Mostrando las entradas con la etiqueta Autocracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Autocracia. Mostrar todas las entradas

viernes, 17 de marzo de 2023

ELECCIONES Y AUTOCRACIAS

 


Fernando Mires. Blog Polis: Política y Cultura

Desde hace algún tiempo los medios tienden a usar el término “autocracia” para referirse a gobiernos fuertes y autoritarios, antes denominados simplemente, dictaduras. La tendencia no es casual. Seguramente tiene que ver con el aparecimiento de nuevas formas en el ejercicio del poder, formas propias a los tiempos en que vivimos, no asimilables a lo que entendíamos normalmente por dictaduras de tipo “clásico”. Se trata, en términos generales, de formas de poder en las que coexisten sesgos dictatoriales con espacios democráticos, los que se desplazan de acuerdo al cambio de correlaciones de fuerzas en el contexto de un sistema de dominación gubernamental. Dictaduras híbridas, las llaman unos. “Demokraturas”, dicen otros. Gobiernos “i-liberales”, señalan algunos politólogos.

Denominaciones aparte, estamos comprobando la hegemonía alcanzada en la sintaxis política por el término democracia. Hasta la dictadura más terrible quiere ser denominada democracia y no dictadura. Eso hay que computarlo como un hecho positivo, si no olvidamos que los cambios de la realidad comienzan con el cambio de las palabras que la designan.

Si nos atenemos a la literalidad del término democracia, podemos comprobar la existencia de gobiernos no-democráticos que –sea por las razones que sean- no solo mantienen formas democráticas, además provienen de orígenes democráticos. La mayoría de ellos no solo ha llegado al poder mediante elecciones, además suelen convocarlas periódicamente. Evidentemente, las necesitan, aunque sea como medio de legitimación, algo que no era necesario acreditar ante nadie en el pasado reciente. Una dictadura del pasado estaba legitimaba ante sí misma por una religión o por una ideología, pero nunca por ser “democrática”.

Hizo bien el presidente Biden al remarcar que la gran contradicción de nuestro tiempo es la que se da entre democracia y autocracia. Biden, claro está, tomaba como referencia su propio país, cuya antigua democracia se ha visto y ve amenazada por signos innegablemente autoritarios como son los que porta consigo el populismo trumpista. Pero también lo hacía para marcar el espacio internacional entre aquellos que siguen a la autocracia –hoy convertida en dictadura- de Putin en Rusia y los que adhieren al bloque democrático mundial hegemonizado en la guerra de Rusia a Ucrania por la “alianza atlántica” (América del Norte +Europa)

Estamos entonces frente a un fenómeno mundial que, pese a su diacronía, nos muestra una línea demarcatoria internacional y nacional que se da con claridad en determinados espacios geográficos (Europa del Este, América del Sur, Norte de África, Asia Central)

No es el momento para describir las particularidades de ese fenómeno político llamado autocracia. Baste decir, por ahora, que las definiciones o tipologías rígidas solo tienen un uso provisional que no logra captar la dinámica y los desplazamientos de formas y configuraciones que pueden variar en el tiempo, incluso en un solo país, y en lapsos relativamente cortos. Cabe por el momento destacar que tales formas de gobiernos no son “modelos” petrificados pues más bien se encuentran en constante evolución o involución. La dictadura putinista en Rusia es quizás el ejemplo involutivo más notorio: el gobierno de Putin surgió como auténtica democracia para pasar pronto a convertirse en un gobierno autoritario, luego dictatorial, hasta llegar a ser, durante la guerra a Ucrania, la tercera dictadura totalitaria de la modernidad (las primeras fueron el nazismo y el estalinismo)

Hay también ejemplos occidentales que nos muestran como las formas democráticas pueden degenerar en formas autocráticas. Ha sucedido en Polonia, Hungria, Serbia. Incluso democracias largamente establecidas, como la de Israel, amenazan convertirse, bajo el auge de las extremas derechas y del oportunismo de determinados políticos, en este caso Netanyahu, en una nueva autocracia.

En América Latina el caso más relevante sigue siendo la Venezuela chavista y/o madurista, autocracia surgida en parte como reacción populista a la norma democrática (la de Ortega en Nicaragua devino definitivamente en dictadura militar, y al parecer, de modo irreversible) Ha habido, sin embargo, signos que apuntan en sentido contrario: gobiernos tendencialmente autocráticos que han readoptado la norma democrática en contra de pasados autoritarios, como en Colombia y Brasil (anti-uribismo y anti-bolsonarismo). En esos dos casos, aunque los gobernantes elegidos puedan calificarse como de izquierda, la oposición no se dejó enmarcar en el esquema izquierda-derecha, sino en el mucho más amplio de democracia-autocracia. Tanto Petro como Lula abrieron sus alas para agrupar a sectores, si no anti autocráticos, por lo menos, anti-autoritarios.

¿Cómo enfrentar a las autocracias? Esa es una pregunta a la que buscan responder no solo los demócratas latinoamericanos sino también los europeos e israelíes frente a la consolidación de regímenes autocráticos en donde antes hubo democracias. El profesor de la universidad de Princeton Jan Werner- Mueller, en un artículo publicado en Project Syndicate, busca dar respuesta a la pregunta señalada. Así cree encontrar el principal obstáculo para la democratización en la falta de unidad de las fuerzas opositoras anti-autocráticas. Tanto en Israel, en Hungría y en Turquía –constata- la oposición no ha logrado hasta ahora unirse en frentes compactos.

Probablemente si Werner-Mueller se hubiera preocupado del caso latinoamericano, podría haber llegado a una conclusión similar. El chavo-madurismo, el evismo, incluso el orteguismo, han enfrentado a oposiciones que, por lo general, no han sabido unirse frente a los gobiernos que adversan.

La deducción de Werner-Müller es obvia: entre diferentes ideologías nunca va a ser encontrada una unidad, de modo que la unidad política debe ser construida sobre una base no ideológica. El problema es que un acuerdo puramente pragmático entre sectores ideológicos suele despertar desconfianzas entre los electores. La deducción del autor citado, al tomar como referencias los casos de Israel, Hungría y Turquía, es que las unidades electorales construidas en los países que menciona, no han logrado marcar las diferencias con los gobiernos que desafían. En Israel, aduce, la unidad fue buscada en torno “a figuras duras de centro-derecha como el general retirado Benny Gantz”. En las elecciones de Hungría, la oposición tampoco logró establecer una línea claramente diferenciadora. En Turquía, la unidad de la Mesa de los Seis, si bien ha logrado reorganizarse en torno al veterano candidato socialdemócrata Kemal Kılıçdaroğlu, lo ha hecho solo en contra del autocratismo y por el retorno de la constitucionalidad republicana. No es poco, es cierto. Pero podría repetirse lo que siempre ocurre en Turquía, a saber, que la oposición democrática logre imponerse en Estambul y otras grandes ciudades, pero pierda nuevamente en zonas semi-agrarias, como son las de Anatolia, donde el lenguaje épico-moralista- religioso de Erdogan entra con suma facilidad. La oposición turca estaría en este caso obligada a presentar – sobre todo en momentos en los que Turquía se ve amenazada por profundos desajustes económicos – un programa social muy creíble. La democracia moderna, es decir la de masas, obliga a combinar la lucha por las libertades con la lucha por las necesidades.

Esa combinación fue en cierto modo la receta que llevó en América Latina al triunfo de candidatos como Boric, Petro y Lula. Los tres podrán gobernar mientras se mantengan fieles a las demandas democráticas y a las demandas sociales que los catapultaron al gobierno. En Chile, fracciones ideológicas intentaron imponer al país una constitución ideológica. Fracasaron. Boric entendió el mensaje y hoy remonta en las encuestas llevando a cabo su programa social pero manteniendo su apego a la constitución vigente, aunque esta sea “la de Pinochet”. Petro, más ideologizado que Boric, parece tener más dificultades para conservar el equilibrio entre lo social y lo político. De Lula ya sabemos que ha dado las espaldas a las fuerzas democráticas mundiales que apoyan a Ucrania, tal vez no por principios ideológicos (nunca los ha tenido) sino por razones derivadas del comercio exterior, sobre todo con China.

Venezuela sigue siendo un problema grave. Como es muy sabido, en estos momentos tiene lugar en el seno de la oposición una feroz lucha para imponer candidaturas personales y partidarias. Alguna vez va a emerger una candidatura, pero eso tampoco asegura una alternativa que ofrezca un mínimo de credibilidad. En la multitud de candidatos venezolanos, no hay ninguno que sea catalizador, entre otras razones, porque la mayoría de ellos pasó de un anti-electoralismo irresponsable y aventurero, a un electoralismo demagógico, sin mediar críticas, discusiones, debates, en fin, estrategias que explicaran el repentino cambio de paradigma.

Si hay algo en Venezuela en lo que casi nadie cree, es en la política y en los políticos, sean de gobierno o de oposición. En este dudoso logro, la responsabilidad no es solo del gobierno sino –me atrevería a decir, sobre todo- de la oposición. Estamos frente a un caso radical de “anomia política”. Para superarla solo queda una efímera esperanza: que el candidato elegido pueda representar algo diferente a la falta absoluta de alternativas sociales, económicas y políticas que caracteriza al gobierno. Pero para que eso ocurra, ese candidato debe reunir en su torno un mínimo de condiciones básicas que marquen claramente una diferencia, no solo con el gobierno, sino con el modo imperante de hacer política en el país. Nombremos, entre varias, tres:

Primero: no haber abandonado nunca la línea de los cuatro puntos cardinales que orientaron a la oposición hasta el año 2018: electoral, constitucional, democrático y pacífico. O en el caso extremo de haberla abandonado, saber reconocer públicamente y por escrito el tremendo error cometido.

Segundo: no haber promovido o apoyado nunca alguna intentona militarista, golpista, invasionista, o cualquiera otra que incluya el uso de la violencia. Eso significa, entre otras cosas, no haber puesto jamás el principio de “fin de la usurpación” por sobre el principio de “elecciones democráticas”. Significa también, ceñirse a las reglas del juego político, sin jurar venganzas, ni ofrecer linchamientos y cárceles al adversario el que, en la contienda, es enfrentado constitucionalmente. Todo eso no sería más que chavismo al revés.

Tercero: No haberse alineado jamás con proyectos autocráticos internacionales o regionales, como son el putinismo, el trumpismo y otras afinidades menores como el bolsonarismo, el bukelismo, el castrismo, el orteguismo.

Si no se reúnen estas condiciones básicas, el electorado verá en ese candidato solo a un representante del partido del “más de lo mismo”, o peor aún: la lucha entre dos tipos de autocracias: una que está y otra que quiere estar.  Por eso, como hemos intentado precisar, una posibilidad (posibilidad, no seguridad) para derrotar a las autocracias, presupone saber marcar las diferencias con el adversario. Al fin y al cabo, sin diferencias no hay política.

domingo, 20 de febrero de 2022

LA CONTRARREVOLUCIÓN ANTIDEMOCRÁTICA DE VLADIMIR PUTIN

 

Fernando Mires (Blog POLIS: POLITICA Y CULTURA)

 


 

Hasta el cansancio ha sido repetida aquella verdad que dice que Putin intenta restaurar el edificio geopolítico de la URSS. Hay quienes sin embargo difieren y sostienen que lo que intenta restaurar es el antiguo imperio zarista. No vamos a entrar aquí en esa más bien académica y políticamente infructuosa discusión. Lo que interesa decir por el momento es que efectivamente Putin es un restaurador, un expansionista, un imperialista e incluso un colonialista, pero sobre todo, como ha destacado recientemente Anne Appelbaum en un emotivo artículo dedicado a analizar a Putin, un antidemócrata. Pero el problema no termina ahí. Putin, además, es el representante máximo de una enorme ola antidemocrática que avanza primero hacia la por él considerada “periferia rusa”, su utópica “Eurasia” religiosa y cultural, equivalente a la “Germania” con la que soñaba ese monstruo llamado Adolf Hitler.

No hay revolución sin contrarrevolución. Desde la Santa Alianza, pasando por los totalitarismos nazi y stalinistas, hasta llegar a nuestros días, han habido diversas olas antidemocráticas, surgidas como reacción a las por Samuel Hungtinton llamadas “olas de democratización”.

La última gran ola fue la que puso término al imperio soviético durante 1989-1990. Putin, desde esa perspectiva macro-histórica, representaría una reacción en contra de la revolución democrática, rusa y europea. En ese sentido es el anti-Gorbachov. Pero no está solo. Putin es solo una parte, quizás la principal, de la contrarrevolución antidemocrática de nuestro tiempo.

Como Stalin ayer, Putin mantiene fuertes enclaves en el Occidente político. Mas, a diferencias de la era Stalin, no se trata de organizaciones doctrinarias como fueron los partidos comunistas pro-soviéticos, sino de una gama de diversos movimientos y gobiernos abiertamente anti-democráticos. Los principales por ahora son los movimientos y partidos antidemocráticos de Europa.

Entre esos gobiernos nos referimos a las autocracias europeas, sobre todo a ese trío representado por Erdogan en Turquía, Orban en Hungría, Kaczinski en Polonia.

Parecerá raro quizás incluir al tercero en la triada pro-Putin dado que Kacszinski, como la mayoría de la ciudadanía polaca, teme a que Putin, en su no oculto proyecto por restaurar la geografía soviética, intente ocupar Polonia. No obstante, Kacszinski, en su visión anti-UE es el mejor aliado de Orban. Y Orban es el más estrecho aliado europeo de Putin.

Al jerarca ruso, a diferencias de Stalin, no importan las convicciones doctrinarias. Pero sí le interesa que sus aliados objetivos de Europa mantengan un desacuerdo vital con la UE y con la OTAN. En ese sentido Kaczinski, como sus homólogos húngaro y turco, comparten con Putin similares convicciones. Los tres son partidarios de un gobierno fuerte y autoritario representado en un líder que encarne la tradición mítica de sus naciones. Los tres se entienden como restauradores del orden familiar, sexual, patriótico y religioso (no importa cual religión). Los tres son enemigos declarados de la democracia parlamentaria. Los tres creen en “el principio del caudillo”. Los tres consideran a la democracia occidental como un producto de la decadencia de Europa.

I-liberalismo llama Viktor Orban al conjunto de ideas y creencias compartidas con sus homólogos. Pero ese i-liberalismo es solo una media verdad. Desde el punto de vista económico los aliados de Putin son radicalmente liberales. Y desde el político, el enemigo no es la ideología liberal sino las instituciones de las democracias europeas. Naturalmente, ellos dicen, y probablemente creen, ser democráticos. Y en sentido literal lo son pues su ideal político está basado en una comunicación directa entre pueblo y caudillo. La democracia que ellos enaltecen no está basada en instituciones ni en constituciones sino en el “principio del líder”, tal como lo formulara el jurista alemán Carl Schmitt al que los nuevos autócratas probablemente no han leído pero, visto objetivamente, han llegado a ser sus mejores discípulos. El odio que en los autócratas despierta lo que ellos llaman “democracia liberal” está, como todo odio, basado en un miedo, en este caso, el miedo a que el control unipersonal del poder sea cuestionado. Como bien observara el historiador polaco Adam Mischnick: “Es posible que Putin no pueda implementar cada escenario, pero ha concentrado el poder político incluso más que Stalin. Stalin, al menos formalmente, estaba limitado por su “politburó”, un organismo político que en principio podía decirle que no, aunque por supuesto no lo hizo. Putin no tiene politburó, es todopoderoso, un monarca absoluto, un César”.

Naturalmente, en su reciente aventura ucraniana, Putin ha contado, si no con el apoyo directo, con el consentimiento indirecto de las tres autocracias mencionadas. Puede que pronto aparezcan más. Los movimientos de la ultraderecha avanzan de modo zigzagueante en todos los países de Europa. La Liga Norte de Salvini ha sido temporariamente desplazada en Italia pero ahora avanza el Vox español que, si bien no se ha declarado miembro del putinismo, comparte con este sus valores esenciales. Las elecciones presidenciales en Francia decidirán sobre el futuro inmediato de Europa. Le Pen es abiertamente putinista y Zemmour puede llegar a serlo sin problemas. Todos son partidarios de una Europa des-unida. Eso al fin es lo que cuenta para Putin. Por si fuera poco, a la derecha nacional-populista europea habría que agregar algunos remedos de la izquierda del pasado. Podemos de España se declara “pacifista” y anti-OTAN. Lo mismo ocurre con los socialistas de Melenchon en Francia y “Die Linke” en Alemania.

Al igual que la antigua URSS, el imperio Putin tiene importantes aliados extra-continentales. Gracias a la vacilaciones de Obama logró convertir a Siria y parte de Irak en un condominio ruso. Irán puede contarse entre sus aliados estratégicos. Los ayatollahs han descubierto que comparten con Putin las mismas obsesiones anti-occidentalistas. Para el ruso como para la camarilla teocrática persa, Occidente es un mundo degenerado. En no pocos puntos, las ideologías teocráticas de los países del Oriente Medio son compatibles con las visiones integristas de la iglesia ortodoxa rusa que ve en Putin un paladín de la cristiandad, cabalgando en contra de los demonios lujuriosos y ateos que acosan Occidente. Sin necesidad de recurrir a Max Weber podríamos afirmar que Putin encabeza una rebelión de la tradición en contra de la modernidad. Pero solamente en contra de la modernidad cultural. No así con respecto a la modernidad tecnológica, la que en sus formas digitales y nucleares pone al servicio de la expansión territorial de su país.

La gran ventaja de Putin es que sabe que al interior de la mayoría de los países occidentales existen multitudes anti-democráticas y que en no pocos de esos países la democracia se encuentra en muy precaria condición. La gran revelación para Putin fue no tanto la presidencia de Trump, la que mal que mal debió ajustar su práctica a las férreas instituciones norteamericanas, sino el carácter del movimiento que encabeza Trump. Por cierto, el ex presidente nunca ha sido un modelo democrático. Su personalismo, su autoritarismo, sus convicciones patriarcales, su escaso respeto por los valores que han permitido forjar a su nación y, no por último, su radical anti-europeísmo, no hablan bien de sus convicciones democráticas. Pero mucho menos democráticos que Trump son los trumpistas. Quizás en este caso habría que invertir la relación entre líder y masas. No es, en el caso de Trump, el líder el que ha producido un fuerte movimiento radical antidemocrático en los EE UU, sino estos últimos son los que han producido el fenómeno Trump. El asalto al Capitolio, por ejemplo, fue una muestra de como la contrarrevolución anti-democrática ha logrado apoderarse, si no del corazón, por lo menos del sistema nervioso de la democracia más antigua de la modernidad. En otras palabras, Putin ha visto en Trump a uno de los suyos.

En donde las instituciones democráticas son débiles o precarias, donde surgen caudillos que enamoran y enardecen a sus pueblos, donde las masas son organizadas desde el estado, donde no hay sociedad civil, y sobre todo, donde los canales de comunicación política se encuentran obstruidos, allí está el campo abonado para que el imperio ruso reclute contingentes. Hay una alianza perfecta entre los movimientos y gobiernos nacional-populistas y el proyecto antidemocrático mundial del cual Putin ha pasado a convertirse en su máximo líder.

Casi no hay dictadura o autocracia en el mundo que no cultive relaciones con el gobierno Putin. Se quiera o no, Putin ha logrado articular en su torno a una internacional de gobiernos y movimientos anti-democráticos. No es casualidad que las tres anti-democracias latinoamericanas, la autocracia mafiosa de Maduro, la dictadura neosomocista de Ortega y la dictadura poscastrista de Díaz Canel, se declaren partidarios incondicionales de Putin.

El proyecto inmediato de Putin es convertir a Rusia en un poder mundial. En el hecho ya lo es. Pero para que este sea más sólido, Putin requiere asegurar su dominación en el que considera espacio vital de Rusia. Ucrania representaría, simbólica y fácticamente, el último bastión que hay que derribar para dar inicio a esa locura distópica llamada por el ideólogo del putinismo, Alexandr Dogin, “Eurasia”. Eso es precisamente lo que no han entendido algunos gobiernos europeos, particularmente el alemán. Si Occidente no opone a través de su diplomacia y de sus ejércitos un decidido “no pasarán” a Putin en Ucrania, Rusia puede, definitivamente, destruir la paz mundial.

Puede ser, así opinan muchos comentaristas, que por el momento Putin decida no invadir a Ucrania. De acuerdo a una relación costo-beneficios, el precio podría ser muy alto, piensan algunos. No obstante, aún sin invadir a Ucrania, Putin ha logrado mostrar al mundo que el bloque occidental se encuentra políticamente dividido a la hora de enfrentar a un enemigo común. Con esa victoria probablemente no contaba Putin antes de enviar a sus cien mil soldados a los límites con Ucrania.

La deserción (sí, objetivamente fue deserción) de Alemania, ha debilitado, se quiera o no, la hegemonía militar y política de los EE UU en Europa. Peor aún, ha debilitado al eje Francia-Alemania y con ello ha dejado a Occidente sin conducción unitaria. Logrado ese objetivo, la invasión a Ucrania –a la que Putin nunca renunciará- puede esperar un tiempo más.

La negativa del gobierno alemán a enviar armas a Ucrania tiene un enorme significado político-simbólico. Significa, lisa y llanamente, que la principal potencia económica europea disiente de las resoluciones de la OTAN negándose con ello a aceptar la hegemonía norteamericana en la región. Para los observadores bienpensantes, Alemania ha llegado a perfilarse como un adalid de la paz. Pero las apariencias engañan.

Si bien en Alemania existen fuertes tendencias pacifistas, no podemos obviar que estas no fueron absolutamente determinantes en la política de Scholz. Hay, se quiera o no, un espacio de decisión que corresponde solo al gobierno. En ese sentido, las razones de la negativa alemana a plegarse a las decisiones confrontativas de la OTAN hay que buscarlas más bien en Olaf Scholz y en su partido. Y aquí hay que nombrar dos hechos que se cruzan entre sí. Uno es que al interior de la socialdemocracia alemana, amparada en los negocios del gas, ha cristalizado una suerte de conexión con el putinismo, vale decir, políticos profesionales que de una u otra manera consideran legítimas las pretensiones territoriales de Putin en Ucrania. Probablemente piensan –y tal vez no les falten razones– que Putin tarde o temprano terminará por construir su imperio euroasiático y con ese imperio habrá que coexistir pacíficamente en el futuro. Ahora bien, si a esas tendencias derrotistas sumamos el fuerte anti-americanismo que prima al interior de sectores de la socialdemocracia alemana y del partido Verde, la mesa estará servida para las ambiciones inmediatas de Putin. No vale la pena, en fin, morir por Ucrania– eso es lo que piensa y no dicen, no solo alemanes sino también algunos políticos europeos-.

Sobre el papel, la idea podría parecer formalmente correcta. Pero la realidad no es un papel. Lo que probablemente no entienden los nuevos estrategas de la geopolítica alemana es que, al mostrar divisiones hacia afuera, Putin ha descubierto que, si anexa a Ucrania -lo dijo el ex minitro del exterior alemán Joschka Fischer- la puerta para apoderarse de los países bálticos sería abierta de par en par. Entonces muchos harán la pregunta que el conocido historiador escocés Neal Ascherson ya formuló irónicamente. ¿Valdrá la pena después morir por Estonia? Y así sucesivamente.

Sin embargo, el problema alemán, como todo problema, tiene dos caras. A la negativa alemana de sumarse a las disposiciones de los EEUU mostrando al mundo la debilidad de liderazgo del gobierno norteamericano, hay que mencionar que, con o sin esa negativa militar, esa debilidad de liderazgo precedió a la negativa alemana. Los europeos, entre otras cosas, recuerdan muy bien que en la caída del imperio soviético EE UU tuvo muy poco que ver.

Digamos de una vez: Desde Bush jr. hasta llegar a Biden pasando por Obama y Trump, los EE UU han descapitalizado su liderazgo mundial. La guerra desatada a Irak por Bush jr. pasará a la historia como uno de los grandes crímenes a la humanidad, más aún que la guerra de Vietnam, donde al fin y al cabo EE UU intentaba frenar la expansión soviética en el sudeste asiático. El invento de las armas de destrucción masiva denunciado por el general Powell es una mancha demasiado sangrienta sobre la historia norteamericana. La reacción anti-Bush de Obama, al ceder prácticamente el espacio sirio al colonialismo ruso, permitió la entrada de la Rusia imperial de Putin en la región islámica. El deterioro de la OTAN y el descrédito que llevó Trump a la UE terminarían por exacerbar los deseos expansionistas de Putin. Si hoy gobernara Trump, Ucrania sería rusa, quizás sin necesidad de una invasión. La retirada caótica de las tropas norteamericanas de Afganistán, no mostró precisamente la cualidades estratégicas del gobierno Biden.

Los latinoamericanos ya sabemos como los intentos norteamericanos, al apoyar a dudosos grupos políticos y económicos -ayer en Cuba y hoy en Venezuela- para derribar a gobiernos anti-democráticos, han bordeado el límite de lo grotesco. En otras palabras, por su poderío económico, militar y cultural, la nación mejor condicionada para ejercer el rol hegemónico en defensa de las democracias de Occidente, no ha sabido o no ha podido cumplir su papel histórico.

Sea porque EE UU ya no tiene pretensiones territoriales en ningún lugar del mundo, sea porque no posee una doctrina internacional supra-estatal, sea simplemente porque sus gobernantes han sido políticamente deficitarios, hay que constatar que en este momento Occidente padece de una seria crisis de liderazgo. Cómo y cuándo será superada esa crisis (seguramente lo será) nadie puede saberlo. Lo que sí sabemos es que en estos momentos, esa crisis –con o sin invasión a Ucrania- favorece a los planes de Putin. Y Putin lo sabe.

Cierto, no hemos hablado de China todavía. Ya lo haremos. Cada cosa a su tiempo.