Mario J. Viera
Como ha dicho el profesor Fernando Mires:
“la política no se basa ni en la unidad
ni en la armonía, tampoco en la hermandad y en el consenso. La política
emerge donde nacen surcos. La política es la polis dividida, confrontada
consigo, el lugar donde los ciudadanos debaten, la arena movediza donde yacen
ideales e intereses, pasiones, deseos, reclamos, e incluso ilusiones. Tener miedo a las divisiones en la política
es tener miedo a la política”.
Ciertamente es correcto lo planteado por
Mires; pero esta reflexión, aunque válida en sentido general, en el caso cubano
se presenta como una excepción a la regla. En Cuba, bajo el régimen del PCC,
existe un verdadero desierto político. La oposición, oficial y
constitucionalmente, no existe. La actual constitución, todo lo espuria que se
considere, es la que está vigente y ordena y conforta toda la estructura del
estado socialista, es el marco jurídico de la anti-política que caracteriza al
sistema. ¿Y por qué anti-política? Simplemente porque en este sistema, dentro
de la sociedad, no existe el debate, al menos no público, entre partidos de
oposición y partido en el poder. Su Artículo 5 que establece, y reconoce solo
un partido político:
“El
Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista, marxista y leninista,
vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático
y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza política dirigente
superior de la sociedad y del Estado”
Al reclamar “la permanente vinculación con
el pueblo” el PCC está reclamando la unidad, la unidad entendida solo dentro de
él; pero como reconoce Mires, “la política no se basa en la unidad”. El PCC no
puede aceptar que dentro de la sociedad existan divisiones políticas, solo una
es la correcta, y eso es otro de los elementos que asume Mires para definir lo
anti-político: “Tener miedo a las divisiones en la política es tener miedo a la
política”. Entonces, ¿cómo hacer para encontrar un manantial dentro de este desierto
político? Solo existe un recurso:
enfrentar la anti-política con la política.
La política es la guerra por otros medios.
Y las guerras se ganan con el empleo de una estrategia acertada y bien
ejecutada y con elementos bien entrenados y decididos. Un batallón que cuente
con suficiente armamento, pero carente del adecuado entrenamiento y de la
voluntad de vencer, en el primer enfrentamiento será totalmente liquidado. Un
ejército sin oficiales debidamente capacitados, y dirigido desde la lejanía de
un Estado Mayor, podrá ganar alguna batalla pírrica, pero al final es cercado y
aniquilado. Cada ejército en combate tiene que contar con un Estado Mayor que,
desde el terreno, le conduzca, y, por supuesto, contar con oficiales
capacitados capaces de tomar iniciativas en medio del fragor de la batalla.
Frente a las potencias del Eje, los vencedores fueron las potencias aliadas,
algo totalmente diferente a “potencias unidas”. Alianzas acordadas entre las
potencias que tenían a un mismo enemigo en común.
He hecho a propósito esta digresión para
enfocar el tema de la unidad de los grupos que, en Cuba, se oponen a la
dictadura del PCC y a los métodos que se han puesto en práctica para hacer
resistencia al régimen imperante. Se debe tener en cuenta que la consigna de
alcanzar la unidad de todos los grupos contestatarios y disidentes de Cuba es
del todo errónea, y retorno a Mires cuando dice: “todas las oposiciones en
cualquier lugar del mundo, no es una entidad singular sino plural”. Agrada el
criterio de la unidad en la diversidad, pero esto no es factible por hecho y
porque se vive bajo un estado policiaco, y de la vigilancia de todos por todos,
que siempre genera la desconfianza de unos con otros. Esto no quiere decir que
se niegue una política de alianzas estratégicas entre grupos enfrentados a un
común enemigo. Téngase en cuenta que he adjetivado al sustantivo alianza con el
adjetivo “estratégica”. Estratégica como la alianza alcanzada en la Segunda
Guerra Mundial entre Gran Bretaña y Estados Unidos con la Unión Soviética.
Ahora bien, cuando un núcleo opositor en
Cuba, se decide por lanzar el reto político de la resistencia noviolenta, debe
ser muy cuidadoso, para evitar caer en aventurismo político, con quienes hacer
alianzas. No todas las organizaciones que se declaran contrarias a la dictadura
cubana pueden ser aliados confiables. Ejemplos de alianzas que podrían ser
tóxicas para el movimiento de resistencia no violenta existen varios dentro del
exilio cubano, denominado “histórico”, sin experiencia práctica de cómo emprender
una labor de resistencia dentro de los marcos del poder totalitario, y se autodefinen
como los conductores principales de la resistencia cívica interna, tal como lo
define el Secretario político del Directorio Democrático de Cuba (DDC), Orlando
Gutiérrez-Boronat, que prefiere emplear ese término, en sustitución del término
“resistencia noviolenta” que va más allá de la simple resistencia cívica
(defensa de los derechos humanos y sociales, liberación de presos políticos,
etc.). Por otra parte el DDC posee un fuerte componente plattista y se declara
firme partidario del presidente Donald Trump, mezclando lo cubano con el actual
gobierno y excluyendo al resto de cubanos que rechazan las políticas del actual
mandatario.
¿Hacer alianzas con un supuesto Gobierno
Constitucional Cubano de Transición sin consenso nacional, que nadie conoce en
Cuba y al cual, ni siquiera el Buró Político del PCC le presta la menor
atención? ¿Hacer alianzas con un partido que solo proyecta una visión futurista
reclamando el fin de la usurpación, sin desarrollar una propuesta de cómo
llegar a ese final, e incluyendo, además, la formación de un gobierno de
transición, y elecciones? ¿Hacer alianzas con un fantasmal Clandestinos C-40,
que no tiene ni la mínima idea de lo que es el clandestinaje?
Hay que estudiar, analizar y sacar
conclusiones de la práctica de la resistencia noviolenta en Venezuela y Bielorrusia.
De entrada, tenemos que poner en claro que las condiciones políticas en ambos
países difieren en mucho de las que prevalecen en Cuba. En ambos países, aunque
con limitaciones, existen partidos de oposición con derecho a participar en las
elecciones presentando sus propios candidatos. Venezuela, por ejemplo, todavía
no ha caído en la condición del desierto político presente en Cuba, existen los
partidos de oposición con derecho a participar en los procesos electorales,
aunque estos procesos se presten para el fraude, pero ante el fraude electoral
existe la acción de la defensa del voto, con movilizaciones populares, con la
toma de las calles, con la resistencia noviolenta. Sin embargo, la resistencia
noviolenta parece no haber funcionado; pero no ha funcionado por haber caído en
errores de aventurerismo político debidos al mismo Juan Guaidó y a María Corina
Machado. Aventurismo político como el corredor humanitario con vistas a provocar
una insurrección, lo mismo que intentó reeditar Rosa María Payá con su envío de
ayuda humanitaria a Cuba y su reclamo al pueblo de salir a la calle para exigir
se le entregara.
A todos los fracasos de la, ya
prácticamente finiquitada “era de Guaidó”, anota Mires: “hay que sumar el escándalo de delegar iniciativa y conducción a
personeros del gobierno de Trump. No solo ignoraron la línea internacional de
ese gobierno (su doctrina) cuyo punto principal es no intervenir en asuntos
externos que no reporten a EE UU ganancias económicas o geopolíticas. Además,
eso es lo peor, desnacionalizaron la
política (...) De este modo
condenaron a la ciudadanía a convertirse en simple espectadora de
conspiraciones golpistas o invasionistas”. Otro de sus grandes errores,
idénticos a los propuestos por Orlando Gutiérrez-Boronat, que hace llamados a
concentrarse en apoyo de la política de Trump hacia Cuba y promueve “las sanciones que ahoguen económica y
políticamente (al régimen de Cuba) para
darle un respiro (sic) al pueblo cubano”; al mismo tiempo, según él mismo
dice, “fortalecer y hermanar a esa
resistencia interna con el exilio (...) en
la lucha y buscar la mayor solidaridad internacional en diferentes países del
mundo, especialmente en nuestra América Latina para esa lucha”, olvidando
un detalle primordial: las presiones
externas sin actores internos no conducen a ninguna parte.
Muy diferente es lo que ocurre en
Bielorrusia, donde la resistencia noviolenta se lleva con inteligencia y
firmeza, lo que ha repercutido en un apoyo a su causa por parte de la Unión
Europea; ese apoyo externo a elementos internos fortalece al movimiento
opositor bielorruso. La oposición bielorrusa ha ganado la calle. Y me remito nuevamente
a Fernando Mires:
“El terreno de la calle: es el contrapunto del diálogo. Una política
con diálogo y sin calle es conspiración. Una con calle y sin diálogo, es solo
catarsis. Lamentablemente la pandemia limitará las posibilidades de acción
callejera. Pero siempre será posible hacer rayados, convocar grupos reducidos,
distribuir volantes.
El terreno de las redes: sin mucha
calle, las redes serán calles virtuales. Y como ciertas calles, muy peligrosas.
Sabemos que a las redes concurren multitudes de delincuentes, malhechores que
te asaltan, grupos de asalariados mediales, noticias falsas. Con todo eso hay
que contar. Pero como son redes, existe también la posibilidad de tejer hilos,
establecer comunicaciones, desactivar malos argumentos, enviar mensajes y
anuncios. No están los tiempos
para ponerse exquisitos”.
Un ejemplo a
seguir se dio en Polonia con el movimiento Solidaridad, cuando la oposición
frente al régimen comunista decidió que “la
confrontación no debía tener lugar en las calles, sino que en todos los rincones
de "producción de lo social". Esto es, eran concientes de que su
lucha debía ser librada a largo plazo, y que no debía poseer ningún carácter
épico, sino que, valga la redundancia, político” (Mires dixit).