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viernes, 27 de octubre de 2023

EQUILIBRIO ISRAEL-PALESTINA

 

Mario J. Viera

 


Israel no tiene otra opción en esta guerra asimétrica con las fuerzas terroristas de Hamás, sino la única posible, ganarla y destruir todas las estructuras de Hamás de manera definitiva, lo cual generará la muerte de muchas víctimas inocentes de Gaza, prisioneras de Hamás y reclusas en la franja de Gaza por el cerco que sobre ella mantiene Israel desde el 2007 e impide todo movimiento de gazatíes; a tal punto que Human Rights Watch en su informe del 2021 lo calificara como un apartheid: “Impedir que los palestinos en Gaza se muevan libremente dentro de su tierra natal obstaculiza la vida y subraya la cruel realidad del apartheid y la persecución de millones de palestinos”; es posible que a estos hechos se quiso referir el Secretario General de la ONU, Antonio Guterres, que tanto rechazo recibió por parte del ministro de Relaciones Exteriores, cuando expresó: “Es importante reconocer también que los ataques de Hamás no ocurrieron de la nada”. Aunque debió agregar que Hamás se había aprovechado del descontento acumulado por los palestinos ante los errores políticos que, los gobiernos de derecha en Israel, cometieran desde el final de la guerra de los seis días en 1967.

Amnistía Internacional en su informe del 2022 denunció a Israel de cometer actos crueles e inhumanos contra palestinos “como la confiscación masiva de tierras y propiedades, los homicidios ilegítimos, las lesiones graves, los traslados forzosos, las restricciones arbitrarias de la libertad de circulación y la denegación de la nacionalidad, entre otros, hacían a las autoridades israelíes responsables del crimen de lesa humanidad de apartheid, que es competencia de la Corte Penal Internacional"; además denunció: “En Cisjordania, las comunidades palestinas seguían estando controladas y fragmentadas por 175 puestos de control permanentes y otros controles de carretera, así como por decenas de barreras irregulares temporales y un régimen de permisos draconiano, respaldado por un represivo sistema de vigilancia biométrica (…) Decenas de miles de personas palestinas seguían expuestas a sufrir desalojos forzosos en Israel y los Territorios Palestinos Ocupados, entre ellas unas 5.000 que vivían en comunidades de pastores del valle del Jordán y las colinas del sur de Hebrón. Las autoridades israelíes demolieron unas 952 estructuras palestinas en toda Cisjordania, incluida Jerusalén Oriental, lo que provocó el desplazamiento de 1.031 personas palestinas y afectó a los medios de vida de miles de personas más”. ¿Exagera acaso Amnistía Internacional? Acaso esta situación influyó en la frase de Guterres. En un reporte de Reuters, citado por BBC Mundo, se informó: “El estallido de protestas en Cisjordania pone de relieve la ira palestina latente desde hace mucho contra Abbas, cuyas fuerzas han enfrentado críticas por coordinar con Israel la seguridad en el territorio”. Esta situación le resta autoridad al jefe de la ANP al que nunca Israel tomó en consideración pese a que ha sido contrario a Hamás.

Ahí están los acontecimientos, las realidades, Hamás, como reporta EFE está ganando adeptos en la Cisjordania ocupada donde “más jóvenes se ven seducidos para unirse a milicias locales inspirados por las acciones del grupo que gobierna en Gaza”. Son jóvenes, que, como anota la reportera de EFE, Susana Samhan, “no tienen ni oficio ni beneficio, ya que apenas hay trabajo y quienes podían cruzar a Israel antes del comienzo de la guerra con Hamás ahora no tienen permitido hacerlo”. Esto solo responde a un hecho, la imposición israelí de impulsar asentamientos de colonos judíos en aquella región, en choque violento con los habitantes del lugar, y demuestra la incapacidad política de encontrar un aliado estratégico en contra de la influencia de Hamás y de no retornas a los acuerdos de Oslo de 1993

No quedan esperanzas para los civiles gazatíes en medio de un Armagedón devastador, surgido de la irresponsable acción ejecutada por Hamás y de la respuesta enérgica y terrible que desatara Israel. Israel se defiende, es su derecho, pero la batalla, el combate no se realiza a campo descubierto, sino dentro del entorno de una ciudad con una muy elevada densidad poblacional (13 121,8 hab/km²), donde, a la fecha se reportan 7 028 palestinos muertos y al menos 18 484 han resultado heridos, y el 25 % del área poblada está parcial o totalmente destruida, lo que equivale en cifras objetivas, a más de 200 000 viviendas.

El ataque del 7 de octubre contra Israel dejó un saldo de 1 400 israelíes muertos. La desproporción entre las cifras de víctimas en Israel y las producidas en Gaza es espeluznante. Entonces se propone un alto al fuego humanitario, que ni Hamás ni Israel acatarán, y hasta “pausas humanitarias” como ha propuesto Estados Unidos, que más posibilidades de ser acatadas por ambas partes en conflicto. Sin embargo, ni esta propuesta ni la que pide el alto al fuego ha tenido el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU.

Hamás está más preparado para entablar una guerra urbana que las mismas fuerzas israelíes; como han opinado algunos especialistas, Hamás busca ganar tiempo en una batalla de calle por calle aplicando la táctica que, los alemanes calificaron de rattenkrieg (guerra de ratas) el uso de sus túneles y hasta de las alcantarillas para infligirle un alto costo político a Israel cuando lance su ofensiva terrestre. Una batalla urbana generará muchos daños colaterales y la pérdida de la vida de muchos civiles. Nada de esto le importa a los fanáticos yihadistas de Hamás.  Para cumplir su misión en Gaza, el ejército israelí, según la opinión del comandante (retirado) John Spencer, en medio de los combates urbanos enfrentando a guerrilleros que conocen mejor el terreno, tendrá que destruir “entre el 80 y el 90% de las infraestructuras y edificios de las zonas urbanas de Gaza. Esto cambiará el paisaje de esta zona durante una generación”. Gaza terminará pareciéndose a como quedó reducida la ciudad de Stalingrado durante la Segunda Guerra Mundial. Muchos civiles de Stalingrado perdieron la vida durante los combates urbanos llevados a cabo entre las fuerzas soviéticas y las alemanas, pero a diferencia de Gaza, muchos de ellos pudieron abandonar la ciudad para encontrar refugio en zonas más seguras, opción esta que los gazatíes no poseen.

La presión internacional sobre Israel será poderosa. Esto es lo que pretende Hamás, hacerle todo el daño moral y político a Israel. La guerra de contención que tiene que emprender Israel se verá, en la medida que esta se alargue y continúen los ataques de los colonos extremistas a los palestinos de la Cisjordania como una “guerra de venganza” como la ha denominado Riad al Malki, ministro de Relaciones Exteriores de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). El presidente Biden se ha referido a esos colonos extremistas y condenado sus acciones: “Se hizo un trato. Se llegó a un acuerdo y están atacando a los palestinos en lugares a los que tienen derecho a estar Esto tiene que parar. Tienen que rendir cuentas. Tiene que parar ahora”. El Ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, un colono de extrema derecha con un historial de incitación antiárabe, había distribuido armas a los colonos, muchos de los cuales ya estaban fuertemente armados, así lo reportó la Voz de América. 

En cuanto al apoyo exclusivo, ya sea a Israel como a Hamás o a la causa palestina independiente de Hamás y de la Yihad Islámica, hay que encontrar un punto de equilibrio político. Bajo la excusa de los bombardeos israelíes sobre la franja de Gaza, que han ocasionado cientos de civiles muertos, no se debe omitir la condena a los yihadistas palestinos de Hamás y Yihad Islámica. No hacerlo en nada contribuye a una solución de paz. Como lo afirmó Gilad Erdan el embajador de Israel ante la Asamblea General de la ONU al poner en claro que a Hamás no le importa ni el pueblo palestino ni la paz o el diálogo sino "aniquilar Israel y asesinar a todos los judíos sobre la faz de la Tierra". Antonio Guterres había expresado en el Consejo de Seguridad, poniendo de relieve las quejas de los palestinos: “El pueblo palestino ha sido sometido a 56 años de ocupación asfixiante (…) han visto sus tierras constantemente devoradas por los asentamientos y plagadas de violencia. Su economía fue asfixiada. Su gente fue desplazada y sus hogares demolidos. Sus esperanzas de una solución política a su difícil situación se han ido desvaneciendo”; para luego agregar: "Pero las quejas del pueblo palestino no pueden justificar los terribles ataques de Hamas. Y esos ataques atroces no pueden justificar el castigo colectivo del pueblo palestino".

Hay una realidad presente en antecedentes, la cual fue expuesta por el secretario general adjunto de Asuntos Políticos de la ONU, Tayé-Brook Zerihoun al decir:   "Los acontecimientos en Gaza hoy son un nuevo y doloroso recordatorio de las consecuencias de una paz perdida entre Israel y Palestina y de la necesidad de intensificar nuestros esfuerzos en apoyo a una resolución pacífica del conflicto". Esta es la causa principal de la ruptura del equilibrio político en la región; no obstante, a la hora, es casi imposible una resolución pacífica del conflicto. La solución a cualquier posible futuro conflictos está en la voluntad política de los dirigentes de Israel para facilitar la existencia de un Estado palestino independiente. Como el presidente francés, Emmanuel Macron le dijera al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, que la seguridad de Israel y la estabilidad en Oriente Medio no serán duraderas a menos de que reconozca “el derecho legítimo de los palestinos” a tener su propio Estado. “la seguridad de Israel no puede ser duradera sin la reanudación decisiva del proceso político con los palestinos”. Si desde los acuerdos de Oslo de 1993 y 1995, acuerdos estos provisionales y entre ellos un compromiso por parte de Israel de detener la expansión de los asentamientos de colonos judíos en Cisjordania. Lo cual no fue aceptado por Israel. Si se hubieran ampliado las conversaciones para garantizar una paz permanente, no provisional, entre Israel y Palestina; si se hubieran detenidos los asentamientos ilegales en Cisjordania y si se hubieran conversaciones serias para el reconocimiento de dos estados, israelí y palestino, Hamás no habría podido consolidarse. Ahora ya es tarde. La guerra continuará y continuará también el holocausto palestino en Gaza.

miércoles, 8 de marzo de 2017

¿Día Internacional de la Mujer?

Mario J. Viera



La mujer, ese ser humano, merecedor de todos los respetos, como los merece el género humano en su totalidad, hombre, mujer, niño y anciano; sean blancos, negros, mestizos, asiáticos, pieles roja; sean ricos o sean pobres; sean sanos o sean discapacitados, ¿requiere un solo día de cada año dedicado a ellas? Leí un día, no sé cuándo ni dónde, lo que una mujer escribiera diciendo: “No me consideres solo porque sea madre, hermana, hija o esposa, sino simplemente como lo que en realidad soy: un ser humano”. ¡Humano, solo con esto basta!

La conmemoración de un día dedicado como "Día Internacional de la Mujer" o "Día de la Mujer Trabajadora" fue una iniciativa del movimiento social-demócrata de inspiración marxista, cuando durante la celebración del II Encuentro Internacional de Mujeres Socialistas de 1910 en la ciudad danesa de Copenhague, Clara Zetkin, una militante de la Liga Espartaquista (comunista), propuso la proclamación del 8 de marzo como día de reconocimiento de la mujer trabajadora, en acto de solidaridad internacional con la huelga que las trabajadoras textileras en Estados Unidos impulsaron en 1909, conocida como “huelga de las camiseras” o el “Uprising of the 20,000” por el número de las participantes ─ mayoritariamente trabajadoras inmigrantes de diferentes regiones de Europa ─ en aquella huelga, considerada como la mayor huelga femenina llevada a cabo hasta la fecha en Estados Unidos. Sus reclamos son presentados escuetamente en Wikipedia: “El 24 de noviembre alrededor de veinte mil trabajadores, en su mayoría mujeres, salieron de las fábricas. La huelga duró hasta febrero de 1910 y terminó en un "Protocolo de paz" ("Protocole of peace") o acuerdo entre empresarios y sindicalistas, que permitió a los huelguistas volver al trabajo y satisfacer, en alguna medida las demandas de los trabajadores ─ mejor salario, reducción de la jornada laboral, igualdad salarial e igualdad de trato para los trabajadores que estaban afiliados a los sindicatos y aquellos que no lo estaban”.

Huelguistas camiseras


Independiente de sus antecedentes comunistas, en 1972, la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el año de 1975 como “Año Internacional de la Mujer”, y celebrando por primera vez como Día Internacional de la Mujer el 8 de marzo. Dos años más tarde, en diciembre de 1977, la Asamblea General adoptó una resolución que proclamaba un Día de las Naciones Unidas de los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, que habría de celebrarse en los Estados Miembros, cualquier día del año, de acuerdo con sus tradiciones históricas y nacionales. “Desde entonces ─ declara la página oficial de la ONU Mujeres ─, el Día Internacional de la Mujer ha adquirido una nueva dimensión mundial para las mujeres, tanto en los países desarrollados como en los países en desarrollo. El creciente movimiento internacional de mujeres, consolidado gracias a las cuatro conferencias mundiales de las Naciones Unidas sobre la mujer, ha contribuido a convertir la celebración en un punto de encuentro en torno al cual promocionar los derechos de las mujeres y su participación en las esferas política y económica”.

Desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX, los movimientos feministas se organizaron en torno a una plataforma de reclamaciones, tales como el derecho al sufragio. Una conquista esta que costó muchas luchas y protestas para alcanzarle. El primer país que concedió este derecho civil a las mujeres fue Nueva Zelanda en 1893 pero restringido solo al voto. Estados Unidos fue uno de los últimos países que concediera el derecho al voto para todas las mujeres en 1965 sin importar su raza. En el continente americano el primer país que le concediera a las mujeres el derecho al voto fue Ecuador en 1929, seguido por Chile en 1931, Uruguay en 1932, Bolivia en 1938, El Salvador en 1939, Cuba en 1940, Panamá en 1941, Brasil en 1943, Guatemala y Venezuela en 1946 y Argentina y México en 1947.

Muchos eran los prejuicios que existían para rechazar el voto femenino. Alfred López del Blog 20 minutos, cita las palabras de un político que rechazaba se aprobara el voto de las mujeres:
   
¿Conceder el derecho de voto a las mujeres? ¡Qué idea más ridícula! El cerebro de la mujer es más pequeño que el de los hombres lo que demuestra que las mujeres son menos inteligentes. Son propensas a actitudes extremistas y se asocian a campañas sin consultar antes a sus maridos. Además, eso no fomentaría la igualdad de derechos porque su natural modestia les impide ir a votar cuando están embarazadas, y como las mujeres del campo suelen tener más hijos, tendrían una desventaja injusta con respecto a las mujeres que viven en las ciudades. Y si las mujeres son elegidas al parlamento, ¡qué deshonra supondría esto para sus maridos! Éstos estarían obligados a cocinar en casa…

Otras de las demandas planteadas por los movimientos feministas eran, el derecho a disponer libremente de sus bienes sin tener que recibir la representación de sus esposos; la demanda de la separación entre sexualidad y reproducción, la defensa de la maternidad libre; la promoción de la planificación familiar, así como el derecho a decidir sobre el uso y difusión de métodos anticonceptivos artificiales y el derecho a interrumpir el embarazo; la protección de la maternidad; el derecho al trabajo y la igualdad de salarios con el hombre por igual trabajo; la condena a la violencia familiar en contra de las mujeres y el derecho a recibir instrucción universitaria. El día internacional de las mujeres, no es el simple día para felicitar a las mujeres o para conceder promociones comerciales. Se trata, desde su origen, de un día para la reivindicación de los derechos humanos de las mujeres; de un día consagrado a la supresión de la discriminación contra las mujeres.

El 7 de noviembre de 1967, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2263, “Declaración sobre la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer” la que en su parte introductoria expresa: “Considerando que la discriminación contra de la mujer es incompatible con la dignidad humana y con el bienestar de la familia y de la sociedad, impide su participación en la vida política, social, económica y cultural de sus países en condiciones de igualdad con el hombre, y constituye un obstáculo para el pleno desarrollo de las posibilidades que tienen las mujeres de servir a sus países y a la humanidad...” En su artículo 3, establece: “Deberán adoptarse todas las medidas apropiadas para educar a la opinión pública y orientar las aspiraciones nacionales hacia la eliminación de los prejuicios y la abolición de las prácticas consuetudinaria y de cualquier otra índole que esté basadas en la idea de la inferioridad de la mujer”.

La eliminación de esas denominadas “prácticas consuetudinarias” fundadas en el prejuicio de la “inferioridad de la mujer” choca con criterios recogidos en la práctica de algunas religiones, como las limitaciones que se le imponen a la mujer en los estados islámicos donde rige la ley suprema de la Sharía y en diferentes comunidades del cristianismo paulista que siguen las enseñanzas de Pablo de Tarso:

"Vosotras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley lo dice". Primera carta a los Corintios.
"Yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca callada". Primera carta a Timoteo.

En 1994 la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo entre los días 5 a 13 de septiembre declara explícitamente: “Muchos países han hecho considerables progresos en lo que respecta a ampliar el acceso a los servicios de salud reproductiva y a reducir las tasas de natalidad y de mortalidad, así como a aumentar los niveles de educación y de ingreso, en particular la situación educacional y económica de la mujer (...) cabe mencionar los grandes cambios de actitud de la población del mundo y de sus  dirigentes por lo que hace a la salud reproductiva, la planificación de la familia y el crecimiento de la población, que, entre otras cosas, han dado como resultado el nuevo concepto amplio de la salud reproductiva, que incluye la planificación de la familia y la salud sexual, tal como se definen en el presente Programa de Acción”. En su Principio 4, proponía: “Promover la equidad y la igualdad de los sexos y los derechos de la mujer, así como eliminar la violencia de todo tipo contra la mujer y asegurarse de que sea ella quien controle su propia fecundidad son la piedra angular de los programas de población y desarrollo”; y en su Principio 8 exponía: “Toda persona tiene derecho al disfrute del más alto nivel posible de salud física y mental. Los Estados deberían adoptar todas las medidas apropiadas para asegurar, en condiciones de igualdad entre hombres y mujeres, el acceso universal a los servicios de atención médica, incluidos los relacionados con la salud reproductiva, que incluye la planificación de la familia y la salud sexual. Los programas de atención de la salud reproductiva deberían proporcionar los más amplios servicios posibles sin ningún tipo de coacción. Todas las parejas y todas las personas tienen el derecho fundamental de decidir libre y responsablemente el número y el espaciamiento de sus hijos y de disponer de la información, la educación y los medios necesarios para poder hacerlo”.


Mucho queda por hacer a favor de los derechos de las mujeres, es por ello que este día no basta solo con desearles felicidades a las mujeres por su día, sino solidarizarnos en apoyo a sus derechos.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Discurso del Papa Francisco ante la Naciones Unidas

25 de septiembre de 2015



Señor Presidente,
Señoras y Señores:


Una vez más, siguiendo una tradición de la que me siento honrado, el Secretario General de las Naciones Unidas ha invitado al Papa a dirigirse a esta honorable Asamblea de las Naciones. En nombre propio y en el de toda la comunidad católica, Señor Ban Ki-moon, quiero expresarle el más sincero y cordial agradecimiento. Agradezco también sus amables palabras. Saludo asimismo a los Jefes de Estado y de Gobierno aquí presentes, a los Embajadores, diplomáticos y funcionarios políticos y técnicos que les acompañan, al personal de las Naciones Unidas empeñado en esta 70ª Sesión de la Asamblea General, al personal de todos los programas y agencias de la familia de la ONU, y a todos los que de un modo u otro participan de esta reunión. Por medio de ustedes saludo también a los ciudadanos de todas las naciones representadas en este encuentro. Gracias por los esfuerzos de todos y de cada uno en bien de la humanidad.


Esta es la quinta vez que un Papa visita las Naciones Unidas. Lo hicieron mis predecesores Pablo VI en 1965, Juan Pablo II en 1979 y 1995 y, mi más reciente predecesor, hoy el Papa emérito Benedicto XVI, en 2008. Todos ellos no ahorraron expresiones de reconocimiento para la Organización, considerándola la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de las distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades. No puedo menos que asociarme al aprecio de mis predecesores, reafirmando la importancia que la Iglesia Católica concede a esta institución y las esperanzas que pone en sus actividades.


La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por las Naciones Unidas, que festeja en estos días su 70 aniversario, es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. Sin pretensión de exhaustividad, se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, y tantos otros logros en todos los campos de la proyección internacional del quehacer humano. Todas estas realizaciones son luces que contrastan la oscuridad del desorden causado por las ambiciones descontroladas y por los egoísmos colectivos. Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero es evidente que, si hubiera faltado toda esa actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad humana y un medio para su mayor realización.


Rindo por eso homenaje a todos los hombres y mujeres que han servido leal y sacrificadamente a toda la humanidad en estos 70 años. En particular, quiero recordar hoy a los que han dado su vida por la paz y la reconciliación de los pueblos, desde Dag Hammarskjöld hasta los muchísimos funcionarios de todos los niveles, fallecidos en las misiones humanitarias, de paz y de reconciliación.


La experiencia de estos 70 años, más allá de todo lo conseguido, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos es siempre necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Tal necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas. Esto ayudará a limitar todo tipo de abuso o usura sobre todo con los países en vías de desarrollo. Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sustentable de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia.


La labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. En este contexto, cabe recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho. Dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y ─ a la vez – grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: el ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y acabando con la exclusión.


Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero “derecho del ambiente” por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de “capacidades inéditas” que “muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico” (Laudato si’, 81), es al mismo tiempo una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y solo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. Segundo, porque cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los cristianos, junto con las otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd., 81).


El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes (discapacitados) o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben sufrir injustamente las consecuencias del abuso del ambiente. Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada “cultura del descarte”.


Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias, me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que anhelan soluciones urgentes y efectivas. La adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre mundial que iniciará hoy mismo, es una importante señal de esperanza. Confío también que la Conferencia de París sobre cambio climático logre acuerdos fundamentales y eficaces.


No bastan, sin embargo, los compromisos asumidos solemnemente, aun cuando constituyen un paso necesario para las soluciones. La definición clásica de justicia a que aludí anteriormente contiene como elemento esencial una voluntad constante y perpetua: Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos.


La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos ─ metas, objetivos e indicadores estadísticos ─, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos. No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica, solo es eficaz cuando se la entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista en ningún momento que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan y sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente, privados de cualquier derecho.


Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana ─ amigos, comunidades, aldeas y municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones ─. Esto supone y exige el derecho a la educación ─ también para las niñas, excluidas en algunas partes ─, que se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente.


Al mismo tiempo, los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Ese mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad del espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y los otros derechos cívicos.


Por todo esto, la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad del espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, lo que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana.


La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado solo por la ambición de lucro y de poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre: “El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza” (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania, 22 septiembre 2011; citado en Laudato si’, 6). La creación se ve perjudicada “donde nosotros mismos somos las últimas instancias [...] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos” (Id., Discurso al Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 agosto 2008; citado ibíd.). Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (cf. Laudato si’, 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones (cf. ibíd., 123; 136).


Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de “salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra” (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de “promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad” (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables.


La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y entre los pueblos.


Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental. La experiencia de los 70 años de existencia de las Naciones Unidas, en general, y en particular la experiencia de los primeros 15 años del tercer milenio, muestran tanto la eficacia de la plena aplicación de las normas internacionales como la ineficacia de su incumplimiento. Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento, para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es, se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.


El Preámbulo y el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas indican los cimientos de la construcción jurídica internacional: la paz, la solución pacífica de las controversias y el desarrollo de relaciones de amistad entre las naciones. Contrasta fuertemente con estas afirmaciones, y las niega en la práctica, la tendencia siempre presente a la proliferación de las armas, especialmente las de destrucción masiva como pueden ser las nucleares. Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua ─ y posiblemente de toda la humanidad ─ son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser “Naciones unidas por el miedo y la desconfianza”. Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos.


El reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio es una prueba de las posibilidades de la buena voluntad política y del derecho, ejercitados con sinceridad, paciencia y constancia. Hago votos para que este acuerdo sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas.


En ese sentido, no faltan duras pruebas de las consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional. Por eso, aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África y de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales o étnicos e incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes y han sido puestos en la disyuntiva de huir o de pagar su adhesión al bien y a la paz con la propia vida o con la esclavitud.


Estas realidades deben constituir un serio llamado a un examen de conciencia de los que están a cargo de la conducción de los asuntos internacionales. No solo en los casos de persecución religiosa o cultural, sino en cada situación de conflicto, como en Ucrania, en Siria, en Irak, en Libia, en Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos, hay rostros concretos antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, que lloran, sufren y mueren. Seres humanos que se convierten en material de descarte cuando solo la actividad consiste en enumerar problemas, estrategias y discusiones.


Como pedía al Secretario General de las Naciones Unidas en mi carta del 9 de agosto de 2014, “la más elemental comprensión de la dignidad humana [obliga] a la comunidad internacional, en particular a través de las normas y los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas” y para proteger a las poblaciones inocentes.


En esta misma línea quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra “asumida” y pobremente combatida. El narcotráfico por su propia dinámica va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción. Corrupción que ha penetrado los distintos niveles de la vida social, política, militar, artística y religiosa, generando, en muchos casos, una estructura paralela que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones.


Comencé esta intervención recordando las visitas de mis predecesores. Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne: “Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, [...] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán [...] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad” (Discurso a los Representantes de los Estados, 4 de octubre de 1965). Entre otras cosas, sin duda, la genialidad humana, bien aplicada, ayudará a resolver los graves desafíos de la degradación ecológica y de la exclusión. Continúo con Pablo VI: “El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas” (ibíd.).


La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.


Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia, renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, “el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo” (ibíd.).


El gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura en mi tierra natal, canta: “Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera”.
El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo “todo fundamento de la vida social” y por lo tanto “termina por enfrentarnos unos con otros para preservar los propios intereses” (Laudato si’, 229).


El tiempo presente nos invita a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad hasta que fructifiquen en importantes y positivos acontecimientos históricos (cf. Evangelii gaudium, 223). No podemos permitirnos postergar “algunas agendas” para el futuro. El futuro nos pide decisiones críticas y globales de cara a los conflictos mundiales que aumentan el número de excluidos y necesitados.


La laudable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común. Pido a Dios Todopoderoso que así sea, y les aseguro mi apoyo, mi oración y el apoyo y las oraciones de todos los fieles de la Iglesia Católica, para que esta Institución, todos sus Estados miembros y cada uno de sus funcionarios, rinda siempre un servicio eficaz a la humanidad, un servicio respetuoso de la diversidad y que sepa potenciar, para el bien común, lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano.



La bendición del Altísimo, la paz y la prosperidad para todos ustedes y para todos sus pueblos. Gracias.