Mostrando las entradas con la etiqueta Mundo comunista. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mundo comunista. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de mayo de 2016

Con el odio sagrado de los pueblos


El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano… un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. (Ernesto Che Guevara)

¿Quién me hubiera dicho que un día estaría de acuerdo con una frase del psicópata argentino Ernesto Guevara? Es que en ocasiones hasta el mismo enemigo puede ser inspirador en la lucha para el rescate de la dignidad, de la libertad, de la democracia.

Y hablo de ese sentimiento, quizá no sea cristiano, pero si sagrado, que es el odio de los pueblos hacia sus opresores. Al opresor no se le puede conceder el perdón, al represor prepotente no podemos compadecerle. Hay que odiarle, con tenacidad, con vehemencia. Convertir al odio en factor de resistencia y ser intransigente con el miserable que pisotea el lirio de la dignidad humana. Ellos son, en sí, odio. Ellos no se inhiben en golpear, vejar, herir, perseguir y acosar, porque a ellos les mueve el odio y al odio no se le puede responder con palabras suaves; al que odia hay que odiar. Hay que inculcar el odio hacia el opresor. El mismo odio que recoge la Biblia en el relato de Jericó, el mismo que empleó Elías para devorar a sus perseguidores con fuego celestial.


El odio impulsa a los pueblos para aplastar a sus opresores; el odio derriba cercos, demuele murallas y aplasta cualquier resistencia del enemigo.


El comunismo ha dejado como legado miles de fosas comunes rellenas con los despojos materiales de sus víctimas ¿cómo no odiar a ese sistema de odio? El odio no conoce el temor; el odio impulsa; el odio es el amor hacia el pueblo oprimido; el odio es la posibilidad de rescatar el bien y la justicia y la bondad. Amar al hermano, al hombre justo, al sabio y al débil. Amar al que comparte fatigas comunes en la lucha por la dignidad y que comparte contigo su pan y te da amable consejo y te requiere con amor y te inspira en lo hermosos de la vida. El amor vence al odio cuando el odio sagrado de los pueblos ha vencido al odio de los tiranos.

domingo, 28 de diciembre de 2014

“Contra los yanquis estábamos mejor”

Carlos Alberto Montaner. BLOG DE MONTANER

La frase fue famosa en España: “Contra Franco vivíamos mejor”. La escuché y leí mil veces durante la transición española hacia la democracia. Me imagino que Raúl Castro debe haberla adaptado a la circunstancia cubana en medio de una mezcla de enojo y melancolía.

Son las consecuencias inesperadas de las victorias. El presidente Obama, en efecto, capituló, como deseaba La Habana. Se acogió, sin exigir contrapartidas, a la política del abrazo (engagement) y renunció a las medidas de “contención” (containment) hacia Cuba, típicas de la Guerra Fría.

Se comprometió, además, a restaurar totalmente las relaciones, pese a que el senado posiblemente no apruebe la designación de ningún embajador. Lo aseguró, amenazante, el senador Lindsey Graham. También tramitará el fin del embargo ante un Congreso republicano que probablemente ni siquiera acepte discutir la medida, como ya anunció el speaker John Boehner. Será una cadena de frustraciones.

El equívoco está fundado en lo que en inglés llaman wishful thinking o juicio basado en ilusiones. El sorpresivo anuncio de Obama y Raúl Castro era el inicio de un largo, complejo y deseado proceso de deshielo, y casi todos los factores afectados dieron por hecho que la reconciliación ya se había producido y, en consecuencia, la transición hacia la democracia había comenzado. La percepción ha sido de final de partida, no de comienzo.

Pura confusión. Los curas en La Habana, literalmente, echaron a volar las campanas de los templos anunciando la buena nueva, como hacían en tiempos de la colonia cuando se retiraban los piratas.

Miles de cubanos desempolvaron las banderitas y algunos se abrazaban en las calles llenos de felicidad. Para ellos, mágicamente, la miseria llegaba a su fin. La prosperidad estaba a la vuelta de la esquina.

Las cabezas más representativas de la oposición democrática, esperanzadas, se reunieron en la casa de Yoani Sánchez y, muy civilizadamente, fueron capaces de ponerse de acuerdo y demandar espacios para esa magullada sociedad civil que el país va pariendo trabajosamente al margen del corset totalitario impuesto por el Partido Comunista.

Las Damas de Blanco, flores en mano, como suelen hacer, recorrieron algunas calles cercanas a la parroquia donde se congregan pidiendo libertad. Esta vez no las aporrearon. Hubiera sido una flagrante contradicción con el espíritu de apertura subrepticiamente instalado en el país.  

Los representantes ante la OEA de los países latinoamericanos, reunidos en Washington, le dieron la bienvenida a la nueva etapa, pese a las objeciones de Bolivia, Venezuela y Nicaragua, secretamente impulsados por Cuba, que deseaban incluir una mención del embargo, moción rechazada por el resto de los países. Canadá, a cambio, se abstuvo de mencionar el tema de los Derechos Humanos, que hubiera sido como mentar la soga en la casa del ahorcado.

Raúl Castro, muy preocupado, despachó a su hija Mariela al extranjero, embajadora oficiosa del régimen, a explicar que el comunismo era el destino permanente de los cubanos, algo así como una enfermedad incurable y crónica. Nadie debía confundir el cambio de Washington con la postura inconmovible de La Habana. En la Cuba de Mariela Castro se podía cambiar de sexo, pero no de sistema. Ese ─ el sistema – ya había sido elegido por los cubanos hasta el fin de los tiempos.

El mismo Raúl Castro, como si fuera un mantra, lo repitió en la Asamblea Nacional del Poder Popular, un coro afinado de sicofantes que hace las veces de Parlamento. Reiteró que no había más dios que el colectivismo ni más profeta que Fidel Castro, y así sería para siempre. Al final, fieramente, gritó “patria o muerte”. Todos lo aplaudieron disciplinadamente, incluidos los cinco espías liberados.

¿Por qué tantas muestras de adhesión incondicional a una vieja y desacreditada dictadura, próxima a iniciar su 57 aniversario? Precisamente, porque Raúl no ignora el peso de las autoprofecías que, a fuerza de repetición, acaban por cumplirse. Misterios del caprichoso mundillo de las percepciones.

Especialmente en un país en el que casi nadie cree en los presupuestos teóricos del sistema. Todos saben que el marxismo leninismo fracasó rotundamente y la nación se está cayendo a pedazos. Nadie desconoce que las reformas de Raúl, los cacareados “lineamientos”, ni han dado ni darán resultados.

A estas alturas, la mayor parte de los cubanos, como los soviéticos en la etapa final de Mijail Gorbachov, están convencidos de que el sistema no es reformable y hay que reemplazarlo.


En ese desesperado punto de la historia. Obama, por las razones equivocadas, toca la trompeta y todos piensan que es una señal de los cielos y que ha llegado la hora. Menos Raúl, Mariela y el resto de la sagrada familia, que, desesperados, salen a desmentirlo, pero nadie los cree. La percepción es más poderosa.

jueves, 2 de octubre de 2014

Made in Hong Kong

Fernando Mires. BLOG POLIS

Los jóvenes de Hong Kong no han salido a las calles a luchar por mejores salarios, ni contra la inflación o la escasez, ni a causa del paro, ni siquiera por el medio ambiente. Eso es lo que nunca podrán entender quienes siguen los cánones ideológicos impartidos por neo-liberales y neo-marxistas.

Según doctrinas neo-liberales y neo-marxistas, el humano es un “homo economicus”. Es por eso que sus ideólogos piensan que, superadas ciertas necesidades materiales, no habrá motivos para ninguna rebelión social. Y si de todas manera tiene lugar, sus actores serán calificados desde el poder, de anormales, delincuentes, o como ya es usual, de agentes financiados desde el exterior.

La política, vista de ese modo, es para los neo-liberales un subproducto de la economía y para los neo-marxistas una superestructura determinada por relaciones de producción. Ambas doctrinas son devotas de la lógica de la razón económica. De ahí la admiración que profesan tantos tecnócratas occidentales al “modelo chino” (un capitalismo perfecto, sin organizaciones obreras, sin derecho a huelgas; una nación de compradores, vendedores y consumidores: la unión amorosa entre el neoliberalismo más despiadado con los cultos estatistas del despotismo asiático). De ahí también el fanatismo de los “comunistas” chinos por la tecnología occidental la que, apropiada por ellos, llevará a China ─ ese es el objetivo ─ a convertirse en la mayor potencia económica del planeta.

Ni a neo-liberales ni a neo-marxistas les cabe en la cabeza que los seres humanos del siglo XXl exigen, además del cumplimiento de necesidades materiales, determinadas libertades, como las de opinión, reunión y de prensa. Y bien, esas libertades no están garantizadas en China. Y en Hong Kong, debido al status de “Un país: dos sistemas” (vigente desde 1997), solo lo están parcialmente. El objetivo de PC chino es, evidentemente, abolir el status autonómico de Hong Kong y subordinar a la península bajo la férula de “Un Estado y un solo sistema”.

La lucha de los jóvenes de Hong Kong tiene lugar entonces en contra del imperialismo de Pekín. Pekín, por su parte, busca apropiarse del sistema electoral de Hong Kong para designar desde las oficinas del partido a los candidatos al parlamento. 

Los estudiantes, liderados por el profesor Benny Tai Yiu, forjador del movimiento Occupy Central, levantan por el contrario una plataforma que contempla tres puntos: 1) Elecciones libres y secretas, 2) Libertad de opinión y de prensa y 3) La inmediata renuncia del gobernador de Hong Kong, el “pekinista” Leung Chun-Ying.

Casi está de más decir que la aceptación de uno solo de estos tres puntos dejaría al presidente chino, Xi Jinpig, en posición inconfortable frente a los sectores “duros” del Partido.

¿Cómo reaccionará Pekín? No pocos son los que temen una reedición de la masacre de Tiannamen. Pero la China de hoy no es la de 1989. China es uno de los países más imbricados en la globalización de la economía mundial, sino su más decidido impulsor. Una nueva Tiannamen, cometida en un territorio que no pertenece totalmente a China, desataría en contra de Pekín un repudio internacional cuyas repercusiones económicas son incalculables.

La segunda alternativa es que los jerarcas chinos abran un compás de espera para, en algún momento, establecer negociaciones con los rebeldes. Esa sería la solución política adecuada, siempre y cuando las movilizaciones de Hong Kong no entusiasmen a otras fuerzas disidentes al interior de la propia China.

La tercera sería seguir el “camino ruso”, es decir, que Pekín llevara a cabo una ocupación parcial de Hong Kong (como la de Putin en Ucrania) aceptando cierta autonomía administrativa de la península.

Mas, cualquiera sea el camino que tome Xi, lo cierto es que una vez más se demuestra que el talón de Aquiles de los países no democráticos no reside en su economía sino en su incapacidad de acoger demandas populares mediante el uso de mecanismos políticos. Pues, sea en una dictadura tradicional, totalitaria, o una simple autocracia, expresiones como “la revolución de los paraguas” (usados  por los estudiantes de Hong Kong para protegerse de los carros de agua y de los gases lacrimógenos) no solo ponen en jaque a un determinado gobierno, sino a todo un sistema de dominación. De ahí la brutalidad con la cual dichas manifestaciones son reprimidas.

En el fondo los capitalistas-comunistas-chinos piensan todavía como Mao: “Una sola chispa podría incendiar a toda una pradera”

La guerra que profetizó Samuel Hungtington para el siglo XXl, la de las culturas, no será cultural. Tendrá lugar por cierto entre Occidente y Oriente. Pero el Occidente político no está en el Occidente geográfico (eso no lo entendió Hungtington). Está en el interior de muchos países no occidentales, en el corazón y en la mente de sus mejores ciudadanos. En ese sentido, si bien los estudiantes de Hong Kong son desde el punto de vista geográfico, desde el cultural también, orientales, desde uno político, son muy occidentales.


La revolución democrática de nuestro tiempo continúa su camino. Ya triunfó en Europa del Este. En América Latina también, aunque a medias. En el mundo árabe mostró sus posibilidades futuras. Hoy reaparece en Hong Kong. La democracia, latente y no siempre realizada, es el “Viejo Topo de la Historia” que intuyó, pero no supo reconocer Karl Marx. 

domingo, 1 de junio de 2014

La tentación fascista


Vicente Echerri. EL NUEVO HERALD

Los comunistas y sus compañeros de viaje suelen colgarle el sambenito de “fascista” a cualquiera que discrepe de ellos. Dada la hoja negra del fascismo en todas sus vertientes, incluidos el nacionalsocialismo y el falangismo, eso de fascista puede ser un adjetivo enmudecedor: un socorrido recurso de los rojos para silenciar a sus enemigos, o al menos intentarlo. Creo, sin embargo, que la mayoría de los que recurren a este apelativo para atacar a los demás no sabe bien en qué consiste el fascismo ni cuán cerca puede estar de él, pues comunismo y fascismo son dos monstruos gemelos que pusieron en práctica sus métodos de horror en el Estado totalitario. Sin entrar en minuciosas definiciones, el fascismo es, en esencia, la doctrina del partido único en alianza con el gran capital, y su única diferencia con el comunismo es que, gracias precisamente a esta alianza, puede ser económicamente exitoso, lo cual lo hace mucho más temible, al tiempo que más refinadamente represivo.
Digamos, por ejemplo, que China, la denostada China Roja de nuestra infancia, donde Mao Zedong ensayó sus pavorosos métodos de ingeniería social, era ─ mientras fue fiel al modelo comunista ─ un Estado ineficaz y, en consecuencia, de escasa peligrosidad en el ámbito internacional. Desde que le abrió las puertas al capitalismo, al tiempo de conservar su estructura política monopartidista, se convirtió en un régimen fascista, económicamente pujante y, en consecuencia, más rapaz. En Vietnam ha pasado algo semejante, si bien a menor escala. De puertas adentro, los regímenes de China y Vietnam, aunque hayan liberalizado la gestión económica, siguen siendo políticamente totalitarios. El flujo de capital que hace crecer el producto interno bruto, que aumenta el empleo y el poder adquisitivo, sirve también para lubricar o edulcorar la represión: las cadenas que sujetan a chinos y vietnamitas ya no chirrían, están aceitadas con dinero, en muchos casos de empresas occidentales.
Los empresarios, norteamericanos y cubanos, que andan gestionando la atenuación de las restricciones que impone el embargo de Estados Unidos a Cuba, arguyen que el aperturismo económico hacia ese país propiciaría los cambios políticos, liberaría la fuerza laboral sometida a los dictados del Estado al favorecer, de rebote, la capacidad de la pequeña empresa.
Creo que incluso en el escenario más halagüeño para los inversionistas de afuera ─ que en lugar de joint ventures permitieran la creación de empresas con capital enteramente foráneo ─, mientras subsista la estructura política totalitaria, el único resultado real de la sociedad cubana sería el tránsito del comunismo al fascismo, aunque ese cambio produjera un mayor índice de prosperidad para todos sus miembros. No puedo resignarme a un futuro fascista para mi patria, aunque conlleve ─ cosa posible ─ la solución de los problemas de vivienda y transporte, el fin de la crisis de abastecimiento, la normalización de las comunicaciones y la posibilidad de medro y lucro sin cortapisas. Creo que somos muchos los cubanos que no nos conformamos con ese acomodo.
La libertad política ─ que en nada se expresa mejor que en la organización y funcionamiento de partidos que aspiran a la conducción del Estado ─ no es un bien negociable ni secundario, sino prioritario y fundamental. La categoría de ciudadano no se adquiere por ser rico o pobre, por tener o no tener empleo, por saber leer o ser analfabeto, entre otras cosas. La primera condición que nos hace miembros de una sociedad democrática ─ donde sólo la plena ciudadanía se hace posible ─ es la libertad de expresión y de organización políticas. Si uno no puede crear o integrar una estructura partidaria que aspire a ser gobierno en su país, uno no es libre.
Unos cuantos capitalistas codiciosos, que ven grandes posibilidades para sus inversiones en Cuba, no parecen tener escrúpulos en convertir ese país en un Estado fascista. Tranquilizan sus conciencias y la conciencia pública diciendo que los cambios políticos hacia la democracia vendrán después, como sucedáneos a una apertura económica. No hay nada en la historia contemporánea que justifique esa expectativa.
En los antiguos países comunistas de Europa Oriental ─ que se tornaron auténticas democracias – los cambios políticos les abrieron el camino a los cambios económicos; en tanto en China y en Vietnam, los cambios económicos no han propiciado los cambios políticos. El ejemplo no puede ser más obvio.