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domingo, 28 de enero de 2018

Lula y la corrupción

Carlos Alberto Montaner. El Blog de Montaner



Muy poca gente en Brasil piensa que Lula es inocente. Menos gente aún cree que el poder judicial forma parte de un siniestro grupo de golpistas. Ésa es sólo la coartada para protestar por la “injusta” o “selectiva” persecución al caudillo metalúrgico. No obstante, todavía es menor el grupo de brasileños dispuesto a descartar a Lula por haberse beneficiado ilegalmente del poder. Esos son muy pocos.

Lula sigue siendo el político más popular del país. A la mayor parte de los brasileños, sencillamente, no les importa que Lula haya recibido un apartamento en usufructo de la empresa OAS por propiciar los negocios entre esta compañía y Petrobrás. Eso es peccata minuta. ¿Por qué Lula no podía vivir como todo un señor, se preguntan sus partidarios sotto voce?


Eso es gravísimo. Es no entender que un estado de derecho real depende de que el poder se coloque bajo la autoridad de la ley. Es no darse cuenta que las sociedades en las que no existe una sanción moral contra quienes violan las normas están condenadas al fracaso y el atraso.

Recuerdo la historia de la líder socialdemócrata sueca Mónica Sahlin. Ocurrió a mediados de los noventa. Entonces era una mujer agradable y bien formada. Todos esperaban que fuera jefa de gobierno. Su fulgurante carrera política se dislocó cuando se supo que había utilizado la tarjeta de crédito oficial para adquirir unas pastillas de chocolate Toblerone y un vestido de cincuenta dólares. Tuvo que pedir perdón, pagó una multa abultada y estuvo varios años fuera de las actividades políticas. Regresó a la arena pública, pero nunca pudo llegar a Premier por ese episodio.

Por la misma y corrompida regla de tres que exculpa a Lula, a las enormes huestes justicialistas les trae sin cuidado que Perón, el matrimonio Kirchner o Carlos Menem hayan robado sin el menor pudor en Argentina. Algo que sucede en todos los países de América, con la excepción parcial de Chile, Uruguay y Costa Rica, donde apenas hay tolerancia con el peculado.

En Cuba, la Asamblea Nacional del Poder Popular (el Parlamento, conocido como los “Niños Cantores de La Habana” por su perfecto afinamiento coral durante medio siglo sin una nota discordante), le regaló a Fidel Castro un yate de lujo para que practicara la pesca submarina, junto al medio centenar de residencias oficiales que acumuló a lo largo de su prolongada vida, incluido un coto de caza como los que poseían los reyes medievales.

Lo que muchas personas esperaban de Lula no es que fuera honrado, sino que “hiciera cosas”, que disminuyera la pobreza, que repartiera bienes y asignara servicios a los desamparados. Como le tocó el periodo expansivo y vorazmente importador de la economía china, y como no rechazó las líneas maestras sociales trazadas por su predecesor Fernando Henrique Cardoso, pudo sacar de la miseria a treinta millones de sus compatriotas.

El ensayista argentino Juan Bautista Alberdi le atribuía a la tradición romana la propensión al peculado que mostraban los latinos. En Roma, suponía Alberdi, nunca se supo con precisión lo que era o no del César. Los Cónsules y los emperadores mezclaban en sus augustas personas los bienes propios y los de la nación. (Por eso Alberdi proponía poblar a la Argentina con anglosajones y rechazaba a los hispano-latinos).

Es muy posible, no obstante, que la labor del poder judicial está cambiando las formas tradicionales de comportarse. Todo comenzó en Italia en 1992, cuando el fiscal Antonio di Pietro dio comienzo a Tangentópoli, una operación destinada a adecentar la vida pública del país que terminó por liquidar a la clase política.


En Brasil Sergio Moro ha hecho más o menos lo mismo con Lava Jato, colocando contra las cuerdas a Lula da Silva y a Dilma Rousseff, pero sin descuidar a Michel Temer, el actual presidente. Es importante que tenga éxito. Sin honradez, a largo plazo se hunde el Estado.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Por qué Estados Unidos espía a Brasil


Carlos Alberto Montaner. EL BLOG DE MONTANER

La presidenta brasilera Dilma Rousseff canceló su visita a Barack Obama. Estaba ofendida porque Estados Unidos espiaba su correo electrónico. Eso no se le hace a un país amigo. La información, probablemente fidedigna, fue brindada por Edward Snowden desde su refugio en Moscú.

Intrigado, se lo pregunté a un exembajador norteamericano. ¿Por qué lo hicieron? Su explicación fue descarnadamente franca: “desde la perspectiva de Washington, el brasilero no es exactamente un gobierno amigo. Brasil, por definición y por la historia, es un país amigo que nos acompañó en la Segunda Guerra mundial y en Corea, pero no lo es su actual gobierno”.

Somos viejos conocidos. ¿Puedo dar tu nombre, le pregunto? “No ─ me dice ─. Me crearía un inmenso problema, pero transcribe la conversación”.

Lo hago.

Sólo hay que leer los papeles del Foro de Sao Paulo y observar la conducta del gobierno brasilero. Los amigos de Luis Ignacio Lula da Silva, de Dilma Rousseff y del Partido de los Trabajadores son los enemigos de Estados Unidos: la Venezuela chavista, primero con Chávez y ahora con Maduro, la Cuba de Raúl Castro, Irán, la Bolivia de Evo Morales, Libia en época de Gadafi, la Siria de Bashar el-Asad”.

En casi todos los conflictos, el gobierno de Brasil coincide con la línea política de Rusia y China frente a la perspectiva del Departamento de Estado y la Casa Blanca. Su familia ideológica más afín es la de los BRICS, con los que intenta conciliar su política exterior”. (Los BRICS son Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica).

La enorme nación sudamericana ni tiene ni manifiesta el menor interés en defender los principios democráticos sistemáticamente violados en Cuba. Por el contrario, el expresidente Lula da Silva suele llevar inversionistas a la Isla para fortalecer la dictadura de los Castro. Se calcula en mil millones de dólares la cifra enterrada por los brasileros en el desarrollo del súper puerto de Mariel, cerca de La Habana”.

La influencia cubana en Brasil es solapada, pero muy intensa. José Dirceu, el exjefe de despacho de Lula da Silva, su más influyente ministro, había sido un agente de los servicios cubanos de inteligencia. Exiliado en Cuba, le cambiaron el rostro por medio de cirugía y lo devolvieron a Brasil con una nueva identidad (Carlos Henrique Gouveia de Mello, comerciante judío) y así funcionó hasta que se restauró la democracia. De la mano de Lula colocó a Brasil entre los grandes colaboradores de la dictadura cubana. Cayó en desgracia por corrupto, pero sin ceder un ápice en sus preferencias ideológicas y sus complicidades con La Habana”.

Algo parecido a lo que sucede con el profesor Marco Aurelio García, actual asesor de política exterior de Dilma Rousseff. Es un antiyanqui contumaz, incluso peor que Dirceu porque es más inteligente y tiene mejor formación. Hará todo lo que pueda por perjudicar a Estados Unidos”.

Para Itamaraty, esa cancillería que tanto prestigio tiene por la calidad de sus diplomáticos, generalmente políglotas y bien educados, la Carta Democrática firmada en el 2001 en Lima es un simple papelucho carente de importancia.  El gobierno, sencillamente, ignora los fraudes electorales llevados a cabo en Venezuela o en Nicaragua, y es totalmente indiferente ante los atropellos a la libertad de prensa”.

Pero eso no es todo. Hay otros dos temas sobre los cuales Estados Unidos quiere estar enterado de cuanto sucede en Brasil porque alcanza, de alguna manera, la seguridad de Estados Unidos: la corrupción y las drogas”.

Brasil es un país notablemente corrupto y esas prácticas nefastas afectan las leyes de Estados Unidos de dos maneras: cuando utilizan el sistema financiero norteamericano y cuando compiten de manera ilegítima con empresas de este país recurriendo a sobornos o comisiones ilegales”.

El asunto de las drogas es distinto. La producción de coca boliviana se ha quintuplicado desde que Evo Morales ocupa el poder y el camino de salida de esas sustancias es Brasil. Casi toda va a parar a Europa y nuestros aliados nos han pedido información. Esa información a veces se encuentra en manos de políticos brasileros”.

Las dos preguntas finales son inevitables: ¿apoyará Washington la candidatura a Brasil a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU? “No si me preguntan a mí ─ me dice ─. Ya tenemos dos adversarios permanentes, Rusia y China. No hace falta un tercero”. Por último, ¿seguirá Estados Unidos espiando a Brasil? “Por supuesto ─ me dijo ─, es nuestra responsabilidad con la sociedad americana”.

Creo que Doña Dilma debe cambiar frecuentemente las claves de su correo electrónico. 

lunes, 24 de junio de 2013

Brasil y el diluvio que viene


Carlos Alberto Montaner. FIRMAS PRESS

Es un espectáculo raro. Usualmente, los brasileros sólo se lanzaban a las calles durante los carnavales. Ahora lo hacen para protestar. ¿Qué ha pasado? Todo comenzó por un aumento de las tarifas del transporte público, pero ésa sólo fue la coartada. Había mar de fondo. La verdad profunda es que una buena parte de la sociedad está fatigada de la corrupción, la impunidad, la intrincada burocracia y la mala gestión que realiza el gobierno.

En Brasil se pagan impuestos de primer mundo, pero se reciben servicios de tercero. Eso irrita mucho. El 38% de la riqueza que crean los brasileros, el famoso PIB, va a parar a manos del gobierno. En Canadá, donde el Estado educa, cura y administra satisfactoriamente, es el 37.3. En España el 35.9. Los suizos, han construido uno de los Estados más prósperos con sólo el 33.6. Pero desde la perspectiva brasilera tal vez lo más hiriente es el vecino Uruguay: el sector público uruguayo apenas consume el 28.9 del PIB y el país está bastante más organizado y es notoriamente más habitable que su enorme vecino.

Claro que el PIB brasilero es pequeño o grande, según como se mire. Brasil tiene la sexta fuerza laboral del planeta con 107 millones de trabajadores. Por su tamaño, es la octava economía del mundo, pero cuando se divide la producción (US$2374 billones, o trillones si lo decimos en inglés) entre el conjunto de la población (201 millones de angustiados sobrevivientes), el país pasa a ocupar el mediocre puesto 106 del mundo. Incluso, seis países hispanoamericanos tienen mejor per cápita que Brasil, sin contar otra media docena de islas caribeñas que también lo superan.

En Brasil la burocracia es torpe hasta la crueldad y, con frecuencia, es corrupta. El transporte público es malo. La justicia resulta desesperantemente lenta. Las cárceles son un horror. En general, la educación y la salud pública son mediocres. La seguridad es una vaga ilusión desmentida por el acoso constante de los maleantes y el sonido de los disparos en las favelas. No hay una sola universidad brasilera entre las primeras 100 del planeta y sólo hallamos dos en la lista cuando analizamos 500. Apenas se publican investigaciones científicas originales. El país marcha a remolque de los centros creativos del mundo.

Naturalmente, hay algunas zonas de excelencia. Por sólo citar algunos casos: Petrobrás, donde el gobierno controla el 64% de las acciones, es la mayor compañía de América Latina y una de las más eficientes petroleras del mundo. Embraer es una buena fábrica de aviones de mediano tamaño fundada por el gobierno y luego privatizada. Oderbrecht es una excelente empresa de ingeniería civil que funciona a escala mundial. Lo malo y lo grave es que el tejido empresarial, en general, se aísla de la competencia exterior con aranceles y otras medidas proteccionistas que van en detrimento de los consumidores locales.

Simultáneamente, en la última década han salido de la pobreza decenas de millones de brasileros y el gobierno ha hecho un notable esfuerzo por solucionar el problema de la desnutrición en las zonas más desvalidas de la sociedad, pero esos logros, que nadie discute, no compensan el horrendo capítulo de la mala administración.

La presidente Dilma Rousseff, demagógicamente, ha respaldado a los manifestantes, como si las protestas no fueran contra su gobierno, pero Brasil, desde hace más de una década, ha sido administrado por la izquierda y la sociedad comienza a decir que el Partido de los Trabajadores – el de Lula, el de Dilma — está compuesto por ladrones y sinvergüenzas que se las arreglan para gozar de impunidad. Unos perfectos hipócritas que, sin abandonar el discurso de la reivindicación de los humildes, han resultado tan corruptos como la derecha y el centro, pero mucho menos eficientes.

El riesgo que implica esta actitud, si se generaliza, es que en el país se oiga un fatídico grito que destruye los partidos políticos y les abre la puerta a la aventura y el disparate: “que se vayan todos”. A ver si lo entienden: la democracia liberal es un sistema que sólo funciona y prevalece si se gobierna bien y con apego a la ley. De lo contrario, un día viene el diluvio.