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jueves, 15 de septiembre de 2022

In God We trust, es un lema; pero ¿de todos?

 

Mario J. Viera

 


¿En realidad el lema, que sustituyó aquel de E pluribus unum, es de carácter “patriótico o ceremonial” como así lo dictaminó el Tribunal de Apelación del Noveno Circuito de Estados Unidos en 1970? ¿Realmente no tiene ningún parecido real con un patrocinio gubernamental de un ejercicio religioso? Todo depende desde el ángulo que se le analice.

La primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos se expresó muy claramente al acuñar: Congress shall make no law respecting an establishment of religión (El Congreso no hará ninguna ley con respecto al establecimiento de la religión). Desde este punto de vista constitucional, aprobar por resolución conjunta del Congreso el lema de “En Dios confiamos” no quiere decir taxativamente que sea “hacer una ley para el establecimiento de la religión”. Puede tratarse solo de una expresión genérica, donde Dios es un símbolo; y los símbolos son la expresión de una realidad abstracta. Así fue como se incluyó el nombre Dios, en el Preámbulo la Constitución cubana, primero en la de 1901 y posteriormente en la de 1940.

En el debate que se produjo en la Constituyente de 1900, en torno a la invocación que se hacía a Dios en el preámbulo de la Constitución, Manuel Sanguily, un hombre que de religiosos nada tenía, tomó la palabra y declaró:

Dios es, al fin y al cabo, el símbolo de aquel bien que va realizándose con nosotros, contra nosotros, a pesar de nosotros, ahora, en el presente y en el porvenir...  Dios, pues, no es en mis labios sino un símbolo, y en este símbolo, cabalmente por ser un símbolo, caben todas las aspiraciones, las opiniones todas, las del ateo y las del creyente, así como todas las creencias (…) bueno es, procurar asirnos a algo que parezca un ancla de oro suspendida en el espacio; (…) es una idea que representa algo más poderoso que la voluntad de los hombres, algo más firme y permanente que las vicisitudes de la Historia”.   

Ahora bien, el lema “En Dios confiamos” va más allá de lo simbólico para convertirse en un postulado de fe teísta, no cívico; no es en realidad un símbolo de patriotismo, sino el reconocimiento de no ser capaces de alcanzar nuestros objetivos como Nación; que no basta estar organizados constitucionalmente, de haber alcanzado un sistema institucional de estado de derecho, de poseer un potencial económico y un pueblo decidido, para asegurar nuestra existencia como Nación; que no somos nada; que tenemos que confiar en la Providencia. Es la fe en lo ignoto y no en nuestras propias capacidades.

Quizá el creyente pueda confiar solo en Dios para alcanzar las metas o para salir con vida en un enfrentamiento bélico. Confiar en Dios quizá anime; pero para alcanzar las metas y vencer en enfrentamientos bélicos se requiere voluntad de victoria, de confiar plenamente en nosotros actuando e pluribus unum, de hacernos uno en muchos, una sola voluntad.

Se habla mucho de la fundación de Estados Unidos sobre bases eminentemente cristianas; pero a este criterio hay objeciones. Situémonos en el siglo XVIII, sin interpretación milenial, sino dentro del como pensar en aquel siglo, que, por cierto, se denominó siglo de las luces (de finales del siglo XVII y mediados del XVIII). La revolución de las trece colonias se produjo en 1776. Los fundadores de los Estados Unidos, los que impulsaron la revolución y aquellos que crearon un nuevo Estado, definitivamente opuesto al absolutismo monárquico bebieron de las fuentes de John Locke (1632-1704); Voltaire (1694-1778); Jean-Jacques Rousseau (1712-1778); Montesquieu (1713-1784); David Hume (1711-1776); e Immanuel Kant (1724-1804).

Entre los fundadores de la Nación se encuentran muchos hombres ilustrados y no existe testimonio alguno de que entre ellos hubiera alguno que practicara el ateísmo; pero sí hay testimonios de que, entre ellos, los hubo libre pensadores y deístas. Se pueda afirmar que todos eran creyentes; pero no todos eran, en realidad, miembros de alguna religión organizada.

Entre los llamados “padres fundadores” se mencionan como deístas a John Adams, Benjamin Franklin, Alexander Hamilton, John Jay, Thomas Jefferson, James Madison y George Washington. El deísmo, valga la aclaración, no es una religión sino una creencia, una posición filosófica frente al concepto de la revelación; es ver a Dios como el Arquitecto supremo del universo, o como “el gran relojero” de Voltaire, creador del “Gran Reloj del universo”.

Muchos aducen que la doctrina cristiana está presente dentro de la redacción de la Declaración de Independencia. Para ello citan pasajes de la Declaración de Independencia como, por ejemplo, los siguientes párrafos:         

Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.

(…) Sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

(…) los representantes de los Estados Unidos de América, convocados en Congreso General, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por la autoridad del buen pueblo de estas Colonias, solemnemente hacemos público y declaramos: que estas colonias Unidas son, y deben serlo por derecho, Estados libres e independientes… que, como Estados libres o independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio y efectuar los actos y providencias a que tienen derecho los Estados independientes. Y en apoyo de esta Declaración, con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos nuestra vida, nuestra hacienda y nuestro sagrado honor”.

Sin embargo, pasan por alto un detalle. Thomas Jefferson fue el principal redactor, y al mismo tiempo, fue un convencido creyente del deísmo; de él, durante la campaña electoral de 1800, entre John Adams, presidente titular por el Partido Federalista, y Thomas Jefferson, vicepresidente y candidato del Partido Demócrata-Republicano, está documentado que varios clérigos y pastores denominaron a aquella como una elección entre el patriota federalista John Adams y el anticristiano francófilo Thomas Jefferson.

Pero veamos más. Thomas Payne es considerado como uno de los “padres fundadores”; pero Payne no se dejaba llevar por las ideas religiosas que muchos en las colonias profesaban. Vivió en Francia durante el periodo de la Revolución y escribió a favor de la misma; autor había sido del folleto político Common Sense. En 1793-94 escribiría el libro The Age of Reason: Being an Investigation of True and Fabulous Theology (La edad de la razón: una investigación sobre la verdadera y fabulosa teología). En este libro. Payne aboga por el deísmo, critica a la religión institucionalizada y niega la infalibilidad bíblica y promueve la razón y el librepensamiento. No obstante, y como deísta, Payne no era ateo pues cree en la religión natural y en un Dios creador. Idéntica consideración con lo plasmado por Jefferson en la Declaración de Independencia. Cuando hizo referencia a “las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza”; y este no es, ni para Jefferson, ni para Payne, el cruel Dios bíblico.

Payne se apartaba de los presupuestos y dogmas del cristianismo y fustigó al clericalismo. Fuerte fue su crítica al Antiguo Testamento: “Cada vez que leemos las historias obscenas, los libertinajes voluptuosos, las ejecuciones crueles y tortuosas, la venganza implacable, con las que está llena más de la mitad de la Biblia, sería más consistente que la llamemos la palabra de un demonio, que la palabra de un Dios. Es una historia de maldad, que ha servido para corromper y embrutecer a la humanidad; y por mi parte, lo detesto sinceramente, como detesto todo lo que es cruel”.

Cuando la primera enmienda le prohibió al Congreso dictar alguna ley que estableciera una religión oficial, se estaba situando dentro de un principio básico del liberalismo de establecer el secularismo o el laicisismo de la Federación, la providencia de que los asuntos civiles, ciudadanos, se debían formular sobre la base del raciocinio derivado del mundo material, sin recurrir a la religión. Lo cual no quiere decir que se plantee una posición ateísta y de rechazo a la libertad de creencias de la ciudadanía; simplemente, es la separación del gobierno de la religión, por lo cual las leyes que apruebe el Congreso se deberán elaborar por motivos seculares y no religiosos.

El Estado debe proteger el derecho de todos, de creer o de no creer, de culto o de no culto; por tanto, no le pertenece al Estado establecer leyes, de obligatorio cumplimiento, fundadas en dogmas o preceptos religiosos surgidos de las leyes mosaicas o de la Sharía, como pudieran ser el homosexualismo o el derecho de la mujer a suspender su embarazo. Claro está, este concepto es fuertemente rechazado tanto por los fundamentalistas cristianos, como los fundamentalistas judíos como por los fundamentalistas islámicos.

Ciertamente, la primera enmienda de la Constitución reconoce y ampara el derecho de expresión, pero hay excepciones, la primera enmienda no ampara expresiones que comporten discriminación por motivos de raza, credo, sexo, o preferencias sexuales. Cualquiera puede reclamar y abogar por la oración de los niños en las escuelas, pero convertir ese reclamo en ley, es también violar la primera enmienda y un principio básico de los derechos humanos, porque, toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; libertad de cambiar de religión o de creencia, así como la libertad de manifestar su religión o su creencia, individual y colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto y la observancia; porque además, nadie podrá ser obligado a pertenecer a una asociación, ya sea religiosa, como social o política.

martes, 19 de noviembre de 2019

SI VAMOS A HABLAR DE JESUS, PUES HABLEMOS DE JESUS


La Contradicción entre Religión y Política, a la luz del Cristianismo




Mario J. Viera

Muchos, en los tiempos que corren, son los cristeros que se empeñan en mezclar sus creencias fundamentalistas con el ejercicio del gobierno de un Estado. En apoyo de sus criterios ortodoxos buscan justificaciones en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana. Si nos atenemos a una adecuada hermenéutica de los textos del Nuevo Testamento, con la comparación del idioma en los que fueron redactados (el griego koiné o vulgar) y nos situamos en el momento histórico-cultural donde transcurre el relato, podemos adelantar un criterio más o menos ajustado a los propósitos que animaban a los evangelistas.

Podemos concluir que Jesús, en toda su peregrinación entre la Galilea (la Galilea de los gentiles como se le denominaba) y Judea, no pretendió crear una nueva religión, ni instituir un cuerpo sacerdotal que se ocupara de sus enseñanzas para convertirlas en dogmas inamovibles de fe. Recorría montes y desiertos y nunca buscó amparo en los poderes del Gobierno. No se sometió a Herodes y ante él no pronunció ni siquiera una palabra. Muchos del pueblo creían que él los conduciría a la liberación de Roma y que alzaría, sobre las tierras del antiguo Israel, un reino más poderoso que el de Salomón. Pero su reinado no existía. Él era la Palabra, el mensaje de un nuevo mundo espiritual, un nuevo Βασιλεὺς, reinado, abierto dentro de cada persona. Llegado el momento, la gente defraudada, porque él no se declaró Melej rey, se apartó de su lado al verle abatido por el poder imperial y clamó a favor del rebelde que peleaba, espada en mano contra los romanos, “¡Queremos a Bar Abbas!”

El creía, y lo predicaba, que hay cosas separadas, lo de Dios y lo del poder mundano. Ninguna contaminación de lo espiritual con los intereses políticos del poder. Cuando algunos provocadores, enviados por los sacerdotes y los escribas, fueron ante él, para hacerle tropezar con una palabra que, en política, pareciera una toma de posesión frente al imperio romano, y le preguntan “¿Nos es lícito dar tributo al César, o no?” Su respuesta fue contundente, “¿Por qué tratan de provocarme?”    

Lc. 20: 25 “Entonces, Él les dijo: Pues dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. [ὁ δὲ εἶπεν πρὸς αὐτούς Τοίνυν ἀπόδοτε τὰ Καίσαρος Καίσαρι καὶ τὰ τοῦ Θεοῦ τῷ Θεῷ]. “Y él les dijo a ellos, por tanto, den lo del César al César, y también lo de Dios a Dios”. Es decir, una cosa son los asuntos de política y otra la religión. Lo que es de la política, dejarla a los políticos; lo que pertenece a la esfera de la religión que se ciña a lo religioso. Todo creyente puede participar en política, pero nadie tiene derecho a imponer a otros sus convicciones y dogmas religiosos.

Él se proponía una reforma de las prácticas que, en su tiempo y en su medio geográfico, se venían siguiendo. Todo, enmarcado dentro de los principios de una nueva moral que debía fundarse en la vida dentro de la verdad. Y el evangelista Juan cita sus palabras en el capítulo 3 de su evangelio: “Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios”. Es decir, trata de vivir honestamente, limpiamente, tú. Y vive en tu verdad; pero esto no quiere decir que intentes imponer tu verdad a los otros. El mensaje va dirigido a ti; piensa, ¿qué intentas ocultar de ti mismo?, ¿qué hay de turbio en ti que no quieres que salga a la luz? “Practica la verdad”; pero ¿qué es la verdad? Esa es la pregunta que Pilato le formula a Jesús, luego de que este dijera “Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz”; pero ¿qué es la verdad? Esa es la pregunta que queda sin respuesta.

Pero Juan en el capítulo 12: 46 – 48, da una pista de lo que en Jesús significa la verdad: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas. Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue...” La verdad es vivir en medio de la luz, tú, yo, aquel... Pero no juzgues a otros por lo que tú interpretas como verdad; vive según esa verdad, pero no intentes imponérmela, no me juzgues, júzgate a ti mismo. Si crees que alguien, si muchos, no recibe las palabras de Jesús... ¡No juzgues! Si crees de verdad en las enseñanzas de Jesús, no juzgues a otros, ellos ya tienen quien les juzgue; no intentes, desde las esferas gubernamentales, imponer tu verdad. ¿Qué sucedió cuando la iglesia se imponía sobre los poderes terrenales, defendiendo “su” verdad? Intolerancia hacia las opiniones de otros, que también adelantaban su propia verdad, y guerras y ¡Hasta la Santa Inquisición, que de santa nada tenía!

¡Ah, dicen algunos, Jesús es Cristo Rey, y todas las naciones deben rendirse ante Cristo Rey! Como Jesús es Cristo Rey, los cristeros proclaman que hay que llevar su majestad, con su trono colocado junto a la silla presidencial. La idea de Jesús como rey se funda, principal y erróneamente en la interpretación del capítulo 18 del texto evangélico de Juan, donde desarrolla un supuesto diálogo entre el procurador romano Poncio Pilato y Jesús. Aunque debe notarse un detalle importante: Juan no pudo de ningún modo ser un testigo presencial de este diálogo entre Jesús y Pilato, porque este se desarrolló dentro del Pretorio (πραιτώριον) ya que para los judíos penetrar en la residencia de un gentil representaba impureza. Sin embargo, Juan recrea, como enseñanza catequística, el supuesto diálogo.

Jn 18: 33 “Entonces Pilato volvió a entrar al Pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Basileus (rey) de los judíos? [Εἰσῆλθεν (entró) οὖν (entonces) πάλιν (de nuevo) εἰς τὸ πραιτώριον (al pretorio) ὁ Πιλᾶτος* καὶ ἐφώνησεν (llamó) τὸν Ἰησοῦν καὶ εἶπε αὐτῷ Σὺ εἶ ὁ Βασιλεὺς (Basileus, rey) τῶν Ἰουδαίων (de los judíos)]; 34 Jesús respondió: ¿Esto lo dices por tí, o porque otros te lo han dicho de mí? (...) 36 Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de aquí”.

Para Juan, Jesús es el rey ungido, el Melej Hamashíaj, el líder judío que redimiría a Israel en el fin de los días; pero lo ve de una manera trascendentalista, es decir por encima del ámbito terrenal, “pero mi reino no es de este mundo”. Jesús se eleva al plano espiritual; es el Mashíaj esperado, el que debía aparecer al final de los días, y Juan creía que ya el final de los días estaba cercano. Es que ni siquiera Jesús es rey en el sentido que normalmente se le confiere al término. Juan escribe en griego y emplea la palabra Βασιλεύς, que luego es traducida en español como “rey”; pero el basileus, o rey entre los griegos, es también aquel que obtiene su autoridad por Dios. Jesús, para Juan, es el receptor de la voluntad de Dios y lo deja bien claro cuando, para que no haya confusión, le atribuye la frase de “mi reino no es de este mundo”. Jesús, por tanto, no es Rey, no ha venido al mundo para gobernar. Él es el λóγος, la palabra, el pensamiento. Los sacerdotes del templo y los fariseos han acusado a Jesús ante Pilato de pretender proclamarse como rey, como basileus, como melej, en fin, como enemigo de Roma, pero Jesús solo es el “ungido” por Dios para la enseñanza, como la Palabra misma de Dios, no un rey.

Juan, según la habitual traducción del texto, en el versículo 36 de ese capítulo 18, agrega: “Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; mas ahora mi reino no es de aquí”. No obstante, en el texto griego se lee: “ἀπεκρίθη Ἰησοῦς (respondió Jesús): Ἡ βασιλεία (reinado) ἡ ἐμὴ (mí) οὐκ ἔστιν (no existe) ἐκ τοῦ κόσμου τούτου (en este mundo): εἰ ἐκ τοῦ κόσμου τούτου (ese mundo existe) ἦν ἡ  βασιλεία    ἐμή,  οἱ  ὑπηρέται  ἄν   «οἱ  ἐμοὶ  ἠγωνίζοντο»,  ἵνα  μὴ  παραδοθῶ  τοῖς  Ἰουδαίοις·  νῦν  δὲ    βασιλεία    ἐμὴ  οὐκ  ἔστιν  ἐντεῦθεν (pero ese reinado mío no existe aquí)” lo que podría traducirse del siguiente modo: “Mi reinado no existe en este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, entonces mis servidores pelearían para que yo no fuera traicionado por los judíos; pero ahora mi reinado no existe aquí”.

Claramente queda expresado: “Mi reinado no existe”, y lo demuestra agregando que si existiera en este mundo el habría sido defendido por sus servidores; pero su “reinado no existe aquí”. Jesús, el Mesías, el Cristo, no es rey.

La advocación por la cual se le denomina Cristo Rey, no tiene valimiento dentro del cristianismo no adulterado por las reformas de Pablo de Tarsos. A Jesús se le “corona” como Rey, en diciembre de 1926 por decisión del Papa Pío XI ejerciendo el derecho del papado de ungir a los monarcas del mundo cristiano. ¿Cristo Rey, con corona colocada sobre su frente por un pontífice romano? ¿Por qué equiparar la humildad de Jesús, que es su principal distinción, con el poder de un soberano absoluto? “Bienaventurados los humildes, pues ellos heredarán la tierra”. Toda palabra, justa y cierta. tiene poder, conmueve e impulsa, pero no impone. Y en Juan 13. Se muestra la humildad de Jesús, cuando se inclina ante sus discípulos y les lava los pies, y les dice: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor (Κύριος – kírios), y ciertamente como decís, en verdad lo soy. Sí, no obstante, yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros”.

Debe anotarse que kírios es un apelativo que los griegos usaban de común para referirse a un hombre, como el Sr., que se emplea en español, o el Mr., como se usa en inglés. Podría referirse como una expresión de respeto, para referirse a un jefe, un amo o un soberano; pero Juan le da otra equivalencia, la misma empleada en la Septuaginta para Adonai, empleaba en sustitución de la palabra Dios. Con el título que Juan le da a Jesús de Kirios, con mayúscula inicial, resaltaba la divinidad de Jesús. Jesús no es rey. No hay tal Cristo Rey.

Los fundamentalistas, leen, pero no comprenden, leen lo que el traductor consideró sería la mejor versión del texto que tradujera; leen y no se colocan a considerar la época en la que fuera redactado el texto. Entonces justifican sus fobias, sus prejuicios con citas de los libros sagrados. Por ejemplo, los homófobos, quieren que el gobierno reconozca como deformaciones mentales el homosexualismo y rechazan la unión matrimonial entre los mismo, quieren que el gobierno imponga leyes antiabortistas. Cuando no hay ni la menor referencia en contra del homosexualismo en las palabras de Jesús que se citan en los evangelios, ni siquiera la menor referencia en el libro del judeizante Mateo.

Entonces el cristero saca a relucir. fuera de contexto, el versículo 21 de Marcos 7: “Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones (esto, en algún que otro texto la traducción es, en lugar de fornicaciones, se dice, “inmoralidades sexuales”) robos, homicidios, adulterios”. Analicemos: El texto se refiere a la respuesta que Jesús diera a los fariseos que le criticaban que comiera sin antes lavarse las manos como era la costumbre. El texto en griego koiné emplea la palabra πορνεῖαι (pornéia) que en algunos textos se traduce, no solo como “fornicaciones”, sino también como “relaciones sexuales indecorosas” y hasta por el término ya citado de “inmoralidades sexuales” y que da pie a muchas interpretaciones. Sin embargo, pornéia es una derivación de la palabra πόρνη (pórne) que quiere decir, prostituta, se trata entonces de las relaciones sexuales practicadas con prostitutas o, incluso, con prostitutos [ἀρσενοκοῖται (arsenokoitai)].

Pero el fundamentalista replicará y te dirá: “¡Ahí está 1 de Corintios 6: 9 de Pablo!” Y te recita de memoria el versículo: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales”. Reproduciré el versículo, intercalándole los sinónimos del idioma en que fue redactado: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales (πόρνοι), ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados [μαλακοὶ (malakoi)], ni los homosexuales [ἀρσενοκοῖται (arsenokoitai)]”. Cedo entonces, la palabra al lingüista e historiador estadounidense John Eastburn Boswell, refiriéndose a la palabra malakoi, dice: “es una palabra griega harto común; aparece en muchos pasajes del Nuevo Testamento con el sentido de ‘enfermo’ y en los escritos patrísticos con sentidos tan variados como ‘líquido’, ‘cobarde’, ‘refinado’, ‘abúlico’, ‘delicado’, ‘amable’ y ‘libertino’. Muchas veces, en un contexto específicamente moral, significa ‘licencioso’, ‘disoluto’, ‘carente de autocontrol’. En un nivel más amplio, podría traducirse como ‘desenfrenado’ o ‘lascivo’, pero es absolutamente gratuito suponer que alguno de estos conceptos se aplica necesariamente a los gays”.

Analicemos el término arsenokoitai que emplea Pablo y que los traductores del texto bíblico emplean por homosexual. En Grecia, y en los territorios de habla griega del Imperio romano, se aplicaba ese término para identificar a los hombres que practicaban la prostitución, algo que era muy común en ese entonces y que debió alarmar al puritanismo paulista. La palabra, en definitiva, es una compuesta, ἀρσενο (arseno) que significa varón y κοίτης (Koites), palabra de la que deriva la palabra coito, es decir, coito con hombre o varón-cama. Los hombres que ejercían la prostitución y esta podría ser tanto con hombres como mujeres. Por otra parte, el término homosexual es prácticamente de uso reciente, a partir de 1869.

Entonces. podemos reconstruir la cita paulina diciendo: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los lascivos, ni los hombres que se prostituyen”.

Pero los cristeros, católicos y protestante, interpretando lo que no explicita el texto bíblico, ponen como “palabra de Dios” el rechazo a la interrupción del parto. Entonces citan el Salmo 139, versículos 13 a 16:

13 Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. 14 Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; (...)15 No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, (...) 16 Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas.

Y justificando lo que consideran malvado, hacen una trasnochada interpretación de lo dicho en Éxodo 21:22-23:

22 Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y ésta abortare, pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. 23 Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida...

Se trata de una de las tantas formulaciones de la Ley del Talión, de ojo por ojo, mano por mano y vida por vida. Pero, el texto no era un llamado en contra del aborto, sino un amparo del derecho de propiedad del patriarca. Si la mujer abortaba, estaba perdiendo él su propiedad.

Hay tanta hipocresía en esos alegatos que hasta se olvidan de otras “enseñanzas” bíblicas. ¿Qué sucedió en Jericó? El exterminio total de su población, sin respetar niños ni mujeres embarazadas. Solo se salvó de la muerte una prostituta que traicionó a su pueblo cuando acogió en su casa a unos espías hebreos. ¿Somos imagen y semejanza de Dios, y ese Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no se inmutó para darle muerte a cuarenta y dos muchachos que se burlaban de un profeta?

2 Reyes. 2: 23 y 24 Después Eliseo se fue de allí a Betel. Cuando subía por el camino, un grupo de muchachos de la ciudad salió y comenzó a burlarse de él. Le gritaban: “¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!” Eliseo se volvió hacia ellos, los miró y los maldijo en el nombre del Señor. Al instante salieron dos osos del bosque y despedazaron a cuarenta y dos de ellos.

¿Pro-vida? ¿Derecho a la vida? Y si una mujer, no un hombre, cometía adulterio, ¿qué dictaba la ley bíblica? ¡La muerte por apedreamiento! Pero Jesús, el Cristo, no actuaba como los cristeros de estos tiempos. La sanción de muerte podría estar amparada legalmente, pero él no lo entendía así. La ley puede existir, pero lo que importa, más que lo que dicte la Ley, es el principio de justicia. En Juan 8: 1 – 11, un grupo de hombres, entre los que se encontraban Maestros de la Ley y fariseo, presentaron ante Jesús, quien sentado en el patio del templo estaba hablando con el pueblo, a una mujer sorprendida en adulterio, y le dijeron a Jesús: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices?” Ellos buscaban comprometer a Jesús, porque los romanos les habían prohibido a los judíos dictar sentencias de muerte, si reconocía la sentencia estaría violando lo dispuesto por Roma, y si se oponía al cumplimiento de aquella disposición, estaría faltándole al mismo Moisés.

Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra”. Los hombres, guardaron silencio y avergonzados dejaban caer de sus manos las piedras y se marcharon dejando solo a la mujer y a Jesús. “Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

“Ni yo te condeno”, ¿habrán meditado los cristeros en la profundidad de esta simple sentencia gramatical?

lunes, 5 de septiembre de 2016

Deísta


Mario J. Viera

Porque declaro que acepto la existencia de, digámoslo con una expresión poco exacta, un “ser” trascendente colocado por encima de la experiencia humana, al que se le denomina Dios, algunos dicen de mí que soy “religioso”; algo bien distante de la realidad, porque para nada me identifico con la religiosidad o con la aceptación de una religión organizada. Pero si dijeran de mí que soy un especial adepto a una específica corriente filosófica denominada deísmo, entonces estarían más acertados en la calificación. Si, por otra parte, me identificaran con el modelo de pensamiento del británico, y uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, Thomas Paine, diría que, ciertamente, estarían en la proximidad de lo que “creo” en cuanto a religiosidad. Paine afirmó en uno de sus folletos, La Edad de la Razón, lo que él entendía por “los deberes religiosos”, anotando:

Yo creo en un Dios y no más; y tengo la esperanza de la felicidad después de esta vida. Creo en la igualdad del hombre, y creo que los deberes religiosos consisten en hacer justicia, amar la misericordia y esforzarse por hacer feliz a nuestro prójimo”.
 
Thomas Paine
Y en ese mismo folleto expuso su credo:

No creo en el credo profesado por la iglesia judía, por la iglesia romana, por la iglesia griega, por la iglesia turca, por la iglesia protestante, ni por cualquier otra iglesia que conozca. Mi mente es mi iglesia. Todas las instituciones eclesiásticas nacionales, ya sean judías, cristianas o turcas, me parecen nada menos que invenciones humanas creadas para horrorizar y esclavizar a la humanidad, y monopolizar el poder y el lucro”.

Sobre el cristianismo escribe Paine: “Si hubiera sido el objetivo o la intención de Jesucristo establecer una nueva religión, indudablemente habría escrito el sistema él en persona, o habría procurado que lo escribieran mientras vivía. Pero no hay ninguna publicación auténtica existente que lleve su nombre. Todos los libros que forman el Nuevo Testamento fueron escritos después de su muerte”.

Paine se declara deísta cuando dice: ““¡Qué diferente es esto a la simple y pura profesión del deísmo! El verdadero deísta tiene una sola deidad; y su religión consiste en contemplar el poder, la sabiduría y la benignidad de la Deidad en sus obras, y en su esfuerzo por imitarlo en toda cuestión moral, científica y mecánica”.

Pero Paine no fue el único deísta entre los padres fundadores, junto a él lo fueron, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, en tanto James Madison y George Washington, sin declararse definidamente como tales, tenían inclinaciones hacia el deísmo; según Bruce Miroff, Raymond Seidelman, y Todd Swanstrom[1], John Adams, aunque era un confeso unitario liberal, en su correspondencia privada parecía más deísta que cristiano. Estos autores señalan, además que uno de los autores de El Federalista, James Madison “creía que ‘la esclavitud religiosa apresa y debilita la mente y la inhabilita para cada noble empresa’. Habló de los ‘casi quince siglos’ durante los cuales el cristianismo había estado en juicio; ‘¿Cuáles han sido sus frutos? Más o menos en todas partes, orgullo e indolencia en el clero, ignorancia y servilismo en los laicos, en ambos, superstición, intolerancia y persecución”.
 
Thomas Jefferson
Sobre Thomas Jefferson señala el historiador Mario Escobar: “El que sería tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, no ocultaba sus profundas ideas deístas. Su respeto a las creencias de los demás y su profundo deseo de la separación política de la Iglesia y el Estado, estaban en la base de su pensamiento. Thomas Jefferson rechazó públicamente todos los aspectos sobrenaturales de las Escrituras, incluidos los milagros de Jesús. En su pensamiento racionalista, lo sobrenatural era considerado mera superstición. Durante las elecciones a la presidencia fueron muchos cristianos los que denunciaron las ideas heterodoxas del candidato”.

Un personaje menos destacado en la historiografía de Estados Unidos, considerado por algunos autores como uno de los padres fundadores fue Ethan Allen de Vermont, aunque este no fuera uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, ni de los Artículos de Confederación y fuera uno de los políticos del Estado de Vermont que se oponían a la integración en Estados Unidos, luego de finalizada la Guerra de Independencia. Ethan Allen se identificaba con las posiciones filosóficas de Paine. En 1785, Allen publica su libro Reason: the Only Oracle of Man: Or, A Compendious System of Natural Religion (La razón: el único Oráculo del Hombre, o Un Resumen de Sistema de Religión Natural) donde planteaba un ataque al cristianismo y un violento ataque contra la Biblia, las iglesias establecidas y el poder clerical. En esta obra, Allen presentaba la sustitución de la religión organizada entremezclando el deísmo, las opiniones naturalistas de Baruch Spinoza y un trascendentalismo que se adelantaba a los postulados de los trascendentalistas del siglo XIX, principalmente Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, y el poeta Walt Whitman. Para Allen el hombre es un agente libre en el mundo natural.

Dicho esto, paso al tema específico de qué ser deísta. El deísmo no es una religión, sino una concepción filosófica y, si se quiere filosofo-teológica con una actitud definida ante la aceptación, por medio de la razón, de la existencia de Dios y de rechazo a todo tipo de religión organizada y de su clerecía, sea sacerdotal o pastoral. Según Copleston, citado por Mariano Fazio Fernández, “Los deístas eran racionalistas que creían en Dios… El deísmo del siglo XVIII significaba la desupernaturalización de la religión y la negativa de aceptar cualquier proposición religiosa basada en el principio de autoridad. Para los deístas era la razón sola la que había de juzgar sobre la verdad, tanto en materia religiosa como en cualquier otra cosa[2].
 
Voltaire
Voltaire, el gran deísta, anotaría en rechazo del ateísmo: “Siempre he considerado el ateísmo como el mayor de los extravíos de la razón, pues decir que la armonía del mundo no prueba la existencia de un supremo artífice es tan ridículo como necio sería decir que un reloj no prueba la existencia de un relojero”. Para él la creencia en un Saber Supremo no era cuestión de fe, sino de la razón. En el “El filósofo ignorante”, cita Isaías Díez del Río, Voltaire argumenta: “Me siento inclinado a creer que el mundo es siempre emanado de esta causa primitiva y necesaria, como la luz emana del sol. ¿Por qué concatenamiento de ideas me veo siempre llevado a creer eternas las obras del Ser Eterno? Por muy pusilánime que sea mi concepción, tiene la fuerza de alcanzar al ser necesario que existe por sí mismo[3].

Para el deísta no hay libro sagrado, solo compendio de escritos humanos con determinado valor teológico. El deísta no cree en las “verdades reveladas” contenidas en el canon bíblico y mucho menos en sus mitos de la creación y el diluvio universal sustentados en la fe o en la tradición.

Para los deístas Dios constituye el motor inicial, el primer impulso en la formación del universo; sin embargo, algunos reconocen la creatio ex nihilo por un Dios creador, en tanto otros rechazan este concepto de la creación a partir de la nada en favor del concepto de la creatio ex materia o, dicho de otro modo, del surgimiento del Universo a partir de la expansión de la materia, donde Dios ya no es un creador sino un programador que construye con los elementos materiales surgidos del primer impulso o Big Bang. Este es el concepto propio de rechazo a la “revelación” que se expresa como ex nihilo nihil fit, es decir, “de la nada, nada proviene”. La explicación bíblica del mundo y del hombre no tienen un carácter autóctono, sino que se conformó sobre las bases de las tradiciones sumerias. Para el budismo el Universo es infinito e increado, es decir no hay intervención divina para la existencia del universo. Buda considera que la idea del origen del universo es un impensable diciendo: “Pensar acerca del (origen) del universo, oh monjes, es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentaría aflicción y locura”. Sin embargo, la ciencia indaga para encontrar el cómo del surgimiento del Universo y del origen de la vida, pero se detiene en el por qué sin llegar a explicar ciertamente el qué es la vida. He ahí el impensable científico.

Pero ¿qué es la vida? ¿Qué propició que en la materia inerte surgiera la vida? No se trata de cómo surgieron los primeros vivientes, sino cómo la vida se generó en esas rudimentarias formas vivientes. Por la razón y por experiencia creo que la vida es el pneuma del Espíritu Universal soplado sobre la materia orgánica. Ante este “misterio” del origen de la vida, señal el astrofísico y matemático inglés, Chandra Wickramasinghe: “El que la vida haya sido un accidente químico en la Tierra es como buscar cierto particular grano de arena en todas las playas de todos los planetas del universo... y hallarlo”. Y Albert Einstein, por muchos calificado como deísta, expresó: "Hay dos maneras de vivir una vida: una es pensando que todo es un milagro, la otra es pensando que nada lo es. De lo que estoy seguro es de que Dios existe".

Los deístas no creemos en verdades reveladas, pero algunos aceptamos que en muchos escritos existe la inspiración del Espíritu de Sabiduría que sirven de modelo de enseñanza para el conocimiento de Dios. La enseñanza no está concentrada en un solo cuerpo de textos concedidos a un supuesto pueblo elegido, sino repartida en diferentes textos elaborados en diferentes culturas. A Dios se llega por la razón y la espiritualidad y no por adoctrinamiento o por dogmas impuestos, ambos no aceptados por los deístas. No se produce una relación de sumisión y adoración a Dios sino una de experiencia personal; es un acercamiento a Dios a través de la reflexión. De este modo se ha señalado ciertamente que el deísta disfruta de la libertad de buscar la espiritualidad por sí mismo, y su vida espiritual no se ha formado por la tradición o la autoridad religiosa sino por su propia concepción de la Divinidad.

 Dios no necesita servidores, porque Él es amor y comprensión. Su esencia, la esencia de Suprema Inteligencia no exige sumisión sino comprensión. Como Suprema Inteligencia, en sí hay tres componentes esenciales, la Gnosis (Γνωσις), el Logos (Λόγος) y la Sofos (σοφός), Uno y Trino, algo que los deístas clásicos no comparten. Por supuesto los deístas no creen ni admiten la existencia de un Dios personal y antropomorfo.

Dios no es legislador ni crea códigos de conductas que normen todas las actividades del hombre. Dios le ha concedido razón e inteligencia al género humano y es el hombre quien norma su vida en concordancia con las relaciones sociales existente en cada momento histórico. De este modo el deísta ratifica que la religión y el Estado deben estar separados. Así, el deísta no se rige, en lo fundamental por una moralidad surgida de los conceptos religiosos. Los deístas orientan su conducta a partir del pensamiento racional y de la ética vinculada a su propia conciencia. El deísta se rige por lo ético más que por la relatividad moral siempre en transformación. La moral está históricamente condicionada. Pero los valores éticos son constantes. La ética es una categoría filosófica y científica, en tanto que lo moral está determinado por principios, valores o normas que rigen para una sociedad históricamente determinada. Teniendo esto en cuenta los teístas rechazan los dogmas y los criterios impuestos por líderes eclesiásticos que se presentan a sí mismos como si fueran mensajeros de Dios y comunicadores de su Palabra.

No obstante, los deístas creyendo en Dios, o en un principio divino, aceptan unos pocos, si acaso, de los principios y prácticas del cristianismo, judaísmo, o de cualquier religión considerando que en las mismas pueden existir creencias racionales luego de extirpar de ellas lo que pueda haber de supersticioso.

En los deístas, desde Voltaire hasta Paine, hay una agria crítica hacia el cristianismo. Ante el cristianismo, Voltaire exigía “una religión natural sin dogmas, ni sacerdotes, nada coercitiva y con grandes valores humanos”; una religión no existente tal como lo planteara Paine de que Jesús no había creado una nueva religión. El cristianismo vigente, el nacido no de las enseñanzas del nazareno sino de las enseñanzas del fariseo Pablo de Tarsos es y ha sido la antítesis de la religión natural que reclamaba Voltaire. Jesús no sacramentó sacerdotes, ni líderes espirituales, ninguno de sus discípulos fue elevado sobre los otros y a ninguno le confirió dignidad episcopal. Jesús nunca fue a adorar al templo, su templo era el desierto y los montes.  El deísmo, por tanto, no necesita de ministros, sacerdotes, ni rabís. Todo lo que un individuo necesita es su propio sentido común y la habilidad de considerar su condición humana, todo hombre es su propio sacerdote.



[1] Bruce Miroff, Raymond Seidelman, Todd Swanstrom. Debating Democracy: A Reader in American Politics. Wadsworth Cengage Learning, Boston USA, 2009
[2] Mariano Fazio Fernández. Historia de las ideas contemporáneas. Ediciones Rialp, S.A, Madrid, julio 2015: F. Copleston. Historia de la Filosofía, vol. V: De Hobbes a Hume.
[3] Isaías Díez del Río. La religión en Voltaire. Anuario Jurídico y Económico Escurialense, XLIV (2011) 519-536