué le ha hecho a este señor Big Bird, para que de pronto quiera colocarla en la lista de aves en vías de extinción?

Dos cosas muy sencillas. Por décadas en el ideario republicano más reaccionario PBS no ha sido más que un despilfarro de dinero, donde se hacen programas tan inútiles como aquellos que denuncian la corrupción corporativa, las violaciones de las grandes empresas a la legislación vigente, la corrupción detrás de la Guerra de Irak, los cambios climáticos y la destrucción del medio, entre otros.

El segundo aspecto que lleva a Romney a rechazar la televisión pública es el desprecio que el candidato republicano tiene por la cultura.

Alguien que durante su juventud marche a París con el objetivo de lograr que los franceses dejen de tomar vino, y no se arrepienta de ese malgasto de años de vida, no solo está incapacitado para aspirar a la presidencia de este país, sino también al cargo de administrador del bar, digo, del supermercado de la esquina.

Sin embargo, en sus últimos discursos Romney ha decidido dejar detrás a Francia, un blanco favorito del republicano grosero, y hablar de los males que afronta la sociedad española actual. Los señala como un peligro del cual él salvaría a Estados Unidos.

Una vez más, miente y tergiversa. La crisis económica por la que atraviesa España –para hablar específicamente de los problemas de un país y no de la crisis europea en su conjunto– no obedece a un fracaso del programa de bienestar social, sino a la adopción de las mismas prácticas financieras que produjeron la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos, aquí en Miami sin ir más lejos.

Algo muy distinto fue la incapacidad del anterior gobierno socialista para enfrentar a tiempo la situación.

El problema de España no fue una “redistribución” de la riqueza para el otorgamiento de beneficios sociales imposibles de sostener, sino en gran parte una “redistribución” de la riqueza en favor de los bancos y los vinculados a la clase política.

Aunque si se va a hablar de semejanzas con España, en donde éstas saltan es en ciertas tácticas de campaña electoral que comparten Romney y el actual presidente del gobierno español, Mariano Rajoy.

Este último llegó a la presidencia de su país no por ser un favorito de los electores, sino por el repudio, justificado en gran medida, que éstos sentían y sienten por los políticos socialistas.

Una crisis económica profunda y un elevadísimo desempleo llevaron a los españoles a optar por el candidato del Partido Popular, pese a que nunca presentó un plan definido de soluciones. Tras su triunfo, Rajoy se ha aprovechado de la situación para imponer un plan de austeridad y recortes que buscan reducir y eliminar beneficios sociales. Y, por supuesto, entre los afectados están los fondos para actividades culturales.

El peligro de que en Estados Unidos ocurra lo mismo que en España, de ser elegido Romney, no es un temor creado para una campaña política. Es algo real. Igual que en su momento hizo Rajoy, el candidato presidencial republicano no se cansa de lanzar promesas, que él mismo sabe no va a cumplir. Todo con el objetivo de ganar votos.

Mientras tanto, lo único cierto es que, si sale electo, va a eliminar lo que él considera superfluo, lo cual incluye la cultura. Ya que no pudo quitarle el vino a los franceses, al menos sueña con dejar a los niños sin Sesame Street.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El desconocimiento de los herederos


Disminuir a un 47% de la población porque no paga federal income tax, aunque paga payroll tax o state tax, o porque se acoja a programas de ayuda como los recortes por niños, no solo es fruto de un carácter soberbio y de una ceguera y desprecio absoluto para reconocer el esfuerzo del otro, sino que, cuando quien lo dice se ha acogido a todos los recortes posibles que el sistema ofrece a quienes más ganan, hasta llegar a pagar una tasa mínima, es un verdadero descaro.
Pedro Caviedes. EL NUEVO HERALD

Existe una diferencia sustantiva entre las personas que nacen con padres que pueden costearles una buena educación, una buena nutrición, atención médica, techo en un buen vecindario, y los que no. En todos los países hay hijos de todas las clases. Desde los ricos y la clase media, hasta los pobres e hijos de personas sumidas en la miseria. La diferencia entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado es la capacidad de los estados para aportar a todos esas ventajas que en otros países solo obtienen los primeros.

En repetidas ocasiones, quienes están acostumbrados a tenerlo todo, creen que lo merecen por haber nacido, y caen en engaños, o no valoran lo que les fue dado. Así, desvirtúan incluso el trabajo de sus padres, diciendo que ellos empezaron de cero, como si todos los privilegios que recibieron, no contaran.

En su obra La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset lo titula algo como la maldición de los herederos. Pienso que ese desconocimiento por los privilegios, que se cree que existen por arte de magia, también está siendo, para un grupo de personas en Estados Unidos, un desconocimiento de las bondades de este país, que a lo largo de su historia ha conseguido redistribuir la riqueza de tal manera que todos puedan tener los mismos derechos, y las mismas oportunidades de prosperar en la vida.

La palabra redistribución es causa de acusaciones de comunismo, como si fuera antónimo de libertad. ¿Pero acaso no es esa la función del estado? Cuando una parte de los impuestos se destina a los militares y las agencias de seguridad, otra a la infraestructura, a la educación pública, a la investigación, al sistema de justicia, a los departamentos de bomberos y policía, al pago de los funcionarios públicos y al sostenimiento de los edificios donde operan las gobernaciones, los congresos, los juzgados y las alcaldías, entre otras, ¿no se trata de una redistribución?

Sí, quizá con lo que pagaría un millonario si le quitan los recortes, éste podría comprar un avión o agregarle un cero a su cuenta corriente. Pero la idea es aportar también a la sociedad donde se vive, para que un gobierno se encargue del bien común. Seguramente la enorme red de escuelas y universidades públicas con que cuenta Estados Unidos fue construida con la suma de muchos que podrían haberse comprado un carro nuevo, pero la existencia de esos centros educativos, garantiza una seguridad a la libertad y la prosperidad que en esta tierra se respira, que vale mucho más que un carro nuevo, y conviene incluso al que envía a sus hijos a un colegio privado.

En los países subdesarrollados los impuestos muchas veces van a las cuentas bancarias de los políticos. O en muchos, los que más dinero tienen, son quienes más evaden. Aquello se traduce no solo en unas ciudades y un campo con una infraestructura muy débil, sino en una pobreza e inseguridad enormes. Pero no creo que a nadie se le ocurra que la solución sea que la gente que más puede, deje de aportar. Más bien que los gobiernos combatan la corrupción, recauden lo justo, y velen porque se adjudique equitativamente.

Estados Unidos se caracteriza por ser un país de grandes emprendedores y grandes trabajadores. Disminuir a un 47% de la población porque no paga federal income tax, aunque paga payroll tax o state tax, o porque se acoja a programas de ayuda como los recortes por niños, no solo es fruto de un carácter soberbio y de una ceguera y desprecio absoluto para reconocer el esfuerzo del otro, sino que, cuando quien lo dice se ha acogido a todos los recortes posibles que el sistema ofrece a quienes más ganan, hasta llegar a pagar una tasa mínima, es un verdadero descaro. Lo más increíble es que entre ese 47% al que se refiere el candidato, unos cuantos miles hacen parte del 1% que más gana, que terminan pagando cero.

Gracias a un estado que garantiza los derechos, EEUU ha sido uno de los países con mayor movilidad social, donde prosperan muchos que, verdaderamente, empezaron de cero, y son muy pocos los desamparados. Pero esto sucede porque una parte de los impuestos que siempre pagaron todos, se destina a programas de ayuda a los menos privilegiados.

Y no por arte de magia, como al parecer cree un candidato.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Candidatura moribunda


Guillermo Descalzi. EL NUEVO HERALD

Estamos ante el proceso de una muerte prematura. La ven todos salvo quienes no quiere darse cuenta de ella. Es la muerte de la candidatura Romney. Empezó hace tiempo, víctima de falsedad genérica en su candidato. La deslucida convención republicana dejó ansiosos a todos en su equipo, tanto así que buscaron salvarlo empujándolo a darle un zarpazo a Obama. Lo dio el día de los ataques a nuestras representaciones en El Cairo y Bengazi, tras la muerte de nuestro embajador y tres compatriotas en Libia.

La campaña venía desarrollándose al compás de un minuet electoral. Tras las muertes y asaltos en Bengazi y El Cairo, sus asesores dejaron de lado el bailecito, decidiendo allí, en ese instante, ejecutar su plan. Aprovecharían las muertes y asaltos. Es algo que cayó muy mal. Aprovechar los ataques y la solemnidad de cuatro muertes para herir al presidente fue falto de clase y elegancia, especialmente por haber procedido con argumentos falaces, de un supuesto pedir perdón al Islam por quiénes y cómo somos los estadounidenses. Obama mostró temple en una entrevista donde se le preguntó de Egipto. Egipto no es un país aliado, y si lo fue ya no lo es. Se lo dijo a José Díaz Balart, de Telemundo.

La Casa Blanca luego trató de dorar la píldora, pero lo dicho quedó. Egipto no es nuestro aliado. Tampoco es nuestro enemigo. ¿Qué es? Obama no lo aclaró, pero Egipto no es más el bastión de seguridad que fue para nosotros ante el descontento islámico. En adelante podemos esperar casi cualquier cosa de su gobierno. Es en estas circunstancias que la campaña de Romney le propinó su zarpazo a Obama. Después apareció un editorial en Politico, prestigioso portal conservador en Internet, donde se declara que “Mitt Romney proved today that he is more a blathering idiot than Presidential material” (Mitt Romney, concluyó, ha probado ser más balbuceante idiota que material presidencial). Son palabras fuertes en un portal conservador.

Al día siguiente Joe Scarborough, periodista también conservador, alertó al partido diciendo que “ we should be willing to face the fact that Mitt Romney is likely to lose, and should, given that he’s neither a true conservative nor a courageous moderate” (Debemos, dijo, enfrentar los hechos y aceptar que Romney probablemente pierda, y es más, que debiera perder por no ser ni conservador verdadero ni valeroso centrista).

No ser ni verdadero ni valeroso se refiere a su persona, no a su política. Que Romney debiese perder por no ser ni conservador ni moderado, eso se refiere a su política. En ese espectro solo queda la opción de liberal. ¿Habrá implicado que es un liberal? No creo que haya querido ir tan lejos pero, en todo caso, la conclusión inescapable es que en ambos lados, personalidad y política, se le encuentra carente. Romney se está convirtiendo en mala compañía a mes y medio de la elección, y en el partido se ha interrumpido el acercamiento entre sus líderes y el candidato. Va a ser triste ver a las campañas republicanas en el Congreso mantener su distancia de la procesión fúnebre en que se está convirtiendo la candidatura Romney/Ryan.

¿Qué es Romney? ¿Un pseudo conservador y moderado sin valor? Es la adjetivación sugerida por los hechos. Esa parece ser su insignia. Romney abrazó un conservadorismo valiente pero lo que muestra es un conservadorismo descabellado. Es descabellado porque no está en él, no nace de él, no vive en él. Lo lleva como peluca. Parece difícil pedirle la clase y estilo de la autenticidad, pero no todo está perdido. Aún tiene una oportunidad para remediar la situación, tres en realidad, en los debates.

El conservadorismo busca y ansía su resurrección. Ha habido muertes previas con posterior resurrección política. Un ejemplo reciente está en el comeback kid, el Clinton de teflón que rehusó morir tras cada uno de sus escándalos, pero lo de Romney no es un escándalo. Es algo más esencial. Es su personalidad e ideología, y allí está la dificultad. La resurrección es factible con personalidad saludable e ideología sólida. La de Romney parece personalidad marginal, y su ideología se mueve con el cambiar de los vientos. Hoy procede con una campaña que parece procesión, una que todos debemos tratar con respeto porque no es fácil continuar con una candidatura moribunda a mes y medio de la elección.

El partido necesitará nobleza. Temo que al final haya poca nobleza para Romney. Los conservadores están auto arrinconados en un extremo donde han empezado a ver a su candidato como chivo expiatorio, víctima para el altar del conservadorismo. Algo más: El atracón en el Medio Oriente empieza a recalentarse. Sea quien sea el triunfador en noviembre, todo apunta a que tendrá que lidiar con una nueva explosión en la región.

lunes, 10 de septiembre de 2012

Si ganaran las elecciones…


Mario J. Viera

Imaginemos por un instante que el electorado americano cayera en el error de otorgarle la presidencia a Mitt Romney. Preguntémonos luego ¿Qué sucedería entonces?

Considerando la actual ideología que predomina en el partido republicano y en su motor impulso del Tea Party habrá que concluir en que Estados Unidos se sumiría en un insoportable ambiente de ultra conservadurismo cargado de intolerancia. La Biblia, en su antigua versión sería el libro sagrado del Estado; quizá hasta inspirándose en las leyes de Moisés nos regiríamos por una especial sharía que condenaría todo aquello nefasto que regulaba Moisés. El uso de anticonceptivos sería vetado; porque lo único legítimo en las relaciones conyugales es la reproducción. Los homosexuales condenados por corruptos y depravados. Se levantaría un altar al todopoderoso dios mercado al que se le ofrecería en holocausto la seguridad social, el Medicare y el Medicaid.

Si ganaran las elecciones se agitaría la lucha de clases que inspira a los ultra del republicanismo; pero no sería la lucha de clases que preconiza el marxismo de proletarios contra burgueses sino de los súper ricos contra las clases inferiores, clase media y clase trabajadora. ¡Todo el poder para las corporaciones!

Como los pobres, los necesitados que tanto abundan en esta gran nación, están en estrecheces porque ─ según el cristal con que miran los republicanos ─ no trabajan como mulos para enriquecer a los grandes del mercado, entonces se eliminaría un seguro médico accesible; es que los pobres ya tienen demasiadas ayudas, según Romney.

La Ley de Arizona se convertiría en ley federal haciendo sospechoso de inmigrante ilegal a todo aquel que parezca muy latinoamericano, que hablara el inglés con acento hispánico o no lo supiera hablar. ¡White Power!

El gobierno sería manejado como se maneja una corporación pero sin tener en cuenta la opinión de la mayoría de sus accionistas, es decir todo el pueblo americano a la hora de tomar decisiones difíciles.

La clase media y la clase trabajadora cargarían con la obligación de los impuestos, en tanto los propietarios de las grandes corporaciones recibirían sustanciosas rebajas fiscales cuyos ahorros  no los invertirían en crear más empleos sino en disfrutar de una vida escandalosamente más opulenta.

Estados Unidos seguiría empeñado con la deuda que se contrajo con China para sufragar las guerras de Irak y Afganistán.

En política internacional quizá se esgrima la política del Big Stick, acumulando más odio hacia Estados Unidos y más desconfianza por parte de sus aliados. Latinoamérica continuaría siendo uno de las últimas prioridades de Estados Unidos. Con respecto a los jinetes del apocalipsis del llamado Socialismo del Siglo XXI se harán gruñidos, se agitará una retórica incendiaria sin ninguna acción concreta y sabia y solo de utilidad para darle argumentos nacionalistas a los Chávez y Correa. Ante el castrismo se aplicarían las sabias propuestas de Mario Díaz Balart, Marcos Rubio y David Rivera, que poco conocen, si algo conocen, de Cuba y no tienen ni la menor idea de lo que es hacer oposición en un país totalitario, ni la angustia ciudadana de dependencia prácticamente absoluta de un estado represivo, dueño de todo, desde las viviendas, los empleos, las escuelas y universidades y hasta de la propia vida de sus súbditos. El castrismo continuaría con su política represiva, tranquilamente, amparándose en el pretexto, que desde Washington se le regala, de la defensa de su soberanía e independencia.

Finalmente el nivel de desempleo en Estados Unidos continuaría próximamente igual que en el presente por cuatro u ocho años más. La economía seguiría dentro del mismo, sino mayor, estancamiento.

Si ganaran las elecciones… No, no quiero ni imaginarlo.

domingo, 2 de septiembre de 2012

El vendedor de promesas


La convención republicana fue un vivo ejemplo del reclamo sobre un país que ya no es. Más allá de los problemas económicos actuales, hay en Romney, su figura y la de su esposa por encima del excesivo maquillaje de ambos un deseo de hacer retroceder a este país a los años cincuenta, a la época de la Ley Seca o a los Estados Unidos anteriores al gobierno de Lyndon B. Johnson.

Alejandro Armengol. Blog CUADERNO DE CUBA

Lo mejor del discurso de aceptación de la nominación republicana para la presidencia de Estados Unidos, hecho por Mitt Romney, es que éste logró despejar algunas dudas sobre su candidatura. Varias de estas inquietudes eran más aparentes que reales, pero a partir de ahora no cabe la excusa del desconocimiento.

Romney dedicó la primera parte de su discurso a desarrollar una especie de soap opera sobre él y su familia. Fue la parte más aburrida de su presentación y aunque desató algunos aplausos acalorados en las convenciones partidistas, como en los congresos comunistas, en la mayoría de los casos los aplausos carecen de importancia , poco hubo de valor en ello, desde el punto de vista electoral: quienes simpatizan con el candidato de todas formas iban a votar por él y a los que lo rechazan poco importa esa saga de padre de familia, esposo amoroso e hijo ejemplar, así como esa oportunista referencia a una inmigración que no fue. En este caso, hay también una lectura paralela que pueden realizar quienes no confían en él o francamente lo detestan: descendiente de una familia en que la poligamia era práctica usual y miembro de una secta fanática.

La segunda parte del discurso era la destinada a cumplir las expectaciones más importantes desde el punto de vista electoral, y se desarrolló fundamentalmente sobre tres aspectos.

El primero tuvo que ver con la capacidad de Romney para gobernar, y en este sentido su reclamo único es su supuesta capacidad empresarial. Esto se remite a un argumento simplista: para desarrollar el avance de un país hay que ser buen empresario.

De entrada este argumento se fundamentó en algunos puntos débiles. El candidato republicano no tiene credenciales académicas, conocimientos económicos ni experiencia gubernamental más allá de cuatro años al frente del estado de Massachusetts donde, por otra parte, hizo todo lo contrario de lo que promete hacer ahora y su labor como empresario.

Sin embargo, aquí comienzan los cuestionamientos a la capacidad de Romney para dirigir al país, ya que ser un empresario exitoso no es una garantía de nada a nivel de gobierno. Un país no se gobierna como una empresa. Pero además, el hecho de contar con un historial de ganancias millonarias no dice nada sobre una capacidad para lograr el beneficio no solo personal sino en general para quienes han trabajado o trabajan en estas empresas o en otras donde Romney ha invertido. ¿Cuántos empleados han hablado a favor de estas firmas, los beneficios o ventajas de formar parte de su personal? Cero. Hasta el momento, a la campaña del candidato republicano no le ha interesado contar con una opinión favorable de Romney como empresario, desde la perspectiva del empleado, o no le ha interesado. Solo los tontos encuentran convincente la propuesta de que un millonario como presidente los hará millonarios a ellos como votantes.

El segundo punto débil es echarle la culpa al presidente Barack Obama de todo lo que está mal. Romney habló de la dependencia con China y dijo que buena parte de la deuda de Estados Unidos es con ese país asiático, solo que no mencionó que esa dependencia fue creada por el expresidente George W. Bush, que durante sus ocho años de mandato financió la guerra contra Irak y Afganistán con fondos chinos. También se refirió a las regulaciones gubernamentales, y pasó por alto el hecho de que fue precisamente el desmantelamiento de las regulaciones el factor fundamental que hundió a esta nación en una profunda crisis hace apenas cuatro años.

El tercer aspecto, y el más decepcionante, fue que el candidato republicano resultó incapaz de presentar un programa de gobierno que pueda competir contra la administración actual. Romney se limitó a una serie de promesas de campaña que sonaron más bien como las jactancias de los vendedores de brebajes cuando llegaban a otro pueblo, según las películas del oeste. Esas promesas pueden resultar esperanzadoras, aunque al final no resultan en algo más que una ilusión.

Hay que señalar un gran perdedor en el discurso de Romney, y fue el Tea Party. Más allá de unas pocas palabras vagas, el candidato hizo un discurso dirigido a la clase media y alejado de extremismos. Su aparente compromiso a favor de la vida o la libertad religiosas ¿y en algún momento se ha cuestionado la libertad religiosa por parte de este gobierno? fueron apenas frases para salir del paso. En última instancia, los reclamos del Tea Party al parecer no cuentan mucho en una elección presidencial nacional y el candidato a la vicepresidencia no es más que una figura decorativa en la boleta.

 Esta es la principal incógnita resuelta en la convención republicana, donde se esperaba a una respuesta a la interrogante de si el Partido Republicano iba a quedar en manos de su ala más radical. Solo que esta respuesta ha llegado bajo la forma de la algarabía y la falta de sustancia. Una vez más, los republicanos evitan resolver esta diferencia pero lo que logran es simplemente posponerla. Curiosamente, si hace años las popularidad del George W. Bush fue el factor fundamental para evitar un cisma, ahora es la impopularidad o el odio que para ellos suscita la figura de Obama una causa más que suficiente para alejar la escisión.

 A partir de este momento solo queda el repudio a Obama como causa más que suficiente para votar contra él y a favor de Romney, poco importa las dudas que su figura pueda producir entre los republicanos y los votantes en general.

 Lo malo en este caso es que se trata de uno de los peores escenarios electorales posibles, ya que guste o no introduce al factor racial en el centro de la campaña. Viendo las imágenes de la convención republicana no cabe duda de que se trató de un evento para blancos y rubios. Sin embargo, desde el punto de vista de composición étnica y de país de origen, Estados Unidos ha cambiado sustancialmente desde una época tan cercana como el triunfo de Ronald Reagan. Eso  no quiere decir que esta transformación se trasmita automáticamente a las urnas, aunque abra una nueva interrogante al respecto.

 La convención republicana fue un vivo ejemplo del reclamo sobre un país que ya no es. Más allá de los problemas económicos actuales, hay en Romney, su figura y la de su esposa por encima del excesivo maquillaje de ambos un deseo de hacer retroceder a este país a los años cincuenta, a la época de la Ley Seca o a los Estados Unidos anteriores al gobierno de Lyndon B. Johnson. Se trata de repetir esa vieja ilusión republicana de cambiarla las condiciones económicas mientras se dejan intactos los valores familiares.

 Es imposible que en un mundo donde impere la inseguridad laboral, y en el cual el individuo se rige por una competitividad extrema, otro valores no sean transformados. Aspirar al tradicionalismo en el hogar, mientras en la sociedad impera un capitalismo feroz, es puro cuento de hadas. Al expresar estas ideas, Romney vuelve al espíritu de secta, que es el que mejor lo define, de encerrarse frente al mundo.

 La convención republicana estuvo más cercana a un panorama de urna de cristal que a una visión de futuro. Con independencia del triunfo electoral en noviembre, lo que se limitó a proyectar fue un panorama de viejas ideas en figuras jóvenes y una nostalgia del ayer en rostros maquillados.