jueves, 14 de junio de 2018

Novela en preparación: Una casita a la orilla del mar


Mario J. Viera


I

Todas las mañanas, antes de que el sol caliente demasiado, voy hasta la playa. No queda muy lejos de donde vivo, pero, no obstante, voy en mi viejo carro. Cuando llego a la playa, camino un poco por la blanca y húmeda arena, disfrutando la brisa marina y el adormecedor rumor de las suaves olas que se mueren en la orilla. Acostumbro siempre a sentarme en el mismo banco pintado de verde colocado bajo un uvero, y allí me quedo contemplando la azul distancia del horizonte y las aves marinas que vuelan en torno. A estas horas, pocos son los que concurren a este apacible lugar. Dicen, me dice la gente joven sonriendo, que son manías de viejo esta costumbre mía de acercarme al mar. Pero a mi nada me importa lo que puedan decir, porque ese par de horas que paso en la tranquilidad playera, me confortan y me ayudan a meditar, y pensar en las cosas del día y, también, recordar.

Quizá esto sea lo más importante: recordar. Y aferrarse a los recuerdos que, con el transcurrir de tiempo, se van haciendo borrosos o se confunden con los vividos en otras circunstancias. En ocasiones intento, y muchas veces fallo, agrupar cronológicamente las memorias de mi vida, distinguir las épocas y las fechas de mis vivencias. Las fechas... Algunos piensan que son muy importantes, y tal vez lo sean para los textos de historia, pero para los simples recuerdos, que llegan en torbellino y también en torbellino se escapan, no son ─ así lo creo ─ de importancia para uno que solo recapitula retazos de su vida. Puedo recordar los cumpleaños de mis hijos sin importarme mucho en qué años nacieron. Pero recuerdo muy bien, como si hubiera sido ayer mismo, dónde me encontraba y qué estaba haciendo, cuando nació mi primer hijo... ¡Cómo olvidarlo!

Fue aquella una época complicada, aquella cuando nació mi primer hijo. Yo estaba por cumplir mis 24 años... ¡Quién me habría dicho entonces que podría alcanzar la edad con que ahora cuento! ¡Ochenta y cinco años! ¡Sí, tantos!, pero todavía mi mente es clara y puedo pensar y puedo recordar, si hasta a veces, me olvido de la edad que tengo... Pero no me engaño, ¡ya no tengo aquellos años que tenía cuando nació Alfredito! Eso de ponerle Alfredo a mi primogénito, fue ocurrencia de mi mujer, por eso de mi nombre de Alfredo, pero Alfredo no es mi nombre. Me llamo Esteban Alfredo, no simplemente Alfredo, aunque todos los conocidos míos y hasta mis padres y mi esposa, siempre me llamaron por mí segundo nombre, Alfredo... ¡No sé por qué! Aunque realmente, para todos, ni siquiera me llamaba Alfredo, sino Alfre. Puede que este trastrueque de nombre se deba a que mi abuelo materno se llamaba Esteban, y... ¡claro está, ese nombre no podía ser del agrado de mi padre...! Si es que ese abuelo mío, el padre de mi madre, siempre estuvo opuesto al matrimonio de mi madre con mi padre. Y la razón era porque mi padre fue un sencillo empleado de ómnibus, un hombre pobre, sin una educación superior, y para mayores contratiempos, era comunista, y eso, mi abuelo no lo podía admitir y, nunca le perdonó a mi madre que se hubiera casado con mi padre. 

¡Qué tipo era ese mi abuelo! Un catalán coloradote dueño de una gran ferretería y propietario de dos edificios de apartamentos, y una pequeña casa que a nadie rentaba, además de tener, por Quivicán, unas buenas tierras rojas de cultivo. No era rico, pero se lo creía ser. Y con todos sus pujos, creo que ese abuelo mío era un putañero de los de primera, y, con más, bastante agarrete. Pero mi abuela, era una mujer opaca que, por más solvente que estuvieran, no dejaría nunca de ser una acuciosa ama de casa. Con ella todo tenía que estar bien limpio y bien ordenado. Sus sábanas al sol encandilaban a quien las mirara de tan blanca que eran. Las camas con sus sobrecamas bien estiradas, casi con la exigencia de un cuartel militar.

Siempre la recuerdo menudita y piadosa, mascullando oraciones sobre las cuentas negras de su rosario de azabache, y sentada en aquella mecedora criolla forrada de almohadones perfumados de lavanda. Su adorno más distintivo era su modo de conversar apacible y delicado, con ese donaire propio de las personas instruidas. Si junto a su cama nunca faltó un Imitación de Cristo de Kempis, tampoco dejaban de estar presentes, La Divina comedia de Dante Alighieri, algunos de los tomos de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós y hasta un voluminoso ejemplar de La Guerra y la Paz de León Tolstoi y, ¿por qué no?, también una edición en rústica de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Recuerdo que una de sus máximas favoritas, y que nos soltaba de vez en vez era aquella de: “Nuestra estimación y nuestro sentimiento, a menudo nos engañan, y conocen poco”, extraída del Kempis. Era todo lo contrario al ignaro de su marido cuyo único talento intelectual parecía que fuera el de contar dinero.

Mis abuelos paternos diferían en mucho de los maternos. Procedían de las Canarias, y habían llegado a Cuba, allá por el 1908, siguiendo a mis bisabuelos, los que, buscando mejores condiciones de vida, habían llegado dos años antes. En la provincia de Camagüey, mi bisabuelo adquirió diez caballerías de buenas tierras de labor, que, en aquella época, según me contaron, se vendían a muy bajo precio.

Pero mi abuelo no era hombre que se sintiera cómodo laborando en el campo. Él prefería las zonas urbanas y se quedó a residir en La Habana en un cuarto que un paisano suyo le había facilitado. Cuenta mi abuela que tenían dos hijos pequeños en aquel entonces y que ella se encontrada embarazada. Mi abuelo quiso ser albañil, o más bien, quiso continuar trabajando en la albañilería como lo hacía en la isla de Tenerife. Logró conseguir empleo en una brigada de constructores y salió muy dispuesto el primer día para emprender la labor. ¡Ah, él pensaba destacarse en aquel empleo! No le faltaba experiencia y habilidad, pero..., la albañilería en Cuba difería en mucho de la que él practicaba en su isla de origen. ¡Se empleaba ladrillos, cal, arena y cemento! Y de eso no tenía la menor idea, ya que siempre trabajó en construcciones de paredes de piedra que se cementaban empleando como mortero lodo y paja, ¡nada de cemento, arena ni cal!

Pero no se amilanó, ¡qué va! Era muy despierto y muy osado. Prestó atención en cómo hacían los albañiles criollos, y como sabía manejar muy bien la escuadra y la plomada..., le agarró el golpe al modo de hacer. En muy poco tiempo se convirtió en un hábil operario con la cuchara, la plana y la llana. No, si hasta llegó a ser, al cabo de pocos años, un experto maestro de obras... Y el dinero comenzó a llegarle y a mejorar algo su modo de vida. Pero si agarrete era mi abuelo materno, este otro, mi paterno abuelo, era un completo botarate y lo que le entraba por una mano se le escapaba por la otra.

Sabía hacer negocios y sacar buenos dividendos de los encargos que recibía y moverse dentro del mundo de las apariencias en los negocios; si hasta viviendo en una cuartería barata de La Habana Vieja se había encargado de tener a su servicio a un chofer particular, hasta con uniforme, y eso que no tenía auto propio, pero siempre había alguno que le prestaba el vehículo para que gestionara algún encargo o algún contrato. Mi abuela, Doña Carmen fruncía el ceño y murmuraba con enfado por toda aquella parafernalia que mi abuelo construía en torno suyo, pero él se echaba a reír y continuaba viviendo sus fantasías.

De este modo, todos los domingos, mientras mi abuela no dejaba de acudir a la misa, en la catedral, tampoco él dejaba de acudir a su lugar favorito, el bar del Hotel Ambos Mundos en la esquina de las calles Obispo y Mercaderes. Allá acudía vistiendo su traje de dril cien y su habitual, su sempiterno sombrero de jipijapa (nunca le gustaron los sombreros de pajilla, tan de moda en aquellos años treinta), bueno, se trataba de un lujo que gustaba darse... Las apariencias, que, pretendiendo a engañar a otros, terminan por engañar a uno mismo. Se trataba, por parte de mi abuelo, de conservar la “buena opinión”. Apenas le recuerdo, murió cuando escasamente yo había cumplido los ocho años de edad, pero en mi memoria guardo aquella jovialidad suya, aquella su alegría de vivir y su faceta de cuentero, no del cuentero que relata chismes, sino aquel capaz de fabular, de contar historias hilarantes de ficción, nacidas de su exuberante imaginación, que hacía de su Tenerife natal un mundo de fantasías, de lo real maravilloso, plagado de simpáticas brujas que volaban entre las nubes: “Abuelo, ¿y por qué en Cuba no hay brujas voladoras?” “Por las palmas que crecen en todas partes y, cuando su cogollo se abre, es como si en lo alto se abriera una cruz; es por eso que en Cuba no vuelan brujas, porque las brujas no pueden volar delante de la cruz”.

Doña Carmen, mi abuela paterna, siempre la recuerdo, de figura recta y de carácter aún mucho más recto. Una mujer que nunca se rendía; que poseía más madurez en sus años mozos, que la que hubiera podido alcanzar su marido en todos sus años. Sabía ahorrar. Siempre tenía guardado algún dinerito, de lo poco o lo mucho que lograba salvar, antes que mi abuelo lo despilfarrara. Así, en los momentos difíciles, siempre podía contar con algo para enfrentar la mala racha. Para ella lo superfluo siempre sería superfluo, gastar en bagatelas era como escupirle al rosario; mejor comprarles ropas a los críos, que gastar dinero en juguetes; ¿por qué hacer una cena de Navidad con exceso de golosinas y asados, con mucho arroz blanco y congrí y variedades de licores, si se podría celebrar la fecha con una modesta cena en familia? ¡Y no era una persona a la que pudiera llamarle de tacaña! Era una mujer pragmática, que ante la necesidad de algunos de sus cercanos no se prohibía negarle cualquier ayuda financiera, ¡para eso es el dinero!

En la viudez, viviendo sola, no se arredró y se fue a vivir en medio del campo, en el pedazo de tierra labrantía que heredara de su padre y atendía personalmente su plantío de caña y su plantación de plátanos. Ella misma, con solo el auxilio de un jornalero canario, desyerbaba con azadón, atendía al regadío y controlaba las cosechas. Y no temía vivir en la soledad del campo, porque “quien tiene a Dios, no siente temor y anda en buena compañía. ¡Nunca se está en completa soledad!”

lunes, 23 de abril de 2018

¿SABES DE QUÉ TENGO GANAS?


Fernando Mires. Blog POLIS

¿Sabes de qué tengo ganas?
Intérprete. Olga Guillot. Autor: Salvador Vásquez


¿Sabes de qué tengo ganas?/ de perderme en esta noche/ y entregarme a tu cariño/ ¿Sabes de qué tengo ganas?/ De dormir desde este viernes/ y despertar el domingo/ ¿Sabes de qué tengo ganas?/ De que el sol salga esta noche/ del amor hacer derroche/ hasta hacerte enloquecer/ De adorarte sin medida/ aunque después de esos días/ pasen dos o tres semanas/ sin mirarnos otra vez/ No me niegues lo que pido/ quiero ser feliz contigo/ entregarme a tu cariño/ entregarme sin medida/ ¿Sabes de qué tengo ganas?

La expresión “tengo ganas” puede ser ordinaria, pero de ser sincera, lo es. “Tener ganas” es la expresión vulgar de tener un deseo, del mismo modo que tener un deseo es la expresión vulgar de tener un anhelo. Resultaría muy cursi decir, por ejemplo, tengo anhelos de comer un bife. Los anhelos son deseos del alma; los deseos, anhelos del cuerpo; y las ganas, deseos más acuciosos del cuerpo (comer, beber, copular). De tal modo que lo que da forma al anhelo, al deseo y a las ganas es, antes que nada, el objeto del placer. El objeto determina, si no al sujeto, la forma del sujeto, o lo que es parecido: su modo gramático de representación. Si bien las ganas, los deseos, o los anhelos anteceden al objeto del placer, adquieren su “modo de ser” cuando aparece el objeto. El objeto del placer no crea el placer, pero le da sentido, lo ordena, lo configura y, en cierto modo, lo detiene.

Los placeres y sus objetos han sido temas predilectos de la filosofía, sobre todo de la filosofía moral. Y es evidente, porque si no existieran los placeres tampoco existiría la moral ya que el sentido de la moral es regular los placeres como también dictaminar cuáles nos están permitidos y cuáles no. La moral está hecha de renuncias y a lo que se renuncia es a lo que nos gusta, puesto que si no nos gustara no tendría sentido renunciar y la moral estaría de más. Y si hablamos de moral con relación a los placeres que nos depara la vida, más que recurrir a Kant, hay que dirigirse a Aristóteles quien es el filósofo moral por excelencia, hasta el punto de que para Aristóteles, el sentido primero y último de toda filosofía, era la moral. O mejor dicho: la ética.

La moral es imperativa y cuando ya está pre-escrita -sobre todo en mandamientos y leyes- es inapelable. La ética en cambio es discursiva, y surge como resultado no de un mandato sino del uso de la razón. Ahora, con relación al placer, Aristóteles diferenciaba entre los placeres que él llamaba “necesarios” y aquellos que consideraba optativos. Los placeres necesarios son los naturales y vienen del cuerpo y del alma (comer, amar, pensar); los optativos, como su nombre lo dice, tienen que ver más bien con la vida social (tener éxito, vestir bien, hacer riquezas). En los dos casos, el placer viene del displacer y el displacer es ausencia de placer. Todo displacer es “tener- un-no-tener placer”.

Siempre deseamos lo que no tenemos y lo que no tenemos y deseamos nos produce displacer y al mismo tiempo “ganas” de tener placer. Las “ganas”, con toda su vulgaridad, adquieren en este bolero una dimensión altamente erótica. Mediante el recurso de “tener ganas” el deseo de amor se transforma en un asunto de vida o muerte, lo que puede que no sea cierto, pero así expresado son las “ganas” semi-metáforas mediante las cuales Olga Guillot intenta hacer inteligible sus deseos de amor. Para ella como para Aristóteles, los placeres del cuerpo son “valores” que hay que conseguir como si fueran alimentos.

Aristóteles no habría sido griego si no hubiese acordado a los placeres un lugar importante en la vida. Sin embargo, como además de griego era filósofo, abogaba por una regulación ética de los placeres y en ese proyecto encuentra que los llamados displaceres pueden ayudar a dicha regulación. La ilimitación de los placeres, el así llamado “desenfreno”, puede ser, y lo ha sido en muchos casos -tanto para los individuos, como para las culturas- algo muy destructivo. De ahí deduce Aristóteles que los placeres deben ser condimentados con determinadas cuotas de displacer. Más aún, opinaba que bajo las condiciones de la regulación del placer que impone el displacer el goce del placer puede ser incluso más intenso que si no tuviera frenos. Esa paradoja la conocía Olga Guillot. No por casualidad ella anuncia que por un lado, tiene ganas. Pero, ojo: ella ha propuesto limitar sus ganas en el tiempo, a saber: desde el viernes hasta el domingo. Nada más que un fin de semana. Todas sus “ganas” serán concentradas en un simple week-end.

¿Por qué no prolonga sus ganas hasta el lunes o martes? Yo sé lo que me respondería mi amiga Diotima, la Cubana: “Pero chico, Olga tiene que trabajar el lunes”. De ahí entonces que las ganas de Olga aparecen, aún en este apasionado bolero, limitadas en su extensión temporal.

Ahora, supongamos por un momento que es cierto que Olga Guillot tiene que ir a trabajar el lunes. El trabajo es una obligación y asistir puntualmente al trabajo es también una obligación moral. Como decía Oscar Wilde: “todo lo que no hacemos por amor, es una obligación". Luego, entre las ganas amorosas de Olga y la obligación moral surge un compromiso: dedicarse intensivamente al amor desde el viernes hasta el domingo, y nada más.

Por cierto, el amor de Olga Guillot, como todo amor, quisiera prolongarse a lo largo de la vida y si fuera posible, más allá también. Pero una obligación, o lo que es casi igual, un displacer, detiene en este caso el avance del placer y al mismo tiempo evita el displacer que surge como consecuencia de un exceso de placer. Faltar el día lunes sin una justificación puede producir un displacer muy intenso en el lugar de trabajo. De acuerdo a este caso, el displacer ha sido puesto por Olga al servicio del placer. Del amor hacer un derroche, sí, incluso enloquecer, pero hasta el domingo y nada más. Punto. La limitación del placer en el tiempo puede llevar en muchos casos a un aumento de la intensidad del placer.

A veces pienso que es la limitación temporal la razón principal del placer. Pero no sólo del placer. Contaba Sigmund Freud que algunos pacientes hablaban vaguedades durante la consulta, hasta el momento en que Freud miraba el reloj y anunciaba: “Restan cinco minutos”. Entonces, en esos cinco minutos, el paciente contaba todo lo que no había querido o podido contar en cincuenta minutos. Así sucede con nuestras vidas. Si alguien nos asegura que el próximo mes vamos a morir, haríamos y diríamos en este mes lo que no hemos hecho ni dicho en toda una vida. La disminución del tiempo requerido puede ser en algunos casos condición de ganancia. Esa es la diferencia entre la economía clásica y la economía del amor. Y la palabra ganancia, no lo olvidemos, tiene también algo que ver con “tener ganas”.

La verdad es que la mayor parte de los placeres naturales son expansivos, en algunos casos, imperialistas, y la tendencia de los placeres es convertirnos en vasallos de su goce. El placer es placer del vivir y el vivir no quiere morir, de modo que el vivir busca extenderse más allá de la muerte. Frente a las tendencias expansivas del vivir no tenemos otra alternativa que oponer cuotas de displacer, y el displacer es la representación de la muerte. Por lo tanto, estamos obligados a dosificar el placer como el displacer, estableciendo, como Olga Guillot, relaciones de compromiso de los unos con los otros, intentando poner el principio de la muerte al servicio de el de la vida. No siempre logramos ese objetivo. Hay muchos que hacen un mal compromiso y la muerte termina imponiéndose. Al fin y al cabo, hacer buenos compromisos es casi un arte político.

Es cierto que no hay nada más alejado del amor que la política pero también es cierto que si queremos vivir sin sobresaltos, debemos practicar una política personal, mediando permanentemente entre nuestros deseos y nuestros deberes. Aristóteles recomendaba a sus oyentes (estuve a punto de escribir pacientes) elevar sus deseos hacia los placeres que proporciona el pensamiento pues el pensamiento -al anidar en las almas, y al ser las almas eternas- tiene muchos menos límites que el cuerpo, de modo que el goce espiritual puede ser mayor que aquellos que nos proporciona el cuerpo. Pero de todas maneras, recomendaba Aristóteles, no hay que abandonar a nuestro cuerpo. Sin ese cuerpo no podríamos pensar jamás. El problema central de toda ética, desde Aristóteles hasta hoy, es como lograr una armonía entre lo que no debemos y deseamos hacer y lo que debemos y no deseamos hacer.

No voy a citar esta vez a Diotima, la Cubana. Pero sí citaré a alguien que nos es muy familiar: Mafalda, la del famoso Quino. Decía una vez Mafalda: “El problema es que todas las cosas buenas de la vida tienen un “pero”: son ilegales; son inmorales o engordan”.

Referencias:

Aristóteles Nikomachische Ethik, Reclam, Sttutgart, 2004a
Aristóteles Topik, Reclam, Stuttgart 2004.

lunes, 12 de marzo de 2018

Caminando






Mario J. Viera

1.    Él y Ella

Bien, comencemos:

A manera de prólogo, solo a manera de prólogo, porque realmente no es un prólogo y, por tanto, no encabezo esta primera parte del relato con esa incómoda palabra de PROLOGO; porque el prologar es como resumir en pocas palabras todo el tema, toda la historia, el relato que se pretende narrar ─ aunque, en ocasiones, se escriben tan largos prólogos que agotan la paciencia del lector y resultan luego, que casi son un libro dentro de otro libro, del libro que se pretende prologar ─.

¡Coño, odio los prólogos! Debo confesar que nunca, nunca pierdo mi tiempo leyendo un prólogo. Pero requiero comenzar con una introducción, a manera de prólogo, como antes dije, que intente estimular el interés de ese supuesto, terrible, ignoto personaje ─ quizá el más importante de cualquier trabajo literario ─ que es el posible osado lector que decida leer estos garabatos lingüísticos que emplearé para narrar una historia.

Comencemos con el título de “Caminando”. Caminar, es un jodido verbo del español, sí, porque tal vez para algunos, este verbo se deriva de la palabra camino, aunque camino sea el lugar por donde se transita y caminar sea la acción de moverse, de ir de un lado hacia otro; sin embargo, como dijo el poeta: “Caminante no hay camino/ se hace camino al andar”. Se camina por los caminos y los caminos se trazan con el caminar. ¡Vamos, que se trata de eso que tan trilladamente se ha repetido, de una verdad de Perogrullo!

Quizá el concepto de camino en nuestra lengua se deba a una reminiscencia de los tiempos cuando se empleaban los caminos solo para caminar con nuestros propios pies sin el empleo de ningún otro medio de desplazamiento animal o mecánico; pero caminar es dirigirse a un lugar, a un destino y ¿para qué si no se utilizan los caminos? Entonces a partir del empleo de los caminos por donde nos desplazamos ¿habrá surgido la idea de andar?, porque andar es “Ir de un lugar a otro dando pasos”; pero, ¡coño!, si no damos pasos ¿cómo podemos caminar? ¡Qué jodienda! Pero andamos a caballo, andamos a pie, andamos en tren y nunca caminamos a caballo, ni caminamos en tren y solo caminamos a pie ¡por los caminos!

Se habla y se mencionan a menudo “los caminos de la vida” o las vías por las que nos conducimos para lograr un propósito dado; por lo que hay vías, caminos, honestos y honrados ─ modo de comportamiento moral según la Real Academia ─ para ganarnos la vida, para encaminar nuestro destino; como también se pueden emprender caminos (vías) deshonestos e inescrupulosos para alcanzar idénticos propósitos. ¡Todos transitamos por caminos! ¡Todos caminamos por la vida y trazamos nuestros propios caminos! ¿Hacia dónde, finalmente, nos conducen esos caminos? ¡Quién puede preverlo!  De lo que sí podemos estar seguro es que, según el camino que tracemos por la vida, sin ninguna duda esos caminos terminarán en ese algo siempre desconocido que se denomina hado o más coloquialmente dicho, destino. Y el destino es el tema de este relato, el de ese hombre sin nombre que un día subió a un ómnibus para dirigirse a cierto lugar...

Iba sentado en el ómnibus, aunque él preferiría decir que iba sentado en la guagua, porque aquello de ómnibus o de bus, le resultaba extraño, carente incluso de significado; y el ómnibus, la guagua transitaba por una amplia avenida, avanzando por aquel barriecito que aquel hombre tanto conocía, aunque tiempo había que por allí no andaba,

¿Por qué abordó aquella guagua y no otra? ¿Para qué iba en aquella barriada? ¡No lo sé y no me importa! Aquel hombre estaba sentado en aquella guagua y contemplaba displicente el aparente tránsito fugaz de edificios y viviendas que se alineaban al costado de la calle a la que tenía acceso su mirada. ¿En qué estaría pensando en ese momento? Tampoco lo sé y tampoco me interesa. El caso era que estaba en aquella guagua que se trasladaba por la amplia avenida de una barriada que le era conocida a este personaje.

Mirando por la ventanilla del vehículo, de pronto vio una casita pintada con descolorido azul, y la continuó observando mientras la guagua se alejaba. Y los recuerdos asaltaron su mente y una ligera sonrisa afloró en sus labios. Allí, en el portal de la casita de azul descolorido había visto a una mujer que estaba barriendo; una mujer realmente despampanante ─ ¿de dónde habrá salido esa palabra de despampanante para describir en toda su magnitud a una mujer verdaderamente despampanante? ─. En la mente de aquel hombre sonó ─ ¿sonó o se dibujó? ─ una afirmación nacida del recuerdo: “¡Todavía está buena!” Porque él la había conocido de antes... Había creído  haberle borrado de su mente con los años transcurridos desde... ¡No la había olvidado! Y la vio de nuevo, hermosa, deseable y femeninamente ¡despampanante! La vio ahora mientras el vehículo pasaba frente a la casa. Y quiso de nuevo poder contemplar la sonrisa de ella y ver el pícaro brillo de sus ojos pardos; y quiso de nuevo oler la fragancia de su cuerpo; y quiso de nuevo palpar la tibia suavidad se sus manos...

Cuatro calles más adelante, a toda prisa, descendió del vehículo, mientras se ajustaba una mochila a su espalda. Quería, al menos, intercambiar con aquel recuerdo con cuerpo de mujer, aunque solo fuera un “Hola ¿qué tal?”

Ella le vio cuando se acercaba. Interrumpió lo que estaba haciendo. ¿Qué expresión era aquella que se reflejó en su rostro? Si uno atentamente la observara podría considerar que era una expresión compleja, con un poco de asombro y un poco de alegría. Es muy difícil adivinar lo que hay detrás de cada gesto en el rostro de una mujer. Pero de inmediato su expresión facial se contrajo en algo así como un reflejo de disgusto o ¿contrariedad?, ¿desasosiego?, o todo entremezclado en una simple mirada.

A manera de saludo soltó ella una expresión como asombro: “¿Estoy viendo una visión, un fantasma en cuerpo de hombre?”

Él, respondió con un escueto “Hola”.

Estaban ahora de frente; él del lado de la acera; ella en el portal de su casa. Se miraron a la cara. El repitió su lacónico saludo: “¡Hola!”

Sin mucho énfasis en el tono de la voz le dijo ella:

_ Te ves igual, aunque también distinto...

Él: “Te ves igual que siempre... Pasaba por aquí y quise saludarte...

Le miró ella directamente a los ojos con aquella mirada que todavía él recordaba.

_ ¡Hace tanto tiempo!

_ Hace bastante tiempo; pero nunca te olvidé ─ dijo él aunque sabiendo que mentía.

_ Yo, en ocasiones ─ le dijo ella ─ me acordaba de ti.

Y ella no estaba mintiendo.

Ella le invitó a entrar. Y en la salita de la vivienda conversaron y revivieron recuerdos.

_ Un día desapareciste, te fuiste... Nunca después volví a saber de ti ─ dijo ella y era como si fuera un reproche.

_ Sí ─ reconoció él ─ Suceden así cosas que uno no hubiera deseado ─ Y nada más explicó y ella tampoco hizo alguna pregunta.

_ Deja ahí la mochila, y ven que te colaré café y seguimos hablando...

Ella coló café y él la acompañó a la cocina. Vivía sola, era evidente. Sentado en uno de los dos sillones oportunamente colocados en la cocina, él no dejaba de contemplarla mientras preparaba el café y enjuagaba unas tazas... y miraba su figura que él, veía esplendorosa, sus formas atractivas, sus suaves caderas, sus piernas, tan hermosas y bien talladas, como siempre habían sido y se dijo para sí, en su mente: “¡Qué rica está!”

Cuando quedó colado el café, ella le preguntó: “¿Te sigue gustando amargo el café?” Él negó con la cabeza y contestó: “Ahora lo prefiero dulce”.

Se sentó la mujer al lado del sillón que él ocupaba.

_El café dulce... ¿por qué? ¿Para quitarte algo amargo de tu vida...?

_ No sé. Quizá sea para recordar que hay dulzura que se pierden sin uno darse cuenta o quizá por culpa de uno mismo...

Y al decir, aspiró el aroma que se desprendía de la piel de la mujer y lo aspiró con deleite como quien huele el aroma de un vino noble. Ella sonrió entendiendo que él estaba aludiendo al pasado que ambos una vez vivieron, aunque no le creyó sincero. Existen cosas que una mujer entiende sin necesidad de más palabras; pero aquella declaración que consideró mentira, le hizo sentirse bien.

_ ¿Te ríes? ─ preguntó él también con una sonrisa ─ ¿por qué?

Ella hizo un guiño, un mohín coqueto en sus ojos y volvió a sonreír, y dijo como soltando de repente un recuerdo:

_ Recuerdo aquel día... en aquella loma cubierta de arbustos...¿Te acuerdas?

Afirmó él con un movimiento de cabeza.

_ Tú fuiste el primer hombre que entró en mí. Que me hizo mujer ─ y rió alegremente ─ ¡Ah, y qué susto te llevaste cuando me viste sangrar y no sabías que hacer...!

Él sonrió, pero omitiendo recordar que también ella había sido la primer mujer que en su vida hubiera penetrado.

Y fueron a la salita y estuvieron conversando por casi una hora. Entonces él, aparentando desear marcharse, tomó del suelo su mochila; pero ella le asió por un brazo reteniéndole: “No te vayas todavía, quédate un rato más. Te invito a comer conmigo. Verás que comida voy a preparar. Te gustará. Espera, mira que no me hacen compañía, desde hace mucho, viejos amigos de pasados tiempos...”

Él no le creyó y ella tampoco se creyó a sí misma.

El aceptó la invitación. ¡Era lo que más deseaba! Quizá ella, al retenerle, le estaría animando a algo más que a intercambiar recuerdos... quizá a revivir de nuevo los días del pasado. La suave mano de ella estaba depositada sobre el brazo de él, y acarició él aquella mano...  Sintió ella como una corriente tibia que le recorría todo su cuerpo que le brotaba del interior de sus entrañas, y él sintió como una involuntaria erección.

Siempre sucede lo que tiene que suceder entre un hombre y una mujer, cuando esa mujer vive en soledad y se siente falta de calor y afectos y ese hombre rebosa de testosterona y si además existe todavía vivo en ellos el recuerdo de un tiempo donde intercambiaban caricias y amor. Y se entregaron los dos a la pasión y a la lujuria y se fundieron sus desnudos cuerpos en uno solo.... Por tres días con sus noches gozaron el frenesí de sus sexos, pero entonces llegó el momento cuando él se marcharía. No hubo despedida; así tenía que ser y asi ella lo sabía, que él no era hombre de ninguna mujer y ninguna mujer podría retenerle. Un beso en la puerta y una esperanza en ella de que tal vez algún otro día cualquiera él regresaría; pero rogó que su regreso no llegara demasiado tarde.

Con su mochila al hombro, él se echó a caminar sin volver la vista atrás y ella le vio alejarse.

2.    La Muchacha de El Olvido

Él caminaba por las vertientes del peligro. Y ahora buscaba nuevos horizontes. ¿Dónde ir? A cualquier parte, preferentemente donde hubiera tranquilidad y sosiego, porque necesitaba quietud. Pero, ¿acaso puede encontrar sosiego y quietud aquel que se entrega por espíritu y condición mental a los vaivenes de la vida y a los retos? Estaba huyendo... ¿de qué? No he podido determinarlo, quizá de una amenaza de muerte ¡quién pudiera saberlo! Sin embargo, en él no se anunciaba la caución del temeroso que huye; no miraba atrás sobre su hombro; no se movía cauteloso por las calles concurridas o vacías; de hecho, nadie le seguía los pasos, nadie atisbaba entre lo oculto vigilando sus movimientos; pero él estaba huyendo.

Andando y caminando había llegado hasta esta pequeña ciudad por donde deambulaba sin punto fijo ni lugar de reposo. Y en ella no encontraba su sitio, su lugar; el punto de quietud que ansiaba.
Todo cuerpo tiene su propio, característico, único olor y fragancia y cada ciudad posee sus propios olores; porque las ciudades son cuerpos vivos; cuerpos múltiples que componen un cuerpo común. No le agradaba el olor de esta ciudad, todo el ambiente estaba impregnado del dulce y penetrante aroma que se desprendía de la torrefactora de café que allí se alzaba. Ninguno de los citadinos se percataba de aquel olor porque nacieron respirándole y crecieron oliéndole. Pero a él, venido de fuera, aquel olor pegajoso no le gustaba. Este no era el lugar que buscaba. Mucho bullicio en una pequeña ciudad.  

Tal vez el sitio calmoso que ansiaba encontrar lo hallaría en aquel pueblo rústico del que hubiera escuchado hablar. Parecía tener lo que buscaba, el largo bostezo de un bucólico lugar, donde todos se conocen y donde nunca ocurre algo. Al menos así lo imaginaba. Y decidió que iría a explorar aquel paraje que prometía ser el sitio a propósito donde él mismo podría ser olvidado de todos: El Olvido.

Siempre con su mochila colocada sobre su espalda llegó al edificio de aquella estación de ferrocarril de arquitectura que hacía recordar la de los países nórdicos, con su fachada pintada de azul y sus techos de dos aguas, recubiertos de escamas metálicas; en la parte posterior del edificio, un largo andén con locales para almacenes y con espacio para una cafetería. En el interior se abre el salón de espera con sus largos bancos de doble espaldar y asientos a ambos lados y una taquilla para la venta de los boletos de pasaje.

En el salón de espera gran movimiento de personas que entran y salen continuamente, que corren hacia el andén cuando arriba el tren que aguardaban; y olores, mezcla de perfumes baratos y de humo de cigarros y cigarrillos y hasta olores de chucherías y licores y hasta los olores propios de los urinarios de dos servicios públicos con letreros en sus puertas de “Caballeros” y “Damas”. Y bulla, el rumor que no se apaga en medio de una multitud; de una abigarrada multitud con gente de todo tipo, maneras y condiciones sociales.

Compró su boleto para El Olvido. El empleado levantó solo un breve instante su mirada para reparar en él, solo para ver quien deseaba ir a El Olvido.

_ ¿A qué hora llega el tren que va para El Olvido? ─ preguntó.

El empleado de los boletos volvió a mirarle, esta vez con más detenimiento y dijo y contestó:

_ No hay tren para El Olvido. El tren solo cruza por El Olvido... Ese es el tren de las cuatro en punto...

Alguien que le escuchó preguntando le aclaró: “Es el tren lechero de las cuatro; si es que no llega más tarde...”

Dos de la tarde, dos horas entonces de espera. Pasaría por la cafetería. Tenía hambre; quizá pediría un emparedado, tal vez también una cerveza. La cafetería era un local rectangular y algo estrecho solo con espacio para el mostrador y para unas mesas colocadas alineadas al lado de la pared. Solo dos empleados, un hombre y una mujer, atendían al público que en ese momento no era numeroso, quizá cuatro o cinco clientes además de aquellos dos sentados en una de las mesas tomándose una sopa caliente.

Se sentó en una de las banquetas adosadas al mostrador y pidió un emparedado mixto y una cerveza. Le atendió el empleado que vestía una camisa impecablemente blanca. Aparentaba ser uno de esos individuos que uno identifica como rudos, por su aspecto fortachón y sus maneras torpes, pero resultó ser la amabilidad hecha persona. Servido el emparedado y servida la cerveza. El volvió su vista hacia los dos que en una mesa ingerían sendos platos de sopas, El aspecto de ambos le llamó la atención. En efecto, algo había notable en aquellos dos. Eran jóvenes, tal vez muy jóvenes pero sus rostros recios les dotaban de un aire de mayor edad. No conversaban entre ellos. Vestían unos ajustados pantalones tipo vaqueros, camisas de caqui de mangas largas. Delgados los dos, pero fibrosos; uno de ellos muy rubio, muy blanco. aunque dorado por el sol, ojos azules o verdes, de rostro alargado, salientes pómulos, nariz aguda y labios muy finos lo que le confería un aspecto como de cruel. El otro era casi la antítesis del primero, trigueño de piel dorada, brazos largos, rostro ovalado. Sus ojos eran pequeños y de color pardo; el cabello, abundante, algo ondulado y castaño. Sus líneas eran suaves, tanto que le dotaban de belleza a su rostro.

El empleado de la cafetería, notó la curiosidad del cliente del emparedado y la cerveza.

_ Esos dos, son de un pueblo que se llama El Olvido ─ dijo y esto llamó a la curiosidad al cliente ─ Ellos vienen a menudo por la ciudad, parece que a vender algo... No sé. No acostumbran hablar con nadie... Pero son dos tipos duros, de respeto... Unos de los que hay que mantenerse aparte... Siempre regresan a su pueblo en el tren de las cuatro...

Regresó al salón de espera. Y fue a sentarse en uno de aquellos bancos de doble respaldar. Casualmente se sentó precisamente al lado de aquel que frente a la taquilla de boletos le hablara del tren lechero.

_ ¡Hola! ─ le saludó aquel hombre. Volvió el rostro hacia él y le contestó el saludo con un mohín de la cabeza. Era un hombre delgado ─ pero llamarle delgado es un eufemismo ─ el tipo en realidad era flaco, pero no tanto como para parecer distrófico. De mediana estatura con una edad que bien pudiera ser de cuarenta años como también sesenta. Pelo ralo, ojos saltones, manos grandes. Aspecto campesino. Sonreía amablemente.

_ Así que Ud. se va para nuestro pueblo... ¡Ya verá que le gustará! Sepa que el que bebe el agua de El Olvido allí se queda...

Y le contestó él: “Si el sitio es tranquilo, pues sí, allí me quedaré...

_ Pues sí. ¡Sí señor! El Olvido es bien tranquilo...

Del otro lado del banco sono una cantarina voz de mujer:

_ ¡Otro que quiere vivir en el olvido!

Volvió el rostro para ver quien había hablado. El rostro de una muchacha le sonreía. Cabellera negra que le caía sobre los hombros, ojos alegres y pardos, labios bien conformados, como esos labios que uno ve y quisiera saborearles. Podría estar en sus tempranos veinte años.

_ Más que vivir en el olvido quisiera vivir para no olvidar y ser yo el olvidado. ─ Aclaró él.
Sonrió entonces la muchacha. Y haciendo una coqueta mueca le respondió.

_ Algunos pecados debe cargar alguien que no quiere ser recordado... Pero eso es asunto de cada cual... ¡Bienvenido sea entonces a El Olvido! Aunque todavía no ha llegado

_ Es linda, es un encanto ─ se dijo él.

Y el hombre sentado a su lado terció entonces:

_ Pues ya que posiblemente seamos vecinos, ¿cómo dijo Ud. que se llama?

_ No he dicho mi nombre, señor... Llámeme como mejor le plazca que los nombres no tienen significado y yo, yo he olvidado mi nombre...

Y sonó de nuevo la voz cantarina de la muchacha de El Olvido:

_ Un hombre que ha olvidado su nombre, que quiere ser olvidado... mucho le asentará vivir en El Olvido ─ y rompió a reír alegremente.

Luego la muchacha se puso de pie; sonrió y moviendo su mano como en despedida dijo un ¡Hasta luego! Y salió fuera. El la siguió con la mirada, contemplando su cuerpo ¿grácil?, ¿delicado?, algo de ello tenía, pero con ondulaciones sensuales de su cintura y caderas que a él le parecieron voluptuosas.

3.    Un pueblo llamado El Olvido

El tren llegó con cuarenta y cinco minutos de atraso y demoró otros quince para emprender la marcha. Con toda su calma, ajustándose a la espalda su sempiterna mochila subió al tren; ya antes lo habían hecho los dos que él había visto en la cafetería con sus platos de sopa. Le pareció que algo les abultaba en la cintura bajo de la camisa, pero no le prestó mucha atención al detalle. Pasajeros de otras estaciones ocupaban asientos dentro del vagón, aunque no eran muchos y había suficientes asientos libres. Al pasar por el pasillo le saludó el flaco, el que le preguntó su nombre; pero por más que observaba no vio entre los ocupantes del vagón a la muchacha.

 El vagón se veía limpio y el aire acondicionado funcionaba correctamente. Entonces fue y se sentó en el último asiento del fondo. No hubo a lo largo del viaje, estación, andén o apeadero donde no parase, aunque solo fuera por cinco minutos el tren, Y, finalmente, tres horas desde su partida, el tren se detendría en el punto de El Olvido. ¡Tres horas! Una distancia que si se hubiera recorrido en ómnibus a lo sumo tomaría solo una hora... Lamentablemente a El Olvido no viajaban ómnibus, solo se llegaba allí por el tren lechero, ese el de las continuas paradas o aventurándose a través de un ruinoso y polvoriento terraplén.

Descendió del tren por la portezuela del fondo del vagón. El apeadero era un muy largo andén, desproporcionado si se compara con el tamaño del poblado al que prestaba servicio, con una también alargada marquesina de techo de dos aguas, entejado con tejas españolas. Varios bancos de parques se alineaban en el andén. Tres faroles eléctricos alumbraban con mortecina luz el área del apeadero. A la luz de aquellos faroles, pudo ver a la muchacha descender del tren, dos vagones más adelante. Ella fue al encuentro de un hombre que obviamente le estaba esperando. Acompañada de aquel, se dirigió a un deplorable y viejo auto que aguardaba en el playón. Sin embargo, no pudo ver por donde tomaron los dos personajes de la cafetería, pero sí al flaco que le sonreía afectuosamente. Indagó con él por algún hotel que hubiera en el pueblo.

_ Bueno, hotel, como lo que se dice hotel, aquí no hay ─ dijo el flaco ─; pero sí un hospedaje, por esa calle que Ud. puede ver, como a dos o tres calles. Es un edificio de madera pintado de rosado... el hospedaje de Ma’ Teresa... ¡Fíjese, no tiene pérdida! ¡Ah, y allí se come bien...!

Encaminó sus pasos por aquella calle polvorienta y mal iluminada que el flaco le indicara. A sus espaldas escuchó que le gritaba: “¡Que la pase bien, amigo!”

A juzgar por la presencia de la calle por donde caminaba podría decirse, que sí, que El Olvido era ese lugar de bostezo y monotonía placible que pretendía encontrar, porque a ambos lados de aquella calle se alineaban viviendas silenciosas y oscuras y comercios cerrados a tan temprana hora de la noche; y en la calle apenas pudo toparse con algún transeúnte. Silencio y quietud en ocasiones interrumpido por la música de algún radio que apenas era audible.

El hospedaje de Ma’ Teresa, una larga edificación de madera de dos plantas. La puerta de entrada con un tragaluz en el centro y un bombillo de 40 bujías mal alumbrándola. No estaba cerrada. En una carpeta o algo que pudiera ser considerado como tal, una mujer gruesa, de tez oscura se ocupaba en hacer anotaciones en un libro de cuentas. Alzó su mirada hacia el recién llegado observándole a través de los gruesos lentes de sus espejuelos. Cabello entrecano, rostro que debió ser bello en tiempos pasados, boca pequeña y labios gruesos. Debía tener más o menos unos cincuenta años de edad.

Aquel local era un espacio estrecho; a la derecha se abría una escalera que conducía al piso superior; en el ala izquierda, se podía apreciar un salón espacioso con varias mesas y sillas en su interior; aunque las luces estaban apagadas se le podía apreciar con la luz que provenía de los tres tubos fluorescentes instalados detrás de la carpeta.

La mujer que ocupaba la carpeta, ¿sería la misma Ma’ Teresa?, le explicó las condiciones para hospedarse: “Son cinco la noche y diez si opta por las comidas. Las habitaciones no cuentan con baños individuales; el baño se ubica al final del pasillo en el piso superior. El desayuno de siete a ocho de la mañana...”

Él extrajo de su bolsillo una billetera y le extendió unos billetes.

_ Aquí tiene, cincuenta por cinco días con comidas... Si me siento bien aquí, después de esos cinco días podré pagar por otros cinco días más.

Increíblemente la carpetera no le pidió su nombre solo le solicitó que firmara el libro de registros.

Para el asombro de él, la habitación estaba bien iluminada con lámparas fluorescentes y la cama se veía cómoda y correctamente tendida con sábanas bien limpias y olorosas. Estaba cansado, por lo que, omitiendo por el momento darse un baño se despojó de toda su ropa y se acostó completamente desnudo.

Se levantó tarde. No desayunó, pero tomó un baño con agua fría. No es que le agradara bañarse con agua fría, pero en el hospedaje no había calentadores para el agua.

Nadie circulaba a esa hora por el corredor.

Del piso inferior brotaba un apetitoso olor de guisos y estofados que estimulaban al apetito. Cuando bajó al comedor o, si se quiere, al restaurante, mejor sería decir, a la fonda, la mujer de la carpeta ─ ¿Sería acaso Ma’ Teresa? ─ le saludó regalándole una sonrisa amable. Ella era la camarera, la que recomendaba los platos y la que cubría el servicio de mesera. Delicioso encontró él aquella comida elaborada al estilo casero. Estaba tan satisfecho que hasta le dejó una propina a la mesera-carpetera.

Cuando salió a la calle escuchó sonar dos campanadas de un reloj de campanario. ¡Vamos, si El Olvido tiene hasta una iglesia! Pero en realidad no era una iglesia como esas hechas y derechas que se levantan en muchas comunidades; ni siquiera podría llamársele capilla; porque en aquel casco de mampostería, ni por casualidad oficiaba algún cura. Solo eran cuatro paredes sin techo, en cuyo interior crecían matojos y se agazapaban ratones; pero, no obstante, su torre se mantenía en pie y su reloj funcionaba puntualmente...  

Y continuó caminando por aquella ¿calle o... guardarraya? Y desandando llegó hasta aquel solar cercado por tres hilos de alambre galvanizado donde vio que allí se celebraba algo así como una feria con multitud de quioscos y tenderetes de tiro al blanco, de ventas de chucherías y golosinas e incluso hasta puestos de juegos al azar y mesas para jugar a las cartas y hacer apuestas; y mucha, mucha gente allí, entremezclada, jubilosa. ¿Se trataba de alguna conmemoración especial para que se abriera o celebrara aquella feria? De ningún modo, era una feria de todos los días que se iniciaba al mediodía y cerraba a las cinco de la tarde; así le dijeron algunos que pasaban al lado de él y él les preguntara. ¡Qué mejor lugar se le ofrecía para conocer el alma de una comunidad como sitios como este donde se reúnen multitudes despreocupadas!

La entrada estaba formada por un torniquete donde un tipo robusto de mala cara y en camiseta cobraba el precio de entrada.

Ya dentro de aquel solar, que ocupaba toda una manzana, observó detenidamente a la gente y los quiscos y tenderetes. Lo que más le llamó la atención fue que, entre toda aquella aglomeración de pueblerinos, no pudo distinguir mujer alguna ni tampoco niños, solo allí se reunían hombres adultos. Pero, ¡un momento! Si te fijas bien verás que hay una mujer, una mujer sola, la única entre tanto macho reunido. ¡Mira allá, al fondo del lote, donde hay una tienda abierta cubierta por un toldo de lona que sostienen varios delgados horcones! ¿La ves? Es una mujer. Se nota angustiada, desesperada ¡Y hasta parece que está llorando e implorando! Allí, donde aquel hombre le manotea y le grita, el que está sentado ante aquella mesita y a su espalda hay otros dos de pie observando la escena. Son altos y fuertes y sin expresión en sus rostros.

Sintió curiosidad. Quiso saber qué estaba sucediendo con aquella mujer. El hombre que manoteaba ante ella era un mulato fornido, calvo, manchado rostro y cuello de vitíligo. Su rostro contraído en un rictus de furia. Sobre la mesa ante la que se sentaba descansaba una pistola.

Cuando se acercaba escuchó decir a uno que conversaba con otro: “Ya el Gallo Pinto está maltratando de nuevo a esa viuda”. Escuchó la trémula voz de aquella mujer. Mostraba en toda la expresión de su rostro marchito un intenso miedo. Y el hombre con manchas de vitíligo le gritaba: “Eres una maldita zorra... ¿Qué te crees? ¿Piensas que puedes pasarte tan tranquila sin pagar el impuesto? ¿Así de gratis? ¡Mírate que ni para puta me puedes servir!”

¡Oye, espérate, no es asunto tuyo! Ya vas a meterte en problemas... ¿Acaso no querías vivir tranquilo, en paz? ¿Dónde vas? Pero es en vano pedirte moderación, porque eres como el escorpión del cuento...

Se puso de plano frente al hombre y le espetó:

_ No es de hombre tratar así a una mujer...

El de las manchas de vitíligo le miró sorprendido, no podía concebir que alguien se le plantara así y con tales palabras. Miró a los dos hombres que le acompañaba con una mirada de interrogación.

_ ¿Quién coño eres tú? ¿No sabes quién soy yo? ─ gritó el hombre mirándole fijamente al rostro y extendiendo su mano hacia la pistola.

_ No sé quién coño eres ─ le replicó ─, pero no me gustan tus modales...

El manchado de vitíligo, al que llamaban Gallo Pinto, soltó una estridente carcajada. Se puso en pie con la pistola en mano y dijo: ‘Mira, estúpido aquí todos me conocen y saben que soy el macho que más largo mea en este pueblo. Que soy quien cobra el impuesto obligatorio que toda esta mierda de gentes tiene que pagar para su protección”.

La mujer estaba petrificada por la sorpresa y el temor y Gallo Pinto de un manotazo derribó la mesita y se enfrentó al osado que tenía delante de él. La pistola firmemente apretada en su mano... Pero, entonces, dos hombres que acababan de llegar a la feria se percataron de lo que en aquella carpa estaba sucediendo. Dos hombres delgados pero fibrosos, jóvenes los dos y duros; los mismo que habían estado tomando sopa en la cafetería de la estación ferroviaria. Y el rubio le dijo al trigueño: “¡Ese man tiene cojones! Vamos a darle ayuda...”

Echaron mano a sus revólveres.

_ Oye Gallo, ¿qué coño está pasando aquí? ¿Pistolas contra un hombre desarmado?

Ahora fue mayor la sorpresa reflejada en el rostro con blancas manchas: “¡Esto sí está bueno!, ahora se aparecen Nacho y Cucho con sus revólveres en mano; díganme, ¿este tipo es pariente de ustedes?

Con su mano puesta sobre la boca, la mujer temblaba visiblemente, los espectadores que se arremolinaron alrededor ahora se apartaban con prisa al ver las armas descubiertas, las que portaban los llamados Nacho y Cucho, la pistola amenazante del Gallo y los revólveres ya en manos de los dos que le acompañaban.

Nacho, el rubio, respondió:

_ Nos basta saber que este tipo los tiene bien puestos y no se acojona viendo tu pistola...

Nuestro amigo, ese que dice no recordar su nombre, terció entonces:

_ Tranquilos, señores, que esta bronca es mía...

Cucho, el trigueño, le contesta con una sonrisa y diciendo:

_ Tu bronca, es verdad, pero queremos emparejarla... ─ Y volviéndose hacia el Gallo, le dijo ─ Guarda tu pistola y que tus matones guarden sus revólveres; nosotros enfundaremos los nuestros y aclaren ustedes su bronca.

_ Siempre ustedes se han mantenido aparte sin meterse en mis asuntos ─ dijo el Gallo a Nacho y Cucho ─ y yo nunca me he entrometido en los asuntos de ustedes... ¡Está bien, voy aclarar asuntos con este hombre...

Guardó su pistola y ordenó a sus dos acompañantes que hicieran lo mismo. Se dirigió luego al intruso, nuestro conocido.

_ Mire, señor, aquí imponemos el orden y el orden tiene su precio, porque lo hacemos para dar protección a la comunidad ─ y agregó dirigiéndose a sus hombres y a Nacho y Cucho ─ ¿Verdad? ─ continuó entonces ─ Mire, señor, cojonudo... Esta mujer está en falta, no pagó el impuesto que cada semana hay que pagar y ahora tiene que saldar un cargo extra, veinte más diez ¡Y dice que no puede pagar! Si fuera buena hembra podría pagarme en especie, pero está bien mala para ello, ¡No hay quien se la...! ¿Entiende?

_ Escúcheme Ud. Gallo ─ contestó ─ Pídale disculpas a esta mujer ¡Ahora mismo!, discúlpese como hombre, si en realidad lo es, que yo le pagaré lo que ella debe...

Ruge el Gallo: “¿Está loco el tipo? ¿Pedirle disculpas a esta puta? A ver, ¡dime tu nombre ─ exigió lleno de furia, y repitió ─ ¡dime tu nombre!”

_ ¡No tengo nombre! ─ le replicó él

_ Escúchame Sin Nombre ─ gritó el Gallo ─ Ma cago en esa puta y me cago en ti ─ y se abalanzó sobre el sin nombre, pero la derecha de este le recibió violentamente haciéndole caer de bruces sobre el suelo. Entonces, sacó él su cartera y arrojó los treinta sobre el cuerpo del Gallo.

La mujer despavorida se arrojó sobre él dándole golpes y gritando: “Ahora sí me matará; me va a matar”.

Tomo de un brazo a la mujer y le dijo: “No te pasará nada... ¡Vámonos ahora!”

Y se movieron en dirección hacia la salida mientras Nacho y Cucho le seguían caminado de espaldas y con sus armas desenfundadas. Y dijo Nacho: “Hombre te has ganado un enemigo peligroso y junto contigo también nosotros”.