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martes, 12 de diciembre de 2017

La feria de los tiranos

Tulio Hernández. Diario EL NACIONAL



 Eso de querer mantenerse en el poder supremo hasta el día de la muerte es contagioso. Podría pensarse que era una obsesión propia de tiranos del siglo XIX y del XX. Que Fidel Castro y Robert Mugabe eran dinosaurios de una especie en extinción. El primero, porque a los 90 años de edad había acumulado 49 como el hombre fuerte del gobierno comunista cubano. El segundo, porque a los 93 tenía en su cuenta 37 años continuos como presidente de la República africana de Zimbabue. Pero no era así.

Resulta que el siglo XXI, ahora con una mascarada democrática, se ha inaugurado con un grupo de presidentes electos que no se resignan a abandonar el poder y que, como Franco o Juan Vicente Gómez, aspiran a entregarlo solo después de la muerte.

Hugo Chávez era el más impúdico. Se hizo una Constitución prêt-à-porter que establecía la elección infinita. Anunció, primero, que necesitaba gobernar hasta 2018. Luego hasta 2025. Y lo hubiese alargado sucesivamente de no ser por la penosa enfermedad que lo mandó de Miraflores al Cuartel de la Montaña.

Algo más o menos parecido es lo que ha hecho Putin en la Federación Rusa. A la edad de 65 ya ha acumulado 3 mandatos que suman 18 años ejerciendo la Presidencia de la República; y ya lanzado a la campaña electoral para ejercer el cuarto mandato, todo parece indicar que llegará, sin trabas, a los 24 años de gobierno. El mismo tiempo que Stalin.


Lo mismo vale para ese político reptil nicaragüense llamado Daniel Ortega. Salvo por la interrupción que significó la derrota que le propinara Violeta Chamorro en las elecciones de 1989, el acariciador de hijastras lleva ya 4 períodos que, de llegar el actual a 2021, como está estipulado, le daría el total de 25 años gobernando el sufrido país centroamericano. Solo 5 años menos de los que gobernó a República Dominicana el temible dictador Rafael Leónidas Trujillo.

La salud de una democracia se puede medir por su capacidad para la alternancia. Y su decadencia, por el tiempo indefinido que pueda durar un presidente en ejercicio. En los casi 15 años que Hugo Chávez gobernó a Venezuela, Francia tuvo como presidentes a Chirac, Sarkozy y Hollande. Y Costa Rica, a Rodríguez Echeverría, Pacheco, Arias, Chinchilla y Solís Rivero.

No es casual que en el presente los presidentes que tienen más tiempo ejerciendo el gobierno sean todos de repúblicas africanas no democráticas y, en su mayoría, estén acusados en los tribunales internacionales por corrupción y genocidio. Teodoro Obiang Nguema preside Guinea Ecuatorial desde 1979. El mismo año desde cuando José Eduardo dos Santos lo hace en Angola. Sin olvidar que Mugabe comanda Zimbabue desde 1987. Y Omar al Bashir a Sudán desde dos años después, 1989.


Ahora la obsesión de morir como Franco o Gómez con el poder en la mano le ha picado a Evo Morales, el presidente boliviano. Luego de 4 períodos gubernamentales, Morales se ha convertido en el presidente que por más tiempo ha gobernado Bolivia. Si concluye el mandato actual habrá acumulado 20 años al frente del gobierno. Y si logra cambiar la Constitución, como se lo ha propuesto, podría lograr otro período y llegar hasta los 25. Entre sus partidarios hay quienes proponen que es mejor decidir desde ya que Evo gobierne “para siempre”.

Claro, eso no lo pude garantizar nadie. “Para siempre” se había preparado Mugabe, un hombre de 94 años, pero se le interpuso en su camino su segundo de a bordo, Emmerson Mnangagwa, tan asesino como él, y hace quince días lo obligó a dimitir. “Para siempre” está preparado en Argelia Abdelaziz Buteflica, un enfermo terminal, anclado en una silla de ruedas, sin capacidad para comunicarse, pero preparado para seguir ganando elecciones, y solo el destino sabe si las próximas puede llegar a perderlas. Y “para siempre” estaba destinado Rafael Leónidas Trujillo, alias “Chapita”, por su gusto por las condecoraciones, hasta que un comando de demócratas lo esperó en una carreteara y a balazos le impidió terminar su último periodo presidencial.


No todos los tiranos tienen la suerte de aflojar el poder solo con el último suspiro.

viernes, 30 de mayo de 2014

Magnicidio chavista


Alek Boyd. EL PAIS


Hugo Chávez solía usar mucho lo del magnicidio. Cual desacreditado anunciante del inminente arribo del lobo, el cual nadie ha visto ni una sola vez desde 1998, nadie medianamente inteligente creía en los dizque intentos magnicidas que anunciaba el caudillo. Y, vale decir, por razones de responsabilidad exclusiva del difunto jefe de Estado: ninguno de los anuncios hechos, a lo largo de su período al frente del gobierno en Venezuela, resultó en investigaciones que condujesen a revelaciones verosímiles sobre dichos planes. Tenemos todo tipo de magnicidios: el de los que iban a derribar el avión presidencial con una bazooka; el de los que iban a asesinar a Chávez con cachitos de jamón y queso; el del cáncer que habría sido “inoculado”... Hasta la BBC, normalmente muy comedida en su crítica al chavismo, ha publicado sobre el espurio uso del argumento del magnicidio por parte de Chávez.
A pesar de los inexistentes réditos políticos y mella a su credibilidad, el chavismo parece no haberse dado cuenta que nadie, en ningún lado, se traga el cuento del magnicidio. El último ejemplo lo ha dado el denominado Alto Mando Político de Venezuela hace un par de días. Es relevante resaltar los cargos oficiales de los asistentes a la rueda de prensa en la cual se anunció el “plan de golpe”: Jorge Rodríguez, alcalde de Caracas y actuando como vocero principal; Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional; Cilia Flores, Primera Dama; Jorge Arreaza, Vice Presidente; Rafael Ramírez, presidente de PDVSA, Ministro de Energía y Vice Presidente del área económica; Miguel Rodríguez Torres, Ministro de Defensa; Delcy Rodríguez, Ministro de Información; Carlos Osorio, Ministro de Alimentación; Tareck el Aissami, Gobernador del estado Aragua; y Francisco Ameliach, Gobernador del estado Carabobo.
Imaginemos una rueda de prensa similar en España, con asistencia de los más altos cargos del gobierno, para anunciar un plan de magnicidio contra el jefe de estado. ¿Las pruebas? Correos electrónicos intervenidos ilegalmente que no contienen ni un ápice de credibilidad, ni de información utilizable. Como los innumerables anuncios de magnicidios de los últimos 15 años, no hay sustancia, no hay evidencia, pruebas, ni nada que se le parezca. Cual Goebbels criollo, el alcalde de Caracas, que no la Fiscal General ni sus representantes, se despachó más de una hora frente a las cámaras, en compañía del Alto Mando Político, haciendo todo tipo de conjeturas y acusaciones basadas en “evidencia” obtenida ilegalmente por el SEBIN, que es el cuerpo de inteligencia del estado. Todo ello, antes de practicar alguna detención. Todo ello, antes de informar a las partes acusadas sobre la investigación que se les sigue. Todo ello, por televisión, con asistencia pública. Culminada la rueda de prensa, la Ministro de Información anunciaba en las redes sociales la publicación del documento “plan de golpe”, prueba del magnicidio, fechado 28 de mayo de 2014. La metadata de dicho documento indica que fue creado el 29 de mayo de 2014, horas después de la rueda de prensa.
¿Cómo le aplicamos el debido proceso a esa farsa? ¿Cómo puede explicarse la postura indiferente ante tal ilegalidad de los más altos cargos de un gobierno que dice ser democrático?
Ese es el mismo Alto Mando Político que se sienta a “dialogar” con la oposición, con la anuencia de sus socios de UNASUR. Ese es el mismo grupo de funcionarios que se supone deben respetar, y hacer respetar, la constitución, y las leyes, y están buscando solucionar los múltiples problemas que aquejan a Venezuela. Ese es el mismo grupo de funcionarios que defienden y militan, patria o muerte, en un movimiento político cuyo líder fue atrapado, con las manos en la masa, dirigiendo un intento real de magnicidio en 1992. Recordemos, esas son las mismas personalidades que han rechazado, por haber sido obtenida ilegalmente, el cúmulo de evidencia de conexiones entre el chavismo y las FARC, hallada en los ordenadores del abatido líder narco terrorista Raúl Reyes.
¿Cómo pueden ser tomados en serio ante tal inconsistencia, ante tan evidente irrespeto al debido proceso y la ley? El objetivo del magnicidio, como le dijo Teodoro Petkoff a la BBC, es “crispar y tensar la situación política”, aumentar la polarización, pero nadie, “ni el chavista más rabioso” se cree ya ese cuento. No se lo creían a Chávez, ni con sus verdaderas dotes oratorias. ¿Quién le va a creer a Jorge Rodríguez? ¿O al Presidente Maduro, el que habla con pájaros? El magnicidio, real, tangible, es a la credibilidad del chavismo.