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jueves, 22 de agosto de 2013

Cuando el Cairo fue la capital de Chile


Fernando Mires. Blog POLIS

Menos que analogías son reminiscencias. Pero hay demasiados puntos para no hablar de casualidades. El paso implacable del tiempo me ha convencido de que la historia no se rige por leyes hegelianas. Todo lo contrario. Si hay ley esa es la simple contingencia. Y si hay una tendencia esa no es otra que la inimitable estupidez de la raza humana, presta siempre a tropezar mil veces con la misma piedra. Esta vez en Egipto. Una vez fue en Chile.

No se trata de especular sobre lo que habría sucedido si la nariz de Cleopatra hubiese sido más larga, pero sí de criticar el mínimo conocimiento de los políticos respecto a lo que tienen que hacer para salvar a un país de la barbarie. En ese sentido pienso que gran parte de la responsabilidad de lo ocurrido en Egipto recae sobre la oposición democrática a Morsi como también estoy convencido de que el ascenso de Pinochet en Chile fue el resultado de la capitulación de quienes estaban llamados a salvar a la democracia.

Esa oposición democrática que había sido durante 2011 el núcleo de la revolución que derrocó a Mubarak fue la que llevó al poder a Morsi y a sus fanáticas hermandades. Durante un tiempo Morsi gobernó sobre la base de una coalición cívico-religiosa cuyo objetivo era desmontar el aparato de dominación de la ex-dictadura militar. Pero bajo su sombra las hermandades salafistas se apoderaban de las instituciones con el objetivo de construir un Estado islámico en contra de la mayoría de la nación.

En el Chile de la Unidad Popular ocurrió algo parecido. En la coalición de gobierno de centro-izquierda ganaba fuerza, sobre todo al interior del Partido Socialista, el fundamentalismo castrista. Los comunistas, en ese tiempo distanciados de Cuba, postulaban una política realista tendiente a concertar una alianza con el centro político, sobre todo con la Democracia Cristiana. Pero la sujeción de los comunistas a la URSS les restaba toda credibilidad.

Desde fuera de la UP, la dirección del MIR se subordinaba totalmente a los socialistas más extremistas del gobierno, siguiendo las instrucciones de Fidel Castro. Razones que obligaron a la mayoría del Comité Regional de la ciudad de Concepción (cuna del MIR) a oponerse a las posiciones del MIR de Santiago. Nosotros, los de Concepción, postulábamos que el momento no era insurreccional y que había llegado la hora de agrupar defensivamente nuestras pocas fuerzas. Debido a esa evaluación el comité regional de Concepción fue intervenido por el Comité Central de Santiago. El propio autor de estas líneas fue alejado de todo puesto de dirección, justo una semana antes del golpe. Antes de morir escribiré los detalles de esa historia. Parece que hubiera sido ayer. Desde entonces no volví a militar en ningún partido político.

Naturalmente la oposición democrática egipcia hizo bien al levantarse en contra de Morsi. Pero en lugar de buscar la unidad entre todos sus partidos y canalizar electoralmente el enorme descontento en contra de los salafistas, decidieron acortar camino plegándose al ejército de Mubarak soñando en que muy pronto el poder les sería devuelto. Error mortal que pagaron muy caro. Tan caro como lo pagó la otrora poderosa Democracia Cristiana chilena al haberse negado –salvo la fracción minoritaria de Renán Fuentealba- a asumir una posición firme en contra de la posibilidad golpista que se avecinaba.

El argumento de que en Chile el golpe era la única salida frente a una toma del poder por parte del castrismo es tan falsa como la que hoy afirma que si no hubiera habido intervención militar los salafistas habrían instaurado una dictadura religiosa. Tal vez eso es lo que querían, pero carecían de medios militares y políticos, tanto o más que los castristas de dentro y de fuera de la UP en Chile.

Los salafistas en Egipto a la hora del golpe estaban siendo derrotados en todas las elecciones locales, y el enorme apoyo que una vez habían gozado entre las grandes masas decrecía ─ en medio de una situación económica espantosa ─ más y más. Lo mismo ocurrió en Chile en vísperas del golpe de 1973.

Los obreros de las minas del cobre en El Teniente rompían su compromiso con la izquierda y se pasaban a la oposición. Seis días antes del golpe la izquierda perdió sin apelaciones las elecciones entre los obreros de las refinerías de acero de Huachipato, otrora feudo socialista. En las elecciones de 1973 de la CUT (Central Única de Trabajadores) la UP hubo de cometer fraude para impedir que los obreros democristianos se hicieran de ese bastión. Y por si fuera poco, los escolares de los liceos fiscales, hoy tan aplaudidos por la izquierda, llenaban las calles de Santiago con sonoras consignas en contra de la UP. La UP, en fin, estaba antes del golpe tan terminada como Morsi y sus hermanos antes del golpe egipcio. En las futuras elecciones presidenciales, la UP ─ no había otra alternativa ─ se habría dividido en dos partes, una insurreccional castrista y otra electoral. La derrota estaba cantada para ambas. Frei padre habría sido, sin dudas, el futuro presidente, apoyado por toda la derecha unida.

En fin, tanto en Egipto como en Chile el ejército se montó sobre el descontento general con el objetivo claro y preciso de convertir al Estado político en un Estado militar.

Por supuesto hay diferencias. Morsi, quien por sus creencias ama la muerte, está vivo y Allende quien amaba la vida, murió. La oposición musulmana tiene en lugar de una ideología una religión y está más unida que nunca mientras que en la izquierda chilena cada uno andaba por su lado. Tuvieron que pasar 17 años de sangrienta dictadura para que esa izquierda recobrara su unidad consigo y con el centro. No tengo la menor idea cuánto durará ese mismo proceso en Egipto.

En suma, aunque deniego de la razón analógica, no puedo dejar de pensar ─ mientras miro en la  pantalla correr la sangre por las calles ─ en esos días horribles en los cuales El Cairo fue la capital de Chile.

jueves, 15 de agosto de 2013

Reflexiones post-revolucionarias


Fernando Mires. Blog POLIS

Antes de que frente a los sucesos de Egipto, Túnez y Siria, segregacionistas de todas las latitudes continúen proclamando la incapacidad de las naciones árabes para acceder a la democracia, antes de que los culturalistas depongan sus mieles hablándonos de "pueblos que llevan la esclavitud en el alma", antes de que reaccionarios de derecha e izquierda vean confirmada su tesis de "las dictaduras buenas", sería conveniente que toda esa manga de plumarios estudiara la historia de los países desde donde opinan. Entonces se darían cuenta de que lo que  ocurre en la región islámica, después de los levantamientos populares del 2011, no es la excepción. Es la regla. No ha habido ninguna revolución moderna que no haya sido seguida por el momento de la restauración.

Escribo restauración, no contrarrevolución. Restauración realizada por fuerzas contrarias, o por los mismos sujetos de los levantamientos.

Un Napoleón que restaura la monarquía en nombre de la libertad, un Stalin que restaura el zarismo en nombre del socialismo, un PRI que restauró en México la dictadura de un partido en nombre de la revolución, un Castro que sustituyó una dictadura militar por otra mucho más cruel, y hasta el insignificante Ortega y su gobierno familiar neo-somocista, son hechos que parecen confirmar esa regla universal.

Tampoco las revoluciones democráticas de Europa del Este llevaron al poder a sus iniciadores. Quizás solo en Checoeslovaquia, gracias a la figura integradora de Havel, o por un momento en Polonia, bajo Solidarnosc de Walesa, en los demás países llegaron al poder regímenes pseudo-democráticos, mafias en formato electoralista, y hasta una autocracia neofranquista como la de Urban en Hungría. ¿Para eso lucharon disidentes y demócratas? Por supuesto que no. Ellos corrieron el destino de todos los revolucionarios cuando son desplazados, a veces por ellos mismos.

La propia revolución cupular de Gorbachov ha sido desplazada por el autocratismo de Putin, empeñado en restaurar la estructura geográfica del imperio soviético, arrastrando a todas las dictaduras caucásicas que lo rodean. Putin es el gran restaurador; su sueño es el mismo de Iván el Terrible y de Stalin. Su objetivo es ser Presidente de todas las Rusias. Su utopía es antidemócratica e imperial. ¿Puede extrañar entonces que bajo esas condiciones la restauración dictatorial egipcia haya aparecido en las bayonetas de la soldadesca de Mubarak, comandadas por el general al-Sisi, versión arábiga del chileno Pinochet?

No los “indignados” que hicieron estallar las revoluciones de 2011, sino las fuerzas mas retrógradas han hecho su puesta en escena en el Oriente Medio. La contradicción fundamental también ha sido desplazada. Ayer fue la de pueblo contra dictadura. Hoy es la de fundamentalistas religiosos contra militares golpistas, estos últimos aplaudidos por sectores de la prensa occidental. Sí, la misma prensa que estableció desde un comienzo que la lucha principal era entre laicismo democrático y fanatismo islamista. Todavía no se dan cuenta de que no todos los laicistas son democráticos ni todos los musulmanes son terroristas. En lugar de concentrarse en el potencial democrático que anida en ambos sectores, se han dejado inducir por los prejuicios anti-religiosos que ensucian a la cultura occidental de nuestro tiempo. ¿Comenzarán pronto a apoyar a Asad en Siria? Después de todo ¿no es el gobernante más laicista de la región?

Quizás esa fue la reflexión que llevó a John Kerry  a afirmar que los golpistas egipcios defienden a la democracia. Con esa opinión Kerry ha regredido a la "Reapolitik" de la Guerra Fría.

Seguramente hay en la política norteamericana sectores que se hacen las siguientes preguntas. ¿Qué sentido tiene apoyar a la oposición  egipcia si ella está dominada por los hermanos musulmanes, enemigos naturales nuestros? ¿Valdrá la pena apoyar a los rebeldes sirios cuando sabemos que entre ellos hay fundamentalistas fanáticos? ¿No sería mejor competir con Rusia y ganar a Asad hacia nuestro lado, como ayer estuvieron el Shah de Persia, Hussein, Mubarak, Gadafi y otras preciosuras? Kissinger respondería afirmativamente, no cabe duda. El problema es que las condiciones históricas no son las mismas de los tiempos kissingerianos. EE UU no está obligado a intervenir en cualquier conflicto nacional. La no intervención puede ser, y en muchos casos ha sido, la mejor política.

Ya EE UU se ensució más que suficiente en el Sudeste asiático y en América Latina en una guerra no siempre fría en contra de la URSS. Esa es una de las razones  por las cuales el anti-norteamericanismo es todavía ideología dominante en muchos países. ¿Por qué no aceptar que los pueblos construyan sus propias historias aunque no siempre estas tengan lugar sobre lechos de rosas? En los orígenes de toda democracia, aún en las más espléndidas, corrieron ríos de sangre. De un modo cínico podríamos hasta preguntarnos: ¿Por qué los pueblos del Medio Oriente no tienen  derecho a matarse entre ellos como ya lo hicieron los occidentales?

En las condiciones actuales intervenir en un conflicto nacional solo se justifica bajo tres condiciones. La primera: en defensa propia. La segunda: si no hacerlo significara poner en peligro a la paz mundial. La tercera: acudir al llamado de sectores aliados. Ni en Egipto ni en Siria se dan esas condiciones. Razón de más para que políticos como Kerry aprendan el difícil arte de saber callar a tiempo, sobre todo cuando nadie les ha pedido su opinión.

martes, 30 de julio de 2013

Egipto: La revolución inconclusa


Fernando Mires. Blog POLIS

general Abdel Fatah al-Sisi
La suerte está echada. El golpe militar de Julio de 2013, la inevitable rebelión de los desplazados islamistas, la cruel represión militar, las masacres, la prisión de Mursi ─ pésimo presidente pero legítimo ─ las calumnias que inventa la dictadura en contra de personas del antiguo régimen, en fin, todos esos son signos que marcan el destino de la gran mayoría de los golpes militares habidos y por haber.

Los sectores democráticos, los mismos que iniciaron la lucha en contra de la dictadura de Mubarak, no controlan al ejército. Por el contrario, el ejército los controla a ellos. Si esos sectores son de verdad demócratas, pronto deberán pasar a la oposición y contraer una nueva alianza con fracciones islamistas. La dictadura militar redoblará en ese caso la represión y la historia, si no comenzará de nuevo, será muy similar a esa que las multitudes de la plaza Tahrir imaginaron haber dejado atrás.

El de Egipto, ya no hay duda, fue un golpe militar. Represivo y asesino, como todos son cuando los militares ejercen un poder que no les corresponde. No sin razones ya recibió el general Abdel Fatah al-Sisi, nuevo dictador, el saludo de la tiranía de Siria, la que ahora, apoyada en el ejemplo egipcio, intenta presentarse al mundo como bastión laico en contra del fanatismo islámico.

No sigamos engañándonos: Los militares no fueron parte de la oposición democrática a Mursi. Solo se montaron sobre ella para recuperar el poder que gozaban bajo Mubarak. El golpe no fue tampoco una “tercera revolución”, como lo denominan sus apologistas. Fue, en cambio, una contra-revolución en todas sus formas y con todas sus letras. Mal camino han elegido entonces los demócratas de ayer que hoy apoyan a la dictadura. Tarde o temprano los militares también se liberarán de ellos. Los dictadores del Oriente Medio, aunque decirlo sea un disparate geográfico, son muy sudamericanos.

Quienes se obstinan en legitimar el golpe ─ también fuera de Egipto ─ aducen que el país se debatía entre una dictadura militar y una dictadura islamista y solo fue elegido el mal menor. La dicotomía es, sin embargo, falsa. A la hora del golpe la gran mayoría política egipcia estaba formada por grupos civiles laicos y diversos sectores pertenecientes a un Islam moderado quienes, como el partido salafista Al-Nur y el partido Al Wasat Al Jadid, abogaban por un estado regido por normas del derecho civil.

Los sectores musulmanes integristas, los llamados "Hermanos", pese a no ser mayoría están muy bien organizados. Si Mursi, quien ganó las elecciones presentándose como moderado se apoyó más en ellos que en otros grupos, fue porque estos últimos tienen un bajo nivel de organización. En otras palabras, Mursi habría podido ser en Egipto lo que es Erdogan en Turquía. Piadoso creyente este último, nada le ha impedido convertirse en campeón de la modernización económica, ganando el apoyo de sectores medios urbanos y, por cierto, controlando al ejército. Erdogan es una suerte de Atatürk islámico. Mursi, en cambio, no logró ser un Nasser islámico. Esa es la diferencia.

Lo cierto es que el golpe militar en Egipto parece haber cerrado un ciclo histórico. La mal llamada Primavera Árabe ha llegado a su fin. Pero la pregunta que todavía nadie puede responder es otra: ¿Estamos presenciando el fracaso definitivo de las revoluciones democráticas del Oriente Medio, o solo se trata del fin de un capítulo de una ya larga novela? O de otro modo: ¿Es la egipcia una revolución muerta o una revolución inconclusa?

"La revolución inconclusa" fue título de uno de los libros del mejor biógrafo de Trotzky y Stalin, el gran historiador Isaac Deutscher. Con el término "inconclusa" quería señalar Deutscher que la revolución rusa no terminó con Stalin; solamente había sido interrumpida. Tarde o temprano el espíritu de Octubre ─ pensaba Deutscher ─ volvería a renacer en la URSS pasando por encima de la contra-revolución estaliniana. No solo los trotzquistas mantenían esa esperanza.

¿Se equivocaba Deutscher? Sí y no. Sí, porque aquello que renació en la URSS con la Perestroika no fue como creía al comienzo Gorbachov, el espíritu de 1917. No: El que renació en el llamado mundo socialista fue el de 1789, es decir, el espíritu de la revolución francesa, el mismo que electrizó a socialdemócratas rusos como Plejanov y a sus dos muy jóvenes discípulos, Lenin y Trotzsky.

De ahí que cuando hemos de hablar del fracaso o del éxito de una revolución, podemos optar por medirla de acuerdo a una periodización corta o larga. Medida en periodización corta, la revolución francesa fue un tremendo fracaso. Traicionada primero por el terror de Robespierre, por las alucinaciones de Marat y por la corrupción de Danton, después violada por la dictadura militar napoleónica y derrotada militarmente por la Santa Alianza, nadie daba un centavo por ella.

Pero si aplicamos una periodización larga, podemos entender a la revolución francesa como un eslabón de una cadena comenzada en Inglaterra con la Carta Magna (1215) y continuada en los EEUU a través del "Bill of Rights" (1789). ¿Se atrevería alguien a señalar, de acuerdo a esa periodización, que la revolución francesa fue un fracaso? ¿No fueron sus ideas las mismas que dieron origen a las naciones latinoamericanas? ¿Las que defendieron muchos europeos cuando se batieron a muerte en contra del nazismo? ¿Las que fueron guías de las revoluciones democráticas de 1989 en Europa del Este? ¿Las que hoy imperan en todo el mundo democrático?

El fracaso o éxito de las revoluciones se conoce, efectivamente, mucho después de que han ocurrido. Porque las verdaderas revoluciones son como mareas oceánicas cuando dejan sedimentos detrás de sí. Son los materiales que después serán recogidos por otras oleadas de la historia.

Las revolución del Oriente Medio ─ no es necesario ser un gran historiador para entenderlo ─ también fue sedimentaria. A través de una simple mirada es posible observar que la ola democrática dejó por lo menos tres muy visibles sedimentos detrás de sí.

1. El ejército, sobre todo el egipcio, ya no es el del nasserismo de los años cincuenta del siglo XX. Este último subscribía a la ideología del socialismo pan-arábico fundado por Gamal Abdel Nasser el que a su vez era una versión de la ideología soviética aplicada en terreno árabe. Las dictaduras nacional-militares, no hay que olvidarlo, eran verdaderos protectorados de la URSS. Socialistas y nasseristas fueron Muamar al-Gadafi en Libia, Hafez al- Asad en Siria y Sadamm Hussein, entre otros. Hoy, en cambio, el nasserismo militar, al no existir una potencia socialista mundial como la URSS, carece de un proyecto misionario de poder hegemónico como fue en su tiempo el marxismo soviético. Los militares de hoy solo representan el poder de la fuerza bruta y nada más. Muy poco para mantenerse demasiado tiempo en el poder.

2. Como contrapartida ha surgido en casi todos los países de la región una tendencia creciente representada por sectores medios urbanos, especialmente jóvenes, portadores de un ideal democrático de origen occidental, reacios a ser subyugados por ideologías religiosas o macro-históricas. Ellos fueron los iniciadores de la revolución democrática en diversos países del Oriente Medio. Carecen, por cierto, de fuerza militar, pero poseen una coherencia discursiva que no tienen los segmentos religiosos integristas y, en ningún caso, los militares. Solo de ahí puede surgir una nueva "clase política" civil en condiciones de articularse con el mundo de la post-modernidad al cual la mayoría de las naciones árabes, incluyendo a no pocos islamistas, quiere pertenecer.

3. Los contingentes islámicos ya han sido divididos ─ no solo en Egipto ─ por la revolución democrática. A un lado, los sectores integristas. Al otro, los portadores de una islamidad culta quienes, para salvar la espiritualidad de la propia religión, aceptan la separación entre religión y política como parte sustancial de la vida ciudadana.

Esos tres sedimentos visibles permiten afirmar la hipótesis de que la revolución democrática en el Oriente Medio aún no ha terminado. Quizás conforman la base para que, más temprano que tarde, las utópicas posibilidades aparecidas el año 2011, vuelvan a aparecer representadas en nuevas ideas, en nuevos actores y, no por último, en nuevas mayorías.

Cuando el néctar de la libertad ha sido una vez probado, será muy difícil olvidar su ardiente sabor.

jueves, 25 de julio de 2013

¿Electorización de la política o politización de las elecciones?


Fernando Mires. Blog POLIS

Comenzaré este artículo formulando dos tesis:

1. Las elecciones son el medio que se dan las naciones democráticas para canalizar políticamente sus divisiones, sean sociales, ideológicas, e incluso étnicas y religiosas. Sin elecciones solo habría revoluciones, golpes de estado, motines y masacres, y por supuesto, la dictadura sería la forma normal de gobierno.

2. Las elecciones son un medio. Pero también son un fin en sí. Son un medio para acceder a parte o a la totalidad del gobierno. Son un fin porque durante su transcurso la población convocada se convierte en ciudadanía, elige a sus líderes, conoce los programas e interfiere en los acontecimientos. Las elecciones son el momento más participativo de la democracia delegativa.

Escribo estas tesis bajo la sombra de los sucesos de Egipto, país en el que ocurrió un golpe de estado debido a la incapacidad de la oposición para construir una plataforma unitaria, con un programa y un candidato común, en elecciones que, como consecuencia de la estupidez de esa misma oposición, no tendrán lugar muy pronto. Oportunidad que hoy aprovecha el ejército de Mubarak para retomar el poder. En Egipto, en fin, ocurrió, inducida por la propia oposición, una radical des-electorización de la lucha política la que culminó en un típico golpe militar, llamado “golpe bueno” por más de algún descabellado analista.

La electorización del proceso político es ─ hecho que no supo entender la oposición egipcia ─ condición de la vida democrática. Pero para que ello ocurra debe existir, antes que nada, un proceso político. Si este no existe las elecciones serán solo un procedimiento destinado a facilitar cambios administrativos en el estado. Hay por lo tanto elecciones de bajo nivel político. Las próximas de Alemania (Noviembre 2013) ─ es el ejemplo que tengo más cerca ─ serán elecciones más administrativas que políticas pues la diferencia programática entre los dos grandes bloques no es todavía percibida por nadie.

En América Latina tenemos también un caso en el cual las elecciones tendrán lugar en un ambiente altamente despolitizado. Me refiero a Chile, país en donde los electores, si no ocurre un milagro, llevaran de nuevo a Michelle Bachelet al poder.

La creciente despolitización electoral chilena, ya evidente en comicios municipales, se ha visto incrementada por la aparición de dos nuevos factores. Uno, el colapso de la derecha. El otro, la heterogeneidad de Nueva Mayoría, o bloque bacheletista.

El colapso de la derecha había ocurrido antes de que el candidato Longueira enfermara. Dividida en dos fracciones que no sintonizan, ninguna ha podido borrar el estigma del pasado pinochetista. Cierto es que en términos económicos el gobierno Piñera se encuentra en continuidad y no en ruptura con los de la antigua Concertación. Desde esa perspectiva fue un gobierno concertacionista más. Ahí reside precisamente el problema. La derecha chilena carece de perfil político e ideológico.

La tradición conservadora, familiarista, nacionalista, latifundista y clerical que caracterizó a la derecha del pasado pre-pinochetista, se vino abajo ante los embates de la globalización financiera que tuvieron lugar bajo la propia dictadura. El latifundismo de los "grandes señores y rajadiablos" fue sustituido por empresas transnacionales. Los valores que propagaba fueron arrasados por fuerzas económicas que esa misma derecha alentó. Ni siquiera su vocación anticomunista puede ser rehabilitada pues el comunismo desapareció como fenómeno mundial (el socialismo del Siglo XXl es solo un resto de repulsivas dictaduras militares y corruptas autocracias) De esa derecha, en fin, solo queda uno que otro apellido vinícola y nada más. De ahí que uno de los grandes problemas de la izquierda chilena es no tener frente a sí a una verdadera derecha y ese hecho cuestiona, de por sí, su existencia como izquierda.

Bachelet en estos momentos no tiene competidores. Es lo peor que puede suceder a un(a) líder político(a).

La Nueva Mayoría es mayoría, pero de nueva no tiene nada. Se trata de un bloque electoral cuyo objetivo es ocupar las oficinas estatales con enormes e indisciplinados ejércitos clientelísticos. Ideológicamente va desde un centro-centro, pasando por una amorfa socialdemocracia, sigue a través de los comunistas eternos, para terminar en lumpenescos grupos (castristas, chavistas). No tiene, esa mayoría, un programa definido ─ a menos que ese misterioso libro cuyas páginas no fueron discutidas por nadie, presentado por Bachelet bajo el pomposo título "El Otro Modelo", sea considerado un programa ─. Y las tareas que la doña deberá cumplir, a saber, reforma del sistema tributario, refinanciamiento de las universidades estatales y cambio de nombre y fecha de la Constitución, se pueden realizar en cuatro semanas; pero no en cuatro años.

En Chile estamos entonces frente a un caso de descomposición política, o para decirlo en términos de Durkheim, de anomia política. Todo indica que en las elecciones, aparte de la votación sedimentaria que recogerán candidatos exóticos, la abstención en sus dos formas (militante y apática) superará todos los índices. ¿Qué podrá surgir de ahí? La verdad, no lo sé. Nada bueno en todo caso.

El ejemplo contrario al caso chileno lo representa sin duda Venezuela. Allí, en lugar de una electoralización de la política, tendrá lugar en los próximos comicios municipales (8.12. 2013) una radical politización de las elecciones. Caso históricamente inédito pues ni en Venezuela ni en otros países latinoamericanos unas simples elecciones municipales han llegado a ser tan decisivas. La razón es conocida: dichas elecciones tendrán el carácter de un plebiscito nacional. Eso quiere decir que si la oposición democrática derrota a la autocracia madurista, los cambios que se anunciarán a partir del 8.12, serán múltiples.

En la hora en que escribo estas líneas, Maduro, quien jamás ha sido popular, es más impopular que nunca. A su enorme impopularidad une la de un gobernante cuya legitimidad de origen es puesta en duda fuera y dentro del país. Si a ello sumamos la profunda crisis económica heredada del presidente muerto, crisis que afecta de modo radical a los sectores más pobres, un resultado favorable a la oposición, si esta no comete ninguna gran locura estaría asegurado.

Si no comete ninguna gran locura, he de reiterar. No me refiero a la MUD ni mucho menos a su líder Capriles quienes han dado muestras de responsabilidad y realismo político. La locura viene por otros lados. Por una parte viene de un segmento delgadísimo de la oposición, al cual denominaré "los egipcios", cuyo casi nulo respaldo social va unido con una creciente crítica a la MUD y a Capriles por el hecho, dicen ellos, que frenan la (imaginaria) movilización de masas. Como si Capriles en lugar de dirigente político fuese un mariscal de batallas.

Afortunadamente los sectores sociales que apoyan a la oposición, incluyendo a jóvenes universitarios, han dado muestras de gran inteligencia al evitar una confrontación con los destacamentos militares del partido-estado, situación que solo favorecería a Maduro y su combo. Pues bien, ese es precisamente el segundo lado desde donde viene el peligro más grande, a saber, que Maduro sintonice indirectamente con "los egipcios" de la oposición.

Maduro y su grupo saben que si no ganaron las elecciones del 14.04 nunca van a ganar las del 8.12. Saben que esta vez los fraudes no van a ser tan fáciles. Saben, además, que la gran crisis que no manejan, se traduce en temas concretos en cada municipio.

Y, no por último, saben que las elecciones se dirigirán en contra de la persona del inoculado gobernante. De ahí que una salida, quizás la única salida que resta en caso de una avisada y descomunal derrota, sería la de interrumpir el proceso electoral.

¿Qué otro sentido sino la simple provocación tienen las persecuciones a miembros de la oposición, como a Richard Mardo, Leopoldo López, Henri Falcón, entre otros? Muy pronto las emprenderán en contra de Capriles, y para ello contarán con la ayuda indirecta de los egipcios venezolanos. ¿Qué otro sentido poseen las invenciones surrealistas de J.V. Rangel, con respecto a aviones comprados por la oposición para invadir a Venezuela desde Colombia? (!!) ¿Qué otro objetivo tienen los brutales insultos de Maduro, su lenguaje de energúmeno, su manía obsesiva de denominar fascista a todo lo que se le ponga por delante? ¿Qué otra  intención tienen Maduro y Cabello cuando inventan planes golpistas como si la oposición controlara a todo el ejército, tuviera milicias armadas y destacamentos de choque, como es el caso del oficialismo? Está claro: Conciente o inconscientemente Maduro está intentando des-electorizar el proceso político: Tender una trampa, llevar la parte “egipcia” de la oposición a la violencia, que el agua de los ríos salga de sus cauces  y militarizar aún más a la política. Así parece ser el plan.

Las elecciones fueron la principal arma política del chavismo. Hoy son, o han llegado a ser, la principal arma en contra del madurismo. Hay que ser egipcio para no darse cuenta de eso.

viernes, 19 de julio de 2013

Algunas veces, necesario


Destacan dos artículos que enjuician el golpe de estado egipcio desde una muy diferente perspectiva a la mantenida por una mayoría de analistas. El primero es el del comentarista Andrés Oppenheimer bajo el título “¿Regresan los golpes tolerables?”; el segundo debido a la autoría de Fernando Mires: “La lección de Egipto”.

Mario J. Viera

En ciencia social y en política hay temas tan delicados que abordarlos implican un determinado compromiso o exigen el despliegue de una cuidadosa retórica para no caer ni dentro del bando de los intolerantes ni dentro del bando de los idiotas. Uno de estos temas es el referido al golpe de estado.

A propósito del golpe de estado producido por las fuerzas militares de Egipto contra el presidente electo Mohamed Morsi, mucha tinta se ha gastado y mucho espacio noticioso se ha empleado; por lo general favorable al golpe militar que depuso a un gobernante que iba perdiendo el apoyo de gran parte de sus conciudadanos.

Debo reconocer que de principio me alegró el derrocamiento del gobierno de los Hermanos Musulmanes; pero al mismo tiempo abrigando dudas con respecto al predominio de los militares egipcios, que para nadie es desconocido que son adictos al poder.

Destacan dos artículos que enjuician el golpe de estado egipcio desde una muy diferente perspectiva a la mantenida por una mayoría de analistas. El primero es el del comentarista Andrés Oppenheimer bajo el título “¿Regresan los golpes tolerables?”; el segundo debido a la autoría de Fernando Mires: “La lección de Egipto”.

El tema que aborda Oppenheimer es su preocupación de que el gran despliegue de opiniones favorables a los golpistas de Egipto pudiera “ser un mal precedente para Latinoamérica: podría ayudar a legitimar una vez más la idea de que hay golpes militares ‘buenos’”. Para Mires el tema se encierra en la idea básica que expresa, diciendo: “Nunca, pero nunca, hay que apoyar una iniciativa golpista. Venga de donde venga”.

Tanto Oppenheimer como Mires condenan la estupidez expuesta en el editorial de The Wall Street Journal del 4 de Julio que expresaba:

Los egipcios serán afortunados si sus nuevos generales gobernantes siguieran el ejemplo del chileno Augusto Pinochet, quien asumió el poder en medio del caos, pero reclutó a reformistas partidarios del libre mercado y generó una transición hacia la democracia

La de Pinochet fue una de las dictaduras más sanguinarias de todas las conocidas anteriormente en la América Latina, ningún buen ejemplo se puede sacar de la misma ni de la implantación del sistema económico que promovían los “Chicago boys” y el “miracle of Chile” de Milton Friedman.

A la falacia del Wall Street Journal responde Mires acertadamente, diciendo: “Dejando de lado la mentira de que Pinochet preparó la transición a la democracia (es sabido que entregó el poder gracias a la presión de la calle y por cierto, de los generales que la escucharon) no hay nada que compruebe que el desarrollo económico ocurre gracias a la existencia de dictaduras. Por el contrario: hubo y hay países latinoamericanos que pueden mostrar tan buenos, o aún mejores números que Chile, sin haber pasado por el infierno de una dictadura”.

Muy justa es la opinión de Oppenheimer al decir: “Por malo que (un presidente electo) sea, los generales que asumen el poder se convierten en dictadores, violan los derechos humanos, y convierten en víctimas a los líderes depuestos, cuyos partidarios tarde o temprano terminan regresando al poder”. Mires ratifica esta idea diciendo: “La profesión de los militares es muy digna. Pero su misión es resguardar la soberanía nacional y nada más. En política no tienen nada que hacer. Esa y no otra es la cien veces repetida lección que nos deja el caso egipcio”.

Comparto plenamente las opiniones que al respecto expresan ambos analistas; pero dentro de ciertos matices. Desde mi punto de vista, en ocasiones, un golpe de estado es necesario y plenamente justificado cuando sea de todo punto imposible seguir la recomendación de Oppenheimer de “enfrentar a los dictadores electos con la regla de las tres P: protestas, presión y paciencia”.

Ciertamente Oppenheimer hace una distinción en cuanto a la justificación de un golpe de estado al afirmar: “Salvo en casos de genocidios (estoy pensando en la Alemania de Adolfo Hitler) no hay tal cosa como un golpe militar “bueno” contra un presidente electo”. Yo agregaría que también en casos de que un gobierno electo por su incapacidad y sus actos arbitrarios colocara al país en un estado de guerra civil se pudiera justificar el golpe militar.

El consejo de las tres P, no hubiera funcionado jamás durante la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia, el Supremo en Paraguay. Fue tal su control despótico de la sociedad que el fin de su dictadura lo dictó la biología con su fallecimiento en paz. La represión por él instaurada inhibió el recurso de las protestas; tal era su intolerancia política que hizo tabla rasa de cualquier presión que ejerciera sobre su gobierno cualquier sector de la sociedad.  La paciencia que se tuvo para soportarle fue tanta que pudo morir en paz en su propio lecho y sin haber renunciado al poder.

¿Qué decir de Alfredo Stroessner quien a lo largo de sus 35 años de tiranía practicó el ajusticiamiento extrajudicial de sus opositores, encarceló y torturó sin piedad,  deportó a muchos, y violó todo el catálogo de los derechos de la Declaración Universal. El fin de su régimen llegó luego de un golpe de estado el 3 de febrero de 1989 tras un pronunciamiento militar. Aunque las condiciones sociales en Paraguay no mejoraron significativamente tras su derrocamiento, al menos en el país mediterráneo se pudo vivir con un poco más de tranquilidad.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en sus cinco años de poder enfrentó protestas y presiones de muchos sectores de la sociedad venezolana, hasta que se colmó la paciencia de la Marina de Guerra y de la Guarnición de Caracas que se pronunciaron en contra del dictador obligándole a huir del país el 23 de enero de 1958. El golpe militar dio paso a una junta que sería encabezada por el almirante Wolfgang Larrazábal. Luego de convocar a elecciones para elegir al nuevo gobierno, la Junta entregó el poder a Rómulo Betancourt.

Tras de  su investidura en la presidencia venezolana, Betancourt expresó si vocación democrática cuando expuso, lo que más tarde sería reconocida como Doctrina Betancourt:

“Solicitaremos cooperación de otros gobiernos democráticos de América para pedir, unidos, que la Organización de Estados Americanos excluya de su seno a los gobiernos dictatoriales porque no sólo afrentan la dignidad de América, sino también porque el Artículo 1 de la Carta de Bogotá, acta constitutiva de la OEA establece que sólo pueden formar parte de este organismo los gobiernos de origen respetable nacidos de la expresión popular, a través de la única fuente legítima de poder que son las elecciones libremente realizadas. Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranice con respaldo de las políticas totalitarias, deben ser sometidos a riguroso cordón sanitario y erradicados mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional”.

El golpe de estado de 1958 iniciaba la senda democrática de Venezuela que sería interrumpida, primero por los sucesos conocidos como el caracazo del 28 de febrero de 1989, como resultado de las protestas populares en contra del gobierno de Carlos Andrés Pérez y de las presiones ejercidas por los medios y sectores de la sociedad civil; posteriormente se produce el frustrado golpe de estado del 4 de febrero de 1992 liderado por el Teniente Coronel Hugo Chávez y finalmente con la ascensión a la presidencia el 2 de febrero de 1999 y sus catorce años de gobierno populista tendiente a la implantación de un sistema totalitario.

El chavismo luego de la muerte de Chávez y la toma del poder por la pareja Nicolás Maduro-Diosdado Cabello ha estado perdiendo legitimidad en tanto que la oposición ha ido ganando en fuerza y organización. La tres P de Oppenheimer ha estado funcionando largamente en Venezuela; pero cada día es más que evidente que la oposición no alcanzará el poder por medio de elecciones democráticas y transparentes. La paciencia puede llegar a un punto de no más. En esas condiciones, un pronunciamiento militar dirigido a derrocar a la camarilla chavista, creo que podría catalogarse de tolerable y bienvenido.

El golpe de estado que el 12 de agosto de 2013 que depuso en Cuba al gobierno electo de Gerardo Machado fue aclamado por la población. Machado que en las elecciones de 1924 obtuvo la presidencia por una gran mayoría de votos, impulsó una reforma a la Constitución de 1901 que le permitiera la reelección y la extensión de su mandato por seis años en lugar de los cuatro que consideraba la Constitución para cualquier mandato. Se creyó a sí mismo, por el alto apoyo que había recibido de parte del electorado, como imprescindible, una especie, según sus propias palabras, “el Hombre Dios, el Nuevo Mesías, el Hombre Antorcha, que todo lo podía…”

Ante su plan de prórroga de poderes la oposición reaccionó en contra. Machado continuó con los métodos represivos que había impuesto en su primer mandato y el clima político se fue enrareciendo hasta que a partir de 1931 aparecieron grupos de conspiradores originándose un virtual estado de guerra civil, que el gobierno no pudo controlar. Según el Dr. Ramiro Guerra y Sánchez en su Historia elemental de Cuba una huelga de ómnibus en la Habana (5 de julio de 1933), en el cargado ambiente político, se extendió y tomó carácter revolucionario. Finalmente, la sublevación de algunos oficiales y algunas unidades del Ejército, el 11 de agosto, precipitó la caída del Gobierno el día 12”.

El 10 de marzo de 1952, el general Fulgencio Batista dio un golpe de estado contra el gobierno de Carlos Prío Socarrás faltando poco para las elecciones generales convocadas para el primero de junio de ese año. El golpe realizado en contra de los postulados de la Constitución de 1940 provocó una fuerte oposición principalmente entre el estudiantado y dio inicio al poder de la casta militar-policiaca. Luego de una insurrección generalizada la dictadura de Batista finalmente fue derrocada. La caída del gobierno, sin embargo, no abrió las puertas para la democratización del país, instaurándose un régimen totalitario de corte marxista-leninista que todavía continúa en Cuba.

El régimen de los Castro se ha caracterizado por su total intolerancia hacia la existencia de partidos u organizaciones opositoras. Controla todos los poderes del Estado, despliega una poderosa actividad policiaca sobre toda la sociedad imponiendo la represión por medio del paredón de fusilamiento o con largos años de confinamiento carcelario; junto a todo ello ha hundido a Cuba en la ruina. Contra el poder de los Castro no caben protestas, no se admiten presiones y la paciencia se va acabando pero callada, asfixiada por el temor general.

Si entre los cuarteles de la dictadura castrista apareciera un Claus von Stauffenberg caribeño que intentara reeditar la Operación Walkiria; si entre los mandos jóvenes de las fuerzas armadas se incubara una conspiración para derrocar al castrismo, si finalmente las unidades del Ejército de Occidente, ocuparan las calles de La Habana, tomaran los edificios del Ministerio de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior; si rápidamente se movieran para detener a los altos dirigentes del Partido Comunista y a los altos funcionarios del gobierno y lograran establecer una junta de gobierno de transición integrada por militares y civiles; ¿sería condenado ese golpe de estado?; ¿acaso este no sería un golpe tolerable?   

En este caso y en los apuntados anteriormente creo que discreparía del sabio consejo dado por Fernando Mires; porque hay iniciativas golpistas que merecen ser apoyadas.

jueves, 18 de julio de 2013

La lección de Egipto


Fernando Mires. Blog POLIS

Hay quienes piensan que los países políticamente organizados no tienen mucho que aprender de otros en donde las religiones ocupan el lugar de los partidos, el fanatismo acucia en cada esquina y el odio inunda las plazas. No es mucho en verdad, pero es importante: Es tan poco y es tan importante que puede resumirse en una frase: "Nunca, pero nunca, hay que apoyar una iniciativa golpista. Venga de donde venga”.

Adivino la respuesta ¿Y si en un país fuerzas antidemocráticas se hacen del poder por medios legítimos pero alteran las instituciones, imponen una moral medieval y preparan el camino hacia una nueva dictadura? ¿En nombre de cual falso democratismo vamos a ser tan bobos como para oponernos a un golpe de estado que salvará las libertades elementales?

Quiero dejar establecido que hoy no argumentaré en nombre de lo que debe ser políticamente correcto por muy difícil que sea entender a gente que elevan la incorrección política al grado de virtud. Sólo me limitaré a abordar el tema por el lado de la razón práctica la que, para alguien como Kant, es la base de toda razón moral.

Por sus frutos los conoceréis, dice el postulado religioso. Si es así, los resultados del golpe de estado egipcio, a pocos días de su ejecución, no pueden ser más catastróficos para las fuerzas que lo impulsaron.

Cuando los militares usurparon el poder, las fuerzas de Morsi estaban fragmentadas. El descontento social era enorme, y la hegemonía de "los hermanos" se encontraba por los suelos. Incluso el partido islámico moderado NUR abandonó el gobierno. Pronto tendrían lugar elecciones generales, y si la oposición lograba unirse, la derrota de Morsi iba a ser total. El único problema era que la oposición, sea por egoísmos partidarios o personales, sea por su propia heterogeneidad, no estaba en condiciones de presentarse unida a las elecciones. En esas circunstancias el golpe de los militares de Mubarak ocurrió no tanto en contra del gobierno de Morsi, sino por la incapacidad de la oposición para unirse en torno a objetivos comunes y de este modo electorizar el enorme descontento social.

Mientras escribo estas líneas, Egipto está al borde de una guerra civil. Morsi, desde su prisión, aparece ante las grandes masas no sólo como líder mártir sino, además, dotado de una legitimidad que nunca gozó como presidente. En otras palabras, Morsi ha recibido como regalo de la soldadesca el sustento político, social e incluso moral que antes no tenía. Y si hay elecciones, como los militares prometieron (siempre lo prometen), el vencedor será nuevamente Morsi. Los grandes ganadores del golpe han sido los hermanos musulmanes.

Para los latinoamericanos, habitantes de un continente donde los golpes han sido la norma, no debería haber sorpresa. Por eso extraña que aparezcan comentaristas dispuestos a suscribir, aunque sea de modo indirecto, la horrorosa frase de Pinochet: "La democracia debe ser lavada cada cierto tiempo con sangre".

Como en Egipto, la gran mayoría de los golpes de Estado ocurridos en Latinoamérica no sólo no han derrotado a quienes intentaron derrotar sino, todo lo contrario, les han dado nueva vida. No es casualidad, para volver al caso chileno, que Chile sea uno de los pocos países democráticos en donde los comunistas están organizados en un partido que merezca ese nombre. Pronto formarán parte del gobierno de Bachelet. Es cierto que en su historia local -pese a que en la internacional han apoyado a muchas dictaduras- han tenido un comportamiento democrático casi ejemplar. Pero el sitial que hoy ocupan se debe al hecho de que, sobre todo para sectores juveniles, el comunista fue el partido-mártir de la dictadura. De ahí que votar por los comunistas es para ellos protestar en contra de un abominable pasado.

Lo mismo se puede decir del caso uruguayo. ¿Cuántos no votaron por Mujica no pese sino gracias a que fue un tupamaro, es decir, como venganza frente al pasado militar? ¿No fue también el pasado de la ex-guerrillera Rousseff un punto a favor y no en contra de su triunfo electoral? Y en Argentina, cuántos ex-montoneros ocuparon altos puestos públicos durante los gobiernos de Menem y de los Kirchner, gracias al martirologio a que los sometió Videla?

Pero no vayamos tan lejos en el tiempo. Pensemos en Honduras. ¿No fue debido a la torpeza de desalojar por medios militares a Mel Zelaya la razón por la cual hoy el zelayismo volverá, representado por Xiomara Castro,  esposa del demagogo latifundista? O pensemos en Paraguay. ¿No significó la imbecilidad sin nombre que llevó a la destitución del prolífico ex obispo Lugo la razón por la cual la autocracia venezolana aparece hoy presidiendo los destinos de Mercosur, mientras Paraguay quedó afuera? En fin, cada golpe militar en cualquier lugar del mundo porta el signo de su fracaso. La razón es simple. Ni aquí ni en la quebrada del ají los militares son representantes de la restauración democrática, y mucho menos de las libertades públicas. No saberlo después de tantos ejemplos, es simple necedad.

El desgraciado golpe militar de Egipto ha dado incluso pábulo para que determinados medios hayan creído llegada la hora de reivindicar "la función histórica" de dictadores como Pinochet. No puedo sino compartir en ese sentido la indignación del destacado analista Andrés Oppenheimer cuando leyó en la Editorial de The Wall Street Journal del 4 de Julio, el siguiente párrafo

Los egipcios serán afortunados si sus nuevos generales gobernantes siguieran el ejemplo del chileno Augusto Pinochet, quien asumió el poder en medio del caos, pero reclutó a reformistas partidarios del libre mercado y generó una transición hacia la democracia”.

No es primera vez que leo ese tipo de homenajes póstumos. Dejando de lado la mentira de que Pinochet preparó la transición a la democracia (es sabido que entregó el poder gracias a la presión de la calle y por cierto, de los generales que la escucharon) no hay nada que compruebe que el desarrollo económico ocurre gracias a la existencia de dictaduras. Por el contrario: hubo y hay países latinoamericanos que pueden mostrar tan buenos, o aún mejores números que Chile, sin haber pasado por el infierno de una dictadura.

Ni en México ni en Colombia hubo dictadura. El gran desarrollo económico experimentado por Brasil sucedió bajo los gobiernos democráticos de Cardoso y de Lula. Y en Perú no ocurrió como consecuencia del momento antidemocrático de Fujimori, el que comparado con lo que pasó en Chile fue un juego infantil. Pero si aún la mentira que alaba a la dictadura como motor del desarrollo fuera cierta, habría también que alabar a Hitler, pues terminó con la desocupación laboral, reindustrializó la nación y triplicó los salarios. No sé si los actuales defensores de golpes llegarán a tanto. Pienso que si no lo hacen es porque, escondidos detrás de los fusiles son, además de necios, cobardes.

La profesión militar es muy digna. Pero su misión es resguardar la soberanía nacional y nada más. En política no tienen nada que hacer. Esa y no otra es la cien veces repetida lección que nos deja el caso egipcio. Quizás alguna vez, de tanto repetirse, será aprendida.

viernes, 5 de julio de 2013

Egipto: El Golpe


Fernando Mires. Blog POLIS

Las imágenes del 3 de Julio en las calles de El Cairo aparecen ante los ojos de cualquier demócrata como repetición de una mala película. Tanques a lo largo de las calles, multitudes que abrazan a los soldados como si fuesen salvadores de la patria, himnos militares y el discurso solemne de un general quien como el nasserista Abdel Fatan al Sisi, con la bandera nacional como trasfondo, anuncia que el que ha tenido lugar no es un golpe de estado, solo un pronunciamiento destinado a preservar la democracia de sus enemigos.

Los militares, también en Egipto, cuando asumen el poder no vienen de la nada ni actúan como resultado de simples conspiraciones. Suelen ser, por el contrario, emisarios de movimientos que por sí solos no se encuentran en condiciones de derribar a un determinado gobierno. Quiero señalar: no siempre hay detrás de cada golpe una minoría pues los militares, como si tuvieran un sexto sentido político, saben muy bien cuando actuar. Es por eso que muchos golpes de estado ─ no solo en Egipto ─ han sido acciones no exentas de apoyo popular. Alguna vez hay que decirlo.

Detrás de cada golpe hay casi siempre un mal gobierno, entendiéndose por ello a uno que no ha sabido cumplir o ser consecuente con las promesas que lo llevaron al poder. Ese es sin duda el caso de el de Morsi. Surgido de una auténtica revolución democrática y popular, al gobierno Morsi le fueron encargadas tres tareas:1) Construir instituciones democráticas 2) Servir de mediador entre las diversas fracciones que derrocaron a Mubarak y 3) Impulsar el desarrollo económico de la nación.

Morsi no sólo no cumplió con ninguna de esas tres tareas, además realizó lo contrario. Demolió las instituciones públicas, abolió la antigua constitución civil, concentró los tres poderes en uno, el ejecutivo; entregó grandes cuotas de poder a los "hermanos musulmanes" marginando a las fracciones islámicas democráticas y a los sectores laicos (precisamente las fuerzas más activas en la revolución anti-Mubarak de 2011) y, de acuerdo a planes supuestamente distributivos, depreció la moneda, desató la inflación e hizo depender al país de importaciones, sobre todo alimenticias. Lo dicho no entraña, por cierto, una justificación del golpe, pero la verdad es que el mismo Morsi cerró las salidas a una alternativa diferente.

En cierto sentido el golpe militar no fue sólo en contra de Morsi sino en contra de los "hermanos", fracción a la cual pertenece Morsi. Pero "los hermanos" islamistas, organización fundada en 1928 por Hassan Banna, no eran recién llegados. Perseguidos brutalmente durante la dictadura de Nasser y tolerados durante la de El Sadat, bajo Mubarak se convirtieron prácticamente en socios del gobierno, siéndoles asignadas funciones administrativas, poder de base en los campos y sectores suburbanos e importante presencia en las universidades. Además, gracias a las remesas que reciben de Arabia Saudita, lograron convertirse en el grupo político más poderoso y homogéneo del país. Así se explica por qué, durante la rebelión de 2011, fueron los últimos en sumarse a las multitudes anti-dictatoriales.

Las hermandades, después de la revolución, llegaron a ser una especie de "soviets" islámicos. De ahí que siguiendo la consigna "todo el poder a los hermanos" intentaron convertir a la multicultural nación en una república islámica. Si el golpe detuvo o simplemente ha postergado la realización de esa alternativa, nadie puede decirlo todavía.

Falsa es en todo caso la divulgada opinión de que los golpistas de 2013 son representantes de un movimiento laico en contra de un movimiento religioso. Por una parte hay que tener en cuenta que grandes contingentes del ejército, sobre todo en la tropa, son fieles islámicos. Por otra, y esa es quizás la única buena noticia que ha traído consigo el golpe de Julio, diversos grupos islámicos no asociados a las "hermandades" pasaron a formar parte, junto al Frente de Salvación Nacional, de la creciente oposición a Morsi. Es el caso, entre otros, del partido religioso NUR (Luz) que cuenta con el 25% de la votación y cuyo líder Ahmed al Tayeb ha aparecido en televisión junto al representante simbólico de los laicos, el premio Nobel Mohamed Al Baradei.

¿Ha regresado Egipto al punto de partida, a un "mubarikmo" sin Mubarak? Difícil decirlo. Cierto es que gran parte del ejército es todavía pro-Mubarak. No olvidemos tampoco que los militares, cada vez que llegan al poder, lo hacen para quedarse, aunque esta vez tuvieran el recato de nombrar presidente provisorio al máximo Juez de la Corte Suprema, el tranquilo Adli Mansur. Mal aconsejado estarían entonces EE UU y los gobiernos europeos si brindaran apoyo automático a los generales egipcios. Un golpe es un golpe y todo golpe es un atentado a la democracia, por muy precaria que hubiera sido, como en Egipto lo era.

No obstante, si Egipto vuelve al punto de partida, no será al mismo punto de partida. Puede que la oposición, a falta de otra alternativa apoye durante un tiempo a los militares. Pero seguramente esa oposición no ha olvidado los días de la gran rebelión en contra de Mubarak. Tendrá por lo tanto que enfrentar en el futuro a dos enemigos: el fanatismo religioso de los "hermanos", asociados con otras sectas aún más intolerantes, y la tentación dictatorial que se esconde en el corazón de cada general. Para lograrlo sólo hay una alternativa: La unidad. Esa siempre tan difícil unidad.

Si la unidad de la oposición llega a ser posible, puede incluso que el golpe de estado de Julio de 2013 sea visto en retrospectiva como antesala de la segunda gran revolución de los egipcios o, lo que es casi lo mismo: como el segundo capítulo de una misma revolución. Oj-Alá.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Cuidado con Morsi


Mario J. Viera

Ya desde hace algún tiempo vengo considerando que la revolución egipcia se había estancado y retrocedido a favor de las corrientes islamistas favorecedoras de la sharía como ley básica del gobierno. Los últimos acontecimientos me inducen a pensar que no estaba errado en mis consideraciones.

Mohamed Morsi, un ingeniero egipcio muy vinculado a la Hermandad Musulmana, fue electo presidente; considerado por algunos con categoría de estadista por su participación en el conflicto entre Hamas y el Estado de Israel y como un musulmán moderado, algo, no obstante, no huele bien en su personalidad.

Los misiles que Hamas lanza hacia zonas pobladas israelíes proceden de Irán y solo hay un paso a través del cual puedan entrar en territorio de Gaza: Egipto.

Con la disolución de la Cámara de los Diputados el pasado junio, Morsi concentra en su persona tanto el Poder Ejecutivo como el Legislativo. Ahora pretende subyugar al Poder Judicial, convirtiéndose de hecho en dictador.

El 22 de noviembre, Morsi emite un decreto que establece que todas las declaraciones constitucionales, leyes y decretos emitidos por su gobierno no pueden ser apeladas o canceladas por ningún individuo o cuerpo político o gubernamental. Al mismo tiempo en su decreto ─ un verdadero úkase egipcio ─ Morsi establece que ninguna autoridad judicial puede disolver la asamblea constituyente o el Consejo de la Shura (Cámara Alta del Parlamento) en abierto rechazo a la resolución que el 11 de abril emitiera un tribunal administrativo de suspender la Asamblea Constituyente, bajo el presupuesto de carecer de base jurídica dado que en la misma la mayoría está en manos de la Hermandad Musulmana y, por tanto, en ella no están propiamente representados todos los sectores de la sociedad egipcia.

En rechazo al decreto de Morsi, el opositor y Premio Nobel Por la Paz del 2005, Mohammed el-Baradei declaró al conocerse la disposición presidencial: “Hoy Morsi usurpó todos los poderes y se proclamó nuevo faraón de Egipto. Un enorme golpe asestado a la revolución que podría tener consecuencias espantosas

De inmediato grupos laicos opositores a la Hermandad Musulmana y a Morsi se concentraron en la emblemática Plaza de Tahrir produciéndose  enfrentamientos con los partidarios de Morsi y las fuerzas de seguridad.

Posteriormente el Consejo Supremo de Justicia se manifestó en contra del decreto de Morsi declarándole como un ataque sin precedentes a la independencia judicial y exigiendo la derogación del decreto y “apartarse con su declaración constitucional de todo lo que perjudique al Poder Judicial y sus prerrogativas”. Entre tanto, el Club de Jueces de Alejandría acordó “suspender las actividades en todos los tribunales y las fiscalías de las provincias de Beheira y Alejandría

Durante las protestas, en las ciudades de Suez, Ismailiya  y Port Said se incendiaron varias sedes del Partido Libertad y Justicia, órgano político de la Hermandad Musulmana.

El gobierno de Barak Obama ha reaccionado ante los acontecimientos producidos en Egipto. Victoria Nuland vocera del Departamento de Estado declaró: “Las decisiones y declaraciones del pasado 22 de noviembre despiertan recelos entre muchos egipcios y también en la comunidad internacional. Una de las aspiraciones de la revolución fue asegurar que el poder no se concentraría en las manos de una sola persona o institución”.

En realidad todo parece indicar que la revolución egipcia  se ha convertido en la transición del gobierno de Mubarak hacia el gobierno de un tipo de Mubarak pero de corte islamista, lo que sería peor.

Definitivamente hay que advertir: ¡Cuidado con Morsi!

jueves, 22 de noviembre de 2012

Oriente Medio: Entre la guerra y la política


Fernando Mires. Blog POLIS

Otra vez con monótona maldad volaron misiles de lado a lado; el Gaza es un río de sangre; los daños colaterales son superiores a los militares. Otra vez las opiniones se dividen. Otra vez, quizás con una coma más, los especialistas publicarán lo mismo que durante la penúltima guerra. Otra vez el Hamás, cuyos cohetes apuntan militarmente hacia el sur de Israel pero políticamente en contra de Al Fatah, volverá a ganar elecciones en Palestina. Otra vez la derecha política vencerá en Israel. Otra vez la misma historia se repetirá en un par de años, quizás de modo más intenso y cruel todavía. Y otra vez deberé suspender por un tiempo mis contactos con amigos musulmanes y judíos pues discutir con ellos, bajo estas condiciones, es imposible.

Sin embargo, si bien los acontecimientos parecen repetirse, ellos están ocurriendo sobre un escenario que ya no es el mismo de siempre: Es el emergido como consecuencia de las rebeliones antidictatoriales que tuvieron lugar durante 2011 de las cuales la insurrección siria parece ser su último capítulo.

Concuerdo entonces con la opinión de una editorial del diario El País (17. Nov.2012) en donde se afirma que el momento del inicio de la guerra en Gaza no pudo ser peor elegido.

Efectivamente, cuando Israel decidió responder masivamente a las provocaciones del Hamás, el desordenado reordenamiento (valga la paradoja) del espacio árabe había alcanzado insospechados resultados: Las líneas divisorias estaban más definidas que nunca en torno al tema sirio.

Por una parte, la Liga Árabe formada por gobiernos que en su mayoría siguen al sector más moderado del Islam, condenaba por unanimidad a la tiranía de Assad. Por otra, la oposición siria había alcanzado su máximo grado de unidad, obteniendo incluso el reconocimiento oficial de Merkel, Hollande, Cameron  y Obama.

Israel ya había actuado unilateralmente al responder a proyectiles provenientes desde territorio sirio (12 de Noviembre) lo que evidentemente pareció favorecer las posiciones de Assad quien aprovechó la oportunidad ─ como una vez hizo Saddam Hussein en Irak ─ de jugar la carta anti-israelí a fin de aglutinar al mundo islámico en su torno. Lo asombroso fue que esta vez, a diferencia de lo ocurrido con Hussein, Assad no obtuvo acogida en lo gobiernos árabes: Sus llamados cayeron en el vacío.

La línea demarcatoria ya la había puesto ese gobernante que comienza a perfilarse como líder del mundo árabe, el egipcio Mohamed Morsi, quien en la conferencia de los “no alineados” en Teherán (fines de Agosto) acusó a Irán de apoyar en Siria a una de las más criminales dictaduras del planeta. De este modo, a la hora de la intervención israelí, el conflicto estaba centrado en dos ejes islámicos los cuales trascienden a la propia zona árabe.

A un lado el eje Siria-Irán apoyado indiscretamente por la Rusia de Putin. Al otro, un eje formado por Egipto como conductor político, Arabia Saudita como potencia económica y Turquía con ese poder militar del que dispone como socio de la NATO. Naturalmente, a mediano plazo el primer eje tiene todas las de perder, más si se tiene en cuenta que el segundo recibe apoyo de la UE y de los EE UU.

De más está decir que una victoria del segundo eje, en tanto aislaría a Irán, debería contar con el beneplácito de Israel. Por eso es muy sorprendente que el gobierno de ese país hubiera decidido descentralizar el conflicto con Siria para re-centrarlo en el clásico esquema Israel-Palestina. Al parecer ─ no cabe otra respuesta ─ en Israel la lógica militar reina por sobre la política. Las divisiones inter-islámicas no juegan en las decisiones militares ningún papel. Quizás prima en algunos círculos la opinión difundida en países occidentales de que, más allá de cualquiera divergencia, los gobiernos “islamistas” son una tropa de incapacitados políticos, proclives a la guerra y al terrorismo, quienes sólo pueden entender el lenguaje de la violencia.

Naturalmente los gobiernos árabes han solidarizado con Palestina (¿cabía esperar lo contrario?) pero ─ hecho sorpresivo ─ no con el Hamás, por lo menos no de modo explícito. Esa es la razón por la cual Merkel y Obama pidieron a Morsi que intercediera frente al Hamás. Eso no quiere decir, y ambos mandatarios lo saben muy bien, que el presidente egipcio sea un mediador.

Mohamed Morsi de acuerdo a su cultura y a su religión no oculta simpatías por Palestina, y quizás es bueno que así sea. Tampoco es un aliado ni estratégico ni táctico de Occidente. Pero ─ y la sutil diferencia es importante ─ sí es un muy válido interlocutor político. Esa es, por ejemplo, la diferencia entre Morsi y su antecesor Mubarak quien era aliado de Occidente pero por eso mismo no podía ser un interlocutor político para nadie. Ese hecho objetivo, además de sus notables cualidades políticas, son las razones por las cuales Morsi se está convirtiendo ─ si no en un Nasser islámico como adujo un ingenioso comentarista ─ en un líder indiscutido de la región.

La comunicación  de Morsi con las potencias occidentales es óptima. La sintonía con Erdogan en Turquía es perfecta. Tanto en Túnez como en Libia, tanto entre los difíciles jeques saudíes como en la resistencia siria, tanto en Jordania como en Líbano, su voz es escuchada con admiración y respeto.

Alguna vez deberá terminar esa guerra sin vencedores que es la de Gaza. Eso lo sabe Morsi. También lo sabe Obama. Y como los dos lo saben, actuaron juntos. Obama conversó con Benjamín Netanjahu. Morsi hizo lo mismo con Jaled Mashaale, líder del Hamás. El cese del fuego declarado el 20 de Noviembre fue un breve triunfo de la política por sobre la guerra.

No deja de ser interesante mencionar que en medio de la guerra Obama viajó a Birmania. ¿Intentó escapar del conflicto en Gaza? En ningún caso. Si uno observa con cierta detención la estadía de Obama en Birmania permite notar que ella está cargada de símbolos.

Desde un punto de vista comercial, Obama viajó a un país del sudeste asiático considerado como reservado natural de la economía china (¿Respuesta a la agresiva política económica de China en Europa y en América Latina?) Pero desde un punto de vista político viajó a un país que, pese a no ser todavía democrático, ha hecho muchos avances en materia de derechos humanos. Luego, el suyo es también un mensaje a los gobiernos árabes ─ incluyendo al que regirá en Siria en el futuro próximo ─ uno que dice más o menos así: “Podéis contar con nuestro apoyo siempre y cuando no intentéis erigir nuevas dictaduras”. Mensaje que deben haber entendido muy bien los musulmanes esclarecidos pues en Birmania miles de musulmanes han sido objeto de persecuciones llevadas a cabo por budistas

¿Detalles sin importancia? Quien sabe. Pero el dicho alemán que reza: “el diablo se esconde en detalles” ha probado ser válido en no pocas ocasiones. De tal modo que ese abrazo y beso que intercambiaron la admirable disidente Aung San Suu Kyl y el presidente Obama puede que no sea un detalle sin importancia. En todo caso es difícil imaginar a Aung abrazando a Bush; o a Romney.

Esos detalles son al fin los que llevan a los grandes acontecimientos de la historia, o lo que es lo mismo: cada gran acontecimiento está precedido por múltiples detalles.