jueves, 27 de septiembre de 2012

El Medio Oriente y nosotros


Con provocaciones y sin provocaciones, no la religión islámica, tan respetable como la católica o la judía, sino una horda de psicópatas nos seguirán convirtiendo en sus chivos expiatorios por el odio que les carcome las entrañas. ¿La solución? Regresar a casa, ignorarlos, y que se cocinen en su propia sangre, y en su propia salsa.

Nicolás Pérez Díaz-Argüelles. EL NUEVO HERALD

Respeto profundamente la opinión de los expertos como el brillante Roland Behar sobre el Medio Oriente. Y a pesar de que me inscribo entre los que ojeamos este mundo a vuelo de pájaro es difícil no sacar una conclusión obvia: allá la historia de la violencia es más vieja que Matusalén.

Y aunque mientras que lo que sucede en Cuba, Venezuela y Colombia si bien tampoco lo entiendo a plenitud, al menos le rozo el punto final del rabo de sus papalotes; en cuanto al conflicto en el mundo árabe, confieso que estoy más perdido que Lindbergh.

Sin embargo, opino que de vez en cuando quizás es interesante oír no la voz de los que saben, sino la de los que ignoran, porque a veces en nuestra inocencia, sin complejos análisis de terceros saltos hasta el infinito, chocamos con la bola y damos con una realidad que está frente a nosotros y que en mi criterio para no verla hay que estar más ciego que Homero.

Chapeando bajito. Primera realidad, entiendo menos que a los principales protagonistas de este conflicto el papel que ha jugado Estados Unidos en la zona.

Quedándome corto. Se desata una guerra entre Irak e Irán (1980-1988). Estados Unidos se compromete en las Naciones Unidas a conservarse neutral. Pero la neutralidad dura menos que un merengue en la puerta de un colegio: en 1986 se descubre que Washington le está vendiendo a Irán, nuestro actual enemigo acérrimo, misiles BGM 71 para que destruya a Sadam Hussein.

Sin que tengamos tiempo para hacer una digestión del error, la Unión Soviética, protegiendo zonas estratégicas, invade Afganistán, y surge del conflicto del Talibán, término que significa “Estudiosos del Islam”, y en una época y en un lugar donde todos los gatos son pardos, en medio de una Guerra Fría donde todo vale, entusiasmados porque esta guerra le está costando al Kremlin $6,000 millones, y la importancia de la derrota comunista allí es equivalente a la de Estados Unidos en Vietnam. Sin medir consecuencias posteriores, Washington, ayudado por Pakistán, le extiende una mano amiga al mulá Mohamed Omar y se alía a los talibanes comprando soga para su propio pescuezo. Los soviéticos se retiran en 1989 y Estados Unidos ocupa el país, y tras tan solo dos años de luna de miel con los afganos comienza la ocupación norteamericana bélica en octubre del 2001 con los ataques aéreos contra el enemigo Al Qaida y el ex amigo Talibán. Más que una movida inteligente de política internacional, parece un chiste de mal gusto.

Imposible obviar la invasión de Estados Unidos a Irak en el 2003 en la estúpida búsqueda de armas químicas inexistentes, una guerra que le costó a Estados Unidos $5,600 millones diarios, y lo más triste, 2,000 soldados norteamericanos caídos en combate.

Segunda realidad incontrastable: por motivos de hábitos, costumbres, filosofías de la vida y percepciones de la realidad, ni Occidente entiende al Islam ni el Islam entiende a Occidente, y todo indica que no encontraremos puntos en común en todo lo que resta del siglo XXI.

Tercera certeza: Creo en la excepcionalidad de Estados Unidos. Este es un país excepcional pero eso no debe convertirnos en los policías del mundo. Con la firme convicción, fuera de toda duda razonable de proteger a Israel si es atacado, debemos retirarnos de todo el territorio que ocupamos en el mundo árabe. Esa guerra no es nuestra y comenzó en el 632 A.C. tras la muerte del profeta Mahoma, cuando los chiítas sostenían que el Califato debían heredarlo solamente los herederos directos de Mahoma, Alí y Fátima, mientras que Aisha, la esposa del profeta, se oponía al califato de Alí, surgiendo así la rama sunita. No nos engañemos. Que los muertos entierren a sus muertos. La sangre de un solo soldado norteamericano no vale, séase por petróleo o por predominio mundial, que sigamos pretendiendo mediar entre sunitas y chiítas, en un conflicto que no es nuestro, que no entendemos y donde ni demócratas ni republicanos nada van a poder resolver.

Por lo demás, ni los Versos Satánicos de Salman Rushdie, ni la película La Inocencia de los Musulmanes de un tal Sam Bacile que seguramente no existe, ni las estupideces del pastor Terry Jones quemando el Corán, ni las irresponsables caricaturas del semanario francés Charlie Hebdo son los responsables de los últimos actos de violencia contra Occidente por grupos islámicos, son solo la excusa. Con provocaciones y sin provocaciones, no la religión islámica, tan respetable como la católica o la judía, sino una horda de psicópatas nos seguirán convirtiendo en sus chivos expiatorios por el odio que les carcome las entrañas. ¿La solución? Regresar a casa, ignorarlos, y que se cocinen en su propia sangre, y en su propia salsa.

En familia



José Antonio Fornaris. CUBANET


A cada rato aparecen en el diario Granma informaciones negativas sobre hechos o situaciones, reales o falsas, acontecidos en otros países cuyos gobiernos no son “amigos de Cuba”, eufemismo que utilizan para llamar a los que en realidad son amigos y cómplices de la dictadura cubana.

Una de tales informaciones, recientemente daba a conocer que el Presidente de Paraguay, Federico Franco, es criticado en los medios de su nación por practicar el nepotismo.

Esa puede ser una noticia de lógica repercusión en cualquier otro lugar del globo, pero en Cuba resulta sarcástica, un verdadero chiste. Es como mencionar la soga en casa del ahorcado, porque el más descarado nepotismo ha sido una práctica de la familia que gobierna la isla, desde enero de 1959.

Fidel Castro, durante más de 46 años, ostentó todos los cargos de mayor importancia en el Estado, gobierno, Partido Comunista (único legal y gobernante) y las Fuerzas Armadas. En tanto, su hermano Raúl, ocupaba de todos los que le seguían en jerarquía. En 2006, Raúl terminó heredando el poder total, traspasado por su hermano al enfermase gravemente. Como ocurría en las antiguas monarquías.
Vilma Espin

La esposa de Raúl Castro, Vilma Espín, fue hasta su muerte integrante del Buró Político del Partido Comunista y presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Incluso, varios años después de su fallecimiento, su fantasma continúa presidiendo esa organización, pues nadie más ha ocupado esa posición; la nomenclatura se detuvo en Secretaria Nacional.

El otro hermano, Ramón Castro, estuvo a cargo del plan ganadero Niña Bonita , el de mayor importancia en su momento en el país, y simultáneamente era integrante del Comité Provincial del Partido Comunista en La Habana, y una figura prominente en el Ministerio del Azúcar. Se jubiló, muy viejo, siendo asesor del Ministro de la Agricultura y Héroe del Trabajo de la República de Cuba.
Ramón Castro

El hijo mayor de Fidel Castro, Fidel Castro Díaz-Balart, es actualmente Consejero del Consejo de Estado, además de una muy alta autoridad en los ámbitos científicos del país. Un sobrino, Jose Antonio Fraga Castro, es el director de Labiofam, la más importante empresa farmacéutica y de biotecnología de Cuba.
Fidel Castro Diaz Balart

Antonio Castro, según muchos el hijo predilecto de Fidel, es el “zar de la pelota cubana”. Médico oficial del Equipo Nacional de Baseball, y vice presidente de la Federación Internacional de Baseball.
Antonio Castro

Mariela Castro Espín
Mariela Castro Espín, hija de Raúl y sobrina de Fidel, es la directora del Centro Nacional de Educación Sexual. Por su parte, Alejandro Castro Espín, hijo también del actual gobernante, es General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), y según se comenta a nivel popular, está al frente de una comisión que se encarga permanentemente de verificar los activos de todas las inversiones económicas de las FAR.
Alejandro Castro Espín

De Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, yerno de Raúl y miembro del Comité Central del Partido Comunista, se asegura que es el gerente principal del holding de las Fuerzas Armadas cubanas, con más de 300 empresas que generarían el 90% de las exportaciones, el 60% de los ingresos turísticos y el 60% de los ingresos en divisas de Cuba.
Luis Alberto Rodríguez López-Callejas

A su vez, Raúl Rodríguez Castro, nieto del Raúl e hijo de Luis Alberto y  Deborah, la hija mayor del actual dictador, desde hace pocos años se convirtió en la verdadera sombra de su abuelo, como su principal ayudante, asistente y jefe de su escolta personal.
Raul Castro y el nietecito

Hay otros miembros del clan Castro en altos puestos, que mantienen un perfil más bajo, pero estos son algunos de los miembros más conocidos de la familia que prácticamente es dueña del país desde hace ya más de medio siglo. En la Cuba de los Castro, “todo queda entre la famiia”.

En el mejor de los casos, resulta una broma de muy mal gusto que esta gente se atreva a criticar el supuesto nepotismo de otros gobernantes, que comparados con ellos parecen aprendices.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La proeza está cerca


A pocos días del crucial 7 de octubre, la proeza luce cercana. La victoria de las fuerzas que conforman la amplia y diversa unidad democrática y progresista se torna inminente.

Eduardo Liendo. TALCUALDIGITAL

En palabras del joven líder de la alternativa democrática Henrique Capriles, la infatigable campaña que encabeza: "Ha sido un recorrido hermoso, extraordinario, maravilloso, de sonrisas, de esperanzas. Cada venezolano tiene la llave para abrir la puerta, para alcanzar ese futuro de progreso. Nada nos va a detener, siempre con la mirada puesta hacia adelante".

Son palabras pronunciadas ante los reporteros con la sencillez y la franqueza a la que ya nos tiene acostumbrados. En una emotiva frase que resume su magnífico esfuerzo confiesa: "Yo dejo el alma en los recorridos para comprometerme con Venezuela". Con lo cual no sólo hace ostensible el enorme esfuerzo físico puesto de manifiesto, sino el temple espiritual que lo impulsa a "entregar el alma" en la faena, en el camino. No hay demagogia en el gesto, porque es auténtico. El Flaco se las trae. Se muestra convincente y de allí su vertiginoso arrastre popular.

 Son evidentes las virtudes que ha puesto de manifiesto: vocación de servidor social, honestidad, eficiencia, coraje, independencia de criterio, juventud y experiencia de gobierno, proyecto político, capacidad de negociación y algo fundamental en un político de raza: aspiración de ejercer el poder.

 El capitán del equipo, como suele estimarse a sí mismo Henrique Capriles, ha mostrado con creces tres cualidades indispensables para desarrollar su admirable campaña: garra, entusiasmo y tenacidad, hasta límites excepcionales.

 Así como ha despertado una gran ola de emoción y simpatía más allá de la "tradicional" oposición democrática, también ha llevado el desconcierto y la perplejidad entre los partidarios del gobierno imperante. El tildado, peyorativamente, de burguesito, majunche, ninguno, el nadie, resultó ser un competidor formidable. Un flaco David agigantado frente a un gastado y disminuido Goliat.

 A pocos días del crucial 7 de octubre, la proeza luce cercana. La victoria de las fuerzas que conforman la amplia y diversa unidad democrática y progresista se torna inminente. A estas alturas del partido el entusiasmo y la necesidad de cambio son mucho más fuertes que el miedo que agita como un espantapájaros el caudillo excéntrico.

El joven líder Henrique Capriles Radonski será el próximo presidente constitucional de Venezuela. El presidente saliente deberá asimilar la derrota con serenidad. Su existencia ha tenido muchos días de inusitado protagonismo, pero nada es para siempre. Es la hora del cambio. El país lo reclama para no perderse. Hay un camino.

Más allá de las elecciones


Francisco Suniaga. EL NACIONAL

La suerte está echada. A estas alturas, a tan sólo once días del 7-O, las grandes tendencias electorales ya se han definido: la oposición presiente la victoria y el chavismo comienza a expresar abiertamente la sensación que tiene de derrota (el melancólico “Esto es lo que hay” de Izarra a Maduro es una muestra de ello). Está en el aire: ganará Capriles. Lo que falta, un remate marcado por una omnipresencia del candidato opositor con inmensas multitudes que su contrincante no puede contrarrestar, aumentará aún más la ventaja que le ha sacado a Hugo Chávez.

La preocupación comienza ya a ser otra: ¿Qué hay más allá del 7-O? ¿Qué va a pasar con el chavismo? La tendencia mayoritaria de los comentaristas sostiene que continuará siendo una fuerza determinante en la política nacional por muchos años. Que, ante las eventuales carencias de la nueva administración, podría retornar con renovados bríos más pronto que tarde y que esta bipolaridad, chavismo versus el resto del espectro político, se prolongará un buen rato. Algunos llegan hasta a afirmar que el chavismo (¡Dios nos libre!) será en Venezuela lo que el peronismo en Argentina, una fuerza dominante en el devenir del país.

Hay, sin embargo, antecedentes históricos e indicios muy marcados de que bien podría no ser así. Que es más probable, incluso, que el chavismo como fuerza política se desmorone tan rápido como insurgió en el sistema político venezolano.

Para comenzar, la victoria de Capriles el 7-O no será un triunfo cualquiera, sino uno que abrirá un nuevo capítulo en la historia política del país. Como ocurrió con el gomecismo en 1945 o con el perezjimenismo en 1958, el poder hegemónico, anacrónico y autoritario ya débil, será derrotado y, en poco tiempo, dejará de tener importancia.

Ese debilitamiento no ha sido el resultado de la casualidad, es el producto de las decisiones equivocadas que el chavismo tomó a lo largo de estos catorce años. La principal: haber traicionado casi desde el vamos su condición de fuerza renovadora de la política venezolana. Chávez, en fiel correspondencia con sus visiones escasas y su bajo vuelo intelectual, en lugar de recurrir a fórmulas modernistas como las que en ese entonces ejecutaban Clinton, Blair o Shroeder ─ políticas de alto contenido social diseñadas para reparar sociedades donde el neoliberalismo imperó de verdad, sin afectar sus libertades ─ se abrazó a una suerte de arroz con mango ideológico: el castrocomunismo aderezado con el más rancio militarismo criollo.

Por esa razón se separaron del chavismo los militantes moderados que creyeron en el cambio y los de la izquierda democrática y la socialdemocracia que contribuyeron de manera decisiva a su victoria en 1998. Como bien lo denunciara en su oportunidad Pablo Medina, el chavismo pasó de ser cívico-militar a ser militar-cívico. No podían los demócratas sobrevivir en la atmósfera venusiana creada dentro de una coalición que está animada por el culto a la personalidad del líder, sustentada por un partido hegemónico y no democrático, respaldada por colectivos armados y administrada por comisarios cubanos y militares mediocres. Atmósfera letal para los demócratas, pero en la que medran oportunistas de toda calaña, políticos y económicos.

La aplicación práctica de ese mazacote ideológico, presentado con el pomposo nombre de socialismo del siglo XXI, alimentado por abundantes recursos fiscales petroleros, devino en el más descomunal sistema clientelar de nuestra historia. Un constructo que ni resolvió los problemas de las masas populares ni les sirvió para conservar el poder. ¿Puede ese parapeto servirle al chavismo para mantenerse como fuerza determinante en el futuro sistema político nacional? No pareciera. Más posibilidades hay de que pase a la historia como lo que se ha revelado en su hora final: un caos a duras penas amalgamado por los dólares del petróleo y la fuerza menguante de un líder carismático. ¿Adónde podría llegar sin líder y sin el erario público?

El nuevo sistema político venezolano probablemente se decante según las líneas tradicionales de la política en Occidente. Una amplia mayoría constituida por un polo de centroderecha conservador en lo económico y otro de centroizquierda que lo será menos, flanqueada por una derecha (que en Venezuela tienen el tufo del autoritarismo militar) e izquierda radical (la que Teodoro Petkoff llamó borbónica). En esos extremos aterrizará el chavismo fragmentado por una derrota que para ellos sí será histórica.

¿Y si se niega a entregar?


 

Adolfo R. Taylhardat. EL UNIVERSAL

Esta pregunta me la hacen con frecuencia muchos amigos que están decididos a votar por Henrique Capriles. La misma pregunta se la hacen muchos venezolanos igualmente claros en cuanto a cómo votarán el 7 de octubre, pero temerosos de que el saliente candidato perdedor pudiera intentar desconocer los resultados.

En varias ocasiones él ha asegurado que entregará el poder si pierde las elecciones, pero sabemos que su palabra no vale nada porque miente constantemente.

Desde hace años viene advirtiendo que las suya es "una revolución armada" que cuenta con armas, cañones, tanques de guerra, aviones, que tiene armas escondidas en cuevas regadas por todo el país. Además, cuenta con una milicia que obedece a su única autoridad. Para completar el cuadro, en diversas oportunidades él y altos oficiales de su entorno han advertido que si no es reelegido se desatará en el país una guerra civil.

 En ese mismo contexto se inscriben las afirmaciones del propio presidente saliente-candidato perdedor en el sentido de que la oposición intentará desconocer los resultados de los comicios. Tan recientemente como el pasado domingo 23 el conductor de la Cancillería aseguró en un programa de televisión que la oposición ha hecho "una campaña electoral para crear las condiciones en función de desconocer el resultado e iniciar un proceso de desestabilización donde creen contar con respaldo internacional para ir a un proceso de búsqueda de poder por otras vías".  Aseguró que el Gobierno y sus seguidores "cuentan ya con la experiencia de haber sufrido todo tipo de golpes de Estado, sabotajes" y otros ataques, lo que les permite tener "la certeza" de que derrotarán cualquier plan desestabilizador". "Hay una vacuna que es el plan CH (de Chávez). Todas las instituciones y nuestro pueblo preparados para que prevalezca la verdad, se respete la Constitución, se respeten los resultados y, con la Constitución en la mano, hacer valer la paz y la tranquilidad de nuestro pueblo".

A estas advertencias hay que sumar que el tema ha tomado nueva relevancia a partir de la publicación en el diario español ABC (edición del pasado sábado 22) de un reportaje extenso, pormenorizado, supuestamente basado en documentos internos del régimen, según el cual el presidente saliente cuenta con redes de comandos armadas (redes de movilización inmediata REMI) para rechazar cualquier resultado adverso en la elección del 7 de octubre. Esas redes tendrían como tarea abortar concentraciones de la oposición celebrativas del triunfo antes de que tomen cuerpo, detención de dirigentes opositores, organización de movilizaciones de calle y de resistencia y control territorial. El reportaje se refiere a una fuente militar no identificada según la cual, desde junio pasado, comenzaron a repartir unos 8.000 fusiles AK-103.  Según el reportaje "Es difícil no ver en las REMI un propósito que va mas allá de garantizar la jornada electoral" que es la función que le atribuye el régimen. "No tienen ninguna institucionalidad que las retenga. Si matan civiles será un acto de civiles contra civiles y el Gobierno no tendría que responsabilizarse ante requerimientos internacionales".

Todo esto pueden ser simples "trapos rojos" para atemorizar. Pero lamentablemente no falta quien se deje invadir por el miedo. Sobre todo porque se trata de un personaje cruel, perverso, despiadado como ha quedado demostrado en los casos de los comisarios de la Policía Metropolitana y de la jueza Afiuni, entre otros. El sujeto es capaz de cualquier atrocidad para mantenerse en el sillón presidencial al cual se considera atornillado de por vida. Es capaz de imitar a su papá putativo, Fidel, y a sus hermanos del alma, Hussein, Gadafi y Al Assad, que no vacilaron en sacrificar a sus pueblos con tal de permanecer en el poder.

Resulta interesante e importante lo que ha dicho Jesús Urdaneta Hernández, excompañero del saliente y cómplice en la fallida asonada militar de febrero de 1992. Afirma que el candidato perdedor intentará desconocer su derrota, pero que las Fuerzas Armadas harán respetar el resultado. "Pero una cosa es intentar y otra lograrlo, pues la FAN es institucional y hará respetar el resultado" dice Urdaneta, y agrega: "Aquí no hay condiciones para una guerra civil... eso está en la mente de Chávez. Chávez es un operador sicológico, eso es un recurso utilizado con la única intención de provocar miedo".

 Por su parte, Henrique Capriles oportunamente le ha salido al paso a ese tejemaneje de amedrentamiento. El pasado domingo dijo que ha visto con preocupación algunas informaciones según las cuales el Gobierno pretendería activar algún plan para desconocer la voluntad de nuestro pueblo. Advirtió que el pueblo saldrá a la calle si el Gobierno desconoce su triunfo. Aseguró que si eso ocurre "va a haber un pueblo en la calle" para exigir respeto. "Si el Gobierno se atreve a alguna aventura o a darle una patada a la mesa para desconocer la voluntad de nuestro pueblo, ahí va a haber un pueblo en la calle para exigir respeto a la voluntad que se va a expresar el 7 de octubre". Señaló que ha visto con preocupación algunas informaciones según las cuales el Gobierno: "Así como el Gobierno dice que la voluntad de nuestro pueblo es sagrada, yo también le recuerdo al Gobierno que la voluntad de nuestro pueblo es sagrada, para mí la voluntad del pueblo es sagrada y yo siempre la he respetado", apuntó.

Todo esto tiene una sola respuesta: hay que dejar el miedo e ir a votar. Y votar bien. Mientras más amplia sea la diferencia a favor de Henrique, menos posibilidades de intentar una nueva aventura tendrá el maniático alienado de Miraflores. Esta vez no será "por ahora" sino por siempre.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El anticastrismo da votos



Mario J. Viera

De veras que ya cansa la perorata de los busca votos que se presentan en el restaurant Versailles, en la Calle 8 de Miami. prometiendo lo mismo: “apretar al castrismo”, pedir una “Cuba Libre”, para después no hacer nada que obligue a los Castro a darle paso a lo que quieren la democratización de la mayor de las Antillas.

La retórica es barata, cansona de tanto ser repetida por más de cinco décadas. En los últimos 40 años, ni demócratas ni republicanos han hecho nada  que pueda ser considerado efectivo contra el castrismo. Por supuesto, siempre son los republicanos los que más duros se presentan ante al castrismo, al menos durante sus periodos de campaña electoral, para luego no hacer nada, salvo alguna propuesta demagógica de limitar lo viajes de los cubanos, residentes y naturalizados, a la isla y limitar las remesas que se pueden enviar a Cuba, para luego abrirse al comercio con los Castro y hasta concederle la humanitaria compra de papel de imprenta, como hiciera la administración Bush hijo.

Hay que ganarse el voto de la Florida partiendo de coquetear con la comunidad cubana que, como caso especial del voto hispano, concurre masivamente a las urnas electorales.

Ahora el recién converso a la línea dura contra los Castro, Pau Ryan se fue a tomar un café cubano en el Versailles ─ recuérdese que fue un ardiente partidario de suprimir el embargo ─ y a declarar fervorosamente su pasión anticastrista, diciendo algo que agrada al oído del exilio cubano: “Déjenme decirles esto: en la administración Romney no vamos a seguir practicando esta política blanda, sino que vamos a ser duros con este dictador brutal y vamos a ayudar a los grupos a favor de la democracia”. Lástima que yo no le crea aunque sería muy bueno que se le apretaran las clavijas a “este dictador brutal”.

Me pregunto, ¿en qué grado será la dureza en contra del castrismo que una hipotética administración Romney pudiera aplicar? Tal vez ¿intentar una nueva Bahía de Cochinos? No, porque eso sería políticamente incorrecto por parte de Estados Unidos; quizá ¿romper todo vínculo diplomático con el régimen de La Habana, eliminando las Secciones de Intereses de Estados Unidos en Cuba, y de los Castro en Estados Unidos? No, creo que no sería práctico por muchas razones. A lo mejor  ¿lograr la expulsión de la representación castrista como miembro en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU? No creo que lo logre.

¿Qué otra cosa? ¿Exigirle a la Unión Europea que enfríe sus relaciones diplomáticas con la dictadura castrista hasta rebajarlas a la de simples encargados de negocios? Esto ni soñarlo. ¿Suprimir en Estados Unidos cualquier tipo de comercio con los Castro? Los primeros que rechazarían esa propuesta serían los empresarios que los republicanos favorecen y que responden a interese comerciales de muchas empresas agrícolas de los Estados Unidos.

¿Qué otras opciones le queda a la supuesta administración Romney-Ryan? Sí, quizá prohibir el funcionamiento de los numerosos comités que en Estados Unidos hacen campaña a favor de la liberación de los cinco sicarios castristas presos por labor de espionaje. No, eso sería lo ideal pero hay un detalle, tal medida violaría el derecho que ampara la Primera Enmienda de la Constitución. Probablemente el gobierno republicano se decantaría por suprimir el llamado intercambio cultural de Estados Unidos-Cuba negándole visa de entrada al país a artistas e intelectuales cubanos comprometidos con los intereses del Partido Comunista de Cuba. Estoy de acuerdo, lo considero adecuado; sin embargo tal medida, con la que repito estoy muy de acuerdo, poco daño le haría a los Castro y nada cambiaría en Cuba.

Por más que me estrujo el cerebro ─ ¿seré obtuso? ─ no puedo deducir cómo la administración Romney-Ryan va a ser dura con el dictador brutal. Creo que lo único en que mostrarían su dureza es repitiendo la politiquera fórmula de George W. Bush, para hacerle la vida un yogurt a los cubanos residentes o naturalizados en Estados Unidos que tengan familiares en Cuba.

Definitivamente, este Paul Ryan, el Sarah Palin masculino de los republicanos, el Golden boy del Tea Party, lo único que busca es congraciarse con el exilio cubano ─   que en su gran mayoría sigue creyéndose la demagogia republicana ─ para ganarse sus votos, porque el anticastrismo, ya sea sincero o politiquero, da votos en Miami.

Por qué no florece la primavera en el mundo islámico


Carlos Alberto Montaner. FIRMASPRESS.

La primavera árabe no acaba de florecer. El fin de las tiranías militares del norte de África ─Túnez, Libia, Egipto ─ no ha dado paso a una era de gobiernos democráticos como sucedió tras el derribo del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, o como vimos en Alemania, Italia y Japón después de la Segunda Guerra mundial.

 Hillary Clinton, y con ella medio Estados Unidos, están perplejos por el comportamiento brutal de las turbas libias. El asesinato del embajador Chris Stevens y otros tres funcionarios norteamericanos fue un espectáculo horrible, especialmente porque ocurría poco después de que Washington se hubiera empeñado a fondo en liberar a Libia de la dictadura brutal de Gadafi junto a una coalición de países europeos agrupados en la OTAN y liderados por la Francia de Sarkozy.

El presidente Obama le reconoció al periodista José Díaz-Balart de la cadena Telemundo que este Egipto, el post Mubarak, no es un país aliado, aunque no se trata de una nación enemiga. (Espere un poco, Presidente, todo se andará). Afganistán e Irak tampoco se han transformado en democracias funcionales naturalmente pro-occidentales, pese a la presencia masiva del ejército americano y la inversión de miles de millones de dólares.

Todo era una vana ilusión. El plan de nation building, originado en la benévola arrogancia de una poderosa cultura aquejada de voluntarismo, no ha funcionado. Sencillamente, el objetivo de inducir entre los árabes, desde fuera del seno de la sociedad, el modelo de Estado conocido como “democracia liberal”, ha fracasado.

¿Por qué? Porque la democracia liberal es mucho más que un diseño institucional. Los norteamericanos tienden a creer que es el resultado de poseer un cierto tipo de Constitución, poderes limitados y economía de mercado, elementos fácilmente reproducibles, pero ignoran el factor que le da sustento a ese andamiaje formal: los valores de la tribu.

 Si Estados Unidos, a fines del siglo XVIII, inventó el mundo moderno, no fue porque suscribieron las ideas del británico John Locke, sino porque la mayoría de su sociedad aceptaba como buena la noción de la tolerancia, la supremacía de los derechos individuales y la importancia de tener un gobierno de reglas imparciales y no de hombres.

 Más importante que todo el andamiaje constitucional construido en 1787 es la Primera Enmienda impuesta a la ley de leyes para proteger las libertades. Si bien la Constitución americana surgía del pensamiento de los “ilustrados” ingleses y creaba, artificialmente, un tipo de Estado peculiar (la primera república moderna), esa Primera Enmienda, protectora de la libertad religiosa, del derecho de expresión, reunión y petición, expresaba algo mucho más trascendente: la voluntad de aceptar al otro aunque tuviera ideas con las que no comulgamos o comportamientos que nos resultaran desagradables.

 La grandeza de la democracia liberal radica en eso: el valor supremo que se le asigna a la tolerancia, definida como la aceptación de los derechos del otro a existir y manifestarse, aunque nos repugne.

 Por eso no funciona la construcción artificial de democracias liberales. Mucho antes de que Estados Unidos se convirtiera en una república independiente, William Penn, un cuáquero pacifista, fundó Pennsilvania (así llamada en honor a su padre), decidido a vivir en paz con los indios, admitir todos las credos religiosos y a someter su gobierno a una suerte de control y consenso social. Philadelphia sería eso: la cuna de la fraternidad y el amor.

 ¿Dónde está en las sociedades árabes ese espíritu de tolerancia si las personas nacen y crecen repitiendo el mantra de que Alá es el único Dios, Mahoma su único profeta, y la gran tarea de los islamistas es la conquista del mundo para gloria de esas creencias religiosas y la imposición universal de la sharía? ¿Dónde están en el islamismo los valores de la tolerancia y la humilde aceptación del otro, del diferente, en un plano de igualdad y respeto?

 Es verdad que las tres grandes religiones monoteístas en sus orígenes (y durante siglos) han sido intolerantes y brutales con quienes no pertenecían al círculo de sus creyentes, pero los valores de judíos y cristianos, en general, tal vez como consecuencia de guerras espantosas, han evolucionado en dirección de la tolerancia y la aceptación, mientras el islamismo permanece anclado en la vieja ortodoxia excluyente que hace imposible que arraigue el modelo de la democracia liberal.

 Es, en suma, una cuestión de valores. Mientras eso no cambie, no habrá primavera en el mundo árabe.

El desconocimiento de los herederos


Disminuir a un 47% de la población porque no paga federal income tax, aunque paga payroll tax o state tax, o porque se acoja a programas de ayuda como los recortes por niños, no solo es fruto de un carácter soberbio y de una ceguera y desprecio absoluto para reconocer el esfuerzo del otro, sino que, cuando quien lo dice se ha acogido a todos los recortes posibles que el sistema ofrece a quienes más ganan, hasta llegar a pagar una tasa mínima, es un verdadero descaro.
Pedro Caviedes. EL NUEVO HERALD

Existe una diferencia sustantiva entre las personas que nacen con padres que pueden costearles una buena educación, una buena nutrición, atención médica, techo en un buen vecindario, y los que no. En todos los países hay hijos de todas las clases. Desde los ricos y la clase media, hasta los pobres e hijos de personas sumidas en la miseria. La diferencia entre el mundo desarrollado y el subdesarrollado es la capacidad de los estados para aportar a todos esas ventajas que en otros países solo obtienen los primeros.

En repetidas ocasiones, quienes están acostumbrados a tenerlo todo, creen que lo merecen por haber nacido, y caen en engaños, o no valoran lo que les fue dado. Así, desvirtúan incluso el trabajo de sus padres, diciendo que ellos empezaron de cero, como si todos los privilegios que recibieron, no contaran.

En su obra La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset lo titula algo como la maldición de los herederos. Pienso que ese desconocimiento por los privilegios, que se cree que existen por arte de magia, también está siendo, para un grupo de personas en Estados Unidos, un desconocimiento de las bondades de este país, que a lo largo de su historia ha conseguido redistribuir la riqueza de tal manera que todos puedan tener los mismos derechos, y las mismas oportunidades de prosperar en la vida.

La palabra redistribución es causa de acusaciones de comunismo, como si fuera antónimo de libertad. ¿Pero acaso no es esa la función del estado? Cuando una parte de los impuestos se destina a los militares y las agencias de seguridad, otra a la infraestructura, a la educación pública, a la investigación, al sistema de justicia, a los departamentos de bomberos y policía, al pago de los funcionarios públicos y al sostenimiento de los edificios donde operan las gobernaciones, los congresos, los juzgados y las alcaldías, entre otras, ¿no se trata de una redistribución?

Sí, quizá con lo que pagaría un millonario si le quitan los recortes, éste podría comprar un avión o agregarle un cero a su cuenta corriente. Pero la idea es aportar también a la sociedad donde se vive, para que un gobierno se encargue del bien común. Seguramente la enorme red de escuelas y universidades públicas con que cuenta Estados Unidos fue construida con la suma de muchos que podrían haberse comprado un carro nuevo, pero la existencia de esos centros educativos, garantiza una seguridad a la libertad y la prosperidad que en esta tierra se respira, que vale mucho más que un carro nuevo, y conviene incluso al que envía a sus hijos a un colegio privado.

En los países subdesarrollados los impuestos muchas veces van a las cuentas bancarias de los políticos. O en muchos, los que más dinero tienen, son quienes más evaden. Aquello se traduce no solo en unas ciudades y un campo con una infraestructura muy débil, sino en una pobreza e inseguridad enormes. Pero no creo que a nadie se le ocurra que la solución sea que la gente que más puede, deje de aportar. Más bien que los gobiernos combatan la corrupción, recauden lo justo, y velen porque se adjudique equitativamente.

Estados Unidos se caracteriza por ser un país de grandes emprendedores y grandes trabajadores. Disminuir a un 47% de la población porque no paga federal income tax, aunque paga payroll tax o state tax, o porque se acoja a programas de ayuda como los recortes por niños, no solo es fruto de un carácter soberbio y de una ceguera y desprecio absoluto para reconocer el esfuerzo del otro, sino que, cuando quien lo dice se ha acogido a todos los recortes posibles que el sistema ofrece a quienes más ganan, hasta llegar a pagar una tasa mínima, es un verdadero descaro. Lo más increíble es que entre ese 47% al que se refiere el candidato, unos cuantos miles hacen parte del 1% que más gana, que terminan pagando cero.

Gracias a un estado que garantiza los derechos, EEUU ha sido uno de los países con mayor movilidad social, donde prosperan muchos que, verdaderamente, empezaron de cero, y son muy pocos los desamparados. Pero esto sucede porque una parte de los impuestos que siempre pagaron todos, se destina a programas de ayuda a los menos privilegiados.

Y no por arte de magia, como al parecer cree un candidato.

sábado, 22 de septiembre de 2012

El pecado de subestimar


TAL CUAL DIGITAL

Cada cierto tiempo, haciendo un esfuerzo especial por hacerse pasar como seguro ante su victoria, el candidato de gobierno alerta a sus seguidores sobre la necesidad de no "embriagarse de triunfalismo".

No subestimar a sus contrincantes. El juego, suele decir, "no ha concluido". Sus enemigos, "la burguesía", ─ entendamos por tal cosa a toda la nación ─ "son poderosos, están financiados y tienen mucho dinero".

Es una cantaleta que nos hemos aprendimos de memoria ante la inevitable secuencia de comicios que han tenido lugar todos estos años, al cabo de los cuales, como amarga ironía, seguimos presenciando como se desencuaderna el país, la democracia y la convivencia civilizada en cada giro de manivela.

Obsesionado con las fechas y las efemérides, el presidente Chávez ha dado probadas muestras de ser un hombre de rituales. Aunque es un estratega con indudable talento, tiene una discursiva bastante inorgánica, cruzada de estereotipos, obsesiones emocionales e ideas fijas. Sus alocuciones son populares y efectivas, pero carentes de brillo: cargas emotivas para alimentar el desprecio a la diferencia.

Cada vez que Hugo Chávez hace estas salvedades en torno a la importancia de no subestimar a sus enemigos y no adelantar celebraciones, no me resisto a dejar de pensar que se trata de una especie de reverencia instintiva para quedar retratado ante los hados y la buena suerte.

Un rito supersticioso, pensado para hacerle carantoñas a lo desconocido: ese universo mágico religioso en el cual parece creer a pies juntillas. De esta forma, así como cada dos por tres se nos aparece en la televisión todo lo grosero y provocador que puede llegar a ser, en algunas ocasiones, "ligando para atrás", trueca su estampa con estos repentinos ataques de lo que él presume es una dosis necesaria de sensatez.  El juego no termina hasta el último out.

Lo cierto es que, por mucho que su líder se los advierta, el chavismo no hace otra cosa que subestimar a sus rivales. Es una circunstancia que alimentan permanentemente los medios de comunicación a su servicio, y, aunque no se de cuenta, el propio presidente-candidato.

El aparato informativo del alto gobierno es, en última instancia, el responsable del severo extravío en el cual se encuentra sumergida buena parte de su militancia en torno a la realidad política de este momento. En el ánimo del chavista promedio persiste una especie de retrato congelado del adversario que tienen.

La oposición política venezolana existe gracias a un gesto de largueza que ellos le brindan, y que se empeñan en no agradecer. Se trata de las clases medias y altas, atrincheradas en el este de Caracas; de los partidos de siempre. De los ricos, procónsules de capitales extranjeros, los dolientes de los gobiernos del pasado y algunas zonas aisladas del interior del país.

Si no fuera por la televisión, acá todo el mundo amara al presidente. Claro que pueden ir a elecciones. Lo que no pueden hacer es ganarlas.

La postura jaquetona y perdonavidas que estamos describiendo, fácilmente apreciable en el estamento opinático del oficialismo ─ blogueros, articulistas realengos y autores ─ puede terminar costándoles caro en términos electorales.

Es un síndrome onanista que se asemeja bastante al que aquejó a la oposición en los años 2003 y 2004. No comprender en esta hora que hay un universo que se extiende bastante más allá de los análisis demoscópicos de Jesse Chacón.

Que la conquista de la voluntad en las grandes ciudades que ha consolidado la Unidad Democrática, que no ha hecho sino crecer, es una realidad que, a estas alturas, difícilmente tenga regreso.

Agricultores y productores de Turén y del páramo andino; habitantes de la frontera; obreros petroleros de la Costa Oriental, empresarios pequeños y medianos del centro del país; trabajadores de polígono de Guayana; vecinos de Unare y San Félix: todos, en muy buena medida, forman parte de la nueva voluntad nacional que está por imponerse este 7 de octubre.

Las clases medias en Los Teques; los sectores populares de Cumaná; el estamento comercial de Punto Fijo; la determinante mayoría del estudiantado. Parroquias caraqueñas enteras, populosas y con tradición, como Santa Teresa, Altagracia, Caricuao y La Pastora.

Amplísimos sectores, hartos de los cortes de luz; de la escasez de cemento y cabillas; de la vialidad hecha una ruina; del fiasco de Agropatria; de la orgía asesina del hampa en las calles y el campo.

Es el ánimo que ya domina a la determinante mayoría de las primeras 15 ciudades del país: Caracas, Maracaibo; Valencia y Maracay; probablemente Maturín y Barquisimeto; pero además San Cristóbal, Barcelona, Puerto Ordaz, Porlamar, Puerto La Cruz y Ciudad Bolívar.

 No tiene sentido que el chavismo siga engañándose con enormidades y supercherías. Ni estamos en 1811 ni ellos son el ejército patriota. Las voluntades en Venezuela están bastante más equilibradas de lo que sugieren sus delirios fanáticos y su odio añejado.

La causa de la democracia y la restauración de la Constitución Nacional, el descontento ante la impericia y la corrupción, el proyecto de la reconciliación nacional encarnado en la Unidad Democrática, ha logrado colarse, incluso, en los bastiones rojos: en Catia, el 23 de Enero, Antímano, Paria y los estados llaneros: espacios estos en los cuales, aún no ganando, las distancias están destinadas a acortarse de forma dramática.

 Todo ello, en buena medida, gracias a la labor de su candidato, Henrique Capriles Radonski. Un líder que ya tiene un relato propio a cuestas, que puede vaciar a toda Upata y La Grita cuando anuncia sus mítines y que, también por casualidad, el alto gobierno quiso aplicarle ─ de forma infructuosa por demás ─ el bautismo de la descalificación

Lo que importa es el mensaje


Roberto Casín. EL NUEVO HERALD

Qué les parece si falseamos la realidad y con todos los exabruptos y salvajadas que estamos presenciando en buena parte del mundo islámico nos imaginamos el panorama al revés. Digamos que a una turba de buenos y ejemplares católicos se les ocurre agolparse por centenares o miles a las puertas de la embajada libia, la iraní o la egipcia en cualesquiera de nuestras capitales, lo mismo en Washington que en Berlín. Y que se entreguen a la devota tarea de hacer papilla al embajador para vengar las ofensas proferidas contra Jesús por algún musulmán desconocido, pero de túnica blanca del cuello a los tobillos y barba gruesa como estropajo.

Cuesta poderse imaginar, verdad, a un monje budista cortando con un cuchillo en dos la cervical de un correligionario renegado, que decidió abandonar el templo en una cumbre del Tíbet porque se cansó de hablar con las nubes y prefirió irse a disfrutar los placeres mundanos. O qué tal si una banda de desalmados hinduistas o de judíos iracundos con credenciales de patriotas osan rebanarle el cuello a un buen hijo del Islam con chilaba de salafista, sólo por creer en lo que cree, y filman el degüello para que quede constancia pública de su fervor, tal y como sucedió hace ya una década al colega del Wall Street Journal Daniel Pearl.

El asesinato fue reivindicado años después por Khalid Sheikh Mohammed, quien durante uno de los interrogatorios en la base de Guantánamo, que según dicen fueron malsanamente inhumanos, confesó haber descabezado de un tajo al periodista con su propia mano. Y Pearl no es el único. La furia de los obsesos de Alá no es un castigo reservado para extranjeros. Algo parecido acaba de sucederle a un apóstata tunecino, que primero dejó el Islam ─ error fatal ─ para convertirse al cristianismo ─ segunda equivocación ─, y luego rehusó arrepentirse. En el video de la decapitación, que terminó siendo retirado por YouTube debido a la brutalidad de las imágenes, se escuchaba la voz del verdugo cuando decía: “Alá derrotará a los infieles a manos de los musulmanes”, “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su mensajero”.

Ya hablé del asunto en marzo del año pasado, recién iniciada la Primavera Árabe, cuando las arenas del Magreb ardían, al cabo de semanas de revueltas, levantamientos, carnicerías y combates fratricidas y aún no aparecía el genio de la lámpara. A pesar de todo el encantamiento que deslumbraba entonces a los estudiosos, dije que la ingenuidad, los dogmas y los excesos de entusiasmo no habían hecho nunca a los pueblos más felices, ni tampoco a los gobiernos más demócratas. Y hace apenas cinco meses reiteré que lo de menos era que los integristas se hubiesen subido a sus alfombras aventadas por el siroco, sino que lo demás es que puedan encadenar constituciones a los preceptos del derecho islámico, y que con sangre en las manos juren que de acuerdo con su religión aman la paz.

La cara que deben haber puesto muchos judíos y paganos hace sólo unos días cuando el primer ministro Netanyahu, que no se las da de ser un israelí timorato ni tampoco fanfarrón, advirtió que más pronto de lo que muchos se imaginan, a la vuelta de sólo seis o siete meses, los iraníes, otros que lo darían todo por ponernos el sudario, además de la principal de sus armas, el Corán, tendrán ahora la bomba atómica.

Por lo pronto da igual que vengan tocados con la kufiya palestina que con un gorro de oveja, porque no hay diferencias cuando arden de cólera en Libia, Sudán, Egipto, Yemen, Pakistán o Marruecos. Lo que importa no es el mensajero, en todo caso, el mensaje: los islamistas no han desaparecido, no son pocos, están en cualquier parte, son irrefrenables, intransigentes, intolerantes, y tienen como mayor propósito que el mundo sea reformado a su imagen y semejanza, exterminando a los “infieles”.

No importa lo que hagamos o dejemos de hacer. Videos más, caricaturas menos. Tampoco que en Washington se rinda culto a la adoración multicultural; en París, a la decencia etnográfica, y en el Vaticano se implore por la concordia entre las religiones. De poco valen los ruegos a la sensatez de los nobles espíritus, proclives a la bondad, la misericordia, el amor y el perdón. Los fundamentalistas no entienden de esas cosas. La violencia no educa. El fanatismo menos. Ahora díganme, aquí entre nosotros, si no es una guerra santa en lo que están empeñados los califas. ¿Hay algo que más se le parezca?