viernes, 5 de agosto de 2011

Padre Miguel Angel Loredo, franciscano.

Mario J. Viera
El periódico miamense EL NUEVO HERALD, dio la escueta noticia: “Delicado de salud el padre Miguel Angel Loredo”. De acuerdo con el diario el sacerdote Miguel Angel Loredo fue internado hace una semana en un hospital de St. Petersburg, en el norte de la Florida, afectado por una apoplejía y complicaciones renales.
Angel de Fana, director de “Plantados hacia la libertad y Democracia de Cuba” informó que lamentablemente el sacerdote Loredo, de 72 años de edad, “sufrió una parálisis y tiene problemas renales” y agregó: “Sabemos que es un proceso, pero hacemos votos para su rápida recuperación. Loredo es muy querido y respetado por todos
De modo escueto el periódico da una información sobre quién es el padre Loredo, diciendo que había sido encarcelado en Cuba en abril de 1966, “acusado de dar albergue en la Iglesia de San Francisco de Asís, en La Habana Vieja, al autor de un intento de secuestro de un avión de Cubana de Aviación, durante el cual murió el piloto. También se le acusó de esconder armas. Condenado a 15 años, sufrió el rigor de golpizas, vejaciones y trabajos forzados en las prisiones de Isla de Pinos, La Cabaña, Guanajay y El Príncipe”.
Liberado en 1984, el franciscano Miguel Angel Loredo se radicó en Puerto Rico, New York e Italia, dedicándose a su labor eclesiástica y a la denuncia de las violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno castrista.
Juan Clark, profesor emérito de Sociología del Miami Dade College y ex compañero de escuela de Loredo, le define de la siguiente manera: “Loredo ha tenido un rol muy activo en la cuestión de la defensa de los derechos humanos y el trabajo con la juventud cubana. Siempre ha sido una espina para el régimen”.
Sucedió en 1966, un ingeniero de vuelo de Cubana de Aviación, Angel M. Betancourt intentó desviar un avión hacia los Estados Unidos. Por maniobras del piloto Fernando Alvarez, el avión que había partido de Santiago de Cuba, aterrizó violentamente en La Habana. Se producen disparos dentro de la cabina causándole la muerte al piloto y al custodio de la nave y resulta herido el copiloto. Betancourt logra escabullirse del avión y desde ese instante comienza una desenfrenada cacería en pos del supuesto “asesino”.
Existen opiniones, con fuertes indicios que le avalan, que Betancourt estuvo todo el tiempo controlado por la Seguridad del Estado la que conocía su paradero gracias a la labor subterránea de un agente infiltrado dentro de la iglesia de nombre Gerardo Pérez, un seminarista reclutado probablemente por la Contra Inteligencia bajo el chantaje de su homosexualidad. Una pieza clave en la causa que se abrió en contra del sacerdote Miguel Angel Loredo como cómplice del “asesino” Betancourt.
Según Eduardo Prida (http://baracuteycubano.blogspot.com/2010/08/cubalo-que-nunca-se-ha-dicho-sobre-la.html) las homilías “eran unas diatribas certeras y diarias contra la Dictadura, el liderazgo que había ganado con su  actitud digna y valiente ameritaba que al Padre Loredo había que erradicarlo de raíz, como decían los Fiscales de la causa”.
José Villasuso se refiere a los dramáticos momentos en que fuera detenido el sacerdote franciscano: “El lunes de Resurrección de 1966, fray Miguel Angel Loredo, a la sazón párroco de Guanabacoa, recibió una llamada urgente de su sacristán, Gerardo Pérez, que fuera al convento de San Francisco sito en la esquina de Cuba y Amargura pues algo muy serio tenía lugar allí. Partió sin demora y aproximándose a los contornos del antiguo templo olíase la anormalidad, vio gente pasar corriendo, turbas agitadas repetían consignas al uso; al entrar notó movimiento por la sacristía, militares al acecho y un oficial que le salió al encuentro, le conmina. "¿Es usted, Miguel Loredo?" "Sí señor." "Está detenido." "¿Por qué?" Entonces le trajeron a Angel M. Betancourt. Se le acusaba de haberle concedido asilo en el recinto a un prófugo de la justicia revolucionaria”.
Condenado a 15 años de prisión fue remitido a la cárcel de Isla de Pinos. Muchos años después el sacerdote recordando su entrada en la prisión dijo que lo que más la había impresionado a su entrada en la prisión fue “la conciencia, digamos así pavorosa de que en el centro mismo de Cuba, a espaldas de toda una humanidad, del mundo civilizado, se estaba produciendo un fenómeno con característica de epopeya, un fenómeno que era vastísimo:  decenas de miles de hombres absolutamente indefensos, a merced de la arbitrariedad de una tiranía absoluta, y sin forma humana de controlar esto, ni de responder a esto ni de poder denunciar y hacer trascender al exterior, al mundo, a todo el universo, la tragedia del presidio político cubano.  O sea, la impunidad coexistiendo con todas las violaciones del derecho, con toda aquella sangre que se derramaba a diario, con todo aquel dolor, es lo que me golpea cuando entro a mi prisión”. 
En el presidio, Loredo organizó misas clandestinas para los presos políticos usando el plato teñido de sangre que, según Nicolás Pérez Diez-Argüelles en “Después del Silencio”, llevaba en su cintura el chino Julio Tang, un miembro de la Juventud Católica, el día que por no querer comer hierba fue asesinado por los esbirros de Castro.
Loredo se declaró como preso plantado, realizó frecuentes huelgas de hambre y sufrió los atropellos más crueles por los guardianes castristas. Según Teresa Mayans (2 de junio de 2010. La Nueva Cuba) “...la policía política de la prisión de Isla de Pinos le propinó una golpiza tan brutal que lo dejaron sin conocimiento, sangrando por todos los orificios del cuerpo humano, en grave estado, y sus compañeros de prisión lograron sacar la noticia que corrió como pólvora. Ante la expectación, enviaron (...) a la televisión al cura César Sachi para desmentir el ultraje y las palabras de Sachi ante las cámaras fueron las siguientes: "el padre Miguel Angel Loredo se encuentra muy bien, sembrando lechugas y rabanitos en Isla de Pinos..." El premio al padre Sachi, por su complicidad fue regalarle un carro nuevo gestionado por el entonces jerarca comunista Carlos Rafael Rodríguez”.
El 11 de junio de 1968 en carta sacada clandestinamente de la prisión de Guanajay dirigida al arzobispo de la Habana, Monseñor Evelio Díaz y al Nuncio Apostólico Zacchi, escribió Loredo:
Me siento orgulloso de participar en esta lucha con miles de hombre de tanto valor y sentido patrio como hay en este presidio cubano. Son titanes que llevan 6, 7, 8 años presos. He vivido los bayonetazos y golpes y tiros en el trabajo forzado de la Isla de Pinos. Ahora todo esto, que es tortura refinada, de más impacto psicológico. El preso está probado en las humillaciones, el insulto, la arbitrariedad, los golpes, el hambre, el frío. Todo lo puede en Cristo y en su ideal patrio.
Y también quiero decirles que siento al ver el olvido en que el occidente libre nos mantiene, en el silencio de todos, en la indiferencia, mitigada únicamente por las quejas de los seres queridos impotentes...”
Eran los tiempos que denunciaran Jorge Ulloa y Néstor Almendros en el documental “Nadie escuchaba”.
Este hombre que hoy se encuentra en un hospital de la Florida es el Padre Miguel Angel Loredo, un sacerdote franciscano, un hombre de conciencia límpida.






Fragmento de un artículo de José Villasuso sobre el padre Miguel Angel Loredo aparecido bajo el título “El gran reconciliador”  en el periódico ecuménico PALABRA de marzo de 2007. (http://www.palabracubana.org/2007-03/reconciliador.htm)

En mil novecientos sesenta y tres, por las calles de La Habana Vieja se veía transitar a cierto personaje extraño por original. Se trataba de un sujeto vistiendo batilongo carmelita, cordón blanco doble enrollado a la cintura y calzando sandalias. Era joven, alto y rubio, con prestancia grata y una nata y amable disposición como para escuchar siempre, sabiendo qué responder. Era el padre Miguel Angel Loredo, franciscano.

Un sonado acontecimiento ajeno tuvo lugar dos años más tarde. El intento de desvío de un aparato de Cubana de Aviación con destino a Miami, donde resultaron muertos el copiloto y escolta, desplegándose de inmediato una aparatosa movilización nacional a la busca del navegante, Angel M. Betancourt, a quien se hacía responsable de los hechos. Fuertes contingentes bien armados, noticias de última hora, registros por todas partes, ofrecieron a los acontecimientos un sabor inusitado, de alarma general. Para el cubano de a pie el conjunto daba qué pensar; pero su cobertura noticiosa mucho más.

El lunes de Resurrección de 1966, fray Miguel Angel Loredo, a la sazón párroco de Guanabacoa, recibió una llamada urgente de su sacristán, Gerardo Pérez, que fuera al convento de San Francisco sito en la esquina de Cuba y Amargura pues algo muy serio tenía lugar allí. Partió sin demora y aproximándose a los contornos del antiguo templo olíase la anormalidad, vio gente pasar corriendo, turbas agitadas repetían consignas al uso; al entrar notó movimiento por la sacristía, militares al acecho y un oficial que le salió al encuentro, le conmina. "¿Es usted, Miguel Loredo?" "Sí señor." "Está detenido." "¿Por qué?" Entonces le trajeron a Angel M. Betancourt. Se le acusaba de haberle concedido asilo en el recinto a un prófugo de la justicia revolucionaria.

El juicio puso de manifiesto cuán difícil es probar la culpabilidad de un inocente. Un nuevo despliegue burocrático a puertas cerradas, adobado con directrices oficiales, y a la hora decisiva el testigo gubernamental, Gerardo Pérez, se careó con el encartado para confirmar las acusaciones del fiscal. Durante el juicio Loredo había permanecido silencioso pero firme, abrumado pero seguro de sí mismo. Escuchó con serenidad los descargos y al momento de deponer, miró de frente y dijo: "Gerardo, tú sabes que estás mintiendo," fue su mejor alegato. Gerardo Pérez bajó la cabeza y un silencio total invadió la sala indefinidamente.

Condenado a quince años de prisión. Miguel Angel pasó por un cúmulo de privaciones, torturas, golpizas, tapiados, que únicamente su enorme fortaleza física y espiritual explican. Pero lejos de amilanarle, la cárcel acicateó sus impulsos apostólicos. Al llegar a Isla de Pinos recibía otra sorpresa imperecedera. La gloriosa acogida por la población penal en pleno. Vítores y aplausos atronadores provenientes de todas las circulares ensordecerían a los propios manifestantes. Era un héroe arribando a su tierra no prometida. Nadie sabe cómo los presos políticos se enteran tan pronto de tantas noticias. Allí comprendió cuán contradictorios pueden ser los designios de Dios frente a los juicios de los hombres. (Incluyendo a religiosos que negaron su defensa, y otros que han guardado el más cobarde silencio hasta hoy.)

(...) En la Isla el sacerdote montó su nueva parroquia al servicio de los presos, excelentes feligreses. Poco o nada había cambiado. Sólo le correspondía una misión, la misma de siempre: cristianizar, proseguir su apostolado.

(...)  Estamos en tiempos de recuento. Un nuevo siglo. Cuba entra a una etapa no por esperada estremecedora, al recuento de esta historia el panorama nacional se ha transformado radicalmente. Hoy Loredo ejerce su ministerio fuera de la isla y su nombre ha adquirido prestigio internacional como activista de derechos humanos. Los recuerdos de tan profundas vivencias constituyen un libro abierto de esa rara fauna que se llama el cristiano integral. Varios responsables directos del proceso han muerto, otros ya no son nadie, de terceros no sabemos. Pero hacia todos, sin excepción, el excapellán de Isla de Pinos retiene un mismo sentimiento que desea sea divulgado indefinidamente; perdón.

(...)  ¿Por qué fue escogido este personaje para involucrarlo en un asunto con el que nada tenía que ver? Es la repetición de una política; la misma mano cruzada del mismo hombre convaleciente. En Cuba nadie tiene derecho a sobresalir, excepto una persona harto conocida guardando cama. El mandón de turno cuyo nombre no necesita citarse (...)  Contrariamente Loredo desde su arribo a la isla se había convertido en figura discutida. Su sólo desfile con atuendo clerical por las calles habaneras fue un reto ideológico al totalitarismo oficial. Por entonces los curas que quedaban activos formaban un puñado de viejos, incoloros, enfermos o desconocidos. La presencia de sangre nueva, orador brillante, intelectual con ideas, poeta, atractivo principalmente a jóvenes, hizo mella en el narcisismo de ese hombre único con derecho a lucirse.

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