domingo, 6 de noviembre de 2016

Capítulo LVII: El “Socialismo” castrista. Segunda Parte. “Amigos, aliados y enemigos. Un análisis crítico de la Era del castrismo”.

Mario J. Viera


Existen elementos en las proyecciones de la política de Castro que debemos tomar en consideración para definir el meollo de su ideología político-económica:

Frustración histórica. Por muchos años el independentismo cubano había librado sangrientas batallas para separarse del dominio español. Se había conocido la amargura de firmar en 1878 un armisticio que ponía fin a diez años de acciones bélicas, que se conocería como Pacto del Zanjón. En 1895, en gran parte debido a la pasión de José Martí de unir a las emigraciones cubanas en Estados Unidos, se inicia, la que el denominaría “guerra necesaria”, el esfuerzo definitivo para alcanzar la independencia nacional. Sin embargo, los independentistas tienen que aceptar la humillación que constituiría la intervención de Estados Unidos en el conflicto y que pondría fin del dominio español sobre la isla. A las tropas del general mambí Calixto García, el mando militar americano, le prohíbe la entrada en Santiago de Cuba. Posteriormente, Primero de enero de 1899, se establece un gobierno interventor de Estados Unidos que estará vigente hasta el 20 de mayo de 1902 cuando asume la presidencia de la nación Tomás Estrada Palma luego que los constitucionalistas de 1901 se vieran obligados a aceptar una enmienda a la Constitución que le reconocía a Estados Unidos derecho de intervención en los asuntos internos de la nación. Castro, hijo de un quinto español que luchara en las filas ibéricas contra los mambises, había heredado de su padre la frustración del 98.
En su discurso inicial del primero de enero de 1959, Castro afirma: “Esta vez, por fortuna para Cuba, la Revolución llegará de verdad al poder.  No será como en el 95 que vinieron los americanos y se hicieron dueños de esto. Intervinieron a última hora y después ni siquiera dejaron entrar a Calixto García que había peleado durante 30 años, no quisieron que entrara en Santiago de Cuba (…) La República no fue libre en el 95 y el sueño de los mambises se frustró a última hora (…) Podemos decir con júbilo que en los cuatro siglos de fundada nuestra nación, por primera vez seremos enteramente libres, y la obra de los mambises se cumplirá”.

Este mismo concepto de frustración histórica lo volverá a expresar en su discurso ante el Club de Rotarios el 15 de enero de 1959: “…los mambises lucharon 30 años y, mala suerte, ¡mala suerte!, cuando se acabó la Guerra de Independencia se quedaron en la calle los voluntarios, los confidentes, los enemigos del país, y los que gobernaban la república no eran los cubanos, eran los extranjeros los que gobernaban la república. Esa ocupación extranjera fue la causa de muchos de nuestros males. (…) ¿qué hicieron? Privaron al pueblo de sus prerrogativas de gobernarse, privaron al pueblo de su soberanía (…) Y se implantó la Enmienda Platt, que, o nos portábamos bien — bien en el sentido y en el concepto que le interesaba al país extranjero —, o nosotros perdíamos nuestra soberanía, por el derecho de intervenir en Cuba”; luego agrega: “…los cubanos solitos, solitos, sin que nadie los ayudara, tuvieron que luchar. Y cuando reunían armas en Estados Unidos se las quitaban — como nos la quitaban ahora también —; y después de tanto tiempo luchando, al final, se les impide recoger el fruto de su victoria. A Calixto García ni siquiera lo dejaron entrar en Santiago de Cuba”.

Y recalca en tales hechos en el texto de la Segunda Declaración de La Habana (4 de febrero de 1962): “Cuba cayó también en las garras del imperialismo. Sus tropas ocuparon nuestro territorio. La Enmienda Platt fue impuesta a nuestra primera Constitución, como cláusula humillante que consagraba el odioso derecho de intervención extranjera. Nuestras riquezas pasaron a sus manos…”

Tercera vía: José Rodríguez Elizondo[1] hace notar la similitud existente entre el líder fundador del APRA, Víctor Haya de la Torre y Fidel Castro. Haya de la Torre “predicaba un radicalismo ‘indoamericano’, sin concomitancias con el comunismo, definido, simbólicamente, por la consigna ‘ni pan sin libertad, ni libertad sin pan’. La misma consigna ─ ¿casualmente? ─ que utiliza Fidel Castro en 1959, en su complicada visita a Nueva York”. En esa “complicada visita” Castro daría una categorización humanista a la revolución. En el discurso que pronunciara en Central Park, New York el 22 de abril de 1959 diría: “Nuestra revolución practica el principio democrático, por una democracia humanista. Humanismo quiere decir que para satisfacer las necesidades materiales del hombre no hay que sacrificar los anhelos más caros del hombre, que son sus libertades; y que las libertades más esenciales del hombre nada significan si no son satisfechas también sus necesidades materiales”, entonces agregaría, aquella frase tomada del líder del APRA: “Ni pan sin libertad, ni libertad sin pan; ni dictaduras del hombre, ni dictadura de clases, dictaduras de grupos, ni dictaduras de casta, ni oligarquías de clase: gobierno del pueblo sin dictaduras y sin oligarquías: libertad con pan sin terror; eso es humanismo”.

A penas un mes después, Castro habla en el Consejo Económico de los 21, que se celebraba en la Argentina. Allí advierte: “Si nosotros estamos sinceramente preocupados de que nuestros países vayan a caer en manos de dictaduras de izquierda, justo y honrado es que mostremos igual preocupación porque los pueblos no caigan en manos de dictaduras de derecha, porque, en definitiva, ese es el verdadero ideal democrático, lo que América Latina quiere, a lo que América Latina aspira, porque a los pueblos les mostramos una cara del mal y les ocultamos otra cara igualmente fea del mal”. Entonces se refiere a la falta de fe que entre los pueblos de América existe hacia la democracia; “a los pueblos ─ dice ─ les hablan de democracia los mismos que la escarnecen, los mismos que se la niegan y los pueblos no ven más que contradicciones por todas partes”. Es por ello que los pueblos han perdido la fe en la democracia y esa fe, en sus palabras, se hace necesaria para alcanzar el ideal democrático: “no para una democracia teórica, no para una democracia de hambre y miseria, no para una democracia bajo el terror y bajo la opresión, sino para una democracia verdadera” y agrega concluyendo esta idea con la misma frase prestada que empleara en New York: “una democracia verdadera, con absoluto respeto a la dignidad del hombre, donde prevalezcan todas las libertades humanas bajo un régimen de justicia social, porque los pueblos de América no quieren ni libertad sin pan ni pan sin libertad”.

Pero, además de la influencia de Haya de la Torre, es evidente que en Castro existían fuertes influencias del líder populista y carismático de Argentina Juan Domingo Perón hacia su posición de la tercera vía formulada sobre el distanciamiento tanto del capitalismo de Washington como del socialismo de Moscú. Castro plantea el mismo conflicto entre comunismo y capitalismo, tal como lo expuso el 21 de mayo de 1959: "El capitalismo deja abandonado al hombre; el comunismo, con sus conceptos totalitarios, sacrifica sus derechos. Nosotros no estamos de acuerdo ni con unos ni con otros. Nuestra revolucion no es roja, sino verde olivo. Lleva los colores del ejército rebelde de la Sierra Maestra". Su revolución “humanista” debería transitar por la tercera vía apartándose al mismo tiempo de ambos sistemas político-económicos, tal como el fascismo se definía a sí mismo en la palabra de Mussolini: “El fascismo rechaza frontalmente las doctrinas del liberalismo, tanto en el campo político como económico”.

Omnipotencia de la revolución: La Revolución es el Estado, en ella se insumen todos los poderes del Estado. Es fuente primordial de derecho, es la conductora de todas las actividades de la sociedad: “…dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos; y el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y de existir, nadie — por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera —, nadie puede alegar con razón un derecho contra ella”[2].

El nuevo orden es nacido de la Revolución y de sus leyes, fuera de su principio de legalidad, ¡nada! Y dice Castro el 13 de marzo de 1959 en discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial:

“…hay dos clases de leyes:  las leyes de antes — que las hicieron los intereses creados —, y las leyes de ahora —que las vamos a hacer nosotros.  Nosotros seremos muy respetuosos de las leyes, pero de las leyes revolucionarias.  Seremos muy respetuosos del derecho, pero del derecho revolucionario, no del derecho viejo, sino del derecho nuevo que vamos a hacer.  Para el derecho viejo, nada, ningún respeto; para el derecho nuevo, todo el respeto.  Para la ley vieja, ningún respeto; para la ley nueva, todo el respeto”.

Porque la revolución es una o se está a favor de ella o en contra de ella, porque ella es la solución a todos los problemas nacionales y Castro lo enfatiza: “la Revolución es una, y se está con ella o se está contra ella, porque aquí no hay margen para otras posiciones, porque a nosotros nadie nos va a superar la parada, porque creo que tenemos un récord en realizaciones en cuatro meses, y hemos apuntado hacia una revolución verdaderamente profunda, que cuando haya cumplido sus objetivos muy pocas cosas quedarán por hacer en nuestra patria”[3].

Nacionalismo: El de Castro, un “nacionalismo revolucionario proto o paramarxista” lo calificaría el ya citado José Rodríguez Elizondo, en parte acertadamente y en parte no; de modo más simple lo define Luis Cino Álvarez[4] cuando lo denomina “enfermizo nacionalismo patriotero”. Los planes idílicos de Castro para el desarrollo, tanto de la agricultura como de otros sectores productivos tenían un marcado acento nacionalista: “si sembramos arroz, perjudicamos intereses extranjeros; si producimos grasa, perjudicamos intereses extranjeros; si producimos algodón, perjudicamos intereses extranjeros; si rebajamos las tarifas eléctricas, perjudicamos intereses extranjeros; si rebajamos las tarifas telefónicas, perjudicamos intereses extranjeros; si hacemos una reforma agraria, perjudicamos intereses extranjeros (…) porque hemos hecho leyes revolucionarias que perjudican privilegios nacionales y extranjeros es por lo que nos atacan, es por lo que nos llaman comunistas…”[5] Sin embargo, todos estos grandes proyectos de independencia económica resultaron irrealizable o terminaron en un completo desastre, y agregaría en este discurso, empleando sus acostumbrados epítetos ofensivos: “Entonces, ¿de qué nos acusan, miserables? ¿De qué nos pueden acusar sino de haber implantado medidas en beneficio de Cuba? ¿De qué nos acusan, descarados y cínicos, de qué nos acusan? ¿De qué nos acusan, criminales, de qué nos acusan, traidores, sino de hacer medidas cubanas y en beneficio de Cuba?” Su propuesta era un rechazo nacionalista a todo lo extranjero, un ataque nacionalista a las producciones extranjeras: “Los que no son cubanos son los monopolios extranjeros; la que no es cubana es la Compañía de Electricidad; la que no es cubana es la Compañía de Teléfonos; los que no son cubanos son esos latifundios de la United Fruit Company y la Atlántica del Golfo; los que no son cubanos son los barcos que traen nuestros productos; lo que no es cubano es el arroz, la mayor parte del arroz que consumimos, de la grasa que consumimos, de los tejidos que consumimos y de los artículos industriales que consumimos; los que no son cubanos son esos trusts que explotan nuestras minas y obtuvieron concesiones privilegiadas; los que no son cubanos son esos intereses que obtuvieron la regalía de la concesión de la mayor parte de nuestra área con posibilidad de producir petróleo…”  Es un nacionalismo enmarcado dentro de los conceptos del APRA de Haya de la Torre de formación de un Estado benefactor, lo suficientemente fuerte tanto para promover el desarrollo de la industria nacional como para hacer frente al imperialismo. Anti feudal y antimperialista que reclama “el derecho de los pueblos a disfrutar de sus riquezas naturales y disfrutar del fruto de su trabajo”[6].

Y Castro sabe exaltar la fibra nacionalista de las muchedumbres que le escuchan con acatamiento sin razonamiento. Todo el conjunto nacional, todas sus instituciones estaban, según su concepto, sometido al control y a los intereses extranjeros y él y su revolución son los que estaban librando a la nación del dominio exterior: “¡El ejército era el instrumento de los intereses extranjeros y de los peores intereses nacionales, que por algo el ejército de Cuba tenía instructores extranjeros!” Y de nuevo insiste en esta indemostrable tesis, un mes después hablando en la Universidad de La Habana[7]: “No era un ejército nacional porque defendía intereses extranjeros, no era un ejército nacional porque tenía instructores extranjeros, no era un ejército nacional porque allí ciertamente no mandaban los intereses del país. Y aquello era perfectamente posible porque aquel ejército profesional no entraría nunca en conflicto con los intereses que representaban sus instructores y maestros (…) Ejércitos con instructores extranjeros, que raras veces pueden coincidir con los intereses del pueblo”. No obstante, movido por sus ambiciones de poder, hace a un lado esta tesis nacionalista y permite que el Ejército Rebelde, su ejército, reciba instructores soviéticos para su preparación militar, y hasta reforme sus estructuras militares y sus insignias para semejarlas a las estructuras e insignias propias del ejército soviético.

La identidad nacional y el rechazo a una supuesta aculturación por influencia de culturas extranjeras es un tema de identidad del pensamiento de Castro. En el discurso que pronuncia en la escalinata de la Universidad de La Habana, el 13 de marzo de 1960, expone:

“Tenemos nuestro temperamento, nuestra idiosincrasia, nuestro carácter nacional, nuestra manera de ser, a la cual habríamos tenido que renunciar hace rato, y a la cual habíamos renunciado en parte, porque ciertamente la influencia extraña, a través de todos los medios de divulgación, a través de la prensa, a través de revistas, a través de anuncios, a través de propaganda, a través de las películas, a través de los libros, había sido tan extraordinaria, que casi estaban ahogando el carácter nacional cubano, y los cubanos estábamos impotentes frente a eso, porque en realidad, casi casi nuestro pueblo iba renunciando a su carácter nacional, a su sentimiento nacional. (...) Así que, nuestro pueblo se vio sometido a un influjo extranjero constantemente, durante cincuenta años, sin que nadie se levantara a defender el espíritu nacional, a defender nuestra manera de ser, y eso realmente era terrible, porque con nuestro espíritu nacional habíamos renunciado a la defensa de nuestros intereses nacionales, y así, nos había llegado a parecer, como lo más natural del mundo que un guajira viviera con sus siete hijos a orilla de una guardarraya, mientras una compañía extranjera era dueña de miles y miles de caballerías de tierra. Nos había parecido natural que aquellos mayorales, que aquellos amos extranjeros de nuestra economía lo mismo arrojasen a las familias criollas a las guardarrayas que nos cobrasen los servicios públicos al precio que mejor les conviniera; que hubiesen convertido a nuestro país en una colonia, porque realmente habíamos perdido nuestro sentimiento nacionalista, que es para los pueblos el arma espiritual que los mantiene firmes en la defensa de sus intereses”.

Nacionalismo febril el de Castro confundiendo, con toda intención, las maquinaciones políticas de Fulgencio Batista para hacerse del poder con una conspiración extranjera. En este discurso del 27 de noviembre consideró que el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 era solo “consecuencia del sistema implantado en nuestra patria desde los inicios de aquella semicolonia o colonia y media que se dieron en llamarle con eufemismo República de Cuba; de aquel sistema que no implantamos, sino que nos implantaron las consecuencias de aquella política que nos impusieron, de los intereses que nos impusieron…”

Él cree ver un destino que le corresponde a Cuba alcanzar y que solo puede lograr “en la misma medida en que nosotros mantengamos pura la atmósfera de nuestra patria y puros los ideales de nuestro pueblo, Cuba podrá llegar lejos y Cuba podrá cumplir al fin sus destinos”[8]. Cuba será ejemplo de América y del mundo y gracias a la revolución que él impulsa: “…estamos aquí para hacer una patria nueva, sobre bases distintas, con medidas propias, que conduzcan a la felicidad de todos nosotros y que conviertan a Cuba en ejemplo de América y en ejemplo del mundo”[9].

Pero Castro necesita la existencia de un “enemigo objetivo” que le facilite la agitación nacionalista; un enemigo sobre el cual cargar todas las frustraciones nacionales y todos los errores propios y ese “enemigo”, que justifica y legitima a su revolución, se lo ofrecerían las políticas erróneas del gobierno de los Estados Unidos; es como ha anotado Joaquín Roy;

 (La) lamentable política de Washington en tratar inicialmente con el “problema” cubano, luego dejarse dominar por la inercia de la Guerra Fría, y terminar atrapado en una impresionante explotación hecha por Castro de los errores norteamericanos. La política de Washington ante Cuba facilitó tremendamente la construcción de un enemigo sobre el que cimentar un neo-nacionalismo cubano, necesitado de una fuerza cohesionante que no le legó la independencia.[10]  

Antiparlamentarismo:
Se otorga carácter de órgano soberano de la voluntad del pueblo cubano (poder Parlamentario) a las concentraciones de muchedumbres tomadas como Asamblea General que aprueban a mano alzada y aclamaciones las propuestas de la dirección de la revolución (Declaraciones de La Habana I y II). Para él, el Congreso no representaba a la Nación, sino representantes de los propietarios de empresas y de tierras. Así dice el 8 de junio de 1959 hablando en el acto de celebración del Día del Jurista:

 “…aquellos representantes — no eran representantes del pueblo en una mayoría, o en un número considerable, sino representantes de la compañía tal o más cual, que les pagaba la campaña; representantes de los intereses tales o más cuales, que mantenían su vigencia política — jamás se decidirían a aprobar medidas que estuviesen contra esos intereses”.

Esas palabras constituyen un eco cercano de las ideas de Jorge Eliécer Gaitán: “Democracia. ¿Pero cuál? …la democracia que tenemos ahora es la de la mentira y el engaño. ¿Acaso no es negación de la democracia la práctica de los hombres que dicen representarla y que se sientan en el Senado o en la Cámara de Representantes y, a pesar de que han sido elegidos en la farsa electoral, luchan y votan precisamente contra los anhelos de la multitud?”

No se reconoce el parlamentarismo, todo el Poder Legislativo y constituyente reside en el Consejo de Ministro. El Ejecutivo asumiendo la capacidad legislativa: “Es bueno sentar aquí que el Consejo de Ministros revolucionario, representativo de la inmensa mayoría del pueblo, es el poder constituyente de la República en estos instantes. Y que, si un artículo de la Constitución resulta demasiado viejo, si un artículo de la Constitución resulta inoperante, el Consejo de Ministros revolucionario, representativo de la inmensa mayoría del pueblo, transforma, modifica, cambia o sustituye ese precepto constitucional”[11].

El Parlamento para Castro son las concentraciones multitudinarias de sus seguidores, en donde expone ideas, propuestas y medidas que, por la gracia de su oratoria, reciben el beneplácito de las turbas. Un remedo burdo de las ecclesias griegas; y dice, ante la concentración campesina que ha convocado para el 26 de julio de 1959:

“Y una democracia tan pura y tan limpia, que la democracia engendrada en nuestra Revolución nos recuerda la primera democracia del mundo: la democracia griega, donde el pueblo, en la plaza pública, discutía y decidía sobre su destino”.

El Führerprinzip o principio del liderazgo. Desde los mismos comienzos como jefe guerrillero, Castro impuso el principio de autoridad por el cual él sería el líder indiscutible. Como Comandante en Jefe colocaría, luego del fracaso de la huelga de abril, todo el movimiento revolucionario, tanto el guerrillero serrano como el de los miembros de la lucha insurreccional urbana, bajo su personal dirección. Este principio de obediencia a él como Comandante en Jefe y máximo líder generaría el fenómeno del culto a su persona, en igual carácter apoteósico que Rudolf Hess le concedía a Adolfo Hitler:

“Hitler es Alemania y Alemania es Hitler. Todo lo que él hace es necesario. Todo lo que él hace es un éxito. Sin atisbo de duda el Führer es una bendición divina”. 

Sus apasionados seguidores alabarían su “indiscutible visión”, y su capacidad como “soldado de las ideas” y hasta se le consideraría “trascendente” “paradigmático” y maestro de todos, como le alaba uno de esos periodistas tarifados de su prensa controlada, Alfonso Cadalzo Ruiz, anotando:

“Con plena certeza puede afirmarse que Fidel Castro es el ser humano más trascendente de la segunda mitad del siglo XX y de lo que corre del siglo XXI. (…) En todos sus discursos ─ sin una sola excepción ─ así como en sus Reflexiones, aprendemos cada vez una nueva lección de historia, humanismo y ética. (…) Junto con Fidel pensamos y decidimos juntos en cada circunstancia histórica de nuestra vida patriótica por complicada que la situación haya sido”[12].

El Gemeinnutz geht vor Eigennutz (el bien común, prima sobre el interés personal)
Este es el principio del nacional socialismo, los intereses particulares se deponen ante los intereses de la Nación, del Estado, de la Causa. En Castro, la Revolución es prioritaria frente a los derechos de los individuos en particular. En el caso de las expropiaciones debidas a la Ley de Reforma Agraria, Castro se plantea la siguiente disyuntiva:

“¿Qué quieren? ¿Que paguemos? ¿Y dónde está la plata para pagar? ¿Quién se robó la plata? (…) ¿Qué quieren? ¿O que paguemos — lo cual no podemos, no podemos pagar en efectivo ─, o que dejemos la reforma agraria?  No podemos pagar, pero entre no pagar en efectivo y dejar de hacer la reforma agraria, optamos por no pagar en efectivo y hacer la reforma agraria…”[13]

Poner el interés de la sociedad por encima del interés personal, porque: “Es que hay gente que no se da cuenta que una revolución está teniendo lugar en Cuba.  Incluso el pueblo muchas veces no se da cuenta.  Sí, porque si se dieran cuenta no meterían tantos problemas personales que no tienen que ver nada con los intereses de 6 millones de habitantes (…) Pero es que el pueblo está acostumbrado al favorcito pequeño, al favorcito que le hacían los políticos, los concejales y los sargentos, y tienen que prepararse, todos tenemos que adaptarnos”[14].

Y Castro reafirma el principio del Gemeinnutz geht vor Eigennutz hablando en la clausura del Foro Nacional de Reforma Agraria el 12 de junio de 1959:

“Y ese es el mérito principal de la obra revolucionaria: haber logrado poner los intereses de Cuba por encima de los intereses particulares, hacer que nuestros compatriotas se preocupen primero por Cuba que por sus intereses particulares”.

El cooperativismo, primer paso hacia el estado corporativo: “En las zonas que fomentemos trataremos de organizar cooperativas agrícolas. ¿Para qué? Para no sacrificar las ventajas de la gran producción…” (Fidel Castro, 4 de abril de 1959, Asamblea de los Colonos)

Contradicción: Existe una contradicción permanente y sincera en la personalidad ideológica de Castro. Reconociendo que dentro de la sociedad existen injusticias; quiere suprimir las injusticias y, para ello, a la injusticia social opone la injusticia revolucionaria. Comprende que hay corrupción en la vida política y para salvar tal situación apela a soluciones de antipolítica suprimiendo el debate político por la unanimidad dentro de un solo y único cuerpo político. La revolución debe ser defendida de sus enemigos y en tal razón no se detiene para dictar sentencias de muerte y suprimir todo derecho que no sea el derecho de la supervivencia de la revolución. No sopesa lo necesario de lo posible y en consecuencia impone la arbitrariedad. Conoce que dentro de la sociedad existen injustas diferencias y se decide por suprimir esas desigualdades generando la desigualdad en la, solo imaginaria, igualdad social. Está convencido de que únicamente él posee la llave de la felicidad y que cualquier otro en su lugar no conducirá sus grandes ideales de justicia, soberanía e igualdad social. Rechaza la dictadura y para suprimir las causas que originan a las dictaduras impone una nueva dictadura, aún más cerrada que la que antes combatiera.



[1] José Rodríguez Elizondo. Crisis y Renovación de las Izquierdas. De la revolución cubana a Chiapas, pasando por “el caso chileno”. Editorial Andrés Bello. Santiago, Chile, 1995
[2] Fidel Castro. Palabras a los intelectuales. Discurso pronunciado el 30 de junio de 1961
[3] Fidel Castro. Discurso en el Palacio de los Trabajadores en la inauguración del Congreso de la Federación Nacional de Trabajadores Azucareros, 22 de mayo de 1959
[4] Luis Cino Álvarez. “Una dictadura, pero, ¿de qué tipo?”. Cubanet, mayo 16, 2016
[5] Fidel Castro discurso del 26 de octubre de 1959 en concentración frente al Palacio Presidencial
[6] Fidel Castro. Discurso del 19 de mayo de 1961 al habérsele otorgado el Premio “Lenin por la Paz”
[7] Fidel Castro. Discurso en la Universidad de La Habana, 27 de noviembre de 1959
[8] Fidel Castro, 4 de abril de 1959, Asamblea de los Colonos
[9] Fidel Castro. Discurso del 22 de mayo de 1959 en el Congreso de la FNTA
[10] Joaquín Roy. Cuba: el papel de EEUU, América Latina y la UE. Universidad de Miami
[11] Fidel Castro. Discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial 13 de marzo de 1959
[12] Alfonso Cadalzo Ruiz. Fidel: paradigma de una época. Radio Habana, 13 de agosto de 2016
[13] Fidel Castro. Discurso pronunciado en acto de celebración del Día del Jurista, La Habana 8 de junio de 1959
[14] Fidel Castro. Discurso pronunciado desde el Palacio Presidencial 13 de marzo de 1959

viernes, 4 de noviembre de 2016

Capítulo LVII: El “Socialismo” castrista. Primera Parte. “Amigos, aliados y enemigos. Un análisis crítico de la Era del castrismo”.

Mario J. Viera


¿Castro, comunista? Desde que asumiera el poder efectivo, más que el formal, Castro insistía diciendo que no era comunista, que la revolución no era comunista “cuando nuestra Revolución es tan cubana como nuestras palmas, cuando nuestra Revolución surge tan solo de las necesidades, de los sentimientos y de la idiosincrasia de nuestro pueblo” La revolución no es comunista “…y toda esta campaña de `comunista, gobierno revolucionario`, campaña falsa, campaña canallesca, que ni nos preocupa, ni nos asusta. El pueblo de Cuba sabe que el gobierno revolucionario no es comunista”. Y lo aclara ante el Conjunto de Instituciones Cívicas, “Llamarnos comunistas, ¿por qué? Llamarnos comunistas, ¿para qué? ¿Acaso para asociarse a los intereses extranjeros enemigos de Cuba? (…) ¡Si quieren llamarnos comunistas porque no perseguimos a los comunistas, que nos llamen comunistas porque no perseguimos a nadie!” De ningún modo ni la revolución ni él mismo son comunistas; y en el juicio contra Huber Matos, enfatiza afirmando: “Todo el que diga que la revolución es comunista es un contrarrevolucionario”; o en la concentración del 26 de octubre de 1959 cuando lanzara la siguiente interrogante: “¿Pero en qué postura se puede situar nadie que tan aviesamente, tan desvergonzadamente acuse al gobierno de comunista?”
 
¿Era sincero cuando definía su afiliación ideológica de no ser comunista o se trataba de una mentira a la que recurría en busca de apoyo popular? De acuerdo con Adrian Meshad, en su novela Elefantes Blancos, Ovejas Negras “el viejo comunista cubano, agente residente de la KGB en La Habana, Luis Mas Martín, que había participado en la formación de los cuerpos de seguridad e inteligencia de Cuba (…) solía manifestar a sus superiores que ‘al principio Fidel no era más que un anarquista, pero fue su empecinada enemistad con los Estados Unidos lo que lo hizo un candidato para ser conquistado por Moscú’”[1]. El dirigente trotskista argentino Hugo Miguel Bressano Capacete, conocido por el nombre de Nahuel Moreno y fundador del MAS, Movimiento Al Socialismo dijo en un discurso que pronunciara en Nicaragua:

Fidel era un gran líder de masas; fue candidato a diputado por La Habana; era centrista, anti izquierdista; combatía a los estudiantes de izquierda cuando era dirigente estudiantil. Y era un orador educado y ligado a los jesuitas. Por esto también la Iglesia lo apoyó a muerte. Fidel tuvo curas en la guerrilla, capellanes dados por la Iglesia[2].

Sí, Castro había estado muy ligado a los jesuitas durante su periodo de estudios en el Colegio de Belén, de la mano de aquellos sacerdotes jesuitas, había entrado en conocimiento del pensamiento político de José Antonio Primo de Rivera con el que pronto se identificó hasta tal punto que se dice se había aprendido de memoria algunos de los discursos del político español que fundara Falange española. Armando Llorente fue un sacerdote jesuita que ejercía como profesor en el Colegio de Belén y que llegara a ser amigo de Castro, es citado por Roberto Álvarez Quiñones[3], diciendo con respecto a Castro: “Estudiaba y leía mucho, con especial predilección libros sobre los conquistadores españoles y escritos de los líderes del nazismo y del fascismo, como Hitler, Mussolini y José Antonio Primo de Rivera (…) cantó conmigo el 'Cara al sol' veinte mil veces y con el brazo en alto”. 

El Dr. Grosso, que había compartido aula con Castro en la Universidad de La Habana y con quien mantenía una trivial amistad, me comunicaría verbalmente que Castro era un profundo simpatizante de Benito Mussolini. Grosso era hijo de un italiano residente en Cuba cuyo hermano era un dirigente del Fascismo en Cuba. Castro conocedor de esta relación de Grosso con representantes del fascismo le solicitó que le redactara un resumen detallado de la ideología de Mussolini y le pidió que le recomendara la biografía del Duce que él considerara como la mejor.

Castro no hablaba de lucha de clases, aunque lanzaba los peores ataques verbales contra los pudientes, contra los acomodados: “¡Qué necesitada está América de que en todos sus pueblos se diese un ejemplo como este! ¡Qué necesitada está de que los millonarios que se han enriquecido robándole el dinero al pueblo, perdiesen todo lo que han robado!” Exaltaba en su retórica con arte de elevada demagogia a los humildes en general, no a la clase obrera como fuerza directriz de las conquistas revolucionarias: “el pueblo que no está en los cabarets, el pueblo que no está jugando canasta, el pueblo que no está jugando póquer, el pueblo que no tiene palacetes de recreo ni tiene recursos para irse los fines de año a pasear a Europa”[4]. El 16 de marzo de 1959, incluso hasta insinuaba un rechazo a la lucha de clases: “…no se ha caracterizado, precisamente, el pueblo cubano por las pugnas de clases ni por los odios de clases. Yo diría que no existen siquiera marcadas conciencias de clase en Cuba, a tal extremo que muchas veces en los partidos políticos nos hemos encontrado una proporción similar de obreros, de campesinos, de profesionales, de hombres de negocios, y, en general, no hemos estado divididos por estratos, sino más bien por secciones que no han sido horizontales, sino más bien verticales”[5].

Su lenguaje no tiene ninguno de los matices propios del discurso marxista, el dirige su mensaje no a una clase social, sino a la masa, al conjunto abigarrado que identifica con “pueblo” y dentro del cual se incluyen los campesinos, los obreros y las “capas humildes de la población: “El pueblo, en su inmensa mayoría, el pueblo trabajador, el pueblo que desgraciadamente no tiene siquiera trabajo, el pueblo es lo que comprende a la inmensa mayoría de los campesinos, de los obreros y de las capas humildes del país”[6]. El campesinado como conjunto social de impulso a la revolución en contraposición con el marxismo que veía al campesinado como clase reaccionaria. Ni siquiera después de haber proclamado a la revolución como una de carácter socialista y declararse como marxista ab ovo, existe elemento alguno para definirle como un marxista-leninista de formación. El 22 de diciembre de 1975 se clausura el Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. Nada de palabrería marxista-leninista aparece en su discurso de clausura y nada de expresiones propias del marxismo-leninismo emplea en el acto de masas que había convocado para la clausura popular de ese congreso cuando proclama: “Hoy somos libres, hoy somos dueños absolutos de nuestro destino, y por eso podemos construir ese futuro. Llegaremos tan lejos cuanto seamos capaces de llegar”. Solo lo que siempre dijera, con su mismo estilo. Acaso existe una ligera concesión a la perorata comunista cuando dice: “¿Quién les iba a decir a los burgueses y a los reaccionarios que hoy todos seríamos comunistas? ¡Qué lástima para los burgueses! Que hoy todos enarbolaríamos las banderas del marxismo-leninismo, y que hoy un pueblo entero lucharía, con sus rojas banderas, por el socialismo y por el comunismo”. ¿Quién le hubiera dicho a él que un día se declararía comunista? Su comunismo es una translocación oportunista del falangismo hacia el marxismo.

Su lenguaje no tiene los matices característicos de los marxistas-leninistas, todavía no se ha separado de la retórica de Leo Huberman[7]; entonces el guion de su discurso no se diferenciaba en mucho del lenguaje de la izquierda bananera que se inspira en Las Venas Abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, libro editado cinco años antes: “Cuantas páginas han escrito los Estados Unidos de Norteamérica en sus relaciones con los pueblos latinos de este hemisferio, desde que arrebataron a México más de la mitad de su territorio hasta que propiciaron su criminal golpe fascista en Chile, que culminó con el asesinato de su ilustre, revolucionario y digno presidente Salvador Allende, pasando por la ocupación del istmo de Panamá, las sórdidas y piratescas intervenciones armadas en numerosos países de Centroamérica y del Caribe (...) tienen todas el mismo estilo de prepotencia, engaño, traición y violencia. Mediante estos procedimientos alevosos se apoderaron de las riquezas de toda América, impusieron a nuestros pueblos un sistema despiadado de explotación e inauguraron, primero que en ninguna otra región del mundo, los métodos neocolonialistas de dominio”[8]. 

Pero en los primeros años de su revolución, Castro no fundaba su fuerza política en la clase obrera industrial, sino en el ejército rebelde, y ese ejército, en lo fundamental, estaba integrado por miembros del proletariado agrario; su base era el campesinado, primariamente aquel que no poseía tierra propia y trabajaba la tierra de otros por un salario miserable. El programa que proclama desde la cumbre de las tribunas no se dirigen a rescatar al obrero de la dictadura del trabajo asalariado, su programa se dirige al rescate de la economía nacional en poder de extranjeros y muy especialmente de ciudadanos de Estados Unidos; no es un programa de proyecciones socialistas, aunque haga concesiones al populismo, “el pueblo lo puede todo; el pueblo es capaz de las más extraordinarias proezas”[9], es un programa eminentemente nacionalista que le aproxima a una posición de carácter chovinista. “Con otro pueblo que no fuese este, con otro pueblo que no tuviese las virtudes del cubano, no valdría la pena siquiera haber comenzado esta lucha” asegura el 21 de enero de 1959 ante una multitudinaria concentración ante el Palacio Presidencial. ¿Cuál era su propuesta?: Alcanzar la libertad política y la libertad económica: “Campañas contra el pueblo de Cuba, sí, porque quiere ser libre; campañas contra el pueblo de Cuba, sí, porque no solo quiere ser libre políticamente, sino económicamente libre también; campañas contra el pueblo de Cuba, porque se ha convertido en un ejemplo peligroso en toda la América”. Este pudiera ser el discurso de cualquier carismático líder populista, de algún tribunus plebis, pero no el propio de un marxista convencido.

Su programa, sí, es esencialmente antimperialista, pero en su antimperialismo nada hay que defina una declaración marxista. El imperialismo como él lo entiende concuerda con el antiguo criterio de expansión de dominio político y militar, como rechazo al corolario de Roosevelt y su diplomacia de las cañoneras: “¿cómo podrían mantener el control monopolista del petróleo, de los recursos naturales de otras naciones, si no fuese a través de sus escuadras, de sus aviones, de su infantería de marina, de sus ejércitos, de sus amenazas de guerra? (…) ¿Y cómo podrían haber intervenido en Nicaragua, en Guatemala, en México, y en otros países hermanos de América, sin sus escuadras, sin su infantería de marina, sin sus ejércitos poderosos?; ¿cómo podrían mantener cercenada la soberanía de tantas naciones del mundo, sin sus bases militares, sin sus ejércitos, sin sus escuadras?”[10] Su concepto de “imperialismo”  se aparta de la definición de Lenin como “fase superior del capitalismo” para casi coincidir con los presupuestos de Haya de la Torre, para quien las repúblicas latinoamericanas eran simples “Súbditas económicas de los grandes imperialismos”, y son esos imperialismos, en especial el de Estados Unidos, con su “diplomacia del dólar”, “los que controlan nuestra producción, cotizan nuestra moneda, imponen precios a nuestros productos, regentan nuestras finanzas, racionalizan nuestro trabajo y regulan nuestras tablas de salarios. Y son los intereses de ‘sus’ empresas y el provecho y prosperidad de “su” sistema lo que fijamente les ‘obsede’”[11]. Es que el líder del aprismo contrapone la tesis leninista del imperialismo diciendo: “según la tesis neomarxista, ‘el imperialismo es la última etapa del capitalismo’, esta afirmación no puede aplicarse a todas las regiones de la Tierra (…) Mas para los países de economía primitiva o retrasada a los que el capitalismo llega bajo la forma imperialista, esta es ‘su primera etapa’”.

Su programa es además, latinoamericanista y si se quiere, bolivariano y aprista ─ nueva concordancia con Víctor Raúl Haya de la Torre ─: “Parécenos que si se presentaran hoy ante nosotros, desde Bolívar hasta Martí, desde San Martín hasta Artigas, y con ellos todos los próceres de las libertades de América Latina, nos reprocharían al ver cómo nos encontramos todavía y se preguntarían si esta es la América que ellos soñaron, grande y unida, y no el racimo de pueblos divididos y débiles que somos hoy (…) Parecían como olvidadas las ideas de la unión de los pueblos de América Latina; incluso, no es que pensemos que ese sea un objetivo fácil; incluso, no fue el propósito de este viaje hacer una campaña en favor de esa unión.  La campaña se hace sola, la conciencia se está haciendo sola. Esa conciencia no la ha formado nadie, y mucho menos yo; es una conciencia con la que me encuentro, es una conciencia que se va despertando por sí misma y que simplemente no hacemos sino observar”[12]. No existe en este discurso ni la más velada mención a la lucha del proletariado, ni del internacionalismo proletario propio de los marxistas. Es un discurso, antes que todo, propagandista, un discurso para ganarse la opinión pública, primero de los uruguayos y por extensión, de toda la América Latina.

¿Era marxista leninista Fidel Castro antes del 16 de abril de 1961 cuando proclamó que la revolución que él conducía tenía carácter socialista y después, el 2 de diciembre de ese mismo año al reclamar diciendo: “Soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”? En Castro existe una dicotomía existencial donde se conjuga en una unidad de pensamiento la verdad y la mentira. Se pudiera colegir cual era, si alguna, la ideología que profesaba Castro antes del 16 de abril de 1961, pero sería una tediosa aventura intelectual tratar de definir cuál ideología profesara, digamos 30 años después, en 1991 cuando el desplome de todo el Bloque Soviético y la implantación del período especial en Cuba. No puedo aventurarme en dar una definición de la ideología castrista; lo que sí puedo afirmar es que Castro siempre ha sido un consumado oportunista.

Como el Dios bíblico creó al hombre a su imagen y semejanza, Castro creó un sistema de gobierno a su imagen y semejanza y por supuesto, un sistema con algo de estalinismo, con algo de fascismo, con algo de cualquier otra cosa desconocida al menos en el plano ideo-filosófico, pero no un sistema marxista-leninista y todavía, más absurdo que el modelo clásico del marxismo-leninismo. El sistema forjado por Castro, por su propia voluntad, se asemeja en mucho a lo que el trotskista Nahuel Moreno ha denominado “partido-ejército”. Moreno señala que las características de ese sistema, son “todas opuestas al leninismo: 1. El poder absoluto está en manos del partido-ejército que hizo la revolución. Estos partidos-ejércitos son pequeñoburgueses y burocráticos, no obreros (…) 2. El régimen político es totalitario a) No hay ninguna libertad para los obreros afiliados a sus sindicatos o a sus otras organizaciones (…) b) Unipartidismo, Sólo se permite la existencia de un partido o de un falso frente oficial, gobernante. c) Absolutamente ninguna libertad (…) d) Los sindicatos son órganos del estado. Bajo Lenin, los sindicatos son independientes del estado. 3. Un régimen para construir el socialismo en un solo país. 4. Un partido (…) burocrático, totalitario y nacionalista Todas las características del régimen las tiene el partido gobernante, como no podía ser de otra manera”[13].

En Rusia fue el partido de los bolcheviques el que impulsó la revolución apoderándose de los soviets (Consejos) de obreros, soldados y campesinos surgidos de la revolución de 1905 que se integraban con representantes de las diferentes organizaciones anti zaristas, bolcheviques, mencheviques y social-revolucionarios. La consigna lanzada por el partido bolchevique, “Todo el poder a los soviets”, determinó el triunfo del leninismo en la Rusia zarista. En Cuba, no existía un partido que dirigiera la revolución con un programa definido. La dirección de la revolución en Cuba fue conducida por Fidel Castro como Comandante en Jefe y el Ejército Rebelde sería el sustituto de un partido. El poder no fue impulsado por ningún órgano legislativo independiente, el legislativo sería secuestrado por el Gobierno Revolucionario. Luego de consolidada la revolución se hacía necesario crear un partido para seguir consolidando el poder. El verdadero poder residió en el partido-ejército rebelde. Ernesto Guevara diría entonces: “Estamos ya en las proyecciones sociales del Ejército Rebelde, tenemos una democracia armada (…) El Ejército Rebelde es la vanguardia del pueblo cubano (…) el Ejército Rebelde es un cuerpo en crecimiento cuya capacidad sólo está limitada por el número de seis millones de cubanos de la república”[14]. Castro declararía que el Ejército Rebelde era el “factor unificador de todo el pueblo”.

Castro no tiene la capacidad de pasar por alto las críticas que se le hagan; lo considera como una ofensa personal y él es incapaz de olvidar una ofensa y no perdona; no perdonó al Partido Socialista Popular por haber condenado el asalto al Moncada calificándole como acto putchista pequeño burgués. Usó a los comunistas para lograr sus propósitos personales. Les necesitaba por la experiencia política que poseía el PSP y porque ese partido sería el puente imprescindible para alcanzar el apoyo y sustento de la Unión Soviética en relación quid pro quo. El PSP quedaría disuelto dentro de la mega organización de las ORI ─ al igual que el Directorio Revolucionario ─, luego ajustaría cuenta con los comunistas ortodoxos que dentro de las ORI seguían a Aníbal Escalante iniciándose entonces una verdadera cacería de brujas contra viejos comunistas que se conocería como “proceso contra el sectarismo”. La página web de búsqueda EcuRed refiriéndose a esto del sectarismo dice: “Los principales dirigentes de la misma (corriente política del sectarismo) buscaban copar los principales puestos de dirección del Estado y la economía del país, apartando de los mismos a los miembros del Movimiento 26 de Julio y el Directorio Revolucionario 13 de Marzo, a los que identificaban como elementos pequeños burgueses”. Nota curiosa esta, porque fue precisamente esa “corriente política” la que denunciaron el ex presidente Manuel Urrutia, el ex jefe de la Fuerza Aérea Díaz Lanz y el comandante Huber Matos ─ los “Tres Mosqueteros” los denominaría peyorativamente Castro ─ y por lo cual se viera obligado a dimitir Urrutia, desertar a Díaz Lanz y Huber Matos ser condenado a prisión acusado de contrarrevolucionario. Comenzaron las purgas contra los antiguos militantes del PSP. En 1964 se llevaba a cabo el show mediático del juicio público contra el militante de la Juventud Socialista Marcos Armando Rodríguez acusado de ser el autor de la delación de Humboldt 7 y con consecuencias para el alto dirigente del PSP Joaquín Ordoqui Mesa, destituido de su cargo como Viceministro de las Fuerzas Armadas y detenido en su vivienda hasta su muerte en 1973, por supuestamente haber protegido a Marcos Rodríguez; la misma suerte sufriría su esposa Edith García Buchaca, también antigua dirigente del PSP y vicepresidenta del Consejo Nacional de Cultura.



[1] Adrian Meshad. Elefantes Blancos, Ovejas Negras. Novela, URIEL Ediciones, Maryland, USA, 2005
[2] Nahuel Moreno. Discurso sobre las perspectivas y la política revolucionaria después del triunfo de la revolución nicaragüense. Cit. por Maximiliano Cavalera. HISTORIA. - A 52 años del triunfo de la revolución, la burocracia castrista acelera la restauración capitalista. El Socialista Centroamericano, 15 enero 2011
[3] Roberto Álvarez Quiñones. La historia lo condenó: rasgos fascistas de Fidel Castro. Diario de Cuba, 5 agosto 2015

[4] Fidel Castro. Discurso en la Alameda de Paula, 9 de abril de 1959
[5] Fidel Castro. Discurso ante la Sesión Plenaria del Comité Conjunto de Instituciones Cívicas cubanas. 16 de marzo de 1959

[6] Fidel Castro. Discurso del 22 de mayo de 1959 en el Congreso de la FNTA
[7] De acuerdo con Wikipedia, Leo Huberman (20 de octubre de 1903-9 de noviembre de 1968) fue un escritor socialista estadounidense. En 1936 escribió su obra más importante, Los bienes terrenales del hombre, en la que hace un análisis acerca de los cambios en las fuerzas productivas desde el medioevo hasta su tiempo; la narración entera menciona, que todos los males, sin excepción, han venido al mundo por el capitalismo en sus mil formas históricas; la Iglesia siempre ha estado despiadadamente con los explotadores del pueblo. En cambio, todos los bienes de un paraíso terreno se tendrán dentro de la sociedad socialista con los postulados marxistas.    
[8] Fidel Castro, discurso del 19 de abril de 1976 por el XV aniversario de la victoria de girón, Teatro Carlos Marx, La Habana
[9]  Fidel Castro. Discurso en Ciudad Libertad el 31 de diciembre de 1960
[10] Fidel Castro. Discurso del 19 de mayo de 1961 al habérsele otorgado el Premio “Lenin por la Paz”
[11] Víctor Raúl Haya de la Torre. El Imperialismo y el APRA. Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2010
[12] Fidel Castro. Discurso pronunciado en la explanada municipal de Monte Video, Uruguay, 5 de mayo de 1959
[13] Nahuel Moreno. Revoluciones del Siglo XX. Cit. por Maximiliano Cavalera. HISTORIA. - A 52 años del triunfo de la revolución, la burocracia castrista acelera la restauración capitalista. El Socialista Centroamericano, 15 enero 2011
[14] Ernesto Guevara. Proyecciones Sociales del Ejército Rebelde. 27 de enero de 1959