viernes, 22 de julio de 2011

Sobre la enmienda Díaz-Balart

Acto de presencia
Ariel Hidalgo. EL NUEVO HERALD


Un congresista cubanoamericano elegido por votantes incautos impulsa un proyecto-ley para que esos viajes vuelvan a ser restringidos como en la época de Bush. ¿Quién tiene la potestad moral para decirle a un hijo cuándo y cómo puede ir a ver a su madre enferma o ayudar a sus hermanos en momentos de calamidades? Por mucho tiempo estas prohibiciones eran obra del gobierno cubano, temeroso del libre flujo de ideas de libertad entre la población, pero poco a poco se pudo ir ahorrando ese despreciable papel de mantener distanciadas a las familias en la medida en que ese trabajo sucio fue acaparado por los supuestos enemigos de la orilla opuesta. ¿A quién habrá que denunciar entonces con más severidad la violación del Artículo 13 de la Declaración Universal sobre el derecho de libre movimiento? Al parecer ese acto de presencia del cubano de la diáspora en tierra patria parece resultar incómodo para los poderosos de las dos orillas.

Un sector influyente de la comunidad cubana en Estados Unidos ha logrado hacer creer a muchos de sus compatriotas residentes en este país que el régimen imperante en Cuba se va a derrumbar cuando la economía colapse, cuando no haya luz eléctrica en los hogares, ni una gota de gasolina en los vehículos, ni un mendrugo de alimentos en los mercados. Entonces, dicen, el pueblo se lanzaría a las calles a romper vidrieras y a virar de cabeza los carros patrulleros. Y para todo ello, sostienen, es necesario que los cubanos dejen de enviar remesas a sus familiares y de visitarlos. Es decir, son los de allá los que tienen que pasar hambre y precariedades y son los que, eventualmente, tendrán que exponer su pellejo, su libertad, y quizás hasta su sangre y sus vidas, mientras que los que exhortan desde aquí a ese sacrificio seguirán disfrutando de sus lujosas residencias con jacuzzi y piscina, y comiendo en los mejores restaurantes.

Ellos mismos saben que todo eso es mentira, que si aumentan las precariedades no se van a lanzar a las calles sino al mar –el éxodo masivo que ha sido siempre la válvula de escape de toda posible olla de presión– y que aquellos que protesten serán violentamente reprimidos, porque no pueden haber consensuadas protestas multitudinarias sin la conciencia que sólo puede ser fruto del libre intercambio de las opiniones, y que si habría colapso económico, los únicos que de nada van a carecer serán los de arriba. Pasó en Camboya, se envió en masa a la población a cultivar los campos, las protestas fueron ahogadas en sangre y perecieron millones, si no de hambre, en las ejecuciones. Pues un pueblo en la precariedad no tiene tiempo de pensar en soluciones políticas de largo plazo cuando el estómago exige inmediatez, y hay que salir a la calle, no a derrocar a nadie sino a “resolver” el pan y la leche de los hijos que aguardan impacientes en el hogar.

Entonces, si saben que es mentira, ¿por qué mantienen esa retórica tremebunda? Porque en realidad no les importan las familias, ni el pueblo, ni la libertad. Lo que les importa no es Cuba y su futuro, sino sus intereses personales aquí y ahora; a los comentaristas porque ese discurso de barricada les gana audiencia; a los políticos, porque la protesta de línea dura les atrae votantes y contribuyentes; y a los líderes anticastristas porque las consignas altisonantes justifican el sentido de su existencia. A ninguno les convendría en realidad el fin de esa dictadura porque terminaría la fuente de todos esos beneficios y por tanto abogan por una política que, saben de sobra, no conducirá a esa libertad que tanto ansían aquellos que han creído en sus prédicas. En realidad todos ellos, que tanto condenan a los cubanos que viajan a Cuba porque supuestamente desmienten con sus actos su condición de refugiados, ya hace mucho tiempo dejaron de ser exiliados y se adaptaron a las reglas del juego de un nuevo medio para sacar el mejor provecho posible con lo único que sabían hacer: predicar el evangelio del odio.

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