jueves, 22 de noviembre de 2012

Una fiera con cara de perro


René Gómez Manzano. CUBANET
Puesto a escoger entre los fundamentalistas que dan una interpretación literal a la Biblia — de una parte — y los teólogos — entre ellos los católicos— que reconocen que los autores de sus diferentes libros, aun inspirados por Dios, incorporaron a sus textos símbolos, imágenes poéticas y mensajes numerológicos que no corresponde tomar al pie de la letra — de la otra —, opto por la segunda variante.

En ese contexto, el relato sacro sobre el llamado “diluvio universal” y “el arca de Noé”, por ejemplo, constituye tan sólo una imaginativa alegoría para expresar que el amor que Dios siente por el hombre, pese a las infidelidades y traiciones de éste, es tan grande, que siempre está dispuesto a perdonarlo y comenzar todo de nuevo, incluso empleando formas que resultan sorprendentes para el ser humano común.

Estas breves consideraciones esotéricas están motivadas por la noticia, que publicó el Granma del pasado sábado con la firma de mi colega y tocayo René Castaño, sobre el arribo a Cuba de la primera parte de un donativo hecho por la República de Namibia, el cual consiste en 131 animales silvestres pertenecientes a 20 especies diferentes.

Es el caso que la “operación” ha sido bautizada como “Arca de Noé II”. Es de presumir que esa denominación haya sido impuesta por los africanos: Los nombres de origen religioso como ése no son los predilectos de los “ateístas científicos” del marxismo-leninismo criollo. Castro y sus seguidores suelen preferir términos más pedestres, como “Bastión” o “Pitirre en el alambre”.

No pongo en duda las buenas intenciones de los namibios, pero su generoso regalo — valorado en más de 17 millones de dólares — coloca a las autoridades cubanas en el difícil trance de subvenir a las necesidades nutricionales de hienas, chacales, guepardos, zorros y leones, animales que poseen hábitos alimentarios ofensivos para los castristas, ya que, como todo el mundo sabe, tienen la fea costumbre de comer carne.

En ese sentido, pese a los nobles propósitos que podemos atribuirles a los amigos africanos, su donativo recuerda a los elefantes blancos que los reyes de Siam obsequiaban en ocasiones a determinados súbditos. Se dice que ese don tiene una connotación peyorativa porque el agraciado no podía deshacerse del regalo regio, pero el sostenimiento del voraz paquidermo podía llevarlo a la ruina.

Siento piedad por los animales enviados a Cuba. En vez de sitios más acogedores como pudieran serlo Nueva York, Montevideo o Dakar, les tocó en suerte venir a terminar sus días en la hambreada Habana, donde el papel que les corresponderá desempeñar en la cadena alimentaria se hace más que incierto. Sólo Dios sabe qué clase de alimañas, piltrafas o pellejos tendrán que deglutir para no perecer de inanición.

Sus guardianes, cuyas familias ven muy poca carne (si es que alguna), se sentirán tentados de disputarles el alimento. Tal vez esos custodios imiten a sus compatriotas de aquel zoológico oriental que, armados con tubos y garfios, y demostrando el valor a toda prueba que tiene un cubano motivado, se dedicaban a despojar a los leones de los cuartos de rumiantes que eventualmente les suministraban, sacándoselos de entre garras y fauces a tubazo limpio.

No obstante, barrunto que los mayores problemas estarán vinculados no al papel de los animales como sujetos activos del proceso de alimentación, sino como posibles objetos de éste. Entre las bestias obsequiadas — según el gacetillero oficialista — los namibios émulos del monarca tailandés tuvieron la idea poco feliz de incluir búfalos, impalas y antílopes.

¡Sabrá Dios cuántos cubanos desesperados estén dispuestos a atentar contra la superación cultural de las nuevas generaciones, con tal de que ellos y sus seres queridos puedan sentir entre sus dientes las dañinas fibras rojas; aunque se trate de una especie exótica, y no de las reses que estábamos enviciados en consumir antes de que llegara el Comandante y mandase a parar!

Es cierto que los animales están destinados al Zoológico Nacional, donde permanecen en grandes espacios, pero yo no me atrevería a asegurar que no aparecerá ningún compatriota enloquecido que esté dispuesto a organizar un safari urbano nocturno y arrostrar la ferocidad de guepardos y hienas, y de las mismas presas, con tal de hacerse con unos buenos perniles de búfalo. Ya se sabe que, como reza el refrán, el hambre es fea y tiene cara de perro.

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