martes, 2 de abril de 2013

Corea del Norte está en América del Sur


Fernando Mires. Blog POLIS

Las frases en broma, así como ocurre con algunos chistes, son buenas cuando arrastran algunos sedimentos de seriedad y por eso encontré buena la que escuché: "Si Cuba tuviera la bomba atómica sería igual a Corea del Norte". Pero para hablar más en serio yo contesté: "Sería parecido, pero no lo mismo. Corea es una península y Cuba una isla". ¿Y no hay más diferencia que las geográficas? Traté de encontrar alguna, pero no encontré ninguna. Efectivamente, no es broma: Si Cuba tuviera una bomba atómica, sería igual a Corea del Norte.

Tanto allí como allá hay un solo periódico y una sola ideología. Tanto allí como allá tienes que pesar cada frase, serás vigilado, desconfiarás hasta de tu sombra y si desobedeces puedes perder la vida en un accidente. Tanto allí como allá te dirán que si tienes lo mínimo para comer, medicina y entierro gratuito, no tienes de qué quejarte. Tanto allí como allá aprenderás a odiar a los EE UU  y a que las palabras democracia y libertad son invenciones de la CIA para inocular ideología burguesa en el alma de los pueblos. Tanto allí como allá deberás estudiar manuales de marxismo- leninismo y adorar al líder fundador, sea a Kim Il Sung o a Fidel Castro. Tanto allí como allá el poder se transmite por la sangre. Tanto allí como allá una clase dominante de estado construye el capitalismo salvaje en nombre del socialismo. En fin, tanto Cuba como Corea del Norte fueron protectorados soviéticos que sobrevivieron a la Guerra Fría, meteoritos totalitarios de un sistema que parecía erigirse desde la tierra hacia la eternidad.

La gran diferencia, aparte de la geográfica, reside en que Cuba, a pesar de ser una isla, no está aislada. En cambio la dictadura del patético Kim Jing-un no goza ni de la simpatía de China, cuyos mandarines, aparte de haber renunciado al marxismo-maoísmo necesitan un “hinterland” pacificado y chinófilo para practicar grandes negocios con occidente. Ojalá "dos, tres Vietnams", como quería el Che.

Es inevitable entonces pensar que Corea del Norte se encuentra más presente en América del Sur que en Asia. Quiero decir: ideológicamente presente. Entre otras razones, el marxismo-leninismo de las elites de izquierda latinoamericana equivale al tipo de marxismo asiático que adoptaron durante la Guerra Fría muchas naciones del ayer llamado "Tercer Mundo". El marxismo- leninismo cubano también es de neto tipo asiático. Quizás deberé explicar algo más ese punto:

Fue Rudi Dutschke, líder juvenil del movimiento sesentista alemán, quien en su trabajo de doctorado titulado "Intento para poner a Lenin sobre los pies" (1974) destacó el hecho de que el marxismo de Marx había sido asiatizado por Lenin primero, por Stalin después. El marxismo soviético era para Dutschke la ideología de legitimación de una autocracia representada por el partido, sus bonzos, y sus ramificaciones intra-sociales.

La tarea histórica de la izquierda europea de acuerdo al talentoso líder, debería ser re-europeizar el marxismo, adulterado por la autocracia post-zarista.

El término asiático, de más está decirlo, no tenía para Dutschke una connotación geográfica sino cultural, cimentada en la bibliografía que sobre ese tema dejó Marx en sus escritos acerca del "modo asiático de producción" y en sus artículos sobre la imposibilidad de construir el socialismo en un país “bárbaro” como Rusia, publicados entre 1853 y 1858 en el New York Daily Tribune.

Ahora bien, el marxismo llegado a América Latina, primero a través de los partidos comunistas, después del castrismo, fue, para decirlo con Dutschke, un marxismo asiatizado, es decir, autocrático y teocrático y, por lo mismo, esencialmente anti-marxista.

Las fuentes principales del marxismo latinoamericano no fueron, es una paradoja, marxistas. Tanto el leninismo-estalinismo como el estalinismo-maoísmo son adulteraciones del pensamiento de Marx orientadas a legitimar estructuras asiáticas de poder. El trotsquismo sólo fue un intento débil por restaurar elementos europeos del marxismo, pero sin renunciar a su matriz despótica asiática; de ahí su gran fracaso. La socialdemocracia, a su vez, renunció al marxismo como ideología, e hizo bien. El marxismo ya estaba destruido por las revoluciones rusa y china y no valía la pena rescatarlo como intentaron hacerlo Dutshcke y los suyos  en Alemania y, con más éxito, el PCI de Enrico Berlinger en Italia (Eurocomunismo).

Cuando la primera revolución obrera ocurrida en Europa Occidental, la polaca encabezada por el católico Lech Walessa, se levantó en contra del comunismo, lo hizo también en contra del marxismo, ideología de la dictadura.

El marxismo, a la hora de la revolución polaca ya estaba liquidado. Lo liquidaron en Rusia y China primero; en Corea del Norte y en Cuba después. Tratar de recuperar “el marxismo verdadero”, el europeo, el de Marx, habría sido bajo condiciones post-comunistas una actividad ociosa. ¿Para qué?

Cuba es Corea del Norte sin bomba atómica, aunque Fidel Castro, en sus momentos de mayor locura, durante la crisis de los misiles de 1962, intentó obtenerla, aún al precio de llevar al mundo al borde del holocausto nuclear. Si no hubiera sido por la cordura de Nikita Kruschev ─ de quien dijo Castro “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita” ─ Cuba sería un cementerio oceánico. En las despotías asiáticas, aunque sean latinoamericanas, las crisis psíquicas de los dictadores suelen convertirse en crisis mundiales

El marxismo de las autocracias asiáticas continúa sobreviviendo como ideología en diversos países sudamericanos. La idolatrización de líderes militares, la santificación de gobernantes, el culto a la muerte, e incluso la momificación real o simbólica de histriónicos caudillos, son hechos que delatan hasta qué punto el asiatismo-marxista, en sus más bárbaras expresiones, sigue presente en tierras latinoamericanas.

Corea del Norte a través de Cuba y sus acólitos se encuentra en estos momentos más presente en América del Sur que en Asia. Esas son las razones por las cuales la liberación de América Latina, la principal, la espiritual, menos que un hecho político, deberá ser el resultado de una larga lucha cultural. La estamos dando.

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