martes, 17 de julio de 2012

Inmoral conducta


Nadie sabe a ciencia cierta cuántas víctimas de abuso sexual tuvo el exobispo Fernando Lugo en su diócesis de San Pedro y en otros lugares. Además, como no le agradaba utilizar preservativos – según relataron algunas de las afectadas –, dejaba a estas mujeres inermes ante la suerte de eventuales embarazos

EDITORIAL DE ABC COLOR

Se debe volver a repetir algunas consideraciones importantes acerca de la moralidad del destituido expresidente Fernando Lugo, atendiendo a que la agitación de los hechos políticos hizo olvidar a mucha gente, especialmente del exterior, este aspecto principalísimo de la turbia personalidad de quien, como cabeza política de un Estado, bajo ningún concepto o pretexto podría ser exculpado.

Debe recordarse que Fernando Lugo, mientras era importante prelado de la Iglesia Católica, asignado a una diócesis en su mayoría habitada por comunidades pobres, cargadas de atraso y toda clase de necesidades, aprovechó su condición de consejero religioso, abusando del poder e influencia que entre la población pobre del campo poseen los sacerdotes, especialmente un obispo, entre otras cosas para seducir mujeres, algunas de condición muy humilde, que recurrieron a él en busca de ayuda espiritual, entre ellas al menos una menor de 16 años de edad.

Debe recordarse también que cuando el exobispo Lugo colgó la sotana y decidió lanzarse a la política, ya surgieron en voz baja rumores de que el mismo había tenido varios hijos siendo religioso, lo que él, con su cínica sonrisa, se dedicaba a desmentir a la prensa que lo indagaba sobre el particular. Fue su primera gran estafa a la confianza popular.

Pero, posteriormente, ya gobernante, acorralado por las demandas judiciales, accedió a reconocer hasta ahora a dos de los hijos que se le atribuyen, porque ya no pudo esquivar su responsabilidad.

Nadie sabe a ciencia cierta cuántas víctimas de abuso sexual tuvo el exobispo Fernando Lugo en su diócesis de San Pedro y en otros lugares. Además, como no le agradaba utilizar preservativos – según relataron algunas de las afectadas –, dejaba a estas mujeres inermes ante la suerte de eventuales embarazos, consecuencias varias veces producidas, como recién ahora es de conocimiento general en este país, una vez que el velo con que el abusador cubría sus fechorías logró ser levantado.

Solo conociendo estos hechos como conocemos los paraguayos y las paraguayas es posible apreciar cómo nos ofende y duele el perfil licencioso de la personalidad de Fernando Lugo. Los extranjeros que deseen comprender cabalmente los sucesos políticos que acabaron con su presidencia, necesariamente deben tener en cuenta estos antecedentes, porque solamente así podrán entender un proceso en el que, finalmente, una gota rebasó la copa de la paciencia y tolerancia de un pueblo habitualmente religioso y pacífico como el paraguayo, pero que, cuando se colma su capacidad de aguante, suele acabar reaccionando con determinación y energía tal cual hizo el Congreso Nacional.

Por tanto, cuando Lugo presentó la oferta de su candidatura a la ciudadanía, y esta lo votó, había sospechas pero no se tenían pruebas de esos hechos pues el exobispo candidato se ocupó de ocultar cuidadosamente su pasado, de simular una personalidad completamente distinta a la real y de presentarse ante el público como un sincero devoto, un religioso que aceptaba haber equivocado el camino de la vocación y que intentaba rectificar su error dedicándose al servicio público, esta vez a través de la política. Se lo veía en las misas comulgando humildemente, como una demostración de que no le pesaba en absoluto su licenciosa vida extraeclesial. Incluso llegó a anunciar que cuando cumpliera con su mandato presidencial se dedicaría a la meditación en algún centro de espiritualidad, y no descartó volver al sacerdocio.

Ya como presidente de la República, realizó más de 75 viajes de placer alrededor del mundo, aceptó regalos lujosos e invitaciones para toda clase de fiestas y diversiones, aun las más caras, llevando una vida de sultán árabe, aunque en un Estado de bajos recursos económicos, incapaz de soportarle su dispendiosa vida de sibarita sin incurrir en grandes sacrificios y postergaciones.

Ningún ciudadano o ciudadana en su sano juicio, de cualquier país civilizado, aceptaría soportar a un jefe de Gobierno que accedió al poder por medio de una mentira tan ruin, una vez que esta quedara en evidencia. El Paraguay estaba siendo gobernado por un depravado, por un político que fingió poseer dotes morales de las que carecía completamente, por una persona que no hesitó en traicionar no solo sus votos sagrados y a la autoridad que le confería su jerarquía, sino a la propia Iglesia Católica a la que pertenece; un hombre pervertido que se aprovechaba de su carácter de pastor espiritual, utilizando la sacristía sagrada de su templo para perpetrar y ocultar mejor sus atropellos sexuales.

Es menester que no se analicen y juzguen solamente los hechos finales puramente políticos del desgraciado gobierno de Fernando Lugo, porque esta otra información, la de sus mentiras y ocultamientos, la de su inmoralidad privada que tanta mofa y pullas sobre el Paraguay ocasionó en la prensa a lo largo y a lo ancho de todo el planeta, que tanto bochorno y vergüenza produjo en todo el clero católico y el pueblo paraguayo, es tanta o más relevante para comprender el porqué de su justa caída. Este país estuvo gobernado por un impúdico y deshonesto personaje que, felizmente y en buena hora, fue enviado a su casa, antes de que causara más daño y desprestigio al país y a su pueblo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario