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sábado, 6 de mayo de 2023

Rusia: TOTALITARISMO Y DICTADURA PERSONAL

Jan Claas Behrends

Tomado del Blog Polis: Cultura y Política

 

 


En 1951, en su “Elementos y orígenes de la dominación total”, intentó Hannah Arendt entender el totalitarismo como una nueva forma de gobierno que ya no podía ser asimilada con los instrumentos tradicionales de la ciencia política. La filósofa reconoció el imperialismo y el antisemitismo como bases históricas y a un movimiento radical de masas como portador del dominio total. Cuando revisó su trabajo en 1966, se preocupó por China, pero al mismo tiempo afirmó que con la muerte de Hitler y Stalin, la "historia que este libro tiene que contar ha llegado a su fin, al menos por el momento". ser". Hoy vemos que tenía razón con su formulación cautelosa. De hecho, la historia de la dominación total terminó solo temporalmente.

Hoy continúa en China y Rusia. Bajo el gobierno de Xi Jinping, el Partido Comunista combinó las tecnologías digitales con los campos de trabajo que conocemos del siglo XX. A pesar de una era de liberalización económica, nunca ha renunciado a su poder. En la Rusia de Putin, en cambio, el resurgimiento del totalitarismo es mucho más arcaico. Está marcado por la propaganda, el miedo, la represión y una guerra genocida contra Ucrania. En Moscú están reapareciendo los patrones básicos de dominación total descritos por Arendt.

Paralización en lugar de movimiento: la desmovilización de la población

A menudo han sido analizados los efectos de la guerra de agresión rusa en Ucrania, Alemania y Europa. Occidente prestó menos atención a la rápida transformación de Rusia, que se ha estado moviendo hacia la dictadura total desde el comienzo de la guerra. Aquí nos encontramos con un nuevo fenómeno: Rusia, el primer país en abandonar históricamente el totalitarismo, ha terminado por reintroducirlo reintroducirlo, varias décadas después. ¿Cómo nos explicamos eso?

Cuando Vladimir Putin llegó al poder en 1999, comenzó el desmantelamiento selectivo de los derechos políticos en Rusia. El resultado fue un estado autoritario escondido detrás de una fachada democrática. Pero el régimen de Putin inicialmente no tenía ambiciones totalitarias. Más bien apostó por una verticalidad autoritaria en el poder, despojó a los oligarcas y controló el parlamento y los medios de comunicación. Al mismo tiempo, sin embargo, toleró espacios de juego designados para la oposición liberal e intervino a medias en la ciencia y la cultura. El régimen de Putin se basó en la desmovilización: el ciudadano ideal se dejaba controlar por la televisión estatal y se quedaba en casa en el sofá disfrutando de una  modesta prosperidad. El consumo y los medios deben poner a dormir a la población. El modo de gobierno de Putin fue el estancamiento, no el movimiento.

Guerra genocida en Chechenia

Pero en retrospectiva también vemos que las áreas centrales de dominación total en Rusia permanecieron intactas. Estos incluyen, en el espíritu de Hannah Arendt, la identidad imperial de Rusia, que es más antigua que la URSS y da forma a la conciencia de la élite. Además, está la policía secreta, de la que procede el propio Putin y cuyos métodos han cambiado, pero se sitúa firmemente en la tradición de la NKVD de Stalin. El ejército no fue reformado ni antes ni después de Gorbachov: es una fuerza militar que también se usa contra su propia población y en cuya imagen propia los derechos humanos y el derecho internacional no juegan ningún papel. Ya en la década de 2000, el ejército ruso demostró que estaba preparado para librar una guerra genocida en Chechenia. La violencia contra los civiles está en su ADN. El imperio, la policía secreta y la fuerza militar siguieron siendo parte de la cultura política en Rusia después de 1991. Sobre estos pilares se podría reconstruir la dictadura.

A nivel mediático, la normalización de las mentiras y un culto a la guerra ininterrumpido llevaron a hacer retroceder hacia la dictadura. Los medios rusos relativizaron la diferencia entre realidad y ficción. Los tópicos soviéticos se encontraron con la arbitrariedad posmoderna. Pronto se hizo cada vez más difícil para los individuos juzgar racionalmente. Aquí, el carácter protototalitario de la primera era de Putin fue quizás más evidente: en el ataque integral a “la persona moral del hombre” en el sentido de Hannah Arendt. El régimen ruso creó una sociedad en la que se debe mostrar lealtad al estado autoritario, a sus corruptos representantes y, cada vez más, a los inescrupulosos y violentos que marcan la pauta en esa sociedad. Incluso aquellos que no creían en la propaganda de Putin aprendieron a conformarse o tuvieron que irse. No había ni hay ningún derecho formal en Rusia al que los ciudadanos puedan invocar. Lo que importa es el poder. Dado que la naturaleza del estado en Rusia no cambió, hubo una oportunidad de volver al camino totalitario.

La reestructuración de Rusia bajo Putin fue un proceso largo. Hacia 2008, el gobernante agregó un segundo eslabón sy entregó la presidencia a Dmitry Medvedev para mantener la apariencia de las reglas constitucionales. El régimen se esmeró en generar buenos resultados electorales para mantener así una apariencia de procedimientos legales. Pero la guerra contra Ucrania derribó estas fachadas, hechas al estilo del acorazado Potemkin. Detrás apareció la cara de hierro del poder total.

Vacío moral y desaparición de la libertad individual

Desde febrero de 2022, la radicalización se ha acelerado. El régimen ha eliminado las últimas libertades en público, en los medios (sociales) y en la ciencia. El poder judicial ya no se limita a las condenas de individuos, sino que toma medidas brutales contra las opiniones disidentes y la oposición. Ya nadie está a salvo, ni los periodistas extranjeros ni los blogueros militantes radicales. Los que no se comportan lealmente, los que se desvían, arriesgan su existencia física. De cada ciudadano se espera una ilimitada conformidad. Cualquiera forma de oposición se considera "extremismo" y puede ser sancionada de inmediato.

El régimen domina todo el espacio público y no tolera protestas simbólicas. Como en la dictadura comunista, la protesta se equipara a la traición. La represión es ahora omnipresente y , como dijo Arendt, es "la ley que hace desaparecer el campo de acción que significa la libertad". De esta destrucción de la civilidad se deriva la reciente atomización de la población, y por eso cada vez más difícil organizar una  protesta. Los rusos han vuelto a quedar solos, librados a si mismos: su último refugio es la propia familia. La humillación es un lugar común, el vacío moral la normalidad, el pensamiento conspirativo es omnipresente. La sociedad rusa vive en otra realidad .

En sus métodos de gobierno, el putinismo tardío utiliza los instrumentos del gobierno total descritos por Hannah Arendt: propaganda, terror y violencia. Sin embargo, no llega al tipo ideal que ella diseñó. El gobierno total de Putin se basa en el legado de Stalin, se basa en la experiencia soviética y se sostiene sobre las ruinas del imperio. Pero le falta es una ideología estricta y una promesa para el futuro. Putin no promete ningún reino de los cielos en la tierra, su sueño es la restitución de la grandeza perdida. Su futuro siempre está en el pasado. Además, no hay ningún movimiento social -como en el comunismo o em el fascismo- que apoye al régimen. No es la emoción y el entusiasmo, sino el vacío y el miedo lo que caracteriza a las élites de Putin. La guerra contra Ucrania no es el camino hacia un mundo mejor, sino otro salto hacia la oscuridad.

Putin está solo

Los hombres grises en los pasillos del Kremlin también lo sospechan. Si bien Putin y su séquito no tienen reparos en utilizar los métodos de Lenin y Stalin, su sueño no es más que nostalgia. Quieren retornar l tratado de Yalta a toda costa. No más, pero tampoco menos.

Para Occidente, sin embargo, es crucial comprender el cambio de régimen en Rusia. Debemos entender que Vladimir Putin estableció su dictadura personal dentro del sistema autoritario de Rusia. Decide sobre la guerra y la paz. Entiende que, como otros dictadores antes que él, no puede permitirse el lujo de mostrar debilidad. Esto anunciaría el final de su gobierno. Por su conocimiento de la historia rusa, entiende lo que les sucedió a Nicolás II, Jruschov y Gorbachov. Perdieron poder y respeto, y el zar perdió la vida. La élite rusa no perdona a los perdedores.

Putin en febrero de 2022 apostó todo a la carta militar. En una operación especial rápida, quería sentar las bases para una revisión de 1991. No tuvo éxito. Para asegurar su propia supervivencia política y física, ahora intenta someter por completo a Rusia. Nadie desde Stalin ha ejercido tanto poder personal como Vladimir Putin. La Rusia de Putin va camino de la desdiferenciación y la arcaización. La dominación total fue y es disfuncional, pero tiene un propósito específico: impide alternativas políticas. Esto también se aplica a la Rusia de Putin.

Para Occidente, esto significa que mientras Putin esté en el poder, no habrá oportunidades de negociación. El poder y la vida de Putin dependen de que no admita sus errores. Quienes lo rodean esperan cualquier señal de debilidad para derribarlo. Como Stalin antes que él, debe dar constantemente pruebas de su  omnipotencia. Un retorno a un autoritarismo más moderado, un compromiso con Ucrania, reformas económicas o la entrega del poder a un sucesor ya no son opciones para él. Nadie podía garantizar la seguridad del dictador retirado. Él está solo. Por lo tanto, es tarea de los estados occidentales limitar sus opciones y señalar a las élites rusas que hay un futuro más allá de Putin y su régimen neototalitario. Hasta entonces, es importante comprender que el totalitarismo deficiente de Putin representa un peligro no solo para Ucrania, sino también para Europa y el mundo. Y que China, como sospechaba Hannah Arendt, podría representar una amenaza aún mayor en el futuro (FAZ).

Jan Claas Behrends es profesor de Historia de Europa del Este en el Centro Leibniz de Historia Contemporánea de Potsdam y experto en la cultura de la violencia en las sociedades soviética y postsoviética. 

viernes, 9 de febrero de 2018

Chusma Tuitera


Fernando Mires. Blog POLIS



Cuando el año 1996 escribí mi libro “La Revolución que nadie soñó” intenté demostrar como los grandes cambios históricos que tienen lugar en los espacios socioeconómicos y políticos suelen anunciarse en crisis de paradigmas o “modos de pensamiento”. Persiguiendo a esa tesis proyecté algunas opiniones aún vigentes de Thomas S. Kuhn hacia el campo de la reflexión política. Así pude percibir que entre las innovaciones tecnológicas (me refería específicamente al “modo de producción digital”), manifestaciones de género, luchas ambientales y procesos de democratización política, hay lazos de equivalencia que permiten detectar el surgimiento de nuevos paradigmas.

Noté, asimismo, que todas esas innovaciones paradigmáticas se expresaban en movimientos sociales y políticos de indudable contenido libertario. En fin, se trataba de una revolución no prevista: “La revolución que nadie soñó”.

Así fue como los nuevos paradigmas lograron imponerse en los mundos académicos, literarios, cinematográficos y comunicacionales, hasta que llegó un tiempo –tiempo que ahora vivimos – en donde esos paradigmas dejaron de ser tan nuevos, algunos de sus postulados mostraron síntomas de petrificación y muchos líderes de los movimientos de ayer pasaron a ser celosos guardianes de ideas estancadas, intolerantes bonzos de códigos mentales e implacables representantes del “pensamiento correcto” e, incluso, “del lenguaje correcto”.

Se cumplía así una tendencia propia a todos los movimientos sociales y políticos. Por muy dignos y loables que sean los postulados originarios es imposible evitar que en su nombre aparezcan radicalismos, extremismos y fundamentalismos. O que en nombre de la tolerancia surjan las posiciones más intolerantes que es posible imaginar. Los movimientos ecologistas vivieron y aún viven esa crisis divididos en “fundamentalos” y “realos”. Los movimientos feministas también. Perfectamente explicable entonces es que haya surgido una reacción contraria a los supuestos propietarios de “lo políticamente correcto”. Así han reaparecido hoy llamados a la diversidad y al respeto a las diferencias. Al derecho a ser uno mismo y gozar de la libertad que otorgan los cuerpos siempre y cuando no contravengan a la constitución y a las leyes. O simplemente, a esa mínima libertad para nombrar a la mujer morena que me gusta como “mi negrita” y no como “mi afroamericanita”.

Fue el escritor judío-americano Philip Roth en su famosa novela “La Mancha Humana” uno de los primeros en reaccionar en contra del “dogma del pensamiento correcto”. La historia de un académico (un “negro blanco” que aparentaba ser judío) quien por el solo hecho de referirse a dos estudiantes que nunca aparecían en clase (sin saber que esos estudiantes eran negros) como a dos “figuras oscuras”, y la seguidilla trágica que arruinó su brillante vida profesional, marcó un hito en la legítima reacción en contra de la “dictadura del pensamiento correcto”.  Esa lucha continúa. Recientemente apareció en ese grupo de mujeres liderada por Catherine Deneuve en contra de algunas exageraciones ultrarradicales del feminismo norteamericano. Pues una cosa son las legítimas reivindicaciones de género y otra muy diferente es la negación del placer, del erotismo, de los deseos sexuales, y del encuentro amoroso de los cuerpos. Ese fue el mensaje de la “Belle de Jour”.

Podríamos decir entonces que en oposición al “pensamiento correcto” ha surgido una reacción democrática- cultural. Sin embargo, como toda manifestación cultural, esta también ha nacido dividida. A un lado -es el caso del grupo de la Deneuve- están quienes se oponen a los guardianes del “pensamiento correcto”. Pero al otro lado ha aparecido una camada de machistas, racistas y fachos quienes en nombre de la lucha en contra de la corrección política y de los por ellos llamados “progres” pretenden mover los punteros del reloj hacia horas anteriores a los propios movimientos sesentistas. Estamos hablando de una nueva ola, o si se prefiere, de una contrarrevolución cultural de nuestro tiempo. Sus seguidores son fachos y no fascistas.

Por si alguien no entendió, aclaro: un facho es un tipo psico-cultural y el fascista un militante político. O lo que es igual: si bien todos los fascistas son fachos, no todos los fachos son fascistas. En consecuencia, hoy estamos situados frente a tres tendencias: los fundamentalistas del “pensamiento correcto”, los demócratas que defienden el derecho a las diferencias, y los fachos psico-culturales. Los terceros suelen ocultarse en el campo de los segundos, pero son muy distintos. Tendencia altamente peligrosa pues a diferencia de los segundos, quienes solo representan una corriente cultural, los terceros ya son gobierno en algunos países.

Fue Hannah Arendt quien descubrió que el fascismo surgió como resultado de la que ella entendió como “alianza entre la chusma (Mob) y las elites”. Para Arendt la chusma provenía de la “desintegración de la sociedad de clases”. Bajo el término “elites”, a su vez, Arendt hacia referencias a grupos que ocupaban un papel dominante en la economía y en la política. La “chusma”, por el contrario, estaba formada por personas des-individualizadas, disueltas en el magma de la masa.

Claro está: en los tiempos de Arendt no existía la internet. Si hubiera sido así, Arendt habría descubierto que hoy la chusma no se hace tanto presente en las calles como en las redes digitales, particularmente en twitter. “Chusma tuitera” la he denominado en algunos textos.

“Chusma tuitera”: miles y miles de personajes oscuros que usan las nuevas formas de comunicación para difamar, mentir y sobre todo insultar al prójimo, mediante vocablos racistas, sexistas, machistas y – últimamente ─ en contra de personas de edad avanzada.

Al igual que los fascistas de ayer, los fachos de hoy son esencialmente biologistas. Algunos creen pertenecer a las elites, ocupan puestos universitarios y se hacen llamar a sí mismos, intelectuales. Pero al facho que llevan dentro no lo pueden controlar. Se les sale apenas se sienten cuestionados por alguien que los supera no solo en edad, sino en conocimientos y cultura. Entonces te mandan a la geriatría ─ por lo menos ─ aunque esos sosos y mal donados saben que gozas de mejor salud física y mental que ellos.

Al mencionar estos hechos, recuerdo que hace un par de meses Mario Vargas Llosa publicó un interesante texto en contra del nacionalismo catalán. Me llamó la atención la larguísima lista de “lectores” que comentaron esa publicación. Cientos y cientos. Por mera curiosidad comencé a leerlos. Puedo asegurar: más del noventa por ciento dedicaba sus comentarios a insultar al escritor con epítetos sexistas y gerontofóbicos, como si Vargas Llosa hubiera cometido un crimen al atreverse a opinar en sus muy bien llevados ochenta años. Debo reconocer que un sentimiento de ira me invadió. ¿Qué se habrá imaginado esa sarta de iletrados, seres incultos, desgraciados mentales, al ofender de ese modo al laureado escritor? Al final llegué a una conclusión: son fachos, simplemente fachos.

Los fachos comparten con los fascistas las mismas fobias. Suelen ser homofóbicos, xenofóbicos, misóginos, y por supuesto, gerontofóbicos. En todos esos casos son biologistas-políticos. Es decir, se trata de gente incapaz de soportar la miseria espiritual de sus vidas y por lo mismo la de los cuerpos que las portan. El odio a la vejez de Vargas Llosa manifestado por sus “lectores” no podía ocultar el miedo a ellos mismos y a sus pobres vidas. Sobre todo, el miedo a la muerte. Y como se supone que por cronología los viejos están más cerca de la muerte que de la vida, los viejos –como representantes simbólicos de la muerte- deben ser aislados o sacados de la escena pública. El fascismo, sobre todo el de Hitler, supo servirse perfectamente de los miedos a la vejez y al envejecer.

El llamado “arte nacional socialista” exaltaba en sus pinturas y esculturas la vitalidad atlética y la salud de los cuerpos jóvenes, pero no su erótica, sino solo sus músculos. Por el contrario, llama la atención que en las miles de caricaturas donde los nazis representaban a los judíos, casi nunca aparecen judíos jóvenes. Tampoco mujeres. Solo viejos con las narices y las uñas largas.

El racismo y la gerontofobia son dos plagas que suelen venir unidas. Son las dos caras de una misma moneda. Y queramos o no, estamos rodeados de fachos por todos lados. La chusma tuitera es solo un ejemplo. El problema, por lo mismo, no es ese. El problema es que en un momento determinado esos fachos pueden llegar a ser nuevamente manipulados por líderes y caudillos políticos.


¿Quién por ejemplo no ha visto a Putin cuando se hace fotografiar con el torso desnudo y un fusil? El mensaje simbólico es clarísimo: soy un hombre vital, fuerte y poderoso. No como esos liberales y “progres” que defienden a maricones y lesbianas. Yo en cambio defiendo los valores de la patria en contra de sus enemigos: los decadentes que anhelan destruir nuestra juventud, nuestra virilidad, nuestras familias, nuestro honor. ¿No hace al fin lo mismo el ex futbolista Erdogan cuando manda apalear a los homosexuales en las calles? Trump, en cambio, pone el acento en su odio a los intelectuales y a los extranjeros (sobre todo en contra de los latinos pobres.)  Y como no puede fotografiarse con el torso desnudo, a lo Putin, para exaltar su supuesta virilidad debe conformarse con un ridículo tupé.

Y hasta el mismo dictador Maduro, cuando baila salsa como si fuera un elefante de circo ¿no intenta transmitir a “su” pueblo hambriento un mensaje de alegría, juventud y virilidad? Esos personajes –hay muchos más-  han sido todos cortados con la misma tijera. En cierto modo representan en sus personas la alianza entre las elites y la chusma de la que nos hablaba Hannah Arendt. Elites porque controlan el poder. Chusma porque hacen ostentación pública de sus infinitas vulgaridades.


Los fachos, vale decir, esos tipos psico-culturales que profesan diversas ideologías y creencias, esos seres odiantes acomplejados y resentidos que pululan en todos los partidos (incluyendo los democráticos) y hoy en la inextricable jungla tuitera, solo esperan el momento para convertirse en lo que pueden llegar a ser si logran articularse con determinadas elites de la economía y de la política: reaccionarios exponentes de los paradigmas de la pre-modernidad en pleno corazón de la post-modernidad. 

No son fascistas. Son fachos. O, si se quiere, fascistas en potencia.

martes, 12 de diciembre de 2017

La feria de los tiranos

Tulio Hernández. Diario EL NACIONAL



 Eso de querer mantenerse en el poder supremo hasta el día de la muerte es contagioso. Podría pensarse que era una obsesión propia de tiranos del siglo XIX y del XX. Que Fidel Castro y Robert Mugabe eran dinosaurios de una especie en extinción. El primero, porque a los 90 años de edad había acumulado 49 como el hombre fuerte del gobierno comunista cubano. El segundo, porque a los 93 tenía en su cuenta 37 años continuos como presidente de la República africana de Zimbabue. Pero no era así.

Resulta que el siglo XXI, ahora con una mascarada democrática, se ha inaugurado con un grupo de presidentes electos que no se resignan a abandonar el poder y que, como Franco o Juan Vicente Gómez, aspiran a entregarlo solo después de la muerte.

Hugo Chávez era el más impúdico. Se hizo una Constitución prêt-à-porter que establecía la elección infinita. Anunció, primero, que necesitaba gobernar hasta 2018. Luego hasta 2025. Y lo hubiese alargado sucesivamente de no ser por la penosa enfermedad que lo mandó de Miraflores al Cuartel de la Montaña.

Algo más o menos parecido es lo que ha hecho Putin en la Federación Rusa. A la edad de 65 ya ha acumulado 3 mandatos que suman 18 años ejerciendo la Presidencia de la República; y ya lanzado a la campaña electoral para ejercer el cuarto mandato, todo parece indicar que llegará, sin trabas, a los 24 años de gobierno. El mismo tiempo que Stalin.


Lo mismo vale para ese político reptil nicaragüense llamado Daniel Ortega. Salvo por la interrupción que significó la derrota que le propinara Violeta Chamorro en las elecciones de 1989, el acariciador de hijastras lleva ya 4 períodos que, de llegar el actual a 2021, como está estipulado, le daría el total de 25 años gobernando el sufrido país centroamericano. Solo 5 años menos de los que gobernó a República Dominicana el temible dictador Rafael Leónidas Trujillo.

La salud de una democracia se puede medir por su capacidad para la alternancia. Y su decadencia, por el tiempo indefinido que pueda durar un presidente en ejercicio. En los casi 15 años que Hugo Chávez gobernó a Venezuela, Francia tuvo como presidentes a Chirac, Sarkozy y Hollande. Y Costa Rica, a Rodríguez Echeverría, Pacheco, Arias, Chinchilla y Solís Rivero.

No es casual que en el presente los presidentes que tienen más tiempo ejerciendo el gobierno sean todos de repúblicas africanas no democráticas y, en su mayoría, estén acusados en los tribunales internacionales por corrupción y genocidio. Teodoro Obiang Nguema preside Guinea Ecuatorial desde 1979. El mismo año desde cuando José Eduardo dos Santos lo hace en Angola. Sin olvidar que Mugabe comanda Zimbabue desde 1987. Y Omar al Bashir a Sudán desde dos años después, 1989.


Ahora la obsesión de morir como Franco o Gómez con el poder en la mano le ha picado a Evo Morales, el presidente boliviano. Luego de 4 períodos gubernamentales, Morales se ha convertido en el presidente que por más tiempo ha gobernado Bolivia. Si concluye el mandato actual habrá acumulado 20 años al frente del gobierno. Y si logra cambiar la Constitución, como se lo ha propuesto, podría lograr otro período y llegar hasta los 25. Entre sus partidarios hay quienes proponen que es mejor decidir desde ya que Evo gobierne “para siempre”.

Claro, eso no lo pude garantizar nadie. “Para siempre” se había preparado Mugabe, un hombre de 94 años, pero se le interpuso en su camino su segundo de a bordo, Emmerson Mnangagwa, tan asesino como él, y hace quince días lo obligó a dimitir. “Para siempre” está preparado en Argelia Abdelaziz Buteflica, un enfermo terminal, anclado en una silla de ruedas, sin capacidad para comunicarse, pero preparado para seguir ganando elecciones, y solo el destino sabe si las próximas puede llegar a perderlas. Y “para siempre” estaba destinado Rafael Leónidas Trujillo, alias “Chapita”, por su gusto por las condecoraciones, hasta que un comando de demócratas lo esperó en una carreteara y a balazos le impidió terminar su último periodo presidencial.


No todos los tiranos tienen la suerte de aflojar el poder solo con el último suspiro.

jueves, 1 de diciembre de 2016

LA RUSIA DE PUTIN IMPULSA UN NUEVO MODELO DE GUERRA FRIA: EL ATAQUE CIBERNETICO (El Fantasma)

CIBER-ATAQUE

Fernando Mires. Blog POLIS


Tengo la impresión de que el Domingo 27 de Noviembre fui atacado por Vladimir. Y en mi propia casa. No, no estoy paranoiando. Voy a explicar el porqué.

Ese día por la tarde, habiendo puesto punto final a un artículo, me disponía a enviarlo al periódico. Mas, la internet no funcionó. Hice lo imposible. Leí las instrucciones tres veces. Enchufé, desenchufé, lancé trescientas maldiciones al aire y para no arrojar el computador por la ventana, decidí esperar hasta el día siguiente.

Llamé entonces a un amigo para comentar los partidos de fútbol del día anterior. Pero el teléfono tampoco funcionó. Encendí a la televisión, cualquiera cosa que me distrajera. Solo se veían rayas de cebras. Debo confesar: por un momento me sentí perdido. De pronto yo estaba  desconectado del mundo.

Decidí al fin volver a los antiguos tiempos y hojear un libro de papel, el primero que encontré. Ni aunque lo hubiera solicitado: John Updike: Hacia el fin del tiempo. Narra la vida de unos personajes en EE UU después de que el país fuera destruido por una bomba atómica.

Al día siguiente mi esposa me despertó muy temprano con la noticia: 900.000 usuarios de Telekom ─ de la cual soy antiguo cliente ─ habían sido afectados por un hacker. Uno de esos usuarios era yo. La noticia agregaba que los técnicos de la Telekom y los del gobierno estaban trabajando juntos para restablecer el orden y averiguar el origen del ciber-ataque.

El día Martes 29 el noticiero del mediodía reveló que el ciber-ataque había sido perpetrado desde Moscú. No voy a extenderme en detalles -la verdad, de cosas digitales no tengo la más santa idea-. Pero la noticia fue dada por el BSI (Departamento de Seguridad y Técnicas de Información en Alemania) es decir, poseía un status oficial. El BSI acusó directamente al gobierno de Putin de intervenir en las redes digitales europeas. Precisamente el día anterior, A. Merkel había leído un comunicado señalando que su gobierno estaba dispuesto a enfrentar ataques cibernéticos de origen externo (ella, tan prudente, no nombró a Rusia).

La noticia no me extrañó. Desde Moscú proviene la mayoría de los hacker que asolan Europa. No se trata de simples sospechas. Naturalmente el gobierno ruso niega dichas acusaciones y estas ─ como ocurrió en el caso de la intervención cibernética en las elecciones norteamericanas- no podrán ser probadas. Imposible que lo sean. Las empresas cibernéticas rusas ─ es lo que he podido averiguar ─ no son organizaciones gubernamentales. En el hecho se trata de ONGs que prestan servicios especiales al gobierno. En otras palabras, mafias organizadas. Putin, en lugar de intervenirlas, ha logrado centralizarlas en torno a un núcleo al que solo muy pocos tienen acceso, sistema que ha hecho extensivo a diversas ramas de la economía y de la política. Así como a Iván el terrible lo llamaron el Zar de toda las Rusias, en Rusia el humor público denomina a Putin como el Presidente de todas las mafias.

La noticia del ataque ruso no fue, sin embargo, reiterada en los medios. Pero tampoco hubo desmentido. Eso no es nuevo. Según mi experiencia con los medios ─ de esto entiendo algo más que de nomenclaturas digitales ─ los gobiernos recurren a este procedimiento a guisa de advertencia, dando a conocer que están informados de hechos sobre los cuales por razones políticas o diplomáticas no desean insistir.

El ciber-ataque a los usuarios de Telekom no fue un incidente sin importancia. Para algunos entendidos se trata de un ensayo general. Para otros, de un plan fracasado destinado a sistematizar diversas redes en un solo paquete y lograr así tener acceso a caudales de informaciones.

En cualquier caso el gobierno ruso ha comprendido muy bien la importancia de las agresiones cibernéticas. A través de ellas pueden llegar a controlar infraestructuras completas como los sistemas de salud, educación y, por supuesto, a los partidos, al personal gubernamental y no por último, al militar; ni hablar de las transacciones bursátiles.

Así como nuestros antepasados dependían del fuego (el primer mono que descubrió el fuego se hizo hombre y con ello hizo de la hembra una mujer) hoy dependemos del control de los medios digitales de comunicación. A través de la comunicación digital la sociedad se piensa a sí misma. Pero si es alterado el sistema cibernético, deja de hacerlo.

La sociedad es comunicación, enseñó Jürgen Habermas, antes de que aparecieran las redes digitales. Para hacer una analogía, un ataque cibernético es a lo social un equivalente a un infarto cerebral en lo individual pues los mecanismos digitales son transmisores que nos comunican con el resto del mundo. Y bien, ese día Domingo, casi un millón de seres humanos fuimos desconectados de este mundo por decisión de un gobierno, según el BSI.

Los tiempos han cambiado. Antes, para desconectarnos del mundo era necesario hacer volar puentes y destruir caminos. Hoy basta una artera programación cibernética y un gobierno inescrupuloso para que eso sea posible.

Imagino, es lo más probable, que entre esos 900.000 usuarios de Telekom había más de uno con problemas de salud. Un paro cardiaco por ejemplo. Alguien que intentó llamar al servicio de urgencia justo cuando los teléfonos enmudecían. No es broma. Ese señor o esa señora deben estar muertos.


Estoy convencido de que si estalla una futura guerra mundial (ojalá el diablo no me escuche), esta será predominantemente cibernética. Si es así, no tengo ningún motivo para envidiar a las futuras generaciones. Yo también podría haber muerto ese día. Vladimir me atacó. Y nada menos que en mi propia casa.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Vladímir el débil






Moisés Naím. El observador global. EL PAIS


La toma de Crimea por parte de Vladímir Putin no es una muestra de su fortaleza, sino una manifestación de su debilidad. Se siente inseguro y eso le lleva a cometer errores. Esta interpretación sorprenderá a quienes creen que el líder ruso es el hombre más poderoso del mundo. Así lo designó, por ejemplo, la revista Forbes, que lo puso en cabeza de su lista de los líderes más influyentes del planeta, por encima de Barack Obama, el presidente chino Xi Jinping, el papa Francisco, Angela Merkel o Bill Gates.


Para muchos, la agresiva reacción de Putin a los acontecimientos de Ucrania y la anexión de Crimea —la más importante en territorio europeo desde la II Guerra Mundial— son una confirmación adicional de su incontenible poder. Lástima que, como escribe David Ignatius en el Washington Post, “Putin ganó Crimea, pero perdió el resto del mundo”. Así es. Putin se las ha arreglado para amalgamar una amplia alianza de naciones en su contra.


Para calibrar correctamente este reciente despliegue de poder de Putin es bueno recordar el contexto. Víctor Yanukóvich, el derrocado presidente de Ucrania, y quien para muchos era un subordinado del Kremlin, estaba a punto de firmar un acuerdo comercial con la Unión Europea. Putin intervino a última hora y ordenó a Yanukóvich que renegara de los compromisos que ya había acordado con Europa. Esto llevó a miles de ucranios a las calles a protestar y la brutal represión del Gobierno, en vez de apagar las protestas, las encendió aún más, hasta el punto de que Yanukóvich tuvo que refugiarse en Rusia.


El sentimiento antirruso en Ucrania se generaliza e intensifica, un Gobierno interino estrecha lazos económicos y militares con Europa y Estados Unidos y la ascendencia de Putin en Ucrania pasa de mucha a muy poca. Es así como el hombre más poderoso del mundo pierde un país que desde siempre ha formado parte de la órbita rusa. ¿Su reacción? Tomar Crimea, un territorio sobre el cual Moscú ya tenía enorme control y donde goza de un amplio apoyo entre la población de origen ruso. ¿Y qué más logró Putin? Enemistarse con Alemania, el gigante europeo cuya obsesiva postura hasta ahora había sido la de conciliar con Rusia y evitar a toda costa los antagonismos. Un tercio del gas y petróleo que Alemania consume viene de Rusia, y Berlín tiene enormes intereses económicos en juego. Pero ni eso logró atenuar la reacción sin precedentes de Angela Merkel, quien acusó a Putin de estar actuando según “la ley de la selva”. Merkel está además liderando a Europa en la búsqueda de sanciones y otras represalias contra el Kremlin.


Putin “está en otro mundo”, dijo la canciller alemana después de otra de sus maratonianas conversaciones telefónicas en las que intentó sin éxito persuadirlo de cambiar sus decisiones. ¿Y cuál, entonces, es el mundo en el que vive Vladímir Putin? Es un mundo lleno de enemigos suyos y de Rusia, plagado de conspiraciones dentro y fuera de su país para derrocarlo y para minimizar la influencia internacional de Moscú; un mundo donde solo se puede ganar si otros pierden.


Y, en este contexto, ¿qué busca Putin? ¿cuáles son sus objetivos? Corregir hasta donde se pueda las consecuencias de lo que en 2005, y refiriéndose al colapso de la Unión Soviética, llamó “la mayor catástrofe geopolítica del siglo”. Putin también ha dicho que su misión es restituir la grandeza de Rusia y su influencia en el mundo, así como protegerla del decadente contagio moral y cultural que le llega de Occidente. Pero hay más: resulta obvio que una de sus principales preocupaciones es impedir que en Rusia estalle una revolución de colores como las que sacudieron a varias naciones de la antigua Unión Soviética y los Balcanes o, peor aún, una primavera como las del mundo árabe.


Putin sabe que su debilidad fuera de sus fronteras puede darle ánimo a sus muchos opositores internos. Y también sabe que la economía flaquea, que sus recursos económicos son hoy más limitados que antes, que ha convertido a Rusia en un petroestado que depende como nunca antes del gas y el petróleo, que la corrupción reina, las instituciones son frágiles, los oligarcas están envalentonados y los rusos comunes, preocupados.


Termino con el comentario de uno de los más agudos observadores de la Rusia contemporánea. Según David Remnick, “Putin se arriesga no solo a alienarse de Occidente y de Ucrania… sino de la misma Rusia. Su sueño de seguir en el poder hasta 2024, y de ser el más formidable constructor del Estado ruso desde Pedro el Grande puede encallar en la península de Crimea”.