domingo, 10 de marzo de 2013

La triple herencia de Hugo Chávez


Carlos Alberto Montaner. EL NUEVO HERALD

¿Qué les deja Chávez a los venezolanos? Les deja tres legados y todos están envenenados: una forma disparatada de gobernar, el loco socialismo del siglo XXI, y un modelo neopopulista basado en el asistencialismo-clientelista.

Primero, les deja el recuerdo de un personaje pintoresco que era muy divertido. Gobernaba mal, pero era entretenido y daba mucha cancha en los telediarios. Fueron catorce años de sobresaltos, sin un minuto de aburrimiento. Cantaba, jugaba al béisbol, insultaba, se peleaba con medio mundo y luego se amigaba, como ocurrió con el presidente colombiano Juan Manuel Santos, a quien parecía que le declararía la guerra, pero acabó declarándole el amor más intenso, sentimiento que luego, para sorpresa de todos, resultó ser mutuo.

Así no se dirige un país. Es un mal ejemplo que enseguida se propaga. Maduro es un aprendiz de Chávez. Esa manera excéntrica de comparecer en la vida pública, a la que alguna gente llama “carisma”, suele generar una gran atracción entre las clases latinoamericanas menos educadas, pero siempre conduce al desastre. La seriedad, ciertamente, no da réditos electorales en aquellos parajes tumultuosos, mas no se debe renunciar a ella.

En segundo lugar, Hugo Chávez deja instalado entre sus huestes el sucedáneo de una visión ideológica. El Socialismo del Siglo XXI no es una ideología, por mucho que se empeñe Heinz Dieterich, su alegre teórico alemán-mexicano. Es un sucedáneo compuesto por tres elementos nocivos: antiamericanismo, estatismo antimercado y rechazo a la propiedad privada como modo de generar riqueza.

De esos tres factores, el verdaderamente clave, el que los une, es el antiamericanismo. Como Hitler estaba convencido de que todos los males que padecía la humanidad derivaban de la existencia y acciones de los judíos, lo que lo llevó a masacrarlos cruelmente, Chávez, de la mano y las magulladas neuronas de Fidel Castro, murió totalmente persuadido de que la Casa Blanca era, realmente, la guarida de Satán.

Sólo así se explica que afirmara, sin asomo de duda, que el terremoto que devastó a Port-au-Prince fue el resultado de un arma secreta del Pentágono, probada en la capital de Haití como medio empleado por el imperialismo norteamericano para apoderarse de las riquezas de ese país. ¿Cómo se puede decir una estupidez de ese calibre y no ser internado en un manicomio o colocado en un circo?

Junto a la maldad ínsita de los yanquis, está, también, la de los mercados. Según el chavismo, ¿a quién se le puede ocurrir que los precios deben surgir de las transacciones libres entre compradores y vendedores? A los precios hay que controlarlos, cogerlos por el rabo y sujetarlos para que los pobres puedan adquirir bienes y servicios. Las multinacionales son malas. Los mercaderes son agentes del imperialismo. La libertad económica es un camelo. La equidad, en cambio, reside en la buena voluntad de una legión de funcionarios benévolos.

Chávez creía todo eso y se lo inoculó a sus partidarios. Para él sólo era posible una sociedad justa si un grupo de revolucionarios, dirigidos por un caudillo iluminado por la Providencia o por Bolívar, que viene a ser lo mismo, dicta el qué, el cómo y el cuándo de las transacciones comerciales.

Pero de las tres herencias que Chávez les deja a sus albaceas para que las administren revolucionariamente, la peor es la tercera: el neopopulismo. Es decir, la noción de que la sociedad debe vivir de las dádivas del Estado y no al revés, como sucede en los países prósperos del planeta.

En la Venezuela democrática previa al chavismo, todo hay que decirlo, ya existía un sustrato populista fomentado por adecos y copeyanos, pero Hugo Chávez multiplicó por mil esa equivocada manera de dilapidar los recursos públicos.

En sus catorce años, mientras se cerraban más de cien mil empresas privadas, y cientos de miles de venezolanos optaban por emigrar, el presidente bolivariano creó un sistema asistencialista-clientelista montado sobre la base de otorgar subsidios y crear “misiones” que asignan servicios y bienes, generando una actitud parasitaria en millones de personas, que, por supuesto, votarán por quien las sostenga.

Esa herencia maldita será muy difícil de erradicar. Los argentinos no han podido en más de sesenta años.

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