viernes, 14 de diciembre de 2018

Recuerdos de Río Bonito. EL CURA DE SAN SEBASTIAN


Mario J. Viera



      Sepa Ud. que nuestro pueblo, con todo y ser uno chiquito, y para muchos un pueblo feo, posee una linda iglesia, aunque vieja como lo más viejo. Por fuera está como carcomida y sus paredes, ennegrecidas por la humedad y por los años.  El repello, en partes, desprendido, mostrando, como una llaga deja ver la carne por debajo de la piel, el antiguo adobe con el que se levantaron sus muros.
      Por dentro es la mar de linda, con sus altares (retablos, como dijera un tal que vino de la capital con mucha melena y mucho impertinente cabalgando sobre su nariz ganchuda) de maderas, labradas con tal finura y gusto que el artífice que las trabajó debió tener manos de ángeles bordando sobre la madera.

      En el centro de un delirio de volutas y arabescos se guarda un verdadero tesoro, la santa imagen de nuestro Patrón, del que se dice que es santo de abolengo y con muchas influencias en el gobierno de por allá arriba, San Sebastián. Hay que ver esa hermosa imagen, la de un joven atado semidesnudo a un tronco, herido de flechas y con ojos de cristal que parece que lloran, y esa dulce, sublime expresión en su hermoso rostro.

      ¡Y milagroso que es nuestro santico! Y aunque no es santo casamentero, a él le imploran las que ya amenazan quedarse para tías, y vienen los cosecheros a pedirle buena salud para sus siembras. Dicen que en lo posible el santo se las arregla para tirarle una manito a cada uno dentro de sus posibilidades.

      Cuando hay sequía y la lluvia se aleja del lomerío vienen sitieros y pueblerinos a rogarle para que traiga el agua. Y allá se van todos con el santico en andas a mojarle las nalgas en las aguas de Rio Bonito, y lloverá tanto, con rayos y con granizo, que hay que sacar de nuevo al santo para que vuelva la seca, y así, de nuevo, volver a empezar.

      Y esta costumbre de mojarle las posaderas al santo ¡Vaya Ud. a saber de dónde salió y quien fue el primero que tuvo tal ocurrencia!, era la culminación de los festejos que se le hacían cada año al Santo Patrón de Rio Bonito.  En fin, cada vez que por esos caprichos de la naturaleza dejaba de llover más tiempo de lo aceptable, la buena gente del pueblo, con toda su fe milagrera, se iba para la iglesia a sacar al santo, y a hombros de muchachos fuertes bajaban por el camino de cocó con rumbo al rio, y, ya en aquellas aguas, zambullían al santo hasta la altura de su cintura, y entonces, dales todos a gritar y a rezar: “Mójale el culo a ese cabrón, a ver si se embulla y nos lo moja a nosotros”

      Como gritaban los lugareños con tanto fervor, al santo no le quedaba más remedio que usar de su influencia con Don San Isidro.  ¡Y venga a llover!  No siempre ocurría el milagro, pero todos estaban seguros de que el bueno de San Sebastián, hacía hasta lo imposible para cumplir con el ruego de sus feligreses.

      Déjenme decirles que a la autoridad no le gustaba mucho esta ceremonia considerándola como irreverente; pero como los curas que por aquí hubo nunca la condenaron, pues, ¡qué rayos tenía que agregar al respecto el sargento Gastón!, aquél asturiano grandote, de cabeza calva y barbita en punta, que aquí, en Rio Bonito, era el máximo representante de la Corona Española.

      Un buen día (¡Vaya con la frasecita!), el esmirriado cura que atendía nuestra parroquia cantó el último réquiem y vino a sustituirle un nuevo cura.  Un cura grande, muy gordo, mofletudo, de cuello ancho como el de un toro bien cebado, barrigón como jamás hubo cura alguno, y de un carácter… ¡Vaya Ud. a saber!  Este buen cura, que muy malas pulgas se gastaba, era, para mayor precisión, catalán, y había llegado a tierras cubanas no hacía más que una semana. Cuando llegó a nuestro pueblo, parece que no lo vio como esperaba que fuera e hizo tal mueca de desagrado que San Sebastián lo castigó y se quedó con la susodicha mueca hasta el mismo día de su muerte.

      Aquella desgracia que le aconteció al buen cura, hizo que, sin razón alguna, le tomara tal aversión a nuestro pueblo que ¡Vaya!, todo lo que hicieran los pueblerinos se los tenía a mal y, de este modo, todos los domingos los aterraba con sus flamígeras homilías, diciéndoles que, por sus muchos pecados y concupiscencia, Rio Bonito estaba condenado a la suerte de Sodoma y de Gomorra. Había de verse cuantas velas se le encendían a San Sebastián, que al pobre santo casi no se le podía ver detrás de tanta candelilla encendida.

      Así las cosas, aconteció que se presentó una larga, pero muy larga sequía.  Languidecían las siembras y morían achicharradas por el sol, y los pozos se hacían más y más secos, y había que estar empatando sogas con sogas para alcanzar el agua con los baldes.  La gente se lamentaba de su desgracia y se iban a donde el cura para ver si San Sebastián les daba su ayudita, pero ¡Nada! El cura, que no se podía sacar a la santa imagen que porque estaba muy estropeada y que San Sebastián estaba enojado con el pueblo y que de nada valdría procesión más o procesión menos.

      Y los pueblerinos con la insistencia: “Padre, quizá el santo nos coja su poquita de lástima si lo mojamos en el río”.  Y el cura, poniendo más fea la mueca de su cara, se encendía en furias y les gritaba “idólatras”, “paganos”, y ¡vaya Ud. a saber cuántas palabritas más de esas!   Nada, no se sacaba al santo y la sequía se hacía más fuerte.  Se habían secado todos los platanales; el maíz no era más que hierba guinea de tan enjuto, y el río estaba más flaco y esmirriado que un viejo limosnero.

      Hasta el Coronel Flores vino a tratar de convencer al cura; pero ni él pudo hacerle cambiar de opinión, y se dice que cuando este señor salió de la casa parroquial iba diciendo por lo bajito, pero que se le podía escuchar, un montón de malas palabras, ¡y eso que Don Flores nunca las pronunciaba!

      Un domingo, uno de tantos, el cura se paró frente al altar mayor y comenzó su sermón –tenía que pronunciarlo desde allí porque su panza no le permitía entrar en el púlpito ─: “Pueblo de pecadores- comenzó haciendo muecas con la mueca rígida de su cara ─, ya me cansan con tanto pedirme que saque al santo patrón para ver si vienen las lluvias. – hizo una pausa, infló su vientre, elevó la frente-.  ¡No quiero oír más del asunto!”.

      Los feligreses que colmaban el templo se miraban esperanzados, si sería acaso que el cura finalmente cedería; y se daban codazos de entendimiento; como que tantas veces va el cántaro a la fuente…Pero bien poco les duró el entusiasmo cuando después de otra pausa, algo más prolongada, le escucharon decir al párroco: “Arrepiéntanse de tantos y tantos pecados; de vuestra falta de caridad y de amor al prójimo, y no pidan más que consienta  esa sacrílega procesión que es acostumbrada por vosotros…” ─ Levantó la voz para sobreponerse al cuchicheo y señalando hacia el santo con su brazo rígidamente estirado, bramó más que gritar ─ “Si el santo quiere agua ya me la pedirá –Su mueca se hizo más mueca, su vientre se hizo más voluminoso, su voz, más estentórea – “Cuando San Sebastián esté dispuesto a ir al río, que me lo pida. Mientras no sea así… ¡Se queda en su altar!” – Y se volvió para continuar la misa.

      “¡Figúrese Ud., esperar a que el Santo le pida que lo lleven al río! ¡Eso será para más nunca!”  Se decía la gente. Y la seca se prolongaba más y más.

      Después de aquella homilía, cuando todos rezaban el rosario, no le pedían a San Sebastián que les perdonara los pecados o que le hablara a su amigo San Isidro a favor del pueblo, sino que, por favor, tratara de convencer al cura que le dejaran llevar hasta el río.

      Y el cura, después del rosario de la noche, comentaba con el sacristán, uno que había por acá y que en Gloria esté, del que dicen que se escondía en la penumbra de la sacristía para su secreto onanismo, como dicen que se dice que es hábito de los sacristanes viejos, que por mojigatos y sacristanes, nunca se han echado mujer.

      “Es que no es posible, Don.  Recaredo ─ mascullaba el cura ─, permitirle a este pueblo loco que continúen con esas irreverencias de mojarle al santo… bueno, de mojarle…

      -“¿…el culo?”- intentó el sacristán.

      -“¡No!- vociferó el sacerdote ─ … de mojarle las asentaderas a nuestro santo patrón”.

      Y como ya se iba haciendo tarde, el cura se fue para la casa parroquial, hizo como dos horas de oraciones y lecturas piadosas y, ya vencido por el sueño, se dirigió a su habitación.  No bien se había echado la sábana por encima de su elevadísimo abdomen, cuando un fuerte relámpago iluminó toda la alcoba y se dejó escuchar un trueno, con tal violencia, que daba espanto.

      El sacerdote se incorporó en su lecho y se santiguó: “¡Bendito sea el Señor! ─ exclamó ─ Gracias San Sebastián, así le demuestras a estos desorejados que no es necesario mojarte … hasta la cintura, para que tú les concedas la lluvia”.  Y estuvo lloviendo toda la noche, a cántaros y con tan tremenda fuerza que el buen presbítero se vio en la necesidad de cerrar las ventanas porque el agua entraba por ellas a pesar del ancho del alero corrido que rodeaba a la casa parroquial.

      Satisfecho y alborozado se quedó dormido con una mueca… ¡Digo!, con una sonrisa de triunfo.

      A la mañana siguiente, muy eufórico, se levantó nuestro cura.  “¡Por fin ─ se decía ─ me dejarán tranquilo con la dichosa procesión!”.  Ahora se acabarían las quejas. Habría llovido tanto que seguramente hasta los pozos se habrían desbordado por sus brocales.  Y después de rezar sus oraciones matutinas, se sentó a la mesa dispuesto a desayunarse media libra de queso, una hogaza de pan, medio litro de leche y una mano completa de plátanos manzanos.

      - Estará muy contenta, Doña Engracia ─ le dijo a la mujer que cocinaba en la casa parroquial, mientras con esmero embadurnaba de mantequilla un buen trozo de pan blanco.

      - ¿Y por qué iba de estarlo, Sr. Cura? ─ le replicó la sirviente.

      - Pues, hija, por lo de anoche…

      - ¿Por lo de anoche? ¿Y qué pasó anoche, Sr. Cura?

      El buen sacerdote movió la cabeza, ¡si sería simple esta pobre mujer!

-        ¡Por la lluvia, hija, por la lluvia!

      La mujer le miraba con aire estúpido.

-        ¿Por la lluvia? ¿Cuál lluvia, Sr. Cura?

-¡La que cayó anoche, hija mía!- le respondió irritado el sacerdote ─ ¿Es que  no se percató de que anoche estuvo lloviendo a cántaros?

      La mirada de la mujer tenía una expresión increíble.  Le miraba como si el cura le hubiera pedido algo en catalán o si le hubiera dicho cualquier cosa para hacer reír o si tenía que pensar que el buen hombre se había vuelto loco.

-        ¡Pero si anoche no llovió, padre!

-        ¿Cómo que no llovió? ¡A cántaros! Si hasta hube de cerrar las ventanas porque se mojaba la cama, y tronaba que daba miedo.

-        Pues yo no sentí nada…, y las calles están más secas que una penca de bacalao… Ya puede Ud. mirar… ¡Mire ese patio de Ud., si la tierra parece un ladrillo…!

      Y el cura miró hacia el patio, y donde esperaba encontrar un lodazal, vio un yermo seco, sin flores ni hierba verde, y la brisa mañanera levantaba el polvo del reseco suelo.
      - Pero… ¿cómo?... Si yo… ─ balbuceó el sacerdote ─ si yo escuché los truenos y sentí la lluvia…

      La mujer se encogió de hombros.

-        Pues yo no sé qué escuchó Ud., padre, pero de lo que sí estoy segura es de que no llovió.

      Le sirvió un vaso de vino al petrificado cura.

      - ¡Nada, padre!, Ud. lo soñó… Con tanto el jaleo que hay con la seca y con eso de la procesión… Eso ocurre.  Uno a veces sueña con cosas que le parecen como si hubieran sido ciertas, ¡pero no!   Mire, a mí, una vez…

      El cura no la dejó terminar.  Como una furia salió hacia la calle, intentando ver en sus baches, aunque solamente fuera la mancha de un charco, pero ¡nada! Todo estaba seco, tremendamente seco.

-        ¡Por Dios! ─ exclamó el cura colocándose dos dedos sobre los labios ─ Evidentemente, debo haberlo soñado.

      Como dos o tres días después, a eso de las… ¡por la tardecita! El sacristán, con un gran plumero, les sacudía el polvo a las imágenes, renegando entre dientes de la sequía por tanto polvo rojizo que se acumulaba sobre las figuras de los santos. Cuando estaba ocupándose de la imagen de San Sebastián, se le oyó exclamar un estentóreo e irreverente “¡Coño!” que indudablemente era la expresión de una inesperada sorpresa.

      El cura, disgustado le fue para arriba, como se dice, censurándole por aquella palabra tan fuera de lugar y tan vehemente pronunciada ante el altar de Dios.

-        ¡Perdone Ud., padre, pero es algo tremendo! ─ exclamó muy excitado el paliducho sacristán ─ ¡Es un milagro, un milagro!

-        ¡Rediez! ─ vociferó el sacerdote- ¿Qué milagro es ese del que hablas, condenado?

      Bajándose con una agilidad, no concebible en una persona de sus años y complexión, de la banqueta donde se había subido para desempolvar el rostro de la imagen de San Sebastián, el sacristán asió de un brazo al párroco y con su mano derecha extendida le señaló hacia el santo.

-        ¿No lo ve Ud., padre? ¿No lo ve?  ¡Es un milagro!

-        Pero ¿qué tengo que ver?, hombre de Dios.

      Todavía más alterado que antes, Recaredo, el sacristán, continuaba señalando hacia lo alto.

-        Mire, mire para la cara de San Sebastián…

-        Ya miro… ¿dónde está el milagro?

      El acólito con rostro arrobado y jadeante el pecho, miró de frente al sacerdote.

-        Los ojos de San Sebastián, padre… Los ojos del santo…

-        ¿Qué tienen los ojos del santo?  Además, no se les pueden ver, porque los tiene cerrados…

      El sacristán se santiguó como cinco veces y se postró de rodillas muy conmovido.  En sus ojos brillaban las lágrimas de un misticismo elevado al grado sumo.

-        ¡Ese es el milagro, padre!: El santo ha cerrado los ojos.  ¡Y la imagen siempre los tuvo abiertos!; tan abiertos que eran los ojos de santo más lindos de esta Isla…

      El cura, malhumorado, dio una patada contra el piso.

-        ¡Cállate, bribón! ─ conminó al ayudante ─ ¡No estés diciendo insensateces!

      Pero en sus adentros, se sentía perplejo e irritado.  Nunca antes se había fijado con detenimiento en el rostro de la venerable imagen, y no era capaz de poder decir si siempre había tenido los ojos cerrados o si, en verdad, como asegurara Recaredo, antes tenía los ojos abiertos y se hubiera producido un prodigio, increíble, incluso, para un cura español.

      Efectivamente, los ojos de la imagen del Santo Patrón de Rio Bonito estaban cerrados; de eso no cabía duda. El cura le ordenó al sacristán que guardara en secreto lo que habían visto, y le explicó que cosas como las que estaban contemplando podían ser un prodigio en realidad; pero también pudieran deberse a otras muchas causas fácilmente explicables una vez que se hubiera investigado el fenómeno a cabalidad. Por tanto: ¡Guardar silencio! Había que cerciorarse primero.

      Pero en un pueblo donde nunca sucede nada excepcional, no es fácil mantener en secreto por mucho tiempo lo que para cualquiera parecería un milagro a todas luces.

      Hay que reconocer que el sacristán quería sinceramente callarse el hecho; pero es duro tener el conocimiento de que algo extraordinario se había producido, algo que solamente es uno quien lo conoce y que, por añadidura, sea uno, precisamente, el que primero lo supiera, y no tener la tentación de contárselo siquiera fuera a alguna persona de la mayor confianza.  Y Don Recaredo, el sacristán, ardía en deseos de que alguien se enterara de que era él el depositario de un curioso secreto.

      A veces, cuando jugaba su acostumbrado partido de dominó en el Café del Isleño, trataba de justificar alguna pifia del juego diciendo que su mente estaba ocupada por la preocupación que le ocasionaba algo que no le era permitido revelar. Aquella respuesta encendía la curiosidad de los parroquianos.

      Ya sabe Ud. como son los pueblerinos, esas buenas personas, sencillas como sus propias vidas, que todos los días hacen lo mismo, sin diferencias de importancia entre lo que les aconteció la última semana con lo que pudiera estarles ocurriendo en la presente. Entonces, cuando se percatan de un acontecimiento que pudiera estar fuera de lo común, la curiosidad se les enardece en mil interrogantes.

-        ¿Qué te estás tragando, Sacristán?

-        ¡Nada, hombre! Cada cual sabe lo suyo. ─ respondía con aire de superioridad el enclenque hombrecillo.

      La gente pregunta y más preguntas.

-        ¡Caballeros, por favor, no puedo decirles nada… es un secreto!

      ¿Secreto? Pues si es secreto y mantenido bajo juramento, entonces es más interesante e impacienta más la curiosidad.  Con decirles que hasta le regalaban gallinas; las mujeres le guiñaban un ojo y algunos le regalaban buenos puros, aunque él no fumaba, y todos querían saber lo que ya el sacristán sabía.

-        En mí puedes confiar; tú sabes que soy tu amigo y que sé guardar un secreto…

      Así, más o menos, le dijeron casi todos los habitantes de Rio Bonito, y los arrieros de las lomas. Nadie lograba arrancarle la confesión. Hasta una noche.

      No pudo aguantarse más.  Ya no se trataba de vanagloriarse. Era mucha la presión y él no tenía la tozudez del reverenciado pastor de San Sebastián. Entonces, hablando en voz apenas audible le confesó lo que guardaba en su corazón al viejo más viejo del pueblo que él consideraba como el hombre más reservado y respetuoso de la comarca.  Un hombre que nunca revelaría un secreto que se le confiara.

      Cuando a las seis y media de la mañana del siguiente día el cura abrió la puerta de la casa parroquial, se quedó como de una sola pieza, paralizado de sorpresa. Frente a la iglesia se había reunido una enorme multitud portando velas encendidas. Habían llegado bien temprano. Casi todo Rio Bonito estaba presente, y gente del poblado de Pescadores, y arrieros con sus recuas que habían venido desde las lomas.

-        ¡Queremos ver el milagro! ─ exigían.
     
Aquello fue tremendo y el cura estaba que bufaba.  La iglesia se colmaba día tras día, todos alborozados por el milagro.

-        ¡Basta, locos! - aullaba el cura desde el altar mayor pues no cabía dentro del púlpito – Nadie puede proclamar un milagro hasta que no lo haya hecho la iglesia.

      Pero nadie le prestaba atención. Ni siquiera el Coronel Flores, ni Alba, su esposa, ni su hermana Brígida. Ahí estaba el santo con sus ojos cerrados proclamando el prodigio.

      Entonces el cura los volvió a estremecer de pavor.

-        Si es cierto que se ha producido un milagro, que la bendita imagen ha cerrado los ojos ─ aullaba el sacerdote desde el altar mayor ─, es porque no quiere contemplar vuestros pecados, vuestras concupiscencias…. Porque San Sebastián no quiere ver a Rio Bonito.

      De nuevo se llenó el altar de San Sebastián con cientos de chisporroteantes velas que, de tanto brillo, impedían ver los párpados cerrados de la imagen.

      Así las cosas, muchos fueron a ver al cura para decirle: “Quizá, padre, si sacamos al buen santo en procesión hasta el río quiera él abrir sus ojitos y traernos de pasadita la lluvia que tanto necesitamos”.

      Pero el cura se mantenía en sus treces, ¡nada de procesión! No hay ida hasta el río mientras el mismo santo no lo pidiera.

-        Ya ese milagro es más difícil que el de cerrar los ojos ─ afirmó decepcionado el coronel.

-        ¿Quién puede creer que el Santo va a pedir que lo lleven hasta el río? ─ Suspiraba la hermana de Don Flores.

      Mientras tanto continuaba la sequía y ya muchos animales habían muerto, y todas las tardes la gente rezaba el rosario para implorarle a San Sebastián que no les apartara su mirada y para rogarle que acabara de convencer al cabrón cura obstinado.

      Una de aquellas madrugadas, el cura despertó sobresaltado.  Una gotera caía directamente sobre su panza.

-        Caramba, ahora sí estoy despierto.  Me ha despertado una gotera; y si hay gotera es porque está lloviendo…

      Se asomó a la ventana y vio el fuerte aguacero que caía; hasta granizo caía y se le escuchaba repicar contra el tejado.  Abrió la puerta que conducía al patio y a la luz de los relámpagos pudo ver los charcos que se habían formado sobre el suelo.

-        Ahora sí que llueve. No hay lugar a dudas… ¡Y estoy despierto! ─ Y se palpaba el vientre para cerciorarse de que no estaba dormido. Y mientras aspiraba el fresco aroma de la tierra mojada, exclamó triunfalmente: “¡Al fin me dejarán descansar y habré podido acabar con la fea costumbre de mojarle el culo… ¡Oh, Dios!... las posaderas, a San Sebastián!

Por la mañana, sentado a la mesa para desayunar se dirigió con una sonrisita de triunfo a la mujer que hacía la cocina en la casa parroquial.

-        Ahora sí que no me podrá negar, Doña Engracia, que debe sentirse contenta…

-        ¿Contenta, Sr. Cura? ¿Y por qué debía de estarlo?

      “¡Oh, no!”, pensó el sacerdote, ¿de nuevo la misma historia? Pero esta vez estaba convencido de que había llovido y de que él se había despertado en medio de la noche.

-        ¡Por la lluvia, mujer, por la bendita lluvia!

-        ¿Cuál lluvia, Sr. Cura?

      Entonces el cura interrumpió el desayuno y apresuradamente se dirigió a la iglesia para ir a postrarse ante la imagen del Patrón del pueblo.

-        ¡Perdóname, santo, por haberte tentado…! Daré permiso para que mañana mismo se realice la procesión.

-        ¡Caray! ─ se dijo para sí- Si es que parece que al santo le gusta el paseíto y el jueguito ese de que lo mojen en el río.

      Por fin se realizaría la procesión, pero todo el pueblo se había concertado en no proferir las frases de costumbre que, al fin y al cabo, ni las aprobaba el cura ni les gustaba.

      Efectivamente, al día siguiente, entre el júbilo de toda la población y de los que habitaban en el lomerío, se inició la procesión.  Los muchachos más fuertes del pueblo se echaron encima las andas con el santo y salieron, entre cánticos y oraciones, por la calle principal, hasta tomar el camino de cocó que conducía a la orilla del río.

      La procesión llegó hasta el río. Se detienen en su orilla… y la multitud guardando un silencio místico.  Ya llegan al borde del agua. Se detienen.  Bajan de los hombros las andas y la sostienen a puño. El gentío, fiel al acuerdo, mantiene un respetuoso silencio.  Los jóvenes que conducen al santo se introducen en el río.  Ya comienzan a sumergir la imagen.  El silencio se hace más evidente.

      El agua le moja los pies al santo. Silencio. Ya le moja a la altura de los muslos. Los fieles irrumpen a rezar el Padre Nuestro.  La imagen va siendo sumergida hasta donde debe ser sumergida. Silencio.

      Ya el agua lame las caderas del santo… y, entonces, por encima del piadoso silencio se dejó escuchar una voz vibrante gritando: “¡Mójale el culo a ese cabrón, a ver si así nos lo moja a nosotros!”

      Todos se volvieron indignados para ver al que había roto el compromiso de no gritar aquellas frases.  Allí estaba, subido sobre unas piedras el Sr. Cura, muy erguido y sonrojado, gritando a todo pulmón: “¡Mójale el culo a ese cabrón…!”

jueves, 13 de diciembre de 2018

RIO BONITO


Reproduzco la introducción a la colección de relatos sobre un mítico pueblo que denominé RIO BONITO.   “Recuerdos de Río Bonito”.                                               



RIO BONITO

Mario J. Viera (1997)



Como uno es viejo, y ha vivido tanto; como estos ojos que ya casi no ven, de tanto que han visto; como ya es el tiempo en que la vida de uno es sólo recuerdos, pedacitos de sueños que se le salen a uno, por momentos, de lo profundo de la memoria; es por todo eso que el que quiere conocer de algo de lo que ya fue, de las cosas que fueron, de lo que hubo, de lo que pasó, viene luego a preguntarle a uno.  Entonces, se queda uno así, un ratico en silencio, con la frente inclinada, para cazar de golpe el recuerdo y soltarlo tan pronto como se le agarra.

Claro, ya somos viejos, pero muy viejos, tanto, como para contar lo que se vio durante la colonia y lo que pasó en los primeros años de la república, así, con letra menudita, porque no era una República como deben ser todas aquellas que lo son.

Entonces, uno sacude la cabeza, sonríe y dice:

“¡Ah, cará… qué tiempos aquellos!”

Y rompe uno a contar lo que vio y lo que nunca vio, lo que creyó ver y lo soñado alguna vez, pero que se cuenta como cosa real: como aquella vez en que me perdí en el manigual y me persiguió el diablo, negro como un carbón, en cueros y a la pelota como un desgraciado; feo como una pesadilla, con su cara de mono y sus ojos chiquitos, brillantes y malignos; con sus alas de murciélago y sus patazas y sus manos peludas cargadas de uñas como las de las jutías.

¡Ah!, pero la gente no cree en estos relatos, y se dicen unos a otros, muy bajito, en susurros, como para que uno no pueda oírles:

-        ¡Pero qué cosas se inventa el viejo…! Cosas de gente chiflada…

-        Ya chochea, el pobre…


Y no saben que uno los escucha, clarito, como si nos lo dijeran al oído; porque los escuchamos con la oreja del recuerdo, de lo eternamente cotidiano.  Es que toda la vida ha habido viejos; y los viejos, siempre, han contado sus cosas, de tal forma que los jóvenes, los de siempre, han tenido los mismos cuchicheos.

Pero lo que a uno más le gusta es irse hasta la lomita de San Juan y sentarse a la sombra de los tecales viejos, para mirar con ojos de nostalgia este pedacito del mundo en el que hemos vivido tantos años; para captar así el sentido de la palabra Patria.  Y se da uno cuenta de que allí está toda su vida, los fantasiosos días de la infancia, de una infancia, muy pobre, sí; llena de estrecheces, también; pero infancia al fin, que todo lo ignora y que va descubriendo todo, sin la frialdad de los adultos, con algo que tiene de magia y de increíble; como la misma existencia del güije que vive escondido en las verdosas aguas del remanso de Rio Bonito, casi en la desembocadura del mar.

  Entonces uno llena la cachimba con picadura de tabaco y le da candela, y mientras aspira el humo caliente, suspira.  Como que todo recuerdo se te sale por la garganta y no por el cerebro.  Y así, tu mente te lleva por un camino borrado; por ese camino que solo los viejos conocemos; y te conduce hasta los días lejanos, que ya no existen, aunque todavía viven; porque viven en el recuerdo, en el tuyo, en el de otros viejos como tú, que suspiran con los recuerdos.

  Este es nuestro pueblo, con el nombre del río junto al cual lo fundaron los conquistadores: Río Bonito.  Parece ser que ese sucio hilillo de agua de ahora, en un tiempo fue un hermoso y caudaloso rio.  En sus riberas crecían limpios pastos y los sitieros cultivaban sus frutos y los pescadores llevaban sus embarcaciones hasta el recodo para comerciar la pesca sacada del mar.  Allí tenían un pequeño poblado… Hoy es un rio viejo, cansado y lento y la gente nueva se ríe de su nombre o pasa de largo sin preocuparse de si existe o no.

   Pero también Rio Bonito, el pueblo, es un pueblo viejo.  Tan viejo como que – según nos contaban los más ancianos ─ fue fundado por el mismísimo Diego Velásquez, aquel hidalgo español que fundara la villa de Baracoa y otras seis villas más.  Y si de Rio Bonito no quedó constancia de la fecha de su fundación, ni se recogió en los anales históricos, ello se debió a que el escribano real, o estaría borracho o, como relatan las malas lenguas, que ni a la Historia perdonan, en este sitio sufrió un accidente sobre su noble frente a resultas de que su mujercita… ¡En fin!, que no le dio su hidalguísima gana de que el resto del mundo supiera que aquí se había fundado una nueva villa.

   Y uno se pone a pensar contemplando los rojos techados desde la altura de San Juan y se rememoran tantas cosas. Cosas que pasaron, que son ciertas, y que cada piedra blanca de las calles de mi pueblo, si pudieran hablar, las contarían con gusto; como la historia de aquella fatídica perra blanca que todavía se dice que vaga como un espectro, por allá, por el cenagal, o contarles sobre los bandoleros de El Tulipán, o el recuerdo de aquel gigante que clavó su cuchillo en la puerta de la iglesia antes de abandonar el pueblo, y nadie podía arrancar aquel cuchillo.  ¡Cómo aguardó el pueblo por su regreso! Lo aguardaban ansiosos, como si con su retorno traería a estas tierras una felicidad que se imaginaban perdida…

    Desde el San Juan se ve todo el pueblo. Recostada contra el rio se levanta la parte vieja del pueblo.  Allí está la vieja iglesia, el parquecito con sus flamboyanes y la Ceiba que los niños de la escuela pública sembraron el 20 de mayo de 1902 y aún se conserva orgullosa y desafiando al tiempo. La Calle Real, que hoy se llama José Martí, cruza por delante de la iglesia y atraviesa el rio para luego convertirse en camino real que te lleva hasta la cabecera de la provincia. Allí mismo está el edificio del Ayuntamiento y la vieja escuela pública de paredes de tierra y techo de tejas españolas.

   Del otro lado del rio está el cementerio. Allí descansan los más destacados hijos de Rio Bonito, en tumbas antes bien cuidadas y hoy abandonadas y tristes, como abandonados y tristes están los muertos, como tristes y sin esperanzas están los vivos. Y uno se pregunta si es pura coincidencia que a la calle que conduce al campo santo le hayan puesto el nombre de Libertad.

   Rio Bonito es un pueblo pequeño donde todos se conocen; uno de esos pueblos donde es forastero aquel que no vive dentro de dos leguas a la redonda; donde los pueblerinos miran con curiosidad, que a veces parece impertinente, a todo el que llega de paso o viene de afuera de estos lomeríos, de ese valle, de aquella playa, que es nuestra geografía, nuestro mundo. Pero su gente es franca y sencilla y acogedora, como lo son todas las buenas personas que, en cualquier parte, tienen que ganarse el pan sudando duro el sobaco y la frente. Gente que mira a los ojos, que tomados individualmente pueden tener sus defectos, como cualquier otra criatura de Dios; pero que, vistos de conjunto, todos son gentes honradas y buenas; la gente que cada sábado y domingo se reúnen en el Café del Isleño Eneas a conversar y a jugar dominó, como siempre ha sido, como siempre será, porque hay cosas que nunca cambian, aunque cambien los tiempos y aunque se renueven las generaciones.

   Y allí, en el viejo Café del Isleño, podrá el viajero curioso, en esas tertulias de siempre, de gentes sencillas, de gentes honradas, conocer la historia de este pueblo. Pero no se ría el viajero curioso de las cosas que escuche, porque la gente le hablará del güije como quien habla del vecino de la acera de enfrente, como de un amigo viejo de toda la vida, y se ofenden si el forastero pone en dudas lo que le cuentan, porque ¿qué cosas no habrán vistos esos arrieros por estos lomeríos?, y porque hay cosas que no pueden verse solo con los ojos, ni pueden entenderse con la razón que es hija de la duda.

   Es que Rio Bonito está como encerrado entre el rio y las lomas; rodeado de matorrales espesos que se resisten a abandonar las laderas, y mirando hacia el sur se extienden cenagales, donde crece el macío y las plantas de agua, y salta el cocodrilo detrás de su presa. En la orilla opuesta, el terreno es ondulado y rico en vegetación; allí se ven las palmas barrigonas y los algarrobos de largas ramas, y los sitieros cultivan entre los espacios que le dejan libre el matorral y el pedregal calizo.

        Del lado de acá, las lomas, con sus dientes calcáreos se arriman al río como mordiéndolo. Por allá se abren las casimbas y los pozos ciegos; por allá se movían los espectros, las quimeras y los fantasmas.

      Hoy Rio Bonito es como un largo bostezo.  Se ha perdido la magia de aquellos años cuando era válido soñar.  Ahora no hay sueños, porque donde no hay esperanzas no hay sueños, y los arrieros ya no cuentan relatos de aparecidos a la luz del quinqué de un bohío perdido entre el matorral y las guardarrayas. Es por eso que la gente nueva te viene a ver, para que les hables de antes, de todas aquellas cosas que vivieron los pueblerinos, de lo bueno y de lo malo, porque hasta lo que había de malo por acá, por estos andurriales, la gente de ahora lo ven con el color violeta de la nostalgia, como algo que suena a maravilla; y le extraen alusiones y se contagian con aquella esperanza que nacía del deseo de cambiar lo que se sentía, lo que se creía malo; porque entonces uno veía que el tiempo, que los tiempos, eran cambiantes, que todo podía cambiarse, que el tiempo no se inmovilizaba, que no era como ahora, cuando parece que el tiempo se ha dormido y que toda la vida es un eterno hoy, sin ayer y sin mañana.

        Porque cuando tú sueñas, el mundo se transforma; porque cuando sientes que aún quedan esperanzas, tienes alegría de vivir, sientes que vives; y si te sientes vivir, te sientes con fuerzas y tienes la certeza de que puedes modificar lo que te incomoda.

        Entonces uno se echa a hablar y a hablar, y hablas de San Sebastián, el santo patrón del pueblo y rememoras los viejos chismes que se relataban las comadres a la luz mortecina de una lámpara de queroseno y relatas las cosas que hacía el güije y  lo que se decía de la aparecida del puente de Santo Tomás, que parece se han mudado de río porque ya nadie los ve, y les cuentas la historia de Blas Cosme, que fue una esperanza escapada entre las manos, porque el pueblo lo convirtió en mito y los hombres no pueden hacerse mito, porque a la esperanza no se le puede dar cuerpo de hombre.

         Y uno va contando como fue creciendo el pueblo a un lado y otro del río, porque le hemos visto crecer como cualquiera ver crecer a sus hijos. Y cada casa del pueblo nos trae un recuerdo; aquélla, el de una linda cara de mujer; la otra, el de un hecho feliz o triste; la de más allá, la que está como saliendo del río, el relato de una curiosa leyenda…

        Ahora, con esos edificios nuevos, iguales, feos, que le han construido y con esa represa que excavaron para cortarle el camino al río y aprisionarle sus aguas y no dejarle correr como corría feliz sobre las chinas pelonas de su lecho, rio Bonito, ya no es tan lindo y mágico como antes era, si es que hasta uno llega a pensar que a nuestro pueblo se le debiera cambiar el nombre por el de Rio Viejo, o tal vez, Rio Triste o… ¡Rio Sin Esperanzas!