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martes, 19 de febrero de 2019

El mensaje de Kennedy y su reacción en Cuba


Fragmentos del Cap. XX del libro no publicado, Amigos, Aliados y Enemigos, Un análisis crítico de la era del castrismo.

Mario J. Viera



A las 7:00 PM del día 22 de octubre, Kennedy, desde la oficina oval de la Casa Blanca, libraría un mensaje dirigido a la nación y al mundo. Públicamente se daban a conocer los pormenores de la presencia de armas nucleares soviéticas emplazadas en Cuba y el peligro que las mismas representaban para Estados Unidos y para el Hemisferio. Todo el mundo estaría al tanto de las medidas que se habían decidido para enfrentar el peligro potencial que aquel armamento de misiles de alcance medio e intermedio emplazados en Cuba representaba.

Las cámaras de la televisión y los micrófonos de la radio y de los corresponsales de prensa, recogieron el discurso presidencial, un discurso cuyo borrador había sido rigurosamente estudiado por los asesores de Kennedy y por los miembros del ExComm.

Con rostro serio, el presidente enfrentó las cámaras y comenzó a darle lectura a su discurso: “Buenas noche, compatriotas” ─ comenzó a leer en tono grave pero tranquilo ─ “Este gobierno, como prometió, ha mantenido la más cercana vigilancia del fortalecimiento militar soviético en la isla de Cuba. Durante la semana pasada, una evidencia inconfundible ha establecido el hecho de que una serie de sitios de misiles ofensivos está ahora en preparación en la isla encarcelada. El propósito de estas bases no puede ser otro que proporcionar una capacidad de golpe nuclear contra el hemisferio occidental (...) habiendo ahora confirmado y completado nuestra evaluación de las pruebas y nuestra decisión sobre un curso de acción, este gobierno se siente obligado a informarles esta nueva crisis con el máximo detalle”. 

Pero, mientras Kennedy pronunciaba estas palabras, en Cuba, ya desde las 3:50 PM, tras conocerse que el presidente de Estados Unidos haría ese día su presentación ante la prensa, las fuerzas armadas de Cuba habían sido puestas en “Situación de Alerta” y finalmente, a las 5:35 PM, Castro emitiría la orden de Alarma de Combate para todo el país. El Periódico Revolución colocó en primera plana y con gran realce dos titulares, “Alarma de combate” y “La Nación en pie de guerra” y, como nos trae a la memoria Adolfo Gilly,[1] en todas las calles habaneras apareció el mismo cartel, uno, en rojos caracteres llamando “¡A las Armas!” ilustrado con la imagen de un miliciano enarbolando una metralleta. Los habaneros, sin mucha alarma contemplaban, a lo largo de todo el litoral capitalino, como se emplazaban sitios de las ametralladoras antiaéreas, conocidas como cuatro bocas, con sus cañones apuntando hacia el norte. Los batallones de las milicias eran puestos en pie de alerta y por todo el país había movilizaciones militares. Un bunker subterráneo en las proximidades de La Habana que, de acuerdo con el ya citado Teniente coronel (r) Rubén E. Jiménez, “contaba con todos los medios necesarios para garantizar la seguridad de la dirección”, se condicionaba para alojar al Estado Mayor de las fuerzas soviéticas y cubanas para la coordinación de operaciones.

En su discurso, tal como se había acordado previamente, Kennedy no haría mención al número de misiles instalados en Cuba ni los sitios de sus emplazamientos, solo mencionaría que las características de los nuevos sitios de emplazamiento indicaban dos tipos de instalaciones: “Algunas de estas incluyen misiles balísticos de mediano alcance, capaces de transportar ojivas atómicas a una distancia de más de 1 000 millas náuticas. Cada uno de estos misiles, en definitiva, ─ recalcó ─ es capaz de golpear a Washington, D. C., el Canal de Panamá, Cabo Cañaveral, la ciudad de México, o cualquier otra ciudad en el sureste de Estados Unidos, en América Central, o en el área de Caribe”. Luego se refirió a los emplazamientos los cuales posiblemente estaban diseñados para alojar misiles de alcance intermedio, más peligrosos por su capacidad de golpear a la mayor parte de las grandes ciudades del hemisferio “tan al norte como la Bahía de Hudson en Canadá y tan al sur como Lima en Perú”, peligro que se hacía más notorio con la presencia de bombarderos ultrasónicos capaces de portar armas atómicas que se estaban desembalando en Cuba y preparándose sus necesarias bases aéreas.

El mundo quedaba enterado, el secreto de los emplazamientos de armas atómicas en Cuba dejaba de ser un secreto para todos, salvo para el ciudadano común y corriente de Cuba. La presencia de estas armas de largo alcance, claramente armas de destrucción masiva, declaró Kennedy constituían “una amenaza explícita para la paz y la seguridad de toda América, en flagrante y deliberado desafío del Pacto de Río de Janeiro de 1947, las tradiciones de esta nación y de este hemisferio, la resolución conjunta del 87 Congreso, la Carta de las Naciones Unidas y mis propias advertencias hechas en público y dirigidas a los soviéticos el 4 y el 12 de septiembre”.

En su presentación ante la televisión cubana al siguiente día, Castro ripostaría a esta expresiones de Kennedy, diciendo “...las razones que invoca, todas son razones absolutamente infundadas, habla que los armamentos recibidos por Cuba constituyen una amenaza a la paz y a la seguridad de toda la América, de flagrante y deliberado reto al Pacto de Río de Janeiro de 1947; pacto que podrá tener validez para los que siguen en el rebaño del imperialismo, pero no para nosotros (...) la Resolución Conjunta del 87 Congreso. A nosotros qué nos importan la Resoluciones, lo mismo la 87, que la 7, que la quinientos ochenta y siete del Congreso Norteamericano (...) y por fin dice ‘mis propias advertencias públicas a los soviets del 4 y 13 de septiembre’, y a nosotros qué nos importan las advertencias del señor Kennedy; eso le puede importar a él y a su gente, pero a nosotros no nos importan absolutamente nada”.

En una reunión del Consejo Nacional de Seguridad celebrada el 21 de octubre para revisar el borrador del discurso que debía pronunciar el presidente, Robert S. McNamara fue partidario que en el discurso se debía responsabilizar a la URSS por el despliegue del armamento atómico en Cuba ya que resultaba “importante poner énfasis en el aspecto extra hemisférico” de ese despliegue con el objetivo de aumentar el apoyo a las acciones que se contemplaban poner en ejecución. Así lo hizo Kennedy cuando, tras denunciar las falsas declaraciones del gobierno soviético que aseguraban que la URSS no tenía necesidad de buscar sitios para la instalación de misiles atómicos más allá de sus fronteras, declaró: “...cuando ya tenía en mis manos una prueba concreta de este rápido desarrollo del poderío militar, el Ministro de Relaciones Exteriores Gromiko, me dijo en mi oficina que estaba instruido para dejar claro nuevamente, como ya su gobierno lo había ya hecho, que la asistencia soviética a Cuba ‘perseguía exclusivamente el propósito de contribuir a las capacidades defensivas de Cuba’, queel entrenamiento de nacionales cubanos por especialistas soviéticos en el manejo de armas que de ningún modo son de carácter ofensivo, y si fuera lo contrario ─ continuó el Señor Gromiko ─ el gobierno soviético nunca se vería involucrado para prestar tal asistencia’; y Kennedy resume: “Ni los Estados Unidos ni la comunidad mundial de naciones pueden tolerar mentiras deliberadas y amenazas ofensivas por parte de cualquier nación, grande o pequeña”.

A esto replicaría Castro refiriéndose a lo que él denominó intento de Estados Unidos de impedir que su gobierno se armara: “En este intento de impedir que nosotros nos preparemos, empezaron por La Coubre, con la explosión del vapor La Coubre, y con el propósito de evitar que nosotros tuviéramos armas. Entonces después presionaron a Bélgica. Ellos querían que nosotros estuviéramos desarmados, a merced de ellos naturalmente, para que pudieran agredirnos cuando les diera la gana. Ellos pensaban que con una invasioncita tipo Playa Girón iban a resolver el problema si nosotros estábamos desarmados. Y entonces ahora culminan en este esfuerzo, en esta aventura realmente peligrosa para la paz mundial de impedir incluso que nos armemos con la ayuda del campo socialista”. 

Castro intentaba de este modo apartar el tema básico del armamento atómico que Estados Unidos denunciaba, para presentarle como si se tratara de una negación de la gran potencia al derecho de Cuba a contar con armas defensivas, con armamento convencional. Para nada Castro alude al armamento de misiles de mediano e intermedio alcance armados con ojivas nucleares. Castro presenta todo como si se tratara de un nuevo intento de invasión armada de Estados Unidos para el derrocamiento de su gobierno: “Cuando nosotros nos dimos cuenta de que estaban ocurriendo una serie de movimientos y que era eminente una acción, no sabíamos concretamente cual iba a ser, por donde iba a comenzar esa acción. Entonces, discutiendo la situación con los compañeros, llegamos a la conclusión de que era necesario alertar nuestras fuerzas, y por eso en la tarde de ayer a las cinco y cuarenta de la tarde se dio la orden de alarma de combate”.

(...)

Kennedy ya antes había expresado, cuando se revisaba el borrador de su discurso, que se debería enfatizar el modo clandestino conque la URSS había actuado en Cuba, y así lo hizo y así lo expuso: “Durante muchos años, tanto la URSS como los Estados Unidos ─ reconozcámoslo ─ han desarrollado armas estratégicas nucleares con gran cuidado, nunca trastornando el precario status quo que asegura que esas armas no sean usadas en ausencia de algún reto vital. Nuestros propios misiles estratégicos nunca han sido transferidos al territorio de cualquier otra nación bajo un manto de secreto y engaño (...) esta secreta, rápida y extraordinaria instalación de misiles comunistas (...) esta repentina y clandestina decisión de estacionar armas estratégicas por primera vez fuera del territorio soviético, es un cambio deliberadamente provocativo e injustificado al status quo que no puede ser aceptado por este país, teniendo en cuenta que nuestro valor y nuestros compromisos como siempre han sido reconocidos tanto por amigos como enemigos”. Y agrega Kennedy: “Los años 30 nos enseñaron una lección muy clara: la conducta agresiva, si se le permite continuar sin control, al final conduce a la guerra. Esta nación se opone a la guerra. También somos fieles a nuestra palabra. Nuestro incuestionable objetivo, no obstante, debe ser impedir el empleo de estos misiles en contra de este o cualquier otro país, y asegurar su retirada o su eliminación del hemisferio occidental (...) ha llegado el momento de tomar decisiones, y estas decisiones están empezando a ser tomadas. No correremos el riesgo prematura o innecesariamente los riesgos de una guerra nuclear mundial en la cual, hasta los frutos de la victoria, nos serían amargos, pero nunca retrocederemos ante los peligros que en cualquier tiempo tengamos que enfrentar”.

Así, actuando, dijo, en defensa de la seguridad de Estados Unidos y de todo el hemisferio occidental, expuso cuáles serían los pasos iniciales que su gobierno implementaría; el primero de ellos, el establecimiento de una estricta “cuarentena”, es decir, un bloqueo selectivo sobre todo equipo militar ofensivo que se enviara a Cuba, por el cual todo tipo de barco con destino a Cuba, procedente de cualquier nación o puerto, si se encontrara que llevaba un cargamento de armas ofensivas, se les haría regresar. El empleo del término "cuarentena" que Kennedy prefirió emplear, legalmente distingue esta acción de bloqueo, término que asume un estado de guerra; el uso de "cuarentena" en lugar de "bloqueo", por otra parte, también permitía a los Estados Unidos recibir el apoyo de la organización de Estados Americanos”[2].

La segunda medida que pondría en ejecución sería incrementar la estricta vigilancia de Cuba sobre el refuerzo del armamento estratégico allí, y, advirtió: “De continuar estos preparativos militares ofensivos, la amenaza al hemisferio se incrementaría, se justificarían más acciones. He ordenado a las Fuerzas Armadas prepararse para cualquier eventualidad; y confío que, en interés tanto del pueblo cubano como de los técnicos soviéticos en todos esos sitios, sean reconocidos los riesgos que entrañan la continuación de esta amenaza para todos los interesados”.

En tercer lugar, Kennedy advirtió que sería política de Estados Unidos considerar como un ataque de la Unión Soviética a los Estados Unidos cualquier misil lanzado desde Cuba contra cualquier nación del hemisferio, lo que “requeriría una total respuesta de represalia sobre la Unión Soviética”. Agregó, además: “Como medida necesaria de precaución militar, he reforzado nuestra base en Guantánamo, evacuado hoy a los familiares de nuestro personal allí y ordenado a las unidades militares adicionales a mantenerse en estado de alerta”.   

Castro, a estas últimas palabras del presidente John F. Kennedy, le replicaría en su comparecencia ante la televisión: “Después hablan de la Base de Guantánamo. Tendrán derecho a hablar de la Base de Guantánamo, es decir, que están hablando de una base que ellos tienen en nuestro territorio, que la tomaron allí por la fuerza, que la mantienen contra la voluntad de nuestro pueblo y entonces tranquilamente hablan de la Base de Guantánamo, la base que está en nuestro territorio y descaradamente dicen que están utilizando esa base, que la han reforzado, es decir para utilizarla contra Cuba. Es una magnífica advertencia que le hacen a todos los países donde ellos tienen actualmente bases militares”.

(...)

Castro apela al sentimiento nacionalista, que ha ido in crescendo dentro de las masas inspiradas en el poder carismático del castrismo, enfatizando que la razón de ser de la base era su empleo contra la soberanía de Cuba, y su permanencia, como territorio ilegalmente ocupado. No obstante, cuando hacía estas declaraciones ya en Cuba se habían establecido numerosas bases militares soviéticas, es decir de un poder extranjero, sin consultar la voluntad del pueblo. Tal como recuenta el historiador cubano Ramón Pérez Cabrera[3], las tropas terrestres soviéticas estaban dislocadas en diferentes zonas de la isla como Holguín, en la provincia de Oriente; Remedios en Las Villas; Managua en La Habana y Artemisa en Pinar del Río. Se conformaban por cuatro regimientos, cada uno de ellos integrado por unos tres mil efectivos, que incluían infantería motorizada, tanques y artillería convencional y coheteril. Las fuerzas aéreas soviéticas, según lo apuntado por este autor, formaban un regimiento con cuarenta aviones caza Mig-21, seis Mig-15 y un Mig-17, así como una escuadrilla de bombarderos IL-28, por otra parte, la jefatura de la Agrupación de Tropas Soviéticas (ATS) tenía bajo sus órdenes un regimiento de helicópteros MI-14 con su base en playa Baracoa en La Habana.

En el mismo tono grave conque había iniciado la lectura de su declaración, continuó Kennedy exponiendo las medidas que había ordenado implementar: “Esta noche estamos pidiendo una reunión urgente al Órgano de Consulta de la Organización de Estados Americanos para considerar esta amenaza a la seguridad hemisférica e invocar los artículos 6 y 8 del Tratado de Río de Janeiro en apoyo de todas las necesarias acciones. La Carta de las Naciones Unidas permite acuerdos de seguridad regional, y las Naciones de este hemisferio han decidido hace mucho tiempo contra la presencia militar de potencias extranjeras. Nuestros otros aliados alrededor del mundo han sido también advertidos”. Kennedy además solicitaba una urgente reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para accionar en contra de “la última amenaza de los soviéticos a la paz mundial” y reclamar “el inmediato desmantelamiento y retiro de todas las armas ofensivas en Cuba bajo supervisión de observadores de la ONU, antes de que la cuarentena pudiera levantarse”.

Finalmente, Kennedy intencionalmente desconoce a Castro; la responsabilidad la carga sobre Jrushchov, sobre la Unión Soviética; el conflicto está planteado solo como un tema entre las dos potencias mundiales:

Hago un llamamiento a Presidente Jrushchov para detener y eliminar esta amenaza clandestina, irresponsable y provocadora a la paz mundial y a las relaciones estables entre nuestras dos naciones. Le hago además un llamamiento para abandonar este camino de dominación mundial y unirse en un esfuerzo histórico para poner fin a la peligrosa carrera de armamentos y transformar la historia del hombre.  Él ahora tiene la oportunidad de apartar al mundo del abismo de la destrucción - retornando a las propias palabras de su gobierno de no tener necesidad de emplazar misiles fuera de su propio territorio, y retirar estos armamentos de Cuba ─ absteniéndose de cualquier acción que ampliase o profundice la crisis actual ─ y luego participando en la búsqueda de soluciones pacíficas y permanentes.

Estados Unidos estaba preparado para emprender acciones diplomáticas para detener “la amenaza soviética a la paz” sin limitar su libertad de acción. Kennedy, refiriéndose a los esfuerzos que su gobierno había conducido para limitar la propagación de las armas nucleares y la eliminación de todas las bases militares por medio de “un tratado de desarme justo y eficaz”, declaró que estaba abierto a nuevas propuestas para remover las tensiones entre Estados Unidos y la URSS, “incluyendo las posibilidades de una Cuba verdaderamente independiente, libre para determinar su propio destino”.

Castro replica, sin mencionar para nada el armamento atómico que la Unión Soviética, clandestina, secreta y a espaldas de todo el pueblo cubano, instalaba en la isla; apenas hace una alusión al tema de las armas ofensivas empleando para ello todo un malabarismo retórico: “...los imperialistas han inventado ahora el término de “armas ofensivas” y “armas defensivas” ¿cuáles son armas ofensivas y armas defensivas? Porque los fusiles que vinieron a Playa Girón eran armas ofensivas. Las bazucas, las granadas, los morteros, las balas, los cuchillos que desembarcaron en Playa Girón eran armas ofensivas, sin embargo, los fusiles, los morteros, los tanques nuestros eran tanques defensivos, mientras los tanques Sherman que ellos desembarcaron allí, eran tanques ofensivos. Porque lo que determina el carácter ofensivo de las armas no es su estructura, si no su uso, su empleo, y como las armas nuestras nosotros las empleamos para defendernos, nuestros fusiles, nuestros cañones, nuestros tanques no eran ofensivos y los fusiles, las armas, los tanques que ellos trajeron eran ofensivos. Eso no se puede discutir en ninguna parte. Sin embargo, los imperialistas han inventado ahora la categoría de arma. Es un puro invento de ellos en el intento de mantener al pueblo desarmado (...) No tenemos la menor intención de rendir cuentas o de consultar a los ilustres miembros del Senado y la Cámara de Estados Unidos acerca de las armas que estimemos convenientes adquirir y las medidas a tomar para defender de modo cabal a nuestro país”.

Kennedy, humillantemente le ha desconocido en su discurso, la decisión del establecimiento de las armas atómicas en Cuba ha sido de Nikita Jrushchov, de la Unión Soviética no de una “Cuba verdaderamente independiente, libre para determinar su propio destino” y esto Castro no lo puede aceptar y asume toda la responsabilidad, es él quien decidiera qué armas eran convenientes adquirir para la defensa cabal de su régimen. Sin embargo, el 23 de agosto de 2010 daría una versión diferente durante una reunión con científicos que sostuvo en el Palacio de la Revolución y reportada por la AFP. Castro diría entonces: “A nosotros no nos interesaba tener cohetes aquí, ni tener una base. Nos interesaba más la imagen del país. Una base soviética desvalorizaba la imagen de la Revolución, su capacidad de influir en nuestra región. ¿Por qué lo aceptamos?”, es decir, ¿por qué aceptó la decisión soviética de establecer las bases de misiles en Cuba? Su respuesta, aunque intentando justificarse, es clara: “Para nosotros era muy duro. Pero era una cuestión de internacionalismo… si estábamos esperando que el campo socialista se sacrificara y luchara por nosotros, debíamos estar dispuestos a sacrificarnos por ellos”.[4] Nada de “internacionalismo”, se trataba de una imposición soviética a la cual tenía que atenerse Castro, un asunto de “lo tomas o lo dejas”.

Para finalizar su discurso, Kennedy diría algunas palabras “al pueblo cautivo de Cuba” que le serían “llevadas directamente mediante facilidades radiales especiales”; palabras que apenas fueron escuchadas por una muy pequeña cantidad de cubanos, en tanto que la mayoría solo tuvo conocimiento de las mismas a través del filtro del discurso de Castro el día 23 de octubre. Él les hablaría a los cubanos, dijo, “como un amigo, como alguien que sabe del profundo apego de ustedes a su patria, como uno que comparte sus aspiraciones de libertad y de justicia para todos”. Expresó la onda pena que sentía al conocer que la “revolución nacionalista” de los cubanos había sido traicionada por sus dirigentes y el país caído bajo la dominación de una potencia extranjera. Kennedy quería expresar ante los cubanos y ante el mundo que las acciones que su gobierno emprendería no iban dirigidas contra la “revolución nacionalista”, pretendía alertar a los cubanos que esas acciones iban dirigidas directamente contra el castrismo, porque sus líderes “ya no son dirigentes cubanos inspirados por los ideales cubanos. Ellos son marionetas y agentes de una conspiración internacional que ha vuelto a Cuba en contra de sus amigos y vecinos en las Américas...” agregando a continuación: “le han convertido en el primer país de América Latina en hacerse blanco en una guerra nuclear”. Y alertó al pueblo de Cuba de que las nuevas armas que se instalaban en su territorio no eran en su interés; esas nuevas armas “en nada contribuyen a la paz y al bienestar” de los cubanos, todo lo contrario, “solo socavarle”. Luego de expresar que Estados Unidos no deseaba causarles sufrimientos o imponerles cualquier sistema a los cubanos, concluyó diciendo:

Muchas veces en el pasado, los cubanos se han levantado para deshacerse de los tiranos que destruían su libertad. Y no me cabe duda que la mayoría de los cubanos hoy esperan con ansias la hora cuando serán verdaderamente libres de la dominación extranjera, libres de elegir sus propios líderes, libres para seleccionar su propio sistema, libres para poseer su propia tierra, libres para hablar y escribir y adorar sin miedo o degradación. Y entonces, Cuba será bienvenida de regreso a la sociedad de las naciones libres y a las asociaciones de este hemisferio”.

Valorando el discurso de Kennedy, el New York Times en su edición del 23 de octubre expresó: “Dos aspectos de la intervención fueron notables. Uno fue su impulso directo a la Unión Soviética como el responsable de la crisis. El Sr. Kennedy trató a Cuba y al gobierno del Premier Fidel Castro como un mero peón en manos de Moscú y dibujó el tema como uno con el gobierno soviético”.


[1] Adolfo Gilly. A la luz del relámpago: Cuba en octubre. La Jornada, UNAM, México
[2] Office of the Historian. Milestones 1961-1968. The Cuban Missile Crisis, October 1962
[3] Ramón Pérez Cabrera. Pilares del Socialismo en Cuba. el Poder Revolucionario. Lulu.com, 2010
[4] AFP. ABC Color. 24 de agosto de 2010

jueves, 22 de septiembre de 2016

Del libro en preparación “Amigos, Aliados y Enemigos. Bahía de Cochinos, una enseñanza VII

Mario J. Viera


Capítulo LV

Bahía de Cochinos, una enseñanza

(Séptima y última Parte)

Is that all?

Arthur Schlesinger, en su libro 1000 Days, citado por José Luis Álvarez, haciendo referencia a “una tensa reunión” que se celebrara el 4 de abril dice: “Kennedy empezó a preguntar a los asistentes que pensaban. Fullbright, hablando con énfasis y en tono incrédulo, condenó la idea por completo. La operación, dijo, era salvajemente desproporcionada a la amenaza. Pondría en peligro nuestra posición moral en el mundo y nos imposibilitaría denunciar las violaciones de tratados de los comunistas. Fue una intervención valiente, al viejo estilo norteamericano, honrada, sensata y con fuerza; pero dejó a todos los presentes fríos, excepto a mí y quizás al presidente[1].

Con todas las condiciones para ejecutar operativos tácticos que ofrecía la zona de Casilda/Trinidad, muy limitadas estas en la zona elegida finalmente en el Plan Zapata, el Estado Mayo Conjunto había considerado, tal como lo señalaría Schlesinger “que el éxito final dependería de un levantamiento de dimensión razonable de la población de la isla”, tanto Dulles como Bissell, fundándose en informaciones erradas sobre las posibilidades de la resistencia interna, señala Schlesinger, “en vez de desestimarla, como parece era su punto de vista, dijeron que unas 2 500 personas pertenecían ya a organizaciones de la resistencia, que 20 000 más eran simpatizantes y que la brigada, una vez establecida en la isla, tendría el apoyo activo de al menos una cuarta parte de la población cubana. Ellos respaldaron estos cálculos optimistas citando contactos en Cuba que pedían armas y aseguraban que un número concreto de hombres estaban listos para luchar en cuanto se les diera la señal (...) Solo más tarde ─ agrega Schlesinger ─ comprendimos que el Departamento de Inteligencia de la CIA nunca había evaluado oficialmente la expedición a Cuba, y que el elaborado procedimiento de estimación nacional nunca se dirigió al punto de si una invasión provocaría otros levantamientos”.

Aprobado el inicio de las operaciones, el 15 de abril las fuerzas invasoras partieron desde Puerto Cabezas (Happy Valley) en Nicaragua con destino a Bahía de Cochinos y desde allí salieron hacia Cuba los ocho B-26, de los dieciséis disponibles, que se emplearían en la Operación Puma con el objetivo de bombardear aeropuertos militares y destruir en tierra los aviones de la fuerza aérea cubana. “Los hombres dejados atrás en Happy Valley ─ relata Jim Rasenberger ─ parados en la oscuridad cerca de la pista contaban los aviones de la así llamada Fuerza Aérea Cubana de Liberación que partían; en total eran solo ocho. Los B-26 de la flota de la Brigada era de dieciséis aviones, por tanto, solo la mitad de las naves había partido. ‘Is that all? (¿Eso es todo?) uno de los pilotos americanos, Albert C. Persons preguntó en voz alta cuando ya desaparecía el último avión. Is that all?[2]

Esta decisión de lanzar solo ocho de los dieciséis disponibles para una misión de bombardeo sobre Cuba, planteó un conflicto entre lo estratégicamente militar y lo político. Militarmente, erróneo; políticamente, si se deseaba justificar el raid como un acto de insurrección de la Fuerza Aérea cubana y mantener la plausible deniability de que Estados Unidos estuviera detrás de aquel operativo, pudiera admitirse como aceptable. Un ataque masivo de 16 B-26 sobre territorio cubano, evidenciaría claramente que no se trataba de una rebelión al interior del cuerpo aéreo de Cuba y quedaría claramente expuesta la participación estadounidense.

Con el propósito de ocultar la participación de Estados Unidos en el ataque a los aeropuertos de Columbia, San Antonio de los Baños y de Santiago de Cuba, los aviones atacantes llevaban en sus alas los distintivos de la fuerza aérea revolucionaria; tal vez por esta causa unida a la inexperiencia de los pilotos y a las deficiencias presentes en los viejos bombarderos B-26 empleados en el raid aéreo, este primer ataque, que finalmente sería el único que se realizaría, no cumpliría con los planes trazados; de los cincuenta aviones con los que contaba el ejército rebelde solo seis fueron destruidos. El resultado final de aquel ataque fue un B-26 derribado por la artillería cubana, otro se vio obligado a emprender vuelo hacia Cayo Hueso al recibir varios impactos de balas antiaéreas, en tanto un tercero tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en la isla Gran Caimán. La participación de los Estados Unidos no pudo obviarse y ese mismo día el canciller cubano Raúl Roa acusa a Estados Unidos ante el Decimoquinto periodo de Sesiones de la plenaria de la Asamblea General como Estado agresor por actos que según el canciller cubano “ponían en gravísimo riesgo la paz y seguridad internacionales”. En los exteriores del edificio de las Naciones Unidas, miembros del Comité Justo Trato para Cuba de Nueva York, integrado por ciudadanos de Estados Unidos, comenzaron a congregarse en protesta por el ataque aéreo sobre aeropuertos cubanos. Ese mismo día, a propuesta del embajador soviético Valerian Zorín, se convocó a una nueva reunión para tratar la denuncia del representante cubano. Al tomar la palabra Roa expuso sus puntos de vista sobre los hechos registrados la noche anterior: “Este es, sin duda, el prólogo de la invasión en gran escala, urdida, organizada, avituallada, armada y financiada por el gobierno de Estados Unidos de Norteamérica, con la complicidad de las dictaduras satélites del hemisferio occidental y el concurso de cubanos traidores y mercenarios de toda laya, entrenados en territorio norteamericano y en Guatemala por técnicos del Pentágono y de la Agencia Central de Inteligencia”. La “plausible deniability”, que tanto buscaban alcanzar los burócratas de Washington había quedado en ridículo, ya no se podía negar ante la opinión internacional la participación de los Estados Unidos en los ataques lanzados contra el territorio cubano, ni aquellos que le continuaran. Roa concluiría su denuncia diciendo: “Queremos advertir a los representantes que los mercenarios alquilados por el gobierno de los Estados Unidos han anunciado que esta noche a las 10 volverán a bombardear las ciudades cubanas”. En respuesta a las denuncias que se hacen a nivel internacional, los asesores de Kennedy le conminan para que suspendiera el segundo raid previsto.

Al día siguiente, el gobierno revolucionario convoca a una concentración popular para despedir el duelo de los caídos durante el ataque aéreo y ante la gran muchedumbre predominantemente de milicianos armados, Castro proclama el carácter marxista de su revolución y ordena la movilización de todos los batallones de combate. En su discurso, Castro compararía aquel ataque con el ataque perpetrado por Japón contra la base de Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial: “Si el ataque a Pearl Harbor fue considerado por el pueblo de Estados Unidos como un crimen y como un acto traicionero y cobarde, nuestro pueblo tiene derecho a considerar el ataque imperialista de ayer como un hecho dos veces criminal, dos veces artero, dos veces traicionero ¡y mil veces cobarde!” Y agregaría: “Con todo y eso, cuando los japoneses atacaron a Pearl Harbor, afrontaron la responsabilidad histórica de sus hechos.  Cuando los japoneses atacaron a Pearl Harbor, no trataron de ocultar que fueron ellos los organizadores y los ejecutores de aquel ataque, afrontaron las consecuencias históricas y las consecuencias morales de sus hechos”. 

Ya la operación no podía abortarse y Castro ganaba prestigio internacional y recibiría la solidaridad internacional. Era ahora el David enfrentado a Goliat, la sardina que no podía devorar el tiburón. El mito de Castro se fortalecía, no solo en la conciencia nacional sino en las simpatías internacionales. Para América Latina, Cuba comunista no era la Guatemala de Arbenz y todo debido a los planes burdamente elaborados por la CIA, chapuceramente impulsado por los asesores políticos de John F. Kennedy. Los expedicionarios de la Brigada 2506, serían vistos ahora como mercenarios y luego quedarían abandonados a su suerte por Estados Unidos. He ahí el peligro de confiar en potencias extrajeras para triunfar sobre una dictadura.

Y Castro proclama que aquel ataque era algo que se esperaba, “era la culminación lógica ─ expuso ─ de las quemas a los cañaverales, de los centenares de violaciones a nuestro espacio aéreo, de las incursiones aéreas piratas, de los ataques piratas a nuestras refinerías por embarcación que penetró en una madrugada; era la consecuencia de lo que todo el mundo sabe; era la consecuencia de los planes de agresión que se vienen fraguando por Estados Unidos en complicidad con gobiernos lacayos en América Central...” Y al compás de los coros que piden “Paredón”, lanza Castro la amenaza de lo que ya se comenzaba a hacer: “Y los que estén de acuerdo con semejante crimen, los que estén de acuerdo con semejante salvajada, los que se venden miserablemente y apoyan las actividades de esos criminales, los que conspiran contra la patria, en la calle, en las iglesias, en las escuelas, en dondequiera, ¡merecen que la Revolución los trate como se merecen!” Pronto se iniciaría en todo el país una redada para detener a miles de personas catalogadas como adversas al gobierno, miles que fueron concentradas en campos deportivos, y en prisiones. A propósito, muy acertadamente expone Eugenio Yáñez: “La evaluación de la situación interna en Cuba por parte de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) fue de una insensatez absoluta: el criterio de que los cubanos repudiaban masivamente al gobierno revolucionario, y de que los grupos de la clandestinidad anticastrista pondrían en jaque al régimen en apoyo a los invasores, duró menos que el clásico merengue en la puerta de un colegio: en pocas horas casi treinta mil militantes de organizaciones contrarrevolucionarias o sospechosos de no simpatizar con el régimen fueron detenidos por la Seguridad del Estado y los Comités de Defensa de la Revolución. Además, las prisiones fueron dinamitadas para volarlas si fuera necesario y garantizar que los “gusanos” que estaban presos desde antes no pudieran apoyar a los invasores en caso de que lograran avanzar[3]. Cierra entonces Castro su discurso ordenando la movilización de todos los batallones de combate: “Compañeros, todas las unidades deben dirigirse hacia la sede de sus respectivos batallones, en vista de la movilización ordenada para mantener el país en estado de alerta ante la inminencia que se deduce de todos los hechos de las últimas semanas y del cobarde ataque de ayer, de la agresión de los mercenarios. Marchemos a las Casas de los Milicianos, formemos los batallones y dispongámonos a salirle al frente al enemigo (…) Marchemos a nuestros respectivos batallones y allí esperen órdenes, compañeros”.

Se insiste en que todo el fracaso de las operaciones de fuerza contra Castro se debe a la débil actitud de John F. Kennedy, y en parte tienen razón los que así opinan; sin embargo, esa responsabilidad hay que cargarla también sobre otros hombros. Kennedy tenía serias dudas en cuanto a la magnitud de las operaciones que hacían impracticable la “negación plausible” de que Estados Unidos estaba detrás de todo aquel operativo y quería evitar que esto sucediera a todo coste. Para nadie era secreto que en Guatemala se entrenaba una Brigada de exiliados anticastristas y que la CIA estaba comprometida en aquella actividad, como lo denunciara Raúl Roa. Dean Rusk no estaba de acuerdo con la operación tal como se había concebido y Schlesinger la rechazaba considerando que era preferible en lugar de decidirse por acciones drástica practicar la alta política propia de un estadista. Kennedy decidió que se estudiaran otros sitios y otros planes alternativos para la operación, y en solo tres días la Task Force y el WH/4 dio su respuesta. Todo un plan estratégico y sus contingencias resuelto en solo unos pocos días. Dulles no puso objeción alguna. Hawkins eligió una nueva zona para lanzar la operación; ¿pudieran aceptarse las conclusiones a las que arribara Hawkins para elegir la zona de Zapata? Un experto en operaciones anfibias de la talla de Hawkins no puede caer en la simpleza de haber elegido un campo de operaciones basado en las informaciones de fotografía y aceptar luego que hubo un error de interpretación de esas informaciones. Se elegía Zapata solo porque en Soplillar había un campo de aterrizaje de 4 500 pies, cuando en la zona de Trinidad había otra pista más adecuada. Hawkins no podría ser tan irresponsable para elegir una zona donde no había posibilidad de una retirada hacia las montañas en caso de eminente derrota que le permitiera a los invasores unirse a las guerrillas, y una zona pantanosa y estrecha sin posibilidad de impedir el avance ofensivo del enemigo como estaba previsto en Trinidad. Sin embargo, Hawkins actuaba bajo fuerte presión y, ya antes, él y Esterline intentaron renunciar al proyecto cuando el Plan Trinidad fue desestimado. ¿Fue un descuido no intencionado? ¿Se pudiera aceptar la justificación dada por el general White, que “se trataba de un cambio de ubicación, más que algún cambio significativo en el plan”? Esto no se concibe en un general de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Todo cambio de ubicación del campo de operaciones conlleva también cambios significativos en los planes. Se pudo hacer ver claramente a Kennedy que la mejor plaza era la zona de Casilda/Trinidad, argumentos para ello había suficientes y, manteniendo esta como zona de operaciones, haber estudiado otras opciones que cumplieran con el requisito de la “plausible deniability”. Otra pregunta a la que hay que dar respuesta: Si el Estado Mayor Conjunto, como asegurara el General White, no estuvo de acuerdo con el traslado de las operaciones de Trinidad hacia Zapata, ¿por qué entonces le dio su “máximo apoyo” al Plan Zapata? ¿Por qué no advirtió al Presidente y dejó que este asumiera que todo iba bien?

No se puede pasar por alto lo que Jacob Esterline le confesara a Pfeiffer en una entrevista realizada en 1975: “Ellos me convencieron... cuando pasamos (de Trinidad a Zapata) ... que no había nada que pudiéramos hacer, que no había otra alternativa, aparte de esto; y parecía desde un punto de vista matemático, si tenemos ciertos ingredientes básicos ─ principalmente adecuado apoyo aéreo, transporte adecuado, adecuada Logística y la capacidad de lucha de ellos era lo esperado, y el gobierno cubano no tenía más de lo que creíamos que tenía, y acabó el Calvario su... acabó con su fuerza aérea ─ que estas personas podrían ser capaces de sostenerse y podrían crear suficiente acción de choque como para que el resto se levantara[4]. ¿A quiénes se refería cuando dijo que “ellos” le convencieron? ¿Dulles? ¿Bissell? ¿Se le había asegurado que la operación contaría con todos los recursos de apoyo para asegurar el éxito?

La inquietante pregunta que Richard Bissell le formulara a Kennedy en el caso de que se cancelara todo el operativo: “¿Qué hacemos con los mil quinientos hombres? ¿Los soltamos en Central Park a que se desmadren, o qué?” El mismo Bissell hubiera podido responder su propia pregunta, retomar la idea inicial de la operación antes de que escalara a un planeamiento de guerra regular; es decir retomar el plan que preveía una unidad de infiltración con los exiliados cubanos con capacidad para entrenar a los grupos que debían organizar dentro de la isla y fomentar una red clandestina de inteligencia y con los cubanos que se habían entrenado en Retalhuleu en operaciones paramilitares emplearles en operaciones de infiltración y de fortalecimiento de las bandas guerrilleras.

Hawkins relataría tiempo después lo que había conversado con Richard Bissell en torno a la localización de una zona que cumpliera con la condición de contar con una pista de aterrizaje. Esta zona según él estaba ubicada en las proximidades de la península de Zapata. “Le dejé claro a Bissell ─ declararía Hawkins ─ que, sí, que podríamos entrar allí y mantener esa área por un rato debido al estrecho acceso que poseía a través de los pantanos y a un tercio de Cienfuegos a lo largo de la costa. Ahora bien, podemos mantener esta (posición) por un rato, pero no por mucho. Por otra parte, la Brigada no tiene ninguna oportunidad de abrirse paso para salir de allí. A despecho de estas advertencias que le di, sobre los peligros militares que rodeaban a esta zona, Bissell dijo, si este es el único lugar que satisface el requerimiento del Presidente, entonces eso es lo que vamos a hacer. Y dijo, adelante y desarrolla el plan en la Bahía de Cochinos[5]. Así, sin más, sin un análisis sobre aquella opción, sin atender cuanto se apartaba de las condiciones que existían en Trinidad, Bissell dio carta blanca para elaborar el Plan Zapata. Pero Hawkins agrega: “Bissell actuó imprudentemente al no defender la operación Trinidad. Si en realidad se querían deshacer de Castro, él debió defenderla, porque esta era la única posibilidad. Más adelante no defendió la necesidad de las operaciones aéreas. Yo no sabía que el presidente en realidad nunca había sido informado sobre la necesidad de la eliminación de la fuerza aérea de Castro y aparentemente no lo fue. Y yo no conocía eso. Yo resentía el hecho de que en el último momento Bissell no hubiera luchado fuertemente para preservar nuestra propia capacidad aérea y particularmente no permitir que el bombardeo final fuera completamente cancelado. Yo pensaba que nos convenía tener suficiente honor y no hacerla a aquellas tropas cubanas”. A estos pronunciamientos de Hawkins agregaba Esterline algo que podría entenderse como una acusación: “Me veo obligado a llegar a una conclusión muy infeliz y es la de que (Bissell) estaba mintiendo por razones que todavía no entiendo totalmente. Ahora estoy convencido de eso. Pienso que el hecho de que alguien tergiversara una situación deliberadamente al máximo jefe de Estado, es algo bastante imperdonable[6].

Adelanto una pregunta a la que no daré respuesta, pero dejándola como una insinuación, ¿Acaso hubo una conspiración contra Kennedy con el propósito de hacerle cargar con una derrota lacerante?

Toda una armazón de errores y omisiones condenaron la operación Zapata, fatal y necesariamente, a un total desastre. ¿Traición? El hecho real de todo aquel desastre lo resumiría el ex combatiente de la Brigada 2506 González Rebull: “Si no hubo traición, hubo abandono. Sin lugar a dudas, sabíamos que nosotros los cubanos, teniendo en cuenta el poco armamento, la distancia y los escasos aviones que teníamos, no podíamos realizar esa acción militar solos. Sabíamos que sucedería lo que sucedió: Fidel Castro pondría toda su fuerza allí, artillería, tanques y miles de hombres contra los 1.246 de la Brigada 2506[7]. Is that all?

La sangre cubana se derramó sobre el suelo cenagoso desde Playa Larga hasta Playa Girón, sangre de hermanos enfrentados en dos bandos contrarios. Unos y otros atrapados en un juego político que les convertían en piezas desechables. Los caídos por la parte castrista ascendieron a 142 combatientes y numerosos heridos; por la Brigada invasora se produjeron aproximadamente 114, entre ahogados y muertos en acción. Las consecuencias fueron desastrosas para los Estados Unidos y para el presidente John F. Kennedy en primer lugar, tal como lo expone José Luis Álvarez:  

Aparte del drama personal para los combatientes (de la Brigada 2506), las consecuencias políticas para el presidente (Kennedy) fueron relevantes. Por vez primera, después de varios años de éxitos encadenados en su imparable carrera desde congresista por Boston, a senador de Massachussets, hasta llegar a ser presidente de Estados Unidos, a Kennedy se le quebró su racha de buena suerte (…), pagando un alto precio en prestigio, en buena voluntad hacia él y en capacidad de maniobra[8].

Hundido el prestigio de Estados Unidos en los pantanales de Playa Girón-Playa Larga solo se consiguió lo contrario de los objetivos de Washington. El régimen castrista se consolidaría con el fiasco de Bahía de Cochinos y Cuba afirmaría aún más sus lazos con la Unión Soviética hasta convertirse en un preciado Estado satélite para Moscú. Ahora Cuba representaba ante toda la América Latina un importante precedente de reto a la doctrina Monroe.

El 20 de abril, en un discurso ofrecido ante la Sociedad Americana de Editores de Periódicos (American Society of Newspaper Editors), Kennedy reconocería públicamente la participación de Estados Unidos en la fracasada expedición a Bahía de Cochinos y la justificaría como un acto necesario a favor de la seguridad nacional de los Estados Unidos, diciendo:

Any unilateral American intervention, in the absence of an external attack upon ourselves or an ally, would have been contrary to our tradition and to our international obligations. But let the record show that our restraint is not inexhaustible. Should it ever appear that the interamerican doctrine of non-intervention merely conceals or excuses a policy of non-action – if the nations of the hemisphere should fail to meet their commitments against outside communist penetration – then I want it clearly understood that this government will not hesitate in meeting its primary obligations witch are to the security of our nation[9].

Cualquier intervención unilateral de Estados Unidos, en ausencia de un ataque externo sobre nosotros o contra alguno de nuestros aliados habría sido contrario a nuestras tradiciones y deberes internacionales. Pero que conste que nuestra moderación no es inagotable. En el caso de que pareciera que la doctrina interamericana de no injerencia encubra una política de no acción ─ si las naciones de este hemisferio dejan de cumplir sus deberes contra la penetración externa comunista ─, entonces quiero que se comprenda claramente que este Gobierno no dudará en el cumplimiento de sus obligaciones primarias que son la seguridad de nuestra Nación”.



[1] Arthur Schlesinger. 100 Days. Cit. por José Luis Álvarez. Decisiones estratégicas. LID Editorial Empresarial, Madrid, 2009
[2] Jim Rasenberger. The Brilliant Disaster: JFK, Castro, and America's Doomed Invasion of Cuba's Bay of Pigs. Scribner, New York, 2011
[3] Eugenio Yáñez. Playa Girón-Bahía de Cochinos: ¿dónde está la verdad? Cubaencuentro, 18 de abril de 2012
[4] Jack B, Pfeiffer entrevista a Jacob Esterline sobre la operación de Bahía de Cochinos. Noviembre 1975
[5] Peter Kornbluh. Op. Cit.
[6] Peter Kornbluh. Op. Cit.
[7] Jesús Hernández. Diario Las Américas, 16 de abril de 2016
[8] José Luis Álvarez. Decisiones estratégicas. LID Editorial Empresarial, Madrid, 2009
[9] President John F. Kennedy. Address before the American Society of Newspaper Editors. Statler Hilton Hotel, Washington, D.C. April 20, 1961. John F. Kennedy. Presidential Library and Museum

viernes, 16 de septiembre de 2016

Del libro en preparación “Amigos, Aliados y Enemigos. Bahía de Cochinos, una enseñanza VI

Mario J. Viera
Campamento de Retalhuleu


Capítulo LV

Bahía de Cochinos, una enseñanza

(Sexta Parte)


2. La guerrita perdida de JFK (Continuación)

El 14 de marzo de 1961, el nuevo plan modificado para lanzar la expedición hacia la zona pantanosa de Bahía de Cochinos próxima a Playa Girón, abandonando el plan inicial de iniciar los combates por el puerto de Casilda, ya estaba elaborado. El 15 de marzo, el Asistente especial del Presidente para asuntos de seguridad nacional, McGeorge Bundy le informa a Kennedy que ya estaba elaborado el nuevo plan de operaciones contra Cuba que le sería presentado por la CIA; un plan reformado para hacerle, según sus palabras, “tranquilo y espectacular y plausible”. Coincidía Bundy con lo recomendado por el Coronel Hawkins, a quien denomina “el cerebro militar de Bissell”, que, aunque siendo una empresa “ruidosa”, se debía ejecutar la eliminación de la Fuerza Aérea de Castro con pilotos cubanos a bordo de aviones B-26 con los distintivos de las Fuerzas Aéreas Cubanas y la ejecución de seis a ocho incursiones simultáneas de B-26. Aunque era una empresa ruidosa Bundy adelanta su propia opinión diciéndole a Kennedy que ese ataque aéreo tarde o temprano tendría que producirse y que cuanto más se demore, más difícil se haría por cuanto Castro estaba “haciendo esfuerzos drásticos para fortalecer (su fuerza aérea) con aviones rusos y pilotos entrenados en Rusia”. Bundy se expresaba con optimismo; se golpearía las fuerzas de aire castristas en solo un día con aviones precedentes de Puerto Cabezas en Nicaragua sin que, al menos por un tiempo, no se conociera de dónde provenía el raid y sin que nadie pudiera probar que no se trataba de una rebelión interna de la Fuerza Aérea Cubana que en el pasado había sido de “una muy dudosa lealtad” y expresaría diciendo: “Luego la invasión podría venir como una empresa independiente, y ni el ataque aéreo ni el tranquilo desembarque de los patriotas, en sí mismo, le daría a Castro nada que llevar a las Naciones Unidas”. Y concluye Bundy diciendo: “He sido un escéptico sobre la operación de Bissell, pero ahora creo que estamos al borde de una buena respuesta. También creo que Bissell y Hawkins han realizado un trabajo honorable de satisfacer las adecuadas críticas y las advertencias del Departamento de Estado[1].

Se estaba desechando un plan que había tomado prácticamente todo un año para elaborar, en tan solo unos días, un nuevo plan de operaciones que fuera más tranquilo “menos que una Segunda Guerra Mundial”; pero el tiempo apremiaba y la CIA daba fechas límites para hacer viable la operación. Sin lugar a dudas la precipitación influiría en los resultados del nuevo Plan de operaciones.

En la tarde de ese mismo día 15 de marzo, los oficiales CIA, Allen Dulles y Bissell se presentaron en la Casa Blanca para dar a conocer el plan reformado al que se refiriera Bundy. Allí se reunieron con el presidente Kennedy junto con el vicepresidente Johnson, McNamara, Rusk, Thomas Mann, McGeorge Bundy, William Bundy, Adolf A. Berle y los generales Lyman Lemnitzer y Gray. Se le presentaría el plan Zapata a Kennedy y luego se abriría una discusión en torno al mismo. Kennedy plantearía sus dudas y sus objeciones; no le agradaba para nada que el desembarque se realizara al romper el día, y si se quería presentar la operación como si fuera de los guerrilleros lo mejor que debería hacerse era que las naves de Estados Unidos permanecieran, ya al amanecer, distantes de la zona de operaciones. Luego indicó que todo el plan fuera revisado y se celebrara otra reunión a la mañana siguiente.

Cumpliendo esta orden, los oficiales de la Agencia se presentaron a la mañana siguiente ante el Presidente para darle a conocer los conceptos que fueron revisados para la operación de invasión a Cuba, indicando donde se procedería a hacer saltos en paracaídas en las primeras horas del día D y la prevención de que las naves de Estados Unidos estuvieran alejadas de las costas cubanas. Kennedy decidió continuar con los planes de Zapata, pero se reservó el derecho de cancelar el operativo hasta con 24 horas de anticipación al día D. Evidentemente, Kennedy dudaba y pregunta al Almirante Arleigh Burke cuál era, según su criterio, las posibilidades de éxito de la operación, a lo que este le aseguró que había una cifra probable de alrededor del 50 por ciento.

Sobre estos aspectos, el Coronel Hawkins diría tiempos más tarde:

Pensamos en otro plan para Trinidad con tropas de desembarco que irían directamente a las montañas... pero no había ningún campo de aviación. Finalmente, a través de fotografías, encontramos lo que pensábamos era un campo útil ─ esto fue en el área de Zapata ─ y esto es lo que nos llevó a esa área. El plan rápidamente se armó. Comenzamos alrededor del 15 de marzo ─ después de la reunión del 11 de marzo. Un error de interpretación de la fotografía había ocurrido. Creímos que había una pista usable de 4 500 pies al norte de Zapata (presumiblemente Soplillar). Uno de los inconvenientes era la bahía de 18 millas, lo que quiere decir que tendríamos problemas llevando a la gente en horas del día. Encontramos un campo de 4 100 pies en Playa Girón. Nunca habríamos adoptado el Plan Zapata si hubiéramos sabido que él (Castro) había coordinado fuerzas que cerraría y lucharían como lo hicieron. El requerimiento del campo de aterrizaje fue lo que nos condujo a Zapata[2].

Las condiciones del terreno de operaciones, una estrecha faja de tierra que podía ser cercada e impedir el avance de los expedicionarios, en caso de apuro, hacia las montañas del Escambray (distantes a más de 50 millas), colocaban a los expedicionarios en condiciones precarias y mucho más si se considera que carecerían de apoyo aéreo y de fuerzas de tierra del ejército de Estados Unidos. El mismo Castro ofreció una breve descripción de la zona de Playa Girón en el discurso que pronunciara el 17 de abril de 1962: “…una vía estrecha de varios kilómetros, a cuyos lados existen intransitables pantanos y cenagales; caminos que desde el punto de vista militar resultan muy fáciles de defender y muy difíciles de tomar (…) Y las fuerzas que lanzaron eran más que suficientes para defender esos caminos, sobraban para defender esos caminos, porque son tan estrechos que resulta virtualmente imposible desplegar en su defensa fuerzas mayores”.   

Barnes señala que la “junta de jefes de Estado Mayor, aunque eran tibios en su apoyo (al plan Zapata) en presencia de Kennedy, en privado desdeñaban el plan de la agencia considerándolo ‘débil’ y ‘poco riguroso’. El ministro de defensa, Robert McNamara, y el asesor de seguridad nacional, McGeorge Bundy ─ ninguno de los cuales tenía un alto nivel militar o un trasfondo en la inteligencia ─ respaldaron la idea[3]. La participación aérea sería aportada por solo 8 aviones de los 16 que previamente se habían considerado. A pesar de sus dudas, Kennedy llegó a considerar exitoso el nuevo plan desoyendo los consejos de valiosos asesores que le advertían en contrario. Al respecto dice Barnes: “Dean Acheson[4], el anterior secretario de Estado, objetó basado en motivos prácticos, notando que no había que ‘llamar a Price-Waterhouse” (empresa de contabilidad) para ver que mil quinientos cubanos era improbable que derrotasen a los veinticinco mil hombres del ejército que Castro estaba entrenando. Tampoco JFK consultó a dos miembros de su gabinete que tenían una relevante experiencia: el ministro de agricultura, Orville Freeman, veterano de los marines en los aterrizajes en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y al ministro de trabajo, Arthur Goldberg, ex oficial de inteligencia del gobierno”. Idéntica opinión sustentaba el Coronel Hawkins sobre los conocimientos militares que poseían Dean Rusk y McNamara tal y como se desprende de lo que expresara a Peter Kornbluh:


Yo fui dos o tres veces con (el Director de la CIA) Allen Dulles a reuniones en la Oficina Oval en la Casa Blanca con el Presidente Kennedy y miembros de su gabinete.  El Sr. Rusk habló más que cualquier otro miembro del gabinete y se oponía rotundamente a esta operación y al uso de cualquier nave aérea.

No creo que nadie le explicara que usted no puede llevar un escuálido transporte de tropa hacia una playa hostil y arrojar ancla y comenzar a descargar las tropas con luchadores hostiles y bombarderos por encima. No se puede hacer. Nadie en los altos niveles de la administración parecía conocer eso y nadie se lo hizo claro al Presidente Kennedy lo que yo sé.[5]

Si consultamos la biografía de Dean Rusk tendríamos que afirmar que no era precisamente un neófito en asuntos militares. Durante la Segunda Guerra Mundial se había alistado en la infantería como Capitán, inicialmente en la Rama de Inteligencia Militar del Departamento de Defensa, alcanzando posteriormente el grado de comandante de infantería; trabajó para los servicios de inteligencia en Birmania, China y en la India como oficial del estado mayor y al final de la guerra ostentó el grado de coronel con la Legión al Mérito. Por otra parte, Rusk no era un liberal en el sentido que se da en Estados Unidos a esta palabra. Sus posiciones políticas le definirían más como uno de los halcones dentro del gabinete de Kennedy. Teniendo esto en cuenta, Kennedy prefería dar mayor importancia a otros miembros de su gabinete que al mismo Rusk; realmente, tal como este lo revelara años más tarde en su libro autobiográfico As I Saw It, no mantenía buenas relaciones con el Presidente, situación muy diferente con la que mantuvo con el Presidente Johnson quien lo alabara diciendo de él: “…tiene valor. Un cracker de Georgia. Cuando vas con los marines, él es el tipo que quisieras a tu lado”.

En cuanto a Robert McNamara, en 1943 formó parte de la fuerza aérea de los Estados Unidos (USAAF) con el grado de capitán.

Aunque aceptando con ciertas dudas el plan de invasión, Kennedy continuaba posponiendo la fecha de inicio y discutiendo todavía sus detalles ya que dos de sus más estrechos asesores, Arthur M. Schlesinger, a quien el novelista cubano partidario del castrismo, Lisandro Otero denominara el Maquiavelo de Kennedy, y su secretario de Estado Dean Rusk, se oponían al proyecto. Ciertamente, el 11 de febrero, Schlesinger le había escrito a Kennedy el siguiente memorando donde expresaba su oposición a un ataque armado en Cuba, una carta que contra el argumento de guerra anteponía la concepción política:

Como conoces, hay una gran presión dentro del gobierno a favor de una decisión drástica en relación con Cuba. Hay, me parece, un argumento plausible para esta decisión si uno excluye, excepto a la misma Cuba y solo se ve al ritmo de la consolidación militar de Cuba y a la ascendente impaciencia del exilio armado.
Sin embargo, tan pronto como uno comienza a ampliar el enfoque más allá que Cuba para incluir el hemisferio y al resto del mundo, los argumentos contra esta decisión comienzan a ganar fuerza.
No importa cuán bien disfrazada sea cualquier acción, ella será atribuida a los Estados Unidos. El resultado sería una ola de protestas masivas, de agitación y sabotajes a lo largo de América Latina, Europa, Asia y África (para no hablar de Canadá y de ciertos sectores en los Estados Unidos). Lo peor de todo, esto sería tu primera dramática iniciativa en política exterior. De un solo golpe se disolvería toda la extraordinaria buena voluntad que ha ido creciendo en todo el mundo hacia la nueva administración. Se fijaría en la mente de millones una imagen malévola de la nueva administración.
Puede ser posible que se equilibre esta drástica decisión. Si es así, todo cuidado debe ser tomado para protegernos contra las inevitables consecuencias políticas y diplomáticas.

1 ¿No sería posible inducir a Castro a tomar la primera acción ofensiva? Y él ha lanzado ya expediciones contra Panamá y contra la República Dominicana (…) Si solo se pudiera inducir a Castro a cometer un acto ofensivo, entonces se le nublaría la cuestión moral y la campaña anti Estados Unidos quedaría maniatada desde el inicio
2 ¿No debieras considerar en algún punto dirigir un discurso a todo el hemisferio para dejar establecido con elocuentes términos tu propia concepción del progreso interamericano hacia la libertad individual y la justicia social? Un discurso como ese identificaría nuestra política latinoamericana con las aspiraciones del pueblo sencillo del hemisferio. Como parte de ese discurso, podrías destacar las amenazas que se levantan por los estados dictatoriales en contra del sistema interamericano, y especialmente de aquellos estados dictatoriales que están bajo el control de gobiernos e ideologías no hemisféricos. Si esto se hace adecuadamente las acciones contra Castro pudieran ser vistas a favor de los intereses del hemisferio y no solo de las corporaciones norteamericanas.
3 ¿No podríamos derrocar a Castro y a Trujillo al mismo tiempo? Si la caída del régimen de Castro fuera acompañada o precedida por la caída del régimen de Trujillo, se mostraría que la principal preocupación que tenemos es la libertad humana y no solo la oposición a los dictadores de izquierda.

Si finalmente se prueba necesaria la decisión drástica, espero que pasos de este tipo puedan hacer algo para mitigar los efectos. Y si tomamos la decisión drástica, debe dejarse claro que tenerlo que hacer así, no a la ligera, sino solo después de haber agotado cada alternativa concebible.
Arthur Schlesinger, Jr.[6]

Estas largas dadas a la ejecución del plan, colmaban la paciencia de Richard Bissell quien le reclama al presidente diciendo: “No puede dejar para mañana este asunto. Puede cancelarlo, en cuyo caso se plantea otro problema. ¿Qué hacemos con los mil quinientos hombres? ¿Los soltamos en Central Park a que se desmadren, o qué?”  

Ciertamente Kennedy tenía una papa caliente en sus manos. Había iniciado su mandato con un plan de operaciones paramilitares, ya en fase de conclusión, elaborado durante la anterior administración y ─ como apunta Pfeiffer[7] ─, recibido en herencia “un contingente paramilitar en formación con aviones (bombardero/soporte de tierra y transporte) y una brigada de infantería que tenía probablemente la mayor concentración de poder de fuego en la cuenca del Caribe, sino en toda la América Latina”. Toda la operación estaba bajo la lupa inquisitiva de los medios. No era posible guardar el secreto de que algo se estaba preparando en Estados Unidos contra Castro; “el plan del gobierno, como diría Pfeiffer, de mantener la “plausible deniability” sobre su participación anticastrista tenía la invulnerabilidad de la ropa nueva del emperador”. ¿Qué hacer? Su Secretario de Estado está en contra del proyecto e igualmente su principal consejero, Schlesinger lo rechaza y él mismo tiene sus dudas. El tiempo estaba conspirando… la pregunta sería: ¿Contra quién? ¿Contra el éxito de la operación ya acordada o contra el mismo presidente?

Hay que hacer notar que el Estado Mayor Conjunto (EMC) no estuvo de acuerdo con el traslado de las operaciones de Trinidad hacia Zapata, no obstante, dio su máximo apoyo al Plan Zapata. Respondiendo a un cuestionamiento realizado por el Grupo de Estudios Cubanos en relación con la responsabilidad del EMC de ofrecer voluntariamente asesoramiento al Presidente y que al no producirse este, el presidente tendría el derecho a pensar que todo estaba bien, el General White respondería: “Sí, salvo que ocurrieron una serie de cosas que yo desconocía. Yo desconocía la cancelación de los bombardeos del Día-D”. Agregaría que a pesar de que el EMC pasó menos tiempo estudiando el plan Zapata que el que había dedicado al estudio del plan Trinidad, la cuestión básica era que se trataba de un cambio de ubicación, más que algún cambio significativo en el plan.



[1] Foreign Relations of the United States (FRUS X, 64) Memorandum from the President's Special Assistant for National Security Affairs (Bundy) to President Kennedy. Kennedy Library, National Security Files, Countries Series, Cuba, General, 1/61-4/61
[2] Citado por Jack B. Pfeiffer. The Taylor Committee Investigation of the Bay of Pigs. 9 de noviembre de 1984 
[3] John A. Barnes. Op. Cit.
[4] Dean Acheson había sido Secretario de Estado durante el gobierno de Harry S. Truman de 1949 a 1953. Aunque ignorado por el gobierno de Eisenhower, Acheson influyó en gran manera sobre las políticas de respuesta flexible de Kennedy
[5] Peter Kornbluh. Op. Cit.
[6] Foreign Relations of the United States (FRUS X, 43) Memorandum from the President's Special Assistant (Schlesinger) to President Kennedy. Kennedy Library, Papers of Arthur Schlesinger, Cuba 1961, Box 31.
[7] Jack B. Pfeiffer. The Taylor Committee Investigation of the Bay of Pigs. 9 de noviembre de 1984