viernes, 29 de marzo de 2013

Antes que llegue otro máximo líder


Luis Cino Alvarez. CUBA ACTUALIDAD (PD)

Me enviaron por correo electrónico una foto que daría risa si no fuese para preocuparse. En ella, un líder opositor (no diré su nombre porque no tengo dudas que es un hombre valiente y honesto, lo ha probado con creces) habla por el celular mientras uno de sus seguidores, con gesto reverente, lo protege del sol con un paraguas.

La foto debe haber sido tomada en el patio de una casa, porque el líder opositor va sin camisa, lo cual me hace pensar que no debe ser tan alérgico al sol como para necesitar un ayudante con paraguas. Digo, de no ser que hubiese acabado de sacarse una muela.

Así que ya tenemos líderes con edecanes con sombrilla. Solo falta que estén bajo palio. Como un papa, un jeque árabe o ciertos dictadores africanos.

Decía que es para preocuparse porque es bien conocida la manía cubana por los caudillos y la guataquería.

Lo peor que le pudiese pasar a Cuba es que el protagonista del cambio sea un nuevo caudillo, un disidente en jefe, carismático y tan querido por sus seguidores que llegue a creerse insustituible, por encima del bien y del mal.

Debiésemos ya haber aprendido la lección. Pero no. Vemos cómo se promueven líderes opositores en base a su valentía, a sus actos espectaculares o simplemente porque determinadas organizaciones del exilio lo deciden sin tener en cuenta la realidad.

La promoción de un líder y una sola organización -¿el nuevo Partido Único?- que integre a todas las demás, iría contra la diversidad democrática, induciría tentaciones autoritarias, y crearía nuevos resquemores y rencillas al pretender liquidar las identidades de partidos y movimientos con un largo historial en la lucha contra la dictadura.

Pero no solo eso. Esa unificación forzada pudiese favorecer más al régimen que a la oposición. Para la policía política resultaría más fácil infiltrar a sus agentes en una sola organización que en varias. Y ni se diga si se deciden a descabezarla.

¿Se imaginan que la Seguridad del Estado lograra crear un súper-disidente con el que de un solo tiro pudiesen controlar todos los hilos de la oposición y la sociedad civil?

Ojala pudiese salir de las concertaciones opositoras algo que funcionase como un parlamento democrático. ¡Qué más quisiéramos! Pero la historia enseña que experiencias similares, como Todos Unidos, siempre han terminado en el fraccionamiento y las rencillas entre líderes con demasiado afán de protagonismo.

Entonces, ¿valdrá la pena subordinar proyectos que han fructificado y se han consolidado, como el periodismo independiente, las bibliotecas independientes, Nuevo País y las asociaciones jurídicas, a concertaciones y alianzas cuyos resultados están todavía por verse?

Hay organizaciones opositoras que creen tener la clave para lograr el triunfo de la democracia, pero que en realidad, no adelantan en ese camino, sino que más bien significan un retroceso para la oposición en las actuales condiciones del país.

Antes que crear el caos y acercarnos a la posibilidad de un escenario violento, la oposición debe articular un discurso coherente, capaz de llegar al hombre de la calle, hablarle de los problemas que lo agobian, atraer y ganar al mayor número posible de cubanos, no solo a los abiertamente enfrentados al régimen.

A juzgar por las quejas de la población, pudiese parecer que el régimen hace tiempo que perdió las calles. Es un espejismo. Aún subsisten el miedo y la más apática indefensión. Por tanto, la calle, digan lo que digan, sigue bajo el control del régimen. De un modo precario y volátil, pero la controla.

La culpa no es sólo del accionar de la Seguridad del Estado y las brigadas de respuesta rápida. La oposición tiene su parte de responsabilidad por la indolencia y la incapacidad ciudadana.

La disidencia no puede estar encerrada en un ghetto. Los actos de desobediencia civil en la calle son necesarios, pero requieren de determinadas condiciones para que resulten provechosos. Sólo la madurez política y el sentido común pueden evitar que se conviertan en fiascos con un alto costo represivo.

Hoy, en las particulares condiciones que vive el país, las protestas callejeras, salvo casos excepcionales ─ como las marchas de las Damas de Blanco o las protestas por desalojos en barrios marginales ─ no pueden dejarse a la irreflexión, el apasionamiento y la improvisación.

Las autoridades han demostrado que no dudarán en recurrir a la represión más brutal para que la oposición no le tome las calles. Si lo hacen, deben pagar un alto costo político por ello. No es ese el caso si el saldo de la represión es sólo un puñado de opositores apaleados. Algunos pueden ir a parar a la cárcel. Los represores suelen actuar rápido, vestidos de civil y sin testigos. El espectáculo represivo contra unos pocos disidentes contribuye a amedrentar más a la población.

Es el caso, por ejemplo, de la Unión Patriótica Cubana (UNPACU), que dirige José Daniel Ferrer, un ex preso del grupo de los 75. Sus integrantes en el oriente del país han tenido que pagar un alto costo en cuanto a golpizas, detenciones, enjuiciamientos y condenas a prisión. Probablemente la UNPACU sea el movimiento opositor con más integrantes en la cárcel.

Cuando José Daniel Ferrer y los activistas de UNPACU convocan protestas en las calles, la población se asusta, porque ya sabe lo que va a ocurrir después. Solo se animan a participar un puñado de opositores decididos, los mismos de siempre, que ya no tienen nada que perder, y algunas personas cuyo objetivo final es conseguir avales para emigrar.

El liderazgo no lo determina solo la valentía, la honestidad, la inteligencia, la credibilidad, el carisma, el poder de convocatoria, el historial en la lucha o los años en prisión. A veces, todo eso no basta. Hace falta algo más. Pero exigir tantas virtudes a un simple mortal es excesivo.

Antes que imponernos máximos líderes y unidades artificiales que resultarán de duración efímera, la oposición debe madurar y crecer. El principal reto hoy es trabajar en la diversidad, y en vez de unanimidad, buscar consensos. Esa es la base de la democracia a la que aspiramos.

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