sábado, 9 de marzo de 2013

Elógienlo los esclavos


Xavier Reyes Matheus.  EL MUNDO. AMERICA

Xavier Reyes Matheus,  Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.
Mientras el mundo entero llora la muerte de Hugo Chávez y recuerda su "excepcional figura", unos cuantos millones de venezolanos permanecemos al margen de la humanidad. Somos los adversarios del chavismo, y quienes reparan en nuestra reticencia se limitan a explicarla porque somos "radicales". Nos catalogan así, sobre todo, aquellos que van buscando un "justo medio"; esos que creen que la prudencia es relativismo; los que pueden darse el lujo de ser comprensivos con males que no les afectan. Uno de estos contemporizadores, catedrático americanista, salda cuentas con la memoria de Chávez como quien da una risueña colleja a un niño travieso: "La gran mayoría del pueblo venezolano, el mismo que fue rescatado del olvido y de la postración social por Chávez, le perdonaba una y otra vez los fallos y los errores que podía cometer", dice. Otro artículo, de un diplomático jubilado, recuerda que "autócrata, arbitrario, tal vez corrupto, ganó unas elecciones aceptablemente".

Viendo tanta continencia, y junto a ella el franco entusiasmo que el caudillo muerto despierta en otros muchos, someto a examen los canales por los que se vinculan mi psiquismo y mis ideas políticas y debo decir, para desengaño de la tesis sobre el "radicalismo", que no encuentro pulsiones de extrema derecha. No cumplo con ninguno de los rasgos que, sin necesidad de más informes, endilgan en todas partes a los que se oponen a Chávez. Ni yo ni los míos procedemos de oligarquías económicas o políticas, y mi familia ha vivido siempre de trabajar en los oficios que aprendieron en la universidad: una formación que cualquier socialista europeo encuentra muy compatible con su propio modus vivendi, pero que de seguro juzgará insufrible lujo y pijería en un latinoamericano. Resulta, por otra parte, que no me reconozco en esa protervia que se supone llevamos en el ADN los que no nos manifestamos con el puño en alto. No gozo con el dolor de los pobres; no tengo aprehensiones hacia ninguna raza; no soy fanático de ningún credo religioso, etc. Pero lo que es más importante: no tengo el deber de probar nada de eso ante los socialistas. Si se creen investidos de una superioridad no ya moral, sino ontológica, y si de ese prejuicio de secta pretenden sacar el derecho de apabullar a todos los demás, no seré yo quien se lo reconozca.

Moisés Naím ha escrito que lo mejor de Chávez fue haber roto la coexistencia pacífica que la Venezuela moderna tenía con la pobreza. Y eso, que es como agradecer las convulsiones que alertan de una infección severa, es una gran verdad. Por lo insostenible de aquel modelo se comprendió que una opción nueva debía abrirse camino. Habría que recordar el apoyo que el teniente coronel recibió en su primera campaña de los medios de comunicación, de la Iglesia, de los intelectuales, de buena parte de la clase media y de muchos empresarios, hartos todos de la partitocracia. Si con ese cheque en blanco Chávez hubiera corregido los vicios del sistema, y si hubiera dado el golpe de timón para encaminar a Venezuela por el camino de la prosperidad y del desarrollo, yo lo estaría sintiendo hoy como el que más. Pero admito que a mí no me defraudó. Su pasado golpista era lo bastante elocuente como para saber que no era un demócrata, aunque se vistiese de tal. Y en efecto: lejos de ver en las convulsiones una oportunidad para curar al enfermo, encontró en ellas el pretexto para atarle.

No sé en qué medida sus presos políticos, sus atentados a la propiedad privada, su persecución de los adversarios, su patrocinio a la violencia resultarán peccata minuta para los que hoy afectan una postura de "centro" frente al régimen chavista. Los que lo hemos adversado no hemos estado dispuestos a aguantar lo que no toca a nadie que se tenga por ciudadano y no por súbdito. A nosotros no nos dignifica ningún "mi comandante". ¿Sería usted radical y ultra por no admitir que el presidente de su país lo llamase "escuálido", "lacayo del Imperio", "vendepatria", "fascista" y "mierda"? No, sin duda, salvo que asienta en las dos premisas que pretende imponernos la izquierda: que nos lo merecemos, porque ellos lo han decretado; y que el mandamás puede hacerlo impunemente, porque está más allá del bien y del mal. Pues no, no lo aceptamos; allá los que tengan espíritu servil. De nosotros, los líderes podrán esperar votos: NUNCA devotos.

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