sábado, 27 de julio de 2013

La fiesta debe terminar


Francisco Olivares. EL UNIVERSAL
 

Cuando se viaja por las carreteras del país lo que más sobresale es la cantidad de propaganda desplegada por las carreteras con imágenes de Nicolás Maduro, de Hugo Chávez y los respectivos gobernadores y alcaldes rojos, según la región por la que se transita. Tales iconos se despliegan sin pudor sobre los escombros de obras que nunca culminan, a un lado de las estrechas vías construidas hace 30 años, que llenas de huecos, basura acumulada y polvo, contrastan con los mensajes de la patria nueva, de independencias heroicas y hasta del segundo libertador. Un Chávez joven y sonriente, siempre apuntando su dedo hacia el infinito indica un futuro imaginario que nunca llegó. A su lado no falta Maduro esgrimiendo la sentencia que lo certifica como legítimo heredero. ¿Heredero de qué?

El país ha experimentado los primeros 100 días de gestión de Nicolás Maduro con una inflación que cierra en 25% en el primer semestre. Esa es una realidad inobjetable para el ciudadano común que no puede ser escondida tras la exacerbación militarista, los atentados imaginarios y la lluvia de propaganda. Ya la gente se da cuenta que la escasez, la inflación y la paralización tienen su sello en las políticas de controles y expropiaciones que impuso el Gobierno en estos 14 años. La dirigencia no sabe cómo salir de la emboscada que se produjo a sí misma pero un sector del chavismo, al estilo Samán, presiona en aplicar soluciones con las mismas políticas que llevaron al Gobierno a este callejón sin salida.

Arreaza, Ramírez, Cabello y Porras viajan desesperados a China a buscar dinero fresco que alivie la situación, pero los chinos, principales exponentes del capitalismo salvaje, no creen en ideologías sino en la filosofía aquella de "plata en mano".

Maduro celebra su boda codeado con altos empresarios y luego viaja a Cuba a buscar orientación mientras internamente las presiones sobre él van en aumento: me radicalizo o abro un poco la economía. Un tiro para el capitalismo y otro para la revolución.

El desangre económico también tiene otra pata: la corrupción. Maduro anuncia su plan secreto para combatirla pero ésta solo toca a los pequeños. Los grandes corruptos han formado una nueva clase propietaria cuya riqueza no se puede ocultar. Allí están los jefes del PSUV, alcaldes, gobernadores, jefes militares, empresarios y banqueros. Están comprando medio país, incluyendo medios de comunicación. Sus aliados son los grandes propietarios rusos, chinos, brasileños y argentinos. Cualquier obra que se les contrata cuesta tres veces más al costo real. Ya no hay petróleo para tanto gasto. Un pequeño sector del Gobierno sabe que hay que hacer cambios y que la fiesta debe terminar.

Raúl Castro, 60 años después


Carlos Alberto Montaner. DIARIO DE CUBA

Intento descifrar las percepciones de Raúl Castro, sesenta años después del ataque al cuartel Moncada.

Ese fue el episodio que colocó a los dos hermanos en el mapa político cubano y en las primeras páginas de todos los diarios. En ese momento, Raúl Castro, un joven de apenas 22 años, emocional e intelectualmente solo era un apéndice de Fidel. Fidel era la figura dominante.

El proceso de codependencia había comenzado mucho antes. Sus padres, como vivían en el otro extremo del país, durante la adolescencia de Raúl, dado que era un pésimo estudiante, se lo habían encargado a Fidel para que "lo enderezara".

Fidel no lo enderezó. Lo utilizó. Lo convirtió en su lugarteniente, lo introdujo en su mundillo de violencia pistolera y lo reclutó para conquistar primero Cuba, luego África, más tarde la galaxia. Por algo Fidel a los 18 años había sustituido legalmente su segundo nombre. Se quitó "Hipólito" y se puso "Alejandro".

En efecto, Raúl, aquel chico afectuoso y familiarmente tierno que describe su hermana Juanita, quien de niño soñaba con ser locutor de radio, dio un giro inesperado bajo la influencia de Fidel: se transformó en un eficiente matarife, mucho más organizado que su hermano, y en un aprendiz de comunista.

Es muy probable que la temprana vinculación de Raúl Castro al Partido Comunista haya sido una misión que le encargara Fidel. Raúl no tenía autonomía propia para tomar por su cuenta una decisión política de esa naturaleza, especialmente cuando ya Fidel planeaba el ataque al cuartel Moncada.

El corazón de Fidel estaba con el minúsculo Partido Socialista Popular (PSP), el de los comunistas, mas su cerebro y su inescrupuloso pragmatismo le indicaban que debía permanecer vinculado al Partido Ortodoxo, una formación mayoritaria, vagamente socialdemócrata, con opción real de llegar al poder. La manera de solucionar ese dilema, pues, era instalar a Raúl en el PSP, mientras él, formalmente, se mantenía dentro de la "ortodoxia".      

En los primeros meses de 1953 Raúl, enviado por el PSP y con la anuencia de su hermano, viaja a un "Festival de la Juventud" en Viena. En rigor, era una de esas ferias políticas armada por Moscú para reclutar a sus futuros cuadros. En ese viaje Raúl traba su primera relación con el KGB. Conoce al agente Serguei Leonov.

Fidel — jefe, maestro, figura paterna — le aportaba el fuego, la adrenalina y una explicación sencilla de la realidad política. Leonov le ponía ante sus ojos el futuro luminoso de la humanidad: la gloriosa URSS.  Raúl mordió ambos anzuelos.

Ya Raúl lo tenía todo. La misión, el método, la visión, el modelo. Cuando Fidel lo hizo ministro de Defensa para que le cuidara las espaldas, llenó la pared con las reverenciadas fotos de los mariscales y generales soviéticos.

Han pasado 60 años. Raúl hoy es un viejo desilusionado, con 82 años en sus costillas magulladas por el güisqui. En esa larga vida aprendió varias lecciones y todas son decepcionantes. La URSS ya no existe. El marxismo tampoco.  Todo era un absurdo disparate.

Ahora entiende que su hermano era un buen operador político y un guerrero sagaz, pero también un desastroso gobernante, infantilmente obsesionado con vacas lecheras inagotables y con vegetales prodigiosos. Un tipo irresponsable, sumergido en un huracán de palabras vacías, que ha calcutizado a ese pobre país en una interminable sucesión de guerras, conspiraciones y arbitrariedades.

Para Fidel, como buen narcisista, la función de cada ser humano es servirle en su camino a la gloria. Eso, exactamente, fue lo que hizo con él, con Raúl: lo metió en el PSP, lo arrastró al Moncada, lo llevó a Sierra Maestra, primero lo hizo comandante, luego ministro y general, finalmente le asignó la presidencia. Le fabricó la vida. Una vida importante, pero ajena y lateral.

Es verdad que Raúl, sin la vara mágica de su hermano, tal vez hubiera sido insignificante, pero Fidel lo llevó a la cumbre porque necesitaba un segundo de a bordo que le fuera absolutamente fiel, aunque pensara que su "hermanito" era una figura menor penosamente limitada, sospecha o certeza que nunca ha dejado de herir en su amor propio al actual presidente.

A los 60 años del Moncada y 82 años de edad, Raúl tiene la mala conciencia del desastre total que ha contribuido a provocar en su país. Por fin comprendió la verdadera dimensión de su hermano, no ignora el fracaso del comunismo, aunque sabe que no le alcanza la vida para rectificar el rumbo.

El daño, sencillamente, es muy profundo. Mantiene el poder, pero ha ayudado a convertir a Cuba en una lacerante escombrera. Supongo que morirá inmensamente avergonzado por lo que ha hecho y, sobre todo, por lo que no se atreve a hacer.

viernes, 26 de julio de 2013

Un microestado asume la representación del mundo


Mario J. Viera

En Cuba se conmemoró con gran pompa el descalabro del asalto al Cuartel Moncada; y en la tribuna del jolgorio que recuerda a tantos asaltantes y soldados que murieron en aquel ya distante 26 de julio de 1953 ─, distante en el tiempo, sin significado en la conciencia popular, pero siempre recurrente de una pasada gloria para los achacosos líderes históricos del castrismo ─ no faltaron los de siempre o casi siempre aliados incondicionales de la tiranía militar más longeva de América Latina.

No podía faltar a la conmemoración el candidato venezolano del castrismo Nicolás Maduro que quizá viendo algún totí volando cerca tal vez creyera que se tratara de otra encarnación del amado comandante.

Junto a Maduro, no podía faltar ese que dizque gobierna en Nicaragua, Daniel Ortega, quien después de los festejos debe haber agarrado una revolucionaria juma con Habana Club.

También presente ese fronterizo que gobierna al más tercermundista país de América Latina, Evo Morales y para vergüenza de Uruguay y para su propia vergüenza, en la tribuna se sentaba José Mujica.

Rafael Correa le hizo el feo al jefe de la junta militar cubana, pues no se presentó al show y, en su lugar, envió al canciller de Ecuador, Ricardo Patiño.

Junto a la crema y nata del mundillo chavista latinoamericano asistieron también la crema y nata de los mendigantes gobernantes de los microestados de Antigua y Barbudas, Santa Lucía, la Mancomunidad de Dominica y el minúsculo San Vicente y Las Granadinas.

El Camarada Ralph, Ralph Gonsalves, desde la inmensa pequeñez del país que gobierna, apenas visible en cualquier mapamundi, asumió la representación del mundo y, lleno de fervor revolucionario, acicateó a los cubanos sometidos al castrismo diciendo: “Quiero que sepan que el mundo los mira con admiración”. Lo aclara bien porque parece que los cubanos no se han enterado de esa admiración mundial por ese desastre de gobierno que les estrangula.

Parece también que para Gonsalves el mundo debe ser el de los pocos gobernantes latinoamericanos presentes en el masoquista acto de conmemoración castrista. No estaban presente ni Cristina de Kirchner, ni la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, más ocupada en atender al Papa que de perder el tiempo sudando bajo los rayos solares de Santiago de Cuba. De América Central solo vino a mostrar “admiración” el presidente de Nicaragua. De Sur América no fue al envite Ollanta Humala, ni Santos de Colombia, ni el presidente de Chile; del Caribe, solo esos gobiernillos ya citados; no estaba Jamaica, ni Haití, ni República Dominicana.

Como parece que el vocero del mundo se ha enterado que en Cuba crece la oposición, que los opositores van ganando prestigio fuera de la isla aconseja a los cubanos que no se “dejen llenar la cabeza con tonterías del imperio” y declara su convicción de que los ancianitos del Buró Político y del Consejo de Estado “van por el camino correcto para hacer una vida mejor para nuestros hijos y nietos”, como él tiene tanta experiencia en su gran nación y como gobernante que ya lleva doce años ininterrumpidamente en el poder, se siente capacitado para juzgar y valorar los esfuerzos de otros.

Si quiere hacerlo que lo haga, allá quien le tome en serio. Lo que sí no se le puede aceptar a este político de mente fronteriza es que vaya a Cuba a lanzar ofensas en contra de la oposición democrática y al exilio cubano acusando a este sector de ser la mafia de Miami respaldada por los Estados Unidos. Eso, dicho claramente se llama intromisión en los asuntos internos de un país que no es el suyo.

Y si este individuo se toma el derecho de lanzarme insultos ─ yo soy parte del exilio cubano en Miami ─ yo puedo asumir que tengo derecho de burlarme de él; de exponer su gran ridiculez y de presentarle como uno de los mama tetas de la vaca petrolera de Venezuela que por un poco de poder y unos petrodólares son capaces de hacer declaraciones estúpidas para agradar a los tiranos de Cuba.

jueves, 25 de julio de 2013

¿Electorización de la política o politización de las elecciones?


Fernando Mires. Blog POLIS

Comenzaré este artículo formulando dos tesis:

1. Las elecciones son el medio que se dan las naciones democráticas para canalizar políticamente sus divisiones, sean sociales, ideológicas, e incluso étnicas y religiosas. Sin elecciones solo habría revoluciones, golpes de estado, motines y masacres, y por supuesto, la dictadura sería la forma normal de gobierno.

2. Las elecciones son un medio. Pero también son un fin en sí. Son un medio para acceder a parte o a la totalidad del gobierno. Son un fin porque durante su transcurso la población convocada se convierte en ciudadanía, elige a sus líderes, conoce los programas e interfiere en los acontecimientos. Las elecciones son el momento más participativo de la democracia delegativa.

Escribo estas tesis bajo la sombra de los sucesos de Egipto, país en el que ocurrió un golpe de estado debido a la incapacidad de la oposición para construir una plataforma unitaria, con un programa y un candidato común, en elecciones que, como consecuencia de la estupidez de esa misma oposición, no tendrán lugar muy pronto. Oportunidad que hoy aprovecha el ejército de Mubarak para retomar el poder. En Egipto, en fin, ocurrió, inducida por la propia oposición, una radical des-electorización de la lucha política la que culminó en un típico golpe militar, llamado “golpe bueno” por más de algún descabellado analista.

La electorización del proceso político es ─ hecho que no supo entender la oposición egipcia ─ condición de la vida democrática. Pero para que ello ocurra debe existir, antes que nada, un proceso político. Si este no existe las elecciones serán solo un procedimiento destinado a facilitar cambios administrativos en el estado. Hay por lo tanto elecciones de bajo nivel político. Las próximas de Alemania (Noviembre 2013) ─ es el ejemplo que tengo más cerca ─ serán elecciones más administrativas que políticas pues la diferencia programática entre los dos grandes bloques no es todavía percibida por nadie.

En América Latina tenemos también un caso en el cual las elecciones tendrán lugar en un ambiente altamente despolitizado. Me refiero a Chile, país en donde los electores, si no ocurre un milagro, llevaran de nuevo a Michelle Bachelet al poder.

La creciente despolitización electoral chilena, ya evidente en comicios municipales, se ha visto incrementada por la aparición de dos nuevos factores. Uno, el colapso de la derecha. El otro, la heterogeneidad de Nueva Mayoría, o bloque bacheletista.

El colapso de la derecha había ocurrido antes de que el candidato Longueira enfermara. Dividida en dos fracciones que no sintonizan, ninguna ha podido borrar el estigma del pasado pinochetista. Cierto es que en términos económicos el gobierno Piñera se encuentra en continuidad y no en ruptura con los de la antigua Concertación. Desde esa perspectiva fue un gobierno concertacionista más. Ahí reside precisamente el problema. La derecha chilena carece de perfil político e ideológico.

La tradición conservadora, familiarista, nacionalista, latifundista y clerical que caracterizó a la derecha del pasado pre-pinochetista, se vino abajo ante los embates de la globalización financiera que tuvieron lugar bajo la propia dictadura. El latifundismo de los "grandes señores y rajadiablos" fue sustituido por empresas transnacionales. Los valores que propagaba fueron arrasados por fuerzas económicas que esa misma derecha alentó. Ni siquiera su vocación anticomunista puede ser rehabilitada pues el comunismo desapareció como fenómeno mundial (el socialismo del Siglo XXl es solo un resto de repulsivas dictaduras militares y corruptas autocracias) De esa derecha, en fin, solo queda uno que otro apellido vinícola y nada más. De ahí que uno de los grandes problemas de la izquierda chilena es no tener frente a sí a una verdadera derecha y ese hecho cuestiona, de por sí, su existencia como izquierda.

Bachelet en estos momentos no tiene competidores. Es lo peor que puede suceder a un(a) líder político(a).

La Nueva Mayoría es mayoría, pero de nueva no tiene nada. Se trata de un bloque electoral cuyo objetivo es ocupar las oficinas estatales con enormes e indisciplinados ejércitos clientelísticos. Ideológicamente va desde un centro-centro, pasando por una amorfa socialdemocracia, sigue a través de los comunistas eternos, para terminar en lumpenescos grupos (castristas, chavistas). No tiene, esa mayoría, un programa definido ─ a menos que ese misterioso libro cuyas páginas no fueron discutidas por nadie, presentado por Bachelet bajo el pomposo título "El Otro Modelo", sea considerado un programa ─. Y las tareas que la doña deberá cumplir, a saber, reforma del sistema tributario, refinanciamiento de las universidades estatales y cambio de nombre y fecha de la Constitución, se pueden realizar en cuatro semanas; pero no en cuatro años.

En Chile estamos entonces frente a un caso de descomposición política, o para decirlo en términos de Durkheim, de anomia política. Todo indica que en las elecciones, aparte de la votación sedimentaria que recogerán candidatos exóticos, la abstención en sus dos formas (militante y apática) superará todos los índices. ¿Qué podrá surgir de ahí? La verdad, no lo sé. Nada bueno en todo caso.

El ejemplo contrario al caso chileno lo representa sin duda Venezuela. Allí, en lugar de una electoralización de la política, tendrá lugar en los próximos comicios municipales (8.12. 2013) una radical politización de las elecciones. Caso históricamente inédito pues ni en Venezuela ni en otros países latinoamericanos unas simples elecciones municipales han llegado a ser tan decisivas. La razón es conocida: dichas elecciones tendrán el carácter de un plebiscito nacional. Eso quiere decir que si la oposición democrática derrota a la autocracia madurista, los cambios que se anunciarán a partir del 8.12, serán múltiples.

En la hora en que escribo estas líneas, Maduro, quien jamás ha sido popular, es más impopular que nunca. A su enorme impopularidad une la de un gobernante cuya legitimidad de origen es puesta en duda fuera y dentro del país. Si a ello sumamos la profunda crisis económica heredada del presidente muerto, crisis que afecta de modo radical a los sectores más pobres, un resultado favorable a la oposición, si esta no comete ninguna gran locura estaría asegurado.

Si no comete ninguna gran locura, he de reiterar. No me refiero a la MUD ni mucho menos a su líder Capriles quienes han dado muestras de responsabilidad y realismo político. La locura viene por otros lados. Por una parte viene de un segmento delgadísimo de la oposición, al cual denominaré "los egipcios", cuyo casi nulo respaldo social va unido con una creciente crítica a la MUD y a Capriles por el hecho, dicen ellos, que frenan la (imaginaria) movilización de masas. Como si Capriles en lugar de dirigente político fuese un mariscal de batallas.

Afortunadamente los sectores sociales que apoyan a la oposición, incluyendo a jóvenes universitarios, han dado muestras de gran inteligencia al evitar una confrontación con los destacamentos militares del partido-estado, situación que solo favorecería a Maduro y su combo. Pues bien, ese es precisamente el segundo lado desde donde viene el peligro más grande, a saber, que Maduro sintonice indirectamente con "los egipcios" de la oposición.

Maduro y su grupo saben que si no ganaron las elecciones del 14.04 nunca van a ganar las del 8.12. Saben que esta vez los fraudes no van a ser tan fáciles. Saben, además, que la gran crisis que no manejan, se traduce en temas concretos en cada municipio.

Y, no por último, saben que las elecciones se dirigirán en contra de la persona del inoculado gobernante. De ahí que una salida, quizás la única salida que resta en caso de una avisada y descomunal derrota, sería la de interrumpir el proceso electoral.

¿Qué otro sentido sino la simple provocación tienen las persecuciones a miembros de la oposición, como a Richard Mardo, Leopoldo López, Henri Falcón, entre otros? Muy pronto las emprenderán en contra de Capriles, y para ello contarán con la ayuda indirecta de los egipcios venezolanos. ¿Qué otro sentido poseen las invenciones surrealistas de J.V. Rangel, con respecto a aviones comprados por la oposición para invadir a Venezuela desde Colombia? (!!) ¿Qué otro objetivo tienen los brutales insultos de Maduro, su lenguaje de energúmeno, su manía obsesiva de denominar fascista a todo lo que se le ponga por delante? ¿Qué otra  intención tienen Maduro y Cabello cuando inventan planes golpistas como si la oposición controlara a todo el ejército, tuviera milicias armadas y destacamentos de choque, como es el caso del oficialismo? Está claro: Conciente o inconscientemente Maduro está intentando des-electorizar el proceso político: Tender una trampa, llevar la parte “egipcia” de la oposición a la violencia, que el agua de los ríos salga de sus cauces  y militarizar aún más a la política. Así parece ser el plan.

Las elecciones fueron la principal arma política del chavismo. Hoy son, o han llegado a ser, la principal arma en contra del madurismo. Hay que ser egipcio para no darse cuenta de eso.

martes, 23 de julio de 2013

Corea del Norte evoca al emperador de Mingus


Luis Cino Álvarez. CUBANET

No resultan convincentes las explicaciones de La Habana y Pyongyang.  Si todo es  legal, ¿por qué el dulce ocultamiento bajo un cargamento de azúcar en el barco Chong Chon Gang, retenido e investigado ahora en Panamá?

En este rocambolesco episodio, reminiscente de los tiempos de la Guerra Fría y que no se sabe cómo terminará, hay algo que huele muy mal. Por algo el capitán del carguero norcoreano infartó y quiso suicidarse. Había que morirse por el camarada Kim Jong Un, la dinastía de los  Kim y la ideología Juche… El tipo sabrá lo que está en juego y cómo se las gastan sus  jefes…

Para Cuba, el asunto resulta bastante inoportuno y peligroso, precisamente cuando parecía ─ luego de que no se le brindase asilo a Edward Snowden, como hicieron casi todos los demás países de la Alianza Bolivariana ─  que se tanteaban las formas de relajar las tensiones y lograr acercamientos con los Estados Unidos.

¿No tendría el gobierno cubano otro país menos conflictivo donde reparar su armamento obsoleto? Digamos, en China, o mejor aún, en Rusia, que fue donde lo fabricaron hace varias décadas, cuando el nombre oficial del país era Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Hace unos meses, cuando visitó Cuba el jefe del ejército norcoreano, el generalato de por acá le reiteró que el país está en la misma trinchera anti-imperialista que Corea del Norte, a la que ellos se empeñan en llamar República Popular y Democrática, a sabiendas de que no es ninguna de esas tres cosas.  Supongo que se pusieron demasiado eufóricos los generales cuando consiguieron que les repararan  los cachivaches de guerra soviéticos.

Solo unas semanas antes de esa visita a Cuba del entorchado generalote norcoreano, el pasado 29 de marzo,  Corea del Norte se había declarado en estado de guerra con Corea del Sur. Como no existía un acuerdo de paz, sino solo  el armisticio de Panmunjon, de 1953, técnicamente las dos Corea estaban en guerra desde hacía 60 años.

Con voz altisonante, una grandilocuente y operática locutora  de la TV única norcoreana, se hacía eco de las amenazas de  Kim Jong Un de “ajustar cuentas con los Estados Unidos”, y aseguraba  que  sus misiles nucleares apuntaban a objetivos en el sur de la península, el Pacífico y el propio territorio norteamericano.

Fue solo otra bravata chantajista de la dictadura norcoreana. Es probable que los misiles norcoreanos no tengan suficiente alcance para llegar a territorio norteamericano. Pero el gobierno de los Estados Unidos  tomó muy en serio las amenazas.  Hizo bien. Tratándose de esa dictadura y de un payaso megalómano y ridículo como Kim Jong Un, el nietecito de Kim Il Sung e hijito de su papá, el no menos ridículo y megalómano Kim Song Il, todo es posible.

Parece que los gobernantes cubanos, que han sido amigos de tipos como Saddam Hussein, Muammar El-Khadaffi, los narcoguerrilleros de las FARC, los etarras y el asesino Bachar Al-Assad,  no pueden resistir  la tentación de elegir sus amigos entre lo peor de cada casa.

Le zumba eso de meterse en una misma trinchera con una tiranía que a cada rato –cada vez que se queda corta de comida, combustible o dinero-  amenaza con desatar una guerra nuclear.

Si fuese posible, los gobernantes cubanos se aliaban con el emperador Mingus. Precisamente,  aquel planeta  de la película Flash Gordon es lo que evocan las imágenes irreales que llegan de Corea del Norte: tanta militarización,  uniformidad y simbología siniestra, tanta gente aplaudiendo al unísono y reverenciando al rollizo Líder, consumidos todos por el hambre y el odio.

Por mucha necesidad que tenga el gobierno cubano de mantener su capacidad defensiva, hacer tratos turbios con un estado paria como el norcoreano, solidaridades y afinidades ideológicas aparte, parece una actitud bastante irresponsable y que  dista mucho del “firme e irrevocable compromiso con la paz, el desarme, incluido el desarme nuclear, y el respeto al derecho internacional”, al que hacía referencia la declaración del MINREX del pasado día 16.

lunes, 22 de julio de 2013

Reflexión para patriotas


Alonso Moleiro. TALCUALDIGITAL

El chavismo, el falangismo, el castrismo y el leninismo tienen para esta realidad respuestas muy elementales. Dividir a la humanidad en parcelas; suponer que esa sola circunstancia las hace únicas y mejores que las otras
Por mucho que pretenda hacerse pasar por virtuoso, el nacionalismo es una de las enfermedades más extendidas en los colectivos humanos en estos tiempos. Las tragedias más sobresalientes del siglo XX se alimentaron del delirio supremacista, el culto demente hacia el ancestralismo y la obsesión paranoide hacia la diferencia. La última de ellas, bordada al costado de Europa Occidental, en las orillas del Adriático, la tenemos a la vista: la Yugoslavia de Slobodan Milosevic.

Algunas plumas anotadas en la causa incondicional del gobierno hacen en estos días toda suerte de malabarismos retóricos para presentar al fascismo como una suerte de prolongación de los intereses de los capitales financieros.

Afirmaciones de una flacidez por demás notoria, que técnicamente se rebaten solas: desde la Alemania Nazi hasta el fundamentalismo Hutu, las degollinas más extendidas de todos los tiempos han estado atadas al costumbrismo totalitario: partido único, modales marciales, grima a la modernidad, propaganda de guerra, satanización del adversario, degradación del debate público, montoneras en las calles. Los capitales financieros tendrán sus culpas, pero esa no es una de ellas.

Por supuesto que la afiliación voluntaria a una nación no coloca a nadie, de forma automática, en los peligrosos dominios del nacionalismo doctrinario.

Sin ser nacionalista, en lo particular puedo afirmar que soy un resuelto defensor de un criterio que encuentro mucho más consistente: el de la identidad cultural. Los países no son inventos de nadie: son realidades palpables con entornos, anclajes emocionales y efectos jurídicos concretos.

El nacionalismo latinoamericano encuentra sus orígenes en el otro extremo del pensamiento: la izquierda y la extrema izquierda. El tutelaje cultural y los sucesivos escamoteos militares llevados adelante por los Estados Unidos en esta parte del mundo hicieron posible que se asentara de forma por demás genuina y legítima en muchos intelectuales, pensadores y activistas latinoamericanos de mediados del siglo XX.

La afirmación nacional era, a diferencia de otras ocasiones, una palanca para afirmar los derechos de la ciudadanía. Bolívar y sus huestes; los palestinos, los partisanos de Tito, Garibaldi, los combatientes armenios: en los tiempos del florecimiento republicano, nacionalistas han sido aquellos que no tienen nación en la cual asentar sus vidas.

Un complejo entramado de desarrollos diversos ha tenido lugar en América Latina y el mundo a partir de entonces. Las formas de propiedad, la pertenencia cultural, el lenguaje, la ciudadanía: todos son elementos sometidos a una lenta pero intensa metamorfosis producto de la expansión tecnológica, el poder de los buscadores en Internet y el carácter fractal de las redes sociales.

La globalización no es, como piensan las variantes monocordes del chavismo, un antojo trasnacional, o una circunstancia impuesta, sino un estado de la historia, a estas alturas de carácter irreversible. La cosmópolis es una de sus consecuencias culturales directas.

No es una casualidad que las constituciones más avanzadas del mundo, incluyendo la nuestra, consagren el derecho de las personas a tener dos nacionalidades. Anthony Giddens, el autor inglés de "La Tercera Vía" y "Más allá de la izquierda y la derecha", lo definió con enorme precisión: son estos los tiempos de la "fidelidad múltiple".

Mutaciones e intercambios que también tienen su correlato en el lado izquierdo del consumo cultural: Manu Chao, por ejemplo, uno de los intérpretes más brillantes de este tiempo, es un músico de carácter nómada, de padres españoles, nacido en Francia, amante de los dominios árabes y latinoamericanos, con éxitos grabados en portugués, francés, italiano y español. El artista global por excelencia. La misma afirmación vale para Le Monde Diplomatique y el inefable Ignacio Ramonet.

El modelo mixto desarrollado por Brasil también puede servirnos de ejemplo. Los brasileros no han perdido tiempo culpando a los demás de sus problemas. Tienen una influencia geopolítica que toca, incluso, a sus conquistadores, los portugueses, y a las naciones africanas que comparten su lengua, y un desarrollo tecnológico que no deja de sorprender.

Así como la Unión Europea y los Estados Unidos se ríen de las enternecedoras bravatas antioccidentales de Cuba o Nicaragua, respetan con entera sinceridad las disposiciones del gigante sudamericano. La realidad brasilera es hija de un modelo democrático liberal que respeta y promueve la independencia de criterios.

Un entorno cultural flexible, complementario y múltiple, que tiene a algunas de sus universidades en la vanguardia de la subregión. La independencia que tanto alude el chavismo no la vamos a alcanzar colocando discos de Xulio Formoso: la obtendremos desarrollándonos como lo ha hecho Brasil Son circunstancias multidimensionales, de carácter concurrente y de una enorme complejidad.

El chavismo, el falangismo, el castrismo y el leninismo tienen para esta realidad respuestas muy elementales. Dividir a la humanidad en parcelas; suponer que esa sola circunstancia las hace únicas y mejores que las otras; hacer ascos de la diferencia y el mestizaje cultural.

Mirar el futuro con la nuca. Tener una visión policial de la política. Llorar con el himno, cuadrársele a una bandera, desbordarse en cánticos cursilones de carácter rural.

Son parte de los vicios más genuinos de la extrema derecha y la extrema izquierda. Ese es nuestro verdadero dilema: apertura o aislamiento. Uno de los aspectos más interesantes de la plataforma programática de la MUD descansaba en esa cláusula: "Venezuela, país abierto al mundo". El eje del racionalismo democrático.

Pío Baroja lo dijo una vez: "el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando". No hay insulto que me de más risa que ese de "apátrida".

sábado, 20 de julio de 2013

Sí, en el fondo: prejuicio racial


Mario J. Viera

Es de noche. El vecindario ya duerme; pero no todos se han recogido al descanso en el interior de un apartamento. Alguien vigila, alguien que asume el rol de protector de la comunidad. De pronto su acuciante mirada capta una figura que camina por la acera y se cubre el rostro con la capucha de su suéter. Observa con atención: “Es un negro ─ se dice ─ No lo conozco… no le he visto antes por aquí… Es un muchacho… Probablemente intente robar en cualquier domicilio… ¡Voy a seguirle!”

Así, de esta y no de forma diferente, la noche del 26 de febrero de 2012 debió pensar George Zimmerman al ver al adolescente negro que caminaba tranquilamente por una calle de la comunidad residencial de Sanford. De tratarse de un adolescente blanco ¿habría abrigado la misma preocupación? No lo creo.

La operadora del 911 le advierte a Zimmerman que no persiga al adolescente; pero el vigilante no hace caso de la advertencia. Él se cree policía, cree que tiene un deber irrenunciable con la comunidad para garantizarle su seguridad. Es un súper héroe, una versión americana del cederista cubano. De mantenerse “con la guardia en alto”.

Zimmerman actúa bajo un esquema de prejuicio racial que crea el estereotipo de que todo negro es sospechoso de actividad criminal. Quizá influido por el creciente número de asaltos y atracos cometidos por muchos jóvenes y adolescentes de la raza negra le surge la sospecha de aquel adolescente, Trayvon Martin,  que veía vagando por una calle de Sanford, pudiera ser un potencial criminal. Esta actitud prejuiciada que impulsa a sospechar de una comunidad racial, la rememora Barack Obama cuando hablando a título personal dijo: “Hay muy pocos afroamericanos que no hayan tenido la experiencia de ser perseguidos en una tienda, y eso me incluye a mí. (...) Caminar por una calle y escuchar cómo se iban cerrando las puertas de los coches. Eso me pasó antes de ser senador”.

Zimmerman comenzó a perseguir a Trayvon. Le seguía detrás con su auto. Cualquiera que tenga la sensación de ser perseguido por un carro sin insignias policiacas y en plena noche puede sentirse preocupado. ¿Qué hacer en ese caso? Hay dos opciones, huir de la escena o decidirse a confrontar al acosador. Esto último fue lo que optó Trayvon Martin: enfrentar a su perseguidor para defenderse de una supuesta agresión; de una supuesta amenaza a su vida. No estaba armado, solo contaba con sus puños para defenderse. Fue un fatal error; un error que le costó la existencia.

Zimmerman pudo entonces alegar que actuó en defensa propia. La ley le amparaba; lo protegía esa absurda ley Stand your ground  que apoyan republicanos y la poderosa  Asociación Nacional del Rifle.

Obama llama a una reflexión e indica: “Solo le pido a la gente que considere: si Trayvon Martin hubiese sido mayor de edad y hubiese estado armado, ¿habría podido defenderse en esa acera? ¿Y creemos verdaderamente que hubiera estado justificado que disparase a Zimmerman, porque lo había perseguido antes en un coche y se sintió amenazado?”

Esta ley en su esencia establece que cualquiera que presuma en peligro su propiedad o su vida no debe retroceder sino hacer uso de un arma letal y, además señala, que una persona que no esté envuelta en una actividad ilícita y que sea atacada en cualquier lugar donde tenga el derecho de estar, no tiene que huir para evitar el peligro teniendo el derecho de defenderse con empleo de la fuerza, aunque provoque la muerte de otra persona, si verdaderamente lo cree necesario para salvar su vida.

En virtud de esta ley a la que se acogiera posteriormente George Zimmerman, Trayvon Martin tenía el derecho de atacar a su perseguidor ya que no había evidencia alguna de que estuviera envuelto en una actividad ilegal  y nada le prohibía que caminara por aquella calle de Sanford en horas de la noche.

George Zimmerman fue declarado no culpable de la muerte de Trayvon por un jurado de seis mujeres, cinco anglosajonas y una hispana, y puesto en libertad, pero de hecho fue el responsable de la muerte del adolescente negro al perseguirle sin autoridad para hacerlo y provocar su reacción violenta. Cuando el muchacho le enfrentó con sus puños, Zimmerman perdió el valor, sintió miedo, y a pesar que le superaba en corpulencia, no fue capaz de ripostar a golpes e hizo uso de su arma.

No creo que el jurado deliberó de la mejor manera. No consideró que Trayvon poseía también la legitimidad de agredir, de acuerdo con la Ley de la Florida, a quien consideraba que podía ser una amenaza para su seguridad. Influido por la defensa que de Zimmerman hiciera su abogado Mark O’Mara el jurado se planteó una duda lógica. No había testigos oculares que pudieran aportar un juicio fuera de duda. Renunció el jurado al ejercicio del sentido común, tal como se lo sugiriera O’Mara: “Tengan cuidado con su sentido común porque el sentido común es la forma en que conducimos nuestra vida diaria, la forma en que tomamos decisiones rápidas y lo hacemos todos los días. No otorguen a nadie el beneficio de la duda excepto a George Zimmerman, él no es culpable de nada exceptuando de proteger su propia vida”. El mismo argumento hubiera sido válido también a favor de Trayvon Martin.

Alguien formuló una pregunta que yo también me hago y no quisiera darle respuesta: ¿Qué hubiera ocurrido si un Zimmerman que fuera de la raza negra, hubiera matado en “defensa propia” a un Trayvon Martin que fuera blanco?

No se enteran


Michel Suárez. DIARIO DE CUBA

Cada vez que el castrismo hace de las suyas, los políticos cubanoamericanos aprovechan para despachar lo que parece ser la única munición de su carcaj: la suspensión de los viajes y las remesas. Es decir, retomar las medidas que afectan a las familias a ambos lados del Estrecho, pero escasamente al régimen de La Habana.

Llama la atención que a los conservadores, defensores históricos de los valores familiares, no se les ocurra otra cosa que joder un poco más a los jodidos.

El republicano Marco Rubio, miembro del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, ha pedido a la Administración Obama que anule "de inmediato" su decisión de flexibilizar las restricciones de viajes y remesas a la Isla, después del hallazgo de equipamiento militar cubano en el buque norcoreano Chong Chon Gang.

Cuando el senador exige el retorno de dichas restricciones, echa mano a la fórmula más facilista, ineficiente y cruel. ¿Afectaría su propuesta a la familia Castro, a los militares y a las elites de la dictadura? En modo alguno. Primero se debilitarían los cuentapropistas, los independientes y hasta la disidencia. Y, a pesar de la asfixiante situación económica, el Estado totalitario resistiría.

Va siendo hora de que los políticos cubanoamericanos sean más ingeniosos en sus propuestas. Sugerir a Obama la convocatoria del Consejo de Seguridad de la ONU es una acción bien encaminada, por el impacto político internacional que ello supone, pero el reclamo estrella en materia cubana es siempre el mismo.

¿Por qué los legisladores cubanoamericanos no presentan un plan para que Radio-TV Martí transmita desde la Base Naval de Guantánamo? ¿Qué esperan para impulsar una ley que evite que los hijos de dictadores reciban visas de EEUU? ¿Para cuándo una ofensiva política sobre Cuba en América Latina? ¿Ya se han reunido con Google para sondear un proyecto de internet satelital?

Lo fácil y rápido es cortar los vínculos pueblo a pueblo y hacer pagar los platos rotos a los de siempre. Esto no tiene otro nombre que política en minúsculas. Lo que se le exige a Obama es un sinsentido democrático, porque nadie tiene derecho a vigilar las billeteras de los cubanoamericanos, ni los destinos del mundo en que posan sus pies.

Dichos representantes y senadores han ganado las elecciones en buena lid, han defendido coherentemente los intereses de sus votantes y representan el triunfo del talento cubano en EEUU, como ninguna otra minoría étnica. Nadie pretende restarle sus méritos. Pero cuando se trata de Cuba, parecen conformarse — y también sus electores — con la mediocridad de martirizar al más débil.

 

viernes, 19 de julio de 2013

Algunas veces, necesario


Destacan dos artículos que enjuician el golpe de estado egipcio desde una muy diferente perspectiva a la mantenida por una mayoría de analistas. El primero es el del comentarista Andrés Oppenheimer bajo el título “¿Regresan los golpes tolerables?”; el segundo debido a la autoría de Fernando Mires: “La lección de Egipto”.

Mario J. Viera

En ciencia social y en política hay temas tan delicados que abordarlos implican un determinado compromiso o exigen el despliegue de una cuidadosa retórica para no caer ni dentro del bando de los intolerantes ni dentro del bando de los idiotas. Uno de estos temas es el referido al golpe de estado.

A propósito del golpe de estado producido por las fuerzas militares de Egipto contra el presidente electo Mohamed Morsi, mucha tinta se ha gastado y mucho espacio noticioso se ha empleado; por lo general favorable al golpe militar que depuso a un gobernante que iba perdiendo el apoyo de gran parte de sus conciudadanos.

Debo reconocer que de principio me alegró el derrocamiento del gobierno de los Hermanos Musulmanes; pero al mismo tiempo abrigando dudas con respecto al predominio de los militares egipcios, que para nadie es desconocido que son adictos al poder.

Destacan dos artículos que enjuician el golpe de estado egipcio desde una muy diferente perspectiva a la mantenida por una mayoría de analistas. El primero es el del comentarista Andrés Oppenheimer bajo el título “¿Regresan los golpes tolerables?”; el segundo debido a la autoría de Fernando Mires: “La lección de Egipto”.

El tema que aborda Oppenheimer es su preocupación de que el gran despliegue de opiniones favorables a los golpistas de Egipto pudiera “ser un mal precedente para Latinoamérica: podría ayudar a legitimar una vez más la idea de que hay golpes militares ‘buenos’”. Para Mires el tema se encierra en la idea básica que expresa, diciendo: “Nunca, pero nunca, hay que apoyar una iniciativa golpista. Venga de donde venga”.

Tanto Oppenheimer como Mires condenan la estupidez expuesta en el editorial de The Wall Street Journal del 4 de Julio que expresaba:

“Los egipcios serán afortunados si sus nuevos generales gobernantes siguieran el ejemplo del chileno Augusto Pinochet, quien asumió el poder en medio del caos, pero reclutó a reformistas partidarios del libre mercado y generó una transición hacia la democracia”

La de Pinochet fue una de las dictaduras más sanguinarias de todas las conocidas anteriormente en la América Latina, ningún buen ejemplo se puede sacar de la misma ni de la implantación del sistema económico que promovían los “Chicago boys” y el “miracle of Chile” de Milton Friedman.

A la falacia del Wall Street Journal responde Mires acertadamente, diciendo: “Dejando de lado la mentira de que Pinochet preparó la transición a la democracia (es sabido que entregó el poder gracias a la presión de la calle y por cierto, de los generales que la escucharon) no hay nada que compruebe que el desarrollo económico ocurre gracias a la existencia de dictaduras. Por el contrario: hubo y hay países latinoamericanos que pueden mostrar tan buenos, o aún mejores números que Chile, sin haber pasado por el infierno de una dictadura”.

Muy justa es la opinión de Oppenheimer al decir: “Por malo que (un presidente electo) sea, los generales que asumen el poder se convierten en dictadores, violan los derechos humanos, y convierten en víctimas a los líderes depuestos, cuyos partidarios tarde o temprano terminan regresando al poder”. Mires ratifica esta idea diciendo: “La profesión de los militares es muy digna. Pero su misión es resguardar la soberanía nacional y nada más. En política no tienen nada que hacer. Esa y no otra es la cien veces repetida lección que nos deja el caso egipcio”.

Comparto plenamente las opiniones que al respecto expresan ambos analistas; pero dentro de ciertos matices. Desde mi punto de vista, en ocasiones, un golpe de estado es necesario y plenamente justificado cuando sea de todo punto imposible seguir la recomendación de Oppenheimer de “enfrentar a los dictadores electos con la regla de las tres P: protestas, presión y paciencia”.

Ciertamente Oppenheimer hace una distinción en cuanto a la justificación de un golpe de estado al afirmar: “Salvo en casos de genocidios (estoy pensando en la Alemania de Adolfo Hitler) no hay tal cosa como un golpe militar “bueno” contra un presidente electo”. Yo agregaría que también en casos de que un gobierno electo por su incapacidad y sus actos arbitrarios colocara al país en un estado de guerra civil se pudiera justificar el golpe militar.

El consejo de las tres P, no hubiera funcionado jamás durante la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia, el Supremo en Paraguay. Fue tal su control despótico de la sociedad que el fin de su dictadura lo dictó la biología con su fallecimiento en paz. La represión por él instaurada inhibió el recurso de las protestas; tal era su intolerancia política que hizo tabla rasa de cualquier presión que ejerciera sobre su gobierno cualquier sector de la sociedad.  La paciencia que se tuvo para soportarle fue tanta que pudo morir en paz en su propio lecho y sin haber renunciado al poder.

¿Qué decir de Alfredo Stroessner quien a lo largo de sus 35 años de tiranía practicó el ajusticiamiento extrajudicial de sus opositores, encarceló y torturó sin piedad,  deportó a muchos, y violó todo el catálogo de los derechos de la Declaración Universal. El fin de su régimen llegó luego de un golpe de estado el 3 de febrero de 1989 tras un pronunciamiento militar. Aunque las condiciones sociales en Paraguay no mejoraron significativamente tras su derrocamiento, al menos en el país mediterráneo se pudo vivir con un poco más de tranquilidad.

La dictadura de Marcos Pérez Jiménez, en sus cinco años de poder enfrentó protestas y presiones de muchos sectores de la sociedad venezolana, hasta que se colmó la paciencia de la Marina de Guerra y de la Guarnición de Caracas que se pronunciaron en contra del dictador obligándole a huir del país el 23 de enero de 1958. El golpe militar dio paso a una junta que sería encabezada por el almirante Wolfgang Larrazábal. Luego de convocar a elecciones para elegir al nuevo gobierno, la Junta entregó el poder a Rómulo Betancourt.

Tras de  su investidura en la presidencia venezolana, Betancourt expresó si vocación democrática cuando expuso, lo que más tarde sería reconocida como Doctrina Betancourt:

“Solicitaremos cooperación de otros gobiernos democráticos de América para pedir, unidos, que la Organización de Estados Americanos excluya de su seno a los gobiernos dictatoriales porque no sólo afrentan la dignidad de América, sino también porque el Artículo 1 de la Carta de Bogotá, acta constitutiva de la OEA establece que sólo pueden formar parte de este organismo los gobiernos de origen respetable nacidos de la expresión popular, a través de la única fuente legítima de poder que son las elecciones libremente realizadas. Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranice con respaldo de las políticas totalitarias, deben ser sometidos a riguroso cordón sanitario y erradicados mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional”.

El golpe de estado de 1958 iniciaba la senda democrática de Venezuela que sería interrumpida, primero por los sucesos conocidos como el caracazo del 28 de febrero de 1989, como resultado de las protestas populares en contra del gobierno de Carlos Andrés Pérez y de las presiones ejercidas por los medios y sectores de la sociedad civil; posteriormente se produce el frustrado golpe de estado del 4 de febrero de 1992 liderado por el Teniente Coronel Hugo Chávez y finalmente con la ascensión a la presidencia el 2 de febrero de 1999 y sus catorce años de gobierno populista tendiente a la implantación de un sistema totalitario.

El chavismo luego de la muerte de Chávez y la toma del poder por la pareja Nicolás Maduro-Diosdado Cabello ha estado perdiendo legitimidad en tanto que la oposición ha ido ganando en fuerza y organización. La tres P de Oppenheimer ha estado funcionando largamente en Venezuela; pero cada día es más que evidente que la oposición no alcanzará el poder por medio de elecciones democráticas y transparentes. La paciencia puede llegar a un punto de no más. En esas condiciones, un pronunciamiento militar dirigido a derrocar a la camarilla chavista, creo que podría catalogarse de tolerable y bienvenido.

El golpe de estado que el 12 de agosto de 2013 que depuso en Cuba al gobierno electo de Gerardo Machado fue aclamado por la población. Machado que en las elecciones de 1924 obtuvo la presidencia por una gran mayoría de votos, impulsó una reforma a la Constitución de 1901 que le permitiera la reelección y la extensión de su mandato por seis años en lugar de los cuatro que consideraba la Constitución para cualquier mandato. Se creyó a sí mismo, por el alto apoyo que había recibido de parte del electorado, como imprescindible, una especie, según sus propias palabras, “el Hombre Dios, el Nuevo Mesías, el Hombre Antorcha, que todo lo podía…”

Ante su plan de prórroga de poderes la oposición reaccionó en contra. Machado continuó con los métodos represivos que había impuesto en su primer mandato y el clima político se fue enrareciendo hasta que a partir de 1931 aparecieron grupos de conspiradores originándose un virtual estado de guerra civil, que el gobierno no pudo controlar. Según el Dr. Ramiro Guerra y Sánchez en su Historia elemental de Cuba “una huelga de ómnibus en la Habana (5 de julio de 1933), en el cargado ambiente político, se extendió y tomó carácter revolucionario. Finalmente, la sublevación de algunos oficiales y algunas unidades del Ejército, el 11 de agosto, precipitó la caída del Gobierno el día 12”.

El 10 de marzo de 1952, el general Fulgencio Batista dio un golpe de estado contra el gobierno de Carlos Prío Socarrás faltando poco para las elecciones generales convocadas para el primero de junio de ese año. El golpe realizado en contra de los postulados de la Constitución de 1940 provocó una fuerte oposición principalmente entre el estudiantado y dio inicio al poder de la casta militar-policiaca. Luego de una insurrección generalizada la dictadura de Batista finalmente fue derrocada. La caída del gobierno, sin embargo, no abrió las puertas para la democratización del país, instaurándose un régimen totalitario de corte marxista-leninista que todavía continúa en Cuba.

El régimen de los Castro se ha caracterizado por su total intolerancia hacia la existencia de partidos u organizaciones opositoras. Controla todos los poderes del Estado, despliega una poderosa actividad policiaca sobre toda la sociedad imponiendo la represión por medio del paredón de fusilamiento o con largos años de confinamiento carcelario; junto a todo ello ha hundido a Cuba en la ruina. Contra el poder de los Castro no caben protestas, no se admiten presiones y la paciencia se va acabando pero callada, asfixiada por el temor general.

Si entre los cuarteles de la dictadura castrista apareciera un Claus von Stauffenberg caribeño que intentara reeditar la Operación Walkiria; si entre los mandos jóvenes de las fuerzas armadas se incubara una conspiración para derrocar al castrismo, si finalmente las unidades del Ejército de Occidente, ocuparan las calles de La Habana, tomaran los edificios del Ministerio de las Fuerzas Armadas y del Ministerio del Interior; si rápidamente se movieran para detener a los altos dirigentes del Partido Comunista y a los altos funcionarios del gobierno y lograran establecer una junta de gobierno de transición integrada por militares y civiles; ¿sería condenado ese golpe de estado?; ¿acaso este no sería un golpe tolerable?   

En este caso y en los apuntados anteriormente creo que discreparía del sabio consejo dado por Fernando Mires; porque hay iniciativas golpistas que merecen ser apoyadas.

Jarabe de “componte”


Luis Cino Álvarez. CUBANET

Se refería hace unos días el general Raúl Castro, en su discurso ante la Asamblea Nacional del Poder Popular, a los múltiples males que azotan a la sociedad cubana.  Y uno no sabe por qué preocuparse más, si por la existencia de dichos males, en cuyo recuento  el general se quedó corto ─ probablemente sus informantes del Partido no quisieron hacer demasiado larga la lista de indisciplinas sociales e ilegalidades para no escandalizarlo y preocuparlo demasiado ─ o por los métodos que utilizarán para disciplinarnos y adecentarnos.

Aunque le agradezcamos la sinceridad, no era preciso que el general-presidente alertara al respecto: ¡vaya si sabemos  que en  esta sociedad los valores se han ido a bolina y los conceptos más elementales han trocado sus significados!

Se han hecho parte de la anormal normalidad nuestra de cada día el ruido del reguetón, los sobornos,  las palabrotas, la chusmería,  los escándalos domésticos que derivan en riñas tumultuarias;  los empujones  para abordar la guagua; los muchachos que van por la calle sin camisa, el pantalón por la verija, vociferando y bebiendo alcohol a pico de botella; las fiestas que terminan a machetazos,  la gente que lanza la basura a la calle; los que orinan y cagan en los portales; los hombres que entran a las funerarias en camiseta y sin quitarse la gorra; las muchachas, con modales de burdel, que anuncian sus tarifas y exhiben su cuerpo como carne de cerdo en tarima …

Sería mejor que luego de enumerar los desastres, si quieren empezar a buscar soluciones, que hurguen en las causas… ¿Por qué  tantos cubanos prefieren vivir del trapicheo y el delito antes que trabajar para el Estado o sacar una licencia para trabajar por cuenta propia?  ¿Por qué hay tantos alcohólicos? ¿Cuál es el verdadero significado de las palabrotas y la jerga marginal de los adolescentes? ¿Cuánto de frustración  hay en las piedras que lanzan los gamberros contra los cristales de las guaguas? ¿Por qué son jóvenes la inmensa mayoría de los están en las cárceles y de los que se van del país?

¿Pensarán los Jefes que los cubanos le hemos cogido el gusto a vivir en la cochambre y la ilegalidad?

¡Cualquiera se eriza cuando los mandarines verde olivo hablan de imponer orden! Y no es que no haga falta el adecentamiento de la piara en que nos han convertido,  pero no a la manera que ellos  conciben el orden y la disciplina,  ni con los métodos que utilizan.

Presiento que se avecinan nuevas legislaciones draconianas, que vuelven el componte y los mayorales, las multas hasta por respirar y estar vivos,  que se duplicarán los abusos de la PNR ─ y más ahora con la modificación penal que aliviará el trabajo a los tribunales municipales y concederá a los policías fueros de jueces para multar y también para dejarse sobornar por los maleantes ─ y los desalojos que no dejan de ser exactamente eso porque oficialmente los llamen “extracciones”. Y todo lo demás que se les pueda ocurrir por el camino a los caciques  para frenar tanto desenfreno. ¿Se imaginan  si les da por cortarles las manos a los ladrones, como en Arabia Saudita, la cantidad de mancos que habrá en Cuba?