jueves, 8 de septiembre de 2016

Del libro en preparación “Amigos, Aliados y Enemigos. Bahía de Cochinos, una enseñanza

President Dwight D. Eisenhower and Secretary of State John Foster Dulles

Mario J. Viera

Capítulo LV

Bahía de Cochinos, una enseñanza

(Primera parte)

La oposición democrática al régimen que se implantaba en Cuba a partir de 1959, se sentía aislada, sin el apoyo necesario dentro de la población. Veía con preocupación cómo se iban cerrando los espacios cívicos independientes. La prensa escrita, radial y televisiva independiente perdía influencias en el pensar de los cubanos marginándose ante la acometida de una furiosa propaganda populista. Pronto aquellos medios que contaban con cierto grado de independencia serían suprimidos y sustituidos por un periodismo politizado e ideológico puesto al servicio del naciente régimen. La revolución sería un substituto de la religiosidad deviniendo en sí misma una deidad sagrada. El concepto de democracia representativa se identificaría, en los furiosos discursos de Fidel Castro, con la corrupción político-administrativa que prevaleciera durante los gobiernos auténticos y durante la defenestrada dictadura batistiana; la crítica al control estatal de la economía se le decía a las masas que eran críticas hechas por los “siquitrillados”, los poderosos latifundistas y los propietarios de inmuebles o de empresas comerciales e industriales, frustrados porque la “justicia revolucionaria” había puesto aquellas propiedades al servicio del pueblo.

La oposición anticomunista, volvió entonces sus ojos y esperanzas hacia el enemigo natural del castrismo, los Estados Unidos.  Cuando una oposición democrática se siente débil ante el avance de un poder dictatorial, como señala Gene Sharp, “no es extraño que confíe sus esperanzas de liberación a la acción de otros (…) Una situación así puede parecer consoladora, pero existen graves problemas en cuanto a la confianza depositada en un salvador foráneo. Esa confianza puede estar puesta en un factor totalmente errado. Por lo general, no van a llegar salvadores extranjeros”; y agrega Sharp: “Si interviene otro estado, probablemente no deba confiarse en él”[1]. Y este fue el error de la oposición anticomunista cubana. Confiar en Estados Unidos sin tomar las debidas precauciones. Washington velaba solo por sus intereses económicos y políticos en Cuba y, por extensión, en todo el subcontinente latinoamericano. No consideraron los opositores lo que, muchos años después Sharp, advertiría: “Algunos estados extranjeros actuarán contra la dictadura, pero sólo a fin de ganar para sí mismos el control económico, político y militar del país”[2]. La oposición democrática, dispuesta a decidirse por la lucha violenta, serviría a propósito para hacer avanzar los intereses particulares de Washington que la utilizaría en su beneficio aun con desprecio por la suerte de quienes se decidieron rescatar la democracia en Cuba por medio de la vía insurreccional.

Así fue lo que se hizo con la expedición de la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos y en Playa Girón, una operación que, de inicio, se consideraba con solo 30 por ciento de posibilidades de éxito; una operación condenada al fracaso.

1. La guerra privada de Dwight Eisenhower. 

Todo comenzaría el 17 de marzo de 1960 cuando el Presidente de Estados Unidos Dwight Eisenhower firmara el denominado Programa de Acción Encubierta Contra el Régimen de Castro cuya implementación estaría a cargo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Washington reaccionaba así a los retos de Castro y usaría, para alcanzar sus propósitos de derrocar al gobierno revolucionario, a los que se oponían al recién iniciado régimen, sin importar que fueran antiguos colaboradores del gobierno batistiano, o afectados por las leyes de nacionalización dictadas por el castrismo, o fueran simples opositores de conciencia a lo que ya se entreveía como un escalamiento hacia el comunismo.

Ya desde mediados de 1959, Cuba era una gran preocupación para el gobierno de Eisenhower que se planteaba como necesidad que algo debía hacerse. Desde abril de 1959, reconocería el Subsecretario de Estado para asuntos interamericanos (de 1957 a 1960) Roy R. Rubottom “era evidente una tendencia a la baja en las relaciones EEUU-Cuba”. A partir del mes de junio ya, según Rubottom, se había alcanzado la decisión de que no era posible cumplir los objetivos de Estados Unidos con Castro en el poder y durante los meses de julio y agosto se habían dedicado a la elaboración de un programa para sustituir a Castro. En adición a esto, comunicaciones procedentes de la Embajada de Estados Unidos en Cuba hablaban del control centralizado de las fuerzas militares dentro del Ministerio de las Fuerzas Armadas, de nueva creación y bajo la dirección de Raúl Castro, y se veía con preocupación la expansión de elementos “extremistas” en los organismos gubernamentales de personas como el nuevo ministro del Trabajo, Augusto Martínez Sánchez, que antes ocupaba el Ministerio de Defensa. El embajador Bonsal lo definía como “izquierdista de extremo, frecuentemente alegado como comunista”[3].

Así, en junio de 1959, el Departamento de Estado y el Estado Mayor Conjunto decidieron que había llegado el momento "para tomar medidas definitivas" contra Castro. El Secretario de Estado Adjunto Rubottom le comunicaría al Consejo Nacional de Seguridad (NSC) que el Foggy Bottom, es decir, el Departamento de Estado, ya estaba trabajando con la CIA "para acelerar el desarrollo de una oposición en Cuba que trajera un cambio en el gobierno cubano, dando lugar a un nuevo gobierno que fuera favorable a los intereses de Estados Unidos"[4]. Primaban los intereses de los Estados Unidos. Cuba significaba un latente peligro de penetración soviética en tierras americanas que podría traer desagradables repercusiones en la América Latina y, por otra parte, poderosos intereses económicos de Estados Unidos habían sido afectados por las leyes estatistas que impulsaba el régimen de Castro. Al decir de Allen Dulles, Cuba se había convertido en el problema “más preocupante” que tenía que enfrentar Estados Unidos. De este modo ya era momento de tomar medidas drásticas, pero el quid del asunto radicaba en el cómo. Una agresión directa contra la isla no era razonable, pero se tenía que hacer algo para detener a Castro en su carrera hacia la formación de un régimen de corte stalinista favorable a los intereses geopolíticos de la Unión Soviética. Se requería contar con un aliado apropiado cuyos propios intereses pudieran ser utilizados a favor de los intereses de Washington. Entonces el Foggy Bottom y Langley volvieron sus ojos y esperanzas hacia los cubanos que por diferentes razones habían rechazado al castrismo y buscado refugio en los Estados Unidos y, principalmente entre aquellos que elaboraban sus propios planes para derrocar al gobierno de Castro.

Los grupos de exiliados en Estados Unidos, se empeñaban en realizar acciones clandestinas en tierra cubana empleando para ello lanchas rápidas y avionetas ligeras para atacar objetivos económicos y provocar incendios en cañaverales, todo al margen de las leyes de Estados Unidos. Castro se aprovechaba de estos ataques para fomentar una conciencia nacionalista exaltada dentro de la población pretextando que esos ataques se hacían bajo el amparo y consentimiento del gobierno de los Estados Unidos. En una concentración popular frente al Palacio Presidencial, celebrada el 26 de octubre de 1959, Castro denunciaba las incursiones aéreas desde Miami insinuando que las mismas contaban con el beneplácito de las autoridades de Estados Unidos: “¿Cómo es posible ─ cuestionaba Castro en aquella concentración ─ que las autoridades de un país tan poderoso, con tan cuantiosos recursos económicos y militares, con sistemas de radares, que se dice en condiciones de poder interceptar incluso proyectiles dirigidos, se confiese ante el mundo incapaz de impedir que unas avionetas salgan de su territorio a bombardear un país indefenso como Cuba?”  

Esta situación fuera de control, pronto generó preocupaciones dentro del Departamento de Estado. A raíz del raid aéreo llevado a cabo por Díaz Lanz en La Habana lanzado octavillas antigubernamentales, Roy R. Rubottom presenta un memorando al Secretario de Estado Christian Herter con fecha 23 de octubre de 1959 bajo el tema del control de las incursiones aéreas sobre Cuba y otras actividades del exilio dirigidas en contra del Gobierno de Cuba, expresando su preocupación por los inconvenientes de estas acciones fuera de control que impulsaba el exilio cubano anticastrista.

En esta comunicación Rubottom[5] plantea: “El gobierno cubano previa y oficialmente se ha quejado en muchas ocasiones que aviones procedentes de los Estados Unidos han dejado caer armas y municiones para los elementos anti gubernamentales en Cuba”. Estos grupos anticastristas en la Florida ─ dice ─ “son numerosos, aparentemente bien financiados y en los recientes meses sus actividades han estado aumentando constantemente”. A continuación hace notar que “las actividades de estos grupos en la recolección de armas, haciendo vuelos clandestinos sobre Cuba y agitando en contra del actual régimen cubano son altamente perjudiciales para nuestras relaciones con Cuba y deterioran nuestra postura como protagonistas de los esfuerzos para el mejoramiento de las tensiones en el área del Caribe”; puntualiza entonces: “Particularmente, la continuación de tales actividades en la Florida es como darle a Castro el único beneficio de concentrar al pueblo cubano alrededor de él y ganarse la simpatía de otros latinoamericanos…” Rubottom plantea además la siguiente recomendación: “A menos que se haga un esfuerzo concertado para detener tales actividades, es probable que ellas se incrementarán en alcance y seriedad y la impresión que sin duda se ganará en Cuba y en otras partes es que tienen la tácita aprobación del Gobierno de Estados Unidos”. Recomienda entonces al Secretario de Estado que se comunicara “con el Fiscal General, la Secretaría del Tesoro y la Secretaría de Defensa, para señalar la importancia de esta materia desde el punto de vista de nuestras relaciones exteriores y reclutar su ayuda en la movilización de todo el personal y las agencias disponibles para la prevención de violaciones de nuestras leyes de Neutralidad y de Aduanas. El Subsecretario de Asuntos Políticos podría del mismo modo comunicarse con el Administrador de la F.A.A. y con el Director de la Agencia Central de Inteligencia”.

En esa misma fecha Roy Rubottom envía un memorando dirigido a Robert Murphy, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos donde expresa su preocupación en torno al enrarecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos, informando: “Como usted sabe, nosotros hemos estado dando a Castro todas las oportunidades para seguir un curso consistente con las buenas relaciones de Estados Unidos-Cuba y hemos ejercido en público mucha moderación con el fin de hacer posible que él modifique sus actitudes y políticas si tenía cualquier inclinación a mantener los lazos de amistad y de interés común que han vinculado a este país con Cuba (…) Nuestra moderación generalmente ha sido contestada por los continuos ataques hacia los Estados Unidos por Castro y sus lugartenientes”. Rubottom expresa en esta comunicación su recelo en cuanto a la penetración comunista en los más altos niveles de las fuerzas armadas, del gobierno, los sindicatos y en otras instituciones claves del país[6].

Las actividades de infiltraciones clandestinas de los anticastristas en territorio de Estados Unidos, continuaban siendo una constante preocupación. En reunión del Consejo de Seguridad Nacional del 16 de diciembre de 1959, el subsecretario de Estado Douglas Dillon declararía que el asunto cubano debía ser manejado como un asunto delicado al que no se debería dar una amplia diseminación de los conocimientos que estaban en discusión, en tanto el Fiscal General William Pierce Rogers aseguró que en el área de Miami trabajaban a tiempo completo 30 o 40 agentes del Buró Federal de Investigaciones (FBI) en los asuntos cubanos, pero indicó que esos agentes encontraban algunas dificultades “debido a que no sabían si era política nuestra ─ dijo ─ permitir que las actividades anticastrista continuaran en la Florida o si esas actividades debían ser detenidas”; a esta interrogante, el director de la CIA, Allen Dulles consideró que el permitir que aquellas actividades continuaran o si se debía suspender tenían que estar en dependencia de lo que las fuerzas anticastrista planearan, y agregó: “Nosotros no podríamos, por ejemplo, permitir que los batistianos hagan lo que quieran hacer. No obstante, se pudiera hacer una serie de cosas en cubierto con las que podríamos ayudar en la situación en Cuba”[7].

La solución al conflicto sería dada por los planes futuros de acción encubierta que aprobaría el presidente Eisenhower, organizando a los diferentes grupos de exiliados bajo la dirección y entrenamiento de la CIA.

La CIA iniciaría planes para organizar una unidad de infiltración con exiliados cubanos a fin de entrenar a los grupos de guerrilleros que se fomentaran en la isla. El objetivo planteado en el Programa de Acción Encubierta, según sus redactores, era el de “propiciar la sustitución del régimen de Castro por uno más dedicado a los verdaderos intereses del pueblo cubano y más aceptable para los Estados Unidos, de tal manera que permita evitar cualquier apariencia de intervención de Estados Unidos”. Para cumplir con este objetivo, se proponía inducir, apoyar y en lo posible dirigir la acción de un grupo selecto de cubanos de tal modo que aparezca que actúan por iniciativa propia. El programa contemplaba cuatro líneas principales de acción: 1) Integrar en el exilio un frente de oposición anticastrista que fuera responsable, atractivo y unificado, declarado públicamente como tal y por lo tanto necesariamente situado fuera de Cuba; 2) iniciar a través de la emisora Radio Swan, ya fundada desde 1959 en territorio de Estados Unidos y luego transmitiendo desde las islas de Swan, cerca de la línea costera de Honduras y de Cuba, una fuerte campaña propagandística con el propósito de generar un estado de opinión favorable a la oposición contrarrevolucionaria al interior de Cuba y en lo posible debilitar el apoyo de las masas a Casto; 3) organizar dentro de Cuba una red clandestina de inteligencia y acción que responda a las órdenes y dirección de la oposición en el "exilio", y 4) creación fuera de Cuba de una adecuada fuerza paramilitar con apoyo logístico, naval y aéreo, para las operaciones militares encubiertas en la isla. Inicialmente se reclutaría, tras cuidadosa investigación, un grupo de cuadros entrenados como instructores paramilitares. En una segunda fase un número de cuadros (cadre) paramilitares serían entrenados en lugares seguros fuera de Estados Unidos para ser infiltrados en Cuba con el objetivo de organizar, entrenar y dirigir las fuerzas de resistencia reclutadas en la isla antes y después del establecimiento de uno o más centros activos de la resistencia interna[8].



[1] Gene Sharp. Op. Cit.
[2] Idem
[3]  Telegram from the Embassy in Cuba to the Department of State (Source: Department of State, Central Files, 737.13/10–1759. Confidential; Priority.) FRUS VI, 370  
[4] Jack Colhoun. Gangsterismo: The United States, Cuba and the Mafia, 1933 to 1966. OR Books, 2013
[5] The Foreign Relations of the United States (FRUS VI, 375) Department of State, Central Files, 737.00/10–2359. Confidential. Drafted by Vallon, Owen, and Hill, and initialed by Rubottom.
[6] The Foreign Relations of the United States (FRUS VI, 376) Department of State, Central Files, 737.00/10–2959. Secret; Limit Distribution.
[7] The Foreign Relations of the United States (FRUS VI, 410)
[8] The Foreign Relations of the United States (FRUS VI, 481) Source: Eisenhower Library, Project “Clean Up” Records, Cuba

lunes, 5 de septiembre de 2016

Deísta


Mario J. Viera

Porque declaro que acepto la existencia de, digámoslo con una expresión poco exacta, un “ser” trascendente colocado por encima de la experiencia humana, al que se le denomina Dios, algunos dicen de mí que soy “religioso”; algo bien distante de la realidad, porque para nada me identifico con la religiosidad o con la aceptación de una religión organizada. Pero si dijeran de mí que soy un especial adepto a una específica corriente filosófica denominada deísmo, entonces estarían más acertados en la calificación. Si, por otra parte, me identificaran con el modelo de pensamiento del británico, y uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, Thomas Paine, diría que, ciertamente, estarían en la proximidad de lo que “creo” en cuanto a religiosidad. Paine afirmó en uno de sus folletos, La Edad de la Razón, lo que él entendía por “los deberes religiosos”, anotando:

“Yo creo en un Dios y no más; y tengo la esperanza de la felicidad después de esta vida. Creo en la igualdad del hombre, y creo que los deberes religiosos consisten en hacer justicia, amar la misericordia y esforzarse por hacer feliz a nuestro prójimo”.
 
Thomas Paine
Y en ese mismo folleto expuso su credo:

“No creo en el credo profesado por la iglesia judía, por la iglesia romana, por la iglesia griega, por la iglesia turca, por la iglesia protestante, ni por cualquier otra iglesia que conozca. Mi mente es mi iglesia. Todas las instituciones eclesiásticas nacionales, ya sean judías, cristianas o turcas, me parecen nada menos que invenciones humanas creadas para horrorizar y esclavizar a la humanidad, y monopolizar el poder y el lucro”.

Sobre el cristianismo escribe Paine: “Si hubiera sido el objetivo o la intención de Jesucristo establecer una nueva religión, indudablemente habría escrito el sistema él en persona, o habría procurado que lo escribieran mientras vivía. Pero no hay ninguna publicación auténtica existente que lleve su nombre. Todos los libros que forman el Nuevo Testamento fueron escritos después de su muerte”.

Paine se declara deísta cuando dice: ““¡Qué diferente es esto a la simple y pura profesión del deísmo! El verdadero deísta tiene una sola deidad; y su religión consiste en contemplar el poder, la sabiduría y la benignidad de la Deidad en sus obras, y en su esfuerzo por imitarlo en toda cuestión moral, científica y mecánica”.

Pero Paine no fue el único deísta entre los padres fundadores, junto a él lo fueron, Thomas Jefferson y Benjamin Franklin, en tanto James Madison y George Washington, sin declararse definidamente como tales, tenían inclinaciones hacia el deísmo; según Bruce Miroff, Raymond Seidelman, y Todd Swanstrom[1], John Adams, aunque era un confeso unitario liberal, en su correspondencia privada parecía más deísta que cristiano. Estos autores señalan, además que uno de los autores de El Federalista, James Madison “creía que ‘la esclavitud religiosa apresa y debilita la mente y la inhabilita para cada noble empresa’. Habló de los ‘casi quince siglos’ durante los cuales el cristianismo había estado en juicio; ‘¿Cuáles han sido sus frutos? Más o menos en todas partes, orgullo e indolencia en el clero, ignorancia y servilismo en los laicos, en ambos, superstición, intolerancia y persecución”.
 
Thomas Jefferson
Sobre Thomas Jefferson señala el historiador Mario Escobar: “El que sería tercer presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, no ocultaba sus profundas ideas deístas. Su respeto a las creencias de los demás y su profundo deseo de la separación política de la Iglesia y el Estado, estaban en la base de su pensamiento. Thomas Jefferson rechazó públicamente todos los aspectos sobrenaturales de las Escrituras, incluidos los milagros de Jesús. En su pensamiento racionalista, lo sobrenatural era considerado mera superstición. Durante las elecciones a la presidencia fueron muchos cristianos los que denunciaron las ideas heterodoxas del candidato”.

Un personaje menos destacado en la historiografía de Estados Unidos, considerado por algunos autores como uno de los padres fundadores fue Ethan Allen de Vermont, aunque este no fuera uno de los firmantes de la Declaración de Independencia, ni de los Artículos de Confederación y fuera uno de los políticos del Estado de Vermont que se oponían a la integración en Estados Unidos, luego de finalizada la Guerra de Independencia. Ethan Allen se identificaba con las posiciones filosóficas de Paine. En 1785, Allen publica su libro Reason: the Only Oracle of Man: Or, A Compendious System of Natural Religion (La razón: el único Oráculo del Hombre, o Un Resumen de Sistema de Religión Natural) donde planteaba un ataque al cristianismo y un violento ataque contra la Biblia, las iglesias establecidas y el poder clerical. En esta obra, Allen presentaba la sustitución de la religión organizada entremezclando el deísmo, las opiniones naturalistas de Baruch Spinoza y un trascendentalismo que se adelantaba a los postulados de los trascendentalistas del siglo XIX, principalmente Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, y el poeta Walt Whitman. Para Allen el hombre es un agente libre en el mundo natural.

Dicho esto, paso al tema específico de qué ser deísta. El deísmo no es una religión, sino una concepción filosófica y, si se quiere filosofo-teológica con una actitud definida ante la aceptación, por medio de la razón, de la existencia de Dios y de rechazo a todo tipo de religión organizada y de su clerecía, sea sacerdotal o pastoral. Según Copleston, citado por Mariano Fazio Fernández, “Los deístas eran racionalistas que creían en Dios… El deísmo del siglo XVIII significaba la desupernaturalización de la religión y la negativa de aceptar cualquier proposición religiosa basada en el principio de autoridad. Para los deístas era la razón sola la que había de juzgar sobre la verdad, tanto en materia religiosa como en cualquier otra cosa”[2].
 
Voltaire
Voltaire, el gran deísta, anotaría en rechazo del ateísmo: “Siempre he considerado el ateísmo como el mayor de los extravíos de la razón, pues decir que la armonía del mundo no prueba la existencia de un supremo artífice es tan ridículo como necio sería decir que un reloj no prueba la existencia de un relojero”. Para él la creencia en un Saber Supremo no era cuestión de fe, sino de la razón. En el “El filósofo ignorante”, cita Isaías Díez del Río, Voltaire argumenta: “Me siento inclinado a creer que el mundo es siempre emanado de esta causa primitiva y necesaria, como la luz emana del sol. ¿Por qué concatenamiento de ideas me veo siempre llevado a creer eternas las obras del Ser Eterno? Por muy pusilánime que sea mi concepción, tiene la fuerza de alcanzar al ser necesario que existe por sí mismo”[3].

Para el deísta no hay libro sagrado, solo compendio de escritos humanos con determinado valor teológico. El deísta no cree en las “verdades reveladas” contenidas en el canon bíblico y mucho menos en sus mitos de la creación y el diluvio universal sustentados en la fe o en la tradición.

Para los deístas Dios constituye el motor inicial, el primer impulso en la formación del universo; sin embargo, algunos reconocen la creatio ex nihilo por un Dios creador, en tanto otros rechazan este concepto de la creación a partir de la nada en favor del concepto de la creatio ex materia o, dicho de otro modo, del surgimiento del Universo a partir de la expansión de la materia, donde Dios ya no es un creador sino un programador que construye con los elementos materiales surgidos del primer impulso o Big Bang. Este es el concepto propio de rechazo a la “revelación” que se expresa como ex nihilo nihil fit, es decir, “de la nada, nada proviene”. La explicación bíblica del mundo y del hombre no tienen un carácter autóctono, sino que se conformó sobre las bases de las tradiciones sumerias. Para el budismo el Universo es infinito e increado, es decir no hay intervención divina para la existencia del universo. Buda considera que la idea del origen del universo es un impensable diciendo: “Pensar acerca del (origen) del universo, oh monjes, es un impensable que no debería ser pensado; pensando en esto, uno experimentaría aflicción y locura”. Sin embargo, la ciencia indaga para encontrar el cómo del surgimiento del Universo y del origen de la vida, pero se detiene en el por qué sin llegar a explicar ciertamente el qué es la vida. He ahí el impensable científico.

Pero ¿qué es la vida? ¿Qué propició que en la materia inerte surgiera la vida? No se trata de cómo surgieron los primeros vivientes, sino cómo la vida se generó en esas rudimentarias formas vivientes. Por la razón y por experiencia creo que la vida es el pneuma del Espíritu Universal soplado sobre la materia orgánica. Ante este “misterio” del origen de la vida, señal el astrofísico y matemático inglés, Chandra Wickramasinghe: “El que la vida haya sido un accidente químico en la Tierra es como buscar cierto particular grano de arena en todas las playas de todos los planetas del universo... y hallarlo”. Y Albert Einstein, por muchos calificado como deísta, expresó: "Hay dos maneras de vivir una vida: una es pensando que todo es un milagro, la otra es pensando que nada lo es. De lo que estoy seguro es de que Dios existe".

Los deístas no creemos en verdades reveladas, pero algunos aceptamos que en muchos escritos existe la inspiración del Espíritu de Sabiduría que sirven de modelo de enseñanza para el conocimiento de Dios. La enseñanza no está concentrada en un solo cuerpo de textos concedidos a un supuesto pueblo elegido, sino repartida en diferentes textos elaborados en diferentes culturas. A Dios se llega por la razón y la espiritualidad y no por adoctrinamiento o por dogmas impuestos, ambos no aceptados por los deístas. No se produce una relación de sumisión y adoración a Dios sino una de experiencia personal; es un acercamiento a Dios a través de la reflexión. De este modo se ha señalado ciertamente que el deísta disfruta de la libertad de buscar la espiritualidad por sí mismo, y su vida espiritual no se ha formado por la tradición o la autoridad religiosa sino por su propia concepción de la Divinidad.

 Dios no necesita servidores, porque Él es amor y comprensión. Su esencia, la esencia de Suprema Inteligencia no exige sumisión sino comprensión. Como Suprema Inteligencia, en sí hay tres componentes esenciales, la Gnosis (Γνωσις), el Logos (Λόγος) y la Sofos (σοφός), Uno y Trino, algo que los deístas clásicos no comparten. Por supuesto los deístas no creen ni admiten la existencia de un Dios personal y antropomorfo.

Dios no es legislador ni crea códigos de conductas que normen todas las actividades del hombre. Dios le ha concedido razón e inteligencia al género humano y es el hombre quien norma su vida en concordancia con las relaciones sociales existente en cada momento histórico. De este modo el deísta ratifica que la religión y el Estado deben estar separados. Así, el deísta no se rige, en lo fundamental por una moralidad surgida de los conceptos religiosos. Los deístas orientan su conducta a partir del pensamiento racional y de la ética vinculada a su propia conciencia. El deísta se rige por lo ético más que por la relatividad moral siempre en transformación. La moral está históricamente condicionada. Pero los valores éticos son constantes. La ética es una categoría filosófica y científica, en tanto que lo moral está determinado por principios, valores o normas que rigen para una sociedad históricamente determinada. Teniendo esto en cuenta los teístas rechazan los dogmas y los criterios impuestos por líderes eclesiásticos que se presentan a sí mismos como si fueran mensajeros de Dios y comunicadores de su Palabra.

No obstante, los deístas creyendo en Dios, o en un principio divino, aceptan unos pocos, si acaso, de los principios y prácticas del cristianismo, judaísmo, o de cualquier religión considerando que en las mismas pueden existir creencias racionales luego de extirpar de ellas lo que pueda haber de supersticioso.

En los deístas, desde Voltaire hasta Paine, hay una agria crítica hacia el cristianismo. Ante el cristianismo, Voltaire exigía “una religión natural sin dogmas, ni sacerdotes, nada coercitiva y con grandes valores humanos”; una religión no existente tal como lo planteara Paine de que Jesús no había creado una nueva religión. El cristianismo vigente, el nacido no de las enseñanzas del nazareno sino de las enseñanzas del fariseo Pablo de Tarsos es y ha sido la antítesis de la religión natural que reclamaba Voltaire. Jesús no sacramentó sacerdotes, ni líderes espirituales, ninguno de sus discípulos fue elevado sobre los otros y a ninguno le confirió dignidad episcopal. Jesús nunca fue a adorar al templo, su templo era el desierto y los montes.  El deísmo, por tanto, no necesita de ministros, sacerdotes, ni rabís. Todo lo que un individuo necesita es su propio sentido común y la habilidad de considerar su condición humana, todo hombre es su propio sacerdote.



[1] Bruce Miroff, Raymond Seidelman, Todd Swanstrom. Debating Democracy: A Reader in American Politics. Wadsworth Cengage Learning, Boston USA, 2009
[2] Mariano Fazio Fernández. Historia de las ideas contemporáneas. Ediciones Rialp, S.A, Madrid, julio 2015: F. Copleston. Historia de la Filosofía, vol. V: De Hobbes a Hume.
[3] Isaías Díez del Río. La religión en Voltaire. Anuario Jurídico y Económico Escurialense, XLIV (2011) 519-536 

lunes, 22 de agosto de 2016

DESTITUIR Y CONSTITUIR: EL CONCEPTO DE PUEBLO EN LA POLÍTICA

(Un ensayo)
Fernando Mires




En un anterior artículo escribí que una gran parte del pueblo venezolano “se hace pueblo” a través del Revocatorio. Agregué, además, que en política el pueblo al “hacerse”, se diferencia de la noción mítica de un pueblo étnica, racial o demográficamente pre-constituido. Como consecuencia de esa opinión algunos lectores me han solicitado explicar de modo más detallado la relación entre pueblo y política. A eso procederé a continuación.

¿CUÁNDO UN PUEBLO SE HACE PUEBLO?

Una de las dificultades para entender a un pueblo como algo “no hecho” sino como algo que “se hace” reside en la identificación, las más de las veces retórica, entre pueblo y nación. Más grande es la dificultad si se toma en cuenta que desde el punto de vista de la nación el pueblo está formado por todos los con-nacionales y en su expresión jurídica estatal, por todos los con-ciudadanos. Luego, si la nación es indivisible, el pueblo también lo sería.

Ese criterio de pueblo-nación no puede, sin embargo, ser asumido por ninguna teoría política moderna. La razón es que la política actúa siempre sobre un campo divisible poblado de conflictos y antagonismos. Sin divisibilidad no hay política. Por lo mismo, el pueblo en política es, y debe ser –a diferencia del pueblo-nación- un pueblo dividido. Usando un ejemplo extremo se puede decir que el pueblo de los fascistas no puede ser el mismo que el pueblo de los demócratas, ni al revés tampoco.

En términos no políticos, el pueblo político al ser confundido con los conceptos de nacionalidad, ciudadanía, etnia e incluso raza, opera en el imaginario colectivo como un pueblo fundador, es decir, como un pueblo histórico. En cambio, desde la perspectiva del pensamiento político, el pueblo histórico no existe como tal y en su lugar aparece un pueblo en su historia, historia que al ser historia va mutando de modo incesante. Podríamos decir, por lo tanto, que el pueblo no-político es un pueblo estático y el pueblo político es un pueblo activo, en constante transformación. En breve: “un pueblo que se hace pueblo”.

La noción de un pueblo que se hace puede ser ejemplificada a partir de un estudio realizado por Sigmund Freud relativo al momento de fundación del pueblo judío durante el largo periodo del Éxodo. En los tres ensayos contenidos en su última obra “Moisés y la religión monoteísta” (1934-1938) – dejando de lado especulaciones relativas a la nacionalidad de Moisés, según Freud un noble egipcio perteneciente a la corte del faraón monoteísta Akenaton, derrocado por el “partido politeísta”– la idea freudiana es que no fue el pueblo judío el que realizó el “éxodo” sino el “éxodo” hizo posible al pueblo judío. Tesis que encuentra ciertos fundamentos en la propia narración bíblica. Pues a través del largo viaje, los emigrantes pre-judíos fueron creando reglamentos (mandamientos), estructuras, jerarquías e instituciones que le permitieron constituirse como pueblo antes de ser nación.

En cierto sentido –eso no lo dice Freud pero es deducible de sus sugestivos ensayos- antes de que el pueblo judío fuera un pueblo religioso fue un pueblo político y como tal fue constituido a partir de múltiples y violentas luchas de poder las que adquirían – no podía ser de otro modo ─ un formato religioso (idolatría vs. monoteísmo, por ejemplo). El concepto de pueblo religioso es, por lo tanto, una variante del concepto de pueblo histórico (o pueblo fundacional).

Benedicto XVl, como es sabido, propuso, en analogía al pueblo judío hablar del “pueblo cristiano”. Pero en cualquiera de los dos casos el pueblo religioso no puede ser un pueblo político. La razón es obvia: en un pueblo político caben los miembros de todas las religiones y confesiones habidas y por haber.

Un pueblo histórico y/o religioso pudo haber sido en sus orígenes un pueblo político. Pero desde el momento en que “pasa a la historia”, deja de ser político. El pueblo político es, en cambio, un pueblo “haciendo su historia”. Eso no quiere decir que en política no exista cierta recurrencia a la noción de pueblo histórico (fundacional), pero solo con el objetivo de reafirmar la existencia de un pueblo político.

Ahora, en la teoría política moderna –esencialmente contractual- el concepto de pueblo opera como una premisa ficticia o principio regulativo cuya función es dar sentido al acto constituyente originario (Hans Kelsen, Teoría general del Derecho y el Estado) Un ejemplo: la Constitución de los EE UU en su preámbulo 1787 dice: Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos.

EL PUEBLO CONSTITUYE Y DESTITUYE

Evidentemente, la Constitución norteamericana no fue dictada por el pueblo pero se sustenta sobre el principio que da sentido al acto constituyente en donde el pueblo actúa (de modo ficticio) como agente fundador. Siguiendo a Kelsen y en cierto modo a la idea del velo de la ignorancia de John Rawls (Teoría de la Justicia), las premisas constitucionales, si bien siendo ficticias o imaginarias, cumplen el papel de regular el sentido mismo de la Constitución. Así puede ser posible que el pueblo “de carne y hueso” no actúe como agencia fundadora de un pueblo, pero sí es introducido en una Constitución como agente fundacional, el pueblo “de carne y hueso” puede ser activado en cualquier momento.

Para seguir con el ejemplo norteamericano, sabemos que en la Declaración de Independencia de 1776 fue establecido que “todos los hombres han sido creados iguales” pese a que no todos los hombres –sobre todo los esclavos negros- eran iguales en la recién fundada nación. Pero dicha frase confirió posteriormente al partido anti-esclavista del norte una vía constitucional sobre la cual hizo transitar sus demandas. Por esa misma razón, cuando Obama fue elegido presidente, el principio de la igualdad ante la ley, plenamente activado, dejó de ser una ficción y se convirtió en realidad. Así sucede con el principio del pueblo como agente constitucional. Dicho principio regulativo aplicado sin el pueblo puede ser usado a posteriori por el pueblo el que a la vez se convierte en pueblo en defensa de ese mismo principio.

El pueblo es quien constituye. Esa fue la definición del jurista Carl Schmitt en su libro Teoría de la Constitución (1928) En palabras breves, el pueblo es político, según Schmitt, cuando asume su plena soberanía.

La noción del pueblo soberano ─ básicamente contractual ─ asumida por Schmitt en 1928 contrasta, sin embargo, con la expresada de modo radicalmente taxativo en su libro Teología Política publicado en 1922. La premisa de Schmitt en ese texto era: Soberano es quien decide sobre el estado de excepción.

Según esa primera acepción, el muy hobbesiano Schmitt entiende a la soberanía como una atribución derivada del uso de la fuerza. Schmitt, efectivamente, no confería en 1922 importancia a la diferencia entre dominación militar y hegemonía política. Tampoco al concepto de mayoría, tan decisivo para Hannah Arendt en la génesis del poder político (Violencia y Poder). Para el Schmitt de 1922 la soberanía se deduce simplemente del poder y el poder de la violencia. Esa fue la razón por la cual los teóricos políticos dedicados a dar fundamento ideológico a regímenes dictatoriales han abrazado con entusiasmo la tesis schmittiana de 1922 desconociendo la de 1928. No podemos olvidar por ejemplo que Jaime Guzmán. el filósofo político de la dictadura de Pinochet, seguía a pies juntillas las tesis formuladas por Schmitt en sus libros Teología Política y La Dictadura desconociendo por completo la tesis del pueblo como soberano expuestas por el mismo Schmitt en 1928.

Por cierto, Schmitt, a diferencia de Arendt, nunca fue un demócrata. Cuando en 1928 acepta la tesis de que el pueblo es quien constituye reconoce simplemente que el pueblo puede ser poder constituyente, pero a la vez no niega la posibilidad de que ese poder también pueda derivar del principio monárquico el que bajo la categoría Führerprinzip (principio del líder) puso Schmitt al servicio de la Constitución nacional-socialista de 1933. No obstante, como el principio monárquico no puede ser traspasable a ningún principio civil pues el poder del monarca proviene teóricamente de Dios, la vinculación establecida por Schmitt fue la de líder y pueblo entendiendo al pueblo como una proyección “hacia abajo” del soberano constituyente representado en el Führer (Hitler).

YO SOY EL PUEBLO

El dictador, de acuerdo al Führerprinzip se arroga no un poder divino, pero sí el poder del pueblo. Él es el pueblo. Nos explicamos entonces por qué Napoleón declaró en un discurso Yo soy el poder constituyente. Frase dicha en contraposición a la de El Estado soy yo formulada por Luis XlV. En otras palabras, lo que Napoleón dijo fue: Yo soy el pueblo. De más está decir que ese principio, el napoleónico, ha hecho escuela entre los filósofos de las dictaduras desde el español Donoso Cortés, el alemán Carl Schmitt, hasta llegar en América Latina a ser representado en personas como el dominicano Joaquín Balaguer, el chileno Jaime Guzmán y el argentino Norberto Ceresole.

El pueblo, para los filósofos de las dictaduras es una prolongación de la persona del dictador. El dictador en lugar de ser representante del pueblo convierte al pueblo en representación de la voluntad general (Rousseau) encarnada en el Partido, en el Máximo Líder, en el Caudillo. Ahí reside la índole populista de la mayoría de las modernas dictaduras. Sean los comunistas, sean los actuales autócratas eurasiáticos (Putin y Erdogan), sean los neo-dictadorzuelos latinoamericanos (Ortega, Maduro), todos reclaman para sí la representación absoluta y total del pueblo.

No obstante, si aceptamos la premisa del Schmitt de 1928 –no hay razones para no hacerlo– el pueblo, en tanto poder constituyente, puede ser, por lo mismo, poder destituyente. Más todavía si consideramos que todo acto constituyente supone un previo acto destituyente. Así, el pueblo, al ser el agente que convoca, es también el que revoca.

Llevemos ahora la tesis del Schmitt de 1928 hasta sus últimas consecuencias. Si el pueblo constituyente es destituyente, el pueblo cuando destituye no puede ser un principio regulador ni ficticio ni imaginario como en muchos casos es el pueblo constituyente. Para destituir debe ser en primera línea un pueblo “de carne y hueso” pues un pueblo como principio regulador no puede destituir a nadie. En otras palabras, nunca un pueblo es más pueblo que durante el acto de la destitución. A través de ese acto, la letra se hace cuerpo, el espíritu se hace realidad y el pueblo se hace pueblo. La soberanía tácita del pueblo se convierte en soberanía manifiesta durante el acto de destitución o revocación. Más todavía: un pueblo que no puede destituir tampoco puede ─ en términos reales y no ficticios ─ constituir.

No en el poder constituyente sino en el destituyente se expresa -repetimos- la noción de la soberanía popular. El acto destituyente puede ser llevado a cabo mediante el simple proceso electoral o de acuerdo a normas constitucionales. Pero si ese acto es negado serán abiertas las compuertas para activar el derecho natural a la desobediencia y a la rebelión.

No antes del acto destituyente sino durante, el pueblo actúa como instancia política plenamente soberana. Por lo mismo, si deja de actuar como soberano activo (constituyendo, destituyendo, eligiendo) el pueblo vuelve a su condición pasiva y se convierte en pueblo histórico o simbólico, en pueblo demográfico o población, en pueblo jurídico (ciudadanía) e incluso en “masa” cuando el lugar del soberano es usurpado por otro agente político (monarquía, dictadura, líder máximo).

EL PRINCIPIO FUENTEOVEJUNA

Tal vez una de las mejores documentaciones que muestran como la soberanía destituyente se hace presente en un pueblo lo encontramos en la era pre-política de España documentado en la legendaria obra de teatro escrita por Lope de Vega: Fuenteovejuna (1612).

El tiranicidio cometido en la persona del Comendador de Calatrava fue asumido por el pueblo de Fuenteovejuna en su conjunto. Nadie delató, aún bajo tortura, al ejecutor. El pueblo se hizo pueblo a través de la solidaridad colectiva, esto es, a partir de la formación de un “nosotros constitutivo” aparecido como consecuencia de la negación física a la tiranía.

- ¿Quién mató al Comendador?
- Fuenteovejuna, Señor
- Quién es Fuenteovejuna?
- Todo el pueblo a una.

La negación a la tiranía aparece en Fuenteovejuna a través de un tiranicidio, así como después en Francia apareció a través de un regicidio. En ambos casos la soberanía del pueblo se expresa en el acto pre-político de la negación física del representante del poder. No obstante, en la era política –se supone, es la que vivimos- la negación de la tiranía no pasa necesariamente por la eliminación física del tirano sino por su simple destitución.

En las repúblicas parlamentarias basta la simple mayoría en el parlamento para que un mandatario legal y legítimo cese en sus funciones. En algunos regímenes presidencialistas los mandatarios pueden cesar cuando dos poderes del Estado, el judicial y el parlamentario, se unen en contra del ejecutivo o simplemente cuando son puestos en práctica los dispositivos revocatorios inscritos en la misma Constitución.

Cuando no existe separación de poderes y a la vez son cerradas las posibilidades revocatorias inscritas en la constitución, solo quedaría el camino de la destitución mediante la recurrencia al derecho natural a la rebelión. Así ocurrió en 1989-1990 en las llamadas “democracias populares” dependientes de la URSS. En la mayoría de ellas la Nomenclatura fue destituida mediante la acción de masivas rebeliones populares. Pero solo en Rumania el dictador fue ejecutado. El espíritu de la soberanía popular políticamente organizada mediante el acto de la destitución –es decir, el principio Fuenteovejuna- prevaleció en todos esos países.

Quizás no hay mejor ejemplo para ilustrar como el principio Fuenteovejuna continúa vigente en la modernidad que ese grito colectivo surgido en las manifestaciones de los días Lunes en la RDA de 1989/1990: Nosotros somos el pueblo.

En esa simple frase está condensada toda la teoría del pueblo político aparecida de modo embrionario en la magistral obra de Lope de Vega. Nosotros significa, nosotros somos la mayoría y no ustedes (la Nomenclatura, la minoría)

La “nosotridad” opera entonces como agente divisorio entre el pueblo y los que ejercen soberanía en nombre del pueblo. A través de la negación del poder de los otros, el nosotros alemán se hizo pueblo soberano reclamando para sí la soberanía ejercida en nombre del pueblo por una minoría dictatorial Y asumiendo su soberanía, el pueblo se convirtió en destituyente y por lo mismo en constituyente.

Por cierto, no en todas las destituciones presidenciales, por muy constitucionales que sean, el pueblo actúa como poder destituyente. En América Latina tenemos algunos ejemplos en las destituciones de Alberto Fujimori en Perú (2000), de Manuel Zelaya en Honduras (2009), de Fernando Lugo en Paraguay (2012) y en menor medida en la de Dilma Rouseff en Brasil (2015). En todas ellas, el pueblo si es que actuó, lo hizo recurriendo al principio de delegación.

Distinto fue el caso de la destitución de Pinochet. En Chile, durante el legendario plebiscitito de1988 se dio una combinación entre pueblo destituyente y una vía inscrita en la propia Constitución.

En el curso del plebiscito chileno se enfrentaron dos poderes, el constituyente basado en el Führerprinzip de acuerdo al cual el pueblo actúa como prolongación del poder del Estado representado en un caudillo y el destituyente, convertido en pueblo mediante el voto del NO. El triunfo del pueblo destituyente pasó a ser constituyente solo después del retiro del dictador. En cierto sentido el NO a la prolongación del mandato presidencial de Pinochet fue la representación gramatical de una rebelión constitucional.

El pueblo, en suma, es pueblo político cuando revoca (destituye) y convoca (constituye). En ese mismo orden.

POST-SCRIPTUM PARA (E)LECTORES VENEZOLANOS

De la misma manera que en el Chile de 1988, en la Venezuela de 2016 tiene lugar un enfrentamiento de poderes entre el Führerprinzip (principio del caudillo) y el principio del pueblo destituyente (principio Fuenteovejuna).

El principio caudillesco ya no puede ser poder constituyente entre otras cosas porque en Venezuela ya no hay caudillo (Führer). Chávez es un cadáver biológico y Maduro un cadáver político. Ya no hay fuerza, razón ni lógica que constituya al “pueblo chavista”. Solo resta la razón de la fuerza representada en el ejército. En la Venezuela de hoy solo rige el poder de las armas. De ahí que el revocatorio es la única alternativa para restaurar la democracia. Así lo han entendido incluso sectores ayer afines al chavismo quienes, con toda la razón del mundo, no quieren pasar a la historia como subordinados de una dictadura militar; con o sin Maduro.

El RR16 adoptado por el conjunto de la oposición para hacer válida la destitución del gobierno y del régimen que representa, está inscrito en la propia Constitución. Todo intento por invalidar, desconocer o retrasar el RR16 es, por lo tanto, anti-constitucional.

El pueblo del Revocatorio actúa en primera línea en defensa de la Constitución. En segunda, de las instituciones que la representan (Asamblea Nacional entre otras) y en tercera, de la vía electoral como medio y forma para acceder al gobierno. Al lado del RR16 se encuentra la legalidad institucional, la legitimidad popular y la mayoría nacional. Esas son razones por las cuales el llamado al RR 16 no puede ser comparado con otras alternativas de protesta popular como las que tuvieron lugar en Venezuela en Febrero del 2014.

El llamado del 2016 no solo es constitucional. Además, es constitucionalista. No solo es legítimo. Además, es legal. No surge después de ninguna derrota electoral (como fueron las elecciones municipales de 2013) sino después de la aplastante victoria del 6-D del 2015. No emerge desde una oposición dividida sino de una que ha alcanzado el máximo punto de unidad. En otras palabras, el RR16 no solo es fuerza mayoritaria. Es también la principal fuerza hegemónica del país. Este último punto hay que subrayarlo pues si bien no toda mayoría es hegemónica, toda hegemonía debe ser mayoritaria.

El RR16 obedece a la lógica de una última ratio. Luego, su legitimidad no proviene solo del hecho de que la gran mayoría del país lo aprueba. Si así fuera, sentaría un peligroso precedente para el futuro pues cada gobernante podría ser destituido cada vez que pierda la mayoría electoral.

El RR16 debe ser puesto en práctica no porque proviene de la mayoría, sino por una razón de extrema urgencia, a saber: que todas las alternativas para que el gobierno hubiera enmendado su rumbo anti-constitucional ya han sido agotadas. La necesidad del RR16 surgió recién con fuerza cuando estuvo claro que el gobierno Maduro intenta clausurar a la AN mediante usos ilícitos, confiriendo poder legislativo al oficialista TSJ.

El Parlamento, con todos sus defectos, es la voz del pueblo. No solamente es el órgano destinado a promulgar leyes. Es antes que nada el centro del debate y por lo mismo del diálogo entre las diversas fuerzas que constituyen a la política de una nación. Es por eso que la democracia de nuestro tiempo es y debe ser parlamentaria. Sin parlamento no hay democracia. El parlamento es – dicho de modo taxativo ─ la democracia. Luchar por la vigencia del Parlamento no significa solo defender las voces de las mayorías sino también la de las minorías, incluyendo también a las del chavismo.

El régimen que representa Maduro ha provocado el más grande desastre económico que conoce la historia de su país, ha anulado la independencia de los poderes públicos, ha militarizado el poder político y hoy pretende desconocer al propio sistema electoral que lo llevó al poder, es decir, al pueblo como poder constituyente.


Por esas razones, y no solo por haber perdido la mayoría, Maduro y su régimen deben ser revocados. En nombre del pueblo, de la Constitución y de las Leyes.

sábado, 13 de agosto de 2016

LA LÓGICA DEL MAL


Vladimiro Mujica
(Tomado del Blog POLIS)


Tomo prestado el título de un libro de William Brustein sobre los orígenes sociales del partido nazi. En su obra el sociólogo estadounidense sostiene que la afiliación al partido nazi se produjo en buena medida por elección racional, es decir que el partido presentó como oferta política algo que resultó por ser muy atractivo, sobre todo desde el punto de vista económico, para los sectores de clase media que terminaron por apoyarlo. La tesis de Brustein ha sido muy criticada porque deja de lado el análisis de la influencia que tuvieron los atractivos más “irracionales” del mensaje nazi, como el ultranacionalismo y el antisemitismo, en el proceso de afiliación al nazismo. En cualquier caso, las implicaciones tanto de la tesis de la elección racional como de la contribución que los prejuicios, el racismo y otros elementos irracionales pueden tener en el surgimiento de un fenómeno social y político horrendo como el nazismo son devastadoras. Cómo se construyen realidades y ficciones que se alimentan de los miedos y frustraciones de la gente sigue siendo un tema fascinante y oscuro de la comunicación política.

Salvando las distancias históricas y culturales, y por odioso y exagerado que parezca a primera vista, es instructivo comparar el crecimiento del PSUV con el proceso de crecimiento del nacionalsocialismo en Alemania. En ambos casos, las dos naciones atravesaban por una crisis del sistema político -agravada en Alemania por una agobiante situación económica producto de la I Guerra Mundial- que abrió la puerta para el surgimiento de dos dirigentes mesiánicos, Chávez y Hitler, que construyeron plataformas políticas con un mensaje de cambio revolucionario arrollador. El mensaje contenía en ambas instancias referencias importantes a la historia y la cultura nacionales, el pangermanismo y la supremacía histórica aria en el caso de Alemania, y el árbol de las tres raíces y la apropiación de la gesta y el espíritu bolivariano como inspiración de la revolución chavista en el caso venezolano. Los dos movimientos construyeron un mensaje con fuerte arraigo popular que contenía elementos de fractura, odio y división social basados en la frustración y el resentimiento. Ambos se apartaron cada vez más de un inicial espíritu de democracia tumultuaria para cederle el paso a un esquema aún más negativo de dirección autoritaria y represiva, que castigaba especialmente a la disidencia interna. Ambos llevaron a sus respectivas naciones a catástrofes, y quizás la diferencia más prominente en esta comparación es que el nazismo arrastró a Alemania a su destrucción al lanzarla a una guerra contra el mundo civilizado, mientras que la oligarquía chavista se ha planteado una guerra contra su propio pueblo. Una guerra que tiene distintas facetas pero que se resume en la aberrante y prepotente ignorancia de todo el daño que el desgobierno chavista está causando a Venezuela y a sus posibilidades futuras de construir bienestar para su gente. Parece ser que la máxima de capataces que se ha instalado en el gobierno es “Venezuela será nuestra o no será de nadie, porque arrasaremos con ella”.

La decisión de avanzar en la dinámica del enfrentamiento entre venezolanos está íntimamente vinculada con el convencimiento que tiene la oligarquía chavista de que ha perdido el favor popular. Aquí también hay un paralelismo histórico interesante con los últimos días de Hitler en los que el Führer confesaba amargamente que no le importaba la destrucción y derrota del pueblo alemán porque ese pueblo no había sido capaz de defender el ideal nazi y a su líder.

El último episodio del despropósito chavista de cerrar las fuerzas a cualquier salida democrática, pacífica y constitucional de esta tragedia histórica, es la resolución del CNE de dejar en el aire la fecha de los eventos indispensables para la realización del RR-2016. La lógica del mal, promovida desde el alto gobierno y sus cómplices, avanza aquí sobre el supuesto fundamental del miedo de la gente a la violencia. Los mecanismos están por supuesto conectados con la represión y el control de las fuerzas armadas y los grupos paramilitares del cual presume el régimen. A ello se le une el yugo social, mental y espiritual que supone la administración despiadada de la pobreza, la miseria y el desabastecimiento, como herramientas de control de la población.


El develar la lógica del mal tiene un efecto político y espiritual sobre la gente, porque la lleva a entender que no hay ningún motivo para resignarse ni para que avance la desesperanza. A la oligarquía chavista no le asiste ninguna razón, ni histórica ni jurídica. A Venezuela no le caído ninguna maldición bíblica por nuestra conducta despreocupada en dar por sentadas la democracia y la libertad y creernos el mejor país del mundo, quizás nuestra culpa primaria como sociedad, junto con permitir el crecimiento de la pobreza y la exclusión, en abrirle la puerta al malhadado experimento chavista. No, no se trata de ninguna expiación religiosa de culpas. El asunto es mucho más mundano, Venezuela es presa de un proyecto corrupto de poder que comenzó teniendo una amplia base popular que hoy se achica día a día. Continuar y vencer en la batalla épica para salir de este hueco histórico depende de una casi mágica combinación de liderazgo valiente y decidido con que la gente se crea que vale la pena arriesgarse a la desobediencia ciudadana y lo que ella implica. Una navegación difícil y turbulenta donde estamos obligados a defender las opciones constitucionales y a resistir la tentación de la violencia y el caos al que el gobierno del mal pretende arrastrar el país.

jueves, 4 de agosto de 2016

Revocatorio Sí... Express

La verdad es que no se aguanta la vergüenza que sentimos los venezolanos al ser conocidos en el mundo como un país donde gobierna un narco régimen, en el cual, el recién nombrado ministro de Interior, Justicia y Paz ha sido señalado como jefe de un cártel de drogas. Tal nombramiento no asombra ante la amoralidad desplegada por quienes se han adueñado del país. Es hasta lógico que sus altos funcionarios sean personajes señalados en el mundo como narcotraficantes, total, hasta sobrinos e hijos de crianza de quienes despachan desde Miraflores, están acusados y "privados de libertad" por los mismos delitos de este recién nombrado ministro