viernes, 1 de marzo de 2013

El nuevo gobernador de la Florida


Daniel Morcate. EL NUEVO HERALD

La Florida cuenta con un nuevo gobernador. También se llama Rick Scott, como el anterior. Y como aquél también parece un robot que a la primera de cambio repite frases hechas como “Let’s get to work”. Pero el nuevo es un político pragmático que en sus decisiones importantes se distancia de los extremistas del Partido Republicano y se acerca al Partido Demócrata. Se dice que es el resultado de un cambio de imagen que le recomendaron no sé qué especialistas en el asunto, a quienes contrató hace un año, cuando llegó a tener la popularidad más baja entre todos los gobernadores del país. Y se afirma que su nueva ideología no es ni republicana ni demócrata, ni conservadora ni liberal, sino lograr la reelección en 2014.

Como recordarán, el Rick Scott original había salido de las cavernas, rechazaba de plano todo lo que oliera a Barack Obama, culpaba a los maestros de los males de nuestra enseñanza pública, prometía mano dura contra los indocumentados, desdeñaba a la prensa y proponía reducir la burocracia estatal, a la que consideraba el mayor obstáculo para el progreso de la iniciativa privada. Aprieten el botón de “adelante rápido” y cuando lleguen al nuevo Rick Scott denle “play”. Verán a un gobernador que recorre escuelas y propone invertir millones para aumentarles el sueldo a los maestros floridanos, visita juntas editoriales y no mueve un dedo contra los indocumentados. Y lo que resulta más dramático aún: este nuevo personaje acepta incluso la expansión del Medicaid en la Florida que contempla la reforma sanitaria del presidente Obama, algo a lo que se había opuesto el viejo Scott incluso en las cortes de justicia. Tanto que, cuando la Suprema validó la reforma, ese Scott declaró cariacontecido: “Esto será devastador para los pacientes y para los contribuyentes. Será el mayor destructor de empleos que hayamos visto jamás”.

El numerito de Doctor Jekyll y Mr. Hyde que protagoniza Rick Scott ilustra lo complicada e imprevisible que se ha vuelto la política floridana. A medida que el electorado estatal se diversifica, nuestros políticos tienen que hacer malabares ideológicos y estratégicos para adaptarse y no volverse irrelevantes. Le pasó también al antecesor de Scott, Charlie Crist, quien llegó a la gobernación como republicano, luego aspiró al Senado como independiente y ahora reta a Scott como demócrata. Le está pasando a Marco Rubio, quien conquistó un escaño senatorial con el apoyo entusiasta de los trogloditas del Tea Party y hoy toma distancia de ellos como reformista migratorio y redentor de su Partido Republicano ante los hispanos. La forma cínica de ver estas sorprendentes transformaciones es inferir que en el fondo estos políticos carecen de principios. Pero yo creo que su problema estriba en que los principios que tienen se quedan cortos, no les bastan para atraer a la cantidad y variedad de electores que necesitan para seguir ganando elecciones, especialmente en un estado como el nuestro, donde la mayoría de votantes sutilmente empuja a los gobernantes hacia el centro.

Backlash o contragolpe. Tal es el riesgo mayor que corren nuestros líderes camaleónicos con sus delicadas fintas tácticas e ideológicas. Que, en su afán de ganarse nuevos partidarios, pierdan a los viejos, a la base radical y fanática que los elevó a sus cargos influyentes. El Partido del Té en su momento repudió a Crist, vigila con recelo los vaivenes de Rubio y amenaza al nuevo Scott. “Te diré cuál es la ideología de Scott: reelegirse”, observa resentido John Long, presidente del Tea Party floridano. Y agrega ominosamente: “ha alienado a la misma gente que le consiguió la elección”.

Los políticos que se aferran a sus dogmas ideológicos o partidistas, independientemente de las circunstancias, están sobrevalorados. Y a menudo son peligrosos. Los meramente pragmáticos son veletas que se mueven en la dirección del viento. La alternativa ideal es el político que combina el apego a ciertos principios básicos ─ integridad, transparencia, valentía ─ con el pragmatismo necesario para descartar ideas y estrategias caducas o inefectivas y adoptar otras más prometedoras para el bien común. A juicio del lector queda el decidir a cuál de esas categorías pertenece Rick Scott.

 


Daniel Mo

 

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