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viernes, 9 de septiembre de 2022

CHILE PENSÓ Y VOTÓ

 

Fernando Mires. Polis: Política y Cultura

 


Durante largo tiempo, para ser precisos, desde el 18.05.2021 cuando fueron elegidos por votación popular los miembros de la Convención que debía dar forma a la nueva constitución, Chile fue situado en el escalón más bajo de la condición política: la binaridad. El complejo e interesante espectro político chileno se vio reducido a dos bandos irreconciliables: apruebistas y rechacistas. Un bipartidismo informal que no admitía matices ni puntos intermedios, ni mucho menos la palabra “pero” sin la cual no hay reflexión ni tampoco política. Todo fue reducido a un rudimentario “o estás conmigo o estás con los otros”.

El plebiscito puede y debe ser bajo determinadas condiciones un medio para decidir sobre situaciones límites, pero en ningún caso el medio principal que lleva a la decisión política. La plebiscitización de la política suele cretinizar a la ciudadanía. No por casualidad el plebiscito es el medio electoral que más gusta a las dictaduras. Solo cabe esperar que después del plebiscito Chile recupere su condición pluripartidaria para, en próxima ocasión, llevar a cabo ese necesario cambio constitucional que pide a gritos el país.

Chile por ahora es el país de las constituciones rechazadas. La constitución vigente, la de 1980, llamada constitución de Pinochet, fue rechazada en octubre del 2020 por amplia mayoría. La constitución destinada a sucederla, llamadas por sus enemigos constitución del “octubrismo”, y por otros, la constitución de la izquierda, fue rechazada en septiembre de 2022, y también por amplia mayoría. ¿Qué pasa con los chilenos? Me preguntaba alguien. ¿Es que no desean ninguna constitución? Mi respuesta solo pudo ser: claro que la desean, pero lo que buscan, y todavía no han encontrado, es una constitución que jurídica y políticamente los constituya como nación, más allá de ideologías y de partidos.

Ya el origen de la constitución propuesta era problemático. Surgió como consecuencia del estallido social de octubre del 2019, y no porque los heterogéneos grupos que ahí actuaron hubieran deseado fervientemente una constitución (en las demandas del octubrismo no figuraba ningún llamado a crear una constitución) sino como un recurso de la clase política, incluyendo al gobierno de Piñera, para canalizar las energías (positivas y negativas) desatadas en esos sucesos. De ahí que, aunque la constitución en ciernes no fuera octubrista, su filiación cronológica sí lo era. Para muchos era, de modo simbólico, el corolario constitucional del estallido de octubre.

Más todavía: el hecho de que entre la elección del gobierno de Boric y la elección para elegir a los convencionales mediaran solo unos pocos meses, hizo pensar a muchos, y no sin razón, que la elección presidencial y la nueva constitución pertenecían al mismo proceso. Bajo esas condiciones era imposible que, de modo simbólico, gran parte de la ciudadanía no viera en el nuevo proyecto, la constitución del gobierno de Boric. Como si fuera poco, miembros del gobierno, como Camila Vallejos y Giorgio Jackson, muy cercanos a Boric, intentaron obtener réditos de la popularidad del presidente aduciendo que la constitución era necesaria para el cumplimiento del programa del gobierno.

Boric, como presidente, quedó mal posicionado. Si no intervenía a favor de la futura constitución, la ciudadanía podía creer que no estaba de acuerdo con ella. Si lo hacía, la ciudadanía podía interpretarlo como una intervención oficialista. Al final, ocurrieron las dos cosas. En una primera fase, Boric intentó mantenerse al margen del proceso constitucional. Luego reconoció que había errores en la la constitución, llamando a votar a favor para después corregirla sin decir explícitamente en cuales párrafos o puntos. Algo así como “yo te vendo este auto malo, me lo pagas como si fuera nuevo, y después lo reparo”.

A los errores mencionados, llamémoslos cronológicos, hay que sumar graves errores políticos cometidos por los convencionalistas elegidos al calor del auge boricista. Pero antes, permítaseme una digresión. Es la siguiente: El hecho de que los convencionalistas fueran elegidos por votación popular es, para sectores que adhieren al extremismo ideológico, la demostración de una auténtica democracia, llamada en su propia jerga, “democracia directa”. Pero para quienes hemos estudiado diferentes procesos de transformación política, la democracia directa suele ser un recurso para sortear a las instituciones, un arma populista destinada a vincular de modo vertical a las llamadas “bases”, con el Estado.

En el caso de las elecciones constituyentes fue claro que la gran mayoría de los convencionalistas no eran constitucionalistas. No todos eran partidistas, es cierto. Pero, de una u otra manera, la mayoría estaba empapada por la ola movimientista gestada en los sucesos de octubre. En otras palabras, eran líderes intermedios de una revolución que nunca había tenido lugar. Era inevitable entonces que, si no en la letra, en la forma, los constituyentes fueron vistos como portadores del espíritu del octubrismo. Solo así se explica que desde el comienzo fuera distorsionada la concepción prevaleciente de Chile como nación-estado, siendo asumida indirectamente la concepción evomoralista – en ningún caso un ejemplo de constitución democrática 129 del estado plurinacional. Chile fue rebajado así a la categoría de pluri-nación y los pueblos llamados originarios (todos los pueblos del mundo son originarios) fueron separados (debería escribir, segregados) como miembros de mini-naciones que, para colmo, nunca habían existido como tales. Y bien, ese espíritu, incluyendo la forma redaccional, sobredetermina muchas páginas del proyecto constitucional. Razón de más para que muchos ciudadanos, en ningún caso ultraderechistas, algunos de ellos probados en las gestas anti-pinochetistas, dijeran: no, esta no es la constitución que yo quiero para mi país.

Ahí está el nudo del problema: la nueva constitución iba a ser fundacional, la consagración constitucional de un nuevo Chile. Y justamente eso, era lo que más se criticaba a la pretensión de la constitución de Pinochet: un deseo no oculto de hacer aparecer al país como renaciendo, purificado de todas las taras y vicios del pasado. La constitución de Pinochet ─ si no en la letra, en su espíritu y estilo - nació con la ambición de ser fundacional. La constitución del octubrismo, a su vez, nació con pretensión refundacional. Y eso era lo que no quería la mayoría del país.

Chile, para decirlo con las palabras de un convencionalista, fue fundado en1810. No había ninguna razón para refundarlo en el 2022. Cuando una nación ha sido fundada, y sus bases jurídicas son sólidas, las constituciones dictadas de acuerdo a los cambios de tiempo, son por lo general simples reformas constitucionales. Y si se dictan nuevas constituciones, estas establecen una relación de continuidad con el pasado.

Chile, a diferencias de otras naciones latinoamericanas, fue siempre, independientemente del carácter de sus diferentes gobiernos, un país bien constitucionalizado. Desde 1833 hasta 1980 –hasta que al revolucionario Pinochet se le ocurriera hacer de nuevo a Chile- había primado una asombrosa y envidiable continuidad constitucional. Cambios, sí. Pero en el marco de la tradición.

2022 habría sido el año ideal para que los convencionales chilenos retomaran el hilo de la tradición y dictaran un nuevo texto constitucional de acuerdo al espíritu y a la letra de la constitución con la que rompió Pinochet, nuestra constitución, la de 1925. Pero en lugar de eso intentaron presentar una constitución nacida de la nada, sin pasado, sin tradición, una que atendía al llamado de las modas ideológicas más recientes, fueran estas indigenistas, ecologistas o feministas, todas legítimas y necesarias, pero bajo la condición de ser incluidas en una constitución que conectara con el pasado democrático que prevalecía antes de la dictadura.

Naturalmente, en torno al debate constitucional que precedió al 4-S, de lo que menos se habló fue del texto constitucional. Y tal vez ese fue el único aporte que tuvieron las jornadas plebiscitarias. Lo que realmente estaba en juego en el choque que se dio entre apruebistas y rechacistas era la hegemonía política del país. Ese día debía decidirse, no tanto una nueva constitución, sino cuales iban a ser las coordenadas políticas dominantes. Bien, la sorpresa mayor fue que no hubo sorpresas. El país seguía siendo el mismo de siempre. El país de los tres tercios. Un tercio de izquierda-izquierda, un tercio de derecha-derecha y en el medio, un amplio centro formado por una centro derecha y una centro izquierda.

Boric por lo menos lo sabía por experiencia propia. Cuando fue elegido presidente, lo fue por dos razones. Una, porque una parte de la centro-izquierda decidió apoyarlo en la primera vuelta y otra, porque la mayoría de las fuerzas centristas lo apoyaron en la segunda vuelta, no porque quisieran a Boric y a su programa, sino para impedir el avance de las tropas electorales de José Antonio Kast. A esas fuerzas, y no a la desordenada izquierda del estallido social, debe Boric su presidencia. Ahora bien, ese centro no quiso que en Chile hubiera una constitución de izquierda-izquierda. Así de simple

Aunque no me crean, pienso que las naciones, cuando son naciones políticas (los sociólogos las llaman sociedades) también piensan. Por eso hay naciones que son pensadas -son las autocráticas- y naciones que se piensan a sí mismas. A veces, como ocurre con cada uno de nosotros, las naciones se equivocan. Pero si son democráticas, corrigen. Pues pensar no es meditar. No hay nada más confrontativo que pensar. Debemos decidir entre nuestros deseos, pasiones, intereses e ideales. Y muchas veces estos chocan entre sí. Por eso, decía Kant, “pensar es peligroso”. Aunque agrego: nunca será más peligroso que no pensar.

El resultado de las elecciones del 4-S fue claro como el agua. Chile pensó y votó. Boric dijo después: “leí el mensaje”. Si lo leyó bien, deberá saber que, más allá de lo que él quisiera, deberá gobernar de acuerdo a la correlación de fuerzas que impera en el país, y en ella sus más fieles partidarios son solo una parte. Tendrá que hacer cambios políticos y no hay cambios políticos que no pasen por cambios personales. Solo después, y sobre la tumba de dos constituciones rechazadas, la del 1980 y la del 2022, saldrá una nueva constitución para todos los chilenos. La que el país necesita y merece.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Chile: ¿Del Estado Económico Liberal al Estado Social?


Fernando Mires. Blog POLIS

El Estado no es el gobierno pero nadie podría negar que el Estado es configurado a través de los diversos gobiernos que se suceden en el historial de una nación. El ejemplo de Chile post-dictatorial así lo demuestra. Porque en Chile, primero a través de la Concertación, segundo, del interregno democrático de la derecha con Piñera, y tercero, desde el panorama que abre el abrumador triunfo de la Nueva Mayoría de Bachelet, no asistimos a una suerte de anárquica sucesión de diferentes gobiernos, sino a un casi perfecto proceso evolutivo.

Una evolución que marca el carácter y sentido del Estado nacional post-dictadura. Una evolución que proviene desde el mismo Estado dictatorial, hasta llegar a la conformación de un Estado política y económicamente liberal para culminar en la actual fase en la cual podrían ser erigidos los fundamentos de un auténtico Estado Social. Fundamentos no iguales al de los Estados sociales europeos, pero en algunos puntos, no tan diferentes.

Para entender el enunciado expuesto, será necesario establecer algunas precisiones

La evolución del Estado post-dictatorial chileno no ha seguido, como ninguna evolución, una línea recta, sino zigzagueante. Eso quiere decir que las formas que predominan en una fase ya se encontraban anunciadas en la fase anterior.

En efecto, la dictadura militar solo por ser dictadura constituía un modo de dominación antipolítico y antisocial. Pero en el nivel de la economía era ultraliberal. En cierto modo la dictadura, para emplear la expresión marxista, liberó a las ataduras que maniataban el desarrollo de las fuerzas productivas, pero al precio de destruir la estructura social y política de la nación. O dicho de esta manera: El llamado desarrollo económico, el que en Chile llaman "el modelo", fue posible  gracias al extremo subdesarrollo de las estructuras políticas y sociales. Hecho tan conocido sobre el cual no vale la pena insistir aquí.

El gran mérito, también el gran ajuste que Chile debe a los gobiernos concertacionistas, fue que estos, manteniendo la infraestructura económica construida durante el pinochetismo, llevaron a cabo, y con éxito, la tarea de liberalizar las relaciones políticas que la dictadura mantenía secuestradas. Así se dio una relación si no armónica, por lo menos más equivalente entre una economía ultraliberal y un estado políticamente liberal, al precio, claro está, del mantenimiento del subdesarrollo social de la nación.

Los ex-concertacionistas podrán argüir que sus gobiernos pusieron en práctica diferentes programas sociales. Probablemente es cierto. Pero también es cierto que el llamado crecimiento económico de Chile se dio más en las cifras que en la realidad. El hecho de que el 1% de la población concentre el 30% del ingreso nacional per cápita es ya un escándalo mundial. Pero ese es también, en parte, un legado de Bachelet Primera a Bachelet Segunda. A la última le ha sido ahora encomendada la misión de dirigir la transformación del Estado económico liberal en un Estado Social.

En cierto modo se trata de una transición muy parecida a la que tuvo lugar en la Europa de post-guerra gracias al concurso de los partidos socialistas. Precisamente ese ejemplo arroja luces que pueden servir para entender la disyuntiva que enfrentará el gobierno de la Nueva Mayoría.

El Estado Social, vale decir, la construcción de una economía social de mercado, fue posible en Europa gracias a que los partidos socialistas subscribieron los principios liberales de la democracia moderna. En otras palabras, el Estado Social europeo fue construido no como negación del liberalismo político sino sobre la base de su existencia. En ese punto hay acuerdo unánime entre los politólogos europeos: el liberalismo político, no el socialismo político, ha sido la condición de desarrollo del Estado Social.

A la inversa, un liberalismo político que reposa sobre las bases de un ultraliberalismo económico ─ como fue el caso de los gobiernos democráticos que anteceden a Nueva Mayoría en Chile ─ tiende a generar fuerzas centrífugas y por lo mismo a crear un clima de disconformidad que tarde o temprano se manifestará en contra del propio Estado liberal. Dicho en clave de fórmula: no hay una mejor condición para el mantenimiento de un Estado político liberal que una economía social de mercado. A la inversa, no hay mejor condición de desarrollo para una economía social de mercado que un Estado político liberal. O de modo más taxativo: no hay economía social de mercado sin la protección de un Estado político liberal.

Podemos entonces deducir la paradoja de que el Estado político liberal, para seguir siendo liberal, debe intervenir en la economía, aunque a los liberales económicos les duela el alma y el corazón. Razón de más para afirmar una tesis teórica que ya comienza a abrirse paso: El liberalismo político y el liberalismo económico no son dos caras de una misma moneda. Son dos monedas diferentes.

Una puntual intervención económica del Estado practicada en todas las sociedades modernas no niega el libre juego económico, solo impone determinadas condiciones. Ralf Dahrendorf, uno de los más dilectos representantes de la filosofía política liberal, hablaba en ese contexto de "un cordón sanitario" a ser tendido sobre sectores que no pueden quedar al libre arbitrio del mercado. A esos sectores pertenecen entre otros la educación y la salud. Y bien, son justamente los mismos que habían sido abandonados por las democracias post-dictatoriales chilenas. Tarea ineludible de la segunda Bachelet será, no cabe duda, introducir esos sectores al interior de los espacios protegidos por el "cordón sanitario" al que alude Dahrendorf. Acción que a la vez no puede ser posible sin una reforma tributaria, una de las grandes promesas electorales de Bachelet. Para allá o para acá, el hecho es que el Estado deberá intervenir. Ahí reside el problema.

El problema es que el tránsito que lleva de una economía ultraliberal a una economía social no está exenta de peligros. La propia naturaleza de los cambios que se deducen de la intervención del Estado puede llevar ─ como ha ocurrido en otros países latinoamericanos ─ a un estatismo parasitario y, en determinados puntos, antidemocrático. El peligro es tanto o más grande si tomamos en cuenta que al interior de Nueva Mayoría hay grupos cuya adhesión a la democracia es más instrumental que conviccional. No solo me refiero a los comunistas, eternos amantes de tantas dictaduras. Me refiero, además, a los admiradores de autocracias militaristas enquistados al interior del Partido Socialista. Y no por último, a algunos ex-estudiantes radicalizados que hoy hacen su legítima entrada en la política oficial levantando las consignas de la llamada "izquierda rabiosa" del pasado siglo.

Afortunadamente existe en Nueva Mayoría una franja interna muy consciente de que nunca habría llegado al gobierno si no hubiera estado guarecida detrás de la figura de Michelle Bachelet. A la vez Bachelet debe saber que su gran fuerza proviene de su conexión con el centro político (centro-izquierda, centro-centro y centro-derecha) es decir, que ella está muy lejos de ser una versión chilena y femenina de lo que fue Hugo Chávez en Venezuela, por ejemplo. Chile puede ser bacheletista, pero no ha sido, no es, y probablemente nunca será, un país de la "izquierda revolucionaria".

Pero la encrucijada existe: Hay, hacia un lado, una amplia vía que conduce al Estado Social. Hay, hacia otro lado, una vía, por el momento más angosta, que conduce al Estado Populista. Entendiendo por Estado Populista lo mismo que entendió hace tiempo el brasileño Francisco Weffort, a saber, un Estado asistencialista, clientelista, dispensador, demagógico, y no por último, autoritario y corrupto, es decir, no una  forma de Estado Social sino algo totalmente distinto.

Si durante el segundo gobierno de Bachelet son puestos por lo menos algunos cimientos que lleven a la construcción del Estado Social, ella habrá cumplido con su pueblo. Más todavía, puede que ese cumplimiento lleve a una ruptura definitiva con el pasado dictatorial. El periodo de la post-dictadura habrá así llegado a su fin y Chile ya no será más el país traumatizado que todavía es.

El hecho de que Michelle Bachelet haya derrotado sin contemplaciones a la hija de un general juntista puede ser más simbólico de lo que se piensa. Tan simbólico como será el dictado de una Nueva Constitución. En fin, ya veremos.

jueves, 25 de julio de 2013

¿Electorización de la política o politización de las elecciones?


Fernando Mires. Blog POLIS

Comenzaré este artículo formulando dos tesis:

1. Las elecciones son el medio que se dan las naciones democráticas para canalizar políticamente sus divisiones, sean sociales, ideológicas, e incluso étnicas y religiosas. Sin elecciones solo habría revoluciones, golpes de estado, motines y masacres, y por supuesto, la dictadura sería la forma normal de gobierno.

2. Las elecciones son un medio. Pero también son un fin en sí. Son un medio para acceder a parte o a la totalidad del gobierno. Son un fin porque durante su transcurso la población convocada se convierte en ciudadanía, elige a sus líderes, conoce los programas e interfiere en los acontecimientos. Las elecciones son el momento más participativo de la democracia delegativa.

Escribo estas tesis bajo la sombra de los sucesos de Egipto, país en el que ocurrió un golpe de estado debido a la incapacidad de la oposición para construir una plataforma unitaria, con un programa y un candidato común, en elecciones que, como consecuencia de la estupidez de esa misma oposición, no tendrán lugar muy pronto. Oportunidad que hoy aprovecha el ejército de Mubarak para retomar el poder. En Egipto, en fin, ocurrió, inducida por la propia oposición, una radical des-electorización de la lucha política la que culminó en un típico golpe militar, llamado “golpe bueno” por más de algún descabellado analista.

La electorización del proceso político es ─ hecho que no supo entender la oposición egipcia ─ condición de la vida democrática. Pero para que ello ocurra debe existir, antes que nada, un proceso político. Si este no existe las elecciones serán solo un procedimiento destinado a facilitar cambios administrativos en el estado. Hay por lo tanto elecciones de bajo nivel político. Las próximas de Alemania (Noviembre 2013) ─ es el ejemplo que tengo más cerca ─ serán elecciones más administrativas que políticas pues la diferencia programática entre los dos grandes bloques no es todavía percibida por nadie.

En América Latina tenemos también un caso en el cual las elecciones tendrán lugar en un ambiente altamente despolitizado. Me refiero a Chile, país en donde los electores, si no ocurre un milagro, llevaran de nuevo a Michelle Bachelet al poder.

La creciente despolitización electoral chilena, ya evidente en comicios municipales, se ha visto incrementada por la aparición de dos nuevos factores. Uno, el colapso de la derecha. El otro, la heterogeneidad de Nueva Mayoría, o bloque bacheletista.

El colapso de la derecha había ocurrido antes de que el candidato Longueira enfermara. Dividida en dos fracciones que no sintonizan, ninguna ha podido borrar el estigma del pasado pinochetista. Cierto es que en términos económicos el gobierno Piñera se encuentra en continuidad y no en ruptura con los de la antigua Concertación. Desde esa perspectiva fue un gobierno concertacionista más. Ahí reside precisamente el problema. La derecha chilena carece de perfil político e ideológico.

La tradición conservadora, familiarista, nacionalista, latifundista y clerical que caracterizó a la derecha del pasado pre-pinochetista, se vino abajo ante los embates de la globalización financiera que tuvieron lugar bajo la propia dictadura. El latifundismo de los "grandes señores y rajadiablos" fue sustituido por empresas transnacionales. Los valores que propagaba fueron arrasados por fuerzas económicas que esa misma derecha alentó. Ni siquiera su vocación anticomunista puede ser rehabilitada pues el comunismo desapareció como fenómeno mundial (el socialismo del Siglo XXl es solo un resto de repulsivas dictaduras militares y corruptas autocracias) De esa derecha, en fin, solo queda uno que otro apellido vinícola y nada más. De ahí que uno de los grandes problemas de la izquierda chilena es no tener frente a sí a una verdadera derecha y ese hecho cuestiona, de por sí, su existencia como izquierda.

Bachelet en estos momentos no tiene competidores. Es lo peor que puede suceder a un(a) líder político(a).

La Nueva Mayoría es mayoría, pero de nueva no tiene nada. Se trata de un bloque electoral cuyo objetivo es ocupar las oficinas estatales con enormes e indisciplinados ejércitos clientelísticos. Ideológicamente va desde un centro-centro, pasando por una amorfa socialdemocracia, sigue a través de los comunistas eternos, para terminar en lumpenescos grupos (castristas, chavistas). No tiene, esa mayoría, un programa definido ─ a menos que ese misterioso libro cuyas páginas no fueron discutidas por nadie, presentado por Bachelet bajo el pomposo título "El Otro Modelo", sea considerado un programa ─. Y las tareas que la doña deberá cumplir, a saber, reforma del sistema tributario, refinanciamiento de las universidades estatales y cambio de nombre y fecha de la Constitución, se pueden realizar en cuatro semanas; pero no en cuatro años.

En Chile estamos entonces frente a un caso de descomposición política, o para decirlo en términos de Durkheim, de anomia política. Todo indica que en las elecciones, aparte de la votación sedimentaria que recogerán candidatos exóticos, la abstención en sus dos formas (militante y apática) superará todos los índices. ¿Qué podrá surgir de ahí? La verdad, no lo sé. Nada bueno en todo caso.

El ejemplo contrario al caso chileno lo representa sin duda Venezuela. Allí, en lugar de una electoralización de la política, tendrá lugar en los próximos comicios municipales (8.12. 2013) una radical politización de las elecciones. Caso históricamente inédito pues ni en Venezuela ni en otros países latinoamericanos unas simples elecciones municipales han llegado a ser tan decisivas. La razón es conocida: dichas elecciones tendrán el carácter de un plebiscito nacional. Eso quiere decir que si la oposición democrática derrota a la autocracia madurista, los cambios que se anunciarán a partir del 8.12, serán múltiples.

En la hora en que escribo estas líneas, Maduro, quien jamás ha sido popular, es más impopular que nunca. A su enorme impopularidad une la de un gobernante cuya legitimidad de origen es puesta en duda fuera y dentro del país. Si a ello sumamos la profunda crisis económica heredada del presidente muerto, crisis que afecta de modo radical a los sectores más pobres, un resultado favorable a la oposición, si esta no comete ninguna gran locura estaría asegurado.

Si no comete ninguna gran locura, he de reiterar. No me refiero a la MUD ni mucho menos a su líder Capriles quienes han dado muestras de responsabilidad y realismo político. La locura viene por otros lados. Por una parte viene de un segmento delgadísimo de la oposición, al cual denominaré "los egipcios", cuyo casi nulo respaldo social va unido con una creciente crítica a la MUD y a Capriles por el hecho, dicen ellos, que frenan la (imaginaria) movilización de masas. Como si Capriles en lugar de dirigente político fuese un mariscal de batallas.

Afortunadamente los sectores sociales que apoyan a la oposición, incluyendo a jóvenes universitarios, han dado muestras de gran inteligencia al evitar una confrontación con los destacamentos militares del partido-estado, situación que solo favorecería a Maduro y su combo. Pues bien, ese es precisamente el segundo lado desde donde viene el peligro más grande, a saber, que Maduro sintonice indirectamente con "los egipcios" de la oposición.

Maduro y su grupo saben que si no ganaron las elecciones del 14.04 nunca van a ganar las del 8.12. Saben que esta vez los fraudes no van a ser tan fáciles. Saben, además, que la gran crisis que no manejan, se traduce en temas concretos en cada municipio.

Y, no por último, saben que las elecciones se dirigirán en contra de la persona del inoculado gobernante. De ahí que una salida, quizás la única salida que resta en caso de una avisada y descomunal derrota, sería la de interrumpir el proceso electoral.

¿Qué otro sentido sino la simple provocación tienen las persecuciones a miembros de la oposición, como a Richard Mardo, Leopoldo López, Henri Falcón, entre otros? Muy pronto las emprenderán en contra de Capriles, y para ello contarán con la ayuda indirecta de los egipcios venezolanos. ¿Qué otro sentido poseen las invenciones surrealistas de J.V. Rangel, con respecto a aviones comprados por la oposición para invadir a Venezuela desde Colombia? (!!) ¿Qué otro objetivo tienen los brutales insultos de Maduro, su lenguaje de energúmeno, su manía obsesiva de denominar fascista a todo lo que se le ponga por delante? ¿Qué otra  intención tienen Maduro y Cabello cuando inventan planes golpistas como si la oposición controlara a todo el ejército, tuviera milicias armadas y destacamentos de choque, como es el caso del oficialismo? Está claro: Conciente o inconscientemente Maduro está intentando des-electorizar el proceso político: Tender una trampa, llevar la parte “egipcia” de la oposición a la violencia, que el agua de los ríos salga de sus cauces  y militarizar aún más a la política. Así parece ser el plan.

Las elecciones fueron la principal arma política del chavismo. Hoy son, o han llegado a ser, la principal arma en contra del madurismo. Hay que ser egipcio para no darse cuenta de eso.

domingo, 30 de junio de 2013

La educación y el cinismo


Carlos Alberto Montaner. FIRMASPRESS

Los estudiantes universitarios chilenos suelen protestar contra el gobierno de su país. Lo hicieron contra la señora Bachelet, que es de izquierda, y lo hacen contra el señor Piñera, que es de derecha. A veces las protestas son pacíficas y, a veces, como las más recientes, devienen en considerables actos vandálicos cometidos por minorías violentas infiltradas en el movimiento estudiantil.

Los jóvenes chilenos demandan buenas universidades y enseñanza de calidad, pero no quieren pagar por esos servicios. Exigen que otros se los paguen. (Eso siempre es estupendo). Tienen 18 años o más. Son mayores de edad. Pueden votar, elegir y ser electos, ir al ejército, casarse sin autorización de nadie, crear empresas, invertir, engendrar hijos a los que están obligados a cuidar, ir a la cárcel si cometen delitos, consumir alcohol o tabaco, pero suponen que la responsabilidad de pagar por su educación es cosa de otros. Son, o deben ser, adultos responsables en todo, menos en eso.

Realmente, es una conducta incoherente o, por lo menos, extraña. ¿Por qué el conjunto de la sociedad debe pagar los estudios universitarios de una minoría de adultos privilegiados que, a partir de la graduación, ganará una cantidad de dinero considerablemente mayor que la media de quienes no han pasado por esos recintos académicos? ¿No es una hiriente inmoralidad que los trabajadores de a pie paguen con sus impuestos los estudios de quienes luego serán sus jefes y empleadores?

Pero hay otra incongruencia todavía peor: los estudiantes universitarios chilenos pretenden que la educación no pueda ser objeto de lucro. Si Platón y Aristóteles hubieran ejercido su magisterio en el Chile de estos tiempos, y no en la Atenas de los siglos V y IV antes de Cristo, los hubiesen acusado de codiciosos explotadores por haber creado la Academia y el Liceo con el propósito de ganar dinero formando a sus alumnos.

Los estudiantes chilenos no advierten que están planteando un contrasentido. No hay nada moralmente censurable en el lucro. Lucro es sinónimo de logro, de misión cumplida. Si ellos quieren una educación de calidad, creativa, original, oficiada por profesores competentes, la mayor parte de las veces tendrán que atraer a los mejores con buena remuneración, con reconocimientos públicos y con posibilidades de enriquecimiento.

Hay algunos seres excepcionales, dotados de una intensa vocación, generalmente religiosos, dispuestos a enseñar por un plato de comida, una cama de tabla y dos palmos de techo, pero son pocos. A Einstein lo reclutaron en Princeton enviándole un cheque en blanco que él rellenó a su capricho. 

¿Dónde está la falta en que unas personas decidan crear una empresa para vender enseñanza si hay otras criaturas dispuestas a pagar el precio que les piden para adquirir esos conocimientos? Una de las mejores universidades de Centroamérica es la Francisco Marroquín de Guatemala, una institución que es y se maneja como una empresa privada. ¿Por qué es inmoral vender educación y no vender agua, comida, medicinas o zapatos, bienes, sin duda, más importantes para la supervivencia que los conocimientos universitarios?

El argumento de que las universidades privadas con fines de lucro a veces no tienen suficiente calidad y deben clausurarse carece de sentido. Tampoco cerramos los restaurantes malos con fines de lucro, y mucho menos los comedores populares, que suelen servir unos platos espantosos a los indigentes. ¿Por qué no permitir que los consumidores de esos servicios educativos decidan libremente con su dinero cuáles universidades triunfan y cuáles fracasan?

En América Latina muchas universidades públicas son rematadamente malas y no por eso pedimos que las cierren. Como no se cansa de denunciar Andrés Oppenheimer, entre las 500 mejores universidades del planeta, apenas comparecen tres o cuatro latinoamericanas y están a la cola del grupo.

Hay algo terriblemente autoritario e hipócrita en el comportamiento y las demandas de esos estudiantes chilenos. Lo terrible es que ellos, que esperan que otros les paguen sus estudios, y que condenan a quienes están dispuestos a arriesgar su capital y su trabajo para crear instituciones educacionales lucrativas, cuando terminan sus carreras suelen o intentan convertirse en profesionales económicamente exitosos. Para ellos el lucro sólo es malo cuando lo persigue el otro. Eso se llama cinismo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Chile, ¡Habemus Mamam!


Fernando Mires. Blog POLIS

En la política chilena cada uno hace lo suyo. Piñera gobierna al país como si fuera una empresa y ─ así suele suceder en Chile ─ cerca del término de su mandato remonta las encuestas. La Alianza intentará aprovechar el modesto repunte para elegir a cual de sus divos, Allamand o Golborne, lanzará a competir en primarias y de ese modo perder las elecciones presidenciales con cierta elegancia.

La amplísima clientela de la Concertación sólo espera “pro-forma” las primarias para volver a lactar en las oficinas del estado. Pues todos saben que, desde cuando Michelle Bachelet abandonó su sitio en la UNO, Habemus Maman. Lo demás es teatro, puro teatro, como el bolero que cantaba La Lupe.

Gracias a la intensa figura de Michelle Bachelet, la posibilidad de un gobierno personalista ya es casi realidad en Chile. Para la Concertación cualquiera otra alternativa será inviable. De ahí que siguiendo el juego, Bachelet, políticamente muy coqueta, se hace desear antes de dar el "sí" definitivo.

Sin embargo, desde el punto de vista político, más allá del "puro teatro", hay en Chile un hecho político digno de ser analizado. Me refiero al fenómeno del bacheletismo.

El de Michelle Bachelet será, efectivamente, el primer gobierno típicamente personalista de la historia post-dictatorial. Afirmación que obliga, si no a definir, por lo menos a describir qué es lo que entiendo por personalismo en política. Para abreviar, recurriré ─ no es mi costumbre ─ a la autocitación.

Precisamente en un artículo publicado en POLIS titulado "Personalismo y Política", escribí lo siguiente: "El personalismo es una forma de representación pero no toda representación es personalista. Hablamos de personalismo cuando el representante (....) cubre todos los ámbitos de la política hasta el punto de que en lugar de representar un proyecto, el proyecto pasa a ser la propia persona del gobernante. (....) Por cierto, hay diversos grados de personalismo y ellos avanzan desde el clásico y normal liderazgo, pasando por el caudillismo de origen agrario-militar, hasta alcanzar fases  patológicas como son el mesianismo y el mito mágico o religioso.

No han faltado por cierto comentaristas que afirman que con el "personalismo bacheletista" Chile ha sido contagiado con la pandemia populista que asola el continente. Nada más lejos de la verdad. Pues si es cierto que no hay populismo sin personalismo ─ lo saben muy bien los analistas argentinos, ecuatorianos, bolivianos y venezolanos ─ no todo personalismo es populista.

Michelle Bachelet como persona y como política está muy lejos de representar a una figura populista, y en ningún caso, aunque ejerza liderazgo, será una "caudilla" (por lo menos no en el sentido latinoamericano del término).

Ella no es representante de ningún movimiento mesiánico, no proclama ninguna verdad absoluta, ningún antagonismo irreconciliable, ninguna guerra en contra de algún imaginario imperio, ningún patria o muerte, en fin, ninguna locura. En cierto modo, y haciendo uso de un término de moda, podría decirse que Bachelet es un oxímoron: una persona radicalmente moderada.

Más aún; el liderazgo de Bachelet es en muchos puntos anti-populista. Eso significa que su liderazgo ha surgido desde acuerdo inter-partidarios y no sobre-partidarios. Por supuesto, se trata de partidos que son difícilmente unificables sin Bachelet. Pero también es cierto que sin esos partidos Bachelet no podría postular a nada. Su trascendencia extra-partidaria es enorme, pero a la vez es relativa; y es bueno computar ese detalle.

La pregunta del millón de dólares es entonces ¿de dónde viene el liderazgo de Bachelet?

He de confesar que he debido vencer la deliciosa tentación de emprender un estudio psico-social tendiente a demostrar que la Concertación chilena sufre de un complejo materno, no en el sentido de Freud ni de Lacan sino en uno más clásico: el de Melanie Klein. Tentación que proviene de un hecho incontrovertible. Michelle Bachelet no es matriarcal, pero es ─ desde un punto de vista político ─ una figura maternal. ¿Qué quiero decir con eso? Antes que nada, dos cosas:

Una, bajo su liderazgo los partidos de la Concertación tienden a la disciplina y sin él, a la indisciplina. Dos, ella es por el momento la única persona que puede mediar entre diversas fracciones opositoras y, si es necesario, con la propia derecha. Sea por su carácter personal, por la simbólica política, o por simple casualidad, lo cierto es que su fuerza viene, antes que nada, de su capacidad mediadora, punto que la aleja todavía más del clásico esquema populista de dominación.

La mediación bacheletista tiende a disminuir tensiones lo que en un país políticamente traumatizado como Chile no deja de ser importante. Bachelet sabe seguramente que una parte del trauma político se expresa en que un gran sector de la ciudadanía no puede recordar el pasado y otra, igual de grande, no puede olvidarlo. Bajo esas condiciones, Bachelet, gracias a sus mediaciones, impone cierta tranquilidad, la necesaria al menos para no poner en riesgo el principio de gobernabilidad.

Así, Bachelet se erigirá en nombre de grandes cambios, en una figura política que no hará grandes cambios.

El "modelo neoliberal" (así llaman los chilenos a la economía nacional) seguirá su curso, y el camino emprendido por Piñera junto con el gobierno peruano, el de virar hacia los mercados asiáticos, continuará durante su mandato. Por cierto, habrá una reforma constitucional simbólica, como han sido todas las reformas, e incluso las constituciones de la historia de Chile desde 1833. Una parte considerable del gasto público subvencionará a los más empobrecidos. El movimiento estudiantil perderá su fuerza anti-derecha (es decir, su fuerza) y no pocos líderes iniciarán una aburrida carrera como regidores o como diputados. Incluso el movimiento mapuche, por lo menos su fracción más radical, perderá su beligerancia cuando vea que sus líderes, incluyendo los comunistas, gozarán de algunos puestos públicos. A cambio recibirán no sé cuántos kilómetros de tierra árida.

Desde el punto de vista de la gobernabilidad y de la paz social lo mejor que puede suceder en Chile es un gobierno Bachelet. Esa es la razón por la cual cada vez que alguien me pregunta sobre la situación de mi país, yo solo atino a responder: "Está bien".

Por supuesto, sé que Santiago no es respirable. Sé que las clases medias son las más consumistas del continente. Sé que las demostraciones públicas, aunque sea por los motivos más insignificantes, son violentísimas (en Chile impera una violencia contenida sobre la cual hay mucho que pensar). Sé que a pesar de que hay menos pobres, la desigualdad social seguirá siendo enorme. Sé también, desde el punto de vista geológico, que Chile está situado en una zona inhabitable del planeta. Pero a pesar de todo, insisto en responder: "Chile está bien".

Cada juicio ─ así me lo dijo Kant ─ es comparativo. Por eso cuando afirmo, "Chile está bien", no lo digo mirando a Chile sino a otros países del continente. Al menos los chilenos, políticamente hablando, ya no se sienten tan "huachos": ¡Habemus Mamam!

viernes, 15 de febrero de 2013

Patriotismo fascista


Héctor Faúndez. EL NACIONAL

En días pasados, un grupo de cadetes chilenos fueron filmados, mientras trotaban por las calles de Viña del Mar, cantando “Argentinos mataré, bolivianos fusilaré, peruanos degollaré”, lo que causó la justa indignación de los países vecinos, e hizo necesario que el Gobierno de Chile ofreciera explicaciones. Casi inmediatamente, esos cánticos xenófobos fueron respondidos, en el mismo tono, por cadetes de la policía argentina que expresando: “Chilenito, chilenito, ten cuidado, ten cuidado, que una noche oscura a tu casa entraré, y tu cuello cortaré y tu sangre beberé”.

Ninguna persona sensata puede imaginar que, en una institución armada, regida por la disciplina militar, esos cánticos sean expresión espontánea de los sentimientos de unos jóvenes cadetes, poco informados de la historia de América Latina, de los múltiples lazos que nos unen, y de nuestra cultura común. Y es poco realista asumir que este es un hecho aislado, atribuible solamente a algún sargento ignorante, empeñado en poner de relieve conflictos territoriales no resueltos, por encima de nuestros intereses comunes y de nuestros valores.

No es casualidad que estos sentimientos xenófobos afloren en el seno de las fuerzas armadas de un país que fue víctima de una de las dictaduras militares más sanguinarias. Pero llama la atención que, después de más de dos décadas de democracia, aún persista, en el interior de las Fuerzas Armadas chilenas, ese nacionalismo trasnochado y guerrerista, heredero del jingoísmo y del fascismo.

El sentimiento nacional nos identifica con una comunidad, con una lengua y con una cultura; pero ni nos hace excluyentes ni nos hace mejores que todo lo demás. Hace más de dos milenios que los griegos se burlaban de quienes creían que la luna de Atenas era mejor que la de Éfeso; porque, obviamente, esa luna es la misma de todos. No elegimos dónde nacemos, y el hecho de nacer del lado de acá o del lado de allá de una línea imaginaria no tiene ningún mérito; no nos hace ni mejores ni peores que los demás.

Podemos amar la tierra donde nacimos, y tenemos derecho de defenderla y de trabajar por su progreso y desarrollo; eso es un patriotismo sano. Pero eso no significa que tengamos que negar la belleza de otros paisajes, que no podamos disfrutar la riqueza de otras culturas, que no podamos deleitarnos con la música y la literatura de otros países, que no reconozcamos la generosidad de otros pueblos, o la sabiduría de otras gentes. Podemos identificarnos y sentirnos hermanados con aquellos que forman parte de nuestra propia comunidad; pero eso no hace que tengamos que odiar o despreciar a los demás. Desde luego, nada justifica que tengamos que educar a nuestro pueblo para matar y asesinar a quienes, en esta América Latina, con raíces hispanas e indígenas, sin ser distintos de nosotros, tienen un pasaporte de otro color.

Además de fascista, por su carácter excluyente, el nacionalismo es profundamente antidemocrático, y es un desafío para la convivencia pacífica y civilizada; es el patriotismo construido sobre la base de la mentira y el engaño. Y resulta absurdo que sea precisamente en Chile, un país que ha sabido insertarse en un mundo globalizado, en donde surjan estos brotes de chauvinismo. Pero siento que el lema inscrito en el escudo chileno, “Por la razón o la fuerza”, tampoco hace justicia a una sociedad que, hasta ayer, estuvo dominada por la fuerza bruta. Toda sociedad civilizada debería guiarse únicamente por los dictados de la razón; y en una sociedad de ese tipo no hay cabida para los delirios nacionalistas, que sólo pueden conducir a tragedias como las que la humanidad ya ha podido conocer en la Alemania nazi o en los Balcanes.

martes, 30 de octubre de 2012

De las Municipalidades chilenas a las Regionales venezolanas


Fernando Mires. Blog POLIS
En su viaje a América llamó la atención de Alexis de Tocqueville el interés de los ciudadanos por participar en elecciones locales, interés mantenido a lo largo de la historia. A diferencia de los países europeos, sobre todo Francia, advirtió el sagaz viajero que los norteamericanos daban más importancia a la política del lugar donde vivían que a la de la nación. La de los norteamericanos era, efectivamente, una política de la polis. Las distancias se han ido, por supuesto, acortando.

Las elecciones nacionales apasionan hoy a los norteamericanos tanto como las locales, sean comunales, regionales o federales. A su vez, en varios países de Europa, el interés por las regiones es cada vez más grande y suele suceder que los resultados obtenidos por los partidos en elecciones locales no corresponden con los que en la misma región obtienen en las nacionales.

No ocurre lo mismo en países latinoamericanos donde las elecciones locales son puestas casi siempre al servicio de las nacionales.

Quizás como resultado del centralismo geográfico heredado de la colonización española, o del pasado oligárquico y militar que siempre tendió al centralismo, lo cierto es que en la mayoría de nuestros países prima una política sin polis, es decir, una política para-estatal. Sólo así se explica por qué hasta las elecciones más locales están orientadas en función del objetivo central: la ocupación del Estado. Ahora bien, ese es el punto que une a dos países política y culturalmente tan diferentes como Chile y Venezuela. Pero no siempre fue así.

 Chile es uno de los países más centralizados de América Latina lo que se observa en su economía, en su cultura, y por cierto, en su política. Venezuela es (o fue) uno de los más descentralizados. La autonomía administrativa ejercida a través de las gobernaciones fue allí una conquista de las luchas democráticas en contra de dictaduras que intentaron imponer un centralismo de carácter militar. Hasta que apareció Hugo Chávez.

Desde que gobierna Chávez la oposición ha venido realizando un notable esfuerzo para evitar que las gobernaciones sean secuestradas por el Estado. De ahí que las elecciones del 16.12.2012 estarán marcadas, como otras, por la lucha entre el poder regional y el poder central. El hecho de que Chávez haya designado a dedo a candidatos desvinculados de las regiones (los “paracaidistas”) pero vinculados a su persona, obedece precisamente al objetivo de subordinar el poder de las gobernaciones ─ incluyendo las de los chavistas ─ al Estado.

Luego, las municipales de Octubre en Chile giraron, así como las regionales que tendrán lugar en Venezuela en Diciembre girarán alrededor de la lucha por el poder del Estado. ¿Fue esa desvinculación con la polis una de las razones del triunfo del abstencionismo en Chile? ¿Será esa también una de las razones por la cual muchos piensan que en las regionales de Venezuela ocurrirá un aumento del abstencionismo con respecto a las elecciones presidenciales? Veamos:

 En Chile el abstencionismo ganó por mayoría absoluta (cerca de un 60%). La Concertación y sus satélites ocuparon el segundo lugar (43,21% de la votación). El gran perdedor fue la Alianza (37,57%). No obstante no se puede decir que el abstencionismo lastimó más a la Alianza que a la Concertación pese a que esta última celebra el resultado como un triunfo. Y en algún modo lo fue.

La Concertación ganó en comunas emblemáticas (Cerrillos, Providencia, Recoleta, La Reina, Concepción, Ñuñoa y Santiago) y ahora se encuentra en buen pie para afrontar las presidenciales. No obstante, el fantasma de la abstención seguirá penando. La razón es la siguiente: Los chilenos saben que muchos “eligieron no votar” no por desidia sino como protesta en contra de toda la clase política. Protesta en contra de la utilización de las comunas como escalones estatales. Protesta en contra de la ausencia de proyectos y de ideas. Protesta en contra de la conversión de la actividad política en un simple medio para el reparto de cuotas de poder. La gran abstención ha demostrado, en fin, que la que está viviendo Chile no es una crisis política sino algo mucho más grave: una crisis de la política.

 Una crisis de la política vive también Venezuela, aunque de modo diferente. Mientras en Chile las municipales fueron un ensayo para las presidenciales, en Venezuela las regionales son esperadas, después del triunfo de Chávez en las presidenciales, como la gran oportunidad del gobierno para estatizar a las gobernaciones. Para nadie es un misterio que en nombre del estado-comunal el chavismo intentará apoderarse del poder total. 

Los observadores venezolanos esperan, al igual que lo que ocurrió en Chile, un aumento considerable de la abstención. Mas, esa abstención ─ y los chavistas lo saben ─ perjudicará más a la oposición que al gobierno. Este último, además del clásico ventajismo electoral, contará con un aliado adicional: el infinito cretinismo de los abstencionistas opositores. Eso significa que la oposición deberá luchar en contra de dos enemigos: uno interno y otro externo. Sólo si derrota al primero podrá enfrentar con ciertas opciones al segundo.

En Chile por su lado, la oposición espera derrotar al abstencionismo y superar la crisis general mediante el regreso de la gran dama de la política chilena.

“Este es el triunfo de Michelle Bachelet”, dijo Carolina  Tohá, flamante vencedora por Santiago  De este modo la izquierda chilena ─ o lo que por ella se entienda ─ se apresta a convertir a un gobierno que de por sí ya era centralizado, fuerte y autoritario, en un “poder personalizado”.

El personalismo puede en algunas ocasiones facilitar la gobernancia. Pero ni en sus formas patriarcales, como ocurre en Venezuela, ni en sus formas  matriarcales, como probablemente ocurrirá en Chile, puede ser bueno para la democracia.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Muerte de Manuel Gutiérrez, culpables directos: carabineros; ¿Quiénes los culpables indirectos?

Mario J. Viera

Ha quedado demostrada la responsabilidad directa de los carabineros en la muerte del adolescente Manuel Gutiérrez; el autor material: Miguel Millacura Cárcamo. El joven Gutiérrez había muerto por un proyectil de Uzi. El exsargento de carabineros se encuentra detenido en prisión preventiva. Su caso ha pasado al fuero militar. Es posible que se lleve a Corte. La sub teniente Claudia Iglesias testificó que había visto al ex sargento cuando disparó su subametralladora Uzi.
Pero el caso tiene más aristas y hay que preguntarse ¿Quiénes han sido los responsables indirectos de la muerte de Manuel Gutiérrez? ¿Quiénes son los culpables que provocaron el acto de temor vital del oficial de carabineros para hacerle disparar su arma?
Tomemos como referencia lo anotado en el editorial del diario LA TERCERA aparecido en su edición del 31 de agosto: “...solo en los disturbios desatados en el marco del reciente paro nacional hubo 153 carabineros heridos, seis de ellos a bala (...) En los últimos meses de manifestaciones el número de policías heridos es considerable.”
El empleo de armas de fuego no es precisamente un acto de protesta pacífica. Esos que desde las líneas de protestantes del paro nacional abren fuego contra los carabineros, son también culpables de la muerte de Manuel Gutiérrez, porque la violencia, ya es término trillado pero todavía cierto, engendra violencia y el instinto de conservación impulsa a reacciones imprevisibles.
Camila Vallejo habla de represión por parte de los carabineros pero nada dice respecto a los vándalos, a los encapuchados, a los que emplean armas de fuego o arrojan cocteles molotov. Ella también es responsable indirecta de la muerte del joven Gutiérrez y junto con ella el Partido Comunista de Chile.
No me simpatizan para nada los gobiernos de derecha pero detesto absolutamente a los comunistas. Ya se ven pancartas dentro de algunos sectores del estudiantado que hablan de lucha de clases. El comunismo se agazapa preparando el zarpazo. La lucha en contra de las desigualdades sociales, en contra del neoliberalismo no puede ser conducida dentro de los dogmas del marxismo leninismo. Del neoliberalismo hay que tomar sus aspectos positivos y coligarle con los principios de la justicia social, no intentar demoler el sistema, No hay tercera opción, o capitalismo o comunismo, la peor elección sería el anarquismo o el comunismo.

El modelo chileno

Gabriela Calderón de Burgos, EL UNIVERSO. Ecuador.

El modelo actual solo contribuye a garantizar un Chile desigual”, dijo Camila Vallejo, la líder del movimiento estudiantil que ha sacudido a Chile durante los últimos meses. Camila, de 24 años, es militante del Partido Comunista y presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile. Aunque este movimiento enfoca sus demandas en el ámbito de la educación, su agenda y su manera de exigirlas van más allá, constituyen un cuestionamiento al modelo chileno de un Estado limitado y una democracia representativa.

Axel Kaiser, investigador del Instituto Democracia y Mercado, asevera que a pesar del progreso económico, el descontento de aquellos que protestan tiene que ver con “el avance de la ideología progresista en el país”.

Pero consideremos solamente el sistema educativo y la supuesta desigualdad que dicho sistema perpetúa. Al sistema de educación superior en 1957 tenían acceso 20 mil estudiantes, lo que corresponde a una cobertura de 3,5%. En 2009 la realidad era totalmente distinta: 800 mil estudiantes estaban matriculados en una universidad, lo que corresponde a una cobertura superior al 40%. De estos 800 mil estudiantes matriculados, 70% constituyen la primera generación de sus familias en lograr ese nivel de estudios y 78% asistían a instituciones privadas. Sin un rol protagónico del Estado y sin la gratuidad, cosas que demanda el movimiento estudiantil, se obtuvo un incremento considerable en la cobertura.

En la prueba internacional de evaluación de estudiantes de 2009, PISA, la cual muestra el puntaje promedio obtenido por estudiantes de 15 años en comprensión de lectura, matemáticas y ciencias, Chile obtiene el puntaje más alto de los países latinoamericanos incluidos en la prueba (mejor que Uruguay, México, Colombia, Brasil o Argentina, entre otros).

En cuanto a si es mejor la educación pública que la privada o si es malo que hayan instituciones con fines de lucro dentro del sistema educativo, en el sistema chileno se les ha permitido a los padres la libertad para elegir entre estos distintos tipos de instituciones. Durante la última década alrededor de medio millón de estudiantes chilenos han abandonado los colegios municipales (públicos) y se cambiaron a colegios privados subvencionados por el Estado o pagados.

Sobre la desigualdad supuestamente perpetuada por el sistema educativo, el economista Claudio Sapelli de la Universidad Católica de Chile ha hecho un análisis por generación de la desigualdad y llega a conclusiones totalmente distintas. Si la generación de entre 55-64 años de edad registra un 39% de personas con educación secundaria, la generación de entre 25-34 años alcanza el 85%, superando incluso el promedio de los países de la OCDE. Sapelli también muestra que esta diferencia entre generaciones se aplica a la distribución del ingreso, la cual es mucho más equitativa en las generaciones más jóvenes.

Muchos creen que el sistema educativo, con todos sus defectos, ha sido la gran fuerza igualitaria que ha resultado en que el futuro de los jóvenes en su país cada vez dependa menos del estrato social de sus padres y más de su educación. Sería una pena eliminar un sistema que ha funcionado en lugar de aprovechar la oportunidad de mejorarlo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Sin justificación empleo de armas letales.

Mario J. Viera

Un adolescente cae abatido de muerte por una bala que le golpea en el pecho. El hecho se produjo durante las manifestaciones de la CUT. El adolescente, un muchacho de 16 años llamado Manuel Gutiérrez. Mientras caminaba en compañía de un hermano en dirección a una pasarela en la comuna Macul, la muerte vino a su encuentro.
Todas las evidencias que hay del caso apuntan hacia los carabineros; la bala extraída del cuerpo sin vida corresponde a la de un arma que poseen los carabineros. Jaime Rodríguez, vocero de la Corte Suprema declara con preocupación: “Carabineros está armado. No es tranquilizador que ocupen el armamento contra la población civil”.
Y el Ministro de Interior chileno, Rodrigo Hinzpeter declara categóricamente: “si es que se comprueba la tesis de que hay un funcionario de carabineros que puede haber tenido participación en los hechos, tendrá que responder ante la ley, ante la justicia, con todo el rigor que las normas legales llevan implícitas porque sería inaceptable que un carabinero se separe de lo que son las normas profesionales con que ellos deben actuar, y pueda causarle la muerte a un compatriota”.
¿Se pudo haber evitado la muerte del joven Gutiérrez? ¿Se pudo haber evitado que se cuestionara al cuerpo de carabineros en relación con esa muerte? Sí, definitivamente sí.
Y esta afirmación se puede ratificar por el hecho de que los carabineros, durante las protestas estudiantiles y el ataque de encapuchados arrojándoles piedras estuvieran armados con armas letales. Nada justifica que las fuerzas del orden, en casos de protestas de civiles desarmados estén equipadas con armamento que puedan causar la muerte. Las armas letales, valga la redundancia, se emplean para matar, no para persuadir.
Se abre la investigación por los fiscales a cargo. Se dice que un oficial reconoció que ese día hizo disparos al aire. ¿Fue él quien causó la muerte de Manuel Gutiérrez? Las investigaciones pertinentes dirán si fue él quien lo hizo o si fue otro el que apretó el mortal disparador. Sin embargo hay una muerte; la muerte de un joven en la flor de la esperanza de su vida.
Se acumula fuego sobre la cabeza de Piñera y de su gobierno por esta muerte. En mal momento producida, cuando los ánimos pueden caldearse más.
La justicia dará su palabra final; pero el peligro de que pueda ocurrir otro incidente mortal no es descartable en tanto las fuerzas del orden utilicen armas letales durante las manifestaciones y las protestas y los actos de vandalismo.
No hay justificación alguna para equipamiento mortal; ni en Libia, ni en Siria y mucho menos; pero mucho menos en un país democrático como es Chile.