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sábado, 26 de noviembre de 2016

¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO HABLAMOS DE POPULISMO?

Ezequiel Adamovsky
Tomado del Blog POLIS de Fernando Mires



 En discusiones políticas y en los medios, el concepto “populismo” suele mencionarse como una amenaza. Sin embargo. no existen en el mundo movimientos que así se autodefinan. El historiador Ezequiel Adamovsky hace un recorrido cronológico sobre el término, arrancando en la Rusia de 1800, pasando por América Latina e incluyendo el sentido positivo que le dio Ernesto Laclau. ¿Sirve una categoría que se le puede aplicar tanto a la coalición de izquierda griega de Syriza como a sus enemigos del movimiento neonazi?".

 Por todas partes se habla del “populismo” en los debates políticos y en los medios. No hay día en que no leamos columnas en la prensa norteamericana, europea o de América Latina que nos adviertan sobre alguna amenaza “populista” en algún lado, de Venezuela a Grecia, de España a Argentina. Incluso dentro de los Estados Unidos se suele acusar a algunos políticos de ser “populistas”. Es como si fuera una especie de plaga desconocida: está por todas partes y nadie puede explicar del todo cómo se ha expandido tanto. ¿Pero qué quiere decir “populismo”? ¿Existe realmente una “amenaza populista” que esté afectando a las democracias de todo el planeta?

“Populismo” y el adjetivo “populista” fueron términos académicos antes de transformarse en expresiones de uso común. A su vez, como muchos otros conceptos académicos, nacieron como parte de vocabularios políticos de algún país en concreto. “Populismo” fue utilizado por primera vez hacia fines del siglo XIX para describir un cierto tipo de movimientos políticos. El término apareció inicialmente en Rusia en 1878 como Narodnichestvo, luego traducido como “populismo” a otras lenguas europeas, para nombrar una fase del desarrollo del movimiento socialista vernáculo. Como explicó el historiador Richard Pipes en un estudio clásico, ese término se utilizó para describir la ola antiintelectualista de la década de 1870 y la creencia según la cual los militantes socialistas tenían que aprender del Pueblo, antes que pretender erigirse en sus guías. Pocos años después los marxistas rusos comenzaron a utilizarlo con un sentido diferente y peyorativo, para referirse a aquellos socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución y que las comunas y tradiciones rurales podrían utilizarse para construir a partir de ellas la sociedad socialista del futuro. Así, en Rusia y en el movimiento socialista internacional, “populismo” se utilizó para designar un tipo de movimiento progresivo, que podía oponerse a las clases altas, pero – a diferencia del marxismo – se identificaba con el campesinado y era nacionalista.

 Aparentemente sin conexión con el precedente ruso, “populismo” surgió también como término político en los Estados Unidos luego de 1891, para referir al efímero People’s Party (Partido del Pueblo) que surgió entonces, apoyado principalmente por los granjeros pobres, de ideas progresistas y antielitistas. Tal como en Rusia, el término también refirió allí a un movimiento rural y a una tendencia antiintelectualista; utilizado por los oponentes del nuevo partido, también adquirió de inmediato una connotación peyorativa. Como mostró Tim Houwen, “populismo” permaneció como un vocablo poco utilizado hasta la década de 1950. Sólo entonces fue adoptado por la academia – entre otros por el sociólogo Edward Shils – aunque con un sentido completamente novedoso. En la formulación de Shils, “populismo” no refería a un tipo de movimiento en particular, sino a una ideología que podía encontrarse tanto en contextos urbanos como rurales y en sociedades de todo tipo. “Populismo” para Shils, designaba “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”. Como un fenómeno de múltiples caras, tal “populismo” se manifestaba en una variedad de formas: el bolchevismo en Rusia, el nazismo en Alemania, el Macartismo en Estados Unidos, etc. Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites: eso era el populismo. En otras palabras, “populismo” pasó a ser el nombre para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, cada uno a su modo.

En las décadas de 1960 y 1970 otros académicos retomaron el término, en un sentido algo diferente, aunque conectado con el anterior. Lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México. A pesar de que algunos de estos académicos valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo era el rasgo distintivo: era personal antes que institucional, emotivo antes que racional, unanimista antes que pluralista. En este sentido, se medían con la vara implícita de las democracias “normales” (es decir, liberales) del Primer Mundo. En eso, estos trabajos se conectaban con los de los académicos como Shils: implícitamente compartían una mirada normativa sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias.

Así, en el mundo académico el concepto de “populismo” mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo. Para la década de 1970 “populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología de resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.

Para complicar incluso más las cosas, el filósofo post-marxista Ernesto Laclau propuso un sentido más para nuestro término, completamente diferente a todos los anteriores. La influyente obra de Laclau planteó la necesidad de reemplazar la noción de “lucha de clases”, entendida como una oposición binaria fundamental que se generaba por la propia naturaleza de la opresión de clases, por la idea de que en la sociedad existe una pluralidad de antagonismos, tanto económicos como de otros órdenes. En tal escenario, no puede darse por sentado que todas las demandas democráticas y populares van a confluir como una opción unificada contra la ideología del bloque dominante. El plano político tiene un papel fundamental a la hora de “articular” esa diversidad de antagonismos. Y los discursos aquí son fundamentales, ya que son ellos los que “articulan” las demandas diversas, produciendo un Pueblo en oposición a la minoría de los privilegiados. Así entendido, el Pueblo es un efecto de la apelación discursiva que lo convoca, antes que un sujeto político pre-existente. En esta visión política, la articulación de un Pueblo en oposición al bloque dominante, es decir, el ordenamiento de una variedad de demandas en una oposición binaria, es fundamental para la “radicalización de la democracia” (una expresión que, para Laclau, tenía un sentido positivo). En uno de sus últimos trabajos, Sobre la Razón Populista (2005), Laclau utilizó el término “populista” para nombrar ese tipo particular de apelaciones políticas que recortaban un Pueblo en oposición a las clases dominantes. “El populismo comienza – escribió – allí donde los elementos popular-democráticos son presentados como una opción antagonista contra la ideología del bloque dominante”. Pero en verdad esa etiqueta no era indispensable. Laclau podría haber llamado al estilo específico de apelación política que le interesaba de otro modo, por ejemplo, “popular-democráticas” o alguna otra variante, en lugar de “populistas”. Pero el hecho es que decidió llamar a eso “populismo”, con lo cual, contrariamente a los académicos del pasado, le otorgó a ese término un sentido positivo. En su filosofía, el “populismo” era el nombre de la necesaria y esperada “radicalización de la democracia”. Como consecuencia de la propuesta teórica de Laclau, por primera vez algunos referentes e intelectuales de ciertos movimientos políticos (por caso el kirchnerismo en Argentina y Podemos en España) comenzaron a llamarse “populistas” a sí mismos, desafiando de ese modo el sentido común según el cual ser “populista” era algo malo. Y a su vez, eso alimentó a los liberales, dándoles más motivos para creer que existe una “amenaza populista” acechando la ciudadela de la democracia.

 El término “populismo” tenía entonces una dinámica expansiva ya en sus usos académicos. Pero al volverse de uso común, especialmente en las últimas dos décadas, se descontroló completamente. Casi cualesquiera cosas puede ser llamada “populismo” en la prensa de hoy. “Populista” se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. Algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos no se alinearon con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Venezuela, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Brasil son o han sido atacados por la amenaza “populista” que proyectan sobre las democracias de la región. Y uno pensaría que ya entendió a qué se refiere el término, pero entonces comprueba que también Silvio Berlusconi – que no era ningún enemigo de los norteamericanos y mucho menos de los grandes empresarios – era un “populista”. ¿Y por qué? Para la revista The Economist, porque su gobierno se apoyaba en lazos de “patronazgo y corrupción” o, como otro comentarista argumentó, porque Berlusconi hablaba “en el lenguaje del hombre común de la calle”. Según el New York Times, en Europa es “populista” cualquiera que quiera poner límites a la migración interna o sea euroescéptico; con esos dos rasgos ya alcanza para ganarse el mote. El líder italiano Beppe Grillo es por supuesto un “populista” ya que critica al establishment político italiano. No importan las ideas que uno tenga en cualquier otro asunto: si uno habla como la gente común, si critica a Estados Unidos, si tiene problemas con el curso que está tomando la Unión Europea o con su establishment político local, uno es un “populista”. Y no importa si se trata de un izquierdista radicalizado o de alguien de extrema derecha. En Grecia, según nos informan, Syriza es por supuesto “populista”. Pero también lo son sus enemigos del movimiento neo-Nazi Amanecer Dorado. Las ideas de ambos grupos son totalmente opuestas en todas y cada una de las maneras posibles, pero sin embargo ambos se las arreglan para pertenecer a la misma familia política. Ambos son de “los populistas”.

 De toda esta proliferación de significados, uno creería al menos entender que, comoquiera que uno lo defina, el “populismo” es un fenómeno político. Pero sin embargo las cosas no son tan sencillas. Porque economistas como Rudiger Dornbusch y otros opinan que existe también un   “populismo macroeconómico”, según el cual son “populistas” aquellos que tienen una mirada económica que “prioriza el crecimiento y la distribución del ingreso y no se preocupa suficientemente por los riesgos de la inflación y del déficit en las finanzas, por las limitantes externas y por las reacciones de los agentes económicos frente a políticas agresivas que afectan el mercado”. Este “populismo macroeconómico” parecería referir entonces a un tipo específico de políticas económicas. Y sin embargo, en los debates recientes cualquier tipo de comentario o idea que no sea total y completamente amigable hacia los empresarios recibe el mote de “populista”. La Cámara de Comercio de los Estados Unidos declaró recientemente que son “populistas” todos los que tratan de “eliminar el sistema de capital libre y abierto.” A Obama se lo acusó de serlo sólo por decir que le gustaría que los millonarios paguen un poquito más de impuestos. El Wall Street Journal llamó “populista” a Hilary Clinton porque dijo que el Congreso debería “enfocarse en la creación de empleo y en los ingresos de las familias de clase media”. Eso era todo lo que el diario necesitaba escuchar. De hecho, para ese periódico, la mera preocupación por el tema de la “desigualdad de ingresos” es síntoma de la enfermedad del “populismo” (porque los ingresos de cada cual son un asunto privado, claro).

 Bien entonces. El “populismo” es un fenómeno político y también económico. ¿Así sería? Lamentablemente la saga continúa. Porque a todo lo anterior hay que agregar la idea que presentó hace tiempo Jim McGuigan, adoptada luego por muchos otros, según la cual existe también un “populismo cultural”, que sería aquél que valoriza la cultura popular por sobre otras formas de cultura “seria”. Está visto: el “populismo” ha penetrado todas las áreas de la vida social. 

 En todos estos usos variados, “populismo” parece poco más que un latiguillo que busca dar credibilidad conceptual a nociones más antiguas y menos sofisticadas, como “demagogia”, “autoritarismo”, “nacionalismo” o “vulgaridad”. Se utiliza con frecuencia simplemente para desacreditar ciertas ideas o decisiones de política económica heterodoxas, asociando a las personas o gobiernos que las llevan adelante a cosas desagradables, como el nazismo o la xenofobia. Para decirlo en otras palabras, “populismo” es un término que mete en una misma bolsa cosas que no pertenecen a un mismo conjunto y, al mismo tiempo, crea barreras mentales que nos impiden comparar cosas que son perfectamente comparables. ¿Por qué se agruparía bajo una misma etiqueta a los gobiernos sudamericanos que están construyendo la UNASUR y que en general tienen leyes benignas para la inmigración, con los xenófobos y racistas de la derecha euroescéptica? ¿Por qué aplicar impuestos a los ricos es “populismo” si lo hace un gobierno latinoamericano, pero sólo una medida “socialdemócrata” si lo hace Noruega? ¿Por qué las medidas económicas de Perón eran “populistas” pero el New Deal de Roosevelt – en el que Perón se inspiró – era apenas “keynesiano”? ¿Así que la corrupción y el patronazgo son rasgos populistas? ¿Entonces por qué en España lo son los muchachos de Podemos, pero no los corruptísimos del Partido Popular? Suele asociarse a Argentina con Venezuela como dos formas extremas de “populismo”. Pero en realidad, en términos de estilos políticos, arreglos institucionales y políticas concretas, el gobierno kirchnerista se parece más al del Frente Amplio uruguayo que al de Maduro. ¿Por qué entonces rara vez se dice que Uruguay forma parte de la “amenaza populista”? No hay motivo concreto, como no sea el hecho de que Uruguay continúa siendo un país amigable para los norteamericanos.

“Populismo” se ha convertido en un término de combate profundamente ideologizado. Su valor como concepto para entender la realidad, si alguna vez lo tuvo, se ha extinguido. En los usos actuales, puede referir a una familia de ideologías, a una variedad de movimientos políticos, a un tipo de régimen, a un estilo de gobierno, a un modelo económico, a una estética o a un tipo particular de apelación política. Todo eso mezclado y sin ninguna claridad analítica. “Populismo” funciona obviamente como término peyorativo, orientado a desacreditar a quienes se lo aplica. Pero más importante que eso: se supone que las categorías con vocación taxonómica deben agrupar fenómenos sociales similares para hacerlos más comprensibles. No hay nada malo en ello – de hecho, es algo fundamental –, pero a condición de que se agrupe a los fenómenos según los rasgos propios que posean. Como categoría taxonómica, “populismo” hace exactamente lo contrario. El único rasgo que comparten todos los fenómenos que son catalogados con esa etiqueta no es algo que son, sino algo que no son. Se los agrupa no por sus rasgos en común, sino simplemente porque ninguno de ellos (cada uno a su modo y por motivos diferentes) se corresponde con el tipo de movimientos, estilos, políticos o políticas que los liberales occidentales tienen a apreciar. En los debates actuales, “populismo” significa no mucho más que ser amistoso con la clase baja – sea en términos de políticas concretas o simplemente de manera discursiva – o tomar medidas (o tener “estilos”) que desagradan a las élites políticas, económicas o culturales.  Porque, supongamos por un momento que manifestar cercanía hacia la clase baja fuera algo que se aparta de los ideales de las democracias “normales”, esto es, las que supuestamente dejan que el “pluralismo” oriente una negociación cordial de todos los intereses sociales, sin preferencia por ninguno. Y supongamos que tal desviación fuera tan importante que requiriera todo un concepto para nombrarla: no es “democracia” sino “populismo”. Aceptemos todo eso por un momento. ¿Cómo es entonces que no hay un concepto, una taxonomía específica, para nombrar la desviación opuesta, es decir, las ideas, actitudes, estilos o políticas que manifiestan cercanía con las clases altas y producen desagrado a las clases bajas? ¿Cómo es que tal apartamiento del ideal del pluralismo es simplemente una de las variantes aceptables de la democracia y no reclama una etiqueta especial que nos advierta sobre el peligro que implican? En la ausencia de respuesta a esas preguntas, la pretensión normativa del concepto de “populismo” queda perfectamente clara.


 Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que “el populismo” no existe. No hay ninguna “amenaza populista” al acecho de nuestras democracias. De hecho, no hay una sino varias amenazas que pesan sobre la vida democrática. Y también existen varios modelos de democracia posibles. “Populismo” nos hace creer que este escenario complejo de múltiples opciones y diversos peligros en verdad es sencillo. Se trataría de un escenario dividido en dos campos claramente distinguibles: por un lado, la democracia liberal (la única que merece ser llamada “democracia”) y por el otro la presencia fantasmal de todo lo que no se corresponde con ese ideal y, por ello, debe rechazarse de plano. En otras palabras, “populismo” nos invita a cerrar filas alrededor de la democracia liberal (es decir, una democracia de alcances limitados tal como gusta a los liberales) para combatir a un solo monstruo compuesto por todo lo demás, en cuyo cuerpo indiscernible conviven neonazis, keynesianos, caudillos latinoamericanos, socialistas, charlatanes, anticapitalistas, corruptos, nacionalistas y cualquier otra cosa sospechosa. Y el problema es que esa forma de razonamiento nos impide ver dos hechos fundamentales. Primero, que dentro de esa masa de elementos “populistas” hay algunos que definitivamente son una amenaza a la democracia, pero también ideas, experimentos políticos y organizaciones que tienen el potencial de ofrecer formas mejores y más sustantivas de democracia para las sociedades modernas. Y segundo, que el propio liberalismo, con sus valores individualistas, su ethos productivista y su compromiso irrestricto con los intereses de los empresarios es, de hecho, una de las mayores amenazas que corroen las democracias actuales.

jueves, 2 de octubre de 2014

Made in Hong Kong

Fernando Mires. BLOG POLIS

Los jóvenes de Hong Kong no han salido a las calles a luchar por mejores salarios, ni contra la inflación o la escasez, ni a causa del paro, ni siquiera por el medio ambiente. Eso es lo que nunca podrán entender quienes siguen los cánones ideológicos impartidos por neo-liberales y neo-marxistas.

Según doctrinas neo-liberales y neo-marxistas, el humano es un “homo economicus”. Es por eso que sus ideólogos piensan que, superadas ciertas necesidades materiales, no habrá motivos para ninguna rebelión social. Y si de todas manera tiene lugar, sus actores serán calificados desde el poder, de anormales, delincuentes, o como ya es usual, de agentes financiados desde el exterior.

La política, vista de ese modo, es para los neo-liberales un subproducto de la economía y para los neo-marxistas una superestructura determinada por relaciones de producción. Ambas doctrinas son devotas de la lógica de la razón económica. De ahí la admiración que profesan tantos tecnócratas occidentales al “modelo chino” (un capitalismo perfecto, sin organizaciones obreras, sin derecho a huelgas; una nación de compradores, vendedores y consumidores: la unión amorosa entre el neoliberalismo más despiadado con los cultos estatistas del despotismo asiático). De ahí también el fanatismo de los “comunistas” chinos por la tecnología occidental la que, apropiada por ellos, llevará a China ─ ese es el objetivo ─ a convertirse en la mayor potencia económica del planeta.

Ni a neo-liberales ni a neo-marxistas les cabe en la cabeza que los seres humanos del siglo XXl exigen, además del cumplimiento de necesidades materiales, determinadas libertades, como las de opinión, reunión y de prensa. Y bien, esas libertades no están garantizadas en China. Y en Hong Kong, debido al status de “Un país: dos sistemas” (vigente desde 1997), solo lo están parcialmente. El objetivo de PC chino es, evidentemente, abolir el status autonómico de Hong Kong y subordinar a la península bajo la férula de “Un Estado y un solo sistema”.

La lucha de los jóvenes de Hong Kong tiene lugar entonces en contra del imperialismo de Pekín. Pekín, por su parte, busca apropiarse del sistema electoral de Hong Kong para designar desde las oficinas del partido a los candidatos al parlamento. 

Los estudiantes, liderados por el profesor Benny Tai Yiu, forjador del movimiento Occupy Central, levantan por el contrario una plataforma que contempla tres puntos: 1) Elecciones libres y secretas, 2) Libertad de opinión y de prensa y 3) La inmediata renuncia del gobernador de Hong Kong, el “pekinista” Leung Chun-Ying.

Casi está de más decir que la aceptación de uno solo de estos tres puntos dejaría al presidente chino, Xi Jinpig, en posición inconfortable frente a los sectores “duros” del Partido.

¿Cómo reaccionará Pekín? No pocos son los que temen una reedición de la masacre de Tiannamen. Pero la China de hoy no es la de 1989. China es uno de los países más imbricados en la globalización de la economía mundial, sino su más decidido impulsor. Una nueva Tiannamen, cometida en un territorio que no pertenece totalmente a China, desataría en contra de Pekín un repudio internacional cuyas repercusiones económicas son incalculables.

La segunda alternativa es que los jerarcas chinos abran un compás de espera para, en algún momento, establecer negociaciones con los rebeldes. Esa sería la solución política adecuada, siempre y cuando las movilizaciones de Hong Kong no entusiasmen a otras fuerzas disidentes al interior de la propia China.

La tercera sería seguir el “camino ruso”, es decir, que Pekín llevara a cabo una ocupación parcial de Hong Kong (como la de Putin en Ucrania) aceptando cierta autonomía administrativa de la península.

Mas, cualquiera sea el camino que tome Xi, lo cierto es que una vez más se demuestra que el talón de Aquiles de los países no democráticos no reside en su economía sino en su incapacidad de acoger demandas populares mediante el uso de mecanismos políticos. Pues, sea en una dictadura tradicional, totalitaria, o una simple autocracia, expresiones como “la revolución de los paraguas” (usados  por los estudiantes de Hong Kong para protegerse de los carros de agua y de los gases lacrimógenos) no solo ponen en jaque a un determinado gobierno, sino a todo un sistema de dominación. De ahí la brutalidad con la cual dichas manifestaciones son reprimidas.

En el fondo los capitalistas-comunistas-chinos piensan todavía como Mao: “Una sola chispa podría incendiar a toda una pradera”

La guerra que profetizó Samuel Hungtington para el siglo XXl, la de las culturas, no será cultural. Tendrá lugar por cierto entre Occidente y Oriente. Pero el Occidente político no está en el Occidente geográfico (eso no lo entendió Hungtington). Está en el interior de muchos países no occidentales, en el corazón y en la mente de sus mejores ciudadanos. En ese sentido, si bien los estudiantes de Hong Kong son desde el punto de vista geográfico, desde el cultural también, orientales, desde uno político, son muy occidentales.


La revolución democrática de nuestro tiempo continúa su camino. Ya triunfó en Europa del Este. En América Latina también, aunque a medias. En el mundo árabe mostró sus posibilidades futuras. Hoy reaparece en Hong Kong. La democracia, latente y no siempre realizada, es el “Viejo Topo de la Historia” que intuyó, pero no supo reconocer Karl Marx. 

martes, 16 de septiembre de 2014

De rondón en el Gabacho

Mario J. Viera

El que ahora es un tema político más que manoseado en los Estados Unidos es, a no dudarlo, la reforma migratoria. Sí, se ha convertido en un estira y encoje entre los republicanos y los demócratas en la defensa de sus particulares opiniones. Todos, sin excepción, se declaran partidarios de la reforma; pero cada uno con sus muy propios matices, y, por tanto, sin llegar a un acuerdo definitivo. De este modo, la tan cacareada reforma migratoria  parece que finalmente terminará en el limbo de la legalidad. Allí donde mueren las esperanzas y existe el clamor y el crujir de dientes.

Sin embargo el asunto (la “inmigración ilegal”, “no ilegal”, sino, mejor usar el eufemismo “indocumentada” que, en definitiva y simplemente es furtiva o, según el término gubernamental, illegal alien) se va más allá de los debates y confrontaciones entre las cámaras alta y baja del Congreso y entre el Congreso y la Casa Blanca, para convertirse en debate nacional o cuasi nacional y casi casi en un conflicto étnico de enfrentamiento entre hispanos y anglos, como al menos así algunos activistas pro reforma migratoria parecen insinuarle.

Cuando por boca de organizaciones, como Fraternidad Americana, Consejo Nacional de la  Raza, Mujeres Pro reforma Migratoria y muchas otras de semejante carácter, se habla de inmigración furtiva, se piensa solo en la inmigración ilegal proveniente de Hispanoamérica. Nada se dice y nadie piensa en inmigrantes indocumentados e ilegales de Europa, de Asia y de África, solo se piensa en “hispanos”; y cuando se habla de hispanos, al menos por el clamor de las organizaciones mencionadas, se está pensando en mexicanos.

Ciertamente la mayor comunidad de inmigrantes furtivos hacia los Estados Unidos proviene de México, de ahí que los republicanos exigen que antes de hablar de reforma hay que “asegurar” la frontera sur.

¿Cuántos millones de mexicanos se encuentran viviendo en las sombras dentro del Gabacho, como ellos despectivamente denominan al país a donde, a riesgo de sus propias vidas, viajando en el tren terrible llamado “La Bestia”, cruzando a nado el Rio Bravo, atravesando los desiertos de Nuevo México y Arizona, desangrándose en manos de la delincuencia organizada de coyotes y polleros, intentan emigrar?

Ciertamente son muchos. Se calcula (Pew Hispanic Center) que en 2012 el 52 % de inmigrantes furtivos en Estados Unidos provenían de México. En 1996 se calculaba en aproximadamente 2 700 000 los inmigrantes ilegales o indocumentados mexicanos presentes en Estados Unidos.

Según esta misma organización en marzo de 2006 la “población no autorizada” era de 11.5 a 12 millones. En este informe de 2006, se establecía una población de inmigrantes ilegales provenientes de México en 6,2 millones o el 56% de todos los inmigrantes ilegales en Estados Unidos.

Procedentes de la América Latina, principalmente de Centro América, los inmigrantes ilegales alcanzaron una cifra de alrededor de 2,5 millones, para constituir el 22% de todos los inmigrantes ilegales.

De acuerdo con datos oficiales del Gobierno de los Estados Unidos en el 2009, el 62 % de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos procedía de México para un total aproximado de 6 millones 650 mil. Procedentes de Centro América se contabilizó aproximadamente en 1 millón 42 mil, para un 12% del total de inmigrantes indocumentados.

Según el Departamento de Seguridad Nacional en el 2012 se hicieron ciudadanas de Estados Unidos 757,434 personas. Provenientes de América Latina y España un total de 298,326, lo que significa que un 39.38 por ciento de los naturalizados eran de origen hispano. De ellos 102,181 mexicanos alcanzaron la ciudadanía estadounidenses; es decir el 34.25%. Los cinco países que más ciudadanos hispanos aportaron al tejido estadounidense en 2012 son México (102,181 naturalizados), Republica Dominicana (33,351), Cuba (31,244), Colombia (23,972) y El Salvador (16,685).

La comunidad hispana en Estados Unidos es numerosa, se calcula que asciende a 50.5 millones de residentes (13% del total), con fuerte presencia en estados como Nuevo México (46.3%), California (37.6%), Texas (37.6%), Arizona (29,6%), Nevada (26,5%), Florida (22.5%), Colorado (20.7%). Sin embargo la comunidad hispana es políticamente débil, pues gran parte de sus miembros no se naturalizan como ciudadanos de Estados Unidos debido a las barreras idiomáticas y a los altos costos que representa económicamente el proceso de naturalización.

En los últimos comicios presidenciales solo el 24% (12.2 millones) de todos los hispanos ejercieron el derecho al voto; o si se compara con el total de hispanos con derecho al voto que, de acuerdo con el Centro Pew Hispano, es superior a los 21.7 millones, su participación fue del 56.2%.

En general y según considera la Asociación Nacional de Funcionarios Latinos Designados y Electos hay un gran problema de participación política en la comunidad latina. Ya sea por falta de leyes que promuevan el acceso al voto de las minorías o por falta de interés de los hispanos por salir a votar. Realmente esta última razón es la determinante en la participación del voto hispano, poco interés en ejercer el derecho al voto. Aquí radica la principal debilidad de toda la comunidad hispana.

¿Y el tema migratorio? Quizá los más interesados sean, precisamente, aquellos que no pueden ejercer el voto, los propios indocumentados o inmigrantes furtivos y principalmente aquellos de origen mexicano. Entre los votantes hispanos el tema de la inmigración no tiene un peso significativo dentro de sus prioridades electorales. Efectivamente en un sondeo realizado por Fox News Latino con vistas a las elecciones de 2012 se estableció que el 48% de los posibles votantes latinos consideró la economía como el asunto más importante que definiría su voto, mientras que sólo el 6% aseguraron que votaría en función del asunto migratorio. La inmigración se colocó en el quinto lugar de prioridades, detrás de preocupaciones como la economía (14%), la educación (11%), y los asuntos sociales (8%), mientras que la seguridad nacional y la defensa fueron mencionadas en sexto lugar, con un 5%.

Estas prioridades no difieren significativamente con los resultados de una encuesta realizada en abril de 2014 por el Public Religion Research Institute y The Brookings Institution, según los datos obtenidos, las prioridades en orden de importancia fueron: 1) empleos, 2) atención médica y déficit presupuestario, 3) valores morales, 4) inmigración y 5) cambio climático.  

Resulta patético escuchar las alegaciones de algunas organizaciones “pro inmigrantes” ilegales (principalmente de mexicanos). Unos dicen que esos inmigrantes han llegado para fortalecer la economía americana; otros dicen que aquellos que se oponen a una reforma integral de inmigración o aquellos que no son lo suficiente cálidos a favor de la misma están en contra de “nuestra comunidad”; muchos alegan que Estados Unidos es tierra de inmigrantes y hasta denominan al presidente Barack Obama como “deportador en jefe”.

Vemos muchas manifestaciones reclamando, más bien, exigiendo que se legalicen los indocumentados ─ los inmigrantes furtivos ─, y lo reclaman alegando que es su derecho, su derecho humano. Así se desfila en fechas significativas del comunismo como es la del Primero de Mayo o se presentan filmes como “Un día sin mexicanos”, o se organizan boicots en algunos estados. Todo un movimiento de reclamo en tierra extranjera.

Estados Unidos, ciertamente, es un país de inmigrantes, como lo han sido en sus inicios todos los países del continente. Estados Unidos es la meta ambicionada para todos los desesperados del mundo que sufren la agonía de sus economías. La miseria presente en muchas regiones de América Latina, en pueblos empobrecidos, sin adecuada asistencia médica, sin presencia de escuelas, con altos índices de desempleo y con empleos con paupérrimos salarios, unido a la violencia, al crecimiento de la delincuencia organizada junto a una escandalosa corrupción administrativa, impone a los más necesitados huir de sus países en busca de una considerable mejoría en sus condiciones de vida, y huyen ¿hacia dónde?, hacia los Estados Unidos, país con el que no sienten particular simpatía en la generalidad de los que en él buscan refugio.

Por supuesto a gobiernos como el de México, El Salvador, Honduras y Guatemala, la emigración masiva de sus países les conviene, les quita presión social, le reportan un buen ingreso de divisas provenientes de las remesas familiares de sus migrantes. En estos países existen cuatro industrias megamillonarias: el narcotráfico, los secuestros, el contrabando humano y las remesas desde el exterior. Realmente cuando en un país sus ciudadanos emigran masiva es porque existe en ese país un grave problema de gobernabilidad.

Llegan a arañar la tierra, a conseguirse un dólar a como sea, a reunir un poco para enviarlo a sus familias dejadas atrás en sus tierras y sin el menor esfuerzo para identificarse con los patrones de conducta, creencias y hábitos de la sociedad donde, de modo solapado, se han insertado. La gran mayoría de los que aquí llegan poseen bajos índices académicos y sin dominio del inglés obligándose a emplearse en trabajos de bajas calificaciones.

Estados Unidos es un país de leyes. Esto se repite hasta hacerse una frase trillada, pero es verdad, y el Ejecutivo de este país, como se supone para el Ejecutivo de cualquier otro país, está obligado, en primer lugar, a cumplir las leyes; en segundo lugar, a hacerlas cumplir. Entre otras leyes que un presidente de Estados Unidos está obligado a hacer cumplir, están las de inmigración que ordenan deportar a los que de modo ilegal han entrado al país.

De acuerdo con cifras divulgadas por la BBC (26 de marzo de 2014), en 2013 fueron deportadas 368.644 personas. Unos 133.000 deportados fueron aprehendidos en el interior del territorio estadounidense en tanto que 235.000 fueron detenciones en la frontera con México. Más de la mitad de los deportados, el 59% o un total de 216.810 estaban condenados por  un delito (crimen) anterior. La mayor parte de los deportados en ese año fueron los mexicanos con un total de 241. 493; guatemaltecos 47.769 y hondureños 37.049.

México no es Cuba, ni mucho menos Corea del Norte, donde se reprimen las manifestaciones de protestas, donde no existe prensa independiente del Estado, donde están ilegalizados los partidos de oposición y solo domina un poderoso Partido-Estado, que reprime con prisión y golpizas cualquier manifestación disidente.

Si con el mismo entusiasmo que los mexicanos exigen un derecho que no les corresponde en los Estados Unidos, en el Gabacho, exigieran en su país mejores condiciones de vida, mejores salarios, más oportunidades de prosperidad, eliminación de la corrupción en todas las estancias gubernamentales y judiciales, lucha efectiva contra la delincuencia organizada y la violencia, haciendo uso de las protestas masivas, agrupándose dentro de organizaciones que se creen para impulsar estos reclamos, exigiéndoles a los políticos locales con el ejercicio del voto, impulsando fuertes campañas a favor de las demandas sociales; exigiendo que desaparezcan las condiciones socio-económicas que incentivan a la emigración, quizá, tal vez, los mexicanos no se vean forzados a escapar de su país huyendo de la miseria, ni tener que entrar de rondón en el gabacho para vivir en un mundo de sombras y, entonces sí y solo así podrán proclamar su chovinismo gritando: “¡Viva México!”, “¡Como México no hay dos!” y puedan lanzar su eterna consigna de “¡Sí se puede!”.


No olviden que en México no está instaurado un régimen totalitario, aunque la democracia allí, todavía le falta mucho para ser una verdadera democracia. Allí pueden luchar sin necesidad de hacer reclamos en el Gabacho, en Gringolandia. 

sábado, 17 de mayo de 2014

Enemigos de la revolución


Vladimiro Mujica. TALCUAL DIGITAL.com


A medida que avanza la represión y las violaciones contra los derechos humanos y la Constitución Nacional en estos tres meses eternos de protestas, se va definiendo con mayor claridad el perfil de los enemigos de la así llamada revolución bolivariana.
A esta categoría pertenece gente de carne y hueso, ciudadanos como usted y como yo, contra los que arremeten la PNB, la GNB y los grupos para-militares adeptos al régimen. En ese sentido el enemigo es simplemente el pueblo que se resiste a adoptar la versión denigrante de patria impuesta y a empellones, empobrecida e indigna, que pretende la revolución.
A la famosa frase atribuida a nuestro Canciller: "No tenemos papel toilette, pero tenemos patria" se le añade otra de un funcionario de mucha menor jerarquía, presuntamente de la PNB, actuando en contra de los manifestantes en una reciente jornada de protesta en Chacao: "Los que no quieran patria, tendrán plomo".
El conjunto de ambas frases conforma una suerte de lógica condescendiente y abusiva de quienes se sienten los dueños de la vida, y sobre todo de la muerte, de los venezolanos. Les estamos enseñando a vivir en revolución, y quienes se resistan no esperen otra cosa que ser tratados como se merecen.
Pero hay otros enemigos intangibles de la revolución, tan o más peligrosos que las acciones de protesta. El primero y más importante es la libertad de pensamiento y su pariente cercano la libertad de información.
Contra el segundo se tiene la coacción y la censura contra los medios y el ejercicio desembozado de la hegemonía comunicacional, concepto tenebroso anunciado cuando nadie lo creía posible por el entonces ministro del ramo, Andrés Izarra.
La libertad de pensamiento requiere de un control más refinado que se ejerce a través de distintos canales que van desde la represión hasta el control de la educación, de los libros que se pueden leer, y los contenidos aceptables en Internet. Pero en definitiva la imposición del pensamiento único pasa por doblegar y eventualmente destruir a las instituciones donde la elaboración intelectual fluye libremente: las universidades y los centros de conocimiento.
En un sentido tanto filosófico como práctico, la revolución chavista es un ejemplo paradigmático del pensamiento izquierdista más reaccionario.
Uno que se creó al amparo de tiranías auto-declaradas comunistas o socialistas, que concibe como dilema la existencia simultánea de la libertad y la igualdad. La libertad se percibe como un concepto burgués y liberal que requiere ser extirpada y controlada en beneficio de un cierto igualitarismo ramplón que castra las posibilidades de crecimiento físico y espiritual de una nación.
La lista de enemigos continúa: la libertad sindical y de asociación, ferozmente controlada y diezmada por el gobierno. La empresa privada y el derecho de los ciudadanos a desarrollarse como individuos no dependientes de un Estado todopoderoso y centralizado.
Por ahora la revolución ha co-existido con una versión restringida de la libertad de asociación política y de ejercicio de los derechos ciudadanos, pero la última sentencia del TSJ restringiendo el ejercicio del derecho a protestar pacíficamente es un mal presagio de lo que los revolucionarios tienen en mente.
En el espacio internacional, la pléyade de enemigos fundamentales del régimen está conformada por quienes pueden ver a leguas la falsedad de la prédica del buen revolucionario con que el gobierno se vende ante los ojos permisivos de una comunidad que está dispuesta a perdonarle muchas cosas a la potencia imperialista petrolera en que se ha constituido Venezuela. En esta dirección, el cerco informativo y la disponibilidad infinita de los recursos de la extorsión política y económica son las herramientas preferidas.
El régimen se defiende con el terror y la violencia desmedidos. Ello combinado con operaciones políticas que le permiten mantener una fachada democrática y de diálogo frente a la comunidad internacional. En el camino, se arrasa con lo que va quedando de libertades ciudadanas y se precipita al país en una espiral de caos cotidiano en el que la existencia de la gente oscila entre la necesidad de sobrevivir y la urgencia de la acción para contrarrestar la acción destructiva de la revolución.
Uno termina por hacerse la pregunta de si nadie dentro del chavismo militante es capaz de ver lo que está ocurriendo, más allá de las banales explicaciones sobre las conspiraciones que abundan en estos días. En la paradoja última de estos tiempos vergonzosos, el pueblo ha terminado por convertirse en el enemigo indomable de una revolución que se auto-proclama popular.
Contra los estudiantes se arremete porque no se doblegan. A los sindicalistas independientes se les persigue por el peligro que representan los trabajadores organizados e indóciles. Un esquema perverso que cada vez se sostiene más en las fuerzas de la barbarie y la represión y menos en la gente.
Ya vendrán otros días que se construirán del aprendizaje de esta época aciaga de nuestra historia. Mientras tanto, a los demócratas y amantes de la libertad con dignidad nos corresponde seguir dando esta difícil pelea que solamente venceremos preservando la unidad contra un adversario que cada vez da más evidencias de ser un gigante enorme con frágiles pies de barro.